lunes, 18 de diciembre de 2017

Cielo rojo


   José está preso desde que se le incendió el rancho. Su vida está confinada entre tres muros y la reja inviolable de una celda. El techo y el piso de cemento clausuran su encierro como un féretro de piedra. Al fondo hay una abertura cuadrada que filtra un prisma de luz entre seis barrotes cruzados, negros y torcidos.
   Trata de pensar por qué está aquí y rememora. La pobreza lo fue empujando de a poco a vivir al borde del arroyo, donde no llega la mano de los ángeles. 
   Aquella noche de invierno no tenía plata para la garrafa, y el frío dolía tanto que encendió el brasero. Tal vez lo puso demasiado cerca de la cama. María se lo pidió. El carbón encendido empezó a morder la punta de las cobijas, siguió con el ropero, hasta que el aire se puso rojo por encima de las chapas del techo. 
   Qué difícil para José es conciliar el sueño. Recuerda la sirena del autobomba, el cuerpo calcinado de su mujer y la lucha de los bomberos combatiendo las lenguas de fuego. Y después el fin, el derrumbe de la vivienda, y todo ardiendo a su alrededor como un infierno de trapos, latas y explosiones. 
   Esa fue la última escena que vio antes de perder el sentido. Lo que sigue en su memoria es cuando lo trasladaron esposado hacia la comisaría. 
   En el medio se le genera un hueco que deriva hacia el olvido, con imágenes borrosas, en medio de la confusión, con toda la gente del barrio en la calle, observando el drama. En el calabozo rememora los gestos del gallego alucinado, parado frente al baldío donde duermen las vagabundas, gritándoles: «¡mujerzuelas!», echándoles la culpa de la tragedia.
   En la villa acorralada entre la vía muerta y el arroyo contaminado las cosas son así, hasta la luna es triste. Por eso José no quiso que María tuviera hijos. Es mejor, le decía. El cielo que nombra el cura párroco no es el que está aquí arriba, está en otro lugar que no conocemos.




Este relato pertenece al libro "Cielo rojo".


Safe Creative #1712125084726

martes, 12 de diciembre de 2017

Estatuas de sal


   Julián llega en bicicleta a la vivienda restaurada por él, entre las ruinas de este pueblo de veinte manzanas. Pasa al lado de los vestigios del desorden, testigos del cataclismo, hormigones quebrados, huecos en paredes donde hubo ventanas, soledad y silencio. 
   Deja la bolsa sobre la mesa. Ha comprado en la ciudad vecina una hogaza de pan y dos botellas de vino. Se acerca a la ventana y mira hacia la laguna de Epecuén. Es más salada que el mar, las olas de la orilla babean espuma, y la playa es un manto infinito de granos de sal.  
   Recuerda cuando tuvo que desalojar la casa, antes de la inundación que cubrió todo y le arrancó la vida a Helena, su mujer. 
   Hace nueve años, el agua se retiró y los restos retorcidos del caserío emergieron por completo, desnudando la calamidad. Julián volvió y es el único habitante de esta villa maldita que ya no existe. 
   En las noches de luna llena, cuando la superficie del lago es un espejo de mercurio, baja a la playa a modelar la estatua de sal con la figura de su mujer. Y termina su labor antes de que los primeros resplandores del sol disparen las saetas rojas del amanecer, hacia la parte más alta del cielo.
   Hace la tarea de rodillas. Tiene los pantalones roídos porque los cristales blancos lastiman como astillas filosas. De vez en cuando los remienda con cueros para evitar los tajos sobre la piel.
   Las tormentas que se desatan sobre Epecuén destruyen la estatua, a veces la quiebran. Por eso cuando el viento sudeste encrespa la superficie del lago, él vigila desde su casa la escultura de Helena. 
   Si la figura se disgrega, espera que amaine el temporal, y baja a la playa para hacer otra, apurado quizás por rescatar el amor que se tuvieron: puro, melifluo, inmaculado.
   Fabricar estatuas le cuartea las manos, pero no le importa porque siente que vuelve a acariciar las mejillas de Helena al borde de la laguna.
   Julián es de esos hombres que se resisten al olvido fabricando ilusiones, para poder seguir viviendo, y no caer en la locura.




Este relato pertenece al libro "Cielo rojo".


