domingo, 15 de julio de 2018

En la ribera al lado del muelle


I

   La austera tumba que te hice, hace unos meses, se reduce a una montaña de cascotes incrustados en la greda de la playa angosta, contra la barranca. Tiene una cruz hincada encima, dos maderas de palo rosa atravesadas por un clavo y atadas con alambre de fardo. La estaca vertical es gruesa, se afina hacia lo alto y la punta asoma por encima de la hierba, cerca de la orilla, en este oculto recodo del río.
   Sé que vos hubieses querido féretro, fosa y un responso del pastor al lado de una sepultura. Pero me resistí a hacerlo. La muerte llegó a la madrugada y se enamoró de tu cuerpo cálido. Deben haber pasado dos horas hasta que me resigné a la fatalidad de tu quietud y algún tiempo más, hasta aceptar que alguien o algo desconocido te había robado el movimiento. No quise dejarte encerrada en la casa, pero tampoco sacarte de esta telaraña de islas, ni alejarte de estos bosques tupidos de alisos, espinillos y pajonales. 
   Te puse junto al río —aquí nadabas todos los veranos—, para que el agua te moje con su dedo húmedo a través de los intersticios abiertos, entre piedra y piedra, en tu nuevo lecho. Hasta acá llega el canto del churrinche rojo esquivando las flores de los ceibos. Lo único molesto es la bruma del amanecer que te toca antes de disiparse. 
   Quise retenerte de algún modo. Esa es la verdad.
   Elegí este sitio para no exponerte a la furia de la correntada, de modo que el manotazo del río, no te arrastre al agua profunda para hundirte como a un buque abandonado.
   No sé de dónde saqué fuerzas para fabricar tu nueva morada. Hoy no sería capaz, soy un hombre desorientado que anda mudo. A veces le hablo al río, y a veces, en la cocina de la casa, hablo solo, convencido de que tus labios me conversan. 
   —Juana, no sé cómo seguir —digo en voz baja, o lo pienso, o me parece que lo pienso, o mi pensamiento rebota en el abrazo del viento, cae como un eco de luto en mi oído, y me confundo.

II

   Deambulo extraviado por las habitaciones. Me desplazo de una a la otra sin destino claro. Soy un remanso circular de rutinas que repito, es para salir de esto que me aferro a la intimidad de la pesca. Tomo las cañas, cierro la puerta y bajo caminando, por el estrecho sendero que esquiva los troncos de los fresnos y desciende hacia la ribera. Veo aparecer y desaparecer la tumba entre el follaje. Me gusta el lugar que elegí para el destino final de tu cuerpo, porque está amparado, a salvo de los ojos de los navegantes que husmean buscando despojos de barcos abandonados. 
   Llego al pequeño embarcadero. Me detengo y miro la obra de rocas levantada del suelo. Los juncos la están tapando de un costado, deberé cortarlos antes que la cubran del todo.
   El Paraná está crecido y el nivel de los arroyos sube. El agua de la costa acumula hojas en la base del promontorio, escucho el chapoteo de los manotazos intermitentes que deja espuma en los adoquines. El sepulcro está al amparo de la correntada, pero las ramas y los camalotes se enredan en los escombros que sobresalen. Ahí se quedan y después se pudren sin resistir al cristalino discurrir del tiempo. 
   El peregrinar cansino de las nubes rumia una tormenta. Tal vez un día el río levantará su lomo mojado y arrasará con todo. Debería mudar tu pétreo aposento, protegerlo más, llevarlo arriba de la barranca. Conozco la posición de cada bloque, en qué hueco puse cada guijarro. Podría desarmarla y volverla a armar con los ojos cerrados y una mano atada en la espalda. Tengo tallada en mi retina con exactitud toda la arquitectura. 
   Pero es verdad que, aunque no me guste, no puedo dejar de pensar en el cementerio.  Me pregunto si acaso no sería como una segunda muerte, y lo cierto es que no solo te alejaría de mí, seguramente tu cuerpo olvidaría las islas, el viento y la soledad del paisaje.

III

   No me distraigo más y retomo la marcha. Mis pasos repercuten sobre los tablones del muelle. Subo a la embarcación, reviso la cabina con calma y minuciosidad, levanto el bidón y lleno el tanque con gasoil. Enciendo el motor. Por un momento el ronroneo del “Mercury” me disipa la pesadumbre. Me dispongo a remontar el Anguilas, a buscar la boga porque todavía no aparece el pejerrey. El cielo del sudeste está gris, es un buen augurio para la pesca. 
   Suelto la soga de amarre y salgo a navegar. No es un viaje largo, en media hora llego y detengo la marcha. 
   En la lejanía, la costa parece una chata arenera fondeada en medio del desamparo con un bosque encima. El casco anaranjado de la “Baader-Track” se hamaca suave en la corriente perezosa. El silencio aturde, tiro el trasmallo y me quedo pensando en nada mirando el collar de boyas amarillas. Apoyado en la borda cuelgo los ojos en la melancolía de la tarde. El horizonte oscila con el suave vaivén de la brisa que peina el agua.
   Vuelvo a pensar en vos y en el cementerio. Desde la semana pasada que la idea me da vueltas en la cabeza. Se trata de una especie de paranoia recurrente. Comenzó cuando me encontré con el viejo que tiene el rancho donde se quiebra el arroyo. Estaba comprando en la lancha carbonera. 
   —Hola Don Luna, ¿qué cuenta? —dije yo. Por decir algo. 
   Pero fue suficiente para que me contara todas las novedades que circulan por las venas intrincadas de los ríos del estuario, y nos pusimos a conversar mientras hacíamos la fila. 
   Vos sabés, Juana, que la gente de las islas es así, cuando se encuentra con alguien habla, necesita abrir el silencio y escuchar el sonido de su propia voz. El diálogo es un recurso. Todos necesitan compartir los misterios del río y espantar la superchería de las historias trágicas del Delta.
   Me habló del fallecimiento del dueño del aserradero que está en el otro extremo del islote, en Cabo Frío. Sin que yo pregunte nada me contó con lujo de detalles el servicio funerario y la congoja de la viuda. Yo le conté que a nuestro embarcadero lo habíamos construido vos y yo solos, casi sin herramientas. Don Luna se entusiasmó. 
   Cuando nos despedimos me preguntó si un día de estos podía pasar a ver nuestro muelle, quería animarse a hacer uno nuevo porque al suyo se le habían empezado a pudrir los puntales.

