martes, 14 de noviembre de 2017

Ella vino a pensar esta noche

   Por suerte esta patria magnífica es una dama en plenitud siempre dispuesta a extender su mano a los expulsados de las delicias del mundo, a los que tienen vedada la fiesta de la vida y llegan a sus orillas con los sueños húmedos en la mano.
   Mi fealdad me lleva a esconderme de las luces del día. Desde hace centurias vivo en las catacumbas construidas por los soldados, en una red de túneles que se conectan como venas subterráneas.
   Llevo máscara y sombrero en esta noche clara. El cielo estrellado permite este mínimo disfraz para ocultarme.
   Vengo hasta el espigón de pescadores a mirar cómo se refleja la luna en el agua, cómo conversan olas y gaviotas antes del amanecer. Hay veleros dormidos que se hamacan en los embarcaderos, río arriba. Las chatas areneras se deslizan en las sombras como cocodrilos de ojos encendidos, bajando hacia el puerto, por los canales abiertos en el cauce que se derrama con paciencia.
   Soy la Historia de mi patria. En el corazón llevo las circunstancias felices. Las deformidades del cuerpo muestran el padecimiento de las desgracias. Mi extraña cabeza está modelada, capa tras capa de piel, por la angustia de los sucesos salvajes, de los acontecimientos aciagos. Tengo arrugas, heridas, tajos, secuelas de las luchas del pueblo dividido, manchas de mucha sangre derramada, y una brecha profunda, enorme, la cual siempre ha separado a los hombres que han habitado este suelo.
   Estas luchas intestinas me han convertido en un monstruo y prefiero esconderme en el afecto de la penumbra, en esta noche de dolorosas confidencias. He visto hombres y mujeres feroces, enloquecidos, extraviados, tratando de imponer al resto el mejor Destino. Y he observado a la multitud silenciosa mirar espantada las atrocidades cometidas, velando la estatua de la Verdad, magnífica y nívea en medio de los jardines.
   He conocido próceres ruines y héroes iluminados, matanzas, genocidios, cabezas ensartadas en picas tenebrosas, cuerpos desollados, el olor picante de la pólvora, la sangre en los cuchillos, fusilamientos, el horror de las torturas, persecuciones, desaparecidos, discursos, llantos, mazmorras, todo lo guardo en la memoria. Lo he visto todo.
   Y el dolor sigue en mi vientre. Percibo viento de odio por debajo de las nubes, veo rejas que se cierran bajo los aplausos. Y aunque hay fiestas, guitarras y canciones, y niños que nacen, mujeres que sonríen, también hay ancianos que mueren por desidia. Y el miedo, otra vez el miedo, sopla en las calles y en las copas de los árboles.
   Los pobladores de este suelo no han ido por el mundo librando batallas. No. Se han matado aquí, entre ellos. Las balas, los alambres, la intolerancia, han avanzado por el cauce de los arroyos, por los valles y montañas del territorio, en formas de masacres y ciudades muertas, arrasadas.
   No puedo salir así, con el rostro sombrío, a mostrar el horrible aspecto a los que me miran desde otros países. Porque aquí también hay flores, árboles y pájaros de colores. Hay sencillez y paz en los parques cuando el otoño apacigua todo. Los niños recogen castañas, se trepan a los troncos de los nogales, los fresnos verdes dan sombra fresca en los veranos. Y miles de amantes, cuando cae la tarde, se regalan besos furtivos en los umbrales de cada puerta cerrada.
   He venido a oír la música nocturna del río. Pesan sobre mi espalda tantas hogueras, cárceles, cruces y cementerios. Quiero disipar los oscuros presagios que noto allí, suspendidos, sobre el follaje de las plantas. Deseo pergaminos de paz, voces pacientes, esperanza. 
   Porque también el orgullo es un brillo que llevo en mi pupila.

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