Safe Creative #1711244924463

lunes, 7 de agosto de 2017

Sombras


Marzo de 2006

   Los murmullos de las voces en la penumbra rojiza, la música suave, los aromas de bebidas y los perfumes femeninos, se esparcen por encima de las mesas de los salones de Trópico, todo indica que es una noche tranquila. 
   Tilo se inclina para escuchar lo que un empleado le dice algo al oído. Luego se endereza y se dirige hacia el fondo del local sin dejar de observar de reojo a su alrededor, mientras verifica que los guardias de seguridad estén atentos. Su figura alta pisa las alfombras gruesas y se pierde por el pasillo que conduce a las oficinas. Golpea con los nudillos y de inmediato entra al despacho sin preguntar. Siente el “clack” de la cerradura que se cierra detrás de él. 
   El polaco Jedrek, de traje azul, impecable, está parado en el centro de la oficina. Está solo, no lo saluda, está serio, el brillo de la ira le titila en la mirada hosca. La luz amarillenta del único foco que lo ilumina le talla la cara cuadrada, los pómulos en punta, casi filosos. Tiene la voz agria, helada como el viento de su aldea natal, cerca de los Cárpatos. Está furioso. Habla como un trueno ronco.
   —Mostrame los brazos —dice.
   El metro noventa de Tilo se pone tenso como un granadero. Siente la respiración agitada del polaco soplándole en el rostro porque se le ha acercado y están cara a cara, lo cual le tensa más los músculos. Mantiene el semblante impasible y los tendones del cuello se le endurecen como varillas de acero. Intuye de qué se trata, y entonces reacciona. Le dice que no le dé órdenes, que no se haga el misterioso y vaya al grano, que directamente le diga lo que tiene que decirle. 
   Y Jedrek continúa.
   —Necesito que lo que tenés aquí —y le apoya el dedo en la sien— esté bien frío. Y lo que está acá —y le pone el puño cerrado de nudillos gruesos sobre el pecho— esté bien calentito. ¡¿Me entendiste?!
   El polaco y Tilo lo saben. La noche y especialmente el negocio del club nocturno tienen sus peligros. Y más, todavía, porque Trópico tiene la fama de resistirse a pactar con la mafia de la trata, y de la droga. Por eso Jedrek está doblemente enojado, y no quiere ni averiguar a dónde fue a comprar el pibe su “mercadería”.
   La vida y la muerte están en juego. Separados por una delgada lámina de tiempo, el paso entre esos dos estados se define en un segundo. Hay que tener la mente fría y despejada, y tener en el corazón el impulso justo para defender la vida del otro.
   El polaco está invadido por la iracundia. Y tiene razón. Trata de calmarse un poco, se sienta en el sillón que está detrás del escritorio, busca la serenidad que ha perdido. Se recuesta y estira unos segundos los brazos extendidos hacia atrás, por encima de la cabeza, para distenderse.
   Después, se afloja, deja que las manos cuelguen libremente y los hombros bajen. Lentamente se acomoda mejor sobre el respaldo y, comienza a recordarle al muchacho porqué ha confiado en él y, cuántas veces le ha recomendado las cosas de las cuales tiene que cuidarse. Nada de droga, nada de alcohol, nada de involucrarse con las chicas que trabajan en el local. Se lo repite una vez más, porque sabe que está flaqueando y ha empezado a consumir.
   Finalmente pone las dos palmas sobre el escritorio como en ademán de levantarse, pero no se incorpora, clava los ojos en la mirada de Tilo, que todavía permanece parado frente a él. Le habla remarcando con cautela cada palabra, como sujetando con fuerza la rabia para que no se le escape. 
   —Andá a verla a Mara —le dice, casi echándolo de la oficina.
   El polaco sabe que el pibe es duro, pero reconoce que también, este negocio y la soledad de la noche en ciertos momentos se vuelven insoportables, y es cuando uno se debilita, y necesita un poco de ternura. Por eso ha pensado en esa mujer. 
   Lo tiene que ayudar para que no caiga en la adicción, sabe que está a tiempo. Lo entiende, a veces es difícil no tentarse inyectando un poco de alivio por las venas. Pero también sabe que en este negocio no se puede dejar ningún resquicio. La llama bajo la cuchara y la jeringa esperando, en suspenso, para clavarse un hilo de ácido bajo la piel, marcan el ocaso de todo. Es como meterse la punta de la 9 mm entre los dientes, con la boca abierta, sin seguro y con el cargador puesto.
   Tilo sale de la oficina dando un portazo, atraviesa el salón como si no hubiera pasado nada y sale a la calle. Tiene la rabia trabada detrás de la mandíbula, pero el carácter flemático que hereda le moviliza el razonamiento. Comprende que ha caído en una debilidad que no se permite a sí mismo. 
   El polaco conoce la historia que ha tenido con Mara, y este nombre, ahora, aparece como un fulgor en la retina que le ilumina el cerebro, le aviva un recuerdo que no quiere empañar, una huella de amor, una joya entre la basura nauseabunda de las madrugadas de la ciudad. Fue la primera mujer que le develó la clave para encontrar el atajo hacia el corazón femenino, la que le mostró cuán imprecisa es la posibilidad de alcanzar ese universo tan ambiguo para el entendimiento de los varones, fue quién, en definitiva, le enseñó el modo de leer con delicadeza las emociones, y ahuyentar los titubeos a fin de conseguir la suavidad de una caricia sincera.
   Tilo camina en la oscuridad de la madrugada de Buenos Aires. Toma por la avenida Santa Fe bajando hacia el Bajo. Los recuerdos se le atropellan en la nuca.
   Hace unos meses, cumplidos los veintidós años y ya terminada de mudar la piel de la adolescencia, había empezado a sentir que en el club sus más íntimos sentimientos estaban a la deriva, que era un sitio alambrado que le aumentaba la desolación. Se estaba marchitando entre tanto vacío. Y llegó la ocasión en que hizo un alto en su trabajo y salió del local, buscando esa mirada que le estaba faltando. Y la encontró en un bar del Bajo. Mara, habitante de otro paraíso, le supo susurrar la nota musical adecuada, porque hablaban el mismo idioma de las sombras calladas, que se esconden entre las latas y los escombros del suburbio. 
   Pasó dos días con ella y fue el lapso suficiente para que le dejara la marca indeleble que había buscado en una mujer, y la quiso conservar envuelta en la bolsa del egoísmo, dónde colocaba lo más valioso, y cosió luego la abertura con el hilo más duro, preservando dentro de sí mismo el tiempo de sosiego que ella le había regalado, y los exquisitos silencios de los gestos. Mara le mostró la escalera al cielo y luego se esfumó de su vida dejándole los huesos a la intemperie. En ese momento pensó que sería fácil olvidar a esa chica. Pero no, se equivocaba. 
   La discusión con Jedrek le despertó el nombre que él tenía guardado bajo siete llaves, como una estampita doblada en dos. Ahora advierte una picazón en el alma. Una centella se le metió en el pecho. La fuerza de gravedad del dulce recuerdo lo empuja.
   Pero ahora Tilo está un poco perdido, esta noche exageró con una dosis fuerte, y siente que le está comiendo el cerebro. Piensa que Mara tiene que estar en algún rincón de Buenos Aires, el polaco no habla por hablar, debe saber dónde está, pero no se lo dijo, lo hizo a propósito, para no hacérsela fácil, y él tampoco preguntó, por orgullo. 
   Va a empezar a buscar por el Bajo, hasta llegar al sitio justo. La recuerda en un momento vago, impreciso. Estaban en una cama sucia de sábanas viejas, ella fumaba sentada, con la mirada perdida, acunada por la música suave de un blues, o tal vez era un solo de saxo extendido hasta el infinito, sola, metida dentro de sí misma, pero sabiendo que él la miraba a través de las últimas volutas de humo, deleitado en las agradables imágenes de esos instantes inmortales. 
   La ansiedad lo empuja. La ola de energía de la droga todavía le agita la cabeza, le recorre el cuerpo, pero también siente una particular incertidumbre. Sus pasos quieren orientarse, busca el rastro, pasos perdidos, indicios en las cornisas, intenta descubrir señales que lo guíen. Un monólogo interior comienza a envolverlo y sus pensamientos giran en espirales yendo de la locura a la sensatez.