IV

   Mi cuerpo cuelga boca abajo, como un cadáver, sobre el estribor del casco del barco, rodeado por la tranquila inmensidad acuática. Tengo las manos sumergidas casi hasta los codos. En esta ridícula postura imagino que te estoy acariciando, que mis extremidades de agua son parte de los riachuelos sinuosos, que se extienden hasta los resquicios de la tumba y acaricio tus pies descalzos. Me siento huérfano tan lejos tuyo. 
   Me desperezo parado con las manos apoyadas en los huesos de la cadera. Estiro los músculos. Trato de pensar en otra cosa. Una bandada de cotorras rasga el cielo buscando el sigilo de la fronda, los chillidos lejanos raspan el aire liviano de la tarde pálida. La brisa alborota el follaje de la hilera lejana de álamos, las hojas oscilan en infinitas vibraciones, son diminutos espejos verdes y blancos que flotan en el suspenso de la humedad. Todo es movimiento. 
   Me pongo a trabajar con la red. Tiro de la relinga hasta que la baliza llega a mis manos. Separo la pesca en los fuentones, acomodo la malla contra la popa. Me dirijo hacia la cabina y enciendo nuevamente el motor. Giro con suavidad el volante, la lancha obedece dibujando una curva amplia y luego enderezo el rumbo. Navego pensativo. Qué triste sería dejar de tenerte tan cerca si te llevara al cementerio. Durante todo el trayecto de regreso no hago más que cavilar en ese sentimiento.
   Dejo el canal Honda, encaro hacia la boca de entrada del último arroyo para acceder a nuestro muelle. Encapillo la gaza del cabo de amarre. Subo al entarimado y paso al lado de la tumba. Esquivo la mirada, no llego a discernir con claridad la causa de ese gesto al que me obligo. Sigo cabizbajo por el sendero hacia la casa y entro. 

V

   Lo primero que hago es arrimarme a la ventana. Te miro. Es decir, bajo el esplendor galvanizado de la tarde, asoma el copete de piedras y la cruz de palo. Pero sé que estás ahí. El silencio de la cocina me mantiene pegado al vidrio. Pasa un rato y me siento en la banqueta, acerco un vaso y lo lleno de vino. 
   Quizás así pueda traer un poco de olvido para tapar tu ausencia y la angustia que me araña la aridez del alma. 
   Me pregunto cuál es la distancia que nos separa, si esa distancia existe. Imagino que tu cuerpo se quedó quieto al perder alguna sustancia desconocida que se fue a algún lado. No sé dónde está esa otra parte que te completa, lo desconozco. El aire no ventila tus pulmones, está ausente tu respiración y no obstante te imagino intacta, íntegra, debajo de ese rústico promontorio.
   Me apropié de tu cuerpo en un arrebato insensato por tenerte conmigo, no medí las consecuencias.
   Una locura. 
   Poco a poco tomo conciencia de la fatalidad de la muerte. Ese límite único e inapelable. Debe ser el vino que me lleva a ese lugar. La tristeza se retira hacia los rincones de la casa, lo hace con sigilo, no es más que un síntoma de la cercanía con la cual me acosa. En eso pienso cuando me quedo dormido con la cabeza apoyada sobre la mesa. 
   Y sueño con vos.
   Y después de un intervalo de tiempo que no puedo definir con precisión me voy despertando. Quedan retazos en mi cabeza, sinrazones, una metáfora confusa que naufraga sin explicación. Vos estabas quieta, sentada sobre una balsa que se iba deslizando río abajo sin remedio. Yo te miraba desde la costa, quería gritar, pero estaba amordazado, atado y de rodillas, en un islote desierto. El sueño me salva de la angustia por un rato, pero ya estoy despabilado, otra vez con el alma sombría, atrapado en la persistente oscuridad. 
   Me despierto con lágrimas en las mejillas mirando la botella. Me refriego los ojos para despejar la niebla que los empaña, el jugo de tanta tristeza que llevo dentro.
   Arqueo la espalda y me afirmo en la mesa. Me levanto y comienzo a dar vueltas por la cocina, buscando una precisión, un norte, una brújula que me oriente. De repente oigo ladridos lejanos, llegan desde afuera más allá del aserradero. Hace tiempo que no escucho ladrar a los perros, pero eso no me llama la atención. Un mes después de tu muerte se fue el último que quedaba. Es lógico, vos los llevabas a cazar al carpincho, te revolcabas con ellos a jugar en el pasto. Yo nunca me ocupé.
   Recuerdo que en tu noche trágica fue Titán quien acercó el hocico y tocó el dorso de tu mano, para verificar si estabas. Así estuvo unos instantes. Luego retrajo las orejas hacia atrás y se quedó echado en el piso. Te aseguro que pude ver la tristeza en aquellos ojos de animal abandonado.
   Rememoro nuestros amaneceres cuando el mate nos calentaba las manos. Y tu risa, sobre todo tu risa. Qué hermosa compañía que eras, Juana. Cuando me pierdo en la soledad del río elevo la vista al cielo para buscarte. Y, te juro, que me parece que te estuviera viendo.
   En el interior de la casa se siente tu perfume, la sensación de que en cualquier momento vas a decir algo. La melodía de tu voz y los susurros de tus pasos permanecen todavía en las habitaciones. Hay momentos en los cuales me parece escuchar el suave choque de las cacerolas. En ocasiones me sorprendo en el dormitorio, buscando la forma de tu cuerpo, palpando el sutil hueco del colchón. Desde el cuarto, a veces, me parece escuchar el siseo de las sábanas, agitadas por alguna de tus pesadillas.
   Aquella madrugada te cargué entre mis brazos, aún tibia. Yo mismo socavé el suelo, lo suficiente para acomodarte sobre la tersura de tu morada perpetua. Asenté allí tu espalda con cuidado y te tapé con dos mantas. Luego acomodé encima la pila de piedras, formando un arco para el breve hueco de tu acotada libertad. En la angosta ribera estás entera, quieta, sin movimiento. 
   Creo que me ganó la desesperación aquel amanecer en el cual decidí que tu cuerpo quedara conmigo, e hice la tumba, para poder verte desde la ventana. La muerte hizo dos Juanas. Tu forma completa está ahora bajo las rocas; tu espíritu es una algarabía que mora por aquí dentro, agita las cortinas, rodea la huerta y sube a cantar en los nidos de los árboles. 
   Siempre fuiste de agua, de juncos y de tiernos brotes vegetales. Oigo tu voz que baila en el aire y me contás como es el cielo. El atardecer no se muere aún sobre la superficie plateada del río. La melancolía baja desde el silencio de los árboles, las nubes de lluvia se van aproximando con cautela. Sin embargo, aquí, la penumbra abarca por completo la amplitud del cuarto. Enciendo una vela, me siento más sombrío que otros días y no sé por qué.

