martes, 23 de mayo de 2017

Escarcha


Junio de 2002

   Apenas un poco de calor comienza a acariciar los bordes escarpados de un trozo de escarcha, no pasa mucho tiempo hasta que se empiezan a desprender lágrimas de él

   Este juicio sin asidero aparente se ha enredado en los vapores de la imaginación fértil de Tilo, el terreno del alma a quien nadie muestra. Está sentado en la barra y oye la voz de Lorena que lo distrae: «Necesito tomar un poco de aire fresco, Iván», le dice. 
   Cuando era un mocoso, él vendía ramitos de violetas en el Bajo y luego venía aquí, a la entrada de Trópico. Recuerda que, cuando ella se asomaba a la puerta del local y salía a la vereda, el aire se impregnaba de aroma a flores. Los ojos de la chica eran dos diamantes negros engastados sobre el sol de su semblante. Lo mandaba a comprar cigarrillos, o cualquier otra pavada y esperaba que trajese el recado. Luego lo despedía con su voz cautivante y depositaba unas monedas en la palma de su mano.
   Ahora él es un joven que, aunque sigue viviendo en la Villa 31, pudo terminar el secundario y ha empezado a estudiar en la Facultad de Ciencias Económicas. Tiene un puesto importante aquí: es el asistente del dueño al que todos conocen como el polaco. Tilo está de espaldas, pero su atención siempre despierta y la ayuda efímera de los espejos le permiten detectar cualquier movimiento extraño en el salón, aunque esté aparentemente distraído, como ahora.
   Lorena es la única persona que lo llama por su nombre —Iván— y no por el apodo: Tilo. Ella es la copera más hermosa de este club nocturno del barrio de Constitución, y luce espléndida con su vestido rojo, ajustado al cuerpo de sus maravillosos 32 años. 
   Salen. Ella primero y luego él. 
   Un rato más tarde, se encuentran a tres cuadras del local. 
   Él se pregunta para qué lo ha sacado del club. Está intrigado. Lorena está demasiado seria. Caminan callados hasta que ella sugiere: «Doblemos». Toman por la cortada estrecha y se alejan así de la claridad de la avenida. 
   Recorren unos metros. Ella se detiene. Apoya la espalda contra el muro, lejos del único foco de la calle que duerme su palidez entre el follaje de la acacia. Quedan así aislados en la penumbra tenue iluminada por el brillo helado de los astros nocturnos. El aroma del otoño es un moribundo más en las tinieblas. Lorena sacude la cabeza como para sacarse de la mente alguna idea que la fastidia. Sus manos buscan abrigo en los bolsillos del tapado largo, mientras alza la mirada al cielo.
   —¿Alguna vez tuviste ganas de desaparecer? —dice, sin ánimo de llegar a una interrogación contundente, sino solo hasta una pregunta leve flotando en el aire.
   Iván la mira impasible, erguido en medio de la vereda, con los puños enfundados en la campera de cuero. Trata de adivinar los pensamientos que perturban la vivacidad de los ojos de su amiga, que ahora baja la vista al piso, se observa los pies y vuelve a levantar la cabeza. Ella se muerde el labio inferior, esa fruta codiciada de la cual se enamoran todos los días los clientes del local. Él conoce ese gesto de inquietud. Lo ha notado en el hastío de las palabras, ese susurro filoso desgarrando la tela azul de la noche. Es extraño. No es el tipo de mujer que juega con enigmas. 
   Ella saca un monedero pequeño del bolsillo, lo abre, toma la punta del pañuelo blanco y se frota los labios para quitarse la pintura. Luego, delicadamente, continúa por los ojos, uno por uno, hasta eliminar los últimos vestigios de maquillaje que le cubren la cara. Lo hace sin prisa, y una vez terminada la tarea lo mira. Las pupilas de Tilo ya están adaptadas a la oscuridad y la ve más linda que nunca. 
   La noche de Buenos Aires, en este momento, despliega su magia. Algo invisible los aísla del mundo. El haz de la luz de la luna queda confinado en un círculo de plata que solo los ilumina a ellos en esta escena de belleza perfecta. El resto de la ciudad desaparece. Las miserias de la villa, los olores nauseabundos de los tachos de basura, las latas y los trapos tirados en las barrancas del Riachuelo, los pibes drogados, los abortos clandestinos, la mugre de los vagabundos, las ratas entre los escombros, los tablones de las obras abandonadas, los suicidas y los barcos oxidados en el astillero, todo se esconde bajo el manto de la sordidez que abarca más allá del río. 
