martes, 18 de diciembre de 2018

La ausencia de los colores


   Petrus descubrió, cuando estaba cursando en la universidad, que su destino estaba orientado más hacia los conceptos lógicos del intelectual que a la expresión metafórica de los escritores. Y en cierto modo eso lo habría de beneficiar dado que todavía las imágenes del mundo no se le habían desvanecido por completo. Usaba lentes con mucho aumento, pero la ceguera aún era una carencia desconocida que no se le había manifestado. 
   Contaba con una sensibilidad aguda y una inteligencia especulativa envidiables, pero la combinación de ambos dones había multiplicado el sufrimiento padecido en su niñez. La tragedia de la relación tortuosa de sus padres, en el seno familiar, lo conduciría con el paso del tiempo a las emociones más oscuras.
   Reflexionaba sobre los textos crueles que escribía. Eran facetados y filosos como las aristas de las rocas. Tallaba y pulía. Avanzaba solo si la oración contenía una idea valiosa. Cuando adquirió cierta habilidad para la escritura decidió ir al taller literario del coronel a quien todos reconocían como una eminencia de la literatura. Salía de allí por la noche y regresaba a pie a su casa meditando sobre las críticas que hacía el escritor. 
   Lo recuerda. Era un hombre hosco de piel atezada, perfil ganchudo y mirada de águila. Parecía un monje cenobita consagrado a la búsqueda de la perfección de la letra, en retiro mundano, ofrecido en sacrificio a la amputación de su propia voluntad. 
   Una noche, ya terminada la clase y cuando todos los alumnos se habían retirado, el profesor le hizo una devolución feroz acerca del cuento que estaba escribiendo.
   El viejo abrió la carpeta con cautela, como si estuviera apuntando con un rifle a un venado. Posó su vista sobre la hoja. Recorrió la primera frase y continuó hasta terminar el último párrafo. Cerró el manuscrito con calma. Parecía estar volteando la pesada puerta de una caja fuerte o la tapa de un féretro. Pasó la palma por encima de la cubierta a modo de quitar las migas de una sustancia inexistente. 
   Puso una mano sobre la otra y lo miró.
   —Brillante —dijo.
   Petrus empezó a transpirar. Se movió un poco en el asiento, para aflojar la tensión de los músculos. Tragó saliva sin desviar la mirada del rostro arrugado del viejo.
   —Se lo dejo para que lo lea todo, coronel —expresó con seriedad, pero intentando que se le notara el entusiasmo.
   —Quise decir que está demasiado brilloso —rectificó el anciano con evidente ironía. 
   —¿Brilloso?
   —Tenés que opacar la prosa —El escritor volvió a pasar la palma de la mano por encima de la carpeta y alzó las cejas, adelantando la frente—. ¿Entendés?
   —Sí… creo que sí.
   —¿Sí o no?
   —Si… sí.
   —Mañana traémela corregida. Chau.
   Petrus tomó sus cosas e hizo el ademán de levantarse porque entendió que la última palabra cerraba el diálogo. Además, el escritor había girado el sillón y le daba la espalda.
   Se pasó toda la noche corrigiendo y al otro día se lo llevó. 
   El coronel no estaba. 
   Recién a la semana siguiente se lo pudo entregar, a solas, después de la clase. El viejo hojeó el texto deteniéndose solo en algunos tramos. Luego preguntó:
   —¿Tu narrador expresa todo lo que piensan los protagonistas?
   —Sí, ¿ve algún problema ahí, coronel?
   —No, pero muchos te lo van a criticar…, te complicaste sin necesidad.
   —Si le parece…, lo puedo corregir.
   —Deberías defender tu escrito —insinuó el viejo, debilitando la voz— en vez de corregir lo que yo te digo.
   —Me pareció que le daba más amplitud a la historia.
   —Pero Lucrecia, la protagonista principal, pierde intensidad.
   —Es lo que quise.
   —¿Con qué objeto?
   —Dar más información al lector.
   —Y caíste en la vulgaridad, pibe. Te metiste en la trampa. Porque me parece que a vos lo que más te importa como autor es contar sobre Lucrecia, ¿o me equivoco?
   Petrus no dijo nada. 
   Esperó atento porque intuyó que todavía el profesor no había terminado. En efecto, el escritor se había guardado para el final una frase que era una advertencia. Se inclinó sobre el escritorio, se apoyó sobre los codos y lo apuntó con el índice.
   —Mirá, pibe, tené cuidado porque Lucrecia, tu personaje, es un gusano que se te metió por acá —se llevó el dedo a la sien— y te está taladrando la cabeza. Te la va a dejar vacía como una fruta. No te va a quedar nada más que la cáscara cuando se te pudra el cerebro. Es una mina peligrosa.
   El anciano advirtió la importancia que cobraba ese personaje en el texto. Petrus comprendió el error de haber bautizado a la protagonista de un cuento con el nombre de su propia hermana. Se ruborizó, no lo pudo evitar. Se llevó la carpeta con el cuento y nunca regresó al taller literario del coronel. Dejó de escribir. Tenía veinte años y recordaría aquella sentencia del viejo por el resto de su vida. 
   A los treinta, cuando la ceguera lo castigó con la ausencia de los colores, recién retomó la escritura. El escollo de su discapacidad le potenció la voluntad. Buscó el método y la ayuda de la tecnología para hacerlo. Publicó. Sus textos filosóficos le otorgaron cierto prestigio por el rigor y la originalidad de sus planteos. Pero lo que jamás dio a conocer fueron los cuentos cortos de ficción, hermosos, sombríos y fascinantes en los cuales siempre descollaba el mismo personaje femenino y el tema recurrente era el drama de su infancia. La única que supo de esos escritos fue Lucrecia.



   Ahora, Petrus está en la cama boca arriba. Hoy cumple cincuenta años. 
   Piensa, rememora.
   En la incertidumbre de las tinieblas, perdida por completa su visión, conserva las imágenes de su pasado en forma de esquemas, bocetos de las cosas del mundo.
   De no ser ciego, y por la postura, se podría decir que está mirando el techo. Pero la luz está apagada lo cual conduciría a un doble equívoco. O sea que ni mira el cielo raso, ni mira, porque no ve.
   Piensa en azul. 
   O, mejor dicho, quiere pensar en azul. 
   Concentrado en alcanzar el comienzo de algún retazo onírico se esfuerza en buscar ese color en especial dentro del archivo de su pretérito. Lucrecia dice que tiene un efecto benéfico.
   Pero esta noche, como en tantas otras, no lo logra. 
   No puede conciliar el sueño, pero su memoria trabaja incesante. 
   Un chorro de sangre pulsa brotando del tajo del cuello de Mastín, un dogo blanco que agoniza en el umbral de la casa familiar. ¿Cuándo?: aquella noche trágica en la que alguien quemó el chalet. ¿Quién?: su propia madre, para terminar con todo. Pero le resulta inevitable descartar la imagen del suicidio previo: su padre colgado de la soga blanca, tensa, atada a la viga de madera del techo del estudio. Prefiere no recordar eso, ni el rostro de su hermana, que asoma llorando, desesperada, a los gritos. ¿Por qué?: porque ella contempla azorada las llamas rojas de ese infierno. 
   Todo esto es un suceso completo en la mente de Petrus. Es un signo cerrado que el recuerdo despliega en ese orden temporal siempre con la misma trama. Como un cuento tenebroso.
   Una vez que concluye el martirio, Petrus se esfuerza en concentrar la atención en su pasado reciente, vulgar, cotidiano, para no recaer en el espanto. Desea pensar en algo agradable. Hoy escuchó a las calandrias en el Jardín Botánico. Lo recuerda porque fue una sinfonía especial con una afinación diferente. La melodía de los pájaros sonó distinta entre las ramas. Su oído se aguzó en un acto reflejo y por eso registró el dibujo peculiar bajo una nueva seña. 
   Debido a la ausencia de las imágenes de su realidad acude a los símbolos remotos de sus experiencias visuales. Cifra con su intuición lo que su vista no le aporta. Agrega sonidos, texturas y aromas para lanzarse a la aventura de sortear los obstáculos que se interponen, todos los días, en su camino. 
   Todo esto lo puede lograr, menos impedir el caos de aquel recuerdo atroz que lo visita antes de dormirse. Ha pasado más de mil noches en vela por aquella tragedia. 
   Más de mil.