VI

   El encierro no me hace bien. Salgo. Avanzo por el camino y me acerco al muelle. Miro como cabecea el bote. Desde acá percibo dos ríos diferentes, uno encima del otro. El de arriba es un espejo que se desliza con lentitud, el de abajo corre veloz y turbulento, es voraz, todo lo traga y lo oculta. 
   Un ruido paraliza mis reflexiones. Estalla un trueno, algo se rompe en el cielo y empieza a caer una llovizna de hilos delgados.
   Decido volver para buscar el capote y al pisar las últimas tablas de quebracho resbalo, un pie se traba entre las maderas del piso y la baranda. Pierdo el equilibrio y me desplomo. Caigo de espaldas con todo el peso de mi cuerpo y siento un golpe seco en la nuca que impacta contra una piedra bola. Se me escapa un grito de dolor. Estoy atontado.
   El golpe me ha debilitado los músculos y eso me da temor. Quiero estar junto a la tumba, Juana, más a resguardo, por si viene la creciente. Además, necesito tu proximidad. Me arrastro con los codos dejando una huella curva en el barro de la playa. Las finas gotas de lluvia me golpean en la cara, pero no quiero cerrar los ojos. Me quedo quieto un rato.
   Tengo una herida cortante detrás de mi cabeza que me ha partido el cráneo. Sale mucha sangre y se diluye formando una franja rosada que termina en las olas que chapotean en la orilla. Mi corazón late rápido. En este recodo escondido es escaso el tráfico de lanchas, es difícil que puedan socorrer a un moribundo como yo.
   Giro con lentitud la cabeza para mirar la casa y por primera vez me parece inalcanzable. Veo sombras que se mueven en la ventana. Es extraño. Hay alguien dentro o el pábilo de la vela produce ese efecto tenebroso. Quizás sea consecuencia de lo aturdido que me encuentro. 
   El agua tironea de mis piernas con sus fauces líquidas. Conozco la avidez que tiene por engullir los cuerpos de náufragos y ahogados, me quiere arrastrar hacia la profundidad del cauce. Comienza la creciente. Entierro los dedos en el barro con fuerza mientras el agua me va cubriendo los pies, luego las rodillas, después el pecho.
   Levanto la cabeza alzando las cejas con desesperación. El agua ya tapa mis hombros. Un cardumen de peces comienza a pellizcarme el cuello. Se meten debajo de mi ropa empapada y raspan mi piel como roedores hambrientos. No alcanzo a comprender qué es lo que están buscando con el cosquilleo de sus pequeñas dentelladas. Debe ser la sangre, que tanto enloquece a las terribles palometas río arriba. Con tamaña voracidad me van a convertir en un desecho de huesos.

VII

   Hacia el oeste todavía queda algo de claridad en el aire. El sol, totalmente oculto por las nubes, desata su última furia. Delgados filetes rojos se filtran por los poros del follaje, más allá de las islas. El cielo es una pavorosa bóveda de estaño fundido. El esplendor del viento baila sobre el inmenso espejo líquido.
   Primero aparece un puntito negro sobre la superficie agitada del agua. Luego se agranda y se convierte en una geometría difusa, un espectro pálido que va cobrando forma saliendo de las tinieblas. Parece un monstruo inconcebible surgiendo de la lluvia, transparente y plateado como un pejerrey gigante. Después la figura define sus contornos y se escucha un diésel antiguo que carraspea. El triángulo de proa se agranda cada vez más, ancho como la trompa de un bagre amarronado. Es evidente que viene hacia acá y está cada vez más cerca. Por fin, se muestra indudable la imagen temblorosa de la lancha de Don Luna.
   Juana, ya no me importan las mordeduras de los peces. Deseo que la tumba que te cobija resista anclada en la playa, que la cruz de palo apenas se destaque entre los penachos de los juncos oscuros para que nadie te descubra.
   La embarcación llega, arrima su cadera al costado del embarcadero. Reconozco los cáncamos y pasamanos oxidados de esa chatarra que ahora me parece maravillosa. El tiempo se dilata, la ansiedad es más intensa que el dolor. Por fin, el viejo asoma la cabeza por el costado de la cabina y me mira. El gesto de su rostro me indica que entiende mi situación comprometida. Se apresura. Escucho las botas entrando y saliendo del agua.
   —¡Madre de Dios! —dice asustado—, me desvié para echarle una ojeada al muelle y mire con lo que me encuentro. Déjeme que lo lleve, tiene el cráneo partido.
   Las manos de hierro de Don Luna me toman por los hombros como dos mosquetones de acero. Me mareo.
   Me acerca al barco, dejo que me arrastre. Mi cuerpo se arquea, se desliza y pasa por encima de la borda. Los brazos fuertes del viejo me acomodan en la panza de esta antigua ballena de agua dulce. Olfateo un intenso aroma a eucaliptus y kerosene. Estoy exhausto tirado en el fondo de su vientre, el vetusto motor de seis cilindros en línea tose, la estructura de la lancha vibra y se aleja lentamente de la costa.
   Afuera se desploma el cielo en un aguacero feroz. Aunque todavía la oscuridad es liviana, Don Luna enciende las luces de navegación. El faro de popa hace más agradable la penumbra. 
   Te extraño Juana, el cansancio me vence. No te dejes seducir por el abrazo astuto del río, no dejes que importune tu sueño azul, oculto en la eternidad, dentro de la tumba de piedra. No sé si esto lo pienso o lo digo en voz alta. 
   Debe ser la fiebre. 
   Estos son los pensamientos que borbotean en mi cerebro antes de desvanecerme. O las hilachas que quedan de ellos. De cualquier manera, es lo único que poseo en este momento, lo último que puedo recordar con certeza.


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domingo, 1 de julio de 2018

El lugar del viento


   Entro al baúl de los escritos, el lugar del viento. La luz alumbra mi rincón favorito.  Veo brillantes de sal que destellan sobre páginas trazadas por miles de sueños, frases que persisten sobre papeles amarillos, letras que se resisten al olvido. Me decido a ordenar este caos antes de que todo se convierta en un remolino de hojas mudas. Y lo convierto en libro.

Páginas barrocas

martes, 5 de junio de 2018

Con la cabeza en el cielo



   "El Callejón de las once esquinas" me ha publicado un cuento de los que más quiero. Por eso se me ocurre tomar las palabras de un músico de rock argentino, y las modifico un poco para expresar el sentimiento que me embarga al observar el relato puesto en "letras de molde". Y formo una pequeña frase con esas palabras a las que me refiero: "la felicidad de la resignación". Trato de explicarme. Desde que era un pibe quise llegar a ser un "Julio Cortázar", o al menos acercarme un poco. Creo haber pensado en una locura: de ser necesario, pondría en riesgo la vida en el intento. Pero hace mucho tiempo que comprendí que solo se trataba del deseo de un adolescente, de un sueño imposible. Ahora, miro a mi alrededor, y veo a una muchedumbre de escritoras y escritores que disfrutan de la posibilidad de escribir, como lo hago yo, y me asombro gratamente, y comprendo que soy una persona tocada por la mano de la fortuna. En este momento es que se hace presente la alegría en mi corazón, por el simple hecho de haber llegado hasta aquí. Y de seguir estando en esta hermosa nube de resignación a la que llamo felicidad.