   Y aquí, en este pequeño espacio inmaculado están los dos, aunque solo Tilo lo percibe de este modo. Es algo íntimo, lo oculta, no lo dice. 
   —¿Te pasa algo, Lore?
   —Nada… ¿por qué?
   —Te sacaste el maquillaje.
   Y de inmediato, después de pronunciar estas cuatro palabras, penetra sin decirlo en el fugaz remolino de la adolescencia de sus reflexiones. El rostro de una mujer es un lugar sagrado, un templo de clausura con una enorme puerta que solo se abre por dentro, infranqueable, detrás de la cual reposa el laberinto indescifrable de los secretos. Es un mar de misterios. El acto íntimo de eliminar los trazos oscuros de rímel ante una mirada masculina tal vez no significa nada, pero en todo caso es otro enigma más que se suma a la cadena interminable de la intriga. 
   Se desprende de esta pausa de razonamientos dispersos y piensa que no es buen momento para preguntas, al contrario, es la oportunidad para la espera. Lorena debe ordenar lo que ronda en su cabeza y por eso se queda callado.
   Entonces, habla ella.
   —Iván —le dice mientras guarda el pañuelo y lo mira fijo, arrugando levemente las cejas—, no me contestaste lo que te pregunté.
   —Sí… disculpame… me distraje. Es que no sé, es una pregunta difícil, jamás me la hice. ¿Desaparecer cómo? ¿A qué te referís? —dice Tilo, un poco inquieto, sin una respuesta clara. 
   En la noche parece más alto, más recto, como una tacuara esbelta. Los ojos claros de su rostro pecoso la miran con curiosidad; todavía sigue pensando cuál es el motivo por el que han venido aquí. Esto también lo confunde, tiene dudas acerca del rumbo de los pensamientos de Lorena. 
   —¡Desaparecer! —le dice ella, levantando los hombros, como si se tratara de algo evidente, que no necesita más explicaciones—. Vos un día estás y al día siguiente no. Así de simple. Pasás de una cosa a otra cosa.
   Y cuando concluye la frase, se arrepiente. Pero es tarde.
   Tilo ha sido abandonado por su madre cuando él tenía cinco años. Lo ha dejado. Ha desaparecido como si la hubiese tragado el viento. Y él nunca ha podido saber los motivos de su huida, ni el lugar donde se encuentra ahora. Por eso el cariz de las palabras de Lorena han reavivado ese recuerdo penoso. Aunque el motivo por el cual han venido hasta aquí es ajeno al desconsuelo que él arrastra desde niño, ella acaba de pronunciar algo inconveniente y la antigua herida que lastima el interior de Tilo se abre como una flor maldita.
   Ella quisiera volver atrás, pero solo atina a decir:
   —¡No!..., no…, ya sé en qué estás pensando, no me refería a eso.
   Lorena se da cuenta. Lo ha sensibilizado y quiere reparar el daño. Se arrima y le acaricia la mejilla. Él siente la ternura en la piel delicada. Ella lo percibe y sin saber por qué, como si hubiese tocado un trozo de hierro candente, retira la mano de inmediato, como asustada.
   —Perdoname, soy una tonta.
   Tilo puede controlar el dolor, en su corta vida aprendió a dominar la mordedura de esa fiera. La indiferencia de la gente, el desprecio de las miradas, los maltratos de la policía, la calle y la noche, le han templado el carácter. Pero solo para mostrarse duro ante los demás. Con ella es diferente. En su abismo interior, insondable como el fondo del firmamento, cualquier ademán, cualquier palabra de su amiga, es capaz de agitarle el corazón.
   Y ese algo invisible, imposible de definir, observa desde lo alto de la bóveda celeste a las dos almas desoladas. Ve cómo vacilan en esta instancia crucial, ocultas en la quietud de esta ciudad inmensa, dormida a orillas del río. Se apiada y extiende entonces sus extremidades imperceptibles. Toca las espaldas de las pequeñas figuras y, sin que ellas lo adviertan, las anima, les quita sus blindajes, las protege del fraude y la impostura. Viene a reparar el malentendido porque empuja a Lorena y la acerca de nuevo a Tilo. Ella desliza sus manos por debajo de la campera de Iván, a la altura de la cintura y lo abraza con fuerza. Luego apoya el rostro sobre su hombro, en un gesto de cariño, ofreciéndole el contacto de su cuerpo para compartir la angustia que le ha vaciado el alma. Quiere mitigar la orfandad, aliviarle la pena. 
   Dura un instante eterno. El tiempo pierde su rigidez.

