viernes, 24 de febrero de 2017

Cuando hay nubes sobre el río

   Lorena deja atrás la puerta exterior del edificio donde vive y sale a la vereda. Se toma los extremos de la campera negra, sube el cierre y se mete las manos en los bolsillos, como abrazándose. Está vestida así nomás, con los jeans azules y las zapatillas color turquesa. Sencilla, pero sin perder la elegancia que nunca descuida, tratando de usar ropa de colores para levantar su ánimo. Eso sí, va sin pintura, sin maquillaje, no le gusta que se le corra el rímel y que la miren con compasión, detesta generar lástima. Alza los hombros y con la cabeza erguida comienza su caminata por Azcuénaga hacia abajo, hacia el norte, como buscando el suave descenso del terreno que anuncia la cercanía del río. Y piensa.

   «Me abruma el horror, tengo los sueños quebrados y el frío entre los huesos. Esquivo a la gente en esta tarde plomiza. Las nubes oscuras están suspendidas como un sombrero de grandes alas abiertas sobre Plaza Francia. Hace cinco años de la masacre. Desde esa fecha tengo el alma cortada por el bisturí filoso del recuerdo. Guardo las imágenes detenidas en la memoria para que duelan menos.»

   Cuando llega a la plazoleta triangular de Pueyrredón se detiene, mira a ambos lados y cruza, sube la pendiente de césped hasta el monumento y avanza un poco más, a un sitio más tranquilo, se sienta en el banco plano de cemento, mirando hacia la avenida del Libertador. Sigue envuelta en sus pensamientos.

   «No sé decir cuál es la porción más triste de mi cuerpo, no tengo partes, soy un todo que sufre. Y mi miedo está más allá, en los puños de Juan acosándome, tan teñidos de rencor. Él se presenta en mis sueños con la ira en las pupilas y, al sentir esa mirada, mi cabeza estalla porque me sopla la muerte en el rostro. Y todo se vuelve oscuro o rojo.»

   La hierba está húmeda en este desnivel que se encuentra por detrás de la explanada de la estatua, pero a ella no le importa mojarse los pies. Tiene la constancia innata de su condición de mujer, viene aquí todos los viernes cuando hay nubes sobre el río. Desde esta loma observa el frente del Museo de Bellas Artes y sabe, aunque no alcanza a divisarlo, que más allá, se desliza con disimulo la correntada del amplio estuario rumbo al mar. Hace un rato ha empezado a lloviznar y siente la humedad en la ropa. Decide cubrirse la cabeza con la capucha de la campera, y se cruza de piernas, meditando.

   «¿Qué hago aquí mirando hacia arriba? Quiero imaginar que bajarán del cielo las almas de mis niñas, y vendrán a mojar sus cabellos claros en la corriente de aguas agitadas, en ese torrente vagabundo escondido tras la espalda del edificio alargado. Pienso en esto y me tiembla la mano, levemente, es un movimiento imperceptible, una onda se extiende hacia la punta de mi dedo y lo mueve, como el viento mueve ahora el extremo del mástil donde flamea la bandera y giran las palomas.»

   Bajo la garúa tenue que ensombrece el día, Lorena, evoca la noche del bárbaro exterminio, cuando su esposo Juan asesinó a las mellizas, las hijas de ambos, hace cinco años, y le brotan los gemidos, aún tiene el desconsuelo adentro del alma, un tajo le divide en dos su historia. Cierra un puño y con el otro saca el pañuelo para secarse las mejillas, más por las lágrimas que por la llovizna, mientras sigue pensando.

   «¿Cómo se orientarán en el vuelo las almas de mis nenas si él les ha cegado la vista? ¿Cómo podrán volar golpeando sus alas contra las ramas, contra las paredes claras de los edificios? No puedo olvidar la mueca del espanto en sus ojos. Poco pude hacer mientras él descargaba su furia. No pude sujetarle los brazos fuertes a esa bestia bruta ni callar su rugido enloquecido. A mí también me apuñaló con su daga, pero no me mató, fue aún más cruel al dejarme viva. No pude frenarlo hasta que concluyó la tarea, ciego de odio, no sé de dónde traía tanta rabia acumulada en su cuchillo. Me dejó herida junto a los cuerpos descuartizados sobre la cama.
   »Levanto la vista buscando en la atmósfera alguna imagen que me devuelva o me reavive los recuerdos de sus sonrisas ¿Por qué vengo aquí si esto significa una tortura más? Porque necesito salir del lodo, cerrar los párpados, aunque sea un instante y poder verlas. Necesito soñar, ver las manos de mis niñas, pero inmaculadas, sanadas por estas aguas bautismales. Quiero imaginar algo dulce, suavizar mi corazón agrietado, quitarme el escalofrío de sus ausencias. Anhelo desatar la amargura tejida entre las fibras de mi alma. Deseo que la humedad del invierno eterno de mi alma condenada se evapore.»

   Suena el celular en su bolsillo, lo saca y lo acerca a su oído mientras se tapa el otro para escuchar mejor. La llamada es de Tilo que le pregunta cómo se siente. Se conocen del club nocturno “Trópico”, cuando él tenía doce años y ella estaba en sus espléndidos veintiséis. Son amigos desde ese entonces y él conoce su drama. Lorena ahora tiene cuarenta y siete años y el alma rota, corroída por dentro. A pesar de eso sigue siendo hermosa, su rostro de rasgos finos conserva todo su atractivo. 
   Endereza la espalda, entorna un poco los párpados prestando atención y contesta: «Bien, todo bien. Sí, sí, estoy aquí, en el mismo lugar de siempre. Sí, no te preocupes…pero hoy no, prefiero que nos veamos otro día, sabés…mañana, mejor mañana…llamame.» Guarda el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón, quiere olvidar la presencia de ese objeto cotidiano y continuar hilando pensamientos.

   «Me acuerdo que esa noche lloraba mucho, no me podía contener, no podía pensar y temblaba ¿Qué había pasado? No sé. Tal vez me quería pegar a mí y pensó que el castigo sería más cruel haciéndole daño a las nenas ¿Por qué no empezó conmigo?, si siempre lo hacía. Y no hubiese pasado nada, yo lo hubiese soportado, lo había hecho tantas veces. Si yo siempre aguanté sus gritos, sus golpes y su violencia. No estuve nerviosa al principio, después sí, cuando comenzó la masacre que me mutiló la vida.»

   La soledad la invade, no lo puede evitar. Le pasa lo mismo todos los viernes. Viene hasta aquí como un Jesucristo al Gólgota, a sacrificarse una vez más, a someterse a su calvario. Las imágenes, los llantos, los gritos, bailan una danza infernal en su mente, sus demonios la persiguen y no deja de cavilar.

   «Todavía me acuerdo. En ese preciso momento comencé a sentir el miedo, cuando se escapó cerrando la puerta con ese golpe tremendo. Un diluvio interno me oscureció la mente y la trasformó en musgo. Mis ojos eran una masa viscosa que se me derramaba sobre la cara, estaban tan blandos. No pude evitar mirar hacia otro lado, había mucho color rojo en la habitación. Pasé la tarde y la noche siguientes hecha un ovillo, sin hacer nada, en la cama ensangrentada, gimiendo, inmóvil. El terror no vino de golpe, se acercó con sigilo y me fue apretando hasta dejarme quieta como una piedra. Después de todo ese tiempo transcurrido, interminable, me pude empezar a mover, a tomar consciencia, hacer algo, y recién entonces me levanté despacio a llamar a la policía. Después tuve que soportar el funeral, los pequeños ataúdes blancos, ¡qué horror!»

   Ahora recuerda que cuando había pasado un año del suceso, entró en una depresión muy intensa y se cortó las venas de la muñeca con una navaja. Esta distracción del pensamiento le hace bajar instintivamente la cabeza. Se levanta la manga de la campera y se mira la cicatriz blanca. Es un ademán incorporado, es un hábito observarse este tatuaje. Es el resabio de aquella determinación dramática para mitigar su angustia definitivamente, aunque solo le sirvió para sumar otro fracaso. En este lugar aislado rodeada de árboles no se siente observada, no está expuesta a las indagaciones furtivas que puedan atizar el rescoldo de aquella humillación.
   Aquella tarde dejó fluir el líquido tibio y se dejó ir, buscando los brazos de la nada hasta que todo se puso negro. Pero no logró su cometido. Buscó el descanso y el destino se burló prolongando su penitencia. Los médicos la salvaron ¿De qué la salvaron? —se pregunta —, si la volvieron a colgar de su cruz con el vientre seco. 
   Ahora se mira las zapatillas. Se va mojando cada vez más. Y también los jeans, que se oscurecen con el agua. Plaza Francia está solitaria. La lluvia reaviva algunos matices, destiñe un poco la congoja de las flores. Ella sigue sentada ahí de todas maneras. Las gotas acarician su cuerpo desvalido, su figura desamparada tiende a confundirse con los colores apenados del parque. Se sustenta con su estigma indeleble, el de las mujeres marcadas por los destinos desafortunados. 
   Una chiquilla se acerca a pedirle una moneda para comprar algo de comida. La voz de la pequeña la saca de sus cavilaciones, pero no se molesta, quiere ver el rostro de esa niña, gira la cabeza y la mira. Debe tener la misma edad que las mellizas, si vivieran. Pobrecita, piensa, la mirada sin ilusión, ahí parada, quieta con la mano extendida. Lorena le dice que no moviendo la cabeza y la nena se va corriendo. La ve cuando se pierde entre los árboles, su figura se empequeñece hasta que se pierde entre los peatones que caminan por la vereda. Y entonces, sigue reflexionando y alza la cabeza.

   «Juego a que las veo allí arriba, riéndose por encima de la piel del río. Son los bordes grises de los nubarrones, forman los dibujos de los rostros de mis niñas sonriendo suspendidas en el espacio. Despiertan mi imaginación las siluetas difusas que flotan por el aire. Es lo que justifica mi presencia aquí, en estos momentos en que me asalta la melancolía. Se me agrupan las preguntas y pongo en duda la visión de estas imágenes que se arman y se desarman. Vengo a soñarlas danzando en las neblinas tenues y las panzas oscuras que corren en el cielo. A veces tengo una certeza, sí, lo juro, me lo afirman las cosquillas que recorren mi panza y mi vientre, esas señales no engañan a una madre. Y luego dudo de nuevo de estos pensamientos perturbados, oscilo entre la verdad y el engaño en un delicado equilibrio.»
   En este momento sube el rubor a sus mejillas y quisiera gritar con toda la furia contenida los nombres de sus hijas. Pero se calla, tantos años pasaron, tiene su garganta arañada de lamentos. Menos mal que no lo ha hecho, la tomarían por loca. Mira alrededor. Entre los árboles hay poca gente paseando, por eso elige este sitio para su intimidad.
   Todos los viernes viene aquí, se reconforta en el ensueño de la danza de los flecos de la bruma ahí en lo alto, y hoy le agrada mentirse que ha sucedido algo. Ha percibido un calor entre sus brazos, como si unos pequeños labios bebieran de sus pechos blancos. Ha tenido la sensación de dar la leche tibia como cuando las amamantaba. Todas estas sensaciones calman su pena. Se toma el mentón porque quiere aquietar el temblor que la sacude tratando de evitar más lágrimas. Y continúa luego con sus reflexiones.