   Lucrecia entra al departamento de Petrus y enciende la lámpara del comedor. Tironea el borde de la falda hacia abajo en un ademán claramente inconsciente porque no hay nadie aquí que pueda mirarle las piernas. 
   —¿Por qué venís si no te llamé? —protesta él desde el dormitorio.
   El aroma del perfume la delata. Lucrecia vive en el edificio de enfrente y tiene un juego de llaves de la vivienda de su hermano.
   —Afuera hace frío… la calle es una heladera —se justifica. 
   Deja un paquete envuelto en papel dorado sobre la mesa.
   —Te traje un regalo —agrega.
   Lo dice seria. Está desmejorada, flaca como una escoba. Aunque hace terapia con Lucas desde la adolescencia, todavía no ha podido superar el suicidio de su padre. Llega a la entrada del cuarto y se apoya en la puerta. Pulsa la tecla. Un chorro de luz tibia se derrama sobre las cosas. Su hermano está tapado a medias por una frazada celeste. Ella se acerca y se sienta en el borde del colchón: 
   —Me puedo acostar al lado tuyo —susurra.
   —Por favor, no.
   Petrus se defiende, pero su hermana insiste. Habla en un tono de voz dulce, le pregunta por qué no. Sabe que a su hermano le cuesta dormir. Cuando eran chicos dormían juntos y se abrazaban para no escuchar los gritos de las peleas de sus padres. Acurrucados, como dos animalitos asustados.
   Lucrecia se desnuda y deja la ropa sobre la silla. Levanta despacio la frazada y se acomoda. Petrus siente el contacto blando en su costado y luego el abrazo. Tiene un nudo en la garganta. Teme volver a la noche roja de la locura. Lucrecia hace lo que siempre hizo. Lo acaricia. La cadencia de sus palabras dulces le devela un secreto que él no espera:
   —Yo tampoco puedo dormir, la oscuridad me da miedo.
   —Nunca me dijiste eso —balbucea Petrus, confundido.
   —¿Qué?
   —Lo de la oscuridad.
   —Nunca me lo preguntaste.
   Lucrecia enuncia la frase, deja de hablar y se aferra más a su hermano. Luego le da un beso amargo y después se acurruca contra él. Y él también hace lo que hace siempre porque anhela el bálsamo para poder dormir. Ama a su hermana. Desde que eran pequeños se aman. 
   Petrus empieza a desvestirse. 
   Sabe que eso está mal. Conoce lo que sigue. Reordena cadenas de objetos abstractos alrededor de conceptos morales, pero algo más fuerte se impone y las ideas se desvanecen. No tiene la culpa del sentimiento que lo ha unido a ella: el gusano que descubrió el coronel cuando le corrigió su primer cuento. Lucrecia entorna los párpados y abre los brazos. Sonríe primero, luego gime y después demanda.
   Petrus siente que un hueco inmenso dentro de su cabeza, paulatinamente, se va llenando de algo parecido al color azul.


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sábado, 15 de diciembre de 2018

Ahora que nadie nos oye


  Si hay algo mágico es tener un libro en la mano y poder observar que dentro de él hay un cuento del cual eres autor y, más aún, si aparece tu nombre en letras de molde. Lo tocas. Deslizas tu mano sobre las páginas, de aquí para allá, le das vuelta varias veces, acaricias la tapa, lo pones sobre la mesa y te lo quedas observando largo tiempo, disfrutando el momento durante el cual pasan agitados, por tu cabeza, una cantidad de pensamientos agradables que te elevan a diez centímetros por encima del piso.

   Porque no sabes en las manos de quienes pueda haber otro ejemplar como este, ni si habrá un par de ojos de una persona leyendo ahora tu historia y en su corazón se despierte un sentimiento al hacerlo. Miras el objeto mudo que has dejado ahí, delante tuyo, con la ilusión de que esto ocurra, pero no tienes certeza de que en algún sitio del planeta alguien lea lo que has contado. 

   Y si es que lo has conmovido no recibirás ni un aplauso ni una carta, pero fantaseas con adivinar que lo habrás emocionado por un rato. Si no existiese esa maravilla que has puesto sobre la mesa no se producirá este suceso fascinante del que tú no vas a tener noticia. Será la esperanza la que te perseguirá en sueños, algo íntimo que solamente existirá en el reino de la intuición. Esta es la sensación que produce el libro de papel con tu historia escrita en él. Son tus ansias las que imaginan que aguardará para siempre la mano de quien quiera abrirlo para indagar lo que hay allí dentro.

   David Rubio Sánchez ha editado una antología —en un gesto encomiable que le ha demandado mucho tiempo y esfuerzo— en la que figura tu texto. Te sientes agradecido por ello, y feliz, además, porque compartes el acto literario con ese desconocido que estará leyendo, en algún lugar del mundo en donde tú nunca has estado, lo que tú has escrito.

   Y también, cuando piensas en esto, adviertes el calor de las escritoras y escritores que comparten contigo estas páginas. Percibes el cariño de quienes han participado de los certámenes con sus trabajos y la necesidad de contar historias que los une. 

   Disfruta el afecto de ellos y ellas porque te han elegido para que sea tu cuento el que esté impreso en representación de todas y todos. Y agradéceles, porque es lo más hermoso que te pueda haber sucedido.

   Un abrazo.