   La escarcha es muy sensible a los cambios. La calidez la afecta, la hace crujir, la resquebraja. Y, a veces, bajo la tímida presión del peso de una mariposa, o cuando un colibrí agita las alas muy cerca, se parte su corteza de pan crocante. Emite una queja casi inaudible, crepita como una hoja seca, se astilla como un cristal, las grietas son como los dedos de un abanico desplegado. Lo que antes, en la gélida madrugada otoñal, fue una amplia lámina única cubriendo toda la superficie del agua del estanque, ahora se quiebra formando pequeños trocitos temblorosos.

   Tilo saca las manos de sus bolsillos, aspira el perfume del cabello de Lorena y se siente en medio de un remolino esponjoso de ternura. Es una emoción desconocida, un corazón de mujer se acerca al suyo a ofrecerle un poco de su almíbar, un sentimiento afable asoma por primera vez en su vida, algo que vale la pena. Todo su pasado ha transcurrido entre la brutalidad de la villa y la noche inclemente, peligrosa, clandestina, solitaria y marginal. Esta es la primera vez que está por acceder a su cielo añorado: la delicia del abrazo de una mujer.
   Pero teme todavía entregarse entero a semejante paraíso. Intenta escudarse en la soledad porque se siente indefenso. La toma de los hombros y la separa suavemente de él, pero sin dejar de asirla. Tiene dos miedos: no desea malograr el momento de cariño que ella le ha dado y teme entusiasmarse con una hermosa ilusión que ella no le ha ofrecido. Una coraza le reviste el alma y está a punto de fundirse. 
   —No quise herirte, Iván, estoy muy mal, la cabeza no me da más. Quiero abandonar toda esta basura. Es un calvario seguir con esta vida.

   Una vez que la escarcha cruje por la presencia de la ternura, es inevitable que se comience a derretir y se transforme en líquido. El agua, todavía fría, se libera del hielo cristalino, forma gotas, las gotas resbalan, se separan, ruedan, caen, mojan.

   Ella está quebrada, los ojos se le humedecen. Tiene los brazos caídos, el cuerpo flojo, se sincera, se derrumba. Una lágrima empieza a bajar por su mejilla, es una canoa que naufraga vacía, al borde del precipicio. ¿Pide ayuda? ¿Necesita consuelo?
   Tilo no comprende, todavía, la compleja sensibilidad de una mujer. Lorena conoce, en cambio, demasiado a los hombres, pero Iván, más allá de su juventud, no es uno más. Y aquí están, pensándose mutuamente, estos furtivos perros de la noche, corazones desiertos, vulnerables, pidiendo una estrella que los ilumine, un lugar en donde la mentira y el engaño hayan sido expulsados, alguien en quién confiar, un edén en el cual puedan olvidar este desierto de hostilidades, el lugar de los sueños perdidos o nunca alcanzados. Y debe ocurrir antes de que la madrugada se haga presente para decir basta a este juego en el cual se han enredado. 
   Entonces ella decide, y decide lo mejor. Apoya sus labios en los del muchacho pecoso, porque ve la timidez desplegándose inocente en la confusión de sus emociones, y avanza dándole confianza antes de que dude, porque esta noche ella desea olvidar la amistad para convertirla en algo mucho mejor, y está segura de conocer el camino por el cual se llega. Y él se deja llevar por ese sendero. Siente el calor de la lengua que avanza, áspera, rugosa; es una fantasía extraña que lo acaricia por dentro. Y cierra los párpados, aprieta fuerte el cuerpo frágil, y siente los dos pechos blandos que se aplastan contra el arco sólido de su tórax. 
   Y luego, ambos, sosteniendo el abrazo, siguen prodigándose besos que surgen de la ternura, esa palabra desconocida en sus vidas. Y después apuran caricias que no usan desde hace mucho tiempo; se reconocen con las manos de un modo diferente, utilizan un lenguaje gestual que casi desconocen, distinto, inmaculado y de una extrema inocencia. Se aferran, están enfrentados, se miran, no quieren separarse. Ella sonríe liberando todo su esplendor. Él apenas, pero es suficiente. Los ojos le brillan y se le forma un hoyo pequeño en cada mejilla. Lorena le pasa el dedo por la piel canela del rostro, curiosa. Justo por ahí, por esa hendidura que nunca le había visto.
   —Iván, no dejes de abrazarme, me hace bien.
   —¿Todavía querés desaparecer?
   —Ahora no, después no sé. No quiero pensar en después, me importa solo lo que me está pasando ahora.
   —Y ahora, ¿qué es lo que te pasa?
   —No sé. Pero es lindo, Iván, muy lindo.
   —Es la primera vez que me besás.
   —Sí…, es raro, ¿no?
   —Es extraño, Lore… quisiera que este momento no se termine.
   —Tenemos toda la noche.
   —Quisiera que fuera para siempre. 
   —Vas demasiado rápido, Iván.
   —Porque tengo miedo.
   —¿Miedo a qué?
   —No puedo dejar de pensar qué va a pasar mañana. 
   —Shhh… —dice Lorena, y le pone un dedo en la boca. 
   Ella lo quiere sentir más cerca, piensa que los sentimientos de Iván se le escapan. Sus manos se obstinan intentando retenerlo. Se siente una adolescente como él. Hace un rato se encontraba desolada y ahora no quiere desprenderse de él. Le coloca la mano sobre los labios, le impide hablar para no romper el encanto del instante. Luego se separa, se acomoda el cabello, lo toma del brazo, y le propone ir al hotel de la cortada, a unos metros de aquí, cruzando la calle. Los dos se sienten alejados de Trópico, están tan felices así, ni piensan en la posibilidad de que el polaco se pueda enterar de dónde están.
   Tilo pide la habitación. 

