lunes, 29 de agosto de 2016

La mafia de los estorninos

   Gabriel no es ciego, pero todos lo conocen por su apodo Tiresias porque habla con los pájaros. Vive en una casona de San Telmo y logró una mañana convencer a todo el clan mafioso con pruebas contundentes de su habilidad.
   Los estorninos levantaron vuelo desde los suburbios de La Plata elevándose sobre el río, y el grupo reunido en la azotea de la construcción, pudo ver la bandada enorme de aves negras formar el dibujo de un corazón enorme en el cielo, volando hacia el oeste.
   Con esa demostración comenzó la operación mafiosa más recordada por las mujeres de esta ciudad. Esta desmesurada metrópolis agregó de este modo otra mágica historia a las muchas que ya tiene.
   Los miembros del clan efectuaron un relevamiento de las muchachas enamoradas que residían en la zona del Bajo, haciendo posible el plan magnífico que llevaron a cabo los pájaros.
   Tiresias fue el encargado de hablarle a las aves cuando regresaban a sus nidos en el atardecer del viernes. Fue preciso en la indicación de los domicilios donde debían extraer y donde debían inyectar, fue exacto para lograr que a cada dormitorio llegara solo uno de esos animalitos. Los picos de miles de estorninos participaron del operativo, guiados por sus palabras.
   Y a la madrugada colmaron el aire, en penumbras todavía, con sus espectaculares vuelos sincronizados. Las personas que estaban despiertas, debido a sus oficios nocturnos, pudieron ver la danza poética con la que ascienden formando una mancha gigante que ondula como una bandera. Y los vieron cubrir el cielo de la ciudad, luego descender de las alturas, y después desaparecer entre los techados para penetrar a través de las ventanas abiertas de las alcobas.
   Lo hicieron bajo la consigna de no hacer ruido, de ser cuidadosos al apoyar las uñas rapaces de sus patas, de hincar en modo suave sus aguijones amarillos en los cuellos de las mujeres dormidas, de succionar la hormona de las zonas más profundas del cerebro que pudiesen, con la misma delicadeza que lo hacen las abejas, teniendo cuidado de no despertarlas con sus rústicos picos.
   Realizaron esa mañana, entonces, una extracción de oxitocina de las que estaban locamente enamoradas, y la inyectaron a las que padecían de tristeza, de falta de sensualidad, de ausencia de placer, aún con el hombre más encantador. El procedimiento fue un éxito.
   La tibieza de la luz que se coló por la ventana acarició los ojos de la primera mujer. Ella separó los brazos debajo de las sábanas y llevó sus manos hacia sus párpados. Unos segundos después recién advirtió el leve dolor en el cuello.
   Había tenido un sueño extraño, se había despertado con el corazón rebosante de un júbilo que no podía explicar. Se podría decir que el amor le había tomado toda el alma. Una amplia sonrisa le iluminó el rostro.
   Miró al muchacho que dormía plácidamente a su lado, le tomó la cara entre sus dedos para despertarlo y cuando él la miró, sintió una atracción dulce, y la voraz intención de preguntar a qué se debía este momento de gloria.
   Y si todo fue alegría para ellas en ese día, entonces ¿Dónde estuvo el crimen de esa mafia?
   Fue en el odio que se desató en las mujeres que perdieron novios y amantes, y en algo peor aún, que fue haber sentenciado a Buenos Aires a sufrir la eterna melancolía que padecerá para siempre.
   Es el día de hoy que todos los años se realiza un conjuro multitudinario con aguardiente y granos de café para que los estorninos regresen a devolver la felicidad. 
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sábado, 20 de agosto de 2016

El día de los camalotes


   A este gran estuario llegan en algunas temporadas de lluvias, inmensas islas de camalotes que cubren toda su superficie. La corriente amplia baña las costas de Buenos Aires cargada de vegetales que tiñen de verde la piel ocre de las olas. Las raíces de esas plantas acuáticas se enredan como rizomas, y entre ellas se van entrelazando en forma de islotes, cada vez más amplios en la superficie del agua.
   En algunas ocasiones se puede ver animales grandes sobre estas verdaderas balsas de hojas. Muchos de ellos temen saltar y se resignan a que la corriente los lleve. Miran hacia la orilla desorientados y asustados por no poder abandonar este extraño hábitat. Estas islas flotantes son capaces de llevar lagartos, nutrias, carpinchos, sin siquiera hundirse. Vienen bajando desde el norte en un recorrido a lo largo de cientos de kilómetros, en épocas de inundaciones, desde los orígenes de la cuenca. 
   De repente, ayer por la madrugada la ciudad se ha despertado sorprendida por su río alfombrado. Tiene ese color esmeralda que le da el brillo de los rayos del sol, cuando acaricia los brotes de su carga vegetal. La que se extiende hasta los canales de dragado profundo, impidiendo y entorpeciendo la navegación de todos los barcos, aún la de los buques de gran calado.