   «Mis ángeles no son pájaros extintos que se estrellan en la superficie del agua, han volado alto, se han ido por encima de las nubes. Ya no imagino sus movimientos, quiero aguardar muda por un rato, por si vuelven, es tan lindo, aunque sé que es en vano, siento que el falso milagro se desvanece en el aire.»

   ¿Cómo puede seguir en pie con tanta muerte encima?, mendigando la aparición fugaz de sus niñas en el cielo, sin siquiera poder acariciarlas. Vuelve a su tormento cotidiano, con la memoria de tanta violencia encarnizada, con sus pesares teñidos de sangre. Sus preguntas se acumulan, ¿se podrá levantar mañana?, ¿cuál es el exorcismo que la puede sacar de este infierno? Todos estos interrogantes se ven plasmados en su rostro serio, en medio de este parque verde, luego del momento de encantamiento que ha imaginado. Pero su mente no se detiene.

   «A pesar de todo el dolor que ha sembrado, Juan vive. Ese asesino aún purga su delito en la cárcel. Crimen pasional y emoción violenta, esgrimieron en la defensa para encubrir el feminicidio agravado. Él, miserable cínico, cuando los magistrados leyeron la sentencia, seguramente no se acordó del horror en mi cara, de las sábanas con enormes manchas púrpuras, de los chorros escarlata que brotaban de los cuerpos destrozados de las mellizas. Seguro no recordó esa carnicería. Todavía hoy me parece tener ante mi vista el arma enrojecida, congelada en un instante de mi memoria, luego de la devastación abominable de las quince puñaladas que recibieron mis pequeñas. Un animal hubiese sido menos violento. Con ese hombre estuve casada. Pienso que me voy a volver loca, estoy vacía por dentro, con el útero marchito, calcinado, solo existo para contar lo sucedido, mi vida no tiene otro sentido, por eso vengo a intentar calmar un poco de mi pena, acá, todos los viernes.»

   La piel del rostro se le tensa con un gesto nervioso, se incorpora de su asiento y con las manos en los bolsillos emprende el regreso a su casa. Cruza Pueyrredón, y luego Azcuénaga. Llega a la entrada del edificio, la lluvia ha cesado, saca las llaves y abre. Toma el ascensor, vive en el piso doce. Llega a su departamento y entra. La puerta se cierra detrás, la engulle, y el pasillo queda en silencio.
   Han pasado cinco horas desde que dejó el banco del parque. Suena el celular. Lorena lo dejó sobre la mesa. Debe ser una nueva llamada de Tilo. Una brisa cruza la sala, está su ropa empapada esparcida por el piso, la campera, el vestido, hasta la bombacha rosa y el corpiño blanco. La ventana que da al exterior tiene las dos hojas completamente abiertas, las cortinas se agitan dejando ver el hueco descomunal, como si no hubiera pared. 
   Abajo, en la vereda está el cuerpo aplastado contra el piso de una mujer desnuda, desarmado sobre las baldosas, boca abajo. La policía ha puesto una cinta amarilla con bandas negras, hay gente que forma un círculo alrededor. Un perito extrae y despliega los instrumentos de la valija, saca fotografías y luego realiza marcas en el piso alrededor del cadáver. 
   En cada una de las esquinas hay un patrullero cerrando el paso al tránsito, al lado de una valla está la ambulancia, los tres vehículos tienen encendidas las balizas. Detrás del cerco, el enfermero ha desplegado una camilla, y al lado, el médico espera la orden policial para iniciar el traslado hacia la morgue.

*   *   *
   Tilo, con su figura alta y espigada, de casi un metro noventa, recto como un junco, viene caminando apurado, y sin detener sus pasos guarda el celular en el bolsillo derecho de su campera de cuero. Se acerca al patrullero, se inclina, apoya el codo en la ventanilla delantera y habla brevemente con el inspector que está al volante, a quien conoce. 
   Luego se separa de él y se asoma por encima de la cinta para ver el cuerpo. Su cara está impasible, como siempre, no se nota ninguna emoción en su rostro, pero ahora advierte que se le han acelerado los latidos. Se da vuelta y sube al departamento de Lorena. Sale rápido del ascensor con las llaves en la mano, sin tocar el timbre abre y entra. Ve la ventana abierta y las ropas tiradas en el piso. Escucha correr el agua en la ducha, su mirada gélida se clava en el fondo, de donde viene el rumor del agua cayendo sobre la cerámica.
   —¡Lorena! —su voz clara y estentórea, sin llegar a ser un grito, llega hasta el pasillo que da al baño. Espera algún sonido, alguna señal, su cabeza erguida está atenta, como la de un felino cuando las aves silencian sus cantos ante un cataclismo.
   —Acá estoy, ya salgo —dice ella. Su voz se escucha desde lejos porque la puerta de la ducha está cerrada.
   Y es ahí que, sin perder la frialdad de su compostura habitual, los músculos de Tilo se relajan. Entonces se sienta, ya más tranquilo y espera. Y mientras tanto, en un gesto en apariencia descuidado, alivia la tensión de los momentos previos, haciendo girar con el dedo el celular que se encuentra sobre la mesa de caoba. Su rostro se mantiene intacto, como si fuese un experto jugador de póker luego de haber ganado la partida decisiva.
   Al rato aparece ella, envuelta en una toalla de baño. Se acomoda la melena corta de cabellos negros, lacios, todavía mojados. Le pregunta, intrigada, por qué vino, si pasa algo, mientras lo saluda ofreciéndole la mejilla y retirando con su índice el mechón de ese lado. Tiene sus ojos oscuros irritados porque ha estado llorando mucho. Él le dice que se había preocupado porque no le contestaba el teléfono. Ella se agacha a recoger la ropa tirada y cierra la ventana.
   Tilo piensa en los viernes de Lorena, le parece que algún día va a bajar los brazos. Por eso siempre está pendiente, trata de contenerla, conoce toda su tragedia. Solo una mujer puede cargar con tanto dolor ¿De dónde saca fuerzas? A veces la ve endeble, como un trozo de escarcha bajo el paso de las botas de una escuadra de soldados. La imagina suspendida al borde de un precipicio, tomada con los dedos de sus manos delgadas, y soltándose por fin de las rocas, cayendo al vacío dando fin a su martirio, sin ganas ya de sostenerse. A veces teme eso. 
   —¿Te preparo un café? —pregunta ella desde la cocina.
   Tilo sale de sus pensamientos y contesta que sí, que tiene un rato para quedarse a conversar. Entonces observa en un rincón, junto a la elegante lámpara de pie, la pancarta grande con la leyenda “#NiUnaMenos. Vivas nos queremos” que ella va a llevar a la concentración del 8 de marzo, con letras enormes, en negro sobre fondo blanco, apoyada contra la pared, con un cabo largo de madera de donde la tomará con las dos manos. 
   Lorena se asoma desde la cocina, lo ve mirando hacia esa esquina de la sala y le dice seria.
   —La estuve preparando anoche.
   Y agita la cucharita, revolviendo en el pocillo de café, un poco más rápido que antes.

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domingo, 19 de febrero de 2017

Aromas

   Este barrio se llamaba Palermo Viejo, nombre asociado por defecto a los bravos cuchilleros del arroyo Maldonado y, que ahora corre silenciado debajo del cemento de la avenida ancha. Este sitio todavía se resiste al paso de los años con sus viviendas de patios abiertos con aljibe en el centro, con brocal de ladrillos de canto, forrados con azulejos, coronados con arcos de hierro forjado.

   Este es tu barrio.

   Hace muchos años éstos eran ámbitos de Buenos Aires con perfume a tango, con ventanas de rejas altas a la calle y macetas de malvones en el alféizar. Las veredas angostas eran un desafío para el paso cansino de los compadritos tanto como los empedrados de las aceras eran tropiezos al paso de los carros. Pero esto es la estampa de una época anterior y se conserva en los retratos de color sepia, esas imágenes de cuando nuestros abuelos eran niños que jugaban en la calle. 

   De todas maneras, las épocas aun hoy se confunden, se mezclan presente y pasado en los rincones más insólitos. Al lado de las torres modernas se ven, a veces, aislados resabios de casas antiguas, con cuartitos escondidos tras las rejas tapiadas, patios con los pastos crecidos. El avance desalmado del progreso las asusta. La tristeza se hace oír con el golpeteo de las ventanas desvencijadas cuando se agitan solitarias en los días de tormenta.

   Hace poco que nos conocemos y hoy vine hasta aquí a verte de nuevo.
   Vengo desde la avenida, llegué caminando por estas calles en las cuales permanecen retazos, si se presta atención a los detalles, del espíritu del arrabal de fines del siglo diecinueve. Estas casas son esquivas a la mirada como lo son nuestros duendes del pasado, pero de soslayo, percibo latigazos relampagueantes del pasado, yo reconozco las formas ancianas de algunas construcciones antiguas, casi en ruinas, con los frisos abiertos debido a las heridas del tiempo, con la sangre seca, descascaradas. 

   En mi memoria se abre un espacio difuso porque yo también conservo recuerdos parecidos de mi barrio, de sucesos míticos contados de generación en generación, o leídos, estimulados en este recorrido por los olores agrios que despiden las maderas nobles de los portones, los aromas del vino en cubas de las bodegas con pisos cuadriculados. Los puedo observar a mi paso espiando hacia los interiores de las viviendas, cascados por el desgaste debido al tránsito antiguo de botas y alpargatas. 

   He llegado y te veo bajar presurosa a abrirme la puerta de entrada. Te he dado un beso y luego, al salir del ascensor, ya en el sexto nivel, me has tomado de la mano y accedemos al pasillo oscuro donde se asoman las puertas de todos los vecinos del piso. Es el espacio común del edificio, a veces silencioso, a veces susurrante, con el arrullo intrépido de las subidas y las bajadas, con el ruido del abrir y cerrar de puertas metálicas, un sonido que se esparce tanto vertical como horizontalmente, más o menos intenso de acuerdo a la pesadez del aire y a la temperatura de las estaciones. 

