domingo, 9 de septiembre de 2018

Romina


   Hay algunos charcos dispersos en la calle de tierra. Paula pisa en uno de ellos y se embarra los únicos zapatos de salir. Son negros y de taco bajo, ya están un poco gastados. El pie derecho se entierra hasta la mitad y ella casi pierde el equilibrio, pero se recompone, se acomoda la pollera y logra salir sin caerse. No quiso venir en zapatillas porque están sucias, no tuvo tiempo de lavarlas y, además, están rotas. No las usa para viajar en colectivo. Le da vergüenza, por eso las descartó, para que la gente no la confunda con una indigente. 
   Entra en la casa detrás de su madre y la sigue. Deja la cartera sobre una silla de mimbre, pero no se saca el abrigo. Se limpia el zapato con meticulosidad —aunque está nerviosa— con el trapo de piso que toma del rincón y luego lo deja en el mismo lugar, al lado de la escoba. 
   Hace un par de horas llamó a su madre por teléfono —un celular anticuado, regalo de su tío—. Hubiera querido hacerlo antes, pero estuvo dos días sin crédito. Recién hoy cobró un poco de plata y lo pudo cargar. Su hermana está internada hace tres días y quería saber cómo seguía, pero del otro lado de la línea lo único audible era un tartamudeo lejano. Le pareció haber escuchado que la situación de Romina se está complicando. Y eso la dejó intranquila. Por lo tanto, se decidió a venir directamente hasta aquí.
   Se sienta y su madre le ofrece un mate. Lo toma. Cortando la frase, entre sorbo y sorbo, trata de pedirle una explicación más precisa acerca de cuál es la complicación de salud de su hermana. Lo hace de manera demasiado atolondrada, un poco agresiva tal vez. Paula tiene la urgencia de la juventud. En cambio, a su madre le cuesta armar una respuesta con mayor rapidez. Hace lo posible pero no alcanza. Y encima estuvo llorando mientras la esperaba. Todavía le quedan huellas sobre las mejillas y las seca con la punta de un pañuelo arrugado. Se compone un poco, se sosiega y le dice:
   —Esta mañana me llamó Ana desde el hospital.
   La frase cae lenta. Las palabras se acomodan buscando lugar en el espacio liviano del ambiente. Su madre se pasa la mano por el delantal descolorido. Trata de disimular —es evidente— el agobio del manto de frío suspendido por debajo de las chapas del techo. Aquí dentro se padece un poco menos porque ha encendido una hornalla de la cocina, la más pequeña. La aureola azul titila con un tenue silbido agudo. La regula al mínimo para prolongar la duración de la garrafa. La cortina a lunares de la ventana está cerrada. Entra poca luz, pero la presencia del género aplaca un poco el aliento helado filtrándose a través del vidrio roto.
   Las cacerolas emanan un aroma tibio a guiso. Paula lo reconoce de inmediato porque le trae recuerdos de la estrechez de su infancia, ausente de juguetes, escasa de mate cocido con pan por las noches. Los desliza con rapidez hacia el olvido, su urgencia los coloca en un segundo plano. Está ansiosa. La frase suelta pronunciada por su madre se condensa con facilidad en las paredes sin revoque. Es escasa como la felicidad, tiene un sabor demasiado dulce del cual no puede menos que desconfiar. Pretende una más concreta, una expresión clara como su piel desnuda. Y dicha lo más rápido posible. Siempre pasa lo mismo —piensa—, deberé terminar sacándole las palabras con tirabuzón.
   Su madre habla con rodeos. Paula se contiene, calla sus interrogantes, se arma de paciencia. Se va enterando de a poco de algunos detalles menores y, mientras la escucha, repasa las vivencias de su niñez en esta casa, sus pensamientos acumulan escenas con la delicadeza de la memoria en el umbral de su intimidad.
   Tiene dos hermanas: Ana es la mayor y Romina la menor. Las tres viven en lugares diferentes, en el primer cordón del conurbano. Llevan una vida ajustada, como pueden. Romina cuida personas en un geriátrico, Ana es depiladora, Paula limpia casas. Cambian de trabajo si los viejos fallecen, el salón de belleza cierra, o los matrimonios se divorcian. Ninguna tiene un sueldo fijo. 