   Pero en esta medianoche de marzo, la calle Salta ignora lo que ha pasado en el río. Este pequeño rincón de la ciudad está refulgente bajo el firmamento del verano que va declinando. Los ángeles del ocaso han dejado sus faroles colgados de los postes. Las miserias del día aquí se han desvanecido y ahora todo reluce y estalla de colores. 
   Las chicas se dejan ver de repente exhibiendo sus cuerpos sensuales envueltos en vestidos ajustados. Lucen los tonos rojos o negros, con las faldas cortas, los tacones altos y los cabellos perfumados. Son mariposas nocturnas que aparecen para recibir la lujuria de los hombres que llegan a este pequeño infierno. 
   Los colores charolados de los autos caros destacan sus lujos en este lugar. Los jóvenes ricos bajan de Recoleta hasta aquí buscando esas delicias. Ellas dicen palabras agradables, sus risas brillan por un rato en esta fiesta que arde en la vereda. Luego de los juegos procaces de bienvenida entran con ellos y el barrio retoma su ritmo melancólico. La fauna nocturna ha llegado a este sitio encantado en busca de los placeres femeninos que le brindarán sus diosas.
   Durante las horas de sol esta arteria vive el ajetreo de los kioscos, y de estos locales tristes y miserables; todo está impregnado de olores a comidas fritas, de vahos que dejan escapar los contenedores de basura. Hay vagabundos y chicos sucios en los recodos de las esquinas. La gente va y viene de sus trabajos a paso rápido, se amontonan los autos y los ómnibus.
   Pero al atardecer todo esto se va ocultando cuando el movimiento cesa. Hace rato que los negocios diurnos duermen ocultos bajo sus persianas grises. Se encienden las luces del cabaret de donde han salido las chicas y aquellas postales bulliciosas se postergan hasta la jornada siguiente. 
   Trópico ha encendido sus luces poderosas. Es el bar nocturno más importante que destaca su elegancia en este sitio. Luce vidrios transparentes en sus ventanas y una marquesina con focos que parpadean su nombre por encima de la entrada. Ostenta una majestuosa puerta doble para ingresar al granate de sus tinieblas. 
   A esta hora bajan la intensidad de las luces de la barra, de las mesas y de los apartados. La claridad de a poco se va atenuando. Se enciende una bruma de color rojo que torna imprecisas las formas del interior del club; las cortinas de color índigo se cierran para dar intimidad al sitio.
   Mientras tanto afuera sigue vigente el esplendor, la música suena lejana y se funde con el rumor del tránsito. Adentro, el color escarlata invade la atmósfera del lugar; es un fuego que se apagará de madrugada. 

