lunes, 15 de octubre de 2018

La gota de rocío


   Youssef está solo.
   Los astros iluminan la noche mientras cava la fosa para el destino final del cuerpo de Amira, su esposa. Termina la labor agobiante y lo acomoda de costado en el fondo rugoso de la modesta abertura. Cuando culmina la tarea se seca el sudor de la frente y eleva la mirada al cielo. La luna en cuarto menguante está más grande que nunca. El moro de figura aguda, silente por la pérdida, esbelto por estirpe, demora su éxtasis en la meticulosa observación de la bóveda estelar porque, aunque no lo sepa, la concreta veracidad de la maravilla luminosa de la materia celeste es el bálsamo que alivia la pena de su mundo interior.
   Baja la cabeza y vuelve a la tienda vacía.
   La faja rectangular que estuvo tejiendo su mujer se extiende lineal apoyada en el suelo y como una alfombra mágica avanza hacia afuera. Una lengua de gruesos y tensos filamentos de colores oscuros se arrastra saliendo por el frente, por la puerta, a través de la abertura, rodeada por encima y por los costados, de recios paños curvos los cuales dan forma a la vivienda. 
   Youssef entra, toma el último sorbo del té de menta, deja el jarro y sale. Se sienta sobre el entramado compacto de la alfombra. Lo abruma el cansancio emocional. La ausencia de su esposa le ha dejado un hueco interno, le ha vaciado su vida. Esto es lo que piensa mientras descansa un rato, después de la tarea ingrata del entierro en soledad. Desde la entrada de la jaima, mira en dirección al montículo que sobresale apenas, como una modesta hinchazón del terreno. 
   Imagina que el reposo de la muerte se materializa en esa sombra gris que le parece estar viendo, de pie, cuidando el cadáver, al lado de la tumba cubierta por una capa de piedras desordenadas. 
   Youssef está sentado mirando hacia la nada. 
   Trata de recordar la música del lenguaje bereber en la voz de su mujer. Pero en la clausura de su mente el recuerdo de las palabras que ella usaba para hablar con él se ahoga en su propia angustia. Sus pensamientos reverberan en una danza insoportable tratando de recuperar el habla, aunque no logran vencer la rigidez de sus labios ni quebrar el silencio terrible que lo rodea. 
   Los dolores resquebrajan la redonda soledad de Youssef. La lágrima de miel de la existencia no le dio hijos. La tienda ha resultado demasiado grande. El futuro es un manotazo al vacío. 
   Nunca se ha detenido a mirar el cutis rugoso del yermo de arena rubia con tanta melancolía como en este momento. No hay viento, ni siquiera un cabello de brisa que mueva un átomo. Hacia el oeste desciende la penumbra. Desde el este se eleva un tenue resplandor. Y en medio, la indecisión del devenir baila entre la oscuridad y la luz.
   Aún debe soportar la locura del paso del tiempo. El silencio sideral es inmenso. El incipiente amanecer ahora descansa sobre el horizonte recortando con nitidez las ondulaciones de las dunas. 
   Un murmullo lo distrae de sus cavilaciones. Son las cabras que se mueven dentro del corral de cañas, y las rozan con sus pezuñas y con sus cuernos huecos. Y esos parcos arañazos abren tajos delicados en la piel de la sombra que se aloja en el redil. Mientras tanto el embrión de la mañana crece y comienzan a notarse los suaves rizos del suelo árido. 
   A unos veinte metros de la jaima hay un árbol solitario, es una acacia sin hierba alrededor, no hay otra planta hasta donde da la vista en este espacio mineral. Tiene una copa abigarrada de hojas duras y verdes. Las últimas caricias de la humedad nocturna resbalan a lo largo de las grietas de su tronco. Su memoria vegetal bebe con paciencia la humedad oculta con las puntas de sus raíces invisibles. Cuando llegue la plenitud del día el agobio del sol aumentará la velocidad de la savia.
   Youssef, nómade entre los nómades del Sahara ha amado a una sola mujer, Amira. Ambos, de espíritu esquivo, no querían boda y se fugaron antes de las celebraciones familiares. Ahora ha quedado en completa soledad, su escasa familia es la alondra rasgando con una curva fugaz la inmensidad del cielo y el búho rapaz vigilando desde las cornisas.
   Deja de estar sentado y se extiende de espaldas sobre el entramado de la tela hecha con el pelo de los pequeños animales rumiantes. Deja los brazos flojos al costado del cuerpo. El firmamento es un domo que lo aplasta. 
   Hoy se encuentra abatido por la tristeza, pero ha decidido no esperar mucho más. Al comienzo del crepúsculo se dedicará a desarmar la carpa y a cargar los bultos sobre los animales. Al día siguiente partirá, no bien el sol ascienda. Irá como un ave migratoria, buscando un nuevo sitio en el este árido de Marruecos, desde Erfoud a Merzouga. Llevará lo mínimo y se desplazará buscando el sendero sinuoso del olvido. 
   Piensa y espera.
   ¿Qué espera? 
   Nada. 
   El ciclo nocturno se está terminando. El globo lunar navega en medio del cardumen de estrellas. El fresco azul oscuro ha aliviado el sofoco de Youssef en esta noche interminable. 
   Se levanta. Suspira. Decide hacer un recorrido por este sitio y camina hacia la acacia. Llega y examina de cerca las hojas duras y apretadas. Debajo de una de ellas pende una gota de rocío. 
   Es espléndida como un dije de topacio. 
   Se acerca más y ve su propia imagen en la superficie curvada del líquido. Su ojo, ahora, está a un centímetro de la gota. Su rostro se agranda y su cuerpo se reduce al mínimo. La luna está en un costado como un punto gordo. Parece una elipse diminuta rellena de polvo blanco. No se atreve a tocarla.
   Youssef siente curiosidad. El grano de cristal arqueado le devuelve su imagen deformada. Acerca un ojo hasta que queda a un milímetro de ella. En el espejo curvo y al mismo tiempo transparente, su nariz se ha vuelto enorme y su turbante índigo se ha adelgazado como una aureola lejana rodeándole el rostro. En esta posición ve otro universo que se ha curvado sobre sí mismo. Y allí hay una figura agitando la mano. Es Amira.
   Entonces no duda. 
   No sabe cómo lo hace ni por qué lo hace, pero lo cierto es que toma impulso, salta y se sumerge de pies a cabeza dentro de la gota, de modo tal que sus sandalias ya no quedan a la vista. El extremo de la parábola de su movimiento se hinca en la bola cóncava mediante una cabriola geométrica impecable.
   Este cúmulo de líquido suspendido no estalla ni se derrama debido a la desmesura de su cuerpo. Todo lo contrario. Youssef se reduce de tamaño no bien atraviesa la superficie espejada de la gota y pasa del lado de donde ha venido, a este, infinitamente más pequeño.
   Todavía no está seguro del milagro. El agua debiera ceder bajo su peso, caer y perderse entre los intersticios de los granos de arena. Y sin embargo no ha cambiado su forma de pera, pequeña, colgando de la rama, suspendida por un cabo, tan delgado, como un hilo cosido a la hoja.
   Cuando está dentro se da cuenta de que él ha provocado la disminución de su tamaño para encontrar un albergue suave en el seno de la gota, sin romperla y sin siquiera hacerle perder su forma. 
   Los espacios se invierten. Lo que estaba afuera ahora está aquí. Youssef recupera los intensos recuerdos junto a su mujer y está feliz. Amira está espléndida e ignora que hay otro cuerpo gemelo al suyo sepultado en una grieta del tiempo. El rostro amarronado del moro pasa de la tristeza al júbilo. No se pregunta acerca de los motivos del hechizo que ha devuelto la vida a su esposa, sino que, lo asume como un regalo del Creador del Cosmos, a quien debe agradecer.
   Algo muy extraño ha sucedido. Las aves furtivas, la jaima y las dunas han quedado afuera. Youssef lo puede ver todo desde aquí dentro. Se ha producido la duplicación de las cosas y el moro ya se encuentra en otro universo paralelo. Pero pronto advierte que, a través de la transparencia combada del agua, el desierto y el espacio exterior se deforman hasta desaparecer. La burbuja se opaca. Un telón se cierra.
   Gira y mira hacia el interior. Es un espacio inmenso, abierto, con cielo abovedado pintado de celeste, con suelo casi plano que se extiende hasta el infinito. Youssef aspira una bocanada de aire y va en búsqueda de Amira, quien lo espera con los ojos descubiertos, en esta flamante vida desplegada hacia el futuro. 
   Quien no haya seguido a Youssef en su aventura puede ver que afuera de la gema de rocío el conjunto de las cosas sigue igual. No hay testigos del milagro, el viento gira en los remolinos de arcilla roja y el día asciende sobre el mapa áspero de este lugar en el mundo. 
   La gota oculta su secreto interior, pierde transparencia, se pone rígida y se pinta de color blanco. Pierde volumen con lentitud, como un globo que expele su oxígeno, mientras la furia del sol se acrecienta buscando el cenit.
   No pasan más que algunos minutos y la gota de rocío se desvanece al mínimo, ya no es de agua, cambia de estado, solo es un leve vapor invisible que se disipa, hasta desaparecer completamente.