   Este relato lleva muchas auto-correcciones, no podría decir cuántas. La versión publicada es la última y tiene incorporados muchos cambios, la mayoría de ellos derivados de los comentarios que me han dejado aquí, en el blog, los cuales agradezco sinceramente porque me han sido de mucha ayuda. Y también algunos que me ha apuntado, con suma gentileza, Patricia Richmond, la editora del "Callejón", a quién agradezco todo el trabajo que pone en llevar adelante la revista.

   Además de los cuentos y relatos que son magníficos, al inicio se encontrarán con un invitado de lujo: Andrés Neuman.

   Dejo el enlace al cuento. 

martes, 29 de mayo de 2018

Con aroma a letra impresa



He tenido la satisfacción de que “El Narratorio” haya incluido el cuento "El loco de la jaula" en la antología del mes de mayo. Va todo mi agradecimiento al equipo por la publicación.
Para leer on-line el cuento aquí: "El loco de la jaula"
Para descarga gratuita de la revista aquí: El Narratorio N° 27

sábado, 19 de mayo de 2018

Después del fuego


Mayo 2015
I

   Goyo Zapata, el Paralítico, llegó al consultorio temprano y tuvo que esperar su turno. Cuando estuvo dentro del despacho del psiquiatra, las palabras salieron de inmediato.
   —Sigo viendo los bichos, doctor, me van a volver loco.
   La alfombra verde del recinto estaba visiblemente gastada. El escritorio era antiguo, robusto y de buena madera. Las paredes estaban cubiertas de libros en estantes que llegaban hasta el techo. Había ejemplares apilados en el piso, como si, luego de una mudanza reciente, no hubiera habido tiempo de acomodarlos. 
   Había en el ambiente, un aspecto general de desorden.
   —¿Los ve todo el tiempo? —interrogó Lucas, arrellanado en el asiento amplio, luego de despedir una amplia bocanada de humo. 
   El Paralitico oyó la voz cavernosa, perturbando la burbuja de delirio que le envolvía el cerebro. A pesar de eso, la contestación salió rápida y segura de sus labios.
   —Por supuesto.
   Y agregó de inmediato, con ansiedad:
   —Estoy desesperado… ¿No lo nota?
   El médico era un hombre alto. Estaba ataviado con el mismo guardapolvo blanco que usaba en el manicomio. Tenía el cabello gris desmelenado, como un marinero en medio de una tempestad. Tal vez por la posición de su mentón erguido, su frente se mantenía despejada por encima de sus ojos grandes, celestes y saltones. Con los brazos abiertos, despejando su abdomen prominente, parecía un rey observando a un vasallo, dispuesto a creerle todo. 
   En principio evitó responder, y en cambio, preguntó.
   —¿Las pastillas no le hacen efecto?
   —¿A qué efecto se refiere? —inquirió Goyo con un dejo de irritación que no pudo contener.
   —A una disminución de la veracidad de la imagen —enunció Lucas, después de dejar la pipa, acercando ambas palmas de sus manos, pero sin hacer contacto entre ellas. 
   El ademán aludía a la reducción de los síntomas. El Paralítico comprendió y su cara se tornó más sombría aún. 
   El médico observó con atención el semblante de su paciente. Seguramente trataba de cotejar la concordancia de la expresión con el agravamiento del trastorno postraumático que padecía. Se quedó pensando mientras miraba al techo con las manos enlazadas sobre la nuca. Después de un rato soltó un suspiro, como si hubiera resuelto un dilema complicado. Entonces se levantó del sillón: era la señal inequívoca, la sesión había terminado. Abrió el cajón de su escritorio y sacó el talonario. Escribió de pie, inclinando el cuerpo sobre la amplia superficie del mueble. 
   Arrancó la receta y se la extendió a Goyo. Le aconsejó volver dentro de quince días o que lo llamara si el problema se agudizaba; el Paralítico entendió la acotación final como una disculpa: de haber tenido “muestras gratis” del laboratorio, Lucas se las habría provisto en ese momento.
   El médico lo había tratado por primera vez en el “Centro de Veteranos de Malvinas” hacía once años. Conocía todos los vericuetos y las estrecheces de su vida. Lo había sacado de varias crisis severas. Incluso le había pasado el número de su celular por si lo complicaba algún episodio. Sabía que vivía solo y sin la posible asistencia de parientes cercanos. Él lo atendía gratis también en su consultorio particular. El Paralítico, siempre tuvo la intención de reconocer esa ayuda de un modo tangible, pero su situación económica solo le permitía decirle gracias. Goyo se sentía en deuda con él, y el médico lo debe haber intuido, porque un día le dijo: «Acepte esta humilde ayuda porque no es nada comparado con lo que usted ha dado por la patria». Ambos se respetaban mucho, tenían una relación cercana, pero nunca habían llegado a tutease. 
   Lo acompañó hasta la puerta y levantando el índice, adicionó una prescripción más: «La primera dosis, tómela doble».
   El Paralítico veía hormigas a su alrededor, pero la urgencia le ganaba a la tortura de las visiones. Se apuró. Lo apremiaba encontrar abierta la farmacia donde conseguía los medicamentos gratuitos. Además del aprecio, el respeto y el agradecimiento por todo lo que hacía por él, confiaba plenamente en la pericia de Lucas. Hizo más fuerza con los brazos sobre los aros de la silla de ruedas. Quería llegar rápido a la droguería.

II

   Durante la guerra de Malvinas, Goyo sobrevivió al hambre robando gallinas de los corrales isleños. Su regimiento estaba acorralado y sin víveres. A él le habían encomendado rastrear los alrededores en busca de comida. Las imágenes de la noche del ataque final, quedaron apretadas en un borde de su memoria. Se acuerda del estruendo y el esplendor del fuego, sonido y luz. Luego viene un vacío. Y a partir del otro borde de la brecha abierta en su mente, la cama blanca del hospital. Una bala alojada en la cabeza le destrozó un ojo y la explosión le borró los extremos de las dos piernas.
   También otros recuerdos de la tragedia lo atormentan: el silbido previo a la caída de las bombas, los estallidos y el olor a pólvora en el suspiro asmático del aire de las islas. 
   Las pastillas aminoran el efecto de sus pesadillas y las visiones diurnas, pero tiene sus altibajos. Cuando empeora, el psiquiatra le cambia los medicamentos. En el cuerpo y en el alma se le alivian las huellas de los estragos del combate. Pero a veces no alcanzan a aplacar la furia horrenda de los gritos, cuando todavía está dormido, en la oscuridad del cuarto, en medio de la impaciencia por despertar. 
   En los sueños se hunde chapoteando en el barro, bajo la lluvia, aterido de frío entre el viento y la escarcha raspando con las uñas las colinas desiertas. Revive el bramido de los gritos en las gargantas de los compañeros, el color escarlata de la sangre, el olor del lodo pútrido que le cubría el uniforme. Recuerda el sonido del percutor en los fusiles sin balas, el espanto de las explosiones, la necesidad imperiosa de buscar un agujero donde esconderse. 
   La guerra se le quedó adherida como una piel perpetua.
   Durante el primer año, una vez concluido el conflicto armado, cuando estaba solo, pensaba: «¿Quién sabe lo que es la guerra cuando no estuvo en un infierno así? Eso no se puede contar, se vive. Y después, se quiere olvidar y no hay caso, no se puede. ¿Cómo se puede borrar el espanto de la cabeza? ¿Algún día podré disfrutar de un sueño dulce? Aunque sea una sola noche, una sola. No, la guerra es algo aferrado con cien ganchos de acero a la espalda y pesa una enormidad. Y nunca cesa el ruido, el tableteo, el zapateo de los cañones antiaéreos, el fuego, tanto fuego, demasiado fuego. El que pasó por aquel lodazal, por el barro y el frío, no olvida jamás ese calvario».
   Todo sucedió hace treinta y tres años.
   A veces, muy de vez en cuando, le burbujean en la cabeza pequeñas improntas de esos días interminables de miedo, angustia y llanto. 
   Lo que recuerda con frecuencia es la tristeza y el dolor del retorno. La sonrisa y los ojos esquivos de su novia. La decepción: ella no había esperado el regreso de un novio tullido y pronto lo cambió por otro. No quería la mitad de un hombre, ni la mitad de un cuerpo. Y él, medio cuerpo de la cintura hacia arriba, no alcanzaba a ser un hombre entero. 
   Después no tuvo relación con ninguna mujer. 
   Hay muchas cosas que han desaparecido en su vida. Ya conoce el aspecto de la fatalidad en la cercanía del horizonte de su existencia.