lunes, 19 de noviembre de 2018

No importa si las horas bajan


   Cruzó la avenida Santa Fe en verde y miró a través de las ventanas del Café Palermo. Aunque ya no llovía se apuró un poco. Antes de llegar a la entrada del bar algo parecido a una mancha en el piso la distrajo. Había un gato cerca del umbral de mármol. Tapado por una hoja de diario parecía un pedazo de trapo gris. Permanecía quieto. Se distinguían sobre el lomo manchones de piel sin pelo. Quizás ronroneaba para calmar el hambre. Laura se agachó. Quiso ver si estaba vivo. Contempló al pequeño animal con indiferencia, estiró la mano, le rascó la cabeza y el gato entornó los ojos. 
   Laura se levantó y observó hacia el otro lado de la calle. “Ni una menos”, leyó escrito en letras gruesas, rojas, pintadas en el muro blanco de enfrente. Las palabras lucían torcidas, escritas con apuro. Se enroscó el pelo, lo introdujo dentro de la campera negra y se cubrió la cabeza con la capucha. Tenía las zapatillas y los jeans azules empapados. 
   Abrió el batiente derecho de la puerta. La agonía del crepúsculo iluminaba el recinto. Un chorro de luz anaranjado atravesaba en diagonal al sombrío bodegón. La barra reflejaba su aspecto descuidado en el desorden de vasos y botellas. Las molduras de madera se notaban más oscuras con las lámparas apagadas. 
   Laura paseó su mirada por las mesas y fue derecho a la que ocupaba Andrés en el fondo del local, contra la ventana de Godoy Cruz, mirando hacia afuera, hacia la vereda por donde pasaban los travestis. Ella arrastró la silla sobre el suelo ajedrezado. Él, al escuchar el ruido, se volvió para mirarla. Sin maquillaje tardó en reconocerla. Laura dijo: 
   —Llegué un poco tarde ¿no? 
   —No… no, sentate, por favor. 
   Andrés parecía sorprendido. Ella era empleada de una librería ubicada en el centro de la ciudad. Hacía dos semanas que se veían, esporádicamente, en algún bar de la zona. La había citado aquí, aunque ella no le dio la seguridad de asistir. A Laura no le gustaba aceptar proposiciones cerca de su casa. Esta sería una excepción. De todos modos, solía ser impuntual.
   —Te estaba esperando —dijo Andrés.
   Ella se acomodó el flequillo como si no hubiese escuchado nada.
   —Estar con vos me hace bien —reclamó él con inocencia.
   —Andrés... tengo que decirte una cosa… no te enojes, pero vine solo para despedirme —Alzó las cejas, esbozó una sonrisa y casi de inmediato se puso seria—. Voy a dejar de trabajar en el local…, en una semana me voy. 
   Se volvía a Corrientes con los pesos ahorrados a empezar una nueva vida. Buenos Aires era violenta, misteriosa e inhóspita. En un segundo desarmó el plan de Andrés: un turno en la mejor habitación del hotel de al lado. Él no le dijo nada, pero no pudo disimular el gesto de evidente molestia. Desvió la conversación:
   —A mí también me gustaría irme a un lugar bien alejado —expresó irónico y con evidente fastidio—. Y con una playa frente al océano.
   —Claro… ¿No me pedís un café? —dijo Laura pellizcando un sobrecito de azúcar. Y sonrió. Quería animarlo, cambiarle el humor después del desplante. Le tomó la mano.
   —Contame algo —le pidió.
   Charlaron un rato. Laura lo escuchaba atenta. No bien se hizo un hueco en el monólogo aprovechó y se despidió. Se había quedado el tiempo necesario para tranquilizarlo. Cuando se dirigía a la salida vio el cartel a través de los vidrios. “Ni una menos”. Despejó rápido un amargo recuerdo fugaz, saludó a Andrés levantando el brazo y salió a la calle.

   El gato, sucio y desprolijo, seguía en el mismo sitio. En cualquier momento iba a comenzar a llover. Lo alzó con cuidado, las patas se estiraron y con las yemas de los dedos palpó las costillas tibias del animalito. Lo acercó al reparo del kiosco de diarios cerca del tronco grueso del plátano. 
   Miró al gatito y suspiró. Hacía un año ella había estado en la calle en la misma situación, cuando lo abandonó al Negro Ginés, el tipo con quien convivía. No me denuncies porque te mato, le gritó amenazándola la última noche en la cual discutieron, cuando él terminó golpeándola otra vez. Pero fue el final, porque ella se escapó y no lo volvió a ver nunca más. 
   Al poco tiempo se lo contó a su amiga y ella le dio un papel plegado con un número.
   —Laurita —le dijo Nora—, aquí tenés el teléfono por si necesitás ayuda, no lo pierdas —hizo una pausa y le sondeó las pupilas frunciendo la frente—. Y si ese degenerado te vuelve a levantar la mano, ¡llamá, por favor! —protestó… y le apretó los nudillos con el papel adentro.
   Ahora las cosas han cambiado. Vive sola y tranquila en un departamento modesto. Hoy se despertó contenta, con emociones desconocidas. Pensó en las tardes calurosas de Corrientes, en el río Paraná, en las flores blancas de los naranjos. El cielo de su cabeza era un remolino de pensamientos azules. Extrañaba los amaneceres de cobre con el sol sostenido por la cuna del río acerado. Sacó el celular y, pensando en los lapachos de agosto en la ribera acodada, se puso los auriculares y buscó la canción que le gustaba tanto. Mientras caminaba la iba tarareando. “Tengo tiempo… para saber…”.
   Comenzó a lloviznar y pensó en el gato con remordimiento. Se detuvo y regresó hacia la avenida a buscarlo. Aún continuaba recostado en el zócalo del kiosco. Lo alzó y se lo llevó. Retomó por Godoy Cruz hacia su casa. Decidió llevárselo con ella, contaba con unos días para alimentarlo y curarlo. Sonrió por tercera vez en el día. 
   El último tramo lo hizo caminando más rápido. Recorrió el pasillo hasta el fondo. Llegó justo cuando se largó el aguacero. Cerró la puerta de chapa del patio cubierto, como siempre, sin echarle llave. Acomodó al gato arrimándolo a un mueble viejo y el animalito se quedó quieto. Fue a la cocina, sacó un churrasco crudo de la heladera, salió al patio y se lo dejó al lado, como alimento. Entró al cuarto y se tiró en la cama sobre las sábanas limpias. Todavía conservaba los auriculares puestos. Puso de nuevo la canción. “Tengo tiempo… para saber… si lo que sueño concluye en algo…”
   Escuchó un traqueteo y después el impacto contra la entrada de la pieza bruscamente abierta de un empujón. Ante la imprevista aparición de Ginés quedó muda. Se sacó los auriculares y los apartó a un costado. Si hubiese visto al demonio no se hubiera asustado tanto. El tipo no dejaba de insultarla, gritaba como un loco. Le pegó tres trompadas bestiales en la cara, una le abrió una herida en la ceja. Con la cuchilla que traía le tiró un puntazo. No fue certero porque la hoja se hundió completamente en el colchón, aunque le hizo un tajo bastante profundo en el costado del pecho. Laura no pudo ni gritar. A pesar de haber quedado atontada intentaba defenderse tirando manotazos en desorden.
   La violencia del tipo aumentó. Arrojó la cuchilla y se desvistió para violarla. Cortó una tira larga de sábana y comenzó a atarle el tobillo a la estructura de la cama de hierro intentando que se quedara quieta. Seguía insultándola, furioso. Se dio vuelta. Quiso acomodarse mejor. Laura se resistió hasta que Ginés la desmayó de un golpe en la cabeza.
   Cuando recuperó la conciencia reconoció su agotamiento, pero igual se incorporó, debilitada por las heridas y temblando de miedo. Había sangre por todos lados. La abrumaba el aquelarre escarlata sobre las cobijas revueltas y el olor venéreo que aún impregnaba el aire enrarecido. Levantó la cuchilla del piso. El dormitorio, ahora, estaba tan silencioso como un mausoleo. Necesitaba poner un mínimo de ternura en la fiebre de su drama. Pulsó el celular. La canción volvió a sonar en los auriculares. Decía: “No importa si las horas bajan… la noche… es tibia… sin sol”
Las cosas habían sucedido muy rápido. Todavía no sentía los dolores de los golpes salvajes del Negro Ginés ni la vergüenza de la vejación carnal. Miró de costado su cara deformada en el espejo. Vio el papel plegado de su amiga. El esplendor del verano correntino se alejaba de sus sueños. 
   El gato había terminado de comer, se afirmó sobre las cuatro patas y se fue caminando despacio por el pasillo, rengueando un poco. Dejó marcadas sus pisadas en una hilera de manchas granates que huían en línea recta hasta la abertura del patio. El rastro se perdía hacia la mitad del pasillo. Una llovizna triste caía con persistencia sobre la ciudad desde hacía varias horas.

   “No importa si las horas bajan… la noche… es tibia… sin sol”.

   Laura se sentó en la cama y se afirmó con el codo izquierdo sobre la mesa de luz. Desplegó el papel y, como si fuese el acto definitivo de su vida, comenzó a marcar cada uno de los números escritos: uno… cuatro… cuatro… Esperó unos instantes, oyó la voz al otro lado de la línea, y ya no pudo contener todo el llanto que se había guardado durante tantos años.