   Los doce años de Tilo transcurren bajo la falda de esta Buenos Aires bipolar, diurna lúcida y nocturna misteriosa. Él las recorre a ambas. A esta hora él camina sus secretos recovecos y su silenciosa rutina lo deposita a las puertas de Trópico. Aquí, el cielo agradable le regala su techo de estrellas para esperar tranquilo afuera del club. Si alguna chica necesita un mandado le brindará el servicio por algunas monedas o algún billete tal vez. Aguarda sentado en el alféizar de la ventana que está más alejada de la puerta. Tiene el escenario de la vida a sus pies, desde aquí puede advertir los peligros, ver las discusiones de las prostitutas callejeras, las peleas con los travestis y la presencia inquietante de los guardias de civil.
   Lorena es una de las chicas más conocidas del bar, la que el más quiere porque siempre lo ha tratado bien. Dicen que es la más respetada en ese ambiente hostil y la más linda. Ella sabe que los encantos de su figura alta y delgada seducen a primera vista. Cuando pinta sus labios de color carmín le recuerda a su madre. 
   Hace un rato ella abrió la puerta, se asomó buscándolo y con una seña lo llamó para que se acercara. Jedrek, el dueño, no se lo hubiera permitido, pero ella sabía que estaba al fondo, encerrado en su oficina y que no los vería. 
   Hizo pasar al chico adentro. Lorena en ese momento no estaba con ningún cliente. Lo llevó a su mesa que estaba cerca de la entrada y aprovechó para hacerle una confidencia en voz baja. Se arrellanó en el sillón, se estiró hacia abajo el borde de la falda, se acomodó un mechón de su pelo negro y lo miró con sus ojos oscuros realzados por el rímel marrón. Los gestos sensuales de Lorena le agradaban. El modo de tratarlo que ella tenía le gustaba. Había algunas que para hablarle le tomaban el mentón con el pulgar y el índice como si fuera un nene. Ella era diferente.
   —Tilo… te digo un secreto… ¿querés? —le dijo en voz baja, pero suficientemente clara para que la escuchara, entre los sonidos de la música y los gritos de la gente que estaba divirtiéndose en la barra.
   —Depende… no quiero líos Lorena.
   —Pero… ¿Que pasa que está tan arisco hoy el muchacho? —le preguntó hundiendo su mirada filosa, buscando algo en el fondo de los ojos del chico. Se lo dijo arrugando la comisura derecha de sus labios, seria. 
   Se trata de algo que le escuchó decir al polaco y sabe que le va a interesar, le tiene cariño a este mocoso que anda en la noche desde tan chico; conoce un poco de su historia, a veces la enternecen sus ojos tristes, a veces le cuesta atravesar la corteza en la que se encierra. Él se pone atento cuando ella lo mira como ahora. Cuando Lorena pone esa mueca de desconfianza, reconoce el rito de complicidad que mantienen, entonces cede en su defensa.
   —Te digo por las dudas, y apurate que no quiero que me vea el polaco, vos sabés que cuando anda con problemas se encierra en la oficina —le dice él mirando al fondo del local.
   —Bueno… pensé que te gustaría saber algo de tu mami… 
   Miraba para otro lado, pero cuando escuchó esa última palabra giró rápido la cabeza buscando los ojos negros de la joven. Ella adivinó la ansiedad en su rostro y no quiso dejarlo esperando.
   —Nada… parece que la vieron en Uruguay... creo que en Colonia.
   —¿Y vos cómo lo sabés? 
   —¿Qué te importa?, me lo dijeron…
   —¿Quién te lo dijo?
   —Bueno… me lo dijo el polaco, pero no se lo vayas a decir a nadie porque me mata, ¿está claro?
   —Sí… ¿y dónde queda Colonia?
   —Hay que cruzar el río. Ni pienses en ir, está lejos, solo te lo cuento para que sepas que ella está bien ¿entendés?
   Es debido a este breve diálogo que han tenido que vuelve cavilando por el camino de siempre, con la mochila al hombro y las manos en los bolsillos. Es alto para la edad que tiene, su silueta flaca la hereda del padre, pero él no lo sabe. En el silencio de la noche es cuando mejor piensa, tanto en las cosas cotidianas como en los sueños más importantes de su vida, siente que lleva una gema entre la brisa de sus pensamientos.

   Tilo vuelve en esta madrugada con paso rápido desde Constitución. Viene perturbado todavía por lo que estuvo hablando con Lorena. 
   Ayer hubo una manifestación en la Plaza de Mayo que se prolongó hasta el crepúsculo de este marzo de 1996 y ahora, que está por amanecer es el momento justo para estar allí.
   Entra a la Plaza por la Diagonal Sur y observa la incipiente claridad que se agazapa detrás de los bordes de los edificios. Sin detenerse alza la vista al cielo para ver las sombras de las nubes en el firmamento oscuro. Ha llegado aquí a la hora justa antes de que le ganen de mano los cartoneros. 
   Se agacha a revolver entre todas las cosas esparcidas, olvidadas por la multitud que ha estado aquí, la plaza está solitaria y silenciosa. Hay botellas, papeles, vasos de plástico, todo desordenado por las aceras y los canteros. Solo se ocupa de encontrar algo que le sirva, cadenitas de oro, relojes rotos, chucherías, todo lo que habitualmente puede revender, y también libros, o pedazos de ellos. 
   ¿Por qué busca libros? Porque necesita respuestas para la pena enorme que abriga en su corazón. Su madre se fue de su casa cuando él tenía cinco años. Lorena es la única que lo sabe porque la ha conocido. Siempre esquiva las preguntas acerca de ella, pero todos los días la recuerda y a veces sueña con su rostro, su sonrisa, sus caricias. Necesita conseguir caminos para poder verla. Percibe que en esos textos están todos los saberes, los lee con avidez, alguna de esas historias debe ser parecida a la suya, ahí encontrará el nombre del sendero que tanto anhela.