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domingo, 30 de septiembre de 2018

El papel y la letra


   Con mucha humildad, lejos del ego y mucho más cerca de la ilusión que representa publicar, es un verdadero placer poder realizar esta entrada que es sencillamente para dar una noticia, la más importante para alguien tan apasionado por las letras como yo.

   Después de varios meses ha salido a la venta mi tercer libro, Escarcha, lo cual es muy importante para mí porque de algún modo me da más seguridad en lo que hago y al mismo tiempo un sosiego, muy difícil de explicar con exactitud, pero cerca de proveerme un mínimo de certeza acerca de que la orientación que persigo es la correcta.

   Soy escritor porque he tomado la decisión de expresarme mediante la palabra impresa hasta donde me den las fuerzas, en tanto y en cuanto considere que es relevante lo que cuento, y, además, que lo plasmado sobre el papel tenga un mínimo de dignidad, según mi humilde opinión, para ser presentado en público. 

   Esta tarea la realizo con suma satisfacción, con el deber ético autoimpuesto de colocar el máximo esfuerzo en construir cada uno de los textos, lo cual, por supuesto, de ningún modo garantiza que estén por encima del umbral que cada lector exige, pero sí asegura que yo haya alcanzado el tope de las posibilidades que me dan las herramientas literarias que poseo.

   Me he tomado tiempo para seleccionar los dieciocho textos que aparecen en el libro en base a un criterio de heterogeneidad en todos los aspectos que abarcan la forma, la extensión y la trama. Estos textos originales han sido autocorregidos y, como etapa final, C. Mosovich ha realizado la corrección de los mismos.

   Con el apoyo de los diseñadores de la editorial y teniendo en cuenta la experiencia de mi primer libro en papel, hemos puesto especial cuidado en la estética. La tipografía interna sobre la página ahuesada es más amigable y la apertura con capitulares les da cierto realce a los cuentos. Por otra parte, el equipo de diseño ha realizado un delicado tratamiento de la imagen, elaborada por E. Rosales, para la cubierta y las solapas, terminadas en laminado brillante, logrando un producto del que me siento muy orgulloso.

   Una novedad, que no es nada menor, es que para adquirir el libro papel, la editorial ha agregado una opción de “envío internacional” puerta a puerta que, por su costo, resulta accesible para quienes viven en otros países, por ejemplo, España, México, Uruguay, Chile.

   Las distintas opciones y ambos formatos (digital y papel) se pueden solicitar a través de la página de la editorial:

   Ante cualquier duda, se puede consultar a la Librería de la editorial por e-mail:

   libreria@autoresdeargentina.com

   La adquisición del libro, al mismo tiempo que va a significar un tremendo estímulo para mí, colaborará en el surgimiento del sueño de publicar el próximo, ya que se trata siempre de autopublicaciones, por eso, desde ya, muchas gracias a los que decidan hacerlo.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Romina


