martes, 23 de mayo de 2017

Escarcha

Junio de 2002

   Apenas el sol comienza a acariciar los bordes escarpados de un trozo de escarcha no pasa mucho tiempo hasta que se empiezan a desprender lágrimas de él.

   Esta necedad se ha enredado en los vapores de la imaginación fértil de Tilo, en ese terreno del alma que a nadie muestra. 
   Está sentado en la barra y oye la voz de Lorena que lo distrae: «Necesito tomar un poco de aire fresco, Iván», le dice. 
   Cuando era un mocoso, vendía ramitos de violetas en el Bajo y luego venía aquí, a la puerta de Trópico. Recuerda que ella salía y el aire se impregnaba de aroma a flores. Sus ojos eran dos diamantes negros sobre el sol de su sonrisa. Lo mandaba a comprar cigarrillos o cualquier otra pavada. Se despedía, luego, con su voz suave y le dejaba unas monedas en la palma pequeña de la mano.
   Ahora él ha crecido, tiene 18 años y aunque sigue viviendo en la villa 31, pudo terminar el secundario y ha empezado a estudiar en la Universidad de Ciencias Económicas. También trabaja aquí, en un puesto importante, ahora es el asistente del dueño al que todos conocen como el polaco.
   Lorena es la única persona que no lo llama por el apodo. Ella sabe que el verdadero nombre de él es Iván Stillaugh. Es la copera más hermosa de este club nocturno del barrio de Constitución, y luce espléndida en este salón con sus maravillosos 32 años. 
   Salen y se alejan tres cuadras del local. 
   Él se pregunta para qué lo ha sacado del club, cada tanto la mira, parece demasiado seria. Caminan callados hasta que ella ordena: «Doblemos». Y toman por la cortada, se alejan así de la claridad de la avenida. 
   Ella recorre unos metros, se detiene, apoya la espalda contra el muro, lejos de los focos de la calle, en la penumbra tenuemente iluminada por el brillo de los astros nocturnos del fin del otoño. Sacude la cabeza como para sacarse de la mente algún pensamiento que la molesta. Con las manos en los bolsillos del tapado largo, desabrochado, alza la mirada al cielo.
   —Alguna vez tuviste ganas de desaparecer —dice, sin que llegue a ser una interrogación, casi como afirmando.
   Iván se sorprende, la mira impasible con los puños enfundados en la campera de cuero, erguido en medio de la vereda, tratando de buscarle los ojos, para entenderla. Ha percibido tristeza en el tono de su voz, un susurro que desgarra la tela de la noche estrellada. Le resulta extraño porque ella no es de andar con las emociones en la boca de fresa de la que se enamoran todos los días los clientes del local.
   Ella saca un monedero pequeño del bolsillo, lo abre, toma un pañuelo blanco y comienza a frotarse los labios. Luego, delicadamente, sigue con los ojos, uno por uno, hasta quitarse el maquillaje completo que le cubre la cara. Lo hace con lentitud, y una vez terminada la tarea lo mira. Las pupilas de Tilo ya están adaptadas a la tiniebla y la ve más linda que nunca. 
   La noche de Buenos Aires tiene esa magia, a veces la luz de la luna coloca su foco sobre algo y, como una varita mágica, le da una belleza perfecta. Las miserias de la villa, los olores nauseabundos de los tachos de basura, las latas en las barrancas del Riachuelo, los pibes drogados, los abortos clandestinos, la mugre de los vagabundos tirados en alguna esquina, los tablones de las obras abandonadas, los barcos oxidados en el astillero, todo se esconde en el hueco gigante que se lo lleva detrás de la escena, a otro sitio. A veces sucede, aparece un ángel y en un suspiro se produce ese recorte de la realidad. Y en ese espacio inmaculado están los dos. Eso es lo que siente él en este instante.
   —¿Te pasa algo, Lore?
   —Nada… ¿por qué?
   —Te sacaste el maquillaje.
   Después que lo dice, se avergüenza de la obviedad al observarle la cara. El rostro de una mujer es un lugar sagrado, un templo de enormes puertas que permanecen siempre cerradas, mudas, como el agua de una laguna escondida, a la que llegan las aves multicolores que anidan en los árboles de la orilla. Advierte, por eso, con solo mirarla, que ese instante no es momento de averiguaciones, sino una ocasión para los silencios. Y calla hasta que ella decide hablar.
   —Iván —le dice guardando el pañuelo y mirándolo a los ojos —… no me contestate lo que te pregunté.
   —Sí… disculpame… me distraje. Es que no sé, es una pregunta difícil, jamás me la hice. ¿Desaparecer cómo? ¿A qué te referís? —dice Tilo, impasible, con su voz grave. Alto y flaco, la mira con curiosidad, todavía sigue pensando cuál es el motivo por el qué han venido aquí y, ahora, también se interroga acerca del rumbo de los pensamientos de Lorena. 
   —Desaparecer —le dice, como si se tratara de algo evidente, que no necesita más explicaciones —. Vos un día estás y al día siguiente no. Simple. A otra cosa.
   Y ni bien ella termina la frase, se arrepiente, porque sabe que, inevitablemente, le ha reavivado el recuerdo de su madre, quien lo ha abandonado, ha desaparecido, cuando él tenía cinco años. Y aunque el objetivo de la pregunta no era ese, le ha abierto una herida muy profunda.
   —¡No!... No…ya sé en qué estás pensando, no me refería a eso.
   Lorena se da cuenta que lo ha sensibilizado y quiere reparar el daño. Se acerca y le pone la mano en la mejilla. Él siente la caricia de la piel delicada. Ella lo percibe y la retira de inmediato, como asustada.
   —Perdoname, soy una tonta.
   Tilo puede controlar el dolor, en su corta vida aprendió a dominar la mordedura de esa fiera. La indiferencia de la gente, el desprecio de las miradas, los maltratos de la policía, la calle y la noche, le han templado el carácter. Pero solo para mostrarse duro ante los demás. Con ella es diferente. En su abismo interior, inescrutable, cualquier inquietud, que le genere una palabra de su amiga, es capaz de agitarle el corazón.
   Un ángel, desde lo alto del universo, ve estas dos pequeñas motas, que se han acercado una a la otra, almas desoladas hijas de esta ciudad inmensa que duerme, ajena a todo drama. Y ese ángel viene a reparar este malentendido, porque la anima a Lorena a acercarse de nuevo a él. Ella le pone la palma sobre el pecho, presionando un poco con sus yemas, debajo de la campera. Pasa el otro brazo por detrás, le aprieta la espalda y le apoya el rostro sobre el hombro, en un gesto de cariño, ofreciéndole el contacto de su cuerpo para compartir la oquedad que le ha abierto. Quiere mitigar la orfandad, aliviarle la pena. 
   Dura un instante eterno. El tiempo pierde su rigidez.

   La escarcha es muy sensible a los cambios. La calidez la afecta, la hace crujir, la resquebraja. Y, a veces, bajo la tímida presión del peso de una mariposa, o cuando un colibrí agita las alas muy cerca, se parte su corteza de pan crocante, provoca un sonido casi inaudible, emite una queja, y como un cristal, se astilla, se le forman grietas similares a la de una hoja seca. Lo que antes era tan amplio que cubría toda la superficie del estanque se va quebrando en trocitos más pequeños.

   Tilo saca las manos de sus bolsillos, aspira el perfume del cabello de Lorena, y siente que el entorno se carga de belleza. Es una emoción desconocida, un corazón de mujer que se acerca al suyo a compartir un poco de calor, un sentimiento que asoma por primera vez en su vida, algo que vale la pena. Todo en él ha transcurrido entre la brutalidad de la villa y la noche inclemente, peligrosa y siempre clandestina, solitaria y marginal. Este es el primer cielo que se le ofrece, que se abre a la ternura: el abrazo de una mujer.
   Pero teme todavía entregarse entero a semejante paraíso. Intenta escudarse en la soledad porque se siente indefenso. La toma de los hombros y la separa suavemente de él, sin dejar de asirla. Tiene los dos miedos: el de perderla y el de abrazarla. La coraza que le blinda el alma está a punto de fundirse. 
   —No quise herirte, Iván, estoy muy mal, la cabeza no me da más. Quiero dejar toda esta basura. Ya no quiero seguir con esta vida.

