martes, 14 de mayo de 2019

El cariño y el afecto


¡El vienes "explotó" el stand 97 de la Feria del Libro Buenos Aires! La firma de ejemplares de Escarcha fue todo un éxito.  

Quiero expresar todo mi agradecimiento a quienes vinieron a comprar un ejemplar del libro, a quienes vinieron por una dedicatoria, a quienes vinieron a acompañarme y también a quienes me han acercado sus buenos deseos desde España, México, Uruguay, Chile... y otros países de habla hispana.

Subo con todo cariño y afecto una foto grupal como modo de representar a todas las personas que estuvieron compartiendo el evento que estaba programado terminar a las 21 hs y se prolongó (gracias a la cortesía de la editorial) hasta el cierre, una hora y media más tarde de lo esperado, para poder estar con todos los presentes.

¡Un saludo muy afectuoso!

Ariel

sábado, 4 de mayo de 2019

Algo especial


   Como todos los años ha comenzado un evento que moviliza a miles de personas hacia la contemplación de un objeto que ha atravesado siglos y aún permanece vigente: el libro. 
   Ya está abierta y en marcha la 45a Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2019.
   Es un placer para mí poder invitar, a todos quienes estén interesados, a pasar por el stand de la Editorial Autores de Argentina en el Pabellón Azul, Stand 97, el viernes 10 de mayo de 20 a 21 h. 
   Ahí estaré en la firma de ejemplares de mi tercera publicación: Escarcha. 
   Los recibiré con mucho afecto en ese momento tan especial. Me pondrá feliz contar con la compañía de quienes puedan acercarse.
   Un saludo para todos.
   Ariel

miércoles, 13 de febrero de 2019

El escape


   Era un miserable peón leñador y la soledad del monte le había embrutecido el alma. La codicia de ser libre —y embriagarse en la contemplación de la vastedad del mundo— lo decidió a escapar de este obraje vegetal, la selva de quebrachos del Chaco interminable. 
   En su huida, había robado una bicicleta y un pequeño alambique de cobre que amarró detrás del asiento, con una atadura de alambre. 
   No bien la claridad pintó su pasta ceniza en el cielo sobre la línea del horizonte, ya tenía desarmadas las lonas de la carpa. 
   Ahora pedaleaba con desesperación por la huella de polvo de la llanura, más allá del bosque. El capataz y sus hombres, seguramente, lo estaban persiguiendo, pero tenía fe en sus fuerzas; en un día a más tardar llegaría al otro lado del río y estaría a salvo. 
   Luego de vadearlo entraría al pueblo. Alguien le contó que era un puñado de casas apretadas a lo largo de la costa y le dijo que tenían las paredes pintadas de colores refulgentes. Él imaginó, entonces, el bullicio de voces en las calles estrechas y los ajetreos de los carros. El puño desconocido de la dicha le apretó el alma, le latieron las sienes. La fascinación de la libertad le infló las entrañas.
   Cargaba una rústica mochila con sus cosas: la manta, un trozo de pan, un cuchillo. Nada más. Su cuello rojo era un cuero curtido por la brisa caliente. 
   Le habían contado que el mar era como un cielo azul, pero acostado, que empezaba donde la tierra se hundía. Esta imagen le iluminaba los ojos, le alimentaba la imaginación, le tensaba la ansiedad. Si bien no iba hacia allí, sabía que las chatas ancladas en el pequeño puerto fluvial zarpaban llevando troncos hacia el océano. Y, tal vez, podría buscar trabajo en alguna compañía naviera y embarcarse para ver ese confín azul del que le habían hablado.
   Cuando se hizo de noche, antes de hacer el último acampe, vio la curva de la orilla y la superficie acerada del agua. Estaba agotado. Resolvió completar el trecho final a la mañana siguiente; faltaba poco para estar fuera de peligro. Sacó la botella, tomó un trago de aguardiente y se quedó dormido sin armar el toldo. Bajo el frío resplandor de las estrellas se abandonó a su primer sueño inmaculado.
   Las voces lo despertaron al amanecer. 
   A lo lejos, entre la polvareda, divisó un apretado retén de guardias armados de la empresa forestal. Se levantó. Aunque el miedo lo hizo tropezar, montó la bicicleta y encaró hacia la parte más estrecha de la barranca. Cuando empezó a pedalear sintió el estampido, después la quemazón y luego la caída. 
   Una tenue desazón se instaló entre los pómulos de su rostro cetrino al ver el color granate de su propio charco. Luego, por fin, una sonrisa incompleta quedó colgada de la comisura de sus labios. 
   Estaba muerto, pero la mueca, el pecho soberbio y los ojos abiertos mirando en dirección del río, daban la sensación de que ese hombre se había ido de este mundo arrastrando consigo la felicidad completa.


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