   Cuando la escarcha se agita en la turbulenta laguna de los pensamientos, se transforma rápidamente; es sensible a los cambios emocionales, su fragilidad vacila. Si algo similar al amor estalla tal cual lo hacen los soles en otras galaxias, los trozos de hielo se convierten en delgados hilos de agua, estos corren ligero, luego mojan, y como un perfume volátil se evaporan. Y más tarde, se transmutan en hebras de nubes extendidas por el cielo límpido de la memoria, para que esta nunca se olvide del instante de su creación. 

   Conserva las imágenes de lo que pasó allí. Las más bellas son las de Lorena desnuda, a horcajadas de él, sobre su cuerpo largo tendido de espaldas en el lecho. La ve descendiendo y ascendiendo, mientras su sexo se entibia, en movimientos suaves, emitiendo gemidos, los cuales no pueden ser contados, ni enumerados, acontecimientos aislados que se reúnen en un todo. Entregada al deseo, con la vista perdida, sus brazos rectos, sus pechos blancos balanceándose como frutos maduros, sus palmas cargando el peso sobre él, jadeando, la melena larga cayendo en cascada, y ambos alcanzando el éxtasis. Y ella, por fin rendida, tendida sobre él, abandona su mano pequeña buscándole el cuello sin cuidado, en un movimiento que le parece interminable. 
   Lorena que llora, que ríe. La que supo vencer al olvido para siempre. 
   Tilo, antes de salir, le dice al conserje a través de la grilla de barrotes de la ventanilla de la entrada: «Tano, vos no nos viste, ni a ella ni a mí. Nunca estuvimos acá. ¿Entendés lo que te quiero decir?». Y el dueño del hotel alojamiento hace una disimulada mueca de disgusto, pero asiente con la cabeza, porque por un lado aprecia al muchacho, aunque por el otro quiere evitar las preguntas insidiosas del polaco.
   Salen y cuando llegan a la esquina, la calle se queda a oscuras, los faroles se apagan. 
   Los dos se miran bajo la tenue luz de la luna y no dudan. Deben regresar cuanto antes. No están en el club y el polaco no debe enterarse, por eso deben volver rápido. A un par de cuadras se encuentra Trópico. En la primera corren y luego, en la última, tratan de componerse caminando despacio. Lorena se ha maquillado en la habitación. Entran por separado, él lo hace un rato después.
   Han puesto candiles en las mesas reemplazando las lámparas. El polaco está en el salón buscándolo a Tilo.
   —¿Dónde te metiste, pibe?, que no te encontraba. Nos cortaron la corriente eléctrica.
   —Estaba viendo cómo solucionar la iluminación de los baños. Ya les di instrucciones a los muchachos de seguridad.
   —Bueno, entonces yo voy a buscar a la gente de mantenimiento, necesitamos que pongan el grupo electrógeno en marcha. —Lo dice rápido y luego se aleja hasta desaparecer por la puerta del fondo.
   Tilo se acerca a la barra, se sienta y se da vuelta buscando con la vista a Lorena, mirando de reojo hacia la penumbra que esquiva los espacios entre las mesas. Todavía está sumido en una nube de emociones y estas no le permiten bajar completamente a la realidad. No puede sosegar aún los latidos apresurados de su corazón.

