jueves, 23 de noviembre de 2017

El vuelo de las gaviotas

   Desde el día anterior sucedían desgracias en este pueblo olvidado del mundo, arrinconado en la costa del océano. La aldea contaba con solo cuatro casas, cinco con la tapera del loco.
   José era un joven pescador que vivía en la austera cabaña acurrucada en las dunas de la playa. Cuando sus padres murieron, hace diez inviernos atrás, la ausencia le fue vaciando el espíritu, y no pudo escapar del abrazo de la tristeza. Partía cada tanto con el bote, mar adentro, buscando el tiburón, decidido a enfrentar tres soledades, la suya propia, la del agua infinita donde flotaba, y la de la inmensa bóveda celeste que con los labios de aire dibujaba el círculo perfecto del horizonte marino.
   Desplazó con un dedo la cortina, se agachó un poco y acercó la cara contra el vidrio. Miró hacia la playa. La claridad era incipiente y el espacio un tanto vacío, porque no vio pájaros, lo cual señalaba un mal augurio. Observó el otro extremo de la franja de arena lisa y vio con congoja los cuerpos de las primeras gaviotas muertas, más allá de donde se encontraba la extraña muchacha.
   Se preguntó quién era esa desconocida, tan hermosa, y qué hacía en este caserío perdido. Estaba sentada en una saliente de las ruinas del antiguo espigón, con las piernas colgando al vacío y mirando extasiada el amanecer en el mar, como meditando acerca de la maldición que se había desatado sobre el pueblo. 
   José se puso el sombrero, tomó con una mano la caja de anzuelos y se dirigió hacia la puerta. Llevaba la escopeta en bandolera. Ayer había presenciado dos funerales, las sombras grises debajo de sus ojos delataban la noche de insomnio. 
   Bajó a controlar la caña que había dejado clavada por el mango, en la playa, un par de horas antes, cuando todo era oscuridad y en el cielo aún brillaban las estrellas. Ni bien llegó a la orilla vio a la mujer sentada en la piedra blanca, el asombro lo detuvo, era espléndida, el naciente resplandor dorado del amanecer aumentaba su encanto. Lo ganó una certeza: un ángel de la guarda se había posado en la precariedad del poblado rústico esparcido por estas dunas desérticas. La figura se recortaba contra el firmamento como un ave con las alas desplegadas y tuvo el presentimiento, ni bien la vio, de que ella había llegado para aliviar el desasosiego y la pesadilla derramada sobre la aldea.
   Se acercó, todavía deslumbrado por la fascinación, y no pudo impedir el impulso de hablarle, probando con una frase tosca de su lenguaje oxidado por el desuso.
   —Los ángeles no vienen al amanecer.
   —Depende.
   —¿De qué?
   —De la urgencia... Hace rato que te espero.
   Ella tenía una voz cálida y una sonrisa tierna. Él notó una especie de temblor leve en el viento, un trazo delicado dibujaba manchas singulares con las hilachas de las nubes. Entonces, le preguntó.
   —¿Nos conocemos?
   Pero no obtuvo respuesta. La silueta femenina lo embriagaba, poseía un halo de sabiduría misteriosa. Pensó en la orientación perfecta del vuelo de las gaviotas para dar con los bancos de pejerreyes. Sintió vergüenza. Bajó la cabeza con el sombrero en la mano, raspó un poco de arena con el botín derecho, y alzó de nuevo el rostro. Iba a decir algo y ella se adelantó. 
   —¿Sabés por qué murieron tus vecinos?
   —No.
   —Porque soy la que viene a calmar la tristeza de los hombres solitarios. Y esa felicidad eterna tiene el precio de la vida.
   José percibió estas últimas palabras como el peso de una lápida, le helaron la sangre como astillas de nieve. Se sintió aludido. Por primera vez experimentó el peligro, la joven decía la verdad, la soledad ensombrecía con un hondo pesar los rostros de los fallecidos en la víspera. Y él padecía la misma melancolía que los atormentados por el mismo mal. Entonces balbuceó afirmando una certeza.
   —Eso quiere decir que venís por mí.
   Y abrumado por la situación extraña, le preguntó si su presencia tenía relación con el alejamiento de las gaviotas.
   —Cuando vengo se asustan… o se van de acá… o se mueren.
   José se sentó, o, mejor dicho, se dejó caer en la arena, apoyando la espalda sobre la pared de conchilla de la barranca. Estaba abatido. El globo del sol era una medialuna roja, flotaba como una boya sacando la cabeza del agua. Amanecía. 
   La mujer se paró en la roca, había llegado el momento. El muchacho advirtió un tironeo, algo invisible lo arrastraba por la playa, atrayéndolo hacia ella. Quiso darse vuelta, girar el cuerpo en un esfuerzo final para tomar la escopeta en un ademán torpe, sin sentido, porque todo lo que se podía matar estaba casi muerto. Pero no pudo. 
   José sintió la falta de aire y se dispuso a esperar el final. Su cuerpo se deslizaba, dejando una huella ancha, con destino a la piedra donde se erguía la muchacha.
   Lo último que vio fueron las dos líneas fundamentales, la caña vertical, una fisura del ambiente separando al mar del territorio, y el borde del cielo por debajo de la esfera incandescente, despegando su tangencia fatal, marcando la hora de la muerte.
   A media mañana una vecina vio el bote cabeceando, la tanza de pescar inmóvil y al muchacho muerto, tendido en la orilla boca arriba. La cara tenía una expresión agradable, casi una sonrisa, un semblante desconocido en la vida gris y opaca del joven. La mujer se acercó, le puso una mano sobre el pecho y se llevó la otra a la boca para tapar la mueca del miedo. Ayer había visto el mismo gesto en las otras muertes. Un pensamiento fugaz se cruzó por delante de sus ojos. Lo despejó de su mente de inmediato y miró hacia arriba buscando algo incierto. 
   La aldea de pescadores estaba condenada a esta desgracia que se llevaba a los varones, y ella sospechaba que era el destino implacable reservado a los solitarios. 
   Un poco más tarde comenzaron a llegar las gaviotas.