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miércoles, 7 de noviembre de 2018

Una fisura en el tiempo



I

   Estoy sentado sobre las maderas rústicas del muelle, con las piernas colgando hacia el vacío, pensando en qué modo asombroso la luna se despega de la superficie del río mientras las flores de la noche, todavía, no perfuman la atmósfera cálida de la barranca.
   Una aciaga nube de melancolía da vueltas por mi cabeza. Aunque nunca se lo dije, me doy cuenta hasta qué punto estuve enamorado de Luciana. Tanto que aún la extraño.
   Cuando ella se despidió de mí, apoyó los labios sobre el costado de mi cara y me dejó un beso tibio. Yo tenía las mejillas heladas y un terremoto por dentro. Con temor, entendí de pronto, que no la iba a ver nunca más. Sentí una pena enorme, pesada como un árbol de plomo.
   Ahora veo alrededor mío un paisaje colosal del cual me siento una parte ínfima. Pongo los brazos sobre la baranda de madera y encima de ellos apoyo el mentón, para mirar todo lo que me rodea. Mis ojos son dos soledades húmedas. Sin obedecer a mi voluntad vagabundean por los bosques de la otra orilla, por encima de la vegetación recortada contra el cielo.
   Permanezco sumido en la amargura. Mi estado de ánimo esparce las más bellas imágenes de Luciana sobre la piel arrugada del río, ahondando aún más el efecto de mi pesadumbre. Los músculos del pecho se me endurecen bajo la intensa sensación de congoja.
   Por debajo de los tablones, amarrado a los pilotes del muelle está el bote rojo de mi abuelo. Un poco más allá, al lado de un irupé que flota hacia la desembocadura, nada un cisne blanco. El ave curva el cuello, sumerge la cabeza en el agua y cuando la saca, caen de su pico una serie de gotas cristalinas. No sé por qué con esa sucesión de perlas transparentes armo una frase absurda: “Luciana está escondida detrás de la luna”.

II

   Regreso a mi casa y saco el almanaque de la mochila. Remarco las casillas que indican las fechas de luna llena. Lo dejo sobre la mesa de luz. Luego hago anotaciones en el cuaderno de hojas lisas, con el bolígrafo de tinta verde. Escribo para Luciana versos de amor y después me duermo pensando en ella.

III

   Todas las noches, en las cuales el globo lechoso se ve completo, vengo a leer en silencio aquellos poemas bajo la luminosidad mortecina del cielo. Pero hoy pasa algo extraño al pronunciar un verso con la frase que imaginé al paso del cisne.
   El círculo plateado se aquieta en su órbita. Un pequeño grupo de nubes se esfuma saliendo por un costado del cielo. Súbitamente caigo de espaldas como si me hubiesen matado de un disparo y quedo extendido a lo largo del muelle. 
   Luciana asoma su cuerpo por debajo de la esfera luminosa. Un hilo de plata vertical cuelga desde la luna hasta el río. Ella se desliza por la cuerda suspendida y desciende hasta el embarcadero. Ha venido a buscarme.
   Apoya los pies descalzos sobre los listones de quebracho. Se acerca a mi cuerpo. Tira de las puntas de mis orejas y despega mi alma evanescente como si fuese una etiqueta de viento. No poseo sustancia ni color, carezco de materia, pero conservo la voz y el movimiento. En cambio, algo similar a un hombre queda quieto sobre el muelle solitario. 
   Luciana conduce a mi alma hasta el bote de mi abuelo, suelta el cabo de amarre, toma los remos y me lleva a navegar. Oigo el quejido del pivote cuando se hunden las palas, y el sonido ronco de las tablas del fondo de la pequeña embarcación. 
   Durante la navegación recito todas las poesías que he escrito. Lo hago de memoria porque mi cuaderno ha quedado junto al cuerpo tendido en la oscuridad de la orilla. Me esmero, hago gestos exagerados a fin de elevar la pobre lírica de los versos. Ella me describe las figuras que ha dibujado con acuarelas astrales sobre la cara oculta de la luna.
   Me siento un ladrón de abrazos y quiero acercarme, pero es imposible porque soy más liviano que un agujero de aire. Ella habla desde sus labios con el lenguaje de los astros. En cambio, yo soy solo una voz invisible viajando en el asiento de popa para conversarle. 
   Me sobreviene un cansancio descomunal en esta noche inesperada. Ella me consuela. Dice: «siempre es agotadora la primera vez que se visita un sueño». Sonríe con picardía y sigue tirando con suavidad de los puños de los remos. El esquife traza una curva suave y nos conduce al lugar de partida mientras seguimos conversando. 
   Regresamos al embarcadero. Ella ata el bote al entramado y subimos por la pequeña escalera. Veo el cuerpo exangüe sobre las tablas y me introduzco de inmediato dentro de él, como si fuese el féretro que tanto espero. Vuelvo a ser una entidad completa y única.
   Luciana se va. Levanta los talones, se coloca en puntas de pie, alcanza el hilo de plata y asciende tomada de él. No bien llega a la luna se esconde detrás de ella y recoge la cuerda por completo. El extremo inferior desaparece por debajo de la panza blanca.
   La esfera de yeso vuelve a avanzar en su órbita. La rebanada de tiempo se reduce al espesor de la nada.
   Me incorporo. Tengo la sensación de haber aliviado mi persistente tristeza. Tal vez me he dormido por un instante sin darme cuenta, cuando estaba leyendo. En esto pienso en la breve caminata de regreso a casa.
   Falta un mes para la próxima luna llena. Miro hacia afuera, a través de la ventana. La claridad nocturna vigila el bamboleo de los veleros silenciosos fondeados en la costa. Observo, aquí dentro, una mariposa marrón rodeando el foco de mi cuarto. Siento que mi pena ha sido menos feroz esta noche. Cosas de los recuerdos, me digo. Hoy hace diez años que murió mi esposa, Luciana. 
   Sigo escribiendo un poco más, cierro mi cuaderno, apago la luz y me quedo profundamente dormido.


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domingo, 28 de octubre de 2018