   Casi sin darse cuenta, en su caminata de regreso, se encuentra ahora en la barranca de la Plaza San Martín. El sol todavía no termina de asomarse, pero ya ha amanecido. Entonces, antes de seguir camino a su casa decide desviarse para escuchar el rumor del río desde la zona de los diques, le gusta descubrirlo cuando se despereza. Cruza la avenida Madero y se le iluminan los ojos. Desde aquí lo observa cubierto de plantas en un despliegue espléndido que alcanza a tocar la entrada de la Dársena. Parece una manta gigante de hojitas verdes y florcitas lilas que se extiende hacia adentro, hasta donde alcanza la vista. 
   Como hace siempre que observa algo fascinante como lo que tiene delante de sus ojos, Tilo se sienta, se abraza las rodillas con las manos y las aprieta contra su pecho para deleitarse con la escena. Hoy es el día de los camalotes, han comenzado a llegar ayer y aguardarán aquí por un tiempo. Se queda largo rato allí, dejándose llevar por la nube de sus sueños, luego se levanta y sigue camino porque tiene que preparar las cosas para ir al colegio.

   En la villa no hay pavimentos, hay pasillos, como en los laberintos. Las construcciones han crecido mucho, todas se han ido hacia arriba porque ya no consiguen lugar para expandirse hacia los costados, es como un racimo de casas apretadas que buscan el cielo, como una metáfora que lastima. Las paredes lucen ladrillos rojos sin revoque, los cables pasan por los techos como madejas de lana deshilachadas. Hay un desorden de rejas, ventanas, paredes sin terminar, escaleras de caño, maderas sueltas, algunos carteles. Las construcciones tienen contornos caprichosos, muchas están fuera de escuadra, buscan hacer nido en algún sitio libre, empujan hacia algún resquicio sin ocupar, buscando un poco de aire en el breve espacio que les toca.
   Arriba pasa la autopista, una serpiente de cemento que la parte en dos como una cicatriz gigante, las casas agachan la cabeza en esa zona. Ahora han encerrado a la villa 31, le pusieron un cerco alrededor. En algunos lugares hay un muro de placas de hormigón, en otros solo un alambrado, es como una jaula, una célula indeseable que las autoridades decidieron aislar para que no contamine la ciudad. La parte de atrás apunta a los depósitos de contenedores de la estación Saldías y se acerca a la dársena F del puerto. 
   En la parte de adelante, a la entrada, hay un Playón y una cancha de fútbol sin pasto. La gente se queja porque no hay pasajes internos amplios, es difícil que pueda entrar, por ejemplo, una ambulancia. Hay agitación al ingreso de esta colmena, prisas, gritos, la gente vende ropa, comida, sobre caballetes precarios.
   Al pasar por la canchita ve a los chicos de la pandilla. Son los que salen cuando cae la tarde a trabajar a la estación Constitución y a drogarse con pegamento, son los que roban las carteras a las viejas que se bajan de los taxis sobre Hornos. Navaja es el líder y ni bien divisa la figura delgada de Tilo que se acerca caminando, se pone las dos manos abiertas a los costados de los labios y vocifera.
   —¡Eh!… nene, no querés jugar, nos falta un arquero.
   —Otro día… ahora no puedo —le contesta de lejos, gritando, sin detener la marcha, buscándolo de reojo con la mirada.
   —Dale… ¿O preferís a tus amiguitos maricones del colegio?
   —Tengo otras cosas que hacer —le grita con la intención de quitárselo de encima. 
   Navaja siempre lo provoca. Unos meses atrás, en un atardecer de invierno se pelearon en las gradas de Parque Lezama, a Tilo le quedó una cicatriz en el brazo, pero el otro se llevó la cara lastimada. A la semana siguiente empezó a calzarse los guantes de boxeo del gimnasio de la Sociedad de Fomento que hay en la otra punta de la villa; el Rengo le está enseñando y lo exige, dice que lo va a sacar fuerte, que ya se nota que tiene una buena derecha.
   —No cambiás más… ¿quién te creés que sos?... ¡¿Por qué no vas a buscar a tu mamita para pedirle permiso?!
   —Problema mío, Navaja, ¡no me molestes! —le contesta tajante.
   Y aunque no lo demuestre se queda herido, siente ese agravio que le desgarra las tripas, pero se traga el odio, lo esconde, se guarda la brasa que lo quema. Sabe que Navaja le pega donde más le duele, en la ausencia de su madre, pero no está dispuesto a demostrar el efecto que le causa el golpe.
   Sigue caminando y detrás de él escucha el traqueteo leve, el golpeteo en el polvo de las piedritas que le tiran, algunas hacen ruidos metálicos chocando contra las latas tiradas al lado del camino. La pandilla descarga otra vez sus risas, pero él no se da vuelta. Es el recibimiento de costumbre, lo tiene que aceptar, pero le va a hacer tragar esas palabras a Navaja a trompadas, cuando la encuentre a ella y la pueda traer, aunque sea por un rato a la villa. 