   Mara. ¿Sabés qué son las sombras? Se instalan, junto con la soledad y la tristeza, agazapadas en la bruma de mis sentimientos, como nubes que me bailan en la cabeza con formas de demonios que no se dejan dominar. Aparecen enredados en la madeja de los peores recuerdos, me gritan culpas que no tengo, o quizás sí, es imposible la certeza cuando estoy ebrio de compasión, tan falto de un sol tibio como ahora. La única tregua es pedirte un mendrugo, un pequeño guijarro de amor.
   ¿Dónde estás Mara, que no te veo, entre tanta oscuridad? Es preciso que te encuentre, quiero aliviar este dolor, y cuando esté con vos, buscar en tus ojos la mirada profunda que me analice por dentro, que desmonte la angustia salvaje que me tortura. No quiero recurrir de nuevo a inyectarme la cuota de paciencia para abandonarme en sueños deslumbrantes, duro como una momia, brillante como un sol de cromo que baila con los focos de la calle.
   Si tuviera la ayuda de tus labios, tu presencia sería suficiente, podría espantar el humo negro, y calmar el hambre del pájaro hambriento que me muerde la espalda. Podrías mitigar el frío que me congela los pies cuando estoy dormido en la penumbra de mi cuarto.
   No sé cómo escapar de este infierno que me tabica el cerebro y lo infla como un globo, lo expande y me provoca este terrible dolor de cabeza. Esta locura que me muestra muñecos que se trepan por las paredes como gusanos, como babosas alineadas que surcan todas las paredes en diagonales que no se cruzan. 
   Comienzo a alucinar un poco, aunque no pierdo la cordura. Sigo caminando por las calles estrechas. Todavía no te encuentro. Siento que la tierra se inclina, que el mundo tiende a volcarse. Y tu cintura, y las curvas de tu pecho están lejos, no están a mi alcance, cerca, ni por aquí ni por allá. Estoy convencido que es inútil que siga buscando las caricias en todas las mujeres del mundo, ninguna será como la tuya, tan maternal como la que yo necesito. Los minutos que pasamos juntos fueron un puñado de gorriones en la hierba. No me olvido.
   En cada célula del cuerpo me dejaste pintado un tatuaje de sosiego, y en la voluntad me dejaste colgado un talismán que me debería guiar a tu encuentro. Pero las sombras me abruman, Mara, y le quitan poder al amuleto. Soy un vestigio que mira perplejo su propio derrumbe con la mueca del cansancio. La soledad en que me veo desde que nos despedimos, me llevó al hostil desamparo. Esta indigencia me inquieta y destila un jugo de dolor ácido todo el tiempo. 
   Indago en el sonido de cada taconeo, giro la cabeza para mirar las caderas que pasan a mi lado. La magia de perfumes no logra despejar la opacidad umbría, yo busco otro licor, otra dulzura. Ha habido tantas mejillas suaves que me han dado el regalo de la seda, pero ninguna, Mara, me ha podido quitar esta costra de hielo eterno que me cubre como lo hiciste vos. 
   Ninguna me ha tocado en el lugar que más me duele. El fondo de mi interior está despojado, es un páramo pelado por la nieve en dónde hay una tumba enorme, ¿la recordás?, inmensa, con una laguna de mercurio clara que llega hasta el infinito cuando la alumbran los rayos de la luna. Tus dedos delgados, y tus uñas largas pintadas con esmalte, tocaron la superficie fría de que te hablo, formaron una hilera de puntos que me estremecieron el alma. Fue cuando tuve que desnudar mi orfandad delante de tus pupilas. Y te conté todo, te relaté mi infancia triste y te hablé, además, de la ausencia que ella me decretó.
   Nadie ha llegado ahí, hasta ese lugar en que está el núcleo de los dolores, el principio del duelo que no quiero comenzar, que siempre evité revelar, que siempre traté de esconder. Preferí cavar con furia hasta rasgarme la carne, cuando fue necesario, hasta llegar a las arterias más gruesas, clavando agujas en mis rodillas, con tal de mantener mudo el secreto. 
   Pero a vos te lo confesé todo en aquel momento de flaqueza, casi de rodillas, como si fueras una diosa en su púlpito, apoyando el rostro entre tus muslos. Vos sabés que esa carencia irremplazable la quise compensar, o mejor, la quise exterminar, saciando mi deseo en tantos vientres, en lechos revueltos, abandonados después de la niebla del alcohol, engañado con caricias falsas, recostado en pechos blandos, enormes y pequeños, lanzando gemidos a la luna, sin llanto, embelesado por los perfumes. 
   Sos vos, Mara, la que me ayuda desde entonces a soportar las pesadillas. Te aparecés de repente, a quitar la eterna recurrencia de mi pueril abandono, a salvarme de la soledad, a quitarme el estigma del desamparo de la ternura, a aliviar el espanto de los despertares.
   ¿Sabés que me parece verte, solitaria, en cada uno de los umbrales de los prostíbulos? con tu vestido bermellón sobre tu piel que nunca transpira. ¿De dónde saqué esa imagen mentirosa? Te imagino como un mimbre esbelto tallado en caoba de color tabaco, con los círculos oscuros del iris de tu mirada un poco perversa, con tu apariencia serena, sin sonrisas, apenas un hoyuelo pequeño en la mejilla. Y te sospecho, en cada sitio que te veo, vestida con la sensibilidad desbordante de ilusiones, pero huidiza, y una voz que siempre me llama, y me pide que me acerque. Así, de ese modo, tu figura se enciende y se eleva inmaculada, bajo las marquesinas, inmorales, descuidadas, hediondas de orines.
   Deambulo, me siento un poco tonto buscándote por todos los bares del centro. Abro las puertas de cada uno de esos infiernos, me asomo embobado, espanto la nube roja, turbia, negra a veces, tratando de descubrir tu semblante que ahora, no sé porqué se me antoja mortecino, endiablado. Busco como un hambriento la silueta de tu figura, el fantasma que me pueda regalar el descanso.
   Esta noche estoy sombrío por todos lados, por dentro y por fuera. Desesperado como un loco con la consciencia desbocada, un balde de estiércol que se cae al fondo, un miserable andrajoso, un mendigo de cariño que se cuelga de las ramas bajas de las acacias de la vereda, un cauce agrietado donde hace milenios que no corre una gota de agua, seco, que necesita una ternura de tamaño imposible.
   He andado mucho Mara. No sé cómo he llegado a la rambla de la Costanera. Me detengo, miro hacia el lado derecho, me parece que sos vos la que está desnuda de cuerpo entero, impasible, mirándome de costado y con un cigarrillo en la boca. 
   ¿Me creés si te digo que me he agitado? Me falta el aire, he bajado apurado la barranca. Ahora busco el rumor del agua del río, no reparo en los detalles, porque por fin te encontré. Por ejemplo, no me fijo en cómo te llevás la mano al muslo para que no se te vuele la falda con la brisa, y tampoco advierto que tenés puesto un vestido largo de tela liviana, justamente, del color que tiene tu piel en la penumbra del amanecer. Miro la bruma gris cargada de lluvia sobre la superficie escamada de la corriente. Me pregunto si no es demasiado peso para ella, como si fuese un amante enorme que llega al horizonte.
   Es lógico que me confunda, que me parezca que estás desnuda y expuesta, porque estoy bajando poco a poco. Esto es lo primero que pienso. Le presto más atención al toque de desidia que me mostrás en los labios carnosos. Tu aspecto impecable, como la estatua de una ninfa de mármol, se ilumina cuando aspirás avivando la brasa de tu cigarrillo, que, enmarcado en tu amplia cabellera, con el dibujo de la boca pintado apenas de color rosa, se enciende, también, más o menos de acuerdo a los caprichos de la brisa. Parecés, te juro, un ángel del infierno que ha llegado para apiadarse de mí.
   El gesto de desinterés, la actitud parecida al descuido, se nota cuando tomás el cigarrillo encendido entre el pulgar y el índice. Lo acercás de costado y aspirás cerrando los párpados como si estuvieras soñando. Cuando expulsás el humo hacia arriba se te ilumina todo el rostro bajo la luz cenicienta de la luna, tenés la piel impecable, las cejas delgadas son dos huellas suaves en el desierto de la frente lisa. Sabés que te estoy mirando. En un ademán pausado y elegante tocás el aro de la copa de vino blanco y frío que está al lado tuyo. Parecés una amazona salvaje con el cuchillo filoso escondido, oculto, en la parte de atrás del cinturón.
   Cuando llegué, estoy seguro, yo vi la osamenta de una vaca en la playa escasa, porque el río había bajado. Está, permanece aún, semienterrada de costado. Me impresiona la curva del cuerno que apunta hacia arriba, los huesos tan blancos del costillar semejan los restos de un monstruo antediluviano, que se quedó sin cementerio. Es raro. La dosis que me inyecté me puso muy arriba porque lo que estoy viendo es una verdad que no puedo desmentir. Alucino, seguramente. Ahora tengo la primera sospecha.
   Con un leve movimiento, te acomodás sentada en el escalón de cemento. La pollera te desnuda las piernas, ponés los codos sobre las rodillas y los pulgares hacia arriba tocándote apenas el mentón. Unos momentos más tarde aplastás la colilla, como si fuese un insecto infectado, apretándola varias veces contra la baranda de hierro. Luego tomás el último sorbo de vino blanco y dejás la copa en el escalón. Desde mi posición tengo la sensación de que me mirás nuevamente, aunque no podría asegurarlo, con la boca semiabierta, sin sonreír, de costado. Mara, te estoy mirando, quisiera que me tuvieses compasión. Quiero oler detrás de tu cuello. Quiero abrazarte.
   Sin moverte de la escalera que baja a la playa mudás la atención a un punto indefinido de la faja estrecha de arena sucia, que se prolonga, siguiendo la curva de la rambla, hasta el muelle. Seguís en esa posición, desafiante. Tenés un talón apoyado en el filo lateral de la escalinata, el brazo derecho colgando de la baranda incompleta. 
   Y al otro lo sostenés en posición vertical, y con el puño cerrado. Aunque estás en la penumbra te veo seductora, cruel quizás, retaceando la posibilidad de una caricia. Te lo pido, Mara, no hagas eso conmigo, te ruego que no juegues con la desolación que me trajo hasta aquí. Los botones superiores de la blusa arremangada se te desprendieron. O fue a propósito. Porque, sin duda, sabés que te voy a mirar las dos parábolas blancas de los pechos que quieren escapar por el borde de la tela. Y sabés que yo, ahora, voy, inevitablemente, a clavar la mirada, precisamente ahí, en el medio de esas lunas cenicientas.
   Me mirás con los labios apenas abiertos, los párpados caídos, la cabellera revuelta y el sombrero negro puesto. Con descaro.
   Entonces tengo la segunda sospecha del estado en que me encuentro, porque veo el cuerpo muerto de una gaviota en la orilla, la inevitable muestra de un mal presagio. El agua zarandea el bulto llevándolo más lejos, sobre la arena más seca, como queriendo expulsarlo, como exponiéndolo más, evitando tragarlo y llevarlo al fondo, hacia adentro. Es el espíritu de las aguas que no quiere regurgitar el diminuto Leviatán.
   El ácido que me recorre la sangre se está consumiendo, estoy un poco mareado, tengo menos fuerzas para caminar, mis pies se hunden en el barro, son dos estacas que me convierten en un espantapájaros ridículo. Me cuesta avanzar, cada paso me duele, la sangre fluye demasiado lánguida, perezosa, por mis venas. La barcaza en que he viajado está deteniendo su marcha, todo se balancea, el mar me acuna. 
   Estoy detenido, me quedo atascado en el lodo sin poder alcanzarte, porque esta playa no tiene las arenas blancas como las del Caribe, es marrón, casi negra, con lodo que trae el agua que baja por el Paraná y forma bancos en lo profundo, tan grandes, que son capaces de hacer encallar a los barcos que traen fruta o troncos desde más arriba, mucho más arriba, lejos de este puerto lleno de esqueletos metálicos. No puedo llegar, Mara, cada vez te veo más lejos. 
   El viento ulula sobre el agua deshaciendo la nieve de las crestas de las olas. El río está picado. Amanece. Tu figura aparece y desaparece. Todo vacila. Necesito el calor de tu cuerpo, necesito que me hables. La negrura sigue girando en mi cerebro. Mara, ¿sos vos?
   Entonces siento la tercera señal, ya no hay sospecha, estoy bajando, no hay duda. La sombra lo invade todo, por un momento los globos oculares giran hacia arriba y me veo las cuencas de la calavera. Y vuelven a su posición, no puedo controlar sus movimientos. Mi vista se enturbia. Mara, te estás evaporando.
   La mañana acerca sus primeros destellos. Siento que estoy lejos de todo, tiemblo de frío. Quiero derramarme en el refugio de tu regazo grabando las últimas pisadas que me separan de vos. Lo intento, pero es un esfuerzo inhumano que se me escapa. No alcanzo a tomarte de la muñeca para que me lleves a compartir tu lecho, a duras penas llegué hasta aquí, no es suficiente, la tiniebla se acumula como un fantasma delante de mi vista. Pierdo toda esperanza, seguro que el aire, por encima de mí, está más iluminado, siento el calor del sol, pero todo lo que veo son esas malditas sombras. Te lo juro.
   Quedo derrumbado al pie de la escalera, sin quererlo. Veo el río de color granate, como la sangre seca, y el cielo negro de brea, se avecina una tormenta bíblica. En mi cerebro danzan animales pequeños en medio de la oscuridad. No tengo ganas de seguir caminando. ¿Me voy a quedar quieto hasta que todo pase? Siento que he tocado el fondo sucio y empantanado de la resaca. Mis pensamientos vacilan al borde de un abismo, las tinieblas se aproximan, me acechan, se acercan cada vez más, siento que me voy a desvanecer definitivamente. No me abandones, Mara. 
   Mara…

