martes, 23 de mayo de 2017

Escarcha

Junio de 2002

   Apenas el sol comienza a acariciar los bordes escarpados de un trozo de escarcha no pasa mucho tiempo hasta que se empiezan a desprender lágrimas de él.

   Esta necedad se ha enredado en los vapores de la imaginación fértil de Tilo, en ese terreno del alma que a nadie muestra. 
   Está sentado en la barra y oye la voz de Lorena que lo distrae: «Necesito tomar un poco de aire fresco, Iván», le dice. 
   Cuando era un mocoso, vendía ramitos de violetas en el Bajo y luego venía aquí, a la puerta de Trópico. Recuerda que ella salía y el aire se impregnaba de aroma a flores. Sus ojos eran dos diamantes negros sobre el sol de su sonrisa. Lo mandaba a comprar cigarrillos o cualquier otra pavada. Se despedía, luego, con su voz suave y le dejaba unas monedas en la palma pequeña de la mano.
   Ahora él ha crecido, tiene 18 años y aunque sigue viviendo en la villa 31, pudo terminar el secundario y ha empezado a estudiar en la Universidad de Ciencias Económicas. También trabaja aquí, en un puesto importante, ahora es el asistente del dueño al que todos conocen como el polaco.
   Lorena es la única persona que no lo llama por el apodo. Ella sabe que el verdadero nombre de él es Iván Stillaugh. Es la copera más hermosa de este club nocturno del barrio de Constitución, y luce espléndida en este salón con sus maravillosos 32 años. 
   Salen y se alejan tres cuadras del local. 
   Él se pregunta para qué lo ha sacado del club, cada tanto la mira, parece demasiado seria. Caminan callados hasta que ella ordena: «Doblemos». Y toman por la cortada, se alejan así de la claridad de la avenida. 
   Ella recorre unos metros, se detiene, apoya la espalda contra el muro, lejos de los focos de la calle, en la penumbra tenuemente iluminada por el brillo de los astros nocturnos del fin del otoño. Sacude la cabeza como para sacarse de la mente algún pensamiento que la molesta. Con las manos en los bolsillos del tapado largo, desabrochado, alza la mirada al cielo.
   —Alguna vez tuviste ganas de desaparecer —dice, sin que llegue a ser una interrogación, casi como afirmando.
   Iván se sorprende, la mira impasible con los puños enfundados en la campera de cuero, erguido en medio de la vereda, tratando de buscarle los ojos, para entenderla. Ha percibido tristeza en el tono de su voz, un susurro que desgarra la tela de la noche estrellada. Le resulta extraño porque ella no es de andar con las emociones en la boca de fresa de la que se enamoran todos los días los clientes del local.
   Ella saca un monedero pequeño del bolsillo, lo abre, toma un pañuelo blanco y comienza a frotarse los labios. Luego, delicadamente, sigue con los ojos, uno por uno, hasta quitarse el maquillaje completo que le cubre la cara. Lo hace con lentitud, y una vez terminada la tarea lo mira. Las pupilas de Tilo ya están adaptadas a la tiniebla y la ve más linda que nunca. 
   La noche de Buenos Aires tiene esa magia, a veces la luz de la luna coloca su foco sobre algo y, como una varita mágica, le da una belleza perfecta. Las miserias de la villa, los olores nauseabundos de los tachos de basura, las latas en las barrancas del Riachuelo, los pibes drogados, los abortos clandestinos, la mugre de los vagabundos tirados en alguna esquina, los tablones de las obras abandonadas, los barcos oxidados en el astillero, todo se esconde en el hueco gigante que se lo lleva detrás de la escena, a otro sitio. A veces sucede, aparece un ángel y en un suspiro se produce ese recorte de la realidad. Y en ese espacio inmaculado están los dos. Eso es lo que siente él en este instante.
   —¿Te pasa algo, Lore?
   —Nada… ¿por qué?
   —Te sacaste el maquillaje.
   Después que lo dice, se avergüenza de la obviedad al observarle la cara. El rostro de una mujer es un lugar sagrado, un templo de enormes puertas que permanecen siempre cerradas, mudas, como el agua de una laguna escondida, a la que llegan las aves multicolores que anidan en los árboles de la orilla. Advierte, por eso, con solo mirarla, que ese instante no es momento de averiguaciones, sino una ocasión para los silencios. Y calla hasta que ella decide hablar.
   —Iván —le dice guardando el pañuelo y mirándolo a los ojos —… no me contestate lo que te pregunté.
   —Sí… disculpame… me distraje. Es que no sé, es una pregunta difícil, jamás me la hice. ¿Desaparecer cómo? ¿A qué te referís? —dice Tilo, impasible, con su voz grave. Alto y flaco, la mira con curiosidad, todavía sigue pensando cuál es el motivo por el qué han venido aquí y, ahora, también se interroga acerca del rumbo de los pensamientos de Lorena. 
   —Desaparecer —le dice, como si se tratara de algo evidente, que no necesita más explicaciones —. Vos un día estás y al día siguiente no. Simple. A otra cosa.
   Y ni bien ella termina la frase, se arrepiente, porque sabe que, inevitablemente, le ha reavivado el recuerdo de su madre, quien lo ha abandonado, ha desaparecido, cuando él tenía cinco años. Y aunque el objetivo de la pregunta no era ese, le ha abierto una herida muy profunda.
   —¡No!... No…ya sé en qué estás pensando, no me refería a eso.
   Lorena se da cuenta que lo ha sensibilizado y quiere reparar el daño. Se acerca y le pone la mano en la mejilla. Él siente la caricia de la piel delicada. Ella lo percibe y la retira de inmediato, como asustada.
   —Perdoname, soy una tonta.
   Tilo puede controlar el dolor, en su corta vida aprendió a dominar la mordedura de esa fiera. La indiferencia de la gente, el desprecio de las miradas, los maltratos de la policía, la calle y la noche, le han templado el carácter. Pero solo para mostrarse duro ante los demás. Con ella es diferente. En su abismo interior, inescrutable, cualquier inquietud, que le genere una palabra de su amiga, es capaz de agitarle el corazón.
   Un ángel, desde lo alto del universo, ve estas dos pequeñas motas, que se han acercado una a la otra, almas desoladas hijas de esta ciudad inmensa que duerme, ajena a todo drama. Y ese ángel viene a reparar este malentendido, porque la anima a Lorena a acercarse de nuevo a él. Ella le pone la palma sobre el pecho, presionando un poco con sus yemas, debajo de la campera. Pasa el otro brazo por detrás, le aprieta la espalda y le apoya el rostro sobre el hombro, en un gesto de cariño, ofreciéndole el contacto de su cuerpo para compartir la oquedad que le ha abierto. Quiere mitigar la orfandad, aliviarle la pena. 
   Dura un instante eterno. El tiempo pierde su rigidez.