   Una vez que la escarcha cruje por la presencia de la ternura, es inevitable que se comience a fundir, y se transforme en líquido. El agua, todavía fría, se empieza a separar del hielo cristalino, forma gotas, las gotas resbalan, se separan, ruedan, caen, mojan.

   Ella está quebrada, los ojos se le humedecen. Tiene los brazos caídos, el cuerpo flojo, se sincera, se derrumba. Una lágrima empieza a bajar por su mejilla, es una canoa que naufraga vacía, al borde del precipicio ¿pide ayuda? ¿necesita consuelo?
   Tilo no conoce, todavía, la sensibilidad de las mujeres. Lorena comprende, en cambio, demasiado a los hombres, o al menos eso cree. Pero aquí están estos furtivos perros de la noche, corazones desiertos, vulnerables, pidiendo una estrella que los cobije, un lugar en dónde la mentira y el engaño no existan, alguien en quien confiar, un pequeño edén en dónde puedan realizar eso que la gente llama “sueño”, eso que ninguno de los dos ha conocido. Y tiene que ser antes de que la muerte se haga presente para decir basta a este juego. 
   Entonces es ella la que apoya sus labios en los de este muchacho pecoso que no se anima, que parece mayor de lo que es, que hasta ahora solo ha besado a chicas de su edad, a quienes ha conocido en la villa y en el colegio, pero nunca a una mujer. Y él se deja llevar, abre su boca, enreda su lengua. La siente áspera, rugosa, un abrazo extraño que lo acaricia por dentro. Y cierra los párpados. Y aprieta fuerte el cuerpo frágil y blando que se ahueca en el arco sólido de su pecho. 
   Y luego, ambos, sin dejar de sostener el abrazo, siguen prodigándose besos que surgen de la ternura, esa palabra casi olvidada, caricias que no usan desde hace mucho tiempo. Se recorren con las manos de un modo diferente, utilizan un lenguaje que desconocen, distinto, y de una extrema inocencia. Se toman de la cintura, enfrentados. Ella sonríe con todo el esplendor. Él apenas. Pero los ojos le brillan y se le forma un hoyo pequeño en cada mejilla. Lorena le pasa el dedo por la piel pecosa de su rostro, por esa hendidura que nunca le había visto.
   —Iván, no dejés de abrazarme, me hace bien.
   —¿Todavía querés desaparecer?
   —Ahora no, después no sé. No quiero pensar en después, me importa solo lo que me pasa ahora.
   —Y ahora ¿qué es lo que te pasa?
   —No sé. Pero es lindo, Iván, muy lindo. ¿Y a vos?
   —Algo que quisiera que no se termine. Quiero decir que este momento sea interminable. Que nos quedemos así para siempre. 
   —¿Por qué?
   —Porque tengo miedo, Lore.
   —¿Miedo a qué?
   —Estoy pensando en qué puede pasar más tarde, después de ahora, en un rato.  
   Cuando Tilo dice eso, Lorena lo quiere sentir más cerca, piensa que los sentimientos de Iván se le escapan. Y se aferra intentando retenerlo. Se siente una adolescente como él. Hace un rato se encontraba desolada y ahora no desea desprenderse del abrazo. Le pone la mano sobre la boca, no desea que hable. Luego lo toma del brazo, le propone ir al hotel de la cortada que está a unos metros de aquí, suficientemente alejado de Trópico para que el polaco no se entere.
   Tilo es el que pide la habitación.

   Cuando cubre la amplia laguna de los pensamientos, la escarcha se transforma rápidamente, es sensible a los cambios emocionales, la fragilidad desaparece. Si algo similar al amor asoma tal cual lo hace un sol de otro firmamento, los hilos de agua corren, luego mojan como un perfume volátil que desaparece y, más tarde, se transmutan en hebras de nubes que alimentan el cielo límpido de la memoria para que nunca se olvide el instante de su creación.

   Las mejores imágenes que conserva de aquella habitación son la de Lorena desnuda cruzando una pierna sobre su cuerpo largo tendido de espaldas en el lecho, a horcajadas. La ve descendiendo y ascendiendo, mientras su sexo se entibia, en movimientos suaves, emitiendo gemidos, los cuales no pueden ser contados, ni enumerados, acontecimientos aislados en un todo interminable. Entregada al deseo, con la vista perdida, sus brazos rectos, sus pechos blancos balanceándose como frutos maduros, sus palmas cargando el peso sobre él, jadeando, la melena larga cayendo en cascada, y, ambos, alcanzando el éxtasis, y ella, por fin rendida, tendida sobre él, con su mano pequeña acariciando su cuello con suavidad, en un movimiento que le parece interminable. Lorena, por siempre Lorena.
   Antes de salir Tilo le dice al rostro del conserje que lo mira con curiosidad a través de la ventanilla de la entrada: «Tano, vos no nos viste, ni a ella ni a mí, nunca estuvimos acá ¿entendés lo que te quiero decir?» Y el dueño del hotel alojamiento asiente con la cabeza, aprecia al muchacho y no quiere tener problemas con el polaco.
   Salen y cuando llegan a la esquina se corta la corriente eléctrica, la calle se queda a oscuras. 
   Los dos se miran bajo la tenue luz de la luna y no dudan. Tienen que volver antes de que el polaco se entere que no están en el club y tiene que ser rápido. A un par de cuadras se encuentra Trópico, en la primera corren y luego, la última la hacen caminando, tratando de componerse. Ella, afortunadamente, se ha maquillado en la habitación del hotel. Entran por separado, él lo hace un rato después.
   Han puesto candiles en las mesas reemplazando las lámparas. El polaco está en el salón buscándolo a Tilo.
   —¿Dónde te metiste pibe, que no te encontraba? Nos cortaron la luz.
   —Vengo de ver cómo solucionar la iluminación de los baños. Ya le di instrucciones a los muchachos de seguridad.
   —Bueno, entonces yo voy a buscar a la gente de mantenimiento, necesitamos que pongan el grupo electrógeno en marcha —le dice, y luego se aleja hasta desaparecer por la puerta del fondo.
   Tilo se acerca a la barra, se sienta y se da vuelta buscando con la vista a Lorena, mirando de reojo hacia la penumbra que cubre los espacios entre las mesas. Todavía está en una nube de emociones que no le permiten bajar completamente a la realidad. No puede sosegar, aún, los latidos apresurados de su corazón.

   La escarcha envidia al rocío porque es el paradigma de la alegría, porque besa los pétalos de las rosas y libera el aroma de los jazmines en verano. Es un duende enamoradizo, alegre, le gusta ser el prisma especular que despliega colores, ni bien un rayo de luna alcanza su esfera, brillante como una gota de mercurio.

   Tilo ahora la ve tenuemente iluminada en la penumbra. Viene del fondo del salón, pasa por la mesa, toma la cartera y se dirige al centro del local buscando la salida para irse.

   Cuando la escarcha duele, hay que retirar la vista. El daño que provoca a la visión es irreparable al contacto con sus aristas filosas y frías. Una gota de ácido es menos temible. Pero algunos, sobre todo los inocentes, se atreven a sostenerle la mirada.

   Iván sale detrás de ella, y ya en la calle la llama. Ella se detiene. Él se acerca, le pregunta. Hay frases, explicaciones, pedidos.
   —No te podés ir.
   La toma de los brazos, ella está floja, lo deja hacer. No es Lorena, parece una extraña. Sus ojos oscuros lo miran fijo, son dos láminas de acero. Su corazón femenino es un hueco ausente que no late, no hay sonrisa en sus mejillas. Tilo se inclina para darle un beso. Ella le coloca la punta de un dedo en el pecho y lo detiene.

   La escarcha es algo que se renueva en la naturaleza, vuelve en la estación de los fríos, cuando las sombras lo van invadiendo todo, de nuevo, se empieza a formar lentamente, y si hay luna, su conquista es infalible y su arma mejor es la tristeza.

   —Escuchame —su voz es fría, dulce y firme—. Hoy no estuve con ningún cliente, solo vine a despedirme de vos. Fue la noche más hermosa de mi vida. Te di lo mejor que tengo sin tener que fingir nada, quiero que te lo guardes como el mejor recuerdo de mí. Apenas sé escribir, no pretendas que te deje una carta. Ahora cada uno hace su camino. Vos vas a entrar por esa puerta por dónde saliste. Ahí está tu futuro, sos joven e inteligente —se lleva un índice a la sien—. Yo ya estoy vieja, las pibas hacen mejor este trabajo, lo mejor es que nos separemos y, también, lo menos doloroso para vos. No te vas a dar vuelta, no tenés que mirar cuando me esté yendo. No me busques. Andate vos primero. Las despedidas no deben ser largas.