   Tilo no recuerda nada más desde ese momento hasta ahora. Se despierta. Está acostado en una cama que no es la de él. Se encuentra en un dormitorio que no logra reconocer. La luz entra por la ventana. Se incorpora despacio y se levanta de la cama. Tiene la cabeza despejada. Mira en derredor y reconoce el dormitorio de Mara. Ha dormido demasiado. Se viste y aparece en la cocina. Ella ha preparado el mate. Está parada, recostada con la cadera contra la mesada.
   —¿Quién me trajo hasta acá? 
   —Yo.
   —¿Y cómo me encontraste?
   —Me avisó Gabriel que estabas tirado cerca de la rambla.
   El loco de la jaula es uno de los personajes que une los delgados hilos de la información de todo lo que pasa en los anocheceres de esta bendita ciudad de Buenos Aires. Gabriel es uno de los vértices del vínculo que une a esta trama invisible que nunca se deshace. En algún momento, en algún punto, siempre se encuentran. Tilo ha perdido la conciencia al pie de la escalera que baja al río y el loco lo ha encontrado.
   —¿Y cómo hiciste para traerme aquí, hasta tu departamento?
   —Hacés demasiadas preguntas.
   —Contestame.
   —Acá, en mi casa, las reglas las pongo yo.
   Mara le contesta de mal modo, no le gustan los interrogatorios. Se sienta, revuelve la bombilla y se sirve otro mate.
   —¿Querés?
   Tilo, sin mostrar ninguna emoción en el rostro, le quiere devolver esa especie de desaire que lo ha descolocado. La quiere mucho a Mara, pero a él la calle le ha enseñado a soltar la lengua enseguida. La respuesta se le articula en la voz casi de inmediato. Se sienta, señala con el índice rígido y el brazo extendido hacia la pieza, y le dice sin gritar, pero con un odio que no puede retener.
   —Y ahí… en ese puto dormitorio… ¿a todos les aplicás las reglas?
   Ni bien sale de su boca la última palabra, se arrepiente, pero ya es tarde. Tiene un tono de voz grave, profundo, aparentemente sereno, habla serio y es cortante cuando quiere. La calle le ha enseñado a no ser flojo y, a veces, es demasiado hosco. Piensa que ella tiene la sensación de que él se comporta como un chico celoso, y tiene razón. Tilo ve, en esa pieza vacía, los fantasmas de los hombres que se acuestan con Mara. Y no advierte que eso es imposible, ella trabaja en los bares del Bajo y después los lleva a los hoteles alojamiento que se encuentran subiendo la barranca, sobre San Martín. Nunca los trae acá, a su casa. Se siente terriblemente culpable. Por hacer algo mira hacia el techo, se pone de pie, apoyando los pulgares en la cintura y camina dos pasos.
   Mara siente el pinchazo, soporta con estoicismo la insolencia. Lo quiere a Tilo, pero hay algunas cosas que le debe dejar en claro. Abandona el mate sobre la mesa, lo mira y le contesta con calma, pero levantando un poco el tono.
   —En ese puto dormitorio, como vos decís, anoche te di lo mejor que tengo. Algo que no le doy a cualquiera. Y en ese puto dormitorio no trabajo. Y ahí entran solo los hombres que yo elijo, pero a veces… me parece que elijo mal.
   Tilo siente el golpe de las palabras. Se levanta, se coloca la campera y por despecho tira unos billetes sobre la mesa. Mara se enfurece.
   —Levantá esos y billetes y andate.
   Ella se ha cruzado de brazos, el enojo se le nota en la expresión de la cara. Él agarra la plata, se la mete en el bolsillo, se dirige al corredor, y cuando va a salir vuelve sobre sus pasos. Se acerca despacio y le pide perdón, trata de ser tierno. Ella no dice nada, sigue en la misma posición. Entonces se da cuenta de que la ha ofendido. La ha herido en serio y ahora la tiene que escuchar.
   —Te lo voy a decir una sola vez. Hace dos días que estás acá, te fui a buscar, estabas embarrado hasta las orejas, te lavé y te planché toda la ropa, te bañé y te dejé dormir en mi cama. Yo dormí en el sillón del living. Te hice el amor porque me lo pediste y porque quise. Yo no le abro el corazón a nadie y con vos lo hice. ¿Y vos me querés pagar? Esto no tiene precio Tilo… ¿Sabés que somos nosotros? —y aquí hace una pausa, Tilo no le saca los ojos de encima, la quiere besar, está tan linda esta mañana, pero permanece callado y ella sigue— Nosotros somos amigos. Es lo mejor que nos puede dar la vida, nada más que eso. Yo soy prostituta, Tilo, ¿entendiste? Vos no sos mi cliente, ni mi novio, ni mi rufián —cuando le dice esto ya está parada frente a él y para reafirmar lo que le está diciendo lo señala con el dedo, como si lo encañonara—. Metételo en la cabeza y guardate en el corazón los recuerdos de estos momentos que pasamos juntos, es lo mejor que puedo darte. Ahora andate.
   Él se acerca y con suavidad le toma los hombros con las manos, la atrae suavemente y comienza a abrazarla; ella lo deja hacer. Tienen, los dos, una mezcla agria de tristeza y candor, casi al filo de la angustia. En el silencio de la cocina se escucha solo los dos alientos y el goteo de la canilla sobre la bacha metálica. Él no quiere dejar de apretarla contra el pecho, ella no quiere salir de ese lugar. Ninguno habla en esos minutos interminables y deliciosos. Mara insiste.
   —Andate Tilo.
   Tilo quiere reparar su error, le levanta el mentón con suavidad. Ella le rodea la cintura con sus brazos. Él le acaricia la espalda. Ella levanta los talones y le acerca los labios. Y se dan el beso más largo del mundo, como si fuese la primera vez. 
   Tilo advierte que las sombras de su cabeza se disipan, ella tiene los párpados cerrados, la humedad de las bocas se funde en una sola. Parece que ambos buscasen el interior del otro, aprovechando el silencio, el contacto, la proximidad. Son dos perros de la noche dándose una tregua, aplacando un poco la inclemencia de la soledad, olvidando por un rato la miseria nocturna que conocen, la de los muros desnudos, la mordedura del hambre. Él quiere que este instante sea eterno, o inmortal. Pero ella decide que el beso se termine. Lo desplaza con cuidado liberándose del abrazo. Es una de las pocas veces que él la ve sonreír.
   —Andate —le dice ella otra vez.
   Antes de salir Tilo se da vuelta y con el picaporte en la mano la mira.
   —Mara, quiero volver a verte.
   Ella lo mira y no dice nada. Ni sí, ni no.
   Tilo sonríe. Ella se ha sentado y sigue con el mate. Él observa con atención la imagen a contraluz de la belleza de Mara para que le quede grabada en la memoria. El corazón le late fuerte. 
   Ella le hace la segunda advertencia.
   —Tenés que dejar de inyectarte esa porquería si querés que te abra la puerta otra vez.
   —Te lo prometo —dice Tilo. 
   Y sale a la calle.