   Hay algunos charcos dispersos en la calle de tierra. Paula pisa en uno de ellos y se embarra los únicos zapatos de salir. Son negros y de taco bajo, ya están un poco gastados. El pie derecho se entierra hasta la mitad y ella casi pierde el equilibrio, pero se recompone, se acomoda la pollera y logra salir sin caerse. No quiso venir en zapatillas porque están sucias, no tuvo tiempo de lavarlas y, además, están rotas. No las usa para viajar en colectivo. Le da vergüenza, por eso las descartó, para que la gente no la confunda con una indigente. 
   Entra en la casa detrás de su madre y la sigue. Deja la cartera sobre una silla de mimbre, pero no se saca el abrigo. Se limpia el zapato con meticulosidad —aunque está nerviosa— con el trapo de piso que toma del rincón y luego lo deja en el mismo lugar, al lado de la escoba. 
   Hace un par de horas llamó a su madre por teléfono —un celular anticuado, regalo de su tío—. Hubiera querido hacerlo antes, pero estuvo dos días sin crédito. Recién hoy cobró un poco de plata y lo pudo cargar. Su hermana está internada hace tres días y quería saber cómo seguía, pero del otro lado de la línea lo único audible era un tartamudeo lejano. Le pareció haber escuchado que la situación de Romina se está complicando. Y eso la dejó intranquila. Por lo tanto, se decidió a venir directamente hasta aquí.
   Se sienta y su madre le ofrece un mate. Lo toma. Cortando la frase, entre sorbo y sorbo, trata de pedirle una explicación más precisa acerca de cuál es la complicación de salud de su hermana. Lo hace de manera demasiado atolondrada, un poco agresiva tal vez. Paula tiene la urgencia de la juventud. En cambio, a su madre le cuesta armar una respuesta con mayor rapidez. Hace lo posible pero no alcanza. Y encima estuvo llorando mientras la esperaba. Todavía le quedan huellas sobre las mejillas y las seca con la punta de un pañuelo arrugado. Se compone un poco, se sosiega y le dice:
   —Esta mañana me llamó Ana desde el hospital.
   La frase cae lenta. Las palabras se acomodan buscando lugar en el espacio liviano del ambiente. Su madre se pasa la mano por el delantal descolorido. Trata de disimular —es evidente— el agobio del manto de frío suspendido por debajo de las chapas del techo. Aquí dentro se padece un poco menos porque ha encendido una hornalla de la cocina, la más pequeña. La aureola azul titila con un tenue silbido agudo. La regula al mínimo para prolongar la duración de la garrafa. La cortina a lunares de la ventana está cerrada. Entra poca luz, pero la presencia del género aplaca un poco el aliento helado filtrándose a través del vidrio roto.
   Las cacerolas emanan un aroma tibio a guiso. Paula lo reconoce de inmediato porque le trae recuerdos de la estrechez de su infancia, ausente de juguetes, escasa de mate cocido con pan por las noches. Los desliza con rapidez hacia el olvido, su urgencia los coloca en un segundo plano. Está ansiosa. La frase suelta pronunciada por su madre se condensa con facilidad en las paredes sin revoque. Es escasa como la felicidad, tiene un sabor demasiado dulce del cual no puede menos que desconfiar. Pretende una más concreta, una expresión clara como su piel desnuda. Y dicha lo más rápido posible. Siempre pasa lo mismo —piensa—, deberé terminar sacándole las palabras con tirabuzón.
   Su madre habla con rodeos. Paula se contiene, calla sus interrogantes, se arma de paciencia. Se va enterando de a poco de algunos detalles menores y, mientras la escucha, repasa las vivencias de su niñez en esta casa, sus pensamientos acumulan escenas con la delicadeza de la memoria en el umbral de su intimidad.
   Tiene dos hermanas: Ana es la mayor y Romina la menor. Las tres viven en lugares diferentes, en el primer cordón del conurbano. Llevan una vida ajustada, como pueden. Romina cuida personas en un geriátrico, Ana es depiladora, Paula limpia casas. Cambian de trabajo si los viejos fallecen, el salón de belleza cierra, o los matrimonios se divorcian. Ninguna tiene un sueldo fijo. 
   Antes de ayer fue a visitar a Romina al hospital y estaba bien, sonriente. Ahora quiere saber qué dijo Ana. Todavía su madre no se lo termina de aclarar. Da vueltas y vueltas. Sigue hablando y después de un rato muy largo, excesivamente largo, termina de contarle los detalles repetidos una y otra vez. Paula se pone más inquieta. Se produce un breve silencio y aprovecha el hueco. Insiste:
   —¿Y qué más?
   —El doctor dijo que la infección llegó al pulmón —dice y baja la cabeza.
   —¿Y entonces?
   —La pasaron a terapia intensiva.
   Esas palabras la asustan, la toman desprevenida. Son abruptas, violentas, y, sin embargo, se esfuerza en pensarlas como dos sonidos inofensivos, equivocados, tal vez se trate de una medida de prevención, su hermana siempre fue delicada de los bronquios. Se recompone, toma consciencia. Quiere saber más. 
   Romina está separada y tiene cuatro hijas. La situación le preocupa porque todavía son chicas. 
   —¿Y las nenas con quién están? —pregunta.
   —Con la vecina. Están bien.
   Mira hacia la pared. Se distrae. Ve una huella de hollín, un triángulo gris oscuro apuntando al techo con la base escondida detrás del horno. Hay un solo mueble. Tiene patas, cuatro estantes y puerta doble donde se encuentran los cacharros y el cajón de los cubiertos. De chica le parecía descomunal. Le pide a su madre otro mate. Ella se lo ceba y se lo alcanza. Paula está descuidada y se le resbala. Lo vuelca sin querer. Se levanta, trae el trapo rejilla. Seca la mancha verde esparcida sobre el mantel de hule de la mesa, limpia lo mejor posible, lo devuelve a su lugar y se sienta. Le da una chupada al mate hasta vaciarlo. Hace un ruido parecido a una queja. Luego lo apoya sobre la mesa y le dice:
   —Mami, escuchame. Yo estuve con ella y me dijo que no tenía nada serio.
   —No sé.
   —¿Cómo que no sabés?, si a vos te cuenta todo —exclama casi con bronca.
   —No sé nena.
   —Pero, ¿cuál fue la causa de la internación? A mí no me quiso contar nada.
   Termina de hablar y se abre un silencio entre las dos, más temible que la miseria. Su madre llora de nuevo. Algo le esconde, está segura porque le conoce esa actitud. Trata de calmarla un poco. Le pide otro mate más para darle un tiempo a la confidencia. No sabe por qué le cuesta tanto hablar de algo tan simple. Hasta parece guardar el pañuelo en el bolsillo a fin de demorar la respuesta. 
   No desea que su insistencia tenga la gravedad de un acoso, por eso Paula habla despacio. Romina siempre fue muy cerrada con ella, en cambio con su madre y con Ana no, a ellas siempre le cuenta todas sus cosas.
   En el hospital también le hizo la misma pregunta a su hermana y ella la esquivó, se quedó callada mirando la pantalla del televisor de la sala; estaba de buen ánimo, ya no tenía fiebre y esperaba el alta de un momento a otro. Paula percibió la falta de la respuesta como la evasiva habitual de su hermana ante una intromisión en su intimidad, por lo cual no insistió, dada la falta de intención de compartirla con ella.
   Tiene esa escena fresca en la memoria y se anima a ser más específica. Acerca la banqueta hacia su madre, acaricia el mate con las dos manos y en voz baja le dice:
   —¿Tiene que ver con el marido?
   —No, no, Enrique no volvió más.
   Se lo pregunta porque el tipo le pegaba. Discutían mucho. Gracias a Dios se separaron, sino las cosas iban a terminal mal.
   —Entonces ¿por qué Romina fue a parar al hospital?, mamá —insiste.
   Su madre se recompone, suspira. De repente parece dispuesta a relatarlo todo. Levanta la cabeza. Parece más firme, más decidida.
   —Estaba embarazada y decidió abortar. ¡Se lo sacó, nena! —exclama compungida, de un tirón.