   La escarcha es una capa delgada que cubre la superficie líquida, agua dura sobre el agua blanda bajo la luz de la luna. Es tan débil su consistencia que una leve presión la puede romper. Si no aparece la fuerza que se hinque los dos elementos quedan separados inevitablemente.

   Tilo la ha escuchado mudo, la entiende, le cuesta mucho, pero comprende. Se pone las manos en los bolsillos. Se da vuelta y comienza a caminar. Es un metro ochenta de carne y huesos, un muñeco con la mente de trapo que obedece. No piensa. Es demasiado dolor. Tiene un adoquín en cada pie, una varilla de acero de tres pulgadas de diámetro le envara la espalda, un trozo de hielo le pesa sobre los párpados, la puerta acristalada de Trópico está demasiado lejos, el tiempo se detiene. Se siente vacío. Por primera vez no sabe dónde podría esconderse.

   El tiempo tiene mucha paciencia. La noche es larga y mantiene la vigilia mientras se engorda el espesor de la escarcha. Con el guante puesto es sencillo asirla con cuidado sin derretirla y, a veces, si se la quiere quebrar, se resiste a tal punto que daña la piel de la mano desnuda, produce el corte y la sangre brota en calientes gotas escarlatas.

   Lorena, impasible, gira hacia el lado opuesto, se sube las solapas del abrigo, se acomoda la cartera sobre el hombro y comienza a caminar despacio y segura. Tilo tiene que hacerse hombre. Ha visto tantos con su mismo pesar. Este chico la enternece, ha sido una perla en su vida miserable. 
   Recuerda sin querer los tiempos de su infancia desgraciada, la casa de chapa, el gallinero sobre el arroyo pestilente que atravesaba el barrio, los perros hambrientos, el olor insoportable del agua estancada, los chicos descalzos, los disparos en la sombra. 
   Está cansada, ha tomado una decisión importante. No va a venir nunca más por aquí, a prostituirse. Va a cambiar de profesión. Solo desea llegar a la pieza que alquila en la pensión, darse un baño y dormir. Mañana va a pensar en un nuevo rumbo. Tal vez lo mejor sería aceptar el ofrecimiento de su hermana para ayudarla en la peluquería. Ahí no es necesario saber escribir. 
   Se promete que va a ir a buscar trabajo a cualquier parte, pero aquí, seguro que no volverá. Por un momento siente que va a extrañar a este chico pecoso, un nudo de congoja le obstruye la garganta. Se pasa una mano por el pelo, alza más la cabeza y sigue. Quiere pensar en algo lindo y no recuerda nada que no sea la cara triste de Tilo.

   La escarcha tiene latidos infinitos, nunca termina su trabajo, se congela y se deshiela. Es milenaria su tarea. Los hombres y las mujeres con sus amores vanos, endebles, le indican el paso de sus transformaciones.

   Un ángel, el mismo que los vio en la cortada, desde lo alto del universo, ve las dos pequeñas motas, que ahora se alejan una de la otra, dos almas desoladas en esta ciudad inmensa, a punto de despertar, ajena a este drama irreparable. No puede hacer nada, deben salvarse solos. La claridad del incipiente amanecer se está asomando por los contornos de los edificios del Bajo, pronto eclipsará todas las tragedias nocturnas y evaporará la humedad de todos los ojos.
   Tilo alcanza la puerta de entrada de Trópico.

   La escarcha de la noche se desvanece, pierde sus contornos. Los incipientes rayos de sol están por culminar la tarea. Las últimas lágrimas de agua fría resbalan hacia el vacío. No se escuchan otros crujidos y desaparece por completo todo vestigio de su presencia. La soledad, una vez más, avanza, y comienza a abarcarlo todo.


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lunes, 8 de mayo de 2017

La Pachamama

   Me pregunto si te duele.
   Cholita del norte jujeño. Kolla que moras en las alturas de la puna argentina y llevas en tu quena de maíz el dolor de tus ancestros. No te mires las carnes rotas de tus dedos ni tu mano curtida entintada en púrpura, casi granate. Anoche te has abierto heridas de tanto palo golpeado sobre el aro del bombo, de tanto baquetear tu caja chayera para acompasar la tristeza de las bagualas.
   Has venido de tu pobre rancho de adobe, reclinado en la ladera del cerro árido. Has emprendido el viaje por el solitario sendero señalado con una hilera interminable y sinuosa de cantos minerales, que se pierde, más allá de la loma gigantesca. Y hoy estás de nuevo aquí para otro día de festejos. 
   Siente que eres parte del astro brillando en lo alto. Este sol que castiga sin piedad, que deja árida la tierra, que dibuja grietas moradas en los terrones secos. 
   Así, erguida sobre tus pies anchos, imagina el espíritu de las montañas rojas de Purmamarca. Vigila atenta la quebrada del altiplano, en donde están dormidas las arenas milenarias. Huele el camino de los zorros buscando la carroña. Advierte el vuelo circular de los caranchos sobre el cielo transparente donde navegan los astros. Observa con tus ojos pequeños la inmensidad del paisaje, los picos nevados. Aquí donde los vientos erosionan los precipicios, y liman los bordes filosos de las cimas andinas. Porque tú eres polvo, residuo de la roca que se astilla bajo el inferno ardiente de los días, y, además, crujes al contacto de las lágrimas que se escarchan en la noche.
   Eres hierba también, arbusto achaparrado soportando la sequía que se prolonga por la vastedad de estos lares, a pesar de las plegarias de las coplas que lloran pidiendo por la bendición de la lluvia. Eres cactus que conserva bajo sus espinas algo de savia para aliviar la sed. Serás licor de beber, cuando se sequen los hilos cristalinos del llanto precario de la nieve, que baja escaso, serpenteando entre los guijarros sueltos de la cumbre.
   ¡Ríe contenta!, celebrando el Carnaval. Abre huecos en el piso donde pondrás la ofrenda. Aquieta el apetito de la diosa totémica que albergas en tu prosapia incaica. Embriágate y riega con chicha. Pero no lo hagas sola, deja que el rito te lleve. Funde la plata cósmica del alcohol con tus hermanos y hermanas. Hazlo en esta fiesta pagana, siendo parte del humo mágico de la primitiva cosmogonía. 
   La Pachamama siempre ha estado aquí. Desde el inicio de los tiempos ha ordenado los ciclos de la luna, los que le sacan los brotes a las papas que tú siembras. Ella conoce el calendario que marca los solsticios que determinaron los sabios del Cuzco. Su piel antigua es el suelo que pisas, que se arruga en los desfiladeros infinitos, y, además, es el aire leve que respiras en estos parajes desolados, todo es parte de su esencia sideral. 
   Mueve tu falda azul en la gala, al son de los rebotes de las tripas de la chirlera. Luce con gracia el poncho de pelo de vicuña. Es bonito, con la trama en verde, rojo y amarillo que le copias a tus cerros. ¡Sonríe, coqueta!, que te has sacado el sombrero oscuro de alas anchas y te has puesto el gorro chullo, tejido con lana de alpaca, para proteger las orejas de los fríos de este páramo. Enseña este arte a tu pequeña, a la que has parido de pie sin un lamento, y le has dado de tomar leche de cabra. 
   Mira la gente, tus comadres aquí reunidas. Te han convidado con platos exquisitos de carne de guanaco. Hoy no mastiques hojas de coca, no urge mitigar el hambre, el odre de tu estómago no está reseco, no se quiebra por falta de alimento, eso aquí sobra. No pienses en las llamas que has dejado paciendo, libradas al acecho feroz del puma, esconde tu cabeza en la madriguera, como el quirquincho, y que no se abrume tu corazón. Siente el llamado diaguita, aimara, que te corre todavía por las venas.
   ¡Sale a bailar!, porque hay música y canto, danza y disfraces, velas, incienso y olor a humo. Festeja la vida de los atareados. Desde las sombras, enterrados, observan los difuntos. ¡Ríe!, entre todos van a desenterrar al diablo en la fiesta. Él se va a presentar con cuernos rojos, con capa brillante de espejitos, lentejuelas y cascabeles. Mostrará su disfraz en las vueltas y el agitar de pañuelos de la cueca, sin dormir, durante nueve noches seguidas.
   Golpea el bombo con alegría hasta sacar la sangre por tu piel. Con fuerza, pero sin odio, porque no conoces esa palabra, no está en tu lengua quechua. Inunda la memoria de tu origen Tilcara —al oír los sonidos dulces del sikus—, cuando mires las manchas escarlatas que salpican el cuero de tu instrumento. Oye la voz sabia del chamán —entre los sonoros bajos del erke—, que lleva la historia de tu pueblo en la cabeza.
   Recuerda que dijo: «Primero el Inca depositó su imperio gigante sobre la espalda de tu estirpe, y luego llegó la ferocidad de los hombres blancos de saetas largas y ropas de metal». Y no te olvides que te contó cómo vinieron con escopetas que escupían fuego, con arcabuces, cómo desplazaron a niños y ancianos con sus manos de hierro, de qué modo dejaron a los moribundos vertiendo líquido rojo, el vino tibio que fue alimento de la madre tierra.
   ¡Ay… cholita! Trajeron un Dios blanco para poner dentro de las cabezas curtidas de tu gente. Y, no han podido. Las osamentas de tus muertos han vuelto a la Pachamama, al calor de su hogar, que es esta cordillera que pisas.
   Me pregunto si te acuerdas de esto, cuando te veo tocar ese parche. No sé si tu hembra madre se manifiesta con el kununuy, el temblor con fuerte ruido que agita la lava de los volcanes, no sé si tu diosa sigue enfurecida por todo lo que le ha pasado a tu pueblo.