   Entramos. Los espacios de las habitaciones de tu departamento siempre sugieren algo acogedor, femenino, cargados de fragancias agradables y, cuando yo ya estoy dentro, esas esencias crecen y colman todos los rincones de forma tal que cuando se aquietan se tornan reconocibles.

   Lo que afuera ha sido una intuición de vegetales, aquí dentro huele con precisión a morrones rojos, puestos a asar encima de la tostadora. Más tarde tus dedos ágiles los darán vuelta, los harás quemar parejo y después, seguro les quitarás el pellejo oscuro, rescatarás la pulpa escarlata, los cortarás en trozos angostos y los bañarás en aceite denso para que su sabor sea más delicioso. 

   Sumiso en tu territorio, me invade un sentimiento de ternura y asciende hasta la base de mi cuello. Entonces tengo una sensación extraña. Mi figura se convierte en una especie de asombro. Te observo de pie con mis pupilas apuntando a tus manos pequeñas, pero no puedo dejar de mirar a tu cuerpo menudo ostentando tu espalda casi al descubierto. Soy un intruso a la vez muy cerca y muy lejos de tus suaves y seguros movimientos. Me asomo, con cierto pudor, a tu agilidad para acomodar ollas en el pasillo estrecho de la reducida cocina. 

   Con mis ojos atentos te observo inclinada sobre el palote o agachada en cuclillas retirando el pan de gluten del horno, envuelto en los infinitos aromas que emanan de los minúsculos poros de la corteza castaña. Admiro la agilidad de tus dedos y la certera delicadeza de la maniobra para tomarlo y depositarlo sobre la tabla como un monumento recién concluido. 

   Al día siguiente, después de pasar la noche juntos, se instala en tu cuarto el lento despertar de los objetos y los rayos de luz palpan tímidos los rincones secretos del dormitorio. Amanecemos sorprendidos los dos con la tentación a flor de piel y hacia allí me conducen las señales de tus ojos, a sumergirme en tu abismo sin sentir vértigo, a embriagarme con el néctar de tu colmena encendida en los fuegos de tu territorio ofrecido. Y después de las batallas interminables quedamos exhaustos, con las sábanas revueltas por los movimientos de amantes desesperados, cautivos culpables de los gestos que propone la inminencia y la consumación de nuestros deseos. 

   Luego vendrá la ceremonia del desayuno a reemplazar las dulzuras de los besos por los perfumes del aire de la mañana que se cuelan por las hendijas de la ventana.

   Me acerco a la cocina y te sorprendo de espaldas. Al advertir mi presencia te das vuelta y tu mirada me hace cómplice en la fiesta de cacerolas y alimentos frescos. Puedo oír el rumor apagado de tus pies descalzos, imagino crujir bajo tus pasos una alfombra de hojas secas de plantas otoñales, te sueño caminar como una diosa sobre la turba callada del suelo hueco de colinas imaginarias. 

   El agua caliente cae sobre la yerba y levanta humos tenues desde la boca del mate hacia arriba flotando hasta desaparecer. No hace falta que ninguno hable. La mañana llega y los dos ansiamos disfrutar este momento. Es necesario para eso mirarse a los ojos. Yo me detengo sobre los tuyos imaginando cosas y sin pronunciar palabra me mantengo en silencio. 

   Ahora sé, estoy seguro. Hay dos cosas que te definen. Una es la mirada serena de la percepción profunda de tu alma, y la otra es tu voz, tan clara contando nuestra historia de ternuras. Más aún quizás que tu sonrisa, casi, casi, tan escandalosa, que sería capaz de entristecer a un campo de maíz iluminado de sol en un mediodía de verano.

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sábado, 11 de febrero de 2017