   El rocío luce su poderosa seducción frente a la escarcha. Es el paradigma del amor, besa los pétalos de las rosas y libera el aroma de los jazmines en verano. Es un duende alegre, el luminoso prisma óptico que juega con los colores no bien un rayo de sol alcanza su esfera. Se brinda en miles de chispas brillantes como abalorios dispersos de plata líquida.

   Tilo ahora ve, reflejada en el espejo, la silueta del vestido rojo tenuemente iluminada en la penumbra. Viene del fondo del salón, pasa por la mesa, toma la cartera y se dirige al centro del local buscando la salida para irse.

   Cuando la escarcha hinca su extremo agudo entre las costillas puede herir al corazón. El daño que provoca en él es irreparable si lo alcanzan sus aristas frías y filosas. Las almas inocentes no pueden hacer nada ante su ataque mortal, quedan inmóviles cuando se aproxima la eficacia de su veneno.

   Iván sale detrás de ella y grita su nombre. 
   Ella se queda quieta. Él se acerca, le pregunta. Hay frases, explicaciones.
   —No te podés ir —le dice Tilo.
   La toma de los hombros. Ella está floja, lo deja hacer. No es Lorena, parece una extraña. Sus pupilas oscuras lo miran fijo, son dos gotas de metal. Su corazón femenino es un hueco ausente que no late, no hay sonrisa en sus mejillas. Tilo se inclina para darle un beso. Ella le coloca la punta de un dedo en el pecho y lo detiene.

   La escarcha es algo que se renueva en la naturaleza a fin de otoño o en el invierno, en la estación más fría. Cuando las sombras lo van invadiendo todo se empieza a formar lentamente, y si arriba, desplegada sobre el espacio azul, está la moneda redonda de tiza, la labor de la noche es infalible porque convierte el agua en una sustancia sólida con su mejor arma: la tristeza. 

   —Escuchame. —Su voz es lacónica, dulce y firme—. Hoy no estuve con ningún cliente, solo vine a despedirme de vos. Fue la noche más hermosa de mi vida. Te di lo mejor que tengo sin fingir nada, quiero que lo guardes como el mejor recuerdo de mí. Apenas sé escribir, no pretendas que te deje una carta. Ahora cada uno hace su camino. Vos vas a entrar por esa puerta por donde saliste. Ahí está tu futuro, sos joven e inteligente. —Se lleva un índice a la sien—. Un día vas a conseguir la novia que te merecés, ahora lo mejor es separarnos, es lo menos doloroso para los dos. No te des vuelta, ni se te ocurra mirar cuando me esté yendo. No me busques. Andate, porque las despedidas no deben ser largas. 

   La escarcha es una capa delgada que cubre la superficie líquida, agua dura sobre el agua blanda, bajo la luz helada de las estrellas. En ausencia de calor que toque a las dos sustancias, estas quedan separadas inevitablemente.

   Tilo la ha escuchado mudo, la entiende, le cuesta mucho, pero comprende. Se pone las manos en los bolsillos. Se da vuelta y empieza a retroceder. Es un metro ochenta y cinco de carne y huesos, un muñeco con la mente de trapo que obedece. No piensa. Siente un dolor muy intenso. Tiene un adoquín en cada pie, una varilla de acero de tres pulgadas de diámetro le envara la espalda, un trozo de uranio le pesa sobre los párpados, la puerta acristalada de Trópico está demasiado lejos. 
   El tiempo se detiene. 
   Se siente vacío, por primera vez no sabe dónde podría esconderse.

   El tiempo tiene mucha paciencia. La noche espera, vigila y aguarda mientras se engrosa el espesor de la escarcha. Se la debe asir con cuidado, si se quiebra daña la piel del alma, abre una herida, la sangre brota, tiñe, se derrama, e inicia su descenso en una fila de calientes gotas escarlatas.