Este cuento pertenece al libro "Tilo".

Safe Creative #1708073249560

viernes, 21 de julio de 2017

Un libro

   Un libro es algo mágico. Todos nosotros hemos tenido un libro en la mano. Y hemos, seguramente, abierto sus páginas en busca de algo, de algún secreto. Hemos leído al azar algún párrafo que nos lleve a otro sitio, o nos eleve, o nos quite fuera del manto cotidiano de las cosas banales. O simplemente nos haga soñar.
   He tenido la dicha y la gracia de poder realizar la publicación de mi primer libro y he querido, en esta entrada, compartir con todos los que visitan el blog esta noticia. Muchos de ustedes, escritores y escritoras, ya tienen esta experiencia y quizás hayan pasado por una emoción similar a la mía. Porque es el primero, el primer acontecimiento asombroso de este tipo que me sucede en este mundo maravilloso de las letras, tal vez en algunos aspectos más apasionante aún, que el del universo real de todos los días.
   El libro tiene un puñado de trece relatos que han sido enriquecidos a través de los comentarios que me han hecho llegar ustedes, y en base a ese aporte han sido mejorados. En este sentido les pertenece a todos. Aquello que ha sido para engrandecer los textos se lo debo a ustedes, lo que no, corre por cuenta de quién escribe, quién, con mucha humildad, no tiene más que palabras de agradecimiento. 
   Y hay un ángel detrás de todo esto, que es mujer y no tiene alas por ahora, y que es también, mi esposa. No sé si todo lo que esta tarea implica haya sido posible sin su férreo y cálido entusiasmo. No puedo medir el tamaño de lo que eso significa sin que algo se conmueva dentro mío.
   Fue un proceso más largo de lo previsto, pero de todos modos estoy muy contento. Ha sido una experiencia en extremo interesante porque he recorrido todo el proceso, el personal de la editorial me ha brindado todo el apoyo, y me ha hecho sentir, de veras lo digo, como si fuese un verdadero escritor, gracias también a todos ellos.




Aquí coloco los datos para todos los que estén interesados en saber cómo acceder al sitio donde se puede encontrar las dos versiones: e-book y libro papel.

Título del libro: "El sonido de la tristeza"
Editorial: Editorial Autores de Argentina
Dirección: Padilla 1079, Comuna 15, Villa Crespo, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 


El libro papel se vende a través de la página de la Editorial Autores de Argentina, o personalmente en la librería de la editorial situada en la calle Padilla, en Buenos Aires. Se ofrece el envío a domicilio con costo adicional, ya sea al interior de Argentina o al exterior, como por ejemplo España y otros países de Hispano-América. En la página están todos los datos necesarios y los medios de pago que se ofrecen.

La versión e-book se puede comprar en los siguientes enlaces:

ARGENTINA:
Editorial Autores de Argentina

sábado, 29 de abril de 2017

Detrás de la puerta estaba su madre



   Tilo tiene 33 años. Todo el día de ayer lo asediaron los recuerdos de la noche en que se fue su madre, cuando él era niño aún. Hoy ha escrito estas líneas, para que no se escapen, en su cuaderno de Tapas Duras.