   —Pero… ¿cómo?, ¿quién se lo sacó?, ¿dónde?
   Paula balbucea, se queda en blanco, enreda el extremo de la bufanda con los dedos. En realidad, tiene temor a seguir indagando. Su madre, en cambio, agrega una frase con un gesto de condescendencia, una expresión sombría le abarca todo el rostro.
   —Tenía miedo, nena, ¿sabés?, por eso fue a lo de doña Julia.
   Paula se lleva la mano al pecho, con los dedos temblorosos se acomoda la bufanda alrededor del cuello, como para abrigarse más. Le vienen a la memoria los peores recuerdos cuando escucha ese nombre. Su imaginación vuela. Sin embargo, se queda callada, espera, sujeta un desahogo acumulado en la garganta. Piensa. No parece estar frente a su madre, parece una extraña.
   Sigue escuchando a esa mujer a quién ve sufrir delante de ella, hablando con frases entrecortadas, con el poco aliento del cual dispone:
   —Estaba de diez semanas. Desesperada. Le preguntó a Ana por las pastillas y ella le averiguó. Es imposible comprarlas en la farmacia sin receta. Y también le dijo el precio y ahí Romina se dio cuenta de que no tenía esa plata. Después habló conmigo. Me dijo que ella no quería otro hijo y me pidió la dirección de doña Julia. Yo le propuse acompañarla, pero ella quiso ir sola. 
   —Mamá… ¿cómo sabés que doña Julia…?, ¿vos… alguna vez… te sacaste alguno? —dice Paula con un hilo de voz. 
   Tiene emociones encontradas. No quisiera escuchar la respuesta, pero le resulta imperioso conocer las razones, ahora necesita saber.
   —¡Ay, nena! ¿por qué me preguntás eso?
   —¡Quiero saber, mamá, contestame!
   —Bueno… ¡sí!… sí… fue muy difícil.
   —¿Y quién te acompañó? ¿papá fue con vos?
   —No… fui sola.
   Termina de hablar y suspira. Llora con más libertad, como si el hecho de compartir la verdad con su hija la hubiese liberado de un peso lóbrego sostenido sobre su espalda durante tantos años.
   Paula se siente una estúpida, tal vez sea impotencia o melancolía, no sabe. Quizás las revelaciones de esta tarde fueron demasiado para ella. Se levanta, se acerca a la silla en la cual está sentada su madre y la abraza. Y también llora con ella. Oprime el cuerpo amplio, le agrada porque emana un leve aroma a ternura y no desea perderlo en el olvido, por eso la aprieta más fuerte, cerrando los ojos. Pero es solo un momento. Pasa demasiado rápido, se disipa no bien mira alrededor y la sensación de pobreza la acongoja. Le duele y la asusta. Prueba un consuelo en un hilo de voz:
   —Mami… mami, no llores, Romina va a ponerse bien… lo otro ya pasó.
   No sabe en qué medida es cierta la última parte de la frase, no está segura. La intención de sus palabras es calmar su propia angustia y la de su madre. 
   Paula ahora se sorprende de las semejanzas con las vidas de sus hermanas porque las tres han pasado por este suceso clandestino, aciago, doloroso, infeliz. Cuando rozan el tema del aborto, lo esquivan, solo lo han hablado con su madre cada una por su lado. Fueron ellas quienes llevaron el embarazo en su cuerpo, quienes pasaron las noches de insomnio mirando el techo, quienes también debieron tomar la terrible decisión, en una inmensa desolación la cual no pudieron compartir. 
   Piensa en el sufrimiento de Romina con las piernas abiertas, sangrando, y a doña Julia escarbando dentro de su hermana. La cabeza le da vueltas, tiene la sensación de ser un útero endurecido que se eleva en el fondo del viento. Le viene un dibujo a la mente, un pensamiento, casi una escena: «Un tallo verde se corta y cae en un charco rojo que se expande». 
   Ahora comienza a entender un poco más. Se apura a interrogar a su madre:
   —¿Y qué dijo el médico cuando la recibió en el hospital?
   —Yo no estaba. Ana la acompañó con la ambulancia. El médico de guardia la trató muy mal. Desconfiaba. Le hizo preguntas como si en vez de un cirujano fuera un detective y la paciente una delincuente. El tipo quería saber si Romina se había hecho un aborto. Pero Ana tiene carácter y se lo negó rotundamente. Le dijo que averiguara menos y se ocupara de sacar a su hermana del mal trance. Las enfermeras tardaron en llevarla a hacerle los estudios, pero le dieron los medicamentos enseguida porque tenía fiebre y mucho dolor en el pecho. Ahora Ana está esperando el parte en terapia intensiva.
   Su madre casi no ha tomado aire y, le recomienda, le pide por favor, no vaya a contarle a sus hermanas que ella se lo dijo porque si se enteran se van a enojar mucho con ella. Paula la contempla, ya no quiere seguir escuchando, se siente cansada, abrumada, con una pesadez enorme y los brazos flojos.
   La conversación duró un siglo o así le parece. Todavía está desconcertada. Le vienen a la mente escenas dispersas producto de su imaginación, con gritos, agujas, sangre, dolor y vergüenza. Piensa en la amplia sonrisa de Romina la última vez que la vio. 
   Su madre se levanta despacio y corre la cortina de la ventana. Un filete de luz divide en dos el espacio y todo se ilumina disipando la melancolía de Paula. El resplandor la despabila y oye un sonido lejano al cual parece reconocer. Está aturdida y abrumada pero todavía con la lucidez suficiente para percibir que el sonido viene de la otra habitación, en medio del silencio de la casa. 
   Es su celular. No se dio cuenta, lo dejó dentro de la cartera. Corre, lo saca y atiende. Es Ana.
   —Soy Ana. 
   La voz de su hermana suena diferente, debe ser porque casi nunca la llama.
   —¿Dónde estás? —dice Paula, sin reprimir su ansiedad.
   —Romina se murió —dice Ana y se pone a llorar.
   —¿¡Cómo!? —exclama Paula con la voz ahogada—. ¡Repetímelo, Ana, ¡por favor! —le grita aferrándose al celular, apretando el aparato fuerte contra la oreja. 
   No lo puede creer, tiene la boca abierta, se alisa el cabello y no sabe qué decir. Se larga también a llorar, las dos lloran. Su madre está parada y la mira como si hubiera escuchado la frase nefasta que Ana acaba de pronunciar en el teléfono. 
   Paula está histérica:
   —¡No puede ser! ¡Decime por qué! ¡No puede ser!
   Ana, antes de cortar, con voz dubitativa, llega a elaborar un último párrafo confuso. Paula logra descifrar el titubeo de la frase y la interpreta, su hermana acaba de decir algo sobre “la desgracia de ser pobre”. 
   Ya no disimula la tristeza que se instala en sus labios mientras deja el celular. Es un aparato viejo con la pantalla rota. Cuando tenga un poco de plata voy a comprar uno más moderno, piensa. 
   Saca el pañuelo y se seca los ojos. Revuelve en la cartera y saca el espejo para retocarse las pestañas con el rímel de su prima. Como sigue llorando decide sacarse toda la pintura de los ojos y no se vuelve a pintar. Sin maquillaje y con semejante angustia se ve desencajada, con cara de loca. 
   Se mira los zapatos. Revisa si les sacó todo el barro. Se los va a poner para el velorio de Romina, aunque se haga aquí, en el barrio, en la vivienda de su madre, ubicada al costado de esta miserable calle de tierra. Aunque llueva, ya no le importa. 
   Se deja caer en una silla y completa el pensamiento que tuvo hace un rato: «Un tallo verde se corta y cae en un charco rojo que se expande en el firmamento cuando la muerte se hunde en el crepúsculo». 
   Es un pensamiento demasiado poético, tal vez sea un recuerdo del colegio primario, quizás unas líneas de algún poema leído en la clase de la señorita Matilde, la de tercer grado, tan cariñosa.
   Y no sabría decir por qué piensa en esa estúpida tontería, con todos los trámites de la funeraria por delante y con todo lo que debe hacer en su casa, antes de arreglarse un poco, para no dar más lástima de la necesaria, delante de la gente del barrio que vendrá a dar el pésame en el sepelio.