Voy a buscarte


   No existe lo imposible. 
   Es solo un acantilado de miedos y timideces tontas. Esta vez probaré con un desafío diferente. ¿Qué pasa si me visto con ropas desteñidas y salgo a buscarte por los empedrados de las calles solitarias?, al anochecer, como un enamorado, cerca de los faroles encendidos, lejos de las sombras donde duermen los bancos de la plaza. 
   Seguiré la estrategia de hacerlo a deshoras, quiero ir a husmear por los escaparates iluminados, estoy seguro de encontrarte, conozco los lugares donde suelen estar las reinas huidizas como tú, sé de tus rincones.
   Me han dicho que te han visto, pero en mi cabeza se acumula la duda. Oigo una voz incrédula escondida en la maraña de mis confusos pensamientos. Me advierte de otra desazón en un tono similar al sonido frío de la escarcha, como un soplo salido de labios femeninos que me rechazan.
   Y me quedo pensando en tantas quimeras esquivas que me han marcado de arrugas la frente. Las puertas abiertas de los certámenes, las luces encendidas entre tintineos de caireles, las amplias escaleras alfombradas, las ceremonias de los festejos descendiendo hacia el patio de invitados, al gran espectáculo. 
   Todo eso se me ha negado.
   No deseo perderte. Quisiera bailar contigo esta noche, sentir tu perfume novedoso mientras escuchamos el sonido de los violines con los ojos cerrados. Quisiera verte. Te imagino tan hermosa, así, envuelta en un vestido de papel y con un pequeño moño en el hombro. 
   Y con esta imagen de ensueño voy a buscarte.
   No sé si me crees, enredado en mi ansiedad he olvidado tu nombre exacto, aunque tu rostro lo recuerdo perfectamente. Necesito serenarme, disfrutar el momento de nuestro encuentro, ansío ser el primero en tomar tu cara entre mis manos. 
   No quiero tardar demasiado. Eres el sueño que tanto he perseguido. 
   Estarás triste si nadie logra descubrirte, pero tienes tanta belleza por dentro que, no bien un par de dedos se deslicen por tu costado, el esplendor de tus palabras será más dulce que un trago de miel. Estarás orgullosa entre toda la multitud.
   Tú guardas mis secretos y los de quienes te han deseado. Sabes, quienes alcanzamos tu cielo hemos necesitado, en ocasiones, de alguna ayuda. Un sorbo de licor tibio quizás. Algo de alcohol debió pasar por nuestras gargantas porque de lo contrario la imaginación hubiera sido un cuchillo inconcluso, y no nos hubiésemos podido degollar el alma por completo. Y, precisamente, tú lo entiendes, de eso se trata. De dejarlo todo, con los dedos sangrando de tanto raspar la piel de la hoja, con la pasión entre las venas entibiando el cerebro.
   Quiero abandonar mi mano entre tus muslos, acariciar tu piel blanca, esos pequeños infiernos formarán parte de un sueño que me hará sentir vivo. Me atreveré a hacerlo sin tu permiso. Y te acariciaré los pechos con delicadeza, como si fuesen dos pájaros tibios. Te escucharé con atención bajo la rubia lumbre de la lámpara. Imagino el momento, cuando estés conmigo, exponiéndote, con el esplendor de tus frases maravillosas.
   Y cuando te encuentre te amaré seguramente con el arrebato torpe de un poseído. No seré cuidadoso con tu vestido de fiesta porque lo desgarraré y lo tiraré a un costado. Pero a tu cuerpo lo trataré con cariño, no temas, que es lo más preciado para mí.
   ¡Ahí te veo! 
   Estás en el estante de las antologías.
   Me apuro en encontrar al vendedor. Le pido que te envuelva en papel opaco, que te ponga un moño dorado y salgo contigo debajo del brazo, iré a leerte con calma, acariciándote con ternura, página por página.


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lunes, 15 de octubre de 2018

La gota de rocío


   Youssef está solo.
   Los astros iluminan la noche mientras cava la fosa para el destino final del cuerpo de Amira, su esposa. Termina la labor agobiante y lo acomoda de costado en el fondo rugoso de la modesta abertura. Cuando culmina la tarea se seca el sudor de la frente y eleva la mirada al cielo. La luna en cuarto menguante está más grande que nunca. El moro de figura aguda, silente por la pérdida, esbelto por estirpe, demora su éxtasis en la meticulosa observación de la bóveda estelar porque, aunque no lo sepa, la concreta veracidad de la maravilla luminosa de la materia celeste es el bálsamo que alivia la pena de su mundo interior.
   Baja la cabeza y vuelve a la tienda vacía.
   La faja rectangular que estuvo tejiendo su mujer se extiende lineal apoyada en el suelo y como una alfombra mágica avanza hacia afuera. Una lengua de gruesos y tensos filamentos de colores oscuros se arrastra saliendo por el frente, por la puerta, a través de la abertura, rodeada por encima y por los costados, de recios paños curvos los cuales dan forma a la vivienda. 
   Youssef entra, toma el último sorbo del té de menta, deja el jarro y sale. Se sienta sobre el entramado compacto de la alfombra. Lo abruma el cansancio emocional. La ausencia de su esposa le ha dejado un hueco interno, le ha vaciado su vida. Esto es lo que piensa mientras descansa un rato, después de la tarea ingrata del entierro en soledad. Desde la entrada de la jaima, mira en dirección al montículo que sobresale apenas, como una modesta hinchazón del terreno. 
   Imagina que el reposo de la muerte se materializa en esa sombra gris que le parece estar viendo, de pie, cuidando el cadáver, al lado de la tumba cubierta por una capa de piedras desordenadas. 
   Youssef está sentado mirando hacia la nada. 
   Trata de recordar la música del lenguaje bereber en la voz de su mujer. Pero en la clausura de su mente el recuerdo de las palabras que ella usaba para hablar con él se ahoga en su propia angustia. Sus pensamientos reverberan en una danza insoportable tratando de recuperar el habla, aunque no logran vencer la rigidez de sus labios ni quebrar el silencio terrible que lo rodea. 
   Los dolores resquebrajan la redonda soledad de Youssef. La lágrima de miel de la existencia no le dio hijos. La tienda ha resultado demasiado grande. El futuro es un manotazo al vacío. 
   Nunca se ha detenido a mirar el cutis rugoso del yermo de arena rubia con tanta melancolía como en este momento. No hay viento, ni siquiera un cabello de brisa que mueva un átomo. Hacia el oeste desciende la penumbra. Desde el este se eleva un tenue resplandor. Y en medio, la indecisión del devenir baila entre la oscuridad y la luz.
   Aún debe soportar la locura del paso del tiempo. El silencio sideral es inmenso. El incipiente amanecer ahora descansa sobre el horizonte recortando con nitidez las ondulaciones de las dunas. 
   Un murmullo lo distrae de sus cavilaciones. Son las cabras que se mueven dentro del corral de cañas, y las rozan con sus pezuñas y con sus cuernos huecos. Y esos parcos arañazos abren tajos delicados en la piel de la sombra que se aloja en el redil. Mientras tanto el embrión de la mañana crece y comienzan a notarse los suaves rizos del suelo árido. 
   A unos veinte metros de la jaima hay un árbol solitario, es una acacia sin hierba alrededor, no hay otra planta hasta donde da la vista en este espacio mineral. Tiene una copa abigarrada de hojas duras y verdes. Las últimas caricias de la humedad nocturna resbalan a lo largo de las grietas de su tronco. Su memoria vegetal bebe con paciencia la humedad oculta con las puntas de sus raíces invisibles. Cuando llegue la plenitud del día el agobio del sol aumentará la velocidad de la savia.
   Youssef, nómade entre los nómades del Sahara ha amado a una sola mujer, Amira. Ambos, de espíritu esquivo, no querían boda y se fugaron antes de las celebraciones familiares. Ahora ha quedado en completa soledad, su escasa familia es la alondra rasgando con una curva fugaz la inmensidad del cielo y el búho rapaz vigilando desde las cornisas.
   Deja de estar sentado y se extiende de espaldas sobre el entramado de la tela hecha con el pelo de los pequeños animales rumiantes. Deja los brazos flojos al costado del cuerpo. El firmamento es un domo que lo aplasta. 
   Hoy se encuentra abatido por la tristeza, pero ha decidido no esperar mucho más. Al comienzo del crepúsculo se dedicará a desarmar la carpa y a cargar los bultos sobre los animales. Al día siguiente partirá, no bien el sol ascienda. Irá como un ave migratoria, buscando un nuevo sitio en el este árido de Marruecos, desde Erfoud a Merzouga. Llevará lo mínimo y se desplazará buscando el sendero sinuoso del olvido. 
   Piensa y espera.
   ¿Qué espera? 
   Nada. 
   El ciclo nocturno se está terminando. El globo lunar navega en medio del cardumen de estrellas. El fresco azul oscuro ha aliviado el sofoco de Youssef en esta noche interminable. 
   Se levanta. Suspira. Decide hacer un recorrido por este sitio y camina hacia la acacia. Llega y examina de cerca las hojas duras y apretadas. Debajo de una de ellas pende una gota de rocío. 
   Es espléndida como un dije de topacio. 
   Se acerca más y ve su propia imagen en la superficie curvada del líquido. Su ojo, ahora, está a un centímetro de la gota. Su rostro se agranda y su cuerpo se reduce al mínimo. La luna está en un costado como un punto gordo. Parece una elipse diminuta rellena de polvo blanco. No se atreve a tocarla.
   Youssef siente curiosidad. El grano de cristal arqueado le devuelve su imagen deformada. Acerca un ojo hasta que queda a un milímetro de ella. En el espejo curvo y al mismo tiempo transparente, su nariz se ha vuelto enorme y su turbante índigo se ha adelgazado como una aureola lejana rodeándole el rostro. En esta posición ve otro universo que se ha curvado sobre sí mismo. Y allí hay una figura agitando la mano. Es Amira.
   Entonces no duda. 
   No sabe cómo lo hace ni por qué lo hace, pero lo cierto es que toma impulso, salta y se sumerge de pies a cabeza dentro de la gota, de modo tal que sus sandalias ya no quedan a la vista. El extremo de la parábola de su movimiento se hinca en la bola cóncava mediante una cabriola geométrica impecable.
   Este cúmulo de líquido suspendido no estalla ni se derrama debido a la desmesura de su cuerpo. Todo lo contrario. Youssef se reduce de tamaño no bien atraviesa la superficie espejada de la gota y pasa del lado de donde ha venido, a este, infinitamente más pequeño.
   Todavía no está seguro del milagro. El agua debiera ceder bajo su peso, caer y perderse entre los intersticios de los granos de arena. Y sin embargo no ha cambiado su forma de pera, pequeña, colgando de la rama, suspendida por un cabo, tan delgado, como un hilo cosido a la hoja.
   Cuando está dentro se da cuenta de que él ha provocado la disminución de su tamaño para encontrar un albergue suave en el seno de la gota, sin romperla y sin siquiera hacerle perder su forma. 
   Los espacios se invierten. Lo que estaba afuera ahora está aquí. Youssef recupera los intensos recuerdos junto a su mujer y está feliz. Amira está espléndida e ignora que hay otro cuerpo gemelo al suyo sepultado en una grieta del tiempo. El rostro amarronado del moro pasa de la tristeza al júbilo. No se pregunta acerca de los motivos del hechizo que ha devuelto la vida a su esposa, sino que, lo asume como un regalo del Creador del Cosmos, a quien debe agradecer.
   Algo muy extraño ha sucedido. Las aves furtivas, la jaima y las dunas han quedado afuera. Youssef lo puede ver todo desde aquí dentro. Se ha producido la duplicación de las cosas y el moro ya se encuentra en otro universo paralelo. Pero pronto advierte que, a través de la transparencia combada del agua, el desierto y el espacio exterior se deforman hasta desaparecer. La burbuja se opaca. Un telón se cierra.
   Gira y mira hacia el interior. Es un espacio inmenso, abierto, con cielo abovedado pintado de celeste, con suelo casi plano que se extiende hasta el infinito. Youssef aspira una bocanada de aire y va en búsqueda de Amira, quien lo espera con los ojos descubiertos, en esta flamante vida desplegada hacia el futuro. 
   Quien no haya seguido a Youssef en su aventura puede ver que afuera de la gema de rocío el conjunto de las cosas sigue igual. No hay testigos del milagro, el viento gira en los remolinos de arcilla roja y el día asciende sobre el mapa áspero de este lugar en el mundo. 
   La gota oculta su secreto interior, pierde transparencia, se pone rígida y se pinta de color blanco. Pierde volumen con lentitud, como un globo que expele su oxígeno, mientras la furia del sol se acrecienta buscando el cenit.
   No pasan más que algunos minutos y la gota de rocío se desvanece al mínimo, ya no es de agua, cambia de estado, solo es un leve vapor invisible que se disipa, hasta desaparecer completamente.