El hombre indefinido

   —Siéntese un momento, por favor —le dijo el Dr. Hauman, ajustándose los lentes con el dedo mayor de la mano derecha, justo sobre el puente del marco metálico, mientras repasaba, en un ademán mecánico, las hojas del expediente clínico que tenía delante, sobre la mesa de esta oficina del tercer piso de la clínica. 
   “Ingreso por guardia. Disminución movilidad mano izquierda. Se ordena internación para estudio”. En realidad, ya lo había leído todo, solo corroboraba algunos datos. Al tipo le habían realizado todo tipo de análisis. Padecía de una atrofia progresiva muy extraña en estado avanzado y le iba eliminando la irrigación sanguínea. El proceso había comenzado por las extremidades y avanzaba por todo el cuerpo. No tenía solución, se iría entumeciendo de a poco, secándose como un árbol enfermo, empezando por las ramas. La única salida era la amputación de miembros con venas y arterias obstruidas. Es decir, tenía la muerte decretada, y el jefe de piso, él precisamente, se lo debía comunicar, para eso le había pedido a la enfermera de guardia que lo trajera a esta oficina.
   Cerró la carpeta, levantó la vista del expediente y miró a los ojos al hombre (cincuenta años, obrero de la construcción, soltero, sin hijos, padres ya fallecidos, hijo único) vestido con el camisolín, cofia y sandalias de rigor en terapia intermedia. El paciente estaba sentado frente a él, todo de blanco, con los brazos sobre los muslos y la espalda erguida, sosteniendo su mirada, esperando el diagnóstico. No había puesto las manos sobre el escritorio porque le pareció invadir un espacio sin permiso; así era su personalidad, aguardaba con impaciencia la palabra del médico. 
   El Dr. Hauman, traumatólogo, apoyó las palmas sobre la carátula. Decía Tobías A. Gómez, con letras de imprenta, grandes. Arqueando las cejas y con el ceño levemente fruncido le dijo con voz de barítono.
   —Sr. Gómez, se trata de una afección muy poco usual, le va atacando al sistema circulatorio, por eso tiene dificultades para mover su mano…
   —¿Y cómo es el tratamiento doctor? —dijo Tobías cuando Hauman terminó la frase.
   —Lamento decirle esto, Sr. Gómez, pero no tiene tratamiento —aseguró el médico en un tono más pausado, sin dejar de mirarlo.
   —No…no entiendo doctor.
   —El primer paso es amputar el miembro afectado… después iremos viendo cómo avanza…y de ser necesario seguir con el protocolo…
   Hauman estaba haciendo un esfuerzo para continuar. Tobías lo notó perfectamente, y aunque no era una persona con la habilidad de percibir las emociones de los demás, las palabras del traumatólogo le habían sonado muy mal, lo asaltó el temor y preguntó apresurado.
   —¿A qué… procedimiento se refiere…seguir amputando…eso me quiere decir? —y las últimas palabras salieron de Tobías con un temblor en los labios el cual hubiese querido disimular. La confirmación de sus dudas le aflojó súbitamente los músculos de la espalda.
   —Así es Sr. Gómez…y debo decirle algo más: este proceso por lo general es muy rápido…
   —¿Qué me quiere decir?
   El médico hubiera preferido comunicárselo a algún familiar, pero el hombre no tenía a nadie. Lo mejor era no alargar la espera.
   —Le quedan pocas horas de vida… un día…a lo sumo dos, no es algo exacto. Lo siento.
   En eso consistió la conversación. Tobías a partir de ese momento enmudeció, su rostro se contrajo, se levantó como si el cuerpo le pesara doscientos kilos y en silencio volvió para la habitación. 
   Ni bien la puerta estuvo cerrada, el jefe de piso se quitó los lentes con la mano derecha, se recostó sobre el respaldo de la silla, y con las yemas del pulgar y el índice de la izquierda apretó la parte superior del tabique nasal, donde se une con la frente, cerrando los ojos. Eran las dos de la mañana y sintió un gran cansancio, aunque recién había empezado el turno de guardia.
   En la habitación, Tobías se levantaba y se acostaba, estaba inquieto. El mundo se le había venido abajo. Por primera vez experimentaba una emoción de esa magnitud, había escuchado la sentencia de su propia muerte. Pensó en su pasado. Su existencia había sido gris, sin sucesos importantes, se había hecho casi sin su intervención, y del mismo modo estaba por terminar.
   Su madre había fallecido cuando él estaba en la primaria y la terminó a los empujones, iba al colegio cuando el padre se acordaba y con pocas ganas y a duras penas le recordaba a su hijo la obligación de asistir. Después, cuando se terminaron las clases del último año, el padre al poco tiempo le dijo: nada de secundaria, a trabajar, la olla no se para sola, ya sos grande y yo solo no puedo con todo. Y fue el padre quien también le consiguió el trabajo en la Constructora. 
   Las principales decisiones siempre la habían tomado los demás. Su debut sexual lo definió la barra de su barrio, lo llevaron los demás un día cuando fueron todos al Dock Sud. Con Mariela había pasado algo similar, ella insistió en ponerse de novios y también fue ella quién lo dejó.
   Pensaba en eso observando su mano, la sentía fría y estaba perdiendo color. Se levantó, apoyó todos los dedos y la frente sobre la pared y por primera vez ensayó una especie de llanto, cerró los párpados apretando con fuerza los ojos, no salieron lágrimas, pero empezó a gemir sacudiendo la cabeza. Ahí fue cuando le salió el grito.
   —Noooooooo… —dijo con un sonido sostenido, apagado por los músculos apretados de su garganta, prolongado hasta la última exhalación del aire de sus pulmones.
   Con la cabeza gacha y el mentón casi contra el pecho empezó a zapatear con la sandalia derecha dando golpes en el piso como un chico rabioso, repitiendo esa negación, guardada desde siempre en sus adentros, aflorando hasta agotarse lentamente en las estribaciones de los hipidos.
   Cuando se calmó miró alrededor como si hubiera alguien más en la habitación y sintió vergüenza, se compuso y volvió a la cama. Repasó de nuevo. Y, sí, toda su vida estaba signada por las decisiones de los demás, por eso era tan obediente, nunca llegaba tarde al trabajo, cumplía con las órdenes al pie de la letra. Ponía en evidencia esta particularidad hasta en las más sencillas ocasiones; le costaba elegir cuando estaba delante de los cajones de madera de la verdulería, tomar decisiones lo inquietaba, le provocaba angustia.
   Por eso, se sorprendió a sí mismo con su negación a la amputación; esa actitud tan llamativa le salió de adentro, tomada casi sin pensar. A eso no se iba a someter ¿le querían cortar la mano?, de ninguna manera, no lo permitiría. Rebobinó de un tirón todo su pasado y advirtió una inesperada rebeldía, el nacimiento, el comienzo de un cambio que asomaba cuando se estaba yendo de este mundo. La actividad de su mente aumentaba, estaba más activa; sus pensamientos habían despertado de su larga siesta, revividos por la fiebre del temor, en esta torpe paradoja mientras el cuerpo se le estaba muriendo. El médico habló de un día y ese recuerdo le volvió a sacudir la desesperación.
   A la madrugada, meditando, advirtió sus cincuenta años resumidos en una página, con eso era suficiente, alcanzaba y sobraba, ya no le quedaba ni un renglón más dónde escribir, Hauman le había puesto el punto final a su historia. En la cama miraba el techo, después se levantaba y andaba de aquí para allá, se tomaba la cabeza y cerraba los ojos, no sabía qué hacer y no tenía a nadie a quién consultar, solo atinaba a resistirse a ese implacable protocolo. Así pasaron esas cuatro horas infernales, y llegó el momento, casi como un descubrimiento del azar, en el cual Tobías se iluminó por dentro, algo le había cruzado por la cabeza en ese instante fugaz, y sin decir palabra lo comenzaría a poner en práctica, se trataba ni más ni menos de la determinación que había tomado. 
   Sesenta minutos más tarde estaba husmeando por los pasillos buscando la salida de la clínica vestido con un uniforme robado del vestuario de los operarios de mantenimiento, camisa amarilla, pantalón del mismo color y botines negros. 
   Cuando estaba saliendo pensó en la noche interminable pasada en el hospital. La desesperación lo había ganado, su vida se le escurría entre los dedos, el temor y luego el miedo le fueron comiendo los pensamientos, empezó a sentir un cosquilleo extraño en las manos y en los brazos, se le estaba petrificando el cuerpo. 
   Ya había ganado la calle cuando oyó varios gritos fuertes enunciando a viva voz su nombre, se dio vuelta, vio al guardia conversando con algunos operarios, dejó sus pensamientos de lado y comenzó a correr, lo habían descubierto. Dobló en la primera esquina y encaró por Godoy Cruz. En Santa Fe dobló a la izquierda, para el lado de Plaza Italia. Estaba agitado, pero seguía a gran velocidad, las piernas todavía le respondían. Iba a seguir corriendo hasta estar seguro de haber despistado a quienes lo perseguían, era esencial para su plan.
   Después de cruzar Humboldt, ni bien encaró la cuadra siguiente se tropezó con el borde de una baldosa que sobresalía de la vereda y se derrumbó como una escultura estrellándose contra el piso. Trac, se escuchó. Como si algo de su cuerpo se hubiese roto, un ruido a mármol quebrado.
   Ya había gente rodeándolo. Les llamaba la atención su vestimenta colorida, observaban su camisa y pantalones amarillos. Abandonó ese pensamiento y se palpó la rodilla, la sintió floja, como desprendida, seguro era una fractura en la pierna derecha, pensó. Estaba tumbado de costado, no soltó ni un quejido, con la mano izquierda se tomó el pie derecho y, literalmente, se lo arrancó de cuajo, como si fuese la pata desencolada de una mesa, efectivamente era eso, la falta de irrigación lo estaba cristalizando de a poco. Hubo murmullos en el grupo de gente detenida en círculo alrededor de él. No había ni una gota de sangre, ni en el piso, ni en la ropa, nada. Se dio vuelta boca arriba como pudo incorporándose sobre la pierna izquierda. Se recostó con la espalda contra la pared para mantenerse erguido.
   —No pasó nada, estoy bien, gracias —dijo mirando en derredor.
   Su rostro se mostraba un tanto demacrado. Era pelado, y como tenía dos pequeños mechones grises sobre las orejas, ahora revueltos producto de la caída, presentaba el aspecto triste de un arlequín de circo caído en escena. Pero parecía tranquilo. 
   Pablo, un muchacho joven que pasaba por ahí y se había quedado a observar, lo miró a los ojos y encontró su mirada.
   —¿Lo llevo al hospital? —le dijo y, se sintió algo turbado, viéndolo todavía con el trozo de pierna en la mano.
   —No… está bien, gracias —contestó Tobías, rápido, depositando ese pedazo de su cuerpo a un costado. Quería liberar la mano y poder sostenerse mejor.
   Estaba confuso y se sentía patético, hubiera querido irse rápido, todos los transeúntes lo miraban, pero no podía caminar. El chico se quedó con él un rato más, cuando ya la gente se había dispersado. Entonces le contó lo de su curiosa enfermedad, por lo cual no sentía dolor ni perdía sangre por las heridas. No quería impresionarlo, pero estaba a la vista, no era un simple tajo, había perdido el pie y la mitad inferior de la pierna. Se lo decía con voz serena y pausada, lo cual contagiaba una profunda tristeza, y se demoraba en algunos detalles para explicar mejor lo increíble de la escena. 
   Pablo se compadeció, el tipo le había despertado cierta ternura y se ofreció llevarlo a su departamento, lo convencieron la buena predisposición del chico y la cercanía, quedaba en la otra cuadra. Tobías miró en todas direcciones, nadie lo seguía, no había ningún policía cerca y aceptó. Entonces pasó la mano izquierda sobre el hombro del muchacho y éste lo tomó por la cintura. Comenzaron a avanzar de ese modo, mientras él avanzaba dando saltitos. 
   Estuvo un par de horas en el departamento, entre los dos improvisaron una prótesis en reemplazo del pie derecho y fabricaron una muleta de madera. De ese modo, pudo salir a la calle a continuar su camino. Se encontraba a gusto con el muchacho, pero debía irse, no tenía tiempo para demoras sino justamente lo contrario, estaba aturdido y no era para menos, le dio las gracias por todo y se despidió.
   El muchacho había quedado intrigado, tenía curiosidad, quería saber hacia dónde se dirigía ese hombre con esa enfermedad extraña. No se lo preguntó, sentía cierta pena por él, parecía tener un dejo de vergüenza en revelar el destino de su recorrido, tal vez fue esa la motivación para seguirlo sin decírselo, para no darle la posibilidad del rechazo, lo haría a una cuadra de distancia. Se desplazaba con dificultad, obviamente, pero iba más rápido que cualquier otro inválido en su misma condición.
   Cuando llegó a Plaza Italia empezó a lloviznar. Tobías seguía a paso lento, dobló por Sarmiento, pasó por los bosques de Palermo y cuando ya estaba cerca de la Costanera el chaparrón se hizo más denso. Pablo estaba por desistir de su persecución cuando vio la silueta de amarillo en un movimiento extraño. 
   Se apoyó en el bastón buscando su sustento y detuvo su andar. Giró despacio su cabeza para mirar hacia atrás con bastante dificultad. A pesar del tupido aguacero había percibido la persecución del joven y decidió hacerle un gesto de acercamiento. A pesar de que fue un movimiento realizado con cautela se le hundió la muleta en el barro, al costado de la vereda, perdió la estabilidad y se fue de boca contra el piso. El chico llegó a la carrera y se dio cuenta de lo previsible, se había fracturado de nuevo. Lo ayudó a levantarse.
   —Gracias pibe...haceme un favor, dame una manito, necesito ponerme de pie —se lo pidió como mendigando ayuda. Pablo pensó: «Parece un muñeco, se quiebra de a poco».
   Como en la primera caída, Tobías se arrancó los dedos menores de la mano derecha, solo conservaba el pulgar y el índice, pero eran suficientes, podría tomar el travesaño del soporte con fuerza. 
   El muchacho lo miró cuando los tiraba en el pasto, lo asombraba la naturalidad de los desprendimientos indolentes de las partes de su cuerpo, eran fragmentos inservibles de un esqueleto de mármol, el hombre se desarmaba por el camino y él ostentaba el privilegio de ser el único testigo. 
   Tenía la cara gris, los mechones grises le caían empapados sobre las orejas, se asomaba en sus ojos tristes cierto desamparo, la zozobra de su alma pedía fuerzas, quería encaminarse hacia su último acto desconocido. Era una marioneta abandonada, se iba deshilachando de modo inevitable. Se apoyó en Pablo y restableció el equilibrio. Siguió caminando, callado, parecía exangüe, con más esfuerzo, con más empeño, con una íntima decisión inconmovible.
   —Tobías… le puedo preguntar —dijo el chico—, ¿por qué sigue, a dónde quiere llegar? 
   —Tengo pocas fuerzas para contarte.
   Iba con dificultad, ya estaba más cerca de su objetivo, pero el tiempo no lo ayudaba. A pesar de eso no quiso desalentarlo, el muchacho lo había auxiliado desinteresadamente, y decidió armar una especie de respuesta rápida.
   —Sabés que pasa pibe, yo no sé si la Fortuna existe, pero aprendí que uno también debe decidir, yo me di cuenta muy tarde ¿Vos creés en el destino?
   Se lo dijo un poco agitado, haciendo pequeñas pausas, como un enfermo terminal, su voz se había debilitado. Sin embargo, pensaba, no sabía por qué, pero debía sincerarse con este muchacho, el único testigo ante quién confesar los últimos descubrimientos de su existencia opaca, desperdiciada, acercándose a su fin.
   —Bueno...nunca me puse a pensar...
   —Está bien, te entiendo, sos joven. Escuchá. El asunto es que yo me estoy muriendo de a pedazos, todo va a terminar muy pronto. Te parecerá extraño, pero me voy convirtiendo en una piedra, mi cuerpo se va cristalizando, ya casi perdí por completo la posibilidad de emocionarme, y voy perdiendo también de a poco la memoria. De todos modos, no la necesito, me falta el último trecho. Entonces lo único que me quedan son dos opciones… la primera es dejar la decisión en manos de los médicos, y que me corten en trozos con un serrucho, de a poco, para detenerse solo cuando ya no tenga sentido seguir cortando y, la segunda es ésta, y la tomé yo por mi cuenta, la decisión fatal de quitarme la vida. No sé si te diste cuenta que todavía respiro.
   —Sí, claro.
   —Bueno, ahí está la otra salida, la elegí yo —dijo haciendo un gesto de afirmación con la esquina de sus labios.
   Ya habían llegado a la barranca de la costa y la lluvia seguía bajando del cielo en rayas verticales, lágrimas tristes en la claridad de la mañana. Pablo lo ayudó, lo tomó en brazos como a un chico, y lo pasó por encima de la balaustrada de la Costanera. Después, del otro lado, donde estaba la franja de arena, Tobías le dijo: «No pases pibe, dejame seguir solo, andá nomás, ya me puedo arreglar.» Tenía en los ojos una soledad infinita cuando dijo estas palabras.
   Se enderezó como pudo, y mirándose el brazo izquierdo lo estrelló contra el murallón. El ruido a cristal roto se apagó pronto confundido con el sonido que hacían las gotas al caer sobre la playa angosta, algunos pedazos quedaron colgando del puño de la camisa, y los más pequeños quedaron formando un montoncito contra el muro. Tobías verificó que había tímidas manchas de sangre en esos restos, sonrió satisfecho al ver esas migajas vitales, siguió caminando, la muleta se hundía un poco en la arena oscura; se tenía que esforzar cada vez más. 
   Llegó a la orilla y el agua le mojó las botamangas del pantalón. Vio y escuchó las olas, las traía el viento soplando desde el río, sintió ese borde impreciso que iba y venía, mojaba y secaba su pie endurecido adentro del botín, la espuma avanzaba y se retiraba, en un movimiento de flujo y reflujo. No se dio vuelta para mirar a Pablo, no tenía más tiempo.
   Con cuidado, tratando de mantener el equilibrio, se fue internando en busca de la pendiente bajando hacia la parte más profunda del cauce. La parte inferior del resto de su cuerpo se iba sumergiendo de a poco. Cuando solo los hombros asomaban por encima de la superficie de la corriente, tomó el impulso final hacia adelante, soltando la muleta, y se hundió completamente, contento por estar llevando a cabo la primera decisión tomada exclusivamente por él desde que tenía memoria. 

