domingo, 25 de septiembre de 2016

Llegué de la noche

   Sucede hacia el crepúsculo. Es necesario que esté en estado de melancolía, juntar la voluntad de atornillarme a la silla y poder sacar algo. Acercarme al borde del teclado para sufrir de dolor y gozar del placer del alumbramiento, aunque más no se trate de escribir una pequeña idea, de algún pensamiento que valga la pena, de alguna emoción de las que me anda dando vueltas por dentro.
   No te imaginás lo que me cuesta a mí, que cuento con tan escaso ingenio, lograr algo tan pequeño como eso.
   Tal vez menos esfuerzo le cueste al náufrago mantener alejadas a la fatiga y a la sed. Solo se trata de abandonar los remos a la corriente, las velas a los vientos del océano y, llegar al abrigo de una playa. Es fácil. Se tumba en el fondo húmedo del bote entregado a la deriva de la muerte y ya está.
   En cambio, a mí, ni la más leve brisa me ayuda. Ni un leve empujón. Un pequeño galeón con la roda enfrentando las olas. A toda máquina subiendo y bajando las colinas saladas del mar, estancado siempre en el mismo lugar, bufando y bufando para nada.
   No se puede avanzar sin sueños que empujen. No se puede contar lo que no se ha sentido. Un árbol casi seco que da frutos agrios.
   Así sucede hasta que pienso en vos.
   Entonces mi corazón se hincha, llegan los colores y la música de tu voz y los recuerdos de momentos que pasamos juntos avivan el fuego, inflan la vela de proa del barco y empujan.
   ¿Cómo fue que llegué a cruzarme en tu camino? ¿Qué era yo? Una resaca que llegaba de la noche a mojarte los pies. Una nada. Una soledad. Apenas eso.
   El destino me quiso regalar el abrigo más fino al final del sendero. Pudo haber sido antes, mucho antes, cuando vos usabas el moño azul y el guardapolvo tableteado de almidón, pero no era el momento. Tenía que pasar todo lo que pasó para que estemos juntos ahora. Dos gorriones acurrucados en el nido contándonos cosas todo el tiempo, de toda una vida. Y es que vamos a necesitar una existencia muy larga, y no sé si nos alcanzará para decirlas todas.
   Los dolores van a servir, soltaremos lágrimas, dolerán menos.
   Los amores buenos van a servir, no olvidaremos las alegrías, aunque muerdan los celos.
   Las caricias conversadas van a servir, vaciaremos todos los afectos que tenemos guardados.
   Mis manos en tu cara y las tuyas en la mía, así, como te imaginás, mirándonos a los ojos, en silencio, van a servir para decirnos lo que no se pueda expresar con las palabras.

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martes, 20 de septiembre de 2016

Moscas

   Este es el primer relato de una serie que está formada por los cuatro siguientes, los cuales también se pueden leer en forma separada:

   I: Moscas.
   II: A la mañana siguiente, la ventana.
   III: Lucrecia.
   IV: Una línea muy delgada.

