sábado, 20 de julio de 2019

La semilla mágica



   Cuando me dijo que íbamos a tener un bebé la sorpresa impidió el movimiento de mis labios. Mi silencio suspendió el vínculo con el aire durante un tiempo demasiado prolongado. 
   —¿Qué te pasa? —preguntó.
   Yo la miré sin decir nada porque todavía era muy joven y no conocía aún el riesgo de no contar, ante una mujer como ella, con una respuesta a esa pregunta. 
   Se fastidió. 
   Apretó los labios y me dio vuelta la cara de una cachetada. Y tuvo razón. Aunque para mí fue algo inesperado, me lo merecía. La demora fue peor. Debería haber intentado cualquier balbuceo, pero no pude articular ninguna frase. No fui cariñoso cuando ella más lo necesitaba. 
   Y se sintió profundamente herida. 
   Sus dedos habían marcado mi mejilla y no bien lo advirtió se tomó el rostro con ambas manos, tapándose la boca. Tenía la expresión del arrepentimiento, pero la semilla mágica adherida en el interior del útero le impidió ponerlo en palabras. No me lo dijo, pero quizás en mi rostro serio habrá visto cobardía en lugar del susto tremendo en medio del cual me encontraba.
   Y aunque yo no comprendí en ese momento el tamaño emocional de la novedad, sino después, por las dudas la abracé. 
   Lo hice porque conocía su carácter y no quería perderla. Ella lo habrá adivinado porque pasó un brazo por mi espalda y apretó su mejilla contra mi hombro. 
   Con la mano libre se tocó la panza. 
   Aunque en ese momento no pude ver sus ojos imaginé que en su mirada se formaba un sueño de futuro para quien deberíamos elegir un nombre. 
   Y la apreté más fuerte. 
   Y ella también.

Publicado en Vestigium

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