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sábado, 4 de febrero de 2017

La calle del pecado

   Así como Adán Buenosayres tuvo su despertar metafísico en la calle Monte Egmont y los ángeles y demonios pelearon por su espíritu indómito en Villa Crespo, de similar modo él tiene su ensoñación metafísica cerca de Constitución en esta madrugada en que su alma se predispone a hurgar en la herida más profunda de su existencia.
   Tilo viene de la calle Salta, a no más de diez cuadras de aquí. Son las cuatro de la mañana, plena noche de otoño en Buenos Aires. Estuvo haciendo mandados para las chicas del bar. Ahora se sienta en el borde del cantero, acomoda la mochila, fija su mirada hacia el vidriado de los dos edificios, alza la frente y se concentra. A esta hora la gente duerme y el silencio murmura entre las plantas de esta plazoleta.
   Hay ante sus ojos una playa de estacionamiento que se encuentra en la dirección correcta, Lima 350, que en la actualidad tiene una sola vereda. Así quedó cuando se sucedieron las demoliciones allá por 1970 con el objeto de abrir esta avenida amplia que es la 9 de julio. En este lugar había un pasaje transversal que desapareció con el ensanche. Allá por 1812 se lo conocía como La calle del Pecado. 
   Este chico flacucho y pecoso está en silencio sentado en el murete, debajo de las ramas de los palos borrachos y las tipas. Pone las palmas de sus manos debajo de su mentón y espera. Aguarda impaciente que la sensación de ausencia que trae consigo, se agrande y empiece a invadirle sus huesos. Ha venido a buscar el momento del bálsamo que necesita, cuando lo acorrala la nostalgia por dentro, cuando el recuerdo de su madre le acaricia la congoja. 
   Hoy está melancólico, el estado de ánimo que provocará el encantamiento. Algo en el aire le dice que está todo preparado para este suceso mágico que va a comenzar. Respira hondo, y de repente las luces de esta avenida, la más ancha del mundo, bajan de intensidad, suavemente, como cuando comienza una obra de teatro magnífica. Las construcciones ganan opacidad, su corazón late más fuerte. Él sigue en la misma posición, agranda sus ojos grises, la atención brilla en sus pupilas para captar en toda su magnitud este momento en que ocurre el milagro. 
   Los dos bloques enormes de los edificios oscuros se van desplazando despacio, con lentitud, como una escenografía gigante, como dos buques que sueltan amarras en el puerto, dejando entre ellos una brecha luminosa. La desnuda franja vertical se ensancha, es una ventana al pasado donde él puede ver ese reducto desaparecido. Los contornos se aprecian cada vez mejor, salen por dentro de la bruma amarilla, y por detrás un cielo azul pastel de fondo que se eleva como un telón que desplaza la oscuridad nocturna. Él conserva en su memoria una imagen en sepia de ese tramo breve de la arquitectura colonial de la ciudad, la que aparece en uno de los libros rotos que tiene en la repisa de su casa, en la villa.
   Ahí los ve, reconoce con claridad la textura de los ladrillos rojos, carcomidos en las junturas blancas, los revoques como manchas aisladas en las paredes, las verjas forjadas con las pinturas descoloridas, el empedrado de adoquines brillantes bajo la luz del sol. Es la antigua zona en que se encontraban los burdeles cuando la ciudad era una aldea grande. No ve gente en las veredas, las casas tienen las puertas cerradas, no escucha voces, parece que el pasaje está inmerso en el bochorno de la tarde.
   Tilo, con sus tiernos doce años, tiene la angustia clavada como una espina en la garganta, siente que en cualquiera de esas viviendas puede estar su madre, a quién hace tanto tiempo que no ve, a la que tanto extraña. A pesar de su corta edad, ya está presente en la tersura de su alma esquiva la delicada gracia de la percepción, es un soñador para quien el tiempo y los lugares forman parte de cualquier historia posible. Y la suya es la que más le importa en este momento de gloria. 
   Tanto piensa en su madre, tanto empeño pone en rescatarla de su ausencia, que en algún momento ella debería salir para aliviarle el dolor, para aquietar su ansiedad por verla, no le importa el tamaño de ese instante. Sin darse cuenta junta las rodillas en un gesto súbito mientras aprieta las muelas para no llorar. La impaciencia parece a punto de estallar dentro de su cabeza, se toma las sienes con ambas manos, pero no despega la vista de la escena que sigue observando, sabe que está allí, está convencido que en cualquier momento posará su pie pequeño en alguna de esas veredas angostas.
   Piensa en la orfandad, aunque él no es un huérfano. O tal vez sí, pero en ese caso solo de padre, ese hombre invisible, casi un desconocido, al que nunca ha visto. Pero deja esa reflexión de lado. Si logra mantener el encanto de este suceso maravilloso la verá asomar por alguno de esos vanos de madera. Ella está ahí dentro, todavía oculta en esas habitaciones oscuras y frescas y él ha venido a sentarse aquí para verla una vez más. 
   Se interroga en su dolor interno de adolescente acerca de las congojas que ella habrá debido ocultar, a cuántos desencantos le habrá puesto sonrisas. Él viene a soñarla acá en esta ceremonia íntima en la cual la traslada a otra época y a otro lugar. Si pudiera la pondría en el firmamento al lado de los ángeles, quiere separarla del desafortunado presente que supone que padece. No sabe dónde se encuentra ahora. Seguro que ella lo estará extrañando tanto como él lo hace, eso piensa en su tierna ingenuidad. Y quiere alejarla del misterio inalcanzable de la desdicha actual en la que piensa que se encuentra. 
   Sabe que ningún hombre supo percibir sus sentimientos de mujer ocultos por la coraza que ella misma les impuso. Él intuye que estará en algún sitio como éste, ya que es joven todavía, especula con que recibe aún retazos de papel con frases bonitas, versos de amor, que guarda dentro de su escote, los cuales tirará con descuido en la primera ocasión sin que ese hombre de turno se dé cuenta. Aunque ella no se lo ha dicho él sabe que le han escrito poemas sobre las servilletas de los bares todos los solitarios poetas de Buenos Aires. Esas imágenes fugaces le duelen, son esquirlas que lo lastiman por dentro, máculas tristes que le enmohecen el pecho y raspan la madera de su corazón marchito. La amargura es el precio que debe pagar por la dicha de verla.
   Cada vez que se sienta en el borde de este cantero a descubrir el espectáculo siente lo mucho que la extraña, está desgarrado por dentro sin su presencia, tiene abiertas sus entrañas como un embudo con la boca demasiado grande, expuesto en este ofrecimiento, dejándose llevar por la ensoñación del instante. 
   Por eso se le hace un nudo en la lengua impidiendo el grito al verla salir ahora con su vestido claro, su pelo negro, sus labios colmados de carmín, sus caderas meciéndose al compás de sus tacones que repican sus golpeteos por las paredes hasta perderse por la esquina. Es el momento sublime en el cual todo el cuerpo de Tilo se suspende, se interrumpen sus latidos, su mente se separa de las miserias de la vida, queda inmóvil sin respirar casi para no descuidar detalle de lo que ve. Es la figura hidalga de su madre.
   Cada vez que esto ocurre vuelve a los recuerdos de su infancia, es ella que le toma su cabeza de ojos tristes y la apoya sobre sus pechos blandos, esa ternura que le apacigua la soledad es lo que viene a buscar aquí. Tiene esos recuerdos valiosos que a él le parecen escasos, pero es todo lo que le ha dejado, se ha ido de la casa cuando él tenía cinco años, para trabajar en la noche.
   Y cuando ve que ya desaparece el último pliegue de su hermosa falda lo invade una inmensa tristeza, es el desapego a que debe someterse, debe separarse del ser más querido que tiene sobre la tierra porque el encuentro termina. Sigue en su embeleso, aun con su rostro de ensueño ante la visión de esta calle soleada que ya no existe y, que con cautela ya empieza a deshacer su gloria para desvanecerse bajo el velo de las sombras. 
   Todo en algún momento llega a su fin. Él conoce el sabor amargo que viene detrás de esta felicidad porque de muy pequeño padece el martirio de arrastrar la pena de su soledad. Lo perseguirá hasta el próximo encuentro y no le importa porque hoy ha celebrado el asombro de su culto. Se pone de pie sin dejar de mantener la cabeza erguida observando hacia el frente, mientras carga la mochila al hombro. 
   Los edificios se unen ocultando el esplendor, la escena se termina. Hoy la ha visto. Se irá a dormir con las cosas que ha juntado en su mochila y con este mágico recuerdo en su cabeza, esta bruma cálida en medio de este aire frío.
   La Buenos Aires nocturna siempre es triste, no necesita de nubes ni de cielos grises para que ese sentimiento caiga como una neblina que todo lo abarca, para eso cuenta con los espíritus de habitantes desvelados que transitan sus calles a deshoras, solo necesita de las almas de los abandonados, de los desamparados, de los que dejaron el corazón escondido en algún sitio. Él también es parte de ellos.
   Tilo le tiene temor a la locura, y solo por eso, para huir de ese maleficio, en un acto de precaución para evitar la caída en ese abismo insondable, saca papel y lápiz de su mochila y empieza a escribir su primer poema, apoyado en un banco de cemento del bulevar de la avenida. 
   Luego escribirá otros, con ellos él siempre buscará emocionar a cada una de las mujeres a quién los dedique, sabrá que algunas lo guardarán agradecidas para después dejarlo abandonado, sin leerlo.
   El mismo gesto, mezcla de desdén y de ternura, que ha visto en su madre, por descuido, cierta vez cuando él todavía era solo un niño. 