   No sé si han notado que hace tres semanas más o menos que no publico nada. Tal vez haya pasado desapercibido, después de todo son muchos los que escriben en este sitio web. Todavía estoy convaleciente, recuperándome de la herida.
   Soy escritor, o más o menos eso, como muchos de ustedes. Ahora estoy en la penumbra de la habitación tendido de espaldas sobre mi colchón. Medito mientras el sol de la tarde ya ha desaparecido. La persiana de la ventana de mi pequeño dormitorio está medio baja. Del lado de adentro hay dos cortinas de voile transparentes. El pobre resplandor, que a esta hora quiere entrar, se ve confinado a ese rectángulo, que queda entre los marcos laterales, el alféizar y la tablilla inferior.
   Tengo un cenicero de chapa apoyado en la mesita que está al lado de mi cama, pero lo uso poco. La brasa se enciende en la punta de mi cigarrillo cuando le doy una pitada, una bruma roja ilumina el techo y se desvanece. La ceniza se estira y cuando muevo la mano hacia el costado se cae sobre el piso. Mañana, me digo, tendré que barrerlas. A veces me pregunto para qué conservo el cenicero.
   En esta tarde, que va cediendo al avance de la noche, no he encendido la luz, me ganan los pensamientos, hago demasiado esfuerzo tratando de espantarlos, o tal vez sean la desidia, o la costumbre, las que me mantienen en este estado de meditación. Cuando estoy así pienso en cosas tristes y deprimentes de mi pasado y eso lejos de hacerme mal se convierte en un bálsamo, en la sensación de estar en otra parte, en otra realidad que ya no duele.
   Los recuerdos horribles de mi corta vida —no llego a los cuarenta— quedan al descubierto, pero no me hacen daño. La locura me seduce como idea de escape de mi penosa existencia. No pienso en el acto preciso del suicidio, solo especulo con estar en otro plano, en otra parte, me entrego en la penumbra de la alcoba a pensar en esto. La realidad evidente de las mañanas, por otra parte, tiene esas luces refulgentes que me encandilan, me enceguecen. Las voces estridentes de la gente me taladran los oídos. Son demasiadas sensaciones juntas, me abruman. Por eso prefiero la noche.
   Hace dos semanas me han publicado un cuento en una revista literaria, he obtenido una mención en un concurso y lo han editado. He recibido muchos mensajes, los cuales no he contestado, pero entre ellos se ha colado una amenaza. Un lector ha sentido que el personaje principal de ese cuento —un loco— hacía referencia a él, entonces se sentía identificado y estaba furioso, lo pude notar por el odio que se desprendía de sus palabras, lo vi en el rencor que destila un delincuente descubierto en un delito, parecía que yo estaba exponiendo su locura ante la gente. El e-mail decía que por haber revelado “su problema” yo debería tener un escarmiento. Era una amenaza directa, no velada, el tipo estaba sacado, y estaba dispuesto a llevar a cabo su venganza, no me decía cómo, pero sí me decía cuándo: al día siguiente.
   En ese momento lo pasé por alto, como a los otros mensajes. Preferí pensar que era una broma de mal gusto y lo borré. Cerré la computadora y seguí con mi rutina.
   Vivo solo en Palermo, en un departamento viejo de dos ambientes. No soy ordenado, suelo dejar la ropa tirada, los platos sucios en la cocina, no es limpio este lugar. Trabajo poco, a veces escribo en otros sitios web, a veces para algún diario por encargo, o para alguna revista. Esos trabajos van desde algún artículo de divulgación hasta los textos más bizarros para las revistas pornográficas.
   Me vendo por nada, lo suficiente para poder comer y comprar cigarrillos, la única droga que consumo. A veces salgo a tomar algún trago, o un café, siempre por la noche. Vivo con los horarios desplazados, me despierto tarde y me acuesto tarde. Soy indolente, no espero nada del futuro ni lo busco, a veces pienso que la única salida es la locura. Estoy bajo tratamiento, el psiquiatra me dijo que soy “border”. He decidido hace años no atar a mi vida a ninguna mujer, no quiero condenar a nadie a convivir conmigo, sería un desastre. Tengo relaciones cortas, trato de no involucrarme demasiado. Además, no tengo familia que se pueda ocupar de mí.