   Antes de ayer fue a visitar a Romina al hospital y estaba bien, sonriente. Ahora quiere saber qué dijo Ana. Todavía su madre no se lo termina de aclarar. Da vueltas y vueltas. Sigue hablando y después de un rato muy largo, excesivamente largo, termina de contarle los detalles repetidos una y otra vez. Paula se pone más inquieta. Se produce un breve silencio y aprovecha el hueco. Insiste:
   —¿Y qué más?
   —El doctor dijo que la infección llegó al pulmón —dice y baja la cabeza.
   —¿Y entonces?
   —La pasaron a terapia intensiva.
   Esas palabras la asustan, la toman desprevenida. Son abruptas, violentas, y, sin embargo, se esfuerza en pensarlas como dos sonidos inofensivos, equivocados, tal vez se trate de una medida de prevención, su hermana siempre fue delicada de los bronquios. Se recompone, toma consciencia. Quiere saber más. 
   Romina está separada y tiene cuatro hijas. La situación le preocupa porque todavía son chicas. 
   —¿Y las nenas con quién están? —pregunta.
   —Con la vecina. Están bien.
   Mira hacia la pared. Se distrae. Ve una huella de hollín, un triángulo gris oscuro apuntando al techo con la base escondida detrás del horno. Hay un solo mueble. Tiene patas, cuatro estantes y puerta doble donde se encuentran los cacharros y el cajón de los cubiertos. De chica le parecía descomunal. Le pide a su madre otro mate. Ella se lo ceba y se lo alcanza. Paula está descuidada y se le resbala. Lo vuelca sin querer. Se levanta, trae el trapo rejilla. Seca la mancha verde esparcida sobre el mantel de hule de la mesa, limpia lo mejor posible, lo devuelve a su lugar y se sienta. Le da una chupada al mate hasta vaciarlo. Hace un ruido parecido a una queja. Luego lo apoya sobre la mesa y le dice:
   —Mami, escuchame. Yo estuve con ella y me dijo que no tenía nada serio.
   —No sé.
   —¿Cómo que no sabés?, si a vos te cuenta todo —exclama casi con bronca.
   —No sé nena.
   —Pero, ¿cuál fue la causa de la internación? A mí no me quiso contar nada.
   Termina de hablar y se abre un silencio entre las dos, más temible que la miseria. Su madre llora de nuevo. Algo le esconde, está segura porque le conoce esa actitud. Trata de calmarla un poco. Le pide otro mate más para darle un tiempo a la confidencia. No sabe por qué le cuesta tanto hablar de algo tan simple. Hasta parece guardar el pañuelo en el bolsillo a fin de demorar la respuesta. 
   No desea que su insistencia tenga la gravedad de un acoso, por eso Paula habla despacio. Romina siempre fue muy cerrada con ella, en cambio con su madre y con Ana no, a ellas siempre le cuenta todas sus cosas.
   En el hospital también le hizo la misma pregunta a su hermana y ella la esquivó, se quedó callada mirando la pantalla del televisor de la sala; estaba de buen ánimo, ya no tenía fiebre y esperaba el alta de un momento a otro. Paula percibió la falta de la respuesta como la evasiva habitual de su hermana ante una intromisión en su intimidad, por lo cual no insistió, dada la falta de intención de compartirla con ella.
   Tiene esa escena fresca en la memoria y se anima a ser más específica. Acerca la banqueta hacia su madre, acaricia el mate con las dos manos y en voz baja le dice:
   —¿Tiene que ver con el marido?
   —No, no, Enrique no volvió más.
   Se lo pregunta porque el tipo le pegaba. Discutían mucho. Gracias a Dios se separaron, sino las cosas iban a terminal mal.
   —Entonces ¿por qué Romina fue a parar al hospital?, mamá —insiste.
   Su madre se recompone, suspira. De repente parece dispuesta a relatarlo todo. Levanta la cabeza. Parece más firme, más decidida.
   —Estaba embarazada y decidió abortar. ¡Se lo sacó, nena! —exclama compungida, de un tirón.