   Ya franqueó la entrada, ya ha atravesado los puestos, se tuvo que aguantar a la pandilla, ya falta poco para estar en su casa. Abre la puerta y entra.
   —Hola abuelo, ya llegué —grita en la penumbra de la cocina para despertarlo.
   Seguro que está durmiendo como siempre frente al televisor, piensa. Y sigue camino a la sala a dejar la mochila sobre la cama y preparar las cosas del colegio. 
   —Sí… si… ya te escuché Tilo…en la heladera te dejé un poco de fiambre —dice el viejo sin moverse de la silla.
   Saca todas las cosas que ha recogido de la plaza y las acomoda en una caja al lado de la cama. Deja el libro para lo último. Va a buscar alcohol y un trozo de gaza, se sienta en el colchón y lo limpia con cuidado. Entre sus dedos flacos aprieta el paño húmedo y con cuidado lo pasa hoja por hoja. Es su ceremonia privada. Esos textos guardan tesoros que lo llevan a otros lugares, está seguro que algún día le servirán. Quizás le alcancen las llaves para dejar este purgatorio, aunque todos digan que de acá nunca se sale. Cuando termina la limpieza lo coloca en la biblioteca. Lo mira de lejos con los brazos en jarra y se promete leerlo esta tarde después de dormir la siesta. Las pupilas se le han dilatado, es poca la luz que con desgano se filtra a través de la cortina para amenguar la penumbra de la sala.  
   Tiene un poco de hambre. Después de ordenar sus cosas se sienta solo a la mesa y come el fiambre con un poco de pan. Toma agua, porque es la única bebida que consumen. Es raro que en una casa no se tome vino, la costumbre viene desde que su madre lo prohibió aquella vez, después de esa violenta discusión con su marido. Tilo no recuerda a su padre porque en ese momento era recién nacido, no tiene fotos siquiera, solo sabe que era un inglés aventurero y que de él conserva el apellido. Fue en esa ocasión que ella lo echó de la casa, él se había emborrachado y le pegó, fue la primera y la última vez que ella permitió que lo hiciera, él nunca más volvió. Por eso el abuelo no toma vino.
   Vive allí con él, cerca del Playón. La casa tiene un dormitorio chico en donde entran dos elásticos de metal tirados en el piso con colchones encima, una sala grande y un baño con retrete. En un lateral de la sala está la cocina. Pocas cosas tienen este sitio, una repisa de un solo estante, tres sillas, una mesa con mantel de hule y una ventana con una cortina vieja, eso es todo. En la repisa están los libros que junta Tilo en la calle, algunos están rotos, y también tiene algunos nuevos, pocos, que le regala el Gordo, cuando lo cruza alguna mañana temprano por la avenida Santa Fe.
   Sabe leer y escribir, está terminando la primaria en la escuela N° 6 que está del otro lado de la estación, su madre lo anotó allí en primer grado. Cuando andaba por los nueve años empezó a vender ramitos de violetas y estampitas en los bares, en los claroscuros vacilantes de las tardes. Va al colegio sin dormir, soporta las clases como puede y cuando sale enfila hacia su casa. Se acuesta a hacer una siesta hasta las nueve de la noche y a esa hora lo despierta el abuelo para cenar. Después se tira en la cama para leer un poco y cuando el viejo se duerme sale a vender sus cosas por los bodegones el Bajo. Cuando cierran los restaurantes y ya no quedan turistas se va para Constitución y se gana algún peso haciendo mandados en Trópico.