Abril 2017

   Un niño de cinco años, flaco, desgarbado, duerme plácidamente. Un manojo de cabellos pelirrojos, casi del color de las zanahorias, le cubre la cabeza. Las pecas color canela le tapizan todo el cuerpo salvo las palmas de las manos y las plantas de los pies. 
   Está acostado, soñando en su universo. Siente que las estrellas del cielo le iluminan las pestañas cerradas y, que, el aire nocturno despide un fuerte aroma a jazmines. Su madre le acaricia la espalda. Lo toma del hombro. Él quiere darse vuelta, pero no puede, algo se lo impide. La leve presión de las yemas femeninas sobre su piel le resulta agradable.
   El tiempo onírico no tiene medida. Es un brujo secular de barbas largas y blancas. Esconde la magia entre las hojas milenarias de los campos de maíz. Puede durar una eternidad. A veces su paso es tan lento que parece una larga travesía hasta la cumbre de la montaña. A veces viaja tan rápido como el dolor de una espina hincada en el nervio del codo. 
   El chico escucha sonidos lejanos y entonces se despierta. Abre los ojos, los párpados le raspan, parece que tuviera finos granos de arena ocultos debajo de ellos. Despega apenas la cabeza de la almohada rota y advierte que su cuerpo reposa en la cama de flejes oxidados. La reconoce porque con un pequeño movimiento, el esqueleto metálico ha lanzado un chillido, una queja. La pobre está un poco renga, le ha puesto dos ladrillos debajo de una pata y, de ese modo, le permite recostar la vejez de los hierros contra los revoques flojos, para no perder el equilibrio.
   Después que pulsa la perilla colgada al lado suyo, la lamparita de luz mortecina se enciende. Los dos cables que la sostienen se enroscan en un clavo largo, puesto torcido en la pared, por encima de la precaria mesa de noche. Sus pupilas se dilatan al disiparse la oscuridad de la pieza.
   Siente un escozor en los dedos. Saca un brazo fuera de las sábanas y acerca la mano a la cara. La mira de cerca arrugando las cejas y ve las yemas teñidas de verde. Le arden, es de tanto sostener los ramitos de violetas que vendió anoche.
   Afuera está lloviendo a cántaros. Escucha el furioso repiquetear del agua sobre el tinglado metálico del precario dormitorio. Miles de trocitos de cristal en una sinfonía endiablada quieren perforar el techo de la casa humilde donde vive. Aquí adentro una gota reiterada cae vertical y golpea como un martillo la lata que puso al pie de la cama. 
   Un olor nauseabundo le impregna la nariz. Viene del retrete, de afuera. Entra por el vidrio roto de la ventana del cuarto. Alguien ha dejado abierta la puerta de madera desvencijada del baño exterior. Desde aquí adentro escucha los sacudones de las bisagras, chirriando, con los embates de las ráfagas de viento y de agua, desguarnecidas, huérfanas, en medio de la tormenta.
   Un hilo de mercurio, delgado, le corre por la espina dorsal cuando ve la abertura enorme de la pieza. Hay olor a humo, sale del brasero de carbones apagados de esa especie de salamandra, que está al costado, con los tubos oxidado de hollines, tiznados, que primero ascienden y luego viborean entre los travesaños del techo, y se escapan por la pared, en un hueco hecho al desgano, hacia afuera.
   Se incorpora y ve que la habitación fría, con la pintura descascarada, es enorme. Antes de dormirse era normal, ahora ha crecido cinco veces. El lecho también ha aumentado de tamaño y su cuerpo es una nube diminuta, perdida entre las sábanas rotas. Los tirantes que sostienen el techo endeble de chapas acanaladas tiemblan, encastrados en la parte superior de los muros, parecen los tallos de las totoras cuando las castiga el granizo. 
   Le cuesta salir por debajo de la frazada que lo tapa. Es muy pesada. La distancia al borde del colchón es infinita. La cama es enorme, tan alta como él. Se arrima a la orilla y colgado de un pliegue de la sábana puede bajar. Cuando sus pies descalzos hacen contacto en el suelo de cemento, advierte que tiene la almohada a la altura de sus ojos. Mira en derredor. Ahora ve bien, ya no hay penumbra, su pequeñez lo abruma en este enorme espacio, el techo es un cielo inalcanzable. 
   El cono amarillo lo ilumina. Su sombra se agiganta hasta el espanto. El dibujo geométrico comienza en sus talones, continúa por el piso, se quiebra hacia arriba sobre la pared descascarada, y, al fin, termina en una mancha redonda, un círculo oscuro junto al techo. Es la figura de un muñeco tenebroso en la pobreza de la alcoba gigantesca.
   Oye voces lejanas en la otra habitación y quiere saber que dicen. Camina hacia la entrada. Ha tenido que dar cien pasos para llegar. Apoya el oído y escucha a través de las tablas macizas.
   Desprotegido, desamparado, más aún que las aves. La tersura de su piel es un plumón de ángel casi desnudo, solo tiene puesto el calzoncillo. Frota brazos y piernas para que le circule rápido la sangre. El cuarto colosal le hiela el candor de su ternura. No puede abrir la puerta, no alcanza al picaporte, inaccesible como una cumbre. Se estira hacia arriba en puntas de pies y ni siquiera así llega. Todo es gigantesco, o acaso, él se ha vuelto muy pequeño. Encoge las rodillas, toma impulso y salta, pero ni aun así llega al ojo de la cerradura. No entiende que ha pasado con el tamaño de las cosas. Es apenas una pequeña ardilla en este enorme dormitorio. Lo sorprende el terror de esta transformación, la soledad lo invade, tiene miedo.
   Escucha la voz de su madre. Quiere ir con ella. De este lado, encerrado, angustiado, apoya un hombro contra la puerta, quiebra una pierna y hace fuerza con la otra apretándose contra las tablas en un ademán inútil para abrir.
   Un hueco en el interior lo muerde como un perro hambriento. No comprende qué le pasa, la impotencia infantil le encoge el alma, con un gesto inocente se toca sus costillas. No palpa sus latidos, son tambores ausentes. Piensa que el corazón es un trozo de piedra seca, dura, sin vida. Se pregunta si esto es la muerte, eso a lo que temen a los mayores. Se aleja al rincón más oscuro de la pieza, está asustado. Hace un ovillo con sus brazos y queda en posición fetal, tiene el tamaño de una hendija. Se tapa los oídos, pero sigue escuchando, lejana, la voz de su madre que permanece al otro lado.
   Se levanta y decide hacer el primer intento. Va rápido hasta la puerta infranqueable. Transpira, los arroyos de sudor le bajan desde las sienes. Alrededor de sus pies hay un charco que crece cada vez más. Le parece que se puede hundir en él, hasta desaparecer, siente que es un ancla de hierro de mil toneladas en medio del océano. 
   Antes quiere tener noción de la medida. Apoya un talón en la parte inferior del marco y camina hasta que la punta del pie llega al otro marco. Veinte pasos. Alza la cabeza. Tendría que ser muchas veces más alto de lo que es para llegar a tocar el dintel. Entonces se sostiene con las piernas abiertas frente a la abertura, apoya una mano, y comienza a golpear con los nudillos de la otra. Los impactos son débiles, parecen el aleteo de una calandria, no le arrancan ni un pobre sonido a las tablas gruesas de cedro. 
   Entonces se le ocurre gritar, es imperioso que ella lo escuche, pero ni siquiera un mísero susurro le sale por la garganta. Abre la boca, no puede emitir sonido, ha quedado mudo. Aunque lo gana la desesperación, pone empeño. Ahora lo hace con ímpetu, con el puño cerrado, como si fuese un martillo. Toma impulso en cada choque, uno detrás del otro hasta que se cansa. Hace un alto mientras jadea. El aliento se le congela en el aire de la pieza. Ha dejado de llover, el tiempo ha pasado del llanto a la tristeza. Escucha el tintineo familiar de los collares de su madre, ella pone y saca cajas y frascos en la cartera. Son los elementos que utiliza en el maquillaje. El ruido del taconeo le llega nítido, la imagina caminando de un lado a otro, preparándose para irse. ¿No lo va a llevar con ella? 
   Se acerca a la cama y se viste apresurado. Quiere estar listo cuánto antes. Vuelve a la puerta rugosa y, ahora, con los dos puños cerrados, con más violencia que antes, renueva sus golpes, con toda la furia que le demanda la prisa, pero siente que no provoca ningún sonido que se escuche del otro lado. 
   Y ella, con manos ágiles, apresuradas, desenrosca el cartucho del lápiz de labios. Y frente al espejo los pinta con carmín. Primero el superior y luego el inferior.
   De este lado, mientras tanto, él intenta el grito supremo, el más imponente que pueda salirle de la garganta para atravesar la maldita puerta. Abre la boca todo lo que puede, aspira inflando el tórax hasta las costillas y descarga todo el aire de sus pulmones hasta el último aliento. Y, a pesar de todo el esfuerzo, no logra más que un débil sonido que queda encerrado en la precariedad de la pieza y en la soledad de su desamparo.
   Ha hecho un gran desgaste y se ha agotado, pero sigue atento a lo que ocurre al otro lado. Acerca despacio su cara y de costado apoya el oído contra la madera. 
   Su madre suspira. Se pasa el dedo meñique, quita el exceso de color de las comisuras, mira el rostro joven en el espejo, ahora de este costado y luego del otro, ordena un poco los cabellos que caen sobre la frente, y guarda el cartucho en la cartera. 
   Él se desespera, impotente, y ensaya la última alternativa. Con el brazo derecho en alto, golpea con la suela de la zapatilla una vez, dos veces, cinco veces, diez, hasta que le duele la mano. El corazón le late fuerte, respira agitado para tomar más aire y comienza a patear. Se lastima los dedos en el intento de llamar la atención, pero no le importa. Se calza de nuevo la zapatilla y patea ahora con las dos piernas en forma alternada, ya descontrolado. La puerta parece tabicada, amurada en la pared, parece un bloque de hormigón. No deja de pegar, aunque empiezan a dolerle todos los huesos. 
   Lo gana completamente la rabia, machaca también con la cabeza, con los codos, con las rodillas. Ya le asoman llagas en la piel, el líquido rojo le mancha las muñecas y tiñe las vetas de las tablas que lo mantienen en este encierro horroroso, pero no se detiene. Mientras descarga la artillería final de sus golpes, oye que su madre sale de la casa. Se ha ido. 
   Ahora sí, empieza a perder sentido seguir aporreando este bloque de madera impenetrable. Entonces, lo gana primero la congoja, luego la tristeza, gime primero, luego llora en silencio. Apoyado de espaldas, deja resbalar el cuerpo, sin fuerzas, sobre la puerta, hay más heridas que lo lastiman por dentro que por fuera. Queda sentado en el piso con las lágrimas en los ojos. Está desconsolado. Tiene las piernas encogidas, el rostro escondido entre ellas. Parece un gorrión mojado en esta habitación inabarcable, húmeda, fría, grande y desolada. Y él ahí, tan insignificante, tan mínimo, pensando en su madre. 