   La escarcha es muy sensible a los cambios. La calidez la afecta, la hace crujir, la resquebraja. Y, a veces, bajo la tímida presión del peso de una mariposa, o cuando un colibrí agita las alas muy cerca, se parte su corteza de pan crocante, provoca un sonido casi inaudible, emite una queja, y como un cristal, se astilla, se le forman grietas similares a la de una hoja seca. Lo que antes era tan amplio que cubría toda la superficie del estanque se va quebrando en trocitos más pequeños.

   Tilo saca las manos de sus bolsillos, aspira el perfume del cabello de Lorena, y siente que el entorno se carga de belleza. Es una emoción desconocida, un corazón de mujer que se acerca al suyo a compartir un poco de calor, un sentimiento que asoma por primera vez en su vida, algo que vale la pena. Todo en él ha transcurrido entre la brutalidad de la villa y la noche inclemente, peligrosa y siempre clandestina, solitaria y marginal. Este es el primer cielo que se le ofrece, que se abre a la ternura: el abrazo de una mujer.
   Pero teme todavía entregarse entero a semejante paraíso. Intenta escudarse en la soledad porque se siente indefenso. La toma de los hombros y la separa suavemente de él, sin dejar de asirla. Tiene los dos miedos: el de perderla y el de abrazarla. La coraza que le blinda el alma está a punto de fundirse. 
   —No quise herirte, Iván, estoy muy mal, la cabeza no me da más. Quiero dejar toda esta basura. Ya no quiero seguir con esta vida.

   Una vez que la escarcha cruje por la presencia de la ternura, es inevitable que se comience a fundir, y se transforme en líquido. El agua, todavía fría, se empieza a separar del hielo cristalino, forma gotas, las gotas resbalan, se separan, ruedan, caen, mojan.