   Por las tardes me lo paso meditando y fumando en la cama, pensando en cosas turbias, mordiendo las frases para encontrarles un sentido. Pienso que en algún momento voy a descubrir un argumento claro, alguna idea de donde asirme, algún cabo que me lleve a alguna certeza, a alguna conclusión. Lo de siempre. El mensaje de ese tipo lo leí una tarde de esas.
   Al día siguiente ya me había olvidado de él. Después de cavilar como todos los días, ya entrada la noche, decidí levantarme y vestirme para salir. Ya se habían disipado los hilos rojos del crepúsculo y salí a la calle a buscar un bar. Cerré la puerta de entrada y di dos pasos en la vereda.
   En ese momento fue que lo vi al tipo, pero ya lo tenía encima e inmediatamente comencé a sentir los golpes. Los recuerdos son borrosos. Mientras me abrumaba con sus gritos, y me insultaba, sentí algo que me empezó a arder en el costado, un hierro caliente hincado en lo profundo. Quedé tirado ahí tomándome el estómago recostado contra la pared. Después de eso tengo un bache en la memoria, me veo en una camilla vendado, en el hospital. Estuve tres días internado, nada grave, vino la policía a tomarme declaración, no pude dar detalles y todo quedó en la nada.
   El personaje de mi cuento es un loco. Hay muchos cuentos de escritores que tienen personajes que sufren esta dolencia. Muchos de los días que estuve tirado en esta misma cama me los pasé pensando en esto. Me preguntaba: «¿Recuerdo algún escritor de ficción al que hayan asesinado por algo que haya escrito?». Y me respondía: «No recuerdo ninguno». Pero el asunto era que yo tenía una lesión concreta, siete centímetros de una costura cerca de la ingle eran testigos de la agresión que había sufrido. Pensé en dejar de publicar.
   El tiempo que pasó, antes y después que me sacaran los puntos, me lo pasé comiendo porquerías, latas de comidas en conserva, con el paso de los días se fueron acumulando en la mesada. Un día se me ocurrió que me podía hacer un bife a la sartén y lo saqué del freezer. Tenía hambre, pero seguía tomando calmantes, me tenía que quedar en reposo, se me podía abrir el corte e infectarse.
   El asunto es que ya había visto a las moscas, zumbaban sobre el bife y sobre los platos sucios. Recuerdo que después estuve un par de días con fiebre y casi no me pude levantar. Cuando pude acercarme a la cocina ya el bife estaba en mal estado, me di cuenta por el olor a podrido que sentí antes de llegar. Había una nube negra sobre la carne descompuesta, eran las moscas. Abrí la ventana que está sobre la mesada y me puse a agitar los brazos para espantarlas. Ahí fue cuando sentí el tirón y decidí ir a la cama, el dolor me quemaba debajo de la venda.
   Pasaron como dos días hasta que me pude levantar de nuevo. Estaba débil pero la herida no me dolía. El descanso me había hecho bien. Fue entonces que empecé a percibir el hedor, la fetidez que invadía el aire y llegaba hasta el dormitorio. Era nauseabundo. Me fui desplazando despacio hasta la cocina. El espectáculo era deprimente, casi me hizo vomitar: moscas, moscas y más moscas. Había moscas por todos lados, negras, verdes, azules.
   Ya pasaron tres semanas de este suceso. Estoy repuesto. Lo primero que hice fue poner el bife putrefacto en la bolsa de la basura. Luego la saqué al pasillo para que el encargado del edificio la pudiera sacar a la calle. Me costó varios días limpiar todo y de a poco las fui sacando.
   El departamento sigue en desorden, pero ya no están esos bichos. A veces sueño que tengo una montaña de ellas comiendo sobre mi herida.
   Ahora estoy escribiendo un cuento nuevo. Es sobre un asesino que mata a una pareja de lesbianas, dos jovencitas que van a besarse a la plaza un mediodía. Tengo miedo de publicarlo. Mañana voy a decidir qué hago.
   ¿A alguno de ustedes le pasó alguna vez algo parecido? Me refiero a que un lector los haya atacado por algo que han escrito.
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domingo, 11 de septiembre de 2016