III

   El ciego Petrus, alias el Topo, se detuvo en la esquina de Junín. El sonoro tac-tac del golpeteo del extremo metálico del bastón blanco cesó en el cordón amarillo. 
   Goyo, al verlo a media cuadra de distancia, por la misma vereda, detuvo su marcha. Si continuaba andando se iba a enfrentar con él, pero como no tiene ganas de charlar, ha decidido evitar el encuentro, dar media vuelta, retroceder y rodear la manzana. Lo conoce hace tiempo y sabe que es un tipo de trato áspero. Cuando habla, segrega un hilo del rencor acumulado por circunstancias difíciles de su vida, se le enreda en el lenguaje, y hoy, el Paralítico, no está de humor, no tiene ganas de hablar. Por eso cambió la ruta.
   Hizo rodar la silla y llegó por la parte de atrás a Plaza Houssey, al costado de la Parroquia. Se detuvo, dio un giro accionando los aros cromados de las ruedas y quedó de cara a la calle, mirando distraído el paso de los transeúntes. Un rato más tarde el repiqueteo del bastón se había hundido en el ruido del tránsito que circulaba por los carriles congestionados de la avenida Córdoba: seguramente se dirigía hacia el Bajo y había desaparecido de su vista. 
   Se acercaba el crepúsculo en Buenos Aires. El verano agonizaba, pero aún sofocaba en la calurosa tarde de marzo.
   Se pasó una mano por la barba negra, rala, sobre la pálida cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha. Un parche negro le tapaba el ojo malo engarzado en la piel cetrina del rostro. El cielo, a su espalda, se recortaba con tonos dorados tras las torres de los edificios.
   Las puntas de la cabellera gris asomaban por debajo del sombrero negro de alas vencidas. Tenía puesta una camiseta verde que dejaba al descubierto los músculos fuertes de los antebrazos. Se había arremangado las botamangas del pantalón casi hasta las rodillas dejando expuestas las extremidades inferiores: dos tubos cromados que terminaban en un par de zapatillas marrones.
   Hincó los codos en los apoyabrazos. Se quedó quieto, serio, con la silla detenida. La nariz ganchuda le daba un aspecto de ave de rapiña esperando a la presa.
   Tiró un puñado de migas de pan a su alrededor y esperó. Pasó menos de un minuto, las palomas bajaron de los árboles en una danza apresurada y se pusieron a picotear como si estuvieran solas. Las miró y pensó que no le darían mucho trabajo. 
   Tomó la gomera, apuntó con el ojo bueno y soltó el cuero que sostenía la piedra. El impacto fue certero, un sonido sordo se alojó en la cabeza de la paloma, como si el ave estuviera rellena de trapos. Todo sucedió muy rápido, el pájaro ni siquiera pudo intentar un despegue, una huida. El cuerpo blando se desplomó sin vida.
   El Paralítico se acercó, inclinó el torso, extendió el brazo hacia abajo y alzó el cuerpo tibio tomándolo del ala. Abrió la boca de la bolsa de arpillera que tenía colgada de la silla y tiró el trofeo de caza en el fondo, sin mirar. Repitió la maniobra algunas veces más hasta que se dio por satisfecho. La bolsa estaba por la mitad, era una buena cacería. El sol ya no iluminaba la plaza Houssey y decidió dar por terminado el día.

IV

   Llegó a su casa de noche. Desparramó los pájaros muertos sobre la mesa. Con la tijera larga cortó las plumas, en forma bastante desprolija, y las tiró en el tacho de basura de la cocina. Les quitó las partes inservibles y puso a hervir lo que quedó de los cuerpos pelados en la cacerola. A la media hora estaban en la mesa. Desprendió con la mano los huesos, mezcló la carne con la polenta que tenía preparada y se puso a comer.  
   Juntó los restos y los tiró en el patio trasero de la casa. Los gatos eran minuciosos y tenían paciencia en raspar lo que quedaba. 
   Decidió bañarse. 
   Le demandaba mucho tiempo hacer esa tarea, pero lo necesitaba. Hoy había sido un día largo, y para colmo venía durmiendo mal porque no había tomado las pastillas. En la casa debería haber una caja llena, estaba seguro, pero hacía tres días que la buscaba y no la encontraba por ninguna parte. 
   Por eso, hoy a la tarde había empezado a sufrir los síntomas, veía cosas raras. Mañana, sin falta, pasaría de nuevo por lo de Lucas, a pedirle otra receta. No le gustaba pedir más favores de los que ya le hacía el psiquiatra, pero no tenía otra salida. 
   Se fue a acostar después del baño, pero le costó conciliar el sueño. Antes de dormirse escuchó el siseo entre la hierba, a través de la ventana de su dormitorio que daba al fondo de la vivienda. Eran las ratas comiendo los restos de comida.