   —Pero… ¿cómo?, ¿quién se lo sacó?, ¿dónde?
   Paula balbucea, se queda en blanco, enreda el extremo de la bufanda con los dedos. En realidad, tiene temor a seguir indagando. Su madre, en cambio, agrega una frase con un gesto de condescendencia, una expresión sombría le abarca todo el rostro.
   —Tenía miedo, nena, ¿sabés?, por eso fue a lo de doña Julia.
   Paula se lleva la mano al pecho, con los dedos temblorosos se acomoda la bufanda alrededor del cuello, como para abrigarse más. Le vienen a la memoria los peores recuerdos cuando escucha ese nombre. Su imaginación vuela. Sin embargo, se queda callada, espera, sujeta un desahogo acumulado en la garganta. Piensa. No parece estar frente a su madre, parece una extraña.
   Sigue escuchando a esa mujer a quién ve sufrir delante de ella, hablando con frases entrecortadas, con el poco aliento del cual dispone:
   —Estaba de diez semanas. Desesperada. Le preguntó a Ana por las pastillas y ella le averiguó. Es imposible comprarlas en la farmacia sin receta. Y también le dijo el precio y ahí Romina se dio cuenta de que no tenía esa plata. Después habló conmigo. Me dijo que ella no quería otro hijo y me pidió la dirección de doña Julia. Yo le propuse acompañarla, pero ella quiso ir sola. 
   —Mamá… ¿cómo sabés que doña Julia…?, ¿vos… alguna vez… te sacaste alguno? —dice Paula con un hilo de voz. 
   Tiene emociones encontradas. No quisiera escuchar la respuesta, pero le resulta imperioso conocer las razones, ahora necesita saber.
   —¡Ay, nena! ¿por qué me preguntás eso?
   —¡Quiero saber, mamá, contestame!
   —Bueno… ¡sí!… sí… fue muy difícil.
   —¿Y quién te acompañó? ¿papá fue con vos?
   —No… fui sola.
   Termina de hablar y suspira. Llora con más libertad, como si el hecho de compartir la verdad con su hija la hubiese liberado de un peso lóbrego sostenido sobre su espalda durante tantos años.
   Paula se siente una estúpida, tal vez sea impotencia o melancolía, no sabe. Quizás las revelaciones de esta tarde fueron demasiado para ella. Se levanta, se acerca a la silla en la cual está sentada su madre y la abraza. Y también llora con ella. Oprime el cuerpo amplio, le agrada porque emana un leve aroma a ternura y no desea perderlo en el olvido, por eso la aprieta más fuerte, cerrando los ojos. Pero es solo un momento. Pasa demasiado rápido, se disipa no bien mira alrededor y la sensación de pobreza la acongoja. Le duele y la asusta. Prueba un consuelo en un hilo de voz:
   —Mami… mami, no llores, Romina va a ponerse bien… lo otro ya pasó.
   No sabe en qué medida es cierta la última parte de la frase, no está segura. La intención de sus palabras es calmar su propia angustia y la de su madre. 
   Paula ahora se sorprende de las semejanzas con las vidas de sus hermanas porque las tres han pasado por este suceso clandestino, aciago, doloroso, infeliz. Cuando rozan el tema del aborto, lo esquivan, solo lo han hablado con su madre cada una por su lado. Fueron ellas quienes llevaron el embarazo en su cuerpo, quienes pasaron las noches de insomnio mirando el techo, quienes también debieron tomar la terrible decisión, en una inmensa desolación la cual no pudieron compartir. 
   Piensa en el sufrimiento de Romina con las piernas abiertas, sangrando, y a doña Julia escarbando dentro de su hermana. La cabeza le da vueltas, tiene la sensación de ser un útero endurecido que se eleva en el fondo del viento. Le viene un dibujo a la mente, un pensamiento, casi una escena: «Un tallo verde se corta y cae en un charco rojo que se expande». 
   Ahora comienza a entender un poco más. Se apura a interrogar a su madre:
   —¿Y qué dijo el médico cuando la recibió en el hospital?