   Ella está quebrada, los ojos se le humedecen. Tiene los brazos caídos, el cuerpo flojo, se sincera, se derrumba. Una lágrima empieza a bajar por su mejilla, es una canoa que naufraga vacía, al borde del precipicio ¿pide ayuda? ¿necesita consuelo?
   Tilo no conoce, todavía, la sensibilidad de las mujeres. Lorena comprende, en cambio, demasiado a los hombres, o al menos eso cree. Pero aquí están estos furtivos perros de la noche, corazones desiertos, vulnerables, pidiendo una estrella que los cobije, un lugar en dónde la mentira y el engaño no existan, alguien en quien confiar, un pequeño edén en dónde puedan realizar eso que la gente llama “sueño”, eso que ninguno de los dos ha conocido. Y tiene que ser antes de que la muerte se haga presente para decir basta a este juego. 
   Entonces es ella la que apoya sus labios en los de este muchacho pecoso que no se anima, que parece mayor de lo que es, que hasta ahora solo ha besado a chicas de su edad, a quienes ha conocido en la villa y en el colegio, pero nunca a una mujer. Y él se deja llevar, abre su boca, enreda su lengua. La siente áspera, rugosa, un abrazo extraño que lo acaricia por dentro. Y cierra los párpados. Y aprieta fuerte el cuerpo frágil y blando que se ahueca en el arco sólido de su pecho. 
   Y luego, ambos, sin dejar de sostener el abrazo, siguen prodigándose besos que surgen de la ternura, esa palabra casi olvidada, caricias que no usan desde hace mucho tiempo. Se recorren con las manos de un modo diferente, utilizan un lenguaje que desconocen, distinto, y de una extrema inocencia. Se toman de la cintura, enfrentados. Ella sonríe con todo el esplendor. Él apenas. Pero los ojos le brillan y se le forma un hoyo pequeño en cada mejilla. Lorena le pasa el dedo por la piel pecosa de su rostro, por esa hendidura que nunca le había visto.
   —Iván, no dejés de abrazarme, me hace bien.
   —¿Todavía querés desaparecer?
   —Ahora no, después no sé. No quiero pensar en después, me importa solo lo que me pasa ahora.
   —Y ahora ¿qué es lo que te pasa?
   —No sé. Pero es lindo, Iván, muy lindo. ¿Y a vos?
   —Algo que quisiera que no se termine. Quiero decir que este momento sea interminable. Que nos quedemos así para siempre. 
   —¿Por qué?
   —Porque tengo miedo, Lore.
   —¿Miedo a qué?
   —Estoy pensando en qué puede pasar más tarde, después de ahora, en un rato.  
   Cuando Tilo dice eso, Lorena lo quiere sentir más cerca, piensa que los sentimientos de Iván se le escapan. Y se aferra intentando retenerlo. Se siente una adolescente como él. Hace un rato se encontraba desolada y ahora no desea desprenderse del abrazo. Le pone la mano sobre la boca, no desea que hable. Luego lo toma del brazo, le propone ir al hotel de la cortada que está a unos metros de aquí, suficientemente alejado de Trópico para que el polaco no se entere.
   Tilo es el que pide la habitación.

   Cuando cubre la amplia laguna de los pensamientos, la escarcha se transforma rápidamente, es sensible a los cambios emocionales, la fragilidad desaparece. Si algo similar al amor asoma tal cual lo hace un sol de otro firmamento, los hilos de agua corren, luego mojan como un perfume volátil que desaparece y, más tarde, se transmutan en hebras de nubes que alimentan el cielo límpido de la memoria para que nunca se olvide el instante de su creación.