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miércoles, 22 de agosto de 2018

Desierto de fuego


   Soy un monstruo invisible de dos cabezas. 
   Con una de ellas me extiendo por la estepa desértica como una víbora. Repto sin dejar huella, subiendo por las dunas del color de la miel. Bajo desde el silencio de las alturas áridas, con mi rostro oculto en la brisa, mientras recorro sereno la sabana interminable. Despliego mi aliento de fuego en las llanuras inmensas bañadas por el océano Índico. Canto con la voz de la sequía en el silbido del aire y derramo sobre el suelo la calamidad disimulada en mis alforjas transparentes. 
   Despejo las nubes para dejar el cielo límpido por encima de los cauces de polvo rojo, sin agua, donde no pueden saciar su sed los clanes nómadas ni sus camellos famélicos. A mi paso dejo los pastos amarillos, secos, moribundos. Quito las hojas de los escasos árboles raquíticos. Traigo hambre y sed, vengo a sacrificar a los inocentes, a valientes y cobardes, a los ancianos de piel oscura y turbantes blancos. Coloco aquí mi volumen árido para convertir el espacio en una soledad de restos fósiles.
   Hago esto y otras cosas horribles en África. 
   Mi otra cabeza tiene la mueca de la guerra. 
   Mi presencia se manifiesta sin sustancia, viene a alborotar el cerebro de los hombres. En estos territorios soy capaz de todo. Y aunque no tengo un sitio preferido, llevo décadas sembrando el odio en las ciudades. Este sentimiento es una peste que aprieta las yemas de los dedos contra los gatillos, arroja granadas, aplasta el suelo con las tabletas de metal de los elefantes grises, en compañía de la muerte, tomado de las alas de los buitres que rondan sobre las fosas de los cementerios.
   Me dejo seducir por el ardor de las batallas donde agito el terror. Impulso la avaricia de los traficantes. A veces traigo soldados a caminar en el polvo bajo el agobio del sol. En otras ocasiones excito el orgullo de los jóvenes y enlazo largas cremalleras de municiones colgadas de sus espaldas flacas. Siembro confusión, también permito campos de refugiados con carpas sanitarias, algodones y agujas con los sueros de la esperanza.
   Además, me empecino en pintar el aire de la noche con los puntos luminosos de los disparos furtivos. Me deslizo con la levedad de mi esencia dentro de los agujeros perforados por los proyectiles, en los muros de las casas o en las fachadas de los edificios. Oprimo las gargantas de las mujeres hasta conseguir los gritos de dolor, al verlas indagar en los escombros de la locura desatada en los incendios. 
   Merodeo como un sabueso de día y de noche, al rayo de sol y a la luz de la luna, alzo barricadas militares con hierros retorcidos. Me ocupo de la historia porque es menester contar con el olvido de estas guerras. No debe haber cuerpos despedazados en las páginas de los libros, ni llanto de huérfanos, ni madres buscando a sus hijos perdidos. Para ello dedico mis horas a borrar con esmero las huellas de las catástrofes, paso mi mano de tiempo sobre el polvo y la arena de las ruinas, a modo de caricia modelo geometrías planas o curvas sin aristas, con suaves bordes redondeados y elimino así los vestigios de la violencia insensata que promulgo.
   Cuando mi espíritu se relaja o se aburre con el tedio de alguna tregua de paz, empujo muros y provoco derrumbes en medio de ciénagas de humo, porque amo en demasía el aroma del desastre y la devastación. Un día la sangre roja cubrirá la piel negra de este mapa arrugado, en el cual abrí las puertas del infierno, a las huestes de otros pueblos. 
   Mi alma bicéfala es la alegoría de la muerte, por eso me nutro del crimen, de los fusilados con sus brazos rotos y las ropas destrozadas. Nada satisface mi terrible voracidad por ver los cuerpos lacerados en los combates. Me nutro de las barrigas hinchadas por el hambre, las lágrimas, los pechos estériles de las mujeres en agonía, dando de mamar la última gota de la amargura de la hiel. 
   Acumulo con esmero los cartuchos de vainas doradas. Ajusto las hebillas de los cinturones de cuero, entrego los fusiles y también instalo el miedo. Hago retumbar el espanto en los oídos, esa es la melodía que prefiero para ensanchar mi ambición, inflada por la vanidad, como una vela desplegada por la soberbia. Embriago las mentes de los hombres con la fiebre de la locura y deposito en los labios sus propias palabras de angustia mordidas por la sed, porque conozco sus dialectos, su lenguaje y su religión.
   Detesto los cementerios, me encanta observar las fosas a cielo abierto con cuerpos recalcados en formas inconcebibles. Quiero manos encrespadas por la desesperación de la huida imposible, cuencas vacías y músculos desgarrados, vestigios, resabios, pies descalzos, estómagos secos y pulmones manchados de pólvora. Me hace bien tanto dolor.
   Y nunca quedo conforme. No entiendo la lástima, no me conmueve el ruego ni la compasión. No poseo esos sentimientos débiles. Escucho con avidez como vibra el suelo con las detonaciones y observo extasiado las llamas de los fuegos nocturnos al tomar altura. Mi suprema recompensa es ver el terror en los ojos abiertos de los niños asustados. Soy cruel.
   Mi estadía aquí lleva décadas y no encuentro sosiego porque el material de mi alma es el mal, y mi fastidio por la ternura es interminable. No sé de qué se trata la culpa, solo conozco la voluntad de destruir este extremo del oriente africano, mi tarea es interminable, no tengo nada ante lo cual postrarme de rodillas apoyando la frente sobre el piso.
   Hincaré la mueca de la pena. Los colores de la muerte quedarán grabados en el último gesto de los rostros de estos hombres. 
   Mi paz será el silencio final, cuando ninguna garganta cante en el desierto ni en las ciudades en ruinas, cuando no quede nadie con la mirada orientada al cielo, observando con ojos ansiosos a los astros, en busca de una respuesta sensata.



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domingo, 5 de agosto de 2018

Baboo


   Aquí, cerca de Dolo Ado, en el Cuerno de África, el calor es una mortaja que recibe a los que huyen de la guerra interminable. Un grupo de chozas han sido improvisadas en medio del desierto. Hay algunos árboles raquíticos y dispersos esqueletos de cabras, tumbados, que alzan sus cuernos verticales. La falta de agua ha dejado costillares pelados y ausencia de vísceras entre los huesos. 
   Baboo viene de la montaña de basura. Aparece por detrás de las cañas amarillas de la última cabaña de la aldea. Es un niño de cinco años. A cada paso bambolea el globo infame de su vientre, en su ansiedad por alcanzar la tienda del Centro de Salud.
   La arena dorada le quema los pies y se apura. El sol, que se está derrumbando en franjas rojas sobre occidente, le muerde la piel negra de su cuerpo desnudo, hasta que abre la lona de la carpa blanca y entra. Suspira con alivio. No espanta las moscas verdes que caminan por su cara. 
   Cuando ve a la enfermera, se acuesta rápido en el colchón, no quiere que ella se dé cuenta de que ha llegado tarde. Desea portarse bien porque esta mujer es la única que lo acompaña a ver el cielo. 
   Sophie se acerca, envuelve con una cinta graduada el brazo flaco del niño y anota un número en una planilla. Luego le acaricia la mejilla, le dice que se duerma y se va.
   El chico está cansado, sus ojos se cierran en seguida. Son pocos los quejidos de los enfermos, los leves susurros sortean los silencios de la carpa sanitaria. Su cuerpo ya es una bola de carbón inmóvil sobre la sábana arrugada. En sus cuencas aloja las dos esferas de marfil en las cuales transita la inocencia de su sueño. 
   Pasan algunas horas, y aunque aún es de noche, sus párpados delgados comienzan a palpitar y se abren completamente: está despierto. Entonces se levanta; va hacia la guardia y sacude el hombro de Sophie para que lo siga. La lleva de la mano y juntos salen de la tienda buscando la piel del cielo colgada sobre la estepa infinita. 
   Se alejan de la aldea. Él se siente un conquistador de estrellas. 
   Ella no dice nada, aunque sonríe ante la obsesión del chico por descubrir astros fugaces en estas noches de serena claridad y lo sigue en su juego. La luna es una moneda de plata sobre el lago añil en el cual titilan los diminutos diamantes fríos. Mira el rostro absorto del pequeño ante el prodigio de la bóveda celeste; Sophie guarda un secreto: la madre del niño le ha confesado que regresará a su pueblo sin Baboo porque está desnutrido y no soportaría el viaje. En el llano árido la sequía es inclemente, la hambruna mata, y la pólvora asusta con el olor del miedo.
   El niño está parado, con las pupilas fijas en el disco de nieve colgado por encima de su cabeza. El firmamento parece más alto y profundo que nunca. Alza su brazo, apunta con su índice hacia la estela que rasga el fondo azul del universo y muestra su brillante dentadura.
   Sophie sonríe con él y luego se pone seria. 
   —Baboo, quiero decirte algo.
   El pequeño niega dos veces con la cabeza y baja la mirada porque intuye algo malo. No le gusta el tono grave de Sophie. Ella le levanta el mentón con el dedo. Los labios le tiemblan un poco, habla con cierta zozobra, pero se nota el empeño que pone tratando de que no se le corte la voz. Le dice:
   —Mañana regreso a mi país. 
   Baboo desea que sea mentira lo que dice Sophie. No quiere pensar en las palabras de la joven que, ahora de rodillas, envuelve su cabeza con suavidad y le besa la frente. 
   Y ella se demora, lo abraza fuerte..., fuerte.
   Después regresa sola a la tienda.
   Baboo suspira y continúa su tranquila contemplación del oasis nocturno. Lo llena de felicidad mirar las estelas de polvo cósmico que surcan el espacio. Se siente cerca de ellas; es un corazón puro que anhela el vacío del cosmos que está lejos, muy lejos de esta tierra hostil.
   Toma una rama seca y dibuja un círculo tembloroso en el suelo. 
   Lo ve imperfecto. 
   Luego traza una raya recta más abajo, como si fuese un horizonte largo y al mismo tiempo una separación entre dos mundos.
   Piensa en su madre y luego en Sophie. Dos congojas lo tironean. No puede evitar que una gota cristalina se derrame desde su mejilla y caiga sobre su panza. 
   Y otra más…, y otra…, y otra.