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sábado, 29 de abril de 2017

Detrás de la puerta estaba su madre

   Tilo tiene 33 años. Todo el día de ayer lo asediaron los recuerdos de la noche en que se fue su madre, cuando él era niño aún. Hoy ha escrito estas líneas, para que no se escapen, en su cuaderno de Tapas Duras.

Abril 2017

   Un niño de cinco años, flaco, desgarbado, duerme plácidamente. Un manojo de cabellos pelirrojos, casi del color de las zanahorias, le cubre la cabeza. Las pecas color canela le tapizan todo el cuerpo salvo las palmas de las manos y las plantas de los pies. 
   Está acostado, soñando en su universo. Siente que las estrellas del cielo le iluminan las pestañas cerradas y, que, el aire nocturno despide un fuerte aroma a jazmines. Su madre le acaricia la espalda. Lo toma del hombro. Él quiere darse vuelta, pero no puede, algo se lo impide. La leve presión de las yemas femeninas sobre su piel le resulta agradable.
   El tiempo onírico no tiene medida. Es un brujo secular de barbas largas y blancas. Esconde la magia entre las hojas milenarias de los campos de maíz. Puede durar una eternidad. A veces su paso es tan lento que parece una larga travesía hasta la cumbre de la montaña. A veces viaja tan rápido como el dolor de una espina hincada en el nervio del codo. 
   El chico escucha sonidos lejanos y entonces se despierta. Abre los ojos, los párpados le raspan, parece que tuviera finos granos de arena ocultos debajo de ellos. Despega apenas la cabeza de la almohada rota y advierte que su cuerpo reposa en la cama de flejes oxidados. La reconoce porque con un pequeño movimiento, el esqueleto metálico ha lanzado un chillido, una queja. La pobre está un poco renga, le ha puesto dos ladrillos debajo de una pata y, de ese modo, le permite recostar la vejez de los hierros contra los revoques flojos, para no perder el equilibrio.
   Después que pulsa la perilla colgada al lado suyo, la lamparita de luz mortecina se enciende. Los dos cables que la sostienen se enroscan en un clavo largo, puesto torcido en la pared, por encima de la precaria mesa de noche. Sus pupilas se dilatan al disiparse la oscuridad de la pieza.
   Siente un escozor en los dedos. Saca un brazo fuera de las sábanas y acerca la mano a la cara. La mira de cerca arrugando las cejas y ve las yemas teñidas de verde. Le arden, es de tanto sostener los ramitos de violetas que vendió anoche.
   Afuera está lloviendo a cántaros. Escucha el furioso repiquetear del agua sobre el tinglado metálico del precario dormitorio. Miles de trocitos de cristal en una sinfonía endiablada quieren perforar el techo de la casa humilde donde vive. Aquí adentro una gota reiterada cae vertical y golpea como un martillo la lata que puso al pie de la cama. 
   Un olor nauseabundo le impregna la nariz. Viene del retrete, de afuera. Entra por el vidrio roto de la ventana del cuarto. Alguien ha dejado abierta la puerta de madera desvencijada del baño exterior. Desde aquí adentro escucha los sacudones de las bisagras, chirriando, con los embates de las ráfagas de viento y de agua, desguarnecidas, huérfanas, en medio de la tormenta.
   Un hilo de mercurio, delgado, le corre por la espina dorsal cuando ve la abertura enorme de la pieza. Hay olor a humo, sale del brasero de carbones apagados de esa especie de salamandra, que está al costado, con los tubos oxidado de hollines, tiznados, que primero ascienden y luego viborean entre los travesaños del techo, y se escapan por la pared, en un hueco hecho al desgano, hacia afuera.
   Se incorpora y ve que la habitación fría, con la pintura descascarada, es enorme. Antes de dormirse era normal, ahora ha crecido cinco veces. El lecho también ha aumentado de tamaño y su cuerpo es una nube diminuta, perdida entre las sábanas rotas. Los tirantes que sostienen el techo endeble de chapas acanaladas tiemblan, encastrados en la parte superior de los muros, parecen los tallos de las totoras cuando las castiga el granizo. 
   Le cuesta salir por debajo de la frazada que lo tapa. Es muy pesada. La distancia al borde del colchón es infinita. La cama es enorme, tan alta como él. Se arrima a la orilla y colgado de un pliegue de la sábana puede bajar. Cuando sus pies descalzos hacen contacto en el suelo de cemento, advierte que tiene la almohada a la altura de sus ojos. Mira en derredor. Ahora ve bien, ya no hay penumbra, su pequeñez lo abruma en este enorme espacio, el techo es un cielo inalcanzable. 
   El cono amarillo lo ilumina. Su sombra se agiganta hasta el espanto. El dibujo geométrico comienza en sus talones, continúa por el piso, se quiebra hacia arriba sobre la pared descascarada, y, al fin, termina en una mancha redonda, un círculo oscuro junto al techo. Es la figura de un muñeco tenebroso en la pobreza de la alcoba gigantesca.
   Oye voces lejanas en la otra habitación y quiere saber que dicen. Camina hacia la entrada. Ha tenido que dar cien pasos para llegar. Apoya el oído y escucha a través de las tablas macizas.
   Desprotegido, desamparado, más aún que las aves. La tersura de su piel es un plumón de ángel casi desnudo, solo tiene puesto el calzoncillo. Frota brazos y piernas para que le circule rápido la sangre. El cuarto colosal le hiela el candor de su ternura. No puede abrir la puerta, no alcanza al picaporte, inaccesible como una cumbre. Se estira hacia arriba en puntas de pies y ni siquiera así llega. Todo es gigantesco, o acaso, él se ha vuelto muy pequeño. Encoge las rodillas, toma impulso y salta, pero ni aun así llega al ojo de la cerradura. No entiende que ha pasado con el tamaño de las cosas. Es apenas una pequeña ardilla en este enorme dormitorio. Lo sorprende el terror de esta transformación, la soledad lo invade, tiene miedo.