V

   A la mañana siguiente, se despertó asustado, había tenido un sueño espantoso. Los resabios delirantes giraban como ruleros en la memoria. Lo acosaban. El mejor modo de expulsarlos de su cabeza, cuando sufría la falta de las drogas que le aportaban los remedios, era escribir, colocar una hoja en blanco delante suyo, estampar en ella las letras adecuadas y liberar sus fantasmas. 
   Se vistió rápidamente. Hizo todas las maniobras necesarias. Se bajó de la cama y se sentó en la silla de ruedas. 
   Salió de la pieza y se acercó a la mesa del living. En uno de sus extremos estaba la máquina de escribir. Se puso a golpear el teclado sin levantar la vista durante dos horas seguidas. Estaba ansioso, quería terminar cuanto antes porque la idea se le escapaba de los dedos.
   Al mediodía terminó de redondear el borrador del cuento. Se había agotado en esa tarea, el trabajo lo había puesto más tenso. Le costaba mucho trabajo volcar las ideas al papel. Se dio cuenta de que tenía puesto el sombrero y se lo quitó. Lo dejó sobre la mesa. La angustia le comía la cabeza, no se podía librar de la pesadilla. Se pasó los dedos por los cabellos. 
   Vio perfectamente a la hormiga gigante a contraluz sobre la ventana. 
   Era un bicho carnívoro de medio metro de largo sin contar las extremidades, negro como un tronco con las ramas quemadas. Movía las antenas, estaba en el rincón, al lado del sofá. Ahí se había quedado quieta, con el abdomen con forma de pelota de rugby descansando en el piso y las seis patas recogidas. 
   Goyo buscó la caja de fósforos revolviendo nervioso en el cajón de la mesa. Quería tener un instrumento de defensa por si el bicho lo quería atacar. Miraba de reojo la cabeza triangular y los ojos facetados del insecto. Encendió con cuidado un bollo de papeles arrugados y los colocó dentro de la salamandra que estaba en el medio de la habitación. Luego introdujo el extremo de un tronco delgado. Aguardó a que se encendiera la punta. Ni bien empezó a crepitar, escuchó los golpes inconfundibles en la puerta de entrada de la vivienda.
   Era el ciego.
   —¡Pasá! —gritó sin darse vuelta. No lo esperaba. Parecía mentira, pero siempre llegaba en los peores momentos, parecía olfatear la desgracia ajena. Ni siquiera se movió de la silla, la puerta de la casa siempre estaba abierta. No tenía que ir a abrir. 
   Escuchó el extremo metálico del bastón tanteando las baldosas del pasillo. Luego lo vio pasar delante de él rozando el sofá y observó con atención cuando se sentó, alejado del extremo donde estaba la hormiga. 
   —Estabas escribiendo —aseveró con ironía, en vez de preguntar.
   —¿Y vos cómo sabés?
   —Hace un rato que estoy afuera escuchando cómo le das a las teclas.
   —Ah… ¡mirá vos! —dijo Goyo alzando las cejas como si el otro pudiese verlo— ¿Así que ahora te dedicás a espiarme?
   —¡No te pongas dramático, che! —exclamó, tratando de que el diálogo no se pusiera ríspido—. Solo esperé un poco. No quería interrumpirte.
   —¿Encima te tengo que agradecer la paciencia?
   —Eso no, pero la compañía sí…, me parece.
   —Sí, tenés razón, disculpame.
   —Si te molesto me voy —acotó el Topo, con cierto dejo de desafío.
   —No, quedate. Ya terminé por hoy.
   —Te noto la voz temblorosa, ¿te sentís bien?
   —Tuve pesadillas, pasé mala noche.
   Goyo afirmó la voz, tratando de no prolongar la intromisión del otro en los detalles de su vida, pero su intento fue en vano.
   —Hace varias noches que te pasa lo mismo, ¿no?
   —Más o menos.
   —¿Fuiste a verlo a Lucas?
   —Todavía no.
   Y le dijo la verdad porque recién tenía turno a fin de la semana próxima. 
   Pero el ciego, justamente por su condición, probablemente accedía con facilidad a la percepción de los pequeños detalles, a los aromas y olores, a las mínimas variaciones de las inflexiones de la voz, y todo eso junto, quizás le daba más conocimiento del ánimo de Goyo, que si contara con el uso pleno del sentido de la visión.
   El Paralítico separó un poco la silla del borde de la mesa. Con la mano sacó de un tirón hacia arriba la hoja de papel en cual había escrito y la puso sobre la pila de libros. El sonido de la brusca rotación del rodillo y el impacto metálico de la barra sujetadora rebotó en las paredes y se fue atenuando en un eco postergado hacia los rincones de la sala. Estaba inquieto y se notaba en la rudeza con que trataba a los objetos. 
   Abría demasiado los ojos intentando ampliar su campo visual de modo exagerado. Quería observar a Petrus, pero sin quitar la vista del rincón donde acechaba el insecto. Estaba en un estado de expectación y sensibilidad extrema. El temor le tensaba los músculos. Estaba cerca de la estufa y pensaba que, si el monstruo se le acercaba, podría asir el tronco y quemarlo con la punta encendida, o por lo menos espantarlo con el calor de la brasa. La situación lo alteraba. 
   En general tenía poca tolerancia a los interrogatorios del Topo, porque sus preguntas eran insidiosas, buscaban sus zonas débiles, lo molestaban, lo aguijoneaban. No era mal tipo, pero tenía esas cosas. Le nacían del resentimiento de una vida complicada. En eso se parecían ambos, en las tragedias de sus vidas, porque si es que existe el destino, éste se había ensañado con ellos. Claramente. 
   Entonces, le dijo directamente que, si no venía por un asunto importante, lo mejor sería que se fuera, porque él se iría a ver si hacía unos mangos en la plaza Houssey. 
   Goyo tenía muchos recursos que había aprendido en la calle: a veces vendía pañuelitos de papel, o biromes. Nunca había querido entrar en la distribución de los sobrecitos de droga en el barrio de Balvanera. Eso era un viaje de ida, o uno terminaba “volando”, o amanecía tirado en un baldío con un tajo mortal en el tórax. Él andaba tranquilo por las calles del Centro, o en el subte, ganándose la vida todos los días. 
   Otra vez empujó las ruedas hacia atrás. En realidad, quería irse de su casa lo antes posible porque se estaba quedando sin comida en la alacena, pero también era preciso alejarse del bicho: lo obsesionaba y seguía quieto en el rincón de la sala.
   Se puso la gomera en el bolsillo y comprobó si llevaba la bolsa con piedras en el costado de la silla. Ya estaba preparado y más cerca del pasillo de entrada. 
   Como si hubiese presentido las intenciones del Paralítico, el ciego habló al aire con la frente levantada, tratando de retenerlo con un poco de conversación, con los ojos abiertos, como dos nubes blancas.
   —¿Otra vez tuviste ese sueño?
   —¿Cuál?
   —El del fuego.
   Goyo le dijo que no. 
   El cerebro le cambiaba la película, ahora era otra cosa, tal vez la bala alojada en el cráneo se había movido, tocando otro nervio. Aunque estaba despierto, veía con total nitidez a esa maldita hormiga. No sabía si mañana vería a otro monstruo, pero hoy era éste, del cual no podía despegar la vista. 
   Trató de espantar esos pensamientos de su cabeza, pero en su desorden no pudo dejar de oír la voz inconfundible indicando que el diálogo no había terminado.
   —Che… Hace calor hace acá ¿no?
   —Por supuesto, yo encendí la punta del tronco en el brasero.
   —¿Para qué? Si no hace frío.
   —Para defenderme del bicho.
   —¿Qué bicho? —indagó desconcertado el Topo.
   —El que tenés al lado tuyo.
   Se lo dijo con convicción porque la imagen era en extremo verídica, tal vez exagerando un poco, procurando que el ciego se asustara y se fuera. Pero sea como fuese las palabras se armaron de modo casi inconsciente y se le resbalaron con soltura por los labios, lo dijo en voz alta, en un diálogo que ya no podía manejar, simplemente se le escapaba.  
   El Paralítico se sentía raro, se frotó los ojos. Pensó que debería tener un brillo iridiscente en las pupilas porque vio una variación de colores cuando miró, nuevamente, de reojo al insecto.
   Todo se le mezclaba en la mente y se le confundían las ideas en una constante permutación. Pensó en lo que había escrito. Había armado el argumento del cuento y todavía su cabeza bullía con las imágenes siniestras del sueño. 
   Las ideas se balanceaban entre la visión nítida de la hormiga y los resabios del sueño de la pesadilla nocturna. Entrelazó los dedos de las manos como quien va a declamar un discurso ante un auditorio lleno, y encogiendo el mentón advirtió impaciente: 
   —Está caminando hacia vos.
   El Topo pareció haberle dado alguna entidad a lo que oyó porque le respondió algo acerca de tomar alguna pastilla. Parecía prestar atención a las palabras, seguía sentado en la misma posición, como una estatua de granito, con el bastón extendido, impasible y atento. Y eso, a Goyo, lo ponía más nervioso porque estaba excitado por la escena que tenía delante, lo cual le impedía prestar atención a la conversación. Por eso insistió:
   —Te vas a convertir en su almuerzo. 
   A lo que el otro le respondió en tono burlón.
   —Y dejala… a ver qué pasa… —declaró como si estuviera desafiando a un demente— probemos.
   El Paralítico no soportaba la soberbia del rostro blanco de ojos muertos, sin vida. Veía que el insecto avanzaba, lo veía con una nitidez sólida, concreta, difícil de describir; con las patas ganchudas se había trepado al sofá, tenía la cabeza recta, las dos mandíbulas abiertas, y bamboleaba las antenas. Quería sacarse esa imagen de la cabeza, pero no podía: era demasiado real. La idiotez del ciego lo llenaba de espanto. Su temor aumentaba y el miedo le estiraba la cicatriz de la mejilla, debajo de la barba oscura, pero no atinó a repetir la advertencia del peligro que se desplegaba claramente en su retina. Se agitó en la silla, inquieto. 
   No dudaba. La hormiga tenía vida, y era evidente: estaba hambrienta. El Paralítico aguardó sin perder detalle de lo que sucedía ante sus ojos. El tiempo se estiraba como un chicle. El insecto enorme levantó la cabeza. Tenía preparadas las tenazas, iba a destrozar el cráneo de Petrus. Goyo no quería escuchar el grito, el crujir de huesos, ni ver cómo se engordaba el abdomen del insecto. Tuvo miedo. Pensó en una salida.
   Tomó una piedra grande y la puso en la gomera, después apuntó con el ojo bueno a la cabeza del bicho, estiró el brazo hacia atrás todo lo que pudo, apretó los dientes y soltó el cuero. 
   No podría decir porqué, pero no oyó el sonido del impacto que había dado de lleno en la cabeza de la hormiga, ni tampoco vio estallar la corteza, ni vio salir el líquido viscoso, como una crema gris. Tampoco vio que las extremidades se fueron encogiendo sobre el cuerpo hasta reducir su tamaño a la mitad, ni que el bicho cayera luego al piso como un muñeco desarmado, como si se marchitara. No vio nada de eso. Vio que la hormiga seguía intacta sin haberse comido al viejo.
   Ese fue el momento en que, agotado, perdió el conocimiento y el mundo desapareció.

