miércoles, 5 de agosto de 2020

A través de la ventana

   El abuelo Manuel hace cuatro años que no habla. 
   Cuando murió la abuela —dice mi papá— se quedó mudo de tristeza. A partir de ese día no se quiso levantar de la cama. Por eso mamá se empeñó tanto en comprarle la silla de ruedas. Lo sacaba al patio a tomar sol y al abuelo parecía gustarle porque la mano le dejaba de temblar. 
   Ahora, estamos en cuarentena, y es más complicado. A veces mi mamá se olvida dónde lo dejó y me manda a mí a buscarlo para cenar. Como estoy aburrido, por momentos me quedo con él leyéndole algún cuento. Le debe hacer bien porque mueve los ojos si le muestro los dibujos coloreados del libro.
   La otra tarde lo dejé frente a la ventana del fondo mirando al limonero del jardín. El sol de otoño no está tan fuerte y parece gustarle ese lugar luminoso. Hace dos semanas una paloma hizo un nido y ahora está empollando un huevo blanco. 
   Hace poco vimos una bandada de cotorras haciendo escándalo entre las hojas del árbol. Llevamos tres meses encerrados y vemos más pájaros que antes. Vienen de los bosques de la orilla del río. Yo lo noto y el abuelo también. Cuando ve alguno lo sigue con la vista. 
   Ayer, frente a la ventana, se empezó a agitar en la silla. Yo me asusté: me agarró del brazo, me tironeaba. De repente señaló hacia el limonero y me dijo: «¡Mirá!... Nachito… ¡Mirá!». Y yo me asomé. Había dos pichones en el nido. Las ramas del árbol agitaron el aire y los limones amarillos me encandilaron como faroles encendidos. 
   Miré sorprendido al abuelo Manuel. 
   Había hablado por primera vez desde que murió la abuela. 
   Mamá lo escuchó. 
   Era hermoso verla sonreír, luego de tanto tiempo… confinada como todos por el temor de la pandemia.


Relato perteneciente a la antología Mientras tanto la pandemia.

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