   Escucha la voz de su madre. Quiere ir con ella. De este lado, encerrado, angustiado, apoya un hombro contra la puerta, quiebra una pierna y hace fuerza con la otra apretándose contra las tablas en un ademán inútil para abrir.
   Un hueco en el interior lo muerde como un perro hambriento. No comprende qué le pasa, la impotencia infantil le encoge el alma, con un gesto inocente se toca sus costillas. No palpa sus latidos, son tambores ausentes. Piensa que el corazón es un trozo de piedra seca, dura, sin vida. Se pregunta si esto es la muerte, eso a lo que temen a los mayores. Se aleja al rincón más oscuro de la pieza, está asustado. Hace un ovillo con sus brazos y queda en posición fetal, tiene el tamaño de una hendija. Se tapa los oídos, pero sigue escuchando, lejana, la voz de su madre que permanece al otro lado.
   Se levanta y decide hacer el primer intento. Va rápido hasta la puerta infranqueable. Transpira, los arroyos de sudor le bajan desde las sienes. Alrededor de sus pies hay un charco que crece cada vez más. Le parece que se puede hundir en él, hasta desaparecer, siente que es un ancla de hierro de mil toneladas en medio del océano. 
   Antes quiere tener noción de la medida. Apoya un talón en la parte inferior del marco y camina hasta que la punta del pie llega al otro marco. Veinte pasos. Alza la cabeza. Tendría que ser muchas veces más alto de lo que es para llegar a tocar el dintel. Entonces se sostiene con las piernas abiertas frente a la abertura, apoya una mano, y comienza a golpear con los nudillos de la otra. Los impactos son débiles, parecen el aleteo de una calandria, no le arrancan ni un pobre sonido a las tablas gruesas de cedro. 
   Entonces se le ocurre gritar, es imperioso que ella lo escuche, pero ni siquiera un mísero susurro le sale por la garganta. Abre la boca, no puede emitir sonido, ha quedado mudo. Aunque lo gana la desesperación, pone empeño. Ahora lo hace con ímpetu, con el puño cerrado, como si fuese un martillo. Toma impulso en cada choque, uno detrás del otro hasta que se cansa. Hace un alto mientras jadea. El aliento se le congela en el aire de la pieza. Ha dejado de llover, el tiempo ha pasado del llanto a la tristeza. Escucha el tintineo familiar de los collares de su madre, ella pone y saca cajas y frascos en la cartera. Son los elementos que utiliza en el maquillaje. El ruido del taconeo le llega nítido, la imagina caminando de un lado a otro, preparándose para irse. ¿No lo va a llevar con ella? 
   Se acerca a la cama y se viste apresurado. Quiere estar listo cuánto antes. Vuelve a la puerta rugosa y, ahora, con los dos puños cerrados, con más violencia que antes, renueva sus golpes, con toda la furia que le demanda la prisa, pero siente que no provoca ningún sonido que se escuche del otro lado. 
   Y ella, con manos ágiles, apresuradas, desenrosca el cartucho del lápiz de labios. Y frente al espejo los pinta con carmín. Primero el superior y luego el inferior.
   De este lado, mientras tanto, él intenta el grito supremo, el más imponente que pueda salirle de la garganta para atravesar la maldita puerta. Abre la boca todo lo que puede, aspira inflando el tórax hasta las costillas y descarga todo el aire de sus pulmones hasta el último aliento. Y, a pesar de todo el esfuerzo, no logra más que un débil sonido que queda encerrado en la precariedad de la pieza y en la soledad de su desamparo.
   Ha hecho un gran desgaste y se ha agotado, pero sigue atento a lo que ocurre al otro lado. Acerca despacio su cara y de costado apoya el oído contra la madera. 
   Su madre suspira. Se pasa el dedo meñique, quita el exceso de color de las comisuras, mira el rostro joven en el espejo, ahora de este costado y luego del otro, ordena un poco los cabellos que caen sobre la frente, y guarda el cartucho en la cartera. 
   Él se desespera, impotente, y ensaya la última alternativa. Con el brazo derecho en alto, golpea con la suela de la zapatilla una vez, dos veces, cinco veces, diez, hasta que le duele la mano. El corazón le late fuerte, respira agitado para tomar más aire y comienza a patear. Se lastima los dedos en el intento de llamar la atención, pero no le importa. Se calza de nuevo la zapatilla y patea ahora con las dos piernas en forma alternada, ya descontrolado. La puerta parece tabicada, amurada en la pared, parece un bloque de hormigón. No deja de pegar, aunque empiezan a dolerle todos los huesos. 
   Lo gana completamente la rabia, machaca también con la cabeza, con los codos, con las rodillas. Ya le asoman llagas en la piel, el líquido rojo le mancha las muñecas y tiñe las vetas de las tablas que lo mantienen en este encierro horroroso, pero no se detiene. Mientras descarga la artillería final de sus golpes, oye que su madre sale de la casa. Se ha ido. 
   Ahora sí, empieza a perder sentido seguir aporreando este bloque de madera impenetrable. Entonces, lo gana primero la congoja, luego la tristeza, gime primero, luego llora en silencio. Apoyado de espaldas, deja resbalar el cuerpo, sin fuerzas, sobre la puerta, hay más heridas que lo lastiman por dentro que por fuera. Queda sentado en el piso con las lágrimas en los ojos. Está desconsolado. Tiene las piernas encogidas, el rostro escondido entre ellas. Parece un gorrión mojado en esta habitación inabarcable, húmeda, fría, grande y desolada. Y él ahí, tan insignificante, tan mínimo, pensando en su madre. 