   Lorena se esfuerza en simular su arrogancia, gira hacia el lado opuesto, se sube las solapas del abrigo, acomoda la cartera sobre el hombro y comienza a caminar despacio y segura. Piensa en Tilo. Ha visto a muchos hombres vencidos por la carga de su mismo pesar. Ella también siente pena, pero no olvidará esta noche, la ha guardado en el cofre dorado de su vida miserable. 
   Recuerda sin querer los tiempos de su infancia desgraciada, el rancho de chapa, el arroyo pestilente atravesando el barrio como una serpiente muerta, los perros flacos, el olor insoportable del agua estancada, los chicos descalzos, los disparos en la sombra, los gritos de su padre, la huida a escondidas y para siempre.
   Está cansada, ha tomado una decisión importante. No va a venir nunca más por aquí, a prostituirse. Va a cambiar de profesión. Solo desea llegar a la pieza que alquila en la pensión, darse un baño y dormir. Mañana va a pensar en un nuevo rumbo. Tal vez lo mejor sería aceptar el ofrecimiento de su hermana para ayudarla en la peluquería. Ahí no es necesario saber escribir. 
   Se promete que va a ir a buscar otro trabajo. A cualquier parte. Pero aquí no. Desliza los dedos entre sus cabellos, alza más la cabeza y sigue. Quiere pensar en algo lindo y no recuerda otra cosa que no sea la cara triste de Tilo.

   La metamorfosis de la escarcha tiene ciclos infinitos, se congela y se deshiela. Los amores contrariados, endebles e imposibles acompañan el paso rutinario de sus transformaciones. 

   Dos sombras se alejan una de la otra. El destino ha jugado el juego perfecto. Buenos Aires está a punto de despertar, ajena a este vínculo que se está haciendo pedazos. Dos almas más que deberán salvarse solas. El incipiente amanecer asoma su claridad por las torres de los edificios del Bajo despejando todas las tragedias nocturnas.
   Tilo alcanza la puerta de entrada de Trópico.

   La escarcha de la noche ya se está derritiendo, pierde sus contornos. La inminente aparición de los rayos de sol está por culminar la tarea. Las últimas lágrimas de agua fría resbalan hacia el vacío y desaparece por completo todo vestigio de su presencia. La soledad, una vez más, avanza, y avanza, y comienza a devorarlo todo.




Este cuento pertenece al libro "Escarcha".