   Las mejores imágenes que conserva de aquella habitación son la de Lorena desnuda cruzando una pierna sobre su cuerpo largo tendido de espaldas en el lecho, a horcajadas. La ve descendiendo y ascendiendo, mientras su sexo se entibia, en movimientos suaves, emitiendo gemidos, los cuales no pueden ser contados, ni enumerados, acontecimientos aislados en un todo interminable. Entregada al deseo, con la vista perdida, sus brazos rectos, sus pechos blancos balanceándose como frutos maduros, sus palmas cargando el peso sobre él, jadeando, la melena larga cayendo en cascada, y, ambos, alcanzando el éxtasis, y ella, por fin rendida, tendida sobre él, con su mano pequeña acariciando su cuello con suavidad, en un movimiento que le parece interminable. Lorena, por siempre Lorena.
   Antes de salir Tilo le dice al rostro del conserje que lo mira con curiosidad a través de la ventanilla de la entrada: «Tano, vos no nos viste, ni a ella ni a mí, nunca estuvimos acá ¿entendés lo que te quiero decir?» Y el dueño del hotel alojamiento asiente con la cabeza, aprecia al muchacho y no quiere tener problemas con el polaco.
   Salen y cuando llegan a la esquina se corta la corriente eléctrica, la calle se queda a oscuras. 
   Los dos se miran bajo la tenue luz de la luna y no dudan. Tienen que volver antes de que el polaco se entere que no están en el club y tiene que ser rápido. A un par de cuadras se encuentra Trópico, en la primera corren y luego, la última la hacen caminando, tratando de componerse. Ella, afortunadamente, se ha maquillado en la habitación del hotel. Entran por separado, él lo hace un rato después.
   Han puesto candiles en las mesas reemplazando las lámparas. El polaco está en el salón buscándolo a Tilo.
   —¿Dónde te metiste pibe, que no te encontraba? Nos cortaron la luz.
   —Vengo de ver cómo solucionar la iluminación de los baños. Ya le di instrucciones a los muchachos de seguridad.
   —Bueno, entonces yo voy a buscar a la gente de mantenimiento, necesitamos que pongan el grupo electrógeno en marcha —le dice, y luego se aleja hasta desaparecer por la puerta del fondo.
   Tilo se acerca a la barra, se sienta y se da vuelta buscando con la vista a Lorena, mirando de reojo hacia la penumbra que cubre los espacios entre las mesas. Todavía está en una nube de emociones que no le permiten bajar completamente a la realidad. No puede sosegar, aún, los latidos apresurados de su corazón.

   La escarcha envidia al rocío porque es el paradigma de la alegría, porque besa los pétalos de las rosas y libera el aroma de los jazmines en verano. Es un duende enamoradizo, alegre, le gusta ser el prisma especular que despliega colores, ni bien un rayo de luna alcanza su esfera, brillante como una gota de mercurio.

   Tilo ahora la ve tenuemente iluminada en la penumbra. Viene del fondo del salón, pasa por la mesa, toma la cartera y se dirige al centro del local buscando la salida para irse.

   Cuando la escarcha duele, hay que retirar la vista. El daño que provoca a la visión es irreparable al contacto con sus aristas filosas y frías. Una gota de ácido es menos temible. Pero algunos, sobre todo los inocentes, se atreven a sostenerle la mirada.

   Iván sale detrás de ella, y ya en la calle la llama. Ella se detiene. Él se acerca, le pregunta. Hay frases, explicaciones, pedidos.
   —No te podés ir.
   La toma de los brazos, ella está floja, lo deja hacer. No es Lorena, parece una extraña. Sus ojos oscuros lo miran fijo, son dos láminas de acero. Su corazón femenino es un hueco ausente que no late, no hay sonrisa en sus mejillas. Tilo se inclina para darle un beso. Ella le coloca la punta de un dedo en el pecho y lo detiene.

   La escarcha es algo que se renueva en la naturaleza, vuelve en la estación de los fríos, cuando las sombras lo van invadiendo todo, de nuevo, se empieza a formar lentamente, y si hay luna, su conquista es infalible y su arma mejor es la tristeza.

   —Escuchame —su voz es fría, dulce y firme—. Hoy no estuve con ningún cliente, solo vine a despedirme de vos. Fue la noche más hermosa de mi vida. Te di lo mejor que tengo sin tener que fingir nada, quiero que te lo guardes como el mejor recuerdo de mí. Apenas sé escribir, no pretendas que te deje una carta. Ahora cada uno hace su camino. Vos vas a entrar por esa puerta por dónde saliste. Ahí está tu futuro, sos joven e inteligente —se lleva un índice a la sien—. Yo ya estoy vieja, las pibas hacen mejor este trabajo, lo mejor es que nos separemos y, también, lo menos doloroso para vos. No te vas a dar vuelta, no tenés que mirar cuando me esté yendo. No me busques. Andate vos primero. Las despedidas no deben ser largas.

   La escarcha es una capa delgada que cubre la superficie líquida, agua dura sobre el agua blanda bajo la luz de la luna. Es tan débil su consistencia que una leve presión la puede romper. Si no aparece la fuerza que se hinque los dos elementos quedan separados inevitablemente.

   Tilo la ha escuchado mudo, la entiende, le cuesta mucho, pero comprende. Se pone las manos en los bolsillos. Se da vuelta y comienza a caminar. Es un metro ochenta de carne y huesos, un muñeco con la mente de trapo que obedece. No piensa. Es demasiado dolor. Tiene un adoquín en cada pie, una varilla de acero de tres pulgadas de diámetro le envara la espalda, un trozo de hielo le pesa sobre los párpados, la puerta acristalada de Trópico está demasiado lejos, el tiempo se detiene. Se siente vacío. Por primera vez no sabe dónde podría esconderse.