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viernes, 21 de abril de 2017

Después del temblor

   Estoy sentado. El lápiz de punta aguda está vertical. Es una saeta que se hinca en el papel, y yo, volando con mis razones moribundas por no sé qué firmamentos, estoy con la cabeza tumbada sobre la mesa. Apesadumbrado.
   Tengo el índice de mi mano derecha con la yema apoyada sobre el otro extremo del prisma largo de madera pintada de verde. Esbelto como un suspiro. 
   Quiero captar tu figura entre las tantas, bonitas, hermosas, que danzan entre mis sienes. Pero me es esquiva. Aún es un óvalo inclinado transparente, no aparece tu sonrisa todavía. Los deseos de mi corazón moran entre los huecos del ala de una gaviota. Intentaré, si es posible, pensar en que no son los dolores del mundo que te sostienen, ausente, entre las nubes, flotando sobre el mar. Te extraño.
   Ahora imagino. Tu timidez está agazapada, más allá de las sombras de las rejas de mi cárcel. Son tantos y tan gruesos los barrotes. No me dejan escapar de mi tormento. Este recinto en penumbras, mi alma, ha quedado aislado, atrapado en la oscuridad de mi desesperanza. ¿Qué me ha pasado? Estoy en el fondo del túnel de mis pensamientos más sombríos. 
   Y tú, pienso, te mantienes alegre, esperando afuera. Los rayos del sol iluminan tu rostro. Yo muerdo un dolor que espero no te hiera. El aire hace ondear tu vestido. Viene de las profundidades del océano. Es apenas una brisa, acaricia tus cabellos oscuros, no más que eso mantiene a salvo tu alborozo.
   En cambio, yo, que he percibido el temblor, tengo miedo. Y eso me paraliza el juicio.
   El lápiz ha rodado hasta el borde de la hoja. Acaricio la superficie blanquecina del papel antes de derramar en él la amargura que me atraviesa. Escribiré rápido con letras garrapateadas, sin corregir. Así no me atormentará.
   Ahora vienes de la sal y puedo escuchar tu voz serena. Pienso que va a ser diferente. Aunque esté, todavía, aquí recluido, en la humedad de mi celda propia, por lo menos ya me he incorporado, solo con suponer la gratitud de tu presencia. Quiero oír un poco más. Tu canción llega desde muy lejos. 
   Tus latidos vienen en mi ayuda. Seguiré las órdenes de tu interior. Eres un astro inasible, estás tan alta, es difícil verte claramente. Te pido que la caricia de tu ternura pase por mi encierro. Intenta librarme del sitio en que me encuentro hacinado, como un esclavo, en el vientre de la nave que surca las aguas de mi Aqueronte.
   Pronto te podré tocar. Tu calor hará bien a mis huesos congelados. Se equivoca quien piensa que las estrellas son de hielo. Ellas titilan porque está frío el piélago oscuro donde flotan tímidas. Son ardientes soles, lejanos. De ese mismo modo tu sonrisa es inalcanzable, por ahora. Sospecho que es aquella pequeña de la cual sale ese mortecino resplandor. 
   Por favor, acércate un poco más. Quiero recibir tu aliento. Necesito salir de este encierro inhumano. Me lo he impuesto yo, pero ya no lo soporto. El estampido lo ha movido todo, después el horror ha dejado su mensaje. 
   Es suficiente con tener cerca tu transparencia, como esos peces de aguas profundas. Es grato ver como casi se confunden con el líquido, como logran la levedad de las medusas, poseen escamas tan delgadas que permiten ver las plantas marinas a través de sus cuerpos. Esa es la claridad que anhelo. 
   Preciso que se desvanezca esta montaña de angustia. Me tiene atrapado. Es porque he visto al monstruo, esa bomba poderosa, llegar volando. Tú me comprendes. Mi ánimo ha percibido que todo ha temblado bajo la señal. Cayó desde lo alto y me he derrumbado. Pero con tu ayuda saldré de este infierno atroz, de mi congoja, de este padecimiento por el odio que se anuncia.
   Eres una mujer encantadora, dulce, tierna. Continúa hablando. Es menester que todo el pesar se disipe de mi alma y las sombras del mal se alejen espantadas a otro sitio. No puedo vivir sin ti, me hace falta tu esperanza. Haz como siempre, levántate y ve a la playa. Debes disponer los alimentos y los brebajes. Nos espera el desayuno de la vida de un nuevo día para abrir el cielo de la ilusión. Tú que tienes amor por los detalles, lo estás haciendo bien, no te detengas, acomoda los platos en la mesa celestial para que estén en el lugar correcto. Sabré esperar, el estruendo ha pasado, me ha dejado mudo, en el fondo de esta cueva que he cavado dentro mío.
   Por fin, después del triste suceso, nos vamos a ver. El viento, las olas, tu optimismo puro, están despejando la oscuridad que he padecido. Ya verás, el miedo ha caído desde arriba y, con el tiempo se escurrirá. El humo se disipará en hebras. Quiero creer que ahí terminó todo. Que no habrá más.
   Y los nuevos tiempos serán diferentes. Oiremos el soplo de la confianza. Ya no escucharemos los golpes de los cascos sobre el empedrado, los gritos. No veremos huir a ninguna muchedumbre despavorida. Deberemos apartar la vista, si vemos al engendro que cuida la entrada con el sombrero negro hundido hasta los hombros, porque será un engaño, una alucinación.
   Pensaremos en nada. Solos tú y yo. Hasta que abandonen sus armas. No nos preocupemos si quedan filos o espinas, o tubos que escupen fuego, nos esconderemos detrás de las ochavas. Nos ocultaremos al paso de los uniformes. Sentados, tratemos de mirar el agua cantarina de los ríos. De ese modo no veremos pasar las sombras de los cuerpos desfilando al compás de los tacos de sus botas. No harán más daño.
   Cuando todo haya pasado, después del horror, la alegría nos invadirá el alma, y yo te acariciaré las mejillas antes de que se precipite y caiga de las comisuras de tus labios. Reiremos al final, después del pánico, cuando se acaben los murmullos, y los choques de los vasos, donde los hombres de hierro han brindado con sus vinos de sangre.
   Luego, yo te prometo, que un brazo mío te rodeará la cintura con firmeza y te llegarán mis besos. Solo los cascabeles de tu risa se irán por los confines de la tierra sin fronteras. Habrá alboroto entre las hadas cuando me mire en tus ojos. Los mensajeros ya se habrán ido, esos heraldos negros que anteceden a la muerte. Las espadas y las barras de las rejas de las prisiones callarán sus chirridos oxidados. Nuestro sitio será un cobijo para los dos en esos nuevos días de gloria. Podremos escuchar nuestros gritos de felicidad. Serán tan agudos que van a ensordecer al viento.
   Los gusanos del mal que han venido a perturbar la vida, desaparecerán. Nadie se quedará encerrado en cavernas subterráneas. Como yo, ninguno permanecerá dormido cuando salga del agujero. La brisa helada y los pájaros brunos estarán muertos. Nacerán nuevas aves blancas y el aire será cálido.
   Ya no habrá cascos ni despeñaderos. Los árboles escarchados y los edificios derruidos habrán formado solo parte de un sueño olvidado. Tus mejillas van a iluminar mi cielo como un pábilo candente. La lumbre agradecida aquietará las sombras y las espantará para siempre. Solo tendremos el brillo rutilante del sol. Y habrá una sinfonía. Tu canto musical, que es incapaz de lastimar, me envolverá suave. La tela de tu vestido me acariciará la piel cuarteada por la pena.
   Dime que sí, que tú también ves lo mismo en el futuro. Es una fuente, gorgotea agua entre los brazos de las ninfas. El trueno anida en los recuerdos morbosos. Y ahora vemos la alegría infinita de cien soles suspendidos en la profundidad de la bóveda celeste. Es tu voz, me reclama, es el sonido de tus palabras que se despliega de tu sonrisa lo que me sosiega y me trae la calma.
   Y porque así me lo haces sentir me siento libre. Entonces, tomo el lápiz entre mis dedos, las cosas se ordenan en mi cerebro y comienzo a escribir sin que me tiemble el pulso. Mi corazón se está calentando y dentro de poco empezaré a escuchar sus latidos con más fuerza.