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domingo, 30 de septiembre de 2018

El papel y la letra


   Con mucha humildad, lejos del ego y mucho más cerca de la ilusión que representa publicar, es un verdadero placer poder realizar esta entrada que es sencillamente para dar una noticia, la más importante para alguien tan apasionado por las letras como yo.

   Después de varios meses ha salido a la venta mi tercer libro, Escarcha, lo cual es muy importante para mí porque de algún modo me da más seguridad en lo que hago y al mismo tiempo un sosiego, muy difícil de explicar con exactitud, pero cerca de proveerme un mínimo de certeza acerca de que la orientación que persigo es la correcta.

   Soy escritor porque he tomado la decisión de expresarme mediante la palabra impresa hasta donde me den las fuerzas, en tanto y en cuanto considere que es relevante lo que cuento, y, además, que lo plasmado sobre el papel tenga un mínimo de dignidad, según mi humilde opinión, para ser presentado en público. 

   Esta tarea la realizo con suma satisfacción, con el deber ético autoimpuesto de colocar el máximo esfuerzo en construir cada uno de los textos, lo cual, por supuesto, de ningún modo garantiza que estén por encima del umbral que cada lector exige, pero sí asegura que yo haya alcanzado el tope de las posibilidades que me dan las herramientas literarias que poseo.

   Me he tomado tiempo para seleccionar los dieciocho textos que aparecen en el libro en base a un criterio de heterogeneidad en todos los aspectos que abarcan la forma, la extensión y la trama. Estos textos originales han sido autocorregidos y, como etapa final, C. Mosovich ha realizado la corrección de los mismos.

   Con el apoyo de los diseñadores de la editorial y teniendo en cuenta la experiencia de mi primer libro en papel, hemos puesto especial cuidado en la estética. La tipografía interna sobre la página ahuesada es más amigable y la apertura con capitulares les da cierto realce a los cuentos. Por otra parte, el equipo de diseño ha realizado un delicado tratamiento de la imagen, elaborada por E. Rosales, para la cubierta y las solapas, terminadas en laminado brillante, logrando un producto del que me siento muy orgulloso.

   Una novedad, que no es nada menor, es que para adquirir el libro papel, la editorial ha agregado una opción de “envío internacional” puerta a puerta que, por su costo, resulta accesible para quienes viven en otros países, por ejemplo, España, México, Uruguay, Chile.

   Las distintas opciones y ambos formatos (digital y papel) se pueden solicitar a través de la página de la editorial:

   Ante cualquier duda, se puede consultar a la Librería de la editorial por e-mail:

   libreria@autoresdeargentina.com

   La adquisición del libro, al mismo tiempo que va a significar un tremendo estímulo para mí, colaborará en el surgimiento del sueño de publicar el próximo, ya que se trata siempre de autopublicaciones, por eso, desde ya, muchas gracias a los que decidan hacerlo.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Romina