   El tiempo tiene mucha paciencia. La noche es larga y mantiene la vigilia mientras se engorda el espesor de la escarcha. Con el guante puesto es sencillo asirla con cuidado sin derretirla y, a veces, si se la quiere quebrar, se resiste a tal punto que daña la piel de la mano desnuda, produce el corte y la sangre brota en calientes gotas escarlatas.

   Lorena, impasible, gira hacia el lado opuesto, se sube las solapas del abrigo, se acomoda la cartera sobre el hombro y comienza a caminar despacio y segura. Tilo tiene que hacerse hombre. Ha visto tantos con su mismo pesar. Este chico la enternece, ha sido una perla en su vida miserable. 
   Recuerda sin querer los tiempos de su infancia desgraciada, la casa de chapa, el gallinero sobre el arroyo pestilente que atravesaba el barrio, los perros hambrientos, el olor insoportable del agua estancada, los chicos descalzos, los disparos en la sombra. 
   Está cansada, ha tomado una decisión importante. No va a venir nunca más por aquí, a prostituirse. Va a cambiar de profesión. Solo desea llegar a la pieza que alquila en la pensión, darse un baño y dormir. Mañana va a pensar en un nuevo rumbo. Tal vez lo mejor sería aceptar el ofrecimiento de su hermana para ayudarla en la peluquería. Ahí no es necesario saber escribir. 
   Se promete que va a ir a buscar trabajo a cualquier parte, pero aquí, seguro que no volverá. Por un momento siente que va a extrañar a este chico pecoso, un nudo de congoja le obstruye la garganta. Se pasa una mano por el pelo, alza más la cabeza y sigue. Quiere pensar en algo lindo y no recuerda nada que no sea la cara triste de Tilo.

   La escarcha tiene latidos infinitos, nunca termina su trabajo, se congela y se deshiela. Es milenaria su tarea. Los hombres y las mujeres con sus amores vanos, endebles, le indican el paso de sus transformaciones.

   Un ángel, el mismo que los vio en la cortada, desde lo alto del universo, ve las dos pequeñas motas, que ahora se alejan una de la otra, dos almas desoladas en esta ciudad inmensa, a punto de despertar, ajena a este drama irreparable. No puede hacer nada, deben salvarse solos. La claridad del incipiente amanecer se está asomando por los contornos de los edificios del Bajo, pronto eclipsará todas las tragedias nocturnas y evaporará la humedad de todos los ojos.
   Tilo alcanza la puerta de entrada de Trópico.

   La escarcha de la noche se desvanece, pierde sus contornos. Los incipientes rayos de sol están por culminar la tarea. Las últimas lágrimas de agua fría resbalan hacia el vacío. No se escuchan otros crujidos y desaparece por completo todo vestigio de su presencia. La soledad, una vez más, avanza, y comienza a abarcarlo todo.