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domingo, 9 de abril de 2017

El llamado del crepúsculo

   La casa de Victoria está en medio de esta especie de bosque que llega casi hasta la costa, rodeada de árboles. Es una vivienda amplia, tiene mucho espacio, demasiado, porque en este último mes se ha vaciado de golpe. Su marido ha fallecido, nunca regresó con vida al hogar. 
   El día de su muerte le avisaron con un llamado telefónico breve y, ella fue sola, a buscarlo, y disponer los arreglos del funeral. Cuando lo vio, él ya había partido para siempre, no pudo despedirse, todo fue tan rápido. Ella no estuvo presente cuando él cerró los ojos, ese fue el comienzo del tránsito hacia la profundidad de su pena. 
   A veces la tristeza la invade y, en esta tarde lo recuerda, una vez más. Una saeta le atraviesa el pecho sin volcar una gota de sangre, el dolor surge, asciende y, le arde, entre los retazos revueltos de su alma quebrantada.
   Victoria ama la vida, es un canto al optimismo, da muestras de ello cuando sonríe. Todo el rostro se le ilumina, es una estrella con luz propia. Pero a veces, tiene su día triste. 
   Va hacia la cama de su dormitorio, se sienta, mira el piso y al rato va a la cocina. No sabe qué hacer. Calienta agua para el mate, lo sirve y se queda con él entre las manos, pensando, en el silencio quieto de la sala. Pasa un rato, lo deja sobre la mesa, se levanta y se asoma al balcón. Apoya la palma de sus manos sobre la baranda de hierro y observa el vuelo de los halconcitos blancos, el canto breve de los chorlitos, ve a una pardela en lo alto, que da vueltas, buscando la brisa adecuada que la devuelva al mar. 
   Recuerda que en otoño salía con él a buscar las frutas caídas al pie de los castaños. En verano se alejaban juntos por la hierba, atravesando el arroyo, más allá de la noria, hacia la costa. A ambos les gustaba mirar hacia la inmensidad del agua. Como un par de gaviotas solitarias tomadas de la mano, eran un punto apenas, en el amplio desierto de arena de la bahía curvada de Playa Honda.
   «¿De qué manera podré seguir viviendo?», se pregunta, mirando al cielo, rastreando con sus ojos para descubrir su figura en algún lugar del inmenso universo. Sin él, cualquier camino le parece un destino inseguro.
   Aspira profundo, no tiene con quién hablar en esta ausencia que la invade por dentro y por fuera, en esta tarde apacible, frente a la arboleda que se extiende ante ella. 
   El sol está bajando por la espalda de la vivienda, la tarde está cayendo, se filtran los haces luminosos entre las hojas del follaje. Una bruma rosada peina lar ramas más altas de las copas frondosas de los árboles de este pequeño bosque. ¡Cuántas veces han visto, juntos, este paisaje desde aquí!, con el mar de fondo, que se divisa bajando la barranca, más allá de los bordes rocosos de la Isla de Flores, cascados, salpicados por esquirlas de espuma blanca. El rumor de las olas, lejano, habla por encima del murmullo de esta fronda que se hamaca con la brisa suave, húmeda, que llega desde el océano. Algunas hojas ya comienzan a mudar hacia los tonos canela, el otoño les pinta la piel seca de color marrón, las va endureciendo, las cubre con una costra quebradiza, tapizan el piso como una alfombra mustia, crujen bajo el leve peso de alguna fruta que cae. Hay aroma a flores en el aire.
   Ella va y viene por las habitaciones vacías. El peso de la soledad es un lastre que la abruma. 
   Decide ir hacia Punta Ballena, se deja llevar por un impulso repentino. Toma un abrigo de lana, por las dudas, piensa que cuando anochezca seguro va a refrescar. Coloca las llaves del auto en la cartera, pasa delante del espejo y se demora un poco. Tiene puesta una blusa liviana y unos pantalones claros. Se acomoda la cabellera mirándose de costado. Recuerda. Los brazos fuertes que la envolvían no están, no los ve en el espejo, no le abrigan su cuerpo. Se sentía arropada cuando él le regalaba ese gesto. Falta, aquí, el olor a tabaco y a ron que perfumaban la sala. La tristeza se le arrima al hueco de su corazón, casi nunca la demuestra en la gallardía exterior de su figura, sin embargo, Victoria advierte, ahora, que de la humedad de los ojos algo se desborda y le baja por una de las mejillas. Se pasa un dedo para quitarla y va hacia la puerta. Antes de salir echa una mirada hacia la habitación. Ve el rostro de él en los cuadros colgados en las paredes, en los retratos que tiene sobre los muebles. Eso la apena un poco más, no puede evitar esa congoja. Sale y cierra la puerta.
   Maneja por la carretera de Montevideo hacia el este. Llega por el único camino posible, rodeado de pinos y eucaliptus. De a poco se transforman en arbustos y luego, finalmente, en matas bajas. La ruta asfaltada es ahora un sendero de guijarros. La península es una prolongación del cerro que se adelgaza, parece más angosta con el océano a ambos lados. Se extiende como un muelle que se hunde en el mar, que aquí es un piélago, un estanque inabarcable, una llanura líquida infinita, sin límites, abierta en todas direcciones hasta perderse en el horizonte, y que se hace turbulenta en esta costa agrietada, que ciñe los peñascos por ambos lados, y los bate con furia, con alas de agua que se elevan saltando al pie de este precipicio.
   Se baja del auto. Siente de inmediato el embate de las ráfagas feroces que la empujan desde el sur. Cierra la puerta y, se coloca el abrigo encima de los hombros, sus cabellos se agitan. Se detiene y mira. Está frente a Casa Pueblo, aquí quería llegar.
   Es una casa mediterránea, insólita, enclavada en la desembocadura del Río de la Plata. Es una sucesión de nidos superpuestos, de paredes blancas llenas de ventanas, construida sobre la roca, en la orilla de esta punta que se mete con coraje entre las olas, buscando lo profundo. La construcción parece un animal adherido con tentáculos de hormigón a la piedra, como un manojo de plantas parásitas que resisten los castigos del viento. Es, casi, una edificación con vida, desesperada, a punto de caer por este despeñadero, hincando los dedos entre los intersticios de la pared rugosa, en la soledad del acantilado. 
   Punta ballena es una franja estrecha, es la estribación de la cadena montañosa de Cuchilla Grande, que se aguza, asemejando primero a un brazo, luego una mano y por último un dedo largo con la uña dura que desciende señalando el fondo del océano. Es una puntera rocosa que huye de la orilla. Es un espigón expuesto a los huracanes que lo arañan desde el sur, castigado por el salvaje atropello de las tempestades en los algunos días grises del crudo invierno. 
   La sensación que tienen los navegantes cuando miran hacia aquí, es que el efecto de la presión de los feroces vendavales, han aplastado la nuca del extremo de las montañas hacia abajo, de modo que le han hundido el hocico bajo la marea, este lugar parece el casco de un barco encallado con la proa hundida. Y el líquido salino, en continua agitación le golpea los flancos escarpados, de un lado y del otro, esparciendo penachos de espuma blanca entre las rocas. 
   El océano, aquí es río y es mar, es un mestizo araucano o charrúa que a veces muestra la piel celeste y a veces se pinta de cobre como un lagarto que baja desde las tierras rojas de la provincia de Misiones.
   La temporada ha terminado y casi no hay turistas en Casa Pueblo. El crepúsculo está por declararse en el cielo que se recuesta en la línea difusa de la lejanía. 
   Victoria franquea la entrada del magnífico laberinto. Sube y baja escalones, atraviesa pasillos, pasea por las habitaciones, observa las pinturas que hay sobre las paredes encaladas, los objetos de colores vivos. Una grabación comienza a reproducir la «Ceremonia del Sol», ese bellísimo poema, recitado por el artista que construyó esta mítica casa. Entonces, ella va hacia una de las terrazas techadas que miran hacia el oeste, una en la que no hay nadie, desde aquí ve el horizonte marino. Hay nubes, hebras blancas que esconden la geometría circular que brilla detrás de ellas. El globo solar es una moneda dorada, gigante. 
   En la intimidad de este balcón, ella se atreve a pensar que es allí, en aquel disco de oro donde se encuentra el espíritu de su marido, poderoso, también, como el fuego. Y se anima a sincerar, en su interior, un pensamiento que la estimula, algo que jamás diría en voz alta, pero que palpita en su corazón: «Vengo a ver tu muerte cotidiana, temporaria, es la despedida que te debo. Nuestra cama es demasiado grande para mí sola, está fría y a la noche me desvelo. Voy a venir aquí, de vez en cuando, cuando la soledad se me vuelva insoportable, como hoy.» 
   Victoria escucha la voz del poeta que recita, se arrellana en la silla, se ajusta el abrigo, encoge los hombros y, luego, mientras escucha la voz monótona que recita los versos fabulosos, con las palmas de la mano a los costados del rostro, se recuesta con suavidad apoyando su cuerpo hacia atrás, contra el respaldo. Levanta la frente y, dirige su mirada al globo escarlata que se hunde irremediable. No puede contenerse, los versos que escucha la emocionan, han ablandado la escarcha de su pena. Aparecen dos surcos delgados, casi imperceptibles, por donde le resbalan las lágrimas tenues de la tristeza. Son dos senderos que bajan por la calidez de sus mejillas. 
   Sonríe, ha imaginado que él está ahí, pero sabe que de todos modos seguirá en esa lejanía con los labios mudos, a ella le sigue faltando el sonido de su voz, la armonía de la palabra que se pierde vagando por los cielos. Y entonces, algo insiste, nuevamente, en su interior: «¿De qué manera podré seguir viviendo?», se pregunta. Rastrea con sus ojos para descubrir su figura. Mira al cielo manchado de carmín y granate, quiere verlo, trata de armar su imagen, en el centro de la bola ígnea, que desaparece, lentamente, tragada por el agua. 
   Hoy se ha permitido esta fantasía deliciosa. Su destino se afirma, es éste, deberá llegar aquí de tanto en tanto. Tal vez sea solo un artificio para aliviar su soledad. Pero es suficiente para ella. Aquí podrá venir, a soñar con su compañía, la de él. 
   El viento sigue azotando la casa blanca. Ella quiere que el poema prodigioso no termine nunca y que el globo rojo no se hunda jamás. No quiere despedirse, todavía.

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viernes, 31 de marzo de 2017