El llamador de ángeles

   Recuerdas como si fuese ahora la discusión que anoche has tenido con ella. Ha sido una de esas peleas por tonterías, porque tú no quieres ir a esa fiesta y, debido a ese desacuerdo, ambos han perdido la calma elevando el tono de voz por esa cuestión tonta. Se ha truncado entonces su sonrisa después del desencuentro de las palabras. Ahora recapacitas en las frases un tanto hirientes. Con un poco más de reflexión no se las hubieras dicho.
   Luego has notado como crecía el silencio de la casa alrededor de ella, su mirada había dejado de buscarte, la desviaba hacia cualquier objeto simulando indiferencia. La has puesto incómoda, sin hablarte se ha ido a dormir, y tú, te has quedado acosado por la culpa. No sabes quién de los dos ha apagado la luz de la mesa de noche. Casi pierdes el sueño cavilando ¿Cómo habrán sido sus sueños?, te preguntas.
   Pero, lo sabes, el amor que le tienes no te permite estar distanciado más de una noche, sería insoportable para ti. Un poco más sin oírla se transformaría en un siglo, no lo puedes disimular. Tu nunca has llegado a herirla, si lo hicieses se haría presente su dolor, imaginas que puede ser intolerable, como la melodía de notas agudas que oyes, cuando sopla fuerte el viento del invierno.
   Ahora, en esta mañana desapacible la vuelves a mirar con ternura, justo en este momento se está despertando. Sabes cuánto le gusta oír el tintineo del llamador de ángeles de la puerta balcón. Este se agita con el paso de un hilo de brisa que se cuela por un hueco, con sus agujas azules gotea notas musicales por toda la sala, los sonidos se escuchan lejanos desde la tibieza de las sábanas del dormitorio. Es el silencio el que eslabona las notas en la continuidad de los instantes.
   Estás atento oyendo con cuidado lo que ocurre detrás de los cristales, pero al mismo tiempo la estás mirando. Ella entreabre sus ojos frente a este clima invernal de lloviznas melancólicas. Hasta las aves se entristecen. Enfoca su mirada hacia el cielo plomizo, que se extiende más allá del río con su capa gris, más allá aún de los arroyos que arrugan las islas del delta, y ve como empuja con furia el viento sudeste, seguramente la crecida va a llegar por la noche.
   Miras su rostro intentando descubrir si resta algo de rencor bajo su frente lisa. La lluvia vertical no logra ocultar las nubes, corren en las alturas, van con prisa buscando el norte o el oeste. La atmósfera allí arriba no está quieta, se desplaza velozmente.
   Pero aquí, entre los edificios hay calma. Entonces te preguntas, si sentirá la misma tristeza que emana de este aire quieto, al observar a través del ventanal de este sexto piso. Tal vez perciba otras cosas, por ejemplo, los pequeños sonidos y el vuelo de los pájaros, tan pesados con su carga líquida. Quizás tema su caída pues podrían perecer aplastados contra el suelo, ¿qué sentirá un ave herida flotando en el río con las alas quietas?
   Te alegras con su mirada, te agrada que se haga un ovillo a tu lado. Ya ha pasado la discordia, piensas, la noche la ha disuelto, por eso te atreves a alisarle los cabellos con tu mano. Quieres despertarle una sonrisa.
   Conoces muy bien esta abertura al vacío de vidrios transparentes que es la ventana de la alcoba. Te sientes seguro con ella en este lugar, elevado del piso, donde este edificio alza levemente los hombros para mirar entre los demás. Ves otras arboledas más allá de la calle, por encima de las copas de los fresnos. Es ahora cuando le pides que se imagine ser dueña del tiempo, suelta a soñar con colores y susurros. Ella responde con los gestos conocidos, y tú te acercas más, dispuesto a hacerle el amor como siempre.
   Pero antes le ruegas que te abrace. La conoces. Tiene en sus brazos un cielo por el cual te sientes atraído, y también un mar luminoso entre sus pechos, con toda la inmensidad de los océanos, iluminado por las estrellas cálidas. Pero con un río de leche ardiendo bajo su piel. Una sola gota de rocío se evaporaría al contacto de sus senos.
   Deseas saber, te preguntas si la música viene adherida a la brisa de su voz cuando gira en tu oído y, se enrosca en esa espiral, con la misma forma de los rulos de sus cabellos. Pero, aunque lo sabes, de todos modos, te interrogas ¿de qué colores son su melodía, su cabello? Castaño es el color de sus mechones, canela el aire de su canto porque trae aromas en la armonía con que habla. Recuerdas esas fragancias exhaladas, dormida en alguna siesta.
   Escuchas ahora que te susurra: «Una vez soñé que nos conocíamos cuando éramos adolescentes, ese sueño debiera ser real… tal vez en otra vida».
   No puede entregarse directamente al sexo, necesita antes hablar, decir algo que te desvíe un poco del camino, un jugueteo previo de pensamientos. Pero a ti te gusta esa idea, esa ilusión que nunca fue. El destino podría ser burlado a pesar de ser una utopía, sería un viaje hacia el pasado para convertirse en un hecho concreto. Un amor pendiente se haría realidad. Todo esto no lo dices, pero lo sientes ¿Ella también lo piensa en este despertar de agosto?
   Te abandonas en esta visión tranquilizadora. El tiempo tendería un puente, o una nube completa, sin grietas. El tibio sonido del llamador de ángeles sería la costurera de esos dos momentos de amor, y los podría unir, quedando atados para siempre. La conocerías nuevamente para amarla cuando era una joven estudiante, volverías al pasado invirtiendo el sentido de los acontecimientos. Te dejas llevar así por los milagros de la imaginación.