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viernes, 27 de enero de 2017

Elegía para que me perdones por dejarte sola

   Hasta aquí he venido con el alma en suspenso, a redimirme, en este altar que tengo delante de mis ojos, la “Torre del Tiempo”, para dejarte una lágrima por el olvido en que te he puesto, por la falta de delicadeza de besar la palma de tu mano ¡Hace tanto tiempo que no lo hago!
   Ya he dado las diez vueltas de rigor a este monumento emplazado en el centro del Jardín de la ciudad, y he hecho tantas promesas, que espero haber despertado del aburrimiento a los dioses griegos de la Cinta Zodiacal, que están aquí en lo alto, observando mis sospechosos movimientos. Los puedo ver detrás del gran globo, esa bóveda celeste, al costado del reloj de sol, murmurando entre ellos, vaya a saber lo que dicen de mí. Pero tienes que creerme, he venido empujado por la inmensa paciencia de tu amor. He padecido, durante todo este tiempo en que no he reparado en ti, los rigores del frío, del invierno del alma, lejos de tu calor. Y he pensado mucho en la muerte durante las horas en que me he apartado, casi sin verte. 
   Y también he recordado tus quehaceres, las labores que te han mantenido en el ajetreo, con tus alas desplegadas, planeando en la tormenta de tus emociones, tratando de curar tus heridas. Y todo lo has tenido que afrontar sola, casi sin mi presencia para contener tu llanto, tu respiración agitada por las noches, tus suspiros en la oscuridad, con los ojos abiertos sin poder dormir tu tranquilidad habitual. 
   He venido hasta aquí, porque en estos días me he dado cuenta de muchas cosas, oscuros vaticinios que no he sabido leer en los astros y en estas avenidas arboladas. Ya hace semanas que, en Buenos Aires padecemos, los sombríos efectos que trae la lumbre escarlata sobre las copas de los árboles, Sagitario está en la casa 7, y la influencia pesada de Saturno se cierne sobre tu signo. Afortunadamente, lo tienes al gran Zeus dominando tu espacio, el que está en la cima del Monte Olimpo, que convoca a las tormentas, y provee la lluvia a los campos sedientos.
   Yo he visto en sucesivas noches el ascenso de la Luna Roja por detrás de las incontables vaginas desgarradas que, al crepúsculo, forman los contornos de los edificios. Y sin ir más lejos, además, ayer he visto al Paralítico en su silla de ruedas, en una de las esquinas de la Plaza Houssey, persiguiendo a las palomas. Ha capturado, el miserable, sobornándola con migas de pan, a la de iris color carmín. Ha clavado en sus ojos circulares, con certera puntería en el centro de sus oscuras pupilas, los alfileres fríos y oxidados que siempre lleva en su cartera negra. Y la ha dejado ciega. Seis, maldito número, han sido los tropiezos del ave contra los troncos de las acacias, en los vuelos imprecisos que ha intentado. Recién en el séptimo logró cobijo en el follaje del nogal enorme que está en el centro. Fíjate, todos los enigmas que, en su momento, no he advertido.
   Y ha habido más señales en estas horas aciagas en que he apartado mis ojos de tu figura aislada, en que no he posado mi mirada en tu rostro. Tal vez, la mayor, haya sido el desvelo que he padecido, tres noches insomnes y tres días interminables, los astros han querido silenciarme para separar nuestras voces.
   Y por eso he venido por ayuda porque solo no puedo, mis fuerzas han sido diezmadas, el ave infernal me sobrevuela, me empuja hacia la locura. La desidia y el miedo se han apoderado de mi mente y no me abandonan, no puedo espantarlos, necesito de tus poderes, aún diezmados. He venido hasta aquí con mi semen intacto, ese almíbar que no es lo único que me queda para verter sobre tu piel blanca, porque conservo aún mis besos encarcelados, mi abrazo desnudo de dolor, y, además, he ofrendado mi congoja, que se tiñe de color marrón y permanece en mí, dormida alrededor de tu recuerdo celestial.
   Todo he intentado para llegar hasta tu sitio, pero se ha dañado mi memoria, no encuentro el sendero que me lleve hasta tus brazos, he pedido, he rogado, he hecho todos los intentos necesarios para llegar a tu puerta mágica, la he buscado por todas las calles de Palermo, he buscado el resquicio secreto que los dos conocemos, pero no ha sido suficiente. Me he chocado con todos los cristales, como un murciélago que ha perdido el juicio, como una mariposa extraviada tratando de alcanzar su norte en una tarde de verano tórrido.
   Perdóname mi amor, que no te he dicho que te quiero, que no te he susurrado mi amor al oído con palabras dulces. Merezco este castigo, pero ten piedad de mí, solo te pido que suspendas tu silencio y vengas a buscarme al pie de esta “Torre del Tiempo”, tú sabes dónde está, necesito refugio en tu nido, en tu espacio escaso, espero tu abrigo ante esta tormenta de locura que me acosa, que me hace temblar los dedos, que me anula el ánimo. Alivia mi dolor, mi mente no tiene descanso, ven a proveerme de tu sosiego de siglos, estoy pisando el borde difuso de la insania, rescátame, que este camino se desbarranca inevitable, solo tu presencia aquí, al pie de esta columna, tomando mi mano entre las tuyas, espantará todo el inmenso dolor que padezco.

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jueves, 19 de enero de 2017

El violín

   Todos los noviembres ocurre un fenómeno que perfuma de poesía las calles de Buenos Aires. De repente, un día cualquiera, aparecen las veredas pintadas. Una capa de color en la cual yacen esparcidas las motas apretadas ocultando las baldosas, debajo de esos árboles, como si hubiesen llorado toda la noche, mojando el piso con sus lágrimas, por algún desconsuelo que desconocen los hombres.
   Cuando llega la hora del crepúsculo, el sol va desmayándose con sus rayos naranja, las arterias de Palermo se tiñen de una penumbra rosada, y esos relumbres ya tibios, producen un efecto asombroso, único, iluminan las flores caídas de los jacarandás, que forman un tapiz lila intenso, lo cual seduce a pensar, que las han coloreado los ángeles. 
   Del mismo modo el amanecer brinda un escenario fluorescente, que despierta una especie de agitación en el río. Desde las copas semiesféricas de estos árboles, de hojas verde musgo, caen estas trompetitas violáceas, como si fuesen gotas de rocío, derramadas de los párpados de mujeres hermosas, de tallos alineados, con dedos cargados de flechas, parecidos al helecho, de foliolos diminutos y afinados, similares a los de los pinos.
   Pero en este mes, además de la maravillosa metamorfosis que ostenta en todo su esplendor la Naturaleza en esta ciudad, hay desdichas y hay diosas que reparan daños en la vida de los hombres que aquí viven. En forma misteriosa ocurren sucesos, y tendrá lugar aquí uno de esos acontecimientos mágicos que enlazan a las almas que padecen, con los movimientos de las estaciones, con las flores que en este momento caen como lágrimas azules de estos espléndidos árboles.
   Este es el espectáculo que ve el polaco Jedrek, cuando llega, con su convertible blanco, a su departamento que está frente al Jardín Botánico, sobre la avenida Santa Fe. Generalmente vuelve de madrugada. Es el dueño de uno de los clubes nocturnos más elegantes de Buenos Aires, “Rinoceronte”, y del bar más conocido de Constitución, “Trópico”. Es un tipo seco, de cabello rubio, tiene la mirada helada incrustada en sus ojos claros, no le gusta hablar mucho con la gente, tiene cincuenta y tres años de edad.
   Lo conoció a Tilo cuando éste era un pibe de diecisiete años, en la época en que vendía ramitos de pensamientos en el Bajo. En ese entonces, les hacía los mandados a las chicas que trabajaban en la calle Salta, en los tiempos en que recién empezaban a prosperar los negocios. Ahora tiene treinta y cuatro, es el encargado de Relaciones Públicas y su socio, en especial del club que está en Barrio Parque, el sitio donde vive la clase más adinerada de la ciudad. 
   Es su mano derecha, le tiene confianza. Se ocupó de él como de un hermano menor, lo sacó de la villa y lo ayudó a terminar los estudios, él trabaja en sus locales, sabe cuidar a las chicas, conoce la noche. A veces lo manda a supervisar a los encargados del boliche de Constitución. Es joven, pero sabe tratar con la policía. Además, controla que la droga no se mezcle con los empleados y también le hace de guardaespaldas. 
   Hace poco le compró un departamento de dos ambientes, a media cuadra del suyo, sobre la misma avenida. Ahí Tilo escribe en su tiempo libre, le gusta hacerlo al amanecer cuando llega de trabajar, aquí tiene sus libros, y muchas veces lo hace escuchando música suave, para animar a su inspiración. La ventana de esta habitación, da de lleno al Jardín Botánico, a este lago amplio de plantas y pájaros. A veces, de día, va a sentarse a leer en alguno de los bancos que hay en los senderos de ese parque, en especial a los que están cerca de la “Columna del Tiempo”, ese enigmático monumento austro-húngaro que, en su parte superior, en épocas pasadas, marcaba la hora de las principales capitales del mundo, con el reloj de sol, la bóveda celeste y el círculo zodiacal. 
   El parque es un triángulo boscoso bordeado por Santa Fe y Las Heras. Es un lugar casi mitológico que conoce y visita con frecuencia, con miles de árboles, plantas y arbustos de todas las especies, cuatro invernaderos escondidos entre la densa vegetación esparcidos por el predio, y el invernáculo principal vidriado de estilo “art nouveau” con estructura de hierro forjado pintada de color negro. Al principio, cuando hacía poco tiempo que se había instalado en este barrio, se quedaba asombrado durante horas ante esos prodigios.
   Nunca le contó al polaco de las historias míticas que todos conocen en el barrio, de las viejas que van a alimentar a los gatos que se esconden en los recovecos, y de los fantasmas, que se ven por la noche, porque a Tilo no le gustan ni los gatos ni los fantasmas, él es de ángeles y duendes. Además, no es conversación que le interese al frío corazón de su socio.
   En el centro del bosque está el edificio principal de estilo inglés que siempre le gusta observar, con la caprichosa forma de un pequeño castillo de libro de cuentos, con ladrillos rojizos a la vista, diseñado y construido en 1881.
   Diseminadas como al azar hay esculturas que nunca se cansa de mirar, esparcidas por los canteros, y en uno de los extremos del parque, puede ver las esculturas del conjunto llamado “Pastoral”, que representa a tres de los movimientos de la sexta sinfonía de Beethoven, que es el compositor favorito de Jedrek.
   En el centro de la fuente llamada “La Primavera”, en la parte noroeste del jardín, se encuentra la “Ondina de Plata”, una escultura de una ninfa de agua de la mitología escandinava. Está realizada en mármol, semidesnuda, y él siempre se detiene a observarla con cuidado, porque le parece que el escultor ha logrado la figura de una joven bellísima. 
   Le gusta imaginar que pertenece a la cultura griega, en vez de la nórdica, porque dice que la griega le otorga más encanto. Aunque para aquellos eran deidades femeninas menores, siempre sostuvieron que estaban destinadas a cuidar de jardines, fuentes, y arboledas como ésta. Esta historia le cierra mejor que la otra, y se promete agregarlo a las anotaciones que está haciendo, piensa introducirla en el cuento que tiene a medio hacer.