   —Yo no estaba. Ana la acompañó con la ambulancia. El médico de guardia la trató muy mal. Desconfiaba. Le hizo preguntas como si en vez de un cirujano fuera un detective y la paciente una delincuente. El tipo quería saber si Romina se había hecho un aborto. Pero Ana tiene carácter y se lo negó rotundamente. Le dijo que averiguara menos y se ocupara de sacar a su hermana del mal trance. Las enfermeras tardaron en llevarla a hacerle los estudios, pero le dieron los medicamentos enseguida porque tenía fiebre y mucho dolor en el pecho. Ahora Ana está esperando el parte en terapia intensiva.
   Su madre casi no ha tomado aire y, le recomienda, le pide por favor, no vaya a contarle a sus hermanas que ella se lo dijo porque si se enteran se van a enojar mucho con ella. Paula la contempla, ya no quiere seguir escuchando, se siente cansada, abrumada, con una pesadez enorme y los brazos flojos.
   La conversación duró un siglo o así le parece. Todavía está desconcertada. Le vienen a la mente escenas dispersas producto de su imaginación, con gritos, agujas, sangre, dolor y vergüenza. Piensa en la amplia sonrisa de Romina la última vez que la vio. 
   Su madre se levanta despacio y corre la cortina de la ventana. Un filete de luz divide en dos el espacio y todo se ilumina disipando la melancolía de Paula. El resplandor la despabila y oye un sonido lejano al cual parece reconocer. Está aturdida y abrumada pero todavía con la lucidez suficiente para percibir que el sonido viene de la otra habitación, en medio del silencio de la casa. 
   Es su celular. No se dio cuenta, lo dejó dentro de la cartera. Corre, lo saca y atiende. Es Ana.
   —Soy Ana. 
   La voz de su hermana suena diferente, debe ser porque casi nunca la llama.
   —¿Dónde estás? —dice Paula, sin reprimir su ansiedad.
   —Romina se murió —dice Ana y se pone a llorar.
   —¿¡Cómo!? —exclama Paula con la voz ahogada—. ¡Repetímelo, Ana, ¡por favor! —le grita aferrándose al celular, apretando el aparato fuerte contra la oreja. 
   No lo puede creer, tiene la boca abierta, se alisa el cabello y no sabe qué decir. Se larga también a llorar, las dos lloran. Su madre está parada y la mira como si hubiera escuchado la frase nefasta que Ana acaba de pronunciar en el teléfono. 
   Paula está histérica:
   —¡No puede ser! ¡Decime por qué! ¡No puede ser!
   Ana, antes de cortar, con voz dubitativa, llega a elaborar un último párrafo confuso. Paula logra descifrar el titubeo de la frase y la interpreta, su hermana acaba de decir algo sobre “la desgracia de ser pobre”. 
   Ya no disimula la tristeza que se instala en sus labios mientras deja el celular. Es un aparato viejo con la pantalla rota. Cuando tenga un poco de plata voy a comprar uno más moderno, piensa. 
   Saca el pañuelo y se seca los ojos. Revuelve en la cartera y saca el espejo para retocarse las pestañas con el rímel de su prima. Como sigue llorando decide sacarse toda la pintura de los ojos y no se vuelve a pintar. Sin maquillaje y con semejante angustia se ve desencajada, con cara de loca. 
   Se mira los zapatos. Revisa si les sacó todo el barro. Se los va a poner para el velorio de Romina, aunque se haga aquí, en el barrio, en la vivienda de su madre, ubicada al costado de esta miserable calle de tierra. Aunque llueva, ya no le importa. 
   Se deja caer en una silla y completa el pensamiento que tuvo hace un rato: «Un tallo verde se corta y cae en un charco rojo que se expande en el firmamento cuando la muerte se hunde en el crepúsculo». 
   Es un pensamiento demasiado poético, tal vez sea un recuerdo del colegio primario, quizás unas líneas de algún poema leído en la clase de la señorita Matilde, la de tercer grado, tan cariñosa.
   Y no sabría decir por qué piensa en esa estúpida tontería, con todos los trámites de la funeraria por delante y con todo lo que debe hacer en su casa, antes de arreglarse un poco, para no dar más lástima de la necesaria, delante de la gente del barrio que vendrá a dar el pésame en el sepelio.



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