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lunes, 8 de mayo de 2017

La falda azul


Me pregunto si te duele.
Cholita del norte jujeño. Colla que moras en las alturas de la Puna argentina y llevas en tu quena de maíz el dolor de tus ancestros. No te mires las carnes rotas de tus dedos ni tu mano curtida entintada en púrpura, casi granate. Anoche te has abierto heridas de tanto palo golpeado sobre el aro del bombo, de tanto baquetear tu caja chayera para acompasar la tristeza de las bagualas.
Has venido de tu pobre rancho de adobe, recostado en la ladera del cerro árido. Has emprendido el viaje por el solitario sendero señalado con una hilera interminable y sinuosa de cantos minerales, que se pierde, más allá de la loma gigantesca. Y hoy estás de nuevo aquí para otro día de festejos. 
Sientes que eres parte del astro brillando en lo alto. Este sol que castiga sin piedad, que deja árida la tierra, que dibuja grietas moradas en los terrones secos. 
Así, erguida sobre tus pies anchos, imaginas el espíritu de las montañas rojas de Purmamarca. Vigilas atenta la quebrada del altiplano, en donde están dormidas las arenas milenarias. Hueles el camino de los zorros buscando la comida. Adviertes el vuelo circular de los caranchos sobre el cielo transparente donde navegan los astros. Observas con tus ojos pequeños la inmensidad del paisaje, los picos nevados, aquí donde los vientos erosionan los precipicios, y liman los bordes filosos de las cimas andinas. Porque tú eres polvo, residuo de la roca que se astilla bajo el infierno ardiente de los días, y, además, crujes al contacto de las lágrimas que se escarchan en la noche.
Eres hierba también, arbusto achaparrado soportando la sequía que se prolonga por la vastedad de estos lares, a pesar de las plegarias de las coplas que lloran pidiendo por la bendición de la lluvia. Eres cactus que conserva bajo sus espinas algo de savia para aliviar la sed. Serás licor de beber, cuando se sequen los hilos cristalinos del llanto precario de la nieve, que baja escaso, serpenteando entre los guijarros sueltos de la cumbre.
¡Ríes!, contenta, celebrando el Carnaval. Abres huecos en el piso donde pondrás la ofrenda. Aquietas el apetito de la diosa totémica que albergas en tu prosapia incaica. Te embriagas y riegas la tierra con chicha. No lo haces sola, dejas que el rito te lleve. Fundes la plata cósmica del alcohol con tus hermanos. Lo haces en esta fiesta pagana, siendo parte del humo mágico de la primitiva cosmogonía. 
La Pachamama siempre ha estado aquí. Desde el inicio de los tiempos ha ordenado los ciclos de la luna, los que les sacan los brotes a las papas que tú siembras. Ella conoce el calendario que marca los solsticios que determinaron los sabios del Cuzco. Su piel antigua es el suelo que pisas, que se arruga en los desfiladeros infinitos y, además, es el aire leve que respiras en estos parajes desolados, todo es parte de su esencia sideral. 
Mueves tu falda azul en la gala, al son de los rebotes de las tripas de la chirlera. Luces con gracia el poncho de pelo de vicuña. Es bonito, con la trama en verde, rojo y amarillo que le copias a tus cerros. ¡Sonríes!, coqueta. Has traído contigo el sombrero oscuro de alas anchas y te has puesto el gorro chullo, tejido con lana de alpaca, para proteger las orejas de los fríos de este páramo. Espías de reojo a tu pequeña, a la que has parido de pie sin un lamento, y has dado de tomar leche de cabra. 
Miras a la gente, tus comadres están aquí reunidas. Te han convidado con platos exquisitos de carne de guanaco. Hoy no masticas hojas de coca, no urge mitigar el hambre, el odre de tu estómago no está reseco, no se quiebra por falta de alimento, eso aquí sobra. No piensas en las vicuñas que has dejado paciendo, libradas al acecho feroz del puma. Porque hoy quieres olvidar tus penas y preocupaciones. Escondes tu cabeza en la madriguera de la fiesta, como el quirquincho, y no dejas que tu corazón se abrume. Sientes el llamado diaguita, aimara, que te corre todavía por las venas.
Y sales a bailar, porque hay música y canto, danza y disfraces, velas, incienso y olor a humo para festejar la vida. Desde las sombras observan los espíritus difuntos. Pero tu ríes. Entre todos van a desenterrar al diablo en la fiesta. Él se va a presentar con cuernos rojos, con capa brillante de espejitos, lentejuelas y cascabeles. Mostrará su disfraz en las vueltas y el agitar de pañuelos de la cueca, sin dormir, durante nueve noches seguidas.
Golpeas el bombo con alegría hasta sacar la sangre por tu piel. Con fuerza, pero sin odio, porque no conoces esa palabra, no está en tu lengua quechua. Se inundará tu memoria de origen tilcara —al oír los sonidos dulces del sicu—, cuando mires las manchas escarlatas que salpican el cuero de tu instrumento. Oyes la voz sabia del chamán —entre los sonoros bajos del erke—, que lleva la historia de tu pueblo en la cabeza.
Recuerdas que dijo: «Primero el inca depositó su imperio gigante sobre la espalda de tu estirpe, y luego llegó la ferocidad de los hombres blancos de saetas largas y ropas de metal». Y no olvidas que te contó cómo vinieron con escopetas que escupían fuego, con arcabuces; cómo desplazaron a niños y ancianos con sus manos de hierro; de qué modo dejaron a los moribundos vertiendo líquido rojo, el vino tibio que fue alimento de la madre tierra.
¡Ay…, cholita! Trajeron un dios blanco para poner dentro de las cabezas curtidas de tu gente. Y no han podido. Las osamentas de tus muertos han vuelto a la Pachamama, al calor de su hogar, que es esta cordillera que pisas.
Me pregunto si te acuerdas de esto, cuando te veo tocar ese parche. No sé si es tu hembra madre quien se manifiesta en el temblor con el fuerte ruido que agita la lava de los volcanes, no sé si tu Pacha sigue enfurecida por todo lo que le ha pasado a tu pueblo.




Este cuento pertenece al libro "Escarcha".

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