Este cuento pertenece a la antología "Cuentos obstinados" / Alicia Danesino, compilado por Marita Rodríguez-Cazaux. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Dunken, 2018. ISBN 978-987-763-583-6
1. Cuentos. I. Danesino, Alicia. Rodríguez-Cazaux, Marita, comp. IIIVega, Sabrina Mariel, coord. CDD A863



domingo, 29 de julio de 2018

Ave azul



   Ella escapó. Abandonó sin pena los calores del trópico, la brutalidad de las tormentas y la pobreza de la isla. Llegó aquí con una valija prestada, vacía de sueños. Se instaló en el contorno, al costado de los muros elevados de esta urbe esquiva. 
   En algún momento tuvo la ilusión del olvido. Espió el otro lado de su vida, volteó la página para buscar el modo, pero sola no pudo. Entonces el ave azul entró en su mente desesperada, recogió los recuerdos tristes de su pasado y los apretó en un nido de aire. Y a esos mismos recuerdos les quitó los colores. Los quebró en mínimos trozos transparentes y los cubrió con una niebla blanca para que no se conviertan en posibles palabras nuevas. Por eso ella trajo el silencio dentro de los ojos perdidos. Vino con el alma desnuda, el dolor anestesiado, y un desierto de dudas mirando hacia la nada. 
   No supo muy bien cómo debía comenzar a transitar la noche. Entonces el ave se hizo presente otra vez y le ofreció su vuelo. Colocó un manto de ángeles para proteger su espalda y le abrió las puertas del bar. Ella ensayó una sonrisa sobre su rostro y untó un precio sobre su cuerpo para recibir en él las masculinas huellas del semen. Aprendió a pensarse lejos de sí misma, a apretar los dientes cuando sus rodillas tibias debían arrugar las sábanas de los hoteles, en la sumisión de la entrega pactada. Peregrinó las calles nocturnas, vio la triste palidez de la luna surgiendo del río. Durmió los días y vendió sus noches a los miserables compradores de amor.



   Este invierno un hombre le dijo que se enamoró de ella. Se lo repitió esta noche, pero ella conoce las ilusiones equivocadas de ese verbo que tantas veces ha debido escuchar ocultando el fastidio. Esquivó el beso. Los labios que besan labios son formas repulsivas que ella no se permite. Quizás queden restos antiguos en el nido que protege el ave azul que elaboró el olvido. Entonces le dijo al hombre: «salgamos». Y le explicó con cuidado, con frases simples y palabras sencillas.
   Afuera del bar la brisa helada hizo rodar papeles sucios sobre las baldosas. Ella pensó en recientes cristales rotos agrupados con lentitud, alrededor de una idea que la perturba. Porque sabe que no siempre estas cosas terminan bien. Sintió que era una gacela en peligro buscando apresurada el abrigo de una trinchera. Habló con cautela entre los pliegues nocturnos de la piel del tiempo. Deslizó palabras con seriedad en el sosiego nocturno. Ofreció la sonrisa, ocultó el temor. Su corazón de metal, forjado con su trabajo, supo concluir su tarea. 
   Ella percibió la proximidad del tedio vigilando el rostro herido. Él la miró afirmando, se despidió y se fue. El inicio del gesto de un abrazo de amor inútil quedó congelado en el aire de la esquina desierta. El hombre comenzó a arrastrar penosamente la sombra del regreso. 



   Concluye otra noche en el bar. Ella se va a su casa. Y anhela, mientras intenta dormir, el vuelo del ave azul que llenará su valija vacía de sueños con un mínimo temblor de felicidad. Pero eso es lo último que alcanza a pensar con cordura, lo último que recuerda hasta aquí, cuando llega la liberación de la furia en un grito desgarrador que sale de su boca abierta, en la oscuridad del cuarto, apretándole los pulmones en un viento infinito.








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domingo, 15 de julio de 2018

En la ribera al lado del muelle


I

   La austera tumba que te hice, hace unos meses, se reduce a una montaña de cascotes incrustados en la greda de la playa angosta, contra la barranca. Tiene una cruz hincada encima, dos maderas de palo rosa atravesadas por un clavo y atadas con alambre de fardo. La estaca vertical es gruesa, se afina hacia lo alto y la punta asoma por encima de la hierba, cerca de la orilla, en este oculto recodo del río.
   Sé que vos hubieses querido féretro, fosa y un responso del pastor al lado de una sepultura. Pero me resistí a hacerlo. La muerte llegó a la madrugada y se enamoró de tu cuerpo cálido. Deben haber pasado dos horas hasta que me resigné a la fatalidad de tu quietud y algún tiempo más, hasta aceptar que alguien o algo desconocido te había robado el movimiento. No quise dejarte encerrada en la casa, pero tampoco sacarte de esta telaraña de islas, ni alejarte de estos bosques tupidos de alisos, espinillos y pajonales. 
   Te puse junto al río —aquí nadabas todos los veranos—, para que el agua te moje con su dedo húmedo a través de los intersticios abiertos, entre piedra y piedra, en tu nuevo lecho. Hasta acá llega el canto del churrinche rojo esquivando las flores de los ceibos. Lo único molesto es la bruma del amanecer que te toca antes de disiparse. 
   Quise retenerte de algún modo. Esa es la verdad.
   Elegí este sitio para no exponerte a la furia de la correntada, de modo que el manotazo del río, no te arrastre al agua profunda para hundirte como a un buque abandonado.
   No sé de dónde saqué fuerzas para fabricar tu nueva morada. Hoy no sería capaz, soy un hombre desorientado que anda mudo. A veces le hablo al río, y a veces, en la cocina de la casa, hablo solo, convencido de que tus labios me conversan. 
   —Juana, no sé cómo seguir —digo en voz baja, o lo pienso, o me parece que lo pienso, o mi pensamiento rebota en el abrazo del viento, cae como un eco de luto en mi oído, y me confundo.

II

   Deambulo extraviado por las habitaciones. Me desplazo de una a la otra sin destino claro. Soy un remanso circular de rutinas que repito, es para salir de esto que me aferro a la intimidad de la pesca. Tomo las cañas, cierro la puerta y bajo caminando, por el estrecho sendero que esquiva los troncos de los fresnos y desciende hacia la ribera. Veo aparecer y desaparecer la tumba entre el follaje. Me gusta el lugar que elegí para el destino final de tu cuerpo, porque está amparado, a salvo de los ojos de los navegantes que husmean buscando despojos de barcos abandonados. 
   Llego al pequeño embarcadero. Me detengo y miro la obra de rocas levantada del suelo. Los juncos la están tapando de un costado, deberé cortarlos antes que la cubran del todo.
   El Paraná está crecido y el nivel de los arroyos sube. El agua de la costa acumula hojas en la base del promontorio, escucho el chapoteo de los manotazos intermitentes que deja espuma en los adoquines. El sepulcro está al amparo de la correntada, pero las ramas y los camalotes se enredan en los escombros que sobresalen. Ahí se quedan y después se pudren sin resistir al cristalino discurrir del tiempo. 
   El peregrinar cansino de las nubes rumia una tormenta. Tal vez un día el río levantará su lomo mojado y arrasará con todo. Debería mudar tu pétreo aposento, protegerlo más, llevarlo arriba de la barranca. Conozco la posición de cada bloque, en qué hueco puse cada guijarro. Podría desarmarla y volverla a armar con los ojos cerrados y una mano atada en la espalda. Tengo tallada en mi retina con exactitud toda la arquitectura. 
   Pero es verdad que, aunque no me guste, no puedo dejar de pensar en el cementerio.  Me pregunto si acaso no sería como una segunda muerte, y lo cierto es que no solo te alejaría de mí, seguramente tu cuerpo olvidaría las islas, el viento y la soledad del paisaje.