VI

   Petrus encogió bruscamente los hombros al escuchar el ruido de cristales rotos. Parecía desconcertado y no atinó a levantarse. 
   Esperó.
   Después del estampido todo quedó en silencio, lo cual para él era peor que la oscuridad.
   Luego de un largo rato se levantó y fue caminando hasta encontrar la silla de ruedas. Tanteó. Buscó con sus manos la cabeza de Goyo hasta que la alcanzó. Había quedado apoyada sobre el hombro y el respaldo de cuero. La dejó en esa posición, el aire entraba bien a los pulmones, aunque los músculos del cuello estaban flojos. Le tomó el pulso, estaba bien. Con voz clara lo llamó por su nombre, repetidas veces, sin obtener respuesta. Seguramente deducía que se había desmayado. Y tal vez, suponía, que el Paralítico había llegado a esta situación agotado por las malas noches pasadas. 
   Se quedó parado en ese lugar. Al rato empezó a transpirar por el calor que emanaba de la salamandra. Estaba incómodo, pero no abandonó su posición, tal vez porque estaba más acostumbrado a las situaciones molestas que el común de la gente.
   El ciego levantó un poco la frente, como un animal oteando en un lugar peligroso. 
   Con paciencia sacó el celular del bolsillo y lo tomó con las dos manos. Con la derecha lo sostuvo y deslizó con habilidad el índice de la izquierda sobre la pantalla oscura. A medida que desplazaba el dedo, el lector de voz mencionaba el nombre de un contacto. Cuando escuchó el que estaba buscando, detuvo el recorrido. Pulsó dos veces en ese lugar y esperó a que atendieran la llamada. 
   —Hola —dijo Lucas.
   —Hola doctor, habla Petrus.
   El médico conocía al ciego, sabía que era amigo de Goyo Zapata. 
   A continuación, Petrus le hizo un resumen de lo que le había pasado al Paralítico. Habló con frases breves y voz pausada. Luego de agradecerle, cortó la comunicación y apagó el aparato. Después, con una sola mano, lo guardó en el bolsillo.
   En menos de una hora tocaron a la puerta. 
   El ciego se dirigió al pasillo y preguntó quién llamaba.
   —Vengo de parte del doctor… ¿Está el señor Zapata?
   —Pase —dijo Petrus.

VII

   Al día siguiente Goyo se despertó abriendo los párpados con suavidad y miró a su alrededor. Lo vio al Topo al pie de la cama. Sobre la mesa de luz había un blíster de pastillas. Sintió el tironeo de una cinta adhesiva sobre la piel del antebrazo y debajo de ella un pequeño cuadrado de gasa blanca. 
   Le preguntó a Petrus qué había pasado y el ciego le contó: ayer Lucas había mandado a una enfermera, ella trajo la medicación y le dio una intravenosa. 
   El Paralítico había dormido quince horas. 
   La hormiga se le había esfumado de la cabeza. Sintió un alivio enorme.
   Más tarde, las cenizas en la salamandra le traerían vagos recuerdos de lo sucedido el día anterior, y vería con cierto asombro, además, que el vidrio de la ventana de la sala tenía un agujero del tamaño de una manzana y estaba totalmente astillado.