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lunes, 8 de mayo de 2017

La Pachamama

   Me pregunto si te duele.
   Cholita del norte jujeño. Kolla que moras en las alturas de la puna argentina y llevas en tu quena de maíz el dolor de tus ancestros. No te mires las carnes rotas de tus dedos ni tu mano curtida entintada en púrpura, casi granate. Anoche te has abierto heridas de tanto palo golpeado sobre el aro del bombo, de tanto baquetear tu caja chayera para acompasar la tristeza de las bagualas.
   Has venido de tu pobre rancho de adobe, reclinado en la ladera del cerro árido. Has emprendido el viaje por el solitario sendero señalado con una hilera interminable y sinuosa de cantos minerales, que se pierde, más allá de la loma gigantesca. Y hoy estás de nuevo aquí para otro día de festejos. 
   Siente que eres parte del astro brillando en lo alto. Este sol que castiga sin piedad, que deja árida la tierra, que dibuja grietas moradas en los terrones secos. 
   Así, erguida sobre tus pies anchos, imagina el espíritu de las montañas rojas de Purmamarca. Vigila atenta la quebrada del altiplano, en donde están dormidas las arenas milenarias. Huele el camino de los zorros buscando la carroña. Advierte el vuelo circular de los caranchos sobre el cielo transparente donde navegan los astros. Observa con tus ojos pequeños la inmensidad del paisaje, los picos nevados. Aquí donde los vientos erosionan los precipicios, y liman los bordes filosos de las cimas andinas. Porque tú eres polvo, residuo de la roca que se astilla bajo el inferno ardiente de los días, y, además, crujes al contacto de las lágrimas que se escarchan en la noche.
   Eres hierba también, arbusto achaparrado soportando la sequía que se prolonga por la vastedad de estos lares, a pesar de las plegarias de las coplas que lloran pidiendo por la bendición de la lluvia. Eres cactus que conserva bajo sus espinas algo de savia para aliviar la sed. Serás licor de beber, cuando se sequen los hilos cristalinos del llanto precario de la nieve, que baja escaso, serpenteando entre los guijarros sueltos de la cumbre.
   ¡Ríe contenta!, celebrando el Carnaval. Abre huecos en el piso donde pondrás la ofrenda. Aquieta el apetito de la diosa totémica que albergas en tu prosapia incaica. Embriágate y riega con chicha. Pero no lo hagas sola, deja que el rito te lleve. Funde la plata cósmica del alcohol con tus hermanos y hermanas. Hazlo en esta fiesta pagana, siendo parte del humo mágico de la primitiva cosmogonía. 
   La Pachamama siempre ha estado aquí. Desde el inicio de los tiempos ha ordenado los ciclos de la luna, los que le sacan los brotes a las papas que tú siembras. Ella conoce el calendario que marca los solsticios que determinaron los sabios del Cuzco. Su piel antigua es el suelo que pisas, que se arruga en los desfiladeros infinitos, y, además, es el aire leve que respiras en estos parajes desolados, todo es parte de su esencia sideral. 
   Mueve tu falda azul en la gala, al son de los rebotes de las tripas de la chirlera. Luce con gracia el poncho de pelo de vicuña. Es bonito, con la trama en verde, rojo y amarillo que le copias a tus cerros. ¡Sonríe, coqueta!, que te has sacado el sombrero oscuro de alas anchas y te has puesto el gorro chullo, tejido con lana de alpaca, para proteger las orejas de los fríos de este páramo. Enseña este arte a tu pequeña, a la que has parido de pie sin un lamento, y le has dado de tomar leche de cabra. 
   Mira la gente, tus comadres aquí reunidas. Te han convidado con platos exquisitos de carne de guanaco. Hoy no mastiques hojas de coca, no urge mitigar el hambre, el odre de tu estómago no está reseco, no se quiebra por falta de alimento, eso aquí sobra. No pienses en las llamas que has dejado paciendo, libradas al acecho feroz del puma, esconde tu cabeza en la madriguera, como el quirquincho, y que no se abrume tu corazón. Siente el llamado diaguita, aimara, que te corre todavía por las venas.
   ¡Sale a bailar!, porque hay música y canto, danza y disfraces, velas, incienso y olor a humo. Festeja la vida de los atareados. Desde las sombras, enterrados, observan los difuntos. ¡Ríe!, entre todos van a desenterrar al diablo en la fiesta. Él se va a presentar con cuernos rojos, con capa brillante de espejitos, lentejuelas y cascabeles. Mostrará su disfraz en las vueltas y el agitar de pañuelos de la cueca, sin dormir, durante nueve noches seguidas.
   Golpea el bombo con alegría hasta sacar la sangre por tu piel. Con fuerza, pero sin odio, porque no conoces esa palabra, no está en tu lengua quechua. Inunda la memoria de tu origen Tilcara —al oír los sonidos dulces del sikus—, cuando mires las manchas escarlatas que salpican el cuero de tu instrumento. Oye la voz sabia del chamán —entre los sonoros bajos del erke—, que lleva la historia de tu pueblo en la cabeza.
   Recuerda que dijo: «Primero el Inca depositó su imperio gigante sobre la espalda de tu estirpe, y luego llegó la ferocidad de los hombres blancos de saetas largas y ropas de metal». Y no te olvides que te contó cómo vinieron con escopetas que escupían fuego, con arcabuces, cómo desplazaron a niños y ancianos con sus manos de hierro, de qué modo dejaron a los moribundos vertiendo líquido rojo, el vino tibio que fue alimento de la madre tierra.
   ¡Ay… cholita! Trajeron un Dios blanco para poner dentro de las cabezas curtidas de tu gente. Y, no han podido. Las osamentas de tus muertos han vuelto a la Pachamama, al calor de su hogar, que es esta cordillera que pisas.
   Me pregunto si te acuerdas de esto, cuando te veo tocar ese parche. No sé si tu hembra madre se manifiesta con el kununuy, el temblor con fuerte ruido que agita la lava de los volcanes, no sé si tu diosa sigue enfurecida por todo lo que le ha pasado a tu pueblo.

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