El loco de la jaula

Mayo de 1996

   Cuando el cielo de Buenos Aires está cargado de lluvia se lo puede ver llegar al espigón de pescadores de la avenida Costanera. El loco de la jaula aparece, en esta mañana desapacible, envuelto en su impermeable gris gastado. Su nombre es Gabriel. Sostiene por una manija, con su mano derecha, el armazón de alambre cubierto por una funda negra. 
   Viene arrastrando los pies lentamente, cruza la acera salpicando los charcos con sus gordos zapatones, llega a la vereda de la balaustrada y, encara a paso cansino el maderamen de esta estructura que mete las patas en el agua, como un ciempiés fósil oscurecido por el paso de los siglos. Atraviesa el edificio de estilo normando que está en la entrada y luego recorre los doscientos metros de muelle, más o menos, que se hunden en el río marrón.
   Tilo lo observa sentado sobre el muro de hormigón que bordea la calle. Tiene sujetas las rodillas con ambos brazos. Muestra cierto anhelo en los ojos atentos, la ingenuidad le baila en la piel de la frente, sin arrugas, de su rostro pecoso. Está enfundado en una capa larga, de plástico transparente, con un gorro para protegerse de la lluvia. Ha salido temprano de su casilla de la villa 31 para esperar la aparición del loco, estudiar sus movimientos y asistir a la ceremonia. 
   El muchacho debería estar durmiendo en esta mañana de llovizna fría, pero ha venido hasta aquí empujado por su intuición, sabe que hoy es el día en que viene Gabriel ¿Cómo lo sabe? Es un misterio. Percibe que ésta es la oportunidad, el momento exacto en que ocurrirá. Tiene un instinto mágico para intuir el ritual que va a desplegarse ante sus ojos.
   Todavía es un niño de doce años. Es un observador, mira los sucesos, que ocurren en esta ciudad, desde otro lado, se interesa por las historias de los locos, las prostitutas, los cirujas, los vagabundos, los ciegos, los que pintan grafitis por las noches en los muros de la ciudad. Cuando sea grande será un poeta, pero por ahora es un espectador que registra los avatares del azar en la inocencia de su mente. 
   Gabriel se detiene en el espigón desierto, quiebra su cuerpo enorme, se agacha y, deja el bulto sobre los tablones de lapacho. Después se acerca a la baranda y apoya en ella las dos manos para mirar hacia arriba; en esa posición parece un científico o un meteorólogo. Una vez que ha observado en derredor, se vuelve y se coloca en cuclillas, mete la mano debajo de la funda, abre la pequeña puerta de alambre y luego saca con cuidado el cuerpo leve de un gorrión dormido. Lo sostiene en la palma y lo abriga con sus dedos, parece un pichoncito muerto. Dice unas palabras acercando su boca al plumaje gris del pájaro. El aliento del discurso que sale de sus labios se disipa en una mínima neblina. El chico, que lo observa sentado desde la orilla, no puede escuchar los susurros debido a la distancia, todo es calma y sosiego en este instante.
   A veces, piensa Tilo, hay momentos en los cuales el tiempo parece detenerse, las cosas se congelan, el aire se aquieta, ya no hay brisa ni movimiento, toda la escena queda suspendida, es tenue y delicada, el toque de la yema de un dedo podría hacer temblar el universo. Pero a su edad, esto, es más una emoción que lo conmueve, antes que una reflexión de su pensamiento.
   Gabriel tiene la habilidad de hipnotizar a los gorriones, con su mirada azul los adormece en su mano. Es un misterio como hace para tenerlos enjaulados, nadie sabe dónde los caza; estos pajaritos no soportan mucho tiempo el encierro, se mueren en su aislamiento porque son silvestres, el cautiverio es una condena que no pueden sostener. 
   Ahora, solo en el muelle, levanta el cuerpo, se yergue en la tristeza de la tarde desapacible, en la escollera mojada frente al río picado por la brisa e inquieto de olas crispadas. Parado frente a las aguas marrones de cara al cielo plomizo levanta lentamente su mano con la palma hacia arriba, la mueve un poco para despertar al gorrión y este levanta vuelo. 
   Se queda en esa posición mirando el vuelo del pájaro que se aleja más arriba de las gotas que se desprenden de la superficie de las olas, esquivando la garúa vertical que baja trazando líneas en el aire. Está convencido que, por medio de los pájaros, le envía mensajes a su esposa, hace años fallecida. «El espíritu de ella está —piensa—, en parte en las aguas, en parte en tierras lejanas».
   La historia que se conoce en los bodegones del Bajo dice que la esposa era una mujer hermosa, canaria de origen. Su muerte fue una tragedia que él nunca pudo admitir: un accidente de tránsito. Circulaban por este lugar, era un día lluvioso, él manejaba y el auto se estrelló contra la cola de un camión de carga que iba al puerto. Luego todo sucedió muy rápido: las luces intermitentes de la ambulancia, la morgue del hospital, ella con el cuello lacerado por las chapas muriendo en el acto, él reconociendo el cuerpo y, después, la locura, casi un año internado en el psiquiátrico por la tragedia que nunca se perdonó. Ella se merecía otra muerte, hubiese sido mejor que se perdiera en las aguas turquesa que bañan la costa sudeste de su isla natal. 
   María del Pino, su mujer, había nacido en la soleada isla Gran Canaria y hablaba siempre con nostalgia de ese lugar. Desde las ondulaciones sembradas de palmeras de su pueblo llamado Los Corralillos, ubicado por encima del trópico de cáncer, había venido a esta ciudad enorme y húmeda, situada por debajo del trópico de capricornio. Solo él conocía los secretos motivos que la movieron a cambiar de hemisferio buscando este destino. 
   El padre de María había sido pastor trashumante, iba desde Los Corralillos a Cortijo de Pajonales, de octubres a abriles, de inviernos a veranos. Se ausentaba por temporadas. Cuando volvía de sus viajes solitarios, ella se deshacía de alegría, se colgaba de su cuello con sus brazos pequeños, lo adoraba. Su duro oficio le daba mucho tiempo para pensar. Dejaba los animales sueltos en los prados y se sentaba tranquilo a esperar el crepúsculo. Reconocía la ubicación de sus cabras por la orquesta de las cencerras que le traía el viento, podía saber así que la vizcaína estaba por aquí, que por los peñascos más altos andaban las grillotas, que ocultas por los algodones de la bruma estaban las del cascabel, y también, aunque no la viera, sabía dónde se encontraba la habanera que, en un tiempo, alcanzó a tener también su rebaño. Y así pasaban sus días, con la armonía de los golpes de las maderas de los badajos. En esos viajes tejía leyendas para contarle a su hija.
   Recorría los senderos de piedras blancas de los montes de la cadena del Sándara, sus montañas, sus quebradas, acompañado por los olores de las cabras, los silencios de los prados verdes, los macizos mudos de rocas secas, los aromáticos pinares donde escondía su nido el pinzón azul. Caminaba bajo los soles y los crepúsculos, su piel se curtía como el cuero con los vientos alisios. Andaba entre los tomateros, las viñas, los almendros y, durante los descansos en las cuevas, disfrutaba de alimentos sazonados con especias, saboreaba los quesos de flor.
   Todos esos recuerdos, que solía contarle la voz dulce de su esposa, pasan por la retina de Gabriel cada vez que viene a liberar a uno de los gorriones que le manda a María. Se le llenan los ojos de lágrimas. Piensa que los pájaros le pasan sus mensajes a ella, como la carta del amante a la amada, que van del canto del gorrión al río de cuero bruno, del agua dulce pasan a la corriente fría del Atlántico y, de allí, viajan hasta la Gran Canaria. Tal vez piensa que el alma de su esposa mora en su tierra, en esa roca redonda cuya única frontera es el mar. 
   Se habían conocido jóvenes, él treinta y ella veinticinco. Él se había enamorado de su sonrisa a primera vista. Ella se reía con todo el rostro, era un sol, la pasión los atrapó a los dos en cuerpo y alma, pero al año todo quedó trunco por el accidente, a él se le quebró el alma como una rama seca, se le enturbió el entendimiento, nunca se recuperó de ese golpe tremendo.
   Tilo no puede comprender, por ahora, por qué aquel hombre viene a llorar su tragedia de amor al río. Su inocencia se lo impide, solo lo mueve la curiosidad al observar su actitud, no alcanza todavía a comprender hasta qué punto quema ese dolor, hasta donde puede hundirse un hombre en su pena. Esta tarde se decide, espera que él salga fuera del espigón de pescadores y lo sigue, a una cuadra de distancia, en el recorrido de regreso. Quiere saber a dónde va.
   Gabriel es una espalda vestida con el impermeable gris. Lleva el bulto negro colgado de su mano. Camina delante. Tilo, con su capa transparente lo sigue detrás. Abandonan la avenida Costanera y se internan por la calle Salguero. 
   Donde la calle Mugica se transforma en una cortada, el loco de la jaula dobla y, por el rabillo del ojo advierte que el chico lo está siguiendo. Entonces empieza a caminar más rápido, los faldones de su impermeable grasiento se agitan, los cabellos de su melena se sacuden al ritmo de los pasos apurados. Más adelante se pierde entre los cercos de chapas, los bultos, los contenedores, los galpones y, los trenes callados y solitarios de Saldías, la estación de cargas que se comunica con el puerto. 
   Ahí, Tilo, le pierde el rastro, o prefiere perderlo, porque se queda parado observando la figura que se aleja. Las gotas de lluvia le resbalan por las pecas de la cara. Tiene el rostro impasible. Luego de unos minutos, cuando la silueta del loco ha desaparecido por completo y el silencio se apodera de este sitio alejado de todo, baja la vista y se da vuelta. Junta sus manos, se las acerca a la boca y sopla dentro de ellas para calentarse un poco, porque hace frío en esta mañana destemplada. Bosteza, se da cuenta de que tiene sueño. Tiene ganas de dormir. Hace rato que debería estar en la cama, tiene toda la noche encima, pero piensa que ha valido la pena venir hasta el muelle de pescadores a ver lo que quería. Se ajusta la gorra, da un paso, luego otro y así comienza a desandar, pensativo, el camino de regreso a la villa.

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