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viernes, 11 de mayo de 2018

Por encima de las nubes


   Escribo estas líneas porque si no lo hago terminaré mordiéndome los dedos. Tuve que dejar pasar dos días para ser más objetivo, o por lo menos haber bajado de las nubes, y volver a pisar la tierra, a fin de contar, menos eufórico, las sensaciones de la experiencia de esa noche. Me refiero a la firma de ejemplares en la Feria del Libro en mi ciudad: Buenos Aires.
   Me dirigí al predio de la Sociedad Rural, donde se está desarrollando este evento anual de tanta trascendencia, con el mismo espíritu con que lo he hecho en otras tantas oportunidades como lector, con la ansiedad del amor a los libros que me acompaña desde que tengo memoria. 
   La editorial había asignado una hora para cada uno de los escritores que iban a firmar. 
   Mi expectativa era sencilla, solo aspiraba a sentarme en el stand asignado para disfrutar simplemente del momento, quería permanecer por ese lapso de tiempo abstraído en el centro de gravedad de la cultura literaria. Era la primera vez y me invadía la incertidumbre de una cita importante, como si se tratase del primer encuentro con una chica bonita que hubiese conocido en el baile de la noche anterior. 
   No pensaba en la cantidad de personas que podría asistir a la firma, pensaba que serían muy pocos. Quería observar el ajetreo de la muchedumbre entre las bibliotecas, las mesas de exhibición, las escenografías que habían montado las editoras, los carteles, los afiches, las luces, sintiéndome parte de este suceso extraordinario, disfrutando de la fascinación de ver como la gente observaría mi libro. 
   Y fue muy grande mi sorpresa al ver que los amigos, amigas, familiares, invitados, desconocidos, comenzaban a llegar, compraban el libro y me pedían una dedicatoria. Me puse a conversar, sentí el trato afectuoso, era una situación de lo más extraña y agradable. En suma, un clima de fiesta se había instalado en mi interior. Y fue creciendo de tal modo que estuve en el stand, entre charlas y firmas, el doble de tiempo que me habían otorgado. 
   Había llegado con el ánimo dispuesto a disfrutar del acontecimiento como lector y casi sin darme cuenta me había convertido en actor del mismo. Yo, un autopublicado, me encontraba entre cientos de escritores famosos. Porque, aunque no los veía, sabía que también estaban nuestros maestros, los grandes autoras y autores, esparcidos por todos los vericuetos de la muestra, en conferencias, asistiendo a reportajes de los móviles de las radios y las televisoras, compartiendo debates en los distintos pabellones. Y eso me ponía más contento, sabía que estaba transitando un momento fugaz, pero importante de mi vida, en esa noche, y quería hacerlo con plenitud en cada uno de esos instantes inolvidables.
   Así transcurrió la firma de ejemplares hasta que, ya excedido el plazo, tomé mis cosas y me fui retirando, realmente feliz, emprendiendo los casi doscientos metros que me separaban de las puertas de salida del predio.
   Vinieron a mi mente, mientras avanzaba atravesando los distintos sectores de la Feria, en un instante de distracción, tan breve como un soplo, una serie de reflexiones rumiadas durante un tiempo prolongado, y que las podría resumir del siguiente modo: 

   Hace un tiempo me rompía la cabeza pensando en qué consistía ser escritor. Y me interrogaba con incertidumbre acerca de si yo lo era o no. Hoy sé que se trata simplemente de tomar la decisión de serlo. Escribir es una de las tareas más difíciles y perturbadoras que ha inventado el ser humano. Es una actividad dura, muy dura y que elegimos ejercer toda la vida.
   A mí me cuesta, debo trabajar mucho a fin de crear un texto con el que esté medianamente conforme, después de corregirlo hasta el cansancio. Y además me resulta muy difícil alcanzar las condiciones anímicas para arriesgarme a publicarlo. Por fortuna lo hago, a veces hasta por desesperación, y lo digo así, aunque el término pueda parecer exagerado. 
   Por otra parte, me he atrevido a dar un paso más, me he animado a publicar mi primer libro, he comenzado con esta tarea hace más de un año y creo que ha valido la pena. Ahora pienso que lo he hecho en el momento justo, porque los textos tienen fecha de vencimiento, una relectura de los más recientes la puedo tolerar, pero si tomo uno más antiguo puedo caer en la tentación de sepultarlo en la tumba más profunda del olvido, incluso destruirlo.
   Hay muchas horas de esfuerzo y muchas ilusiones acumuladas en las páginas de una publicación. Es un recorrido lleno de tropiezos, angustias, aciertos, todo desplegado en un abanico que va desde el sufrimiento hasta el éxtasis. En definitiva, una experiencia humana fascinante. 
   Esta actividad no tiene horarios, hasta los sueños nos proveen materiales para volcar nuestros fantasmas al papel, crear personajes que hablen por nosotros, y expresar sentimientos. Y lo hacemos en extrema soledad. Y cuando publicamos en muy escasas y acotadas circunstancias nos enteramos por medio de algún comentario del efecto que ha producido la compleja estructura de símbolos que hemos articulado en nuestro trabajo. 
   Vemos con asombro las variadas interpretaciones de los que nos han leído y nos preguntamos que habrá sentido ese lector lejano, el marinero que lo ha leído en la cubierta de un barco navegando por el río, o la joven soñadora desvelada en su cama con el libro en la mano, o la mujer que recorre los renglones de la página, abstraída del bullicio, viajando en el ómnibus.
   En el siglo de las Comunicaciones arrojamos nuestras botellas al mar intentando tender lazos emocionales, intelectuales, reflexivos, con la peregrina necesidad de buscar la compañía de otra persona que comulgue con el cifrado de la historia que contamos, aún con la certeza de que es baja la posibilidad de que tengamos registro de ese suceso mágico. Y a pesar de eso, lo hacemos.

   Fue solo un breve instante, una epifanía reflexiva que se diluyó como una estrella fugaz. Había llegado a la salida y estaba tan henchido de orgullo, tan contento, que tuve la sensación de no poder atravesar los molinetes que daban al playón de Plaza Italia. De veras: pensé que no pasaría entre ellos. 
   En ese momento pensé en la compilación de cuentos que estoy haciendo para mi próximo libro. Y me dije que está bien, que vale la pena. A pesar del costo económico que implique, si es que no consigo que alguna editorial asuma el riego de invertir en la publicación, en todo o en parte.
   Hay cosas que no se miden por medio de números o de montos de dinero, cosas que son inexplicables, pero que suceden, y, en definitiva, constituyen la mejor parte de nuestras vidas y dan cuenta de los mejores actos de que somos capaces. 
   Como publicar un libro, que alguien lo lea, y que nos diga que le gustó.
   Y que nos pida que le escribamos una dedicatoria en la primera página, en la Feria del Libro.