*   *   *
   Ni él, que es una de las pocas personas cercanas, le ha conocido alguna mujer a Jedrek, desde que llegó al país, porque es un tipo que tiene el interior devastado. Nunca pudo olvidar a su esposa, que murió de un mal terrible en la tristeza invernal de Los Cárpatos. Desde aquél acontecimiento ha caído, con el paso de los años, en la desolación, ese oscuro estado del alma. 
   Cuando Elka murió, él pidió que la cremaran, y antes de venir a afincarse en Buenos Aires, le encargó a la vecina de la casa de su pueblito natal, cerca de aquellas montañas de Europa del Este, que le guarde la urna provisoriamente. Todos en el club saben que Tilo fue el que se encargó de traer la caja, con las cenizas a la Argentina, y que también lo convenció al polaco, para que las enterrara al pie de un árbol, que estuviese en el Botánico, cerca de la fuente. 
   Le dijo que era de buen augurio que la ninfa cuidara esas cenizas, porque algunos poetas, le comentó en ese momento, han sostenido que ellas son inmortales y se mantienen siempre jóvenes. De manera que era el mejor sitio en el cual el alma de Elka estaría a buen resguardo. Él leyó en los libros, que esas deidades son ondinas acuáticas, por lo que considera que están relacionadas con las nereidas, como las que están en la parte superior, de la fuente de Lola Mora, en la Costanera Sur, la fuente a la que él va siempre a pedir por su madre. Y él tiene una fe inquebrantable en que algún día la va a encontrar, que la va a recuperar para siempre, y es por eso que quiere entusiasmarlo, es por eso que lo va a llevar a ese sitio que es como un monasterio, es el lugar sagrado a donde va a rogar, es su Muro de los Lamentos al que va a pedir que se cumpla el deseo más importante que persigue, en su todavía corta existencia.

*   *   *
   El polaco decidió interrumpir su intercambio emocional con el mundo a partir de la muerte de su esposa. Cerró de ese modo la puerta de su corazón, quiso arrinconar allí, solo los buenos recuerdos de Elka. Hace dos años hubo una mujer, que quiso colocar una semilla de amor, en la aridez de su espíritu, pero sus elementos afectivos están tan dañados por el dolor y la culpa, que no permiten que en ese lugar crezca ninguna flor, y de inmediato desatan huracanes que destierran cualquier intento. 
   Ese movimiento eterno que anida en su alma, le incrementa el rencor contra sí mismo, lo lleva a la indolencia, le cauteriza cualquier sentimiento. Está agrietada por dentro, como un campo yermo donde nada crece, y ya ha pasado tanto tiempo, que hasta los recuerdos de su amada Elka, ya se le están atrofiando. Es un páramo, es una persona casi vacía.
   Cuando comenzaron a caer las primeras flores púrpuras de los jacarandás de la avenida Santa Fe, empezó a tener problemas para poder dormir, daba vueltas y vueltas en la cama, hasta que una noche tuvo la revelación que nunca hubiera imaginado.
   Se levantó y fue hacia la ventana, que daba al Jardín Botánico, porque quería saber de dónde venía ese sonido familiar, que le trastornaba el sueño. Era un sonido de violín que venía de afuera, se asomó ante la inmensidad verde, que se extendía quieta delante de él, y se dio cuenta que venía de ahí, cerca del lugar donde estaban las cenizas de Elka. 
   Estuvo un rato mirando la arboleda en la quietud de la noche, y el sonido se fue apagando hasta el silencio. Cerró la cortina despacio, se pasó la mano por la barbilla, volvió a la cama, dejó la Beretta 9 mm sobre la mesa de noche, apagó la luz y pudo conciliar el sueño, después de un tiempo y con alguna dificultad. 
   Es una persona que se da pocos gustos. Le atrae mucho, por ejemplo, escuchar música en la soledad de su habitación. Se inclina por la de los clásicos alemanes, los dramáticos como Wagner, los rusos, o los melancólicos italianos, pero sobre todo le agrada Beethoven. Las noches siguientes, sentado en el sillón, o estando ya en la cama, le llegó en algún momento ese sonido suave que no termina de identificar. 
   Es la melodía de un violín que brota desde la oscuridad del follaje y se cuela por su ventana, a veces se trata de una melancólica aria de Bach, y a veces es un murmullo triste en el aire nocturno, el adagio en sol menor de Giazotto, según sea el estado del alma que viene a sensibilizarlo. 
   La tercera noche que se asomó para escuchar el sonido, pudo ver una claridad entre las ramas, que desde la distancia no podía definir. Se vistió, bajó, y arrimado a la reja negra del parque, pudo ver de dónde venía. Trepó por los barrotes sin hacer ruido y saltó al otro lado, luego fue avanzando por los canteros. Fue ahí cuando la divisó entre los árboles. Era nítida la figura de su esposa joven, vestida solamente con un camisón blanco, casi transparente. Llevaba el pelo suelto hasta la cintura, frotaba el arco en las cuerdas del violín que tenía aprisionado, entre el mentón y el hombro, arrancando las notas del instrumento con los ojos cerrados. Estaba parada al costado de la fuente de la ondina.
   Estuvo quieto, incrédulo todavía, mientras sonaba la música, con los músculos en tensión, la mandíbula apretada, apoyado en el tronco de un pino para no desvanecerse de la emoción que se le había atorado en la garganta. 
   En esa condición estaba cuando, como un manantial que brota después de siglos bajo tierra, con la fuerza contenida de la lava de su dolor, comenzaron a resbalarle las lágrimas por la cara, sin que atinara a secarse, espantado y embelesado como ante la figura de un ángel, fascinado por el espectáculo que se ofrecía a sus ojos. 
   Sabía que la imagen que estaba viendo, tenía todos los atributos de la realidad, estaba seguro que no era una alucinación. Con el pecho oprimido por la angustia, tuvo la aguda sensación de sufrir un cataclismo interno, como un rayo que le recorría todo el cuerpo. 
   Se tomó las sienes con las dos manos, y con su cabeza a punto de estallar, cayó de rodillas en el pasto húmedo. 
   En esta postura, sin desviar la mirada que sostenía sobre Elka, fue viendo cómo se desvanecía su imagen al mismo tiempo que acometía los últimos compases de la pieza. 
   Esa noche no durmió de tan extenuado que estaba.

*   *   *
   A la mañana siguiente decidió hablar con Tilo. El muchacho, que es muy perceptivo, se dio cuenta de que el polaco tenía un tema entre manos, era cerrado, le costaba decir las cosas, entonces le propuso que se cruzaran enfrente. Vienen juntos a veces aquí, a pasear por los senderos internos de trozos de ladrillo rojo, cuando tienen un problema de difícil solución, caminar por aquí les hace pensar mejor, el chico dice que hay una mejor “energía”, y en eso coincide con Selva. 
   En el centro de este bosque fascinante en medio de la ciudad, el silencio reina entre las plantas, no se escucha el ruido del tránsito de las avenidas, solo los trinos de todo tipo de pájaros perforan la atmósfera vegetal, la plenitud de los aromas de flores calma angustias y soledades, aquí se puede conversar en voz baja, como en una biblioteca.
   —Decime…anoche… ¿escuchaste un sonido de violín que venía desde los árboles de enfrente? Suavecito…
   —No… —Tilo giró rápidamente la cabeza para observarle el rostro desnudo, y lo vio al borde de una revelación—, es rara la pregunta que me hacés, ¿y qué sentiste en ese momento?
   —Físicamente nada, comenzó diciendo con una zozobra interna, un malestar…
   —Sí, seguí.
   —Primero pena, y después una culpa gigante que no puedo explicarte con palabras, luego fue creciendo una bruma intensa en mi cabeza que no pude ver con claridad, creí que no lo iba a poder soportar hasta que terminó la melodía, me había tomado la cabeza con las manos con los ojos cerrados —dijo repitiendo el gesto—, no sé si me creés.
   —Por supuesto, no lo dudo —dijo. Y asintiendo con la cabeza, le puso la mano en el hombro—. Estás temblando polaco, tranquilo, es una señal que trae buen augurio.
   Así quedó cerrada la conversación, pero Tilo salió cavilando del jardín, y se quedó pensando largo rato en su departamento.
   A Jedrek lo acosa la culpa, pero ya no huye de su fantasma, la desolación de su alma por la desaparición de su esposa es una batalla que ya tiene perdida, está con el espíritu resignado, no busca nada, el rencor contra sí mismo le paraliza los sentimientos, está casi vacío de ellos. Ni siquiera la tristeza se atreve a esa soledad, tiene su interior deshabitado de todo. 
   En la noche de Buenos Aires se encuentran tipos como él, pero generalmente encallados en las barras, o en las mesas de los bares, metiendo los dolores en un vaso de alcohol, o en las líneas de la cocaína, para poder seguir, porque solos no pueden. Él, en cambio, es un tipo duro, porque puede sin esas ayudas, y, además, aún espera el milagro de llegar a una situación límite, una que le ofrezca la oportunidad de darle el último desenlace a su vida.
   Tilo no, porque él nació entre las latas, las botellas, la basura, en un hogar destrozado de entrada, el único amor que tuvo fue el de su madre, a la que va a seguir buscando, la va a perseguir hasta que se muera, y en esa tarea va a colocar toda su fortaleza. Todas las mujeres son ella, la vida que tiene por delante es un cielo lleno de estrellas por descubrir.