   Pero ahora la invitas a comenzar, olvidadas ya las discordias buscas su cuerpo acariciando su silueta ondulada. Se esconde desnuda como es habitual entre las sábanas, tus manos recorren sus suavidades, tus labios indagan en sus muslos. Le pides que te sostenga, aférrate como a una rama firme.
   Mientras tu fiebre se eleva. Ruegas que te bese con ternura y no se entregue todavía hasta ser encendida por tus dedos. Deseas que piense en una locura cuando sus párpados se plieguen, cuando el gozo la queme en su propia hoguera. Recién después podrá murmurar su gemido desgarrado, por lo bajo, cuando te sienta dentro.
   No reflexionas, estás perdido disfrutando del placer, el descontrol se ha hecho presa de ambos cuerpos, también ella está en otro sitio, en este torbellino de furias y gemidos, ebrios de amor los dos, sin miramientos. Subes y bajas en un rito que no puedes contener, te ves arrastrado en la corriente, apenas miras, con tus ojos entrecerrados te abandonas, cada vez te entregas más y más a la desesperación con desenfreno.
   No sabes de qué épocas lejanas llega esta sensación ardiente, ancestral, de fuegos, de heridas, tratas de buscar en lo profundo, te entregas a esta música de gemidos que compartes, quieres el mejor sonido, la sensación más blanda, allá vas tratando de que ella te lleve a su mundo tibio, esa sensación interminable que no puede ser saciada.
   Aunque no te das cuenta de esta carrera loca que te mece como a un junco entre la brisa, de un lado hacia otro, sin ver el fin de esta lluvia de estrellas que se acumula en tu cintura, sin embargo, transitas estos momentos de delirio, te mareas ebrio entre jadeos gruesos, por tu espina dorsal te recorre un firmamento anunciando el fin de esta entrega imposible.
   Aprietas con tus manos temblorosas sus caderas blandas, tratas de culminar ahora este gozo que se derrama por tu vientre, desvaneciéndose despacio, lento. Puedes verla tan perdida como tú. Quizás su placer termine en pequeños sollozos, en un río de emociones del alma, gemidos de felicidad después de haber hecho el amor en esta mañana de invierno.
   ¡Cómo puedes explicar con mínimas palabras este acto sublime que ha terminado en su crepúsculo!
   La ves con un remolino de recuerdos incluidos, todavía brillan en su cuello las venas parpadeantes. Contemplas como la pasión todavía está instalada en sus pupilas negras como la noche, cálidos y serenos, en su piel suave, en su cabellera revuelta. Tardará un rato todavía en recuperar la calma.
   Te tiendes de espaldas. Aún tienes el corazón palpitante, con ríos de sangre apresurada recorriéndote las sienes. La ola gigante ya ha pasado. 
   Después de descansar un rato se aquieta tu respiración. Tu mundo vuelve a iluminarse en este dormitorio. La calma reposa ya con suavidad entre tus manos. Buscas sus ojos para ver si ella también ha superado el temporal. Su mirada quieta te dice que ha pasado la tempestad, está lúcida, tranquila.
   Le preguntas si hay resquicios, si existen espacios en donde hayan quedado migajas de rencor por la discusión de anoche. Entonces, sin decirte ni que sí ni que no, con ese modo tan especial de evitar decirte tonto y sin dejar de sonreír te interpela: «¿Qué quieres para el desayuno? ¿te o café?». Arrugas la frente y la interrogas con cautela: «¿Es que sigues enojada?», y con sorpresa recibes su pícara respuesta: «Por supuesto».
   Desde la cama donde te encuentras la ves que se levanta. Va soberbia hacia la sala. La estás viendo a través de la puerta, de espaldas, desnuda. 
   Con el índice le da un golpecito al llamador de ángeles. Empiezas a oír el tintineo que se esparce por el ambiente mientras ella gira la cabeza para buscar tu mirada, sin dejar de mostrarte la desnudez de su espalda.
   Observas la sonrisa en sus labios mientras te lee lo que piensas. Sabe que te ha hecho compartir su sueño de adolescente. Además, se ha salido con la suya porque la deberás llevar a la fiesta. Es una amazona que disfruta su pequeño triunfo. Y tú te sientes agradablemente derrotado.
   Ahora camina de frente, tu miras su figura hermosa, sus muslos firmes que se mueven, sus pechos que ondean. Se detiene ante el espejo, gira arqueando su figura para verse por detrás, se alisa el pelo, con sus dos manos se ajusta el pendiente de oro ladeando su cabeza, se mira nuevamente.
   Ves entonces que se da vuelta dándote la espalda y comienza a caminar descalza hacia la cocina. En un rato el aroma a tostadas embriagará todas las cosas.
   El llamador de ángeles bailotea su retintín, una brisa sopla por la hendija suavemente. 
   Ahora esperas y la escuchas. Ella está tarareando una melodía mientras prepara el desayuno.

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viernes, 9 de septiembre de 2016

Relato de Oro

   Esta mañana me he levantado con la enorme y grata sorpresa de haber sido distinguido con este premio del “CÍRCULO DE ESCRITORES”. Quisiera compartir esta mención con todos los escritores que me siguen en este blog, en especial con los que han sido mis compañeros en TR (y los que aún lo siguen siendo). Todos me han ayudado con sus comentarios, análisis, críticas, elogios, y les estoy enormemente agradecido. Desde los primeros relatos que subí a ese sitio y luego aquí en mi blog, me han regalado su tiempo para tratar de hacer las cosas cada día mejor. Dado que este es mi primer premio estoy enormemente emocionado, sepan que los considero mis maestros y que los llevo en el corazón.
Ariel