Este cuento pertenece al libro "Tilo".

Safe Creative #1704292006151

viernes, 31 de marzo de 2017

El loco de la jaula



Mayo de 1996

   El cielo de Buenos Aires está cargado de nubarrones. El Loco Gabriel aparece mirando el espigón de pescadores de la avenida Costanera, en esta mañana desapacible, envuelto en su impermeable sucio y gastado. Sostiene con su mano derecha el armazón de alambre de una jaula, cubierta completamente por una funda negra. 
   Arrastra los pies lentamente. Cruza la acera. Salpica con sus zapatones el líquido de los charcos formados por retazos de lluvia y llega a la vereda de la balaustrada. Pasa por el lateral del edificio de estilo normando situado en la entrada del muelle. Enfila con paso decidido hacia el largo maderamen sostenido por una estructura reticulada, sumergida en el agua, como las patas flacas de una araña antediluviana fosilizada. Y recorre los doscientos metros, más o menos, que lo alejan de la costa para hundirse en el río marrón.
   Tilo lo observa. Está sentado en el borde de la Costanera, sobre el grueso muro de hormigón perimetral. Tiene sujetas las rodillas contra el pecho, con ambos brazos. La atención lo mantiene quieto, la ingenuidad le alisa la piel de la frente de su cara pecosa. Está envuelto en una capa larga, de plástico transparente, con un gorro para protegerse de la llovizna. Ha salido temprano de su casilla de la villa 31 para esperar la aparición del Loco. Quiere estudiar sus movimientos y asistir a la ceremonia. 
   Tilo debería estar durmiendo. La llovizna intermitente le enfría los huesos, pero ha venido hasta aquí empujado por su intuición: hoy va a venir Gabriel. ¿Cómo lo sabe? Es un misterio. Percibe la oportunidad. El momento exacto está por llegar. Un pulso de ansiedad palpita en su estómago. Tiene el instinto de la premonición, sospecha que una especie de ritual va a desplegarse ante sus ojos.
   Sus doce años cumplidos conservan intacta la avidez de la curiosidad. Tilo coloca su atención en los movimientos extraños de esta ciudad, pero desde el lado oculto, con la astucia de cazador ante la presa. Se interesa por las historias de los alucinados, las prostitutas y las cirujas, los vagabundos y los ciegos, y también por los que pintan grafitis indescifrables en los muros de los baldíos y en los cristales de los edificios. La inocencia de su mente registra los detalles misteriosos de las calles fatales. 
   Gabriel se detiene en medio de las tablas desiertas, quiebra su cuerpo enorme, se agacha y deja el bulto sobre los tablones de lapacho. Después se acerca a la baranda, apoya en ella las dos manos y mira hacia arriba. La postura semeja a un científico o a un meteorólogo. Luego observa con lentitud en derredor, comprueba su soledad y se coloca de rodillas juntando sus palmas, como un monje tibetano. 
   Sus labios se mueven, tal vez esté rezando la plegaria de apertura de su culto privado. Su abdomen prominente expande hacia la desmesura su imagen y lleva a la solemnidad las maniobras de la liturgia. Es un San Juan Bautista que va a detener el giro de los planetas. Tilo ve, o le parece ver, un fogonazo iluminando los contornos de la figura imponente, como si tuviese un sol ardiendo por detrás. Le recuerda a la aureola sagrada del santo de la estampita, que le dio su compañera de banco, cuando tomó la comunión en la parroquia de la villa. 
   El Loco mete la mano debajo de la funda, abre la pequeña puerta de alambre y luego saca con cuidado el cuerpo leve de un gorrión dormido. Lo sostiene en la palma y lo abriga con sus dedos, es un pichoncito desvanecido. Dice unas palabras acercando su boca al plumaje ceniciento del pájaro. El aliento del discurso que sale de sus labios se disipa en una neblina difusa. 
   Tilo lo observa, sentado a lo lejos, desde la orilla, por lo cual no puede escuchar los susurros debido a la distancia, aunque la calma y el sosiego sean las sustancias que constituyen la plenitud de la hora. Imagina, en cambio, que en este momento las agujas de los relojes se detienen, las cosas se congelan, el aire se aquieta, ya no hay brisa ni movimiento y toda la escena queda suspendida. Hay tanta tensión en el aire que el aguijón de una avispa podría hacer temblar el universo. Pero a su edad no piensa con estas palabras sino con otras más sencillas de similar significado. Lo conmueve la simple contemplación directa de lo que se despliega ante él y lejos está de ser una reflexión de su pensamiento.
   Gabriel tiene la habilidad de hipnotizar a los gorriones, con su mirada azul los adormece en su mano. Es un misterio como hace para tenerlos enjaulados y que no se le mueran. Nadie sabe dónde los caza. Estos pajaritos no soportan el encierro, agonizan hasta perecer en su aislamiento porque son silvestres, el cautiverio es una condena que no pueden sostener. 
   Solo en el muelle, el Loco se pone de pie, se yergue en la tristeza de la atmósfera ingrata, en la escollera mojada junto al río picado por la brisa e inquieto de olas crispadas. Parado, frente a las aguas marrones, de cara al cielo plomizo, levanta lentamente su mano con la palma hacia arriba, la mueve un poco para despertar al gorrión y este levanta vuelo. 
   Se queda en esa posición mirando el aleteo del ave que se aleja, rozando casi las gotas que se desprenden de la superficie de las olas, primero, y luego ascendiendo, esquivando la garúa vertical que baja trazando líneas en el aire. Está convencido de que, por medio de los pájaros, le envía mensajes a su mujer, hace años fallecida: «El espíritu de ella está —piensa—, en parte en el océano, en parte en tierra lejana».