*   *   *
   Todo el día siguiente Jedrek se lo pasó pensando. Al fin se decidió y la fue a ver a Selva, la que tira las cartas y que vive en el mismo edificio que él, en el último piso. Tocó timbre y ella lo hizo pasar. Siempre tiene las habitaciones en penumbras, es habitual el fuerte aroma a sahumerios de la India que llena el ambiente. Ella es una mujer mayor que él, de rasgos finos, alta y seductora. 
   El rostro de rasgos delicados, rímel color negro en las pestañas, sombra violeta en los párpados, carmín en los labios, de donde sale una voz cálida que se ondula suave, casi cantando, la cabellera negra recogida en una trenza. Se sentó en el sillón y le clavó una mirada inquisidora buscando que le dijese a qué había venido. El polaco le contó lo sucedido esa noche y lo que había visto.
   —Selva, estoy loco, la veo —dijo casi en voz baja, abriendo los ojos, moviendo la cabeza para todos lados como si alguien pudiera escucharlos.
   —Está en otro plano, querido… es una buena señal —le respondió ella, con una sonrisa, recostándose en el sofá, invitándolo a que se relajara. 
   —Sacámela de la cabeza.
   —Bueno, tranquilo...mirá, tenés que elegir.
   —¿Elegir qué?
   —O te quedás o te vas con ella, no es una decisión fácil, tomate tu tiempo, no tenés porqué hacerlo ya.
   Y ahí Selva le explicó cómo era el tránsito por ese lugar que no es ningún lugar, es un no lugar, donde el tiempo y el espacio se quedan sin dimensión definida. Y él fue entendiendo que se trataba, ni más ni menos que de entregar su vida a la muerte. No era un negocio más en la vida del polaco. Se trataba de entregar el cuerpo y borrar la culpa, recuperar a su mujer, ambos en espíritu, debido a lo cual tenía que pensar en no fallar en la redención y en las deudas que debía atender, en pensar muy bien esa jugada.
   Ese fue el momento en que la mente atrancada de Jedrek se destrabó, como si esa mujer le hubiese puesto aceite a su mecanismo sentimental. Y empezó a funcionar de a poco. Él, en cierto modo, ya lo había decidido antes de ir a verla, estaba entregado a lo que ella dijera, de modo que va a empezar su búsqueda, para alcanzar el plano que ella le ha mencionado, el que lo aísla del mundo donde se encuentra Elka. 
   No ha perdido la calma, la puerta del arcón de los recuerdos, que tiene cerrada hace muchos años, empieza a abrirse. El llano de la desolación comienza a disponerse a que lo ilumine algún lucero del cielo de la esperanza.

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   La noche siguiente va con Tilo, a la fuente de Lola Mora. Se sienta con él a unos metros del monumento y observa la obra de arte. Es una magnífica valva, en la que hay tres tritones con caballos del séquito de Poseidón, que custodian el centro. Allí se alza una roca sobre la que se encuentran las dos nereidas que sostienen a la diosa Venus. 
   Ninguno de los dos sabe el nombre de ellas, cuál es cada una entre las cincuenta conocidas. Pero Tilo ya ha decidido que es Galatea, la que está más cerca. Le cuenta la historia de las hijas de Nereo, que acompañaban a las almas de vivos y muertos a la Isla de los Bienaventurados. 
   Y se confiesa diciendo que siempre viene a verla, a la que está en primer plano, la que se encuentra adelante, y siempre le pide que vaya en busca del espíritu de su madre para traerla aquí a Buenos Aires. Ahí hace una pausa, con un nudo en la garganta, y lo mira a los ojos al polaco, lo observa buscando en la profundidad de sus pupilas agrandadas. Jedrek quiere que siga contando, pero no se lo dice, sigue con los labios cerrados en el silencio de la noche, bajo la inmensidad de la luna que ilumina la fuente. Lo envidia sanamente porque sabe que tiene suerte, el alma de su esposa lo ha venido a buscar, pero él todavía tiene que seguir esperando, por su madre. 
   Tilo está pensando, mientras gira lenta la rueca que hila en su memoria, que fue Galatea la que llevó el recado a la ninfa del Botánico, esa orden de desatar el espíritu de las cenizas. No lo dice, pero está convencido. En sus libros ha leído que los navegantes españoles que han circulado por estas aguas marrones, también han visto nereidas y, que todas las aguas, mares y ríos en algún lugar deben unirse, que el tiempo no existe y que la mitología es verdad. 
   Se quedan un rato más en silencio y emprenden el regreso.

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   El polaco la va a ver a Selva, esta noche ella le va a decir lo que tiene que hacer.
   —¿Ya te decidiste?… ¿qué querés hacer querido? Decime.
   —Me voy con ella.
   —Bueno… yo ya te preparé algo para que tomes…pero antes te cuento una historia.
   Ella ya se ha anticipado, sabía que la tentación de Jedrek era muy fuerte y no iba a desistir, lo conocía bien, había mirado muy profundo sus ojos cuando había venido la primera vez. Mientras le coloca en la palma de la mano el preparado, le cuenta casi en susurros la leyenda guaraní.
   —Hubo un muchacho indígena que se enamoró de una hermosa española llamada Pilar, y el padre, cuando los descubrió juntos, los mató a ambos por celos —hace una pausa, pero no baja la vista de la frente del polaco, que está encandilado todavía con la mano extendida—, después, el mismo padre, se arrepintió y fue a buscarlos al lugar del asesinato. Allí, en vez de los cuerpos de la pareja, encontró un espléndido árbol de jacarandá. 
   Selva le dice que el té de flores lilas, éstas que tienen forma de campanita, lo va a elevar en su viaje que lo conducirá a la unión con Elka, que va a quebrar la ausencia y sanar la culpa, que lo va a acercar a ella al lugar donde el tiempo se desvanece en la eternidad, y eso es música que llega desde el cielo para iluminar su futuro.

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   El polaco comenzó a tomar el brebaje con rigurosidad antes de ir a costarse. Trataba de ser constante, no quería fallar, se le había despertado una confianza ciega en las artes de Selva, a veces sus pensamientos se remontaban a los recuerdos de su niñez, en su memoria conservaba las hazañas que lograba la anciana de su pueblo natal con sus hierbas, sus pócimas y sus pomadas sanadoras, que tenían poderes sobrenaturales y curaban enfermedades que los médicos no podían. 
   Al principio se le comenzó a agriar el ánimo porque no veía ningún avance, lo cual le duró varias semanas, y estuvo a punto de dejarlo de lado y olvidarse del asunto. Luego se puso más parco que de costumbre, se iniciaron los cambios más positivos y se le empezó a aliviar el alma, con la música que le hacía llegar su esposa. Al menos eso es lo que él siempre le comentaba a Tilo. Cambió mucho desde entonces, porque siguió imaginando que veía a su mujer, y la soñaba siempre con el violín de abeto soltando melodías todas las noches.
   En el momento en que cayó la última flor lila, ya desaparecida la alfombra azul de la vereda, cuando se distinguían claramente los frutos, en forma de castañuelas, en una noche calurosa de enero, él decidió que era el momento de irse con ella.

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   Fue Tilo el que encontró el cuerpo sin vida de Jedrek en su departamento. Tendido boca arriba, parecía dormido y presentaba, cosa rara porque su cara era inmutable, una sonrisa en la boca. Y fue él quien se ocupó del trámite de avisar a la seccional. Se lo comunicó a Selva con un breve llamado. Al rato ya estaban allí el inspector de la comisaría veintitrés, con el que hablaba casi todas las noches por los asuntos del club nocturno, y el médico que vino con la ambulancia que estaba estacionada abajo. El forense dijo.
   —Muerte natural.
   Una vez que terminaron todos los procedimientos, Tilo se puso a escribir esta historia. No estaba triste por la muerte del polaco. Así todo estaba mucho mejor, lo iba e extrañar, eso sí, pero estaba animado porque pensaba que Jedrek estaría sonriendo, por fin se había quitado la enorme espina de la soledad que llevaba clavada en su corazón. Encendió la luz de la lámpara de su escritorio y un esplendor iluminó la ventana. Se sentó y comenzó a teclear. Su rostro pecoso de aristas finas tomaba una apariencia color canela bañado por la lumbre de la pantalla, la mirada gélida de sus ojos celestes parecía más cálida esta noche. 
   Había escrito unas pocas líneas. “La culpa nace de la íntima convicción de que se ha cometido una falta terrible, un daño irreparable. Es un sentimiento atroz que pudre el alma día a día, la vida se convierte en un buque que naufraga sin hundirse, una jeringa que inyecta veneno en las venas del adicto. Porque el que carga con la culpa no reflexiona, no puede, solo siente y padece sus estragos ¿Y quién puede juzgar a ese hombre culpable? Solo los dioses, no es materia que esté al alcance de la sabiduría de los hombres.” 
   Y en eso estaba cuando empezó a escuchar una suave melodía que venía de enfrente. Se levantó, fue hacia la ventana y desplazó la cortina con la mano, miró hacia el follaje, allí, entre los árboles del Botánico, luego tomó las llaves y caminó hacia la salida, había decidido bajar a la calle a ver si veía algo.
   Abrió la puerta y sintió que había pisado un papel doblado, lo abrió y reconoció la letra ganchuda del polaco. Era una carta de despedida, y en ella le dejaba un mensaje para él y para Selva. En ese trozo de papel colocaba su última voluntad, y le pedía al muchacho que le dijera a ella que ya había llegado, que estaba con Elka y que iba a mandar una señal.
   Tilo se lo fue a decir a Selva y regresó. Esa noche de verano la calma era total, salió al portal de su edificio, apoyó la espalda en la columna, y miró con interés hacia las plantas. Luego se acomodó mejor, con ese gesto que conservaba de niño. Se sentó en el escalón amplio de la entrada, recogió las rodillas y las juntó, tomándolas con ambas manos. 
   Vio que ya no estaban los capullos azules de forma tubular de los jacarandás en la vereda, ya había terminado la floración en la ciudad de Buenos Aires, cumpliendo con los delicados designios que van marcando el ritmo de las estaciones, y entonces percibió que algo mágico estaba por suceder. 
   No vio ninguna luz entre el follaje, pero empezó a escuchar el aria melancólica, sonando en las cuerdas de un violín cuyo timbre particular, tan conocido, buscaba el sendero para salir por el borde de las hojas, desde ahí enfrente, filtrándose suavemente entre las ramas que se mecían al calor de la noche. 
   Miró hacia arriba y vio la silueta de Selva acodada en la ventana con la mano jugueteando entre sus cabellos. Ella miraba hacia el mismo sitio que él, justo hacia el mismo punto, más allá de las rejas perimetrales, entre los árboles del Jardín Botánico. 
   Ella y Tilo, ambos, buscaban con los ojos el lugar de donde provenía ese sonido, esa música que no dejaba de arrancarles, una sonrisa de satisfacción.

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