   Hay algunos charcos dispersos en la calle de tierra. Paula pisa en uno de ellos y se embarra los únicos zapatos de salir. Son negros y de taco bajo, ya están un poco gastados. El pie derecho se entierra hasta la mitad y ella casi pierde el equilibrio, pero se recompone, se acomoda la pollera y logra salir sin caerse. No quiso venir en zapatillas porque están sucias, no tuvo tiempo de lavarlas y, además, están rotas. No las usa para viajar en colectivo. Le da vergüenza, por eso las descartó, para que la gente no la confunda con una indigente. 
   Entra en la casa detrás de su madre y la sigue. Deja la cartera sobre una silla de mimbre, pero no se saca el abrigo. Se limpia el zapato con meticulosidad —aunque está nerviosa— con el trapo de piso que toma del rincón y luego lo deja en el mismo lugar, al lado de la escoba. 
   Hace un par de horas llamó a su madre por teléfono —un celular anticuado, regalo de su tío—. Hubiera querido hacerlo antes, pero estuvo dos días sin crédito. Recién hoy cobró un poco de plata y lo pudo cargar. Su hermana está internada hace tres días y quería saber cómo seguía, pero del otro lado de la línea lo único audible era un tartamudeo lejano. Le pareció haber escuchado que la situación de Romina se está complicando. Y eso la dejó intranquila. Por lo tanto, se decidió a venir directamente hasta aquí.
   Se sienta y su madre le ofrece un mate. Lo toma. Cortando la frase, entre sorbo y sorbo, trata de pedirle una explicación más precisa acerca de cuál es la complicación de salud de su hermana. Lo hace de manera demasiado atolondrada, un poco agresiva tal vez. Paula tiene la urgencia de la juventud. En cambio, a su madre le cuesta armar una respuesta con mayor rapidez. Hace lo posible pero no alcanza. Y encima estuvo llorando mientras la esperaba. Todavía le quedan huellas sobre las mejillas y las seca con la punta de un pañuelo arrugado. Se compone un poco, se sosiega y le dice:
   —Esta mañana me llamó Ana desde el hospital.
   La frase cae lenta. Las palabras se acomodan buscando lugar en el espacio liviano del ambiente. Su madre se pasa la mano por el delantal descolorido. Trata de disimular —es evidente— el agobio del manto de frío suspendido por debajo de las chapas del techo. Aquí dentro se padece un poco menos porque ha encendido una hornalla de la cocina, la más pequeña. La aureola azul titila con un tenue silbido agudo. La regula al mínimo para prolongar la duración de la garrafa. La cortina a lunares de la ventana está cerrada. Entra poca luz, pero la presencia del género aplaca un poco el aliento helado filtrándose a través del vidrio roto.
   Las cacerolas emanan un aroma tibio a guiso. Paula lo reconoce de inmediato porque le trae recuerdos de la estrechez de su infancia, ausente de juguetes, escasa de mate cocido con pan por las noches. Los desliza con rapidez hacia el olvido, su urgencia los coloca en un segundo plano. Está ansiosa. La frase suelta pronunciada por su madre se condensa con facilidad en las paredes sin revoque. Es escasa como la felicidad, tiene un sabor demasiado dulce del cual no puede menos que desconfiar. Pretende una más concreta, una expresión clara como su piel desnuda. Y dicha lo más rápido posible. Siempre pasa lo mismo —piensa—, deberé terminar sacándole las palabras con tirabuzón.
   Su madre habla con rodeos. Paula se contiene, calla sus interrogantes, se arma de paciencia. Se va enterando de a poco de algunos detalles menores y, mientras la escucha, repasa las vivencias de su niñez en esta casa, sus pensamientos acumulan escenas con la delicadeza de la memoria en el umbral de su intimidad.
   Tiene dos hermanas: Ana es la mayor y Romina la menor. Las tres viven en lugares diferentes, en el primer cordón del conurbano. Llevan una vida ajustada, como pueden. Romina cuida personas en un geriátrico, Ana es depiladora, Paula limpia casas. Cambian de trabajo si los viejos fallecen, el salón de belleza cierra, o los matrimonios se divorcian. Ninguna tiene un sueldo fijo. 
   Antes de ayer fue a visitar a Romina al hospital y estaba bien, sonriente. Ahora quiere saber qué dijo Ana. Todavía su madre no se lo termina de aclarar. Da vueltas y vueltas. Sigue hablando y después de un rato muy largo, excesivamente largo, termina de contarle los detalles repetidos una y otra vez. Paula se pone más inquieta. Se produce un breve silencio y aprovecha el hueco. Insiste:
   —¿Y qué más?
   —El doctor dijo que la infección llegó al pulmón —dice y baja la cabeza.
   —¿Y entonces?
   —La pasaron a terapia intensiva.
   Esas palabras la asustan, la toman desprevenida. Son abruptas, violentas, y, sin embargo, se esfuerza en pensarlas como dos sonidos inofensivos, equivocados, tal vez se trate de una medida de prevención, su hermana siempre fue delicada de los bronquios. Se recompone, toma consciencia. Quiere saber más. 
   Romina está separada y tiene cuatro hijas. La situación le preocupa porque todavía son chicas. 
   —¿Y las nenas con quién están? —pregunta.
   —Con la vecina. Están bien.
   Mira hacia la pared. Se distrae. Ve una huella de hollín, un triángulo gris oscuro apuntando al techo con la base escondida detrás del horno. Hay un solo mueble. Tiene patas, cuatro estantes y puerta doble donde se encuentran los cacharros y el cajón de los cubiertos. De chica le parecía descomunal. Le pide a su madre otro mate. Ella se lo ceba y se lo alcanza. Paula está descuidada y se le resbala. Lo vuelca sin querer. Se levanta, trae el trapo rejilla. Seca la mancha verde esparcida sobre el mantel de hule de la mesa, limpia lo mejor posible, lo devuelve a su lugar y se sienta. Le da una chupada al mate hasta vaciarlo. Hace un ruido parecido a una queja. Luego lo apoya sobre la mesa y le dice:
   —Mami, escuchame. Yo estuve con ella y me dijo que no tenía nada serio.
   —No sé.
   —¿Cómo que no sabés?, si a vos te cuenta todo —exclama casi con bronca.
   —No sé nena.
   —Pero, ¿cuál fue la causa de la internación? A mí no me quiso contar nada.
   Termina de hablar y se abre un silencio entre las dos, más temible que la miseria. Su madre llora de nuevo. Algo le esconde, está segura porque le conoce esa actitud. Trata de calmarla un poco. Le pide otro mate más para darle un tiempo a la confidencia. No sabe por qué le cuesta tanto hablar de algo tan simple. Hasta parece guardar el pañuelo en el bolsillo a fin de demorar la respuesta. 
   No desea que su insistencia tenga la gravedad de un acoso, por eso Paula habla despacio. Romina siempre fue muy cerrada con ella, en cambio con su madre y con Ana no, a ellas siempre le cuenta todas sus cosas.
   En el hospital también le hizo la misma pregunta a su hermana y ella la esquivó, se quedó callada mirando la pantalla del televisor de la sala; estaba de buen ánimo, ya no tenía fiebre y esperaba el alta de un momento a otro. Paula percibió la falta de la respuesta como la evasiva habitual de su hermana ante una intromisión en su intimidad, por lo cual no insistió, dada la falta de intención de compartirla con ella.
   Tiene esa escena fresca en la memoria y se anima a ser más específica. Acerca la banqueta hacia su madre, acaricia el mate con las dos manos y en voz baja le dice:
   —¿Tiene que ver con el marido?
   —No, no, Enrique no volvió más.
   Se lo pregunta porque el tipo le pegaba. Discutían mucho. Gracias a Dios se separaron, sino las cosas iban a terminal mal.
   —Entonces ¿por qué Romina fue a parar al hospital?, mamá —insiste.
   Su madre se recompone, suspira. De repente parece dispuesta a relatarlo todo. Levanta la cabeza. Parece más firme, más decidida.
   —Estaba embarazada y decidió abortar. ¡Se lo sacó, nena! —exclama compungida, de un tirón.
   —Pero… ¿cómo?, ¿quién se lo sacó?, ¿dónde?
   Paula balbucea, se queda en blanco, enreda el extremo de la bufanda con los dedos. En realidad, tiene temor a seguir indagando. Su madre, en cambio, agrega una frase con un gesto de condescendencia, una expresión sombría le abarca todo el rostro.
   —Tenía miedo, nena, ¿sabés?, por eso fue a lo de doña Julia.
   Paula se lleva la mano al pecho, con los dedos temblorosos se acomoda la bufanda alrededor del cuello, como para abrigarse más. Le vienen a la memoria los peores recuerdos cuando escucha ese nombre. Su imaginación vuela. Sin embargo, se queda callada, espera, sujeta un desahogo acumulado en la garganta. Piensa. No parece estar frente a su madre, parece una extraña.
   Sigue escuchando a esa mujer a quién ve sufrir delante de ella, hablando con frases entrecortadas, con el poco aliento del cual dispone:
   —Estaba de diez semanas. Desesperada. Le preguntó a Ana por las pastillas y ella le averiguó. Es imposible comprarlas en la farmacia sin receta. Y también le dijo el precio y ahí Romina se dio cuenta de que no tenía esa plata. Después habló conmigo. Me dijo que ella no quería otro hijo y me pidió la dirección de doña Julia. Yo le propuse acompañarla, pero ella quiso ir sola. 
   —Mamá… ¿cómo sabés que doña Julia…?, ¿vos… alguna vez… te sacaste alguno? —dice Paula con un hilo de voz. 
   Tiene emociones encontradas. No quisiera escuchar la respuesta, pero le resulta imperioso conocer las razones, ahora necesita saber.
   —¡Ay, nena! ¿por qué me preguntás eso?
   —¡Quiero saber, mamá, contestame!
   —Bueno… ¡sí!… sí… fue muy difícil.
   —¿Y quién te acompañó? ¿papá fue con vos?
   —No… fui sola.
   Termina de hablar y suspira. Llora con más libertad, como si el hecho de compartir la verdad con su hija la hubiese liberado de un peso lóbrego sostenido sobre su espalda durante tantos años.
   Paula se siente una estúpida, tal vez sea impotencia o melancolía, no sabe. Quizás las revelaciones de esta tarde fueron demasiado para ella. Se levanta, se acerca a la silla en la cual está sentada su madre y la abraza. Y también llora con ella. Oprime el cuerpo amplio, le agrada porque emana un leve aroma a ternura y no desea perderlo en el olvido, por eso la aprieta más fuerte, cerrando los ojos. Pero es solo un momento. Pasa demasiado rápido, se disipa no bien mira alrededor y la sensación de pobreza la acongoja. Le duele y la asusta. Prueba un consuelo en un hilo de voz:
   —Mami… mami, no llores, Romina va a ponerse bien… lo otro ya pasó.
   No sabe en qué medida es cierta la última parte de la frase, no está segura. La intención de sus palabras es calmar su propia angustia y la de su madre. 
   Paula ahora se sorprende de las semejanzas con las vidas de sus hermanas porque las tres han pasado por este suceso clandestino, aciago, doloroso, infeliz. Cuando rozan el tema del aborto, lo esquivan, solo lo han hablado con su madre cada una por su lado. Fueron ellas quienes llevaron el embarazo en su cuerpo, quienes pasaron las noches de insomnio mirando el techo, quienes también debieron tomar la terrible decisión, en una inmensa desolación la cual no pudieron compartir. 
   Piensa en el sufrimiento de Romina con las piernas abiertas, sangrando, y a doña Julia escarbando dentro de su hermana. La cabeza le da vueltas, tiene la sensación de ser un útero endurecido que se eleva en el fondo del viento. Le viene un dibujo a la mente, un pensamiento, casi una escena: «Un tallo verde se corta y cae en un charco rojo que se expande». 
   Ahora comienza a entender un poco más. Se apura a interrogar a su madre:
   —¿Y qué dijo el médico cuando la recibió en el hospital?
   —Yo no estaba. Ana la acompañó con la ambulancia. El médico de guardia la trató muy mal. Desconfiaba. Le hizo preguntas como si en vez de un cirujano fuera un detective y la paciente una delincuente. El tipo quería saber si Romina se había hecho un aborto. Pero Ana tiene carácter y se lo negó rotundamente. Le dijo que averiguara menos y se ocupara de sacar a su hermana del mal trance. Las enfermeras tardaron en llevarla a hacerle los estudios, pero le dieron los medicamentos enseguida porque tenía fiebre y mucho dolor en el pecho. Ahora Ana está esperando el parte en terapia intensiva.
   Su madre casi no ha tomado aire y, le recomienda, le pide por favor, no vaya a contarle a sus hermanas que ella se lo dijo porque si se enteran se van a enojar mucho con ella. Paula la contempla, ya no quiere seguir escuchando, se siente cansada, abrumada, con una pesadez enorme y los brazos flojos.
   La conversación duró un siglo o así le parece. Todavía está desconcertada. Le vienen a la mente escenas dispersas producto de su imaginación, con gritos, agujas, sangre, dolor y vergüenza. Piensa en la amplia sonrisa de Romina la última vez que la vio. 
   Su madre se levanta despacio y corre la cortina de la ventana. Un filete de luz divide en dos el espacio y todo se ilumina disipando la melancolía de Paula. El resplandor la despabila y oye un sonido lejano al cual parece reconocer. Está aturdida y abrumada pero todavía con la lucidez suficiente para percibir que el sonido viene de la otra habitación, en medio del silencio de la casa. 
   Es su celular. No se dio cuenta, lo dejó dentro de la cartera. Corre, lo saca y atiende. Es Ana.
   —Soy Ana. 
   La voz de su hermana suena diferente, debe ser porque casi nunca la llama.
   —¿Dónde estás? —dice Paula, sin reprimir su ansiedad.
   —Romina se murió —dice Ana y se pone a llorar.
   —¿¡Cómo!? —exclama Paula con la voz ahogada—. ¡Repetímelo, Ana, ¡por favor! —le grita aferrándose al celular, apretando el aparato fuerte contra la oreja. 
   No lo puede creer, tiene la boca abierta, se alisa el cabello y no sabe qué decir. Se larga también a llorar, las dos lloran. Su madre está parada y la mira como si hubiera escuchado la frase nefasta que Ana acaba de pronunciar en el teléfono. 
   Paula está histérica:
   —¡No puede ser! ¡Decime por qué! ¡No puede ser!
   Ana, antes de cortar, con voz dubitativa, llega a elaborar un último párrafo confuso. Paula logra descifrar el titubeo de la frase y la interpreta, su hermana acaba de decir algo sobre “la desgracia de ser pobre”. 
   Ya no disimula la tristeza que se instala en sus labios mientras deja el celular. Es un aparato viejo con la pantalla rota. Cuando tenga un poco de plata voy a comprar uno más moderno, piensa. 
   Saca el pañuelo y se seca los ojos. Revuelve en la cartera y saca el espejo para retocarse las pestañas con el rímel de su prima. Como sigue llorando decide sacarse toda la pintura de los ojos y no se vuelve a pintar. Sin maquillaje y con semejante angustia se ve desencajada, con cara de loca. 
   Se mira los zapatos. Revisa si les sacó todo el barro. Se los va a poner para el velorio de Romina, aunque se haga aquí, en el barrio, en la vivienda de su madre, ubicada al costado de esta miserable calle de tierra. Aunque llueva, ya no le importa. 
   Se deja caer en una silla y completa el pensamiento que tuvo hace un rato: «Un tallo verde se corta y cae en un charco rojo que se expande en el firmamento cuando la muerte se hunde en el crepúsculo». 
   Es un pensamiento demasiado poético, tal vez sea un recuerdo del colegio primario, quizás unas líneas de algún poema leído en la clase de la señorita Matilde, la de tercer grado, tan cariñosa.
   Y no sabría decir por qué piensa en esa estúpida tontería, con todos los trámites de la funeraria por delante y con todo lo que debe hacer en su casa, antes de arreglarse un poco, para no dar más lástima de la necesaria, delante de la gente del barrio que vendrá a dar el pésame en el sepelio.



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