   La historia, dada por cierta en los bodegones del Bajo, dice que la esposa era una joven hermosa, de origen canario. Su muerte fue una tragedia que él nunca pudo admitir: un accidente de tránsito. Circulaban por esta misma avenida, era un día lluvioso como el de hoy, él manejaba y el auto se estrelló contra la cola de un camión de carga que iba al puerto. 
   Luego todo sucedió muy rápido: las luces intermitentes de la ambulancia, la morgue del hospital, ella con el cuello lacerado por las chapas muriendo en el acto, él reconociendo el cuerpo y, después, la locura, casi un año internado en el psiquiátrico por la alienación en la cual lo hundió la culpa. Ella se merecía otra muerte, hubiese sido mejor que se perdiera en la mar turquesa que baña la costa sudeste de su isla natal. 
   María del Pino, su mujer, había nacido en la soleada isla Gran Canaria y hablaba siempre con nostalgia de ese lugar. Desde las ondulaciones sembradas de palmeras de su pueblo llamado Los Corralillos, ubicado por encima del Trópico de Cáncer, había venido a esta ciudad enorme y húmeda, situada por debajo del Trópico de Capricornio. Solo Gabriel conocía los secretos motivos que la movieron a cambiar de hemisferio buscando este destino. 
   El padre de María había sido pastor trashumante. Iba desde Los Corralillos a Cortijo de Pajonales, de octubres a abriles, de inviernos a veranos. Se ausentaba por temporadas. Cuando volvía de sus viajes solitarios, ella se deshacía de alegría, se colgaba de su cuello con sus brazos pequeños. El duro oficio de él le daba mucho tiempo para pensar. Dejaba los animales sueltos en los prados y se sentaba tranquilo a esperar el crepúsculo.
   Reconocía la ubicación de sus cabras por la orquesta de cencerros flotando en el viento, podía saber así que la vizcaína estaba por aquí, que por los peñascos más altos andaban las grillotas, que ocultas por los algodones de la bruma estaban las del cascabel, y, además, aunque no la viera, sabía dónde se encontraba la habanera que, en otra época, alcanzó a tener también en su rebaño. Y así pasaban sus días, con la armonía de los golpes de las maderas de los badajos. En esos viajes tejía leyendas para contarle a su hija.
   Recorría los senderos de piedras blancas de los montes de la cadena del Sándara, sus montañas, sus quebradas, acompañado por los olores de las cabras, los silencios de los prados verdes, los macizos mudos de rocas secas, los aromáticos pinares donde escondía su nido el pinzón azul. Caminaba bajo los soles y los crepúsculos. Su piel se curtía como el cuero con los vientos alisios. Andaba entre los tomateros, las viñas y los almendros. Durante los descansos en las cuevas, disfrutaba de alimentos sazonados con especias, saboreando los quesos de flor.


   La voz dulce de su esposa solía contarle estos recuerdos. Todos ellos relucen en la retina de Gabriel cada vez que viene a liberar, para María, uno de los sutiles mensajeros. Se le llenan los ojos de lágrimas. Piensa que los pájaros le pasan sus mensajes a ella, como la carta del amante a la amada. Poemas de gorjeos encriptados en el lenguaje de las aves, dejados a la deriva, sobre el cuero bruno del río. Ondas de agua dulce empujadas a la corriente fría del Atlántico, y luego olas de mar profundo navegando hasta la Gran Canaria. Imagina que el espíritu de su mujer mora en su tierra, en esa roca redonda cuya única frontera es el mar. 
   Se habían conocido jóvenes, él treinta y ella veinticinco. Él se había enamorado de su sonrisa a primera vista. Ella se reía con el rostro completo. Era un sol. La pasión les incendió de inmediato los corazones, pero al año todo quedó trunco por el accidente, a él se le quebró la vida como una rama seca, se le enturbió la razón. Nunca se recuperó de ese golpe tremendo.
   Tilo no comprende, por ahora, por qué Gabriel viene a llorar su tragedia de amor al agua infinita. Su inocencia no se lo permite, solo lo mueve la curiosidad de observar su actitud, no alcanza todavía a comprender hasta qué punto quema tanto dolor, hasta donde puede hundirse este hombre en su pena. Ha visto con asombro el acto de contrición que ha venido a representar esa alma acongojada por la desgracia. El Loco desanda el camino y sale del espigón de pescadores. 
   Tilo lo sigue, a una cuadra de distancia, en el recorrido de regreso. Quiere saber a dónde va. Gabriel es una espalda vestida gris que se tambalea. Lleva la jaula colgada de su mano cubierta con la funda negra. Camina adelante. Tilo, con su capa transparente, lo sigue detrás. Abandonan la avenida transitada y se internan por la calle Salguero. 
   Donde la calle Mugica se transforma en una cortada, el Loco dobla y, por el rabillo advierte que alguien lo está siguiendo de cerca. Entonces empieza a caminar más rápido, los faldones de su impermeable grasiento se agitan, los cabellos de su melena se sacuden al ritmo de los pasos apurados. Más adelante se pierde entre los cercos de chapas torcidas, los bultos desparramados, los galpones y los vagones callados y solitarios de Saldías, la estación de cargas que se comunica con el puerto. 
   Ahí, Tilo, le pierde el rastro, o prefiere perderlo, porque se queda parado contemplando la figura que se aleja. Las gotas de lluvia le resbalan por las pecas de la cara. Tiene el rostro impasible. Luego de unos minutos, cuando la silueta del Loco ha desaparecido por completo, y el silencio se apodera de estos terrenos alejados de todo, baja la vista y se da vuelta. 
   Junta sus manos, se las acerca a la boca y sopla dentro de ellas para calentarse un poco, porque es fría la mañana destemplada. Bosteza, se da cuenta de que tiene sueño. Tiene ganas de dormir. Hace rato debería estar en la cama, ha estado toda la noche despierto, pero piensa que ha valido la pena venir hasta el muelle de pescadores a ver lo que quería. Se ajusta la gorra, da un paso, luego otro y así comienza a desandar, pensativo, el camino de regreso a la villa.




Este cuento pertenece al libro "Tilo".


Safe Creative #1609189222426