   El próximo domingo será el Día de la Madre, hoy las maestras estuvieron hablando todo el tiempo sobre eso. Vino de la escuela con el alma expuesta al tremendo dolor que lo acongoja, esa enorme ausencia le deja a la intemperie toda la extensión de su pequeño universo de niño. No lo han abandonado las palabras que Lorena le ha dicho sobre ella, abriendo la herida de su corazón. Cuando lo piensa, Tilo se lleva la mano al cuello y lo aprieta con fuerza para que no se note que tiene humedad en los ojos. Tuvo que contenerse en el aula usando el mismo gesto. La calle le ha endurecido muchos de sus sentimientos, pero con ese recuerdo no puede, se le hace un nudo en la garganta.  
   Ya ha dormido la siesta de la tarde y se pone a leer el libro que encontró en la Plaza, ese que estuvo limpiando. Hay allí un artículo sobre un escritor que dejó un cuento inédito. El cuento tiene un final raro: el personaje aprovecha una gran bajante de las aguas de este estuario que baña la ciudad y, cuando el lecho de barro queda al descubierto, se va por el río, pero lo vadea a caballo. El escritor ha dicho que el cuento termina sin que se sepa si llega al otro lado, pero que no es necesario saber si llega, sino que lo más importante es que se anima a cruzar. Cuando llega a esa frase se da cuenta que le cuesta entender qué quiso decir el autor, lo cierra y lo devuelve al estante. Se tira en la cama, se coloca las dos manos detrás de la nuca y se queda pensativo. 
   Luego de un rato se da cuenta que ha llegado nuevamente la oscuridad y las luces están encendidas en la villa 31. Sube rápido por la escalera metálica al techo de la vivienda y se sienta sobre el borde de la losa de hormigón con las piernas colgadas al vacío. 
   Desde aquí observa el movimiento en los pasillos y en el Playón. Su figura pequeña permanece en las sombras porque hasta aquí no iluminan las luces mortecinas de los focos que cuelgan de los postes de alumbrado. Su abuelo está abajo, sentado frente al televisor.
   Está pensativo recordándola. ¿Dónde estará ahora? Es una pregunta sencilla a la que le tiene que encontrar la respuesta. Nunca va a recibir una carta de ella porque no sabe escribir, apenas garabateaba su nombre, eso sí le salía bien. Él conserva guardado un papel en una caja que tiene en la repisa con el nombre escrito por ella, las letras son redondas como las de un cuaderno de caligrafía, con rulos en las mayúsculas. 
   Tilo ha subido a la azotea para despejar su tristeza pensando en alguna cosa linda, mira el cielo buscando estrellas desde su atalaya privilegiada, esta que solo él conoce, a la que acude cuando lo acosa la melancolía. 
   Apoya el mentón en la baranda metálica que está en el borde de este techo y recuerda lo que le dijo anoche Lorena. Está serio, con el ceño fruncido, aquí arriba empieza a hacer planes para pasar caminando de un lado a otro del río, desde Buenos Aires a Colonia. No tiene dinero para viajar hasta Uruguay, ni siquiera podría pagar un transporte por tierra, estuvo meditando y está decidido en hacerlo a pie, caminando sobre los camalotes. 
   Otro modo de cruzar sin lancha ni bote a Uruguay ya lo ha visto en el libro que esta tarde estuvo leyendo en la cama. Una pavada cruzarlo así, se dice, él lo va a hacer sobre la manta de plantas que llegaron ayer. 
   Ahora tiene ese tomo entre las manos, en la semioscuridad de su cielo, como si fuera un manual para tomar la comunión. 