III

   No me distraigo más y retomo la marcha. Mis pasos repercuten sobre los tablones del muelle. Subo a la embarcación, reviso la cabina con calma y minuciosidad, levanto el bidón y lleno el tanque con gasoil. Enciendo el motor. Por un momento el ronroneo del “Mercury” me disipa la pesadumbre. Me dispongo a remontar el Anguilas, a buscar la boga porque todavía no aparece el pejerrey. El cielo del sudeste está gris, es un buen augurio para la pesca. 
   Suelto la soga de amarre y salgo a navegar. No es un viaje largo, en media hora llego y detengo la marcha. 
   En la lejanía, la costa parece una chata arenera fondeada en medio del desamparo con un bosque encima. El casco anaranjado de la “Baader-Track” se hamaca suave en la corriente perezosa. El silencio aturde, tiro el trasmallo y me quedo pensando en nada mirando el collar de boyas amarillas. Apoyado en la borda cuelgo los ojos en la melancolía de la tarde. El horizonte oscila con el suave vaivén de la brisa que peina el agua.
   Vuelvo a pensar en vos y en el cementerio. Desde la semana pasada que la idea me da vueltas en la cabeza. Se trata de una especie de paranoia recurrente. Comenzó cuando me encontré con el viejo que tiene el rancho donde se quiebra el arroyo. Estaba comprando en la lancha carbonera. 
   —Hola Don Luna, ¿qué cuenta? —dije yo. Por decir algo. 
   Pero fue suficiente para que me contara todas las novedades que circulan por las venas intrincadas de los ríos del estuario, y nos pusimos a conversar mientras hacíamos la fila. 
   Vos sabés, Juana, que la gente de las islas es así, cuando se encuentra con alguien habla, necesita abrir el silencio y escuchar el sonido de su propia voz. El diálogo es un recurso. Todos necesitan compartir los misterios del río y espantar la superchería de las historias trágicas del Delta.
   Me habló del fallecimiento del dueño del aserradero que está en el otro extremo del islote, en Cabo Frío. Sin que yo pregunte nada me contó con lujo de detalles el servicio funerario y la congoja de la viuda. Yo le conté que a nuestro embarcadero lo habíamos construido vos y yo solos, casi sin herramientas. Don Luna se entusiasmó. 
   Cuando nos despedimos me preguntó si un día de estos podía pasar a ver nuestro muelle, quería animarse a hacer uno nuevo porque al suyo se le habían empezado a pudrir los puntales.

IV

   Mi cuerpo cuelga boca abajo, como un cadáver, sobre el estribor del casco del barco, rodeado por la tranquila inmensidad acuática. Tengo las manos sumergidas casi hasta los codos. En esta ridícula postura imagino que te estoy acariciando, que mis extremidades de agua son parte de los riachuelos sinuosos, que se extienden hasta los resquicios de la tumba y acaricio tus pies descalzos. Me siento huérfano tan lejos tuyo. 
   Me desperezo parado con las manos apoyadas en los huesos de la cadera. Estiro los músculos. Trato de pensar en otra cosa. Una bandada de cotorras rasga el cielo buscando el sigilo de la fronda, los chillidos lejanos raspan el aire liviano de la tarde pálida. La brisa alborota el follaje de la hilera lejana de álamos, las hojas oscilan en infinitas vibraciones, son diminutos espejos verdes y blancos que flotan en el suspenso de la humedad. Todo es movimiento. 
   Me pongo a trabajar con la red. Tiro de la relinga hasta que la baliza llega a mis manos. Separo la pesca en los fuentones, acomodo la malla contra la popa. Me dirijo hacia la cabina y enciendo nuevamente el motor. Giro con suavidad el volante, la lancha obedece dibujando una curva amplia y luego enderezo el rumbo. Navego pensativo. Qué triste sería dejar de tenerte tan cerca si te llevara al cementerio. Durante todo el trayecto de regreso no hago más que cavilar en ese sentimiento.
   Dejo el canal Honda, encaro hacia la boca de entrada del último arroyo para acceder a nuestro muelle. Encapillo la gaza del cabo de amarre. Subo al entarimado y paso al lado de la tumba. Esquivo la mirada, no llego a discernir con claridad la causa de ese gesto al que me obligo. Sigo cabizbajo por el sendero hacia la casa y entro. 

V

   Lo primero que hago es arrimarme a la ventana. Te miro. Es decir, bajo el esplendor galvanizado de la tarde, asoma el copete de piedras y la cruz de palo. Pero sé que estás ahí. El silencio de la cocina me mantiene pegado al vidrio. Pasa un rato y me siento en la banqueta, acerco un vaso y lo lleno de vino. 
   Quizás así pueda traer un poco de olvido para tapar tu ausencia y la angustia que me araña la aridez del alma. 
   Me pregunto cuál es la distancia que nos separa, si esa distancia existe. Imagino que tu cuerpo se quedó quieto al perder alguna sustancia desconocida que se fue a algún lado. No sé dónde está esa otra parte que te completa, lo desconozco. El aire no ventila tus pulmones, está ausente tu respiración y no obstante te imagino intacta, íntegra, debajo de ese rústico promontorio.
   Me apropié de tu cuerpo en un arrebato insensato por tenerte conmigo, no medí las consecuencias.
   Una locura. 
   Poco a poco tomo conciencia de la fatalidad de la muerte. Ese límite único e inapelable. Debe ser el vino que me lleva a ese lugar. La tristeza se retira hacia los rincones de la casa, lo hace con sigilo, no es más que un síntoma de la cercanía con la cual me acosa. En eso pienso cuando me quedo dormido con la cabeza apoyada sobre la mesa. 
   Y sueño con vos.
   Y después de un intervalo de tiempo que no puedo definir con precisión me voy despertando. Quedan retazos en mi cabeza, sinrazones, una metáfora confusa que naufraga sin explicación. Vos estabas quieta, sentada sobre una balsa que se iba deslizando río abajo sin remedio. Yo te miraba desde la costa, quería gritar, pero estaba amordazado, atado y de rodillas, en un islote desierto. El sueño me salva de la angustia por un rato, pero ya estoy despabilado, otra vez con el alma sombría, atrapado en la persistente oscuridad. 
   Me despierto con lágrimas en las mejillas mirando la botella. Me refriego los ojos para despejar la niebla que los empaña, el jugo de tanta tristeza que llevo dentro.
   Arqueo la espalda y me afirmo en la mesa. Me levanto y comienzo a dar vueltas por la cocina, buscando una precisión, un norte, una brújula que me oriente. De repente oigo ladridos lejanos, llegan desde afuera más allá del aserradero. Hace tiempo que no escucho ladrar a los perros, pero eso no me llama la atención. Un mes después de tu muerte se fue el último que quedaba. Es lógico, vos los llevabas a cazar al carpincho, te revolcabas con ellos a jugar en el pasto. Yo nunca me ocupé.
   Recuerdo que en tu noche trágica fue Titán quien acercó el hocico y tocó el dorso de tu mano, para verificar si estabas. Así estuvo unos instantes. Luego retrajo las orejas hacia atrás y se quedó echado en el piso. Te aseguro que pude ver la tristeza en aquellos ojos de animal abandonado.
   Rememoro nuestros amaneceres cuando el mate nos calentaba las manos. Y tu risa, sobre todo tu risa. Qué hermosa compañía que eras, Juana. Cuando me pierdo en la soledad del río elevo la vista al cielo para buscarte. Y, te juro, que me parece que te estuviera viendo.
   En el interior de la casa se siente tu perfume, la sensación de que en cualquier momento vas a decir algo. La melodía de tu voz y los susurros de tus pasos permanecen todavía en las habitaciones. Hay momentos en los cuales me parece escuchar el suave choque de las cacerolas. En ocasiones me sorprendo en el dormitorio, buscando la forma de tu cuerpo, palpando el sutil hueco del colchón. Desde el cuarto, a veces, me parece escuchar el siseo de las sábanas, agitadas por alguna de tus pesadillas.
   Aquella madrugada te cargué entre mis brazos, aún tibia. Yo mismo socavé el suelo, lo suficiente para acomodarte sobre la tersura de tu morada perpetua. Asenté allí tu espalda con cuidado y te tapé con dos mantas. Luego acomodé encima la pila de piedras, formando un arco para el breve hueco de tu acotada libertad. En la angosta ribera estás entera, quieta, sin movimiento. 
   Creo que me ganó la desesperación aquel amanecer en el cual decidí que tu cuerpo quedara conmigo, e hice la tumba, para poder verte desde la ventana. La muerte hizo dos Juanas. Tu forma completa está ahora bajo las rocas; tu espíritu es una algarabía que mora por aquí dentro, agita las cortinas, rodea la huerta y sube a cantar en los nidos de los árboles. 
   Siempre fuiste de agua, de juncos y de tiernos brotes vegetales. Oigo tu voz que baila en el aire y me contás como es el cielo. El atardecer no se muere aún sobre la superficie plateada del río. La melancolía baja desde el silencio de los árboles, las nubes de lluvia se van aproximando con cautela. Sin embargo, aquí, la penumbra abarca por completo la amplitud del cuarto. Enciendo una vela, me siento más sombrío que otros días y no sé por qué.

VI

   El encierro no me hace bien. Salgo. Avanzo por el camino y me acerco al muelle. Miro como cabecea el bote. Desde acá percibo dos ríos diferentes, uno encima del otro. El de arriba es un espejo que se desliza con lentitud, el de abajo corre veloz y turbulento, es voraz, todo lo traga y lo oculta. 
   Un ruido paraliza mis reflexiones. Estalla un trueno, algo se rompe en el cielo y empieza a caer una llovizna de hilos delgados.
   Decido volver para buscar el capote y al pisar las últimas tablas de quebracho resbalo, un pie se traba entre las maderas del piso y la baranda. Pierdo el equilibrio y me desplomo. Caigo de espaldas con todo el peso de mi cuerpo y siento un golpe seco en la nuca que impacta contra una piedra bola. Se me escapa un grito de dolor. Estoy atontado.
   El golpe me ha debilitado los músculos y eso me da temor. Quiero estar junto a la tumba, Juana, más a resguardo, por si viene la creciente. Además, necesito tu proximidad. Me arrastro con los codos dejando una huella curva en el barro de la playa. Las finas gotas de lluvia me golpean en la cara, pero no quiero cerrar los ojos. Me quedo quieto un rato.
   Tengo una herida cortante detrás de mi cabeza que me ha partido el cráneo. Sale mucha sangre y se diluye formando una franja rosada que termina en las olas que chapotean en la orilla. Mi corazón late rápido. En este recodo escondido es escaso el tráfico de lanchas, es difícil que puedan socorrer a un moribundo como yo.
   Giro con lentitud la cabeza para mirar la casa y por primera vez me parece inalcanzable. Veo sombras que se mueven en la ventana. Es extraño. Hay alguien dentro o el pábilo de la vela produce ese efecto tenebroso. Quizás sea consecuencia de lo aturdido que me encuentro. 
   El agua tironea de mis piernas con sus fauces líquidas. Conozco la avidez que tiene por engullir los cuerpos de náufragos y ahogados, me quiere arrastrar hacia la profundidad del cauce. Comienza la creciente. Entierro los dedos en el barro con fuerza mientras el agua me va cubriendo los pies, luego las rodillas, después el pecho.
   Levanto la cabeza alzando las cejas con desesperación. El agua ya tapa mis hombros. Un cardumen de peces comienza a pellizcarme el cuello. Se meten debajo de mi ropa empapada y raspan mi piel como roedores hambrientos. No alcanzo a comprender qué es lo que están buscando con el cosquilleo de sus pequeñas dentelladas. Debe ser la sangre, que tanto enloquece a las terribles palometas río arriba. Con tamaña voracidad me van a convertir en un desecho de huesos.

VII

   Hacia el oeste todavía queda algo de claridad en el aire. El sol, totalmente oculto por las nubes, desata su última furia. Delgados filetes rojos se filtran por los poros del follaje, más allá de las islas. El cielo es una pavorosa bóveda de estaño fundido. El esplendor del viento baila sobre el inmenso espejo líquido.
   Primero aparece un puntito negro sobre la superficie agitada del agua. Luego se agranda y se convierte en una geometría difusa, un espectro pálido que va cobrando forma saliendo de las tinieblas. Parece un monstruo inconcebible surgiendo de la lluvia, transparente y plateado como un pejerrey gigante. Después la figura define sus contornos y se escucha un diésel antiguo que carraspea. El triángulo de proa se agranda cada vez más, ancho como la trompa de un bagre amarronado. Es evidente que viene hacia acá y está cada vez más cerca. Por fin, se muestra indudable la imagen temblorosa de la lancha de Don Luna.
   Juana, ya no me importan las mordeduras de los peces. Deseo que la tumba que te cobija resista anclada en la playa, que la cruz de palo apenas se destaque entre los penachos de los juncos oscuros para que nadie te descubra.
   La embarcación llega, arrima su cadera al costado del embarcadero. Reconozco los cáncamos y pasamanos oxidados de esa chatarra que ahora me parece maravillosa. El tiempo se dilata, la ansiedad es más intensa que el dolor. Por fin, el viejo asoma la cabeza por el costado de la cabina y me mira. El gesto de su rostro me indica que entiende mi situación comprometida. Se apresura. Escucho las botas entrando y saliendo del agua.
   —¡Madre de Dios! —dice asustado—, me desvié para echarle una ojeada al muelle y mire con lo que me encuentro. Déjeme que lo lleve, tiene el cráneo partido.
   Las manos de hierro de Don Luna me toman por los hombros como dos mosquetones de acero. Me mareo.
   Me acerca al barco, dejo que me arrastre. Mi cuerpo se arquea, se desliza y pasa por encima de la borda. Los brazos fuertes del viejo me acomodan en la panza de esta antigua ballena de agua dulce. Olfateo un intenso aroma a eucaliptus y kerosene. Estoy exhausto tirado en el fondo de su vientre, el vetusto motor de seis cilindros en línea tose, la estructura de la lancha vibra y se aleja lentamente de la costa.
   Afuera se desploma el cielo en un aguacero feroz. Aunque todavía la oscuridad es liviana, Don Luna enciende las luces de navegación. El faro de popa hace más agradable la penumbra. 
   Te extraño Juana, el cansancio me vence. No te dejes seducir por el abrazo astuto del río, no dejes que importune tu sueño azul, oculto en la eternidad, dentro de la tumba de piedra. No sé si esto lo pienso o lo digo en voz alta. 
   Debe ser la fiebre. 
   Estos son los pensamientos que borbotean en mi cerebro antes de desvanecerme. O las hilachas que quedan de ellos. De cualquier manera, es lo único que poseo en este momento, lo último que puedo recordar con certeza.


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