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martes, 14 de noviembre de 2017

Ella vino a pensar esta noche

   Por suerte esta patria magnífica es una dama en plenitud siempre dispuesta a extender su mano a los expulsados de las delicias del mundo, a los que tienen vedada la fiesta de la vida y llegan a sus orillas con los sueños húmedos en la mano.
   Mi fealdad me lleva a esconderme de las luces del día. Desde hace centurias vivo en las catacumbas construidas por los soldados, en una red de túneles que se conectan como venas subterráneas.
   Llevo máscara y sombrero en esta noche clara. El cielo estrellado permite este mínimo disfraz para ocultarme.
   Vengo hasta el espigón de pescadores a mirar cómo se refleja la luna en el agua, cómo conversan olas y gaviotas antes del amanecer. Hay veleros dormidos que se hamacan en los embarcaderos, río arriba. Las chatas areneras se deslizan en las sombras como cocodrilos de ojos encendidos, bajando hacia el puerto, por los canales abiertos en el cauce que se derrama con paciencia.
   Soy la Historia de mi patria. En el corazón llevo las circunstancias felices. Las deformidades del cuerpo muestran el padecimiento de las desgracias. Mi extraña cabeza está modelada, capa tras capa de piel, por la angustia de los sucesos salvajes, de los acontecimientos aciagos. Tengo arrugas, heridas, tajos, secuelas de las luchas del pueblo dividido, manchas de mucha sangre derramada, y una brecha profunda, enorme, la cual siempre ha separado a los hombres que han habitado este suelo.
   Estas luchas intestinas me han convertido en un monstruo y prefiero esconderme en el afecto de la penumbra, en esta noche de dolorosas confidencias. He visto hombres y mujeres feroces, enloquecidos, extraviados, tratando de imponer al resto el mejor Destino. Y he observado a la multitud silenciosa mirar espantada las atrocidades cometidas, velando la estatua de la Verdad, magnífica y nívea en medio de los jardines.
   He conocido próceres ruines y héroes iluminados, matanzas, genocidios, cabezas ensartadas en picas tenebrosas, cuerpos desollados, el olor picante de la pólvora, la sangre en los cuchillos, fusilamientos, el horror de las torturas, persecuciones, desaparecidos, discursos, llantos, mazmorras, todo lo guardo en la memoria. Lo he visto todo.
   Y el dolor sigue en mi vientre. Percibo viento de odio por debajo de las nubes, veo rejas que se cierran bajo los aplausos. Y aunque hay fiestas, guitarras y canciones, y niños que nacen, mujeres que sonríen, también hay ancianos que mueren por desidia. Y el miedo, otra vez el miedo, sopla en las calles y en las copas de los árboles.
   Los pobladores de este suelo no han ido por el mundo librando batallas. No. Se han matado aquí, entre ellos. Las balas, los alambres, la intolerancia, han avanzado por el cauce de los arroyos, por los valles y montañas del territorio, en formas de masacres y ciudades muertas, arrasadas.
   No puedo salir así, con el rostro sombrío, a mostrar el horrible aspecto a los que me miran desde otros países. Porque aquí también hay flores, árboles y pájaros de colores. Hay sencillez y paz en los parques cuando el otoño apacigua todo. Los niños recogen castañas, se trepan a los troncos de los nogales, los fresnos verdes dan sombra fresca en los veranos. Y miles de amantes, cuando cae la tarde, se regalan besos furtivos en los umbrales de cada puerta cerrada.
   He venido a oír la música nocturna del río. Pesan sobre mi espalda tantas hogueras, cárceles, cruces y cementerios. Quiero disipar los oscuros presagios que noto allí, suspendidos, sobre el follaje de las plantas. Deseo pergaminos de paz, voces pacientes, esperanza. 
   Porque también el orgullo es un brillo que llevo en mi pupila.

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Audio de Raquel Fraga emitido en "Radio pasión por las letras"