   Hoy vio las islas flotantes, las vio en el dique. Aquí encima de su casa está armando mentalmente la estrategia del cruce. Ya lo tiene decidido. Mañana al amanecer se pondrá en marcha cuando termine de vender en los bares. 
   Va a ser fácil, tiene que bajar por la punta de la Reserva Ecológica en la Costanera Sur cuando la claridad comience a acariciar la copa de los árboles y la gramilla que cubre la pendiente del terreno que besa el agua. Las olas van a estar dormidas en esa zona tranquila. Tiene que dar un paso arriba del islote verde, luego otro, luego otro, y así hasta alcanzar su destino. Seguramente le llevará todo el día caminar sobre los camalotes para alcanzar la otra orilla del río donde está la antigua ciudad de Colonia, el tiempo suficiente para pensar en lo que va a hacer allí para encontrar a su madre, en lo bien que se va a sentir cuando esté delante de ella.
   Y siguiendo un impulso, se levanta de repente, sin darse cuenta de que está sonriendo. Ya no va a tener que soportar las bromas de Navaja, y cuando se lo cuente a Lorena no se lo va a creer.  Entonces baja a preparar las cosas que tiene que llevar en su mochila, no se tiene que olvidar de llevar algunas estampitas de San Expedito.

   A la madrugada siguiente Tilo está en la ribera, ha venido caminando hasta aquí para comenzar su viaje. El camino lo ha hecho meditando sobre la posibilidad de su emprendimiento. Ahora se encuentra frente a esta extensión que no tiene fin y mira como el horizonte ha engullido la orilla uruguaya.
   Lo va ganando la desazón a medida que su mirada recorre el paisaje que se despliega ante sus ojos. El nivel está alto y ve, a lo lejos, solo líquido, tiene la sensación de estar observando un mar, un océano que lo separa de Colonia. Ve los islotes agarrados contra las bases de hormigón de la dársena, atrapados en la escollera, en los espigones, pero el centro de esta desembocadura inmensa se ve despejado de plantas, y la corriente se desplaza somnolienta, mostrando un color pardo acerado por el efecto de los rayos del sol.
   Mira hacia los costados, se agacha, toma una piedra y con su mano derecha, llevando el hombro bien hacia atrás, la arroja hacia arriba, todo lo lejos que puede. Se queda mirando la comba en el aire y ve como se hunde. Un dedo vertical de agua se eleva en ese punto, un instante después escucha el sonido que se traga el cascote y, después ve los círculos concéntricos que se alejan hasta desaparecer. Se queda un rato pensando en el silencio de la mañana.
   Deja a su lado la mochila con desgano, lo empieza a ganar el desaliento, de a poco se va dando cuenta de la imposibilidad de su hazaña. Ha estado soñando una vez más.
   Se pregunta si es tan grande la necesidad que lleva dentro como para nublarle el entendimiento, para que dolor lo gane de tal modo que le impida razonar. Ha visto ayer los brotes verdes cubriendo toda la vastedad de las aguas y ahora ve solo manchas esparcidas, como una enfermedad de la piel que ha atacado a este estuario. 
   Se sienta sobre el pasto, sobre este rincón solitario de la ribera. Observa hacia la otra costa con la respiración un poco agitada, mira hacia un lado, hacia otro, hacia adelante. Y de a poco siente que la congoja le empieza a cerrar la garganta. Tiene una opresión en el estómago producto del odio que siente por su estupidez. Quiere ver alguna imagen, alguna señal, algo que le diga que su madre está allí enfrente. Y nada llega.
   Lentamente baja la cabeza y empieza a sollozar, es un niño todavía, gime y se le humedecen los ojos, en este sitio solitario no le preocupa frenar las lágrimas, nadie lo ve, pero los hilos tibios resbalan sobre las dos mejillas sin que lo pueda evitar. Y entonces, con espasmos, le brota todo el dolor contenido en sus breves años de vida, y llora desconsoladamente por la ausencia que no puede superar, su tremenda angustia quiere derramar tanto llanto como el torrente marrón que se lleva los camalotes.



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sábado, 13 de agosto de 2016

Las imágenes oníricas

   Este invierno es desapacible. Afuera el día está frío y la llovizna entristece la tarde. Recién he despertado y descubro con encanto otra de tus magias que no te conocía. Luego me dirás que sí, que siempre sueñas doble, hilando dos historias al mismo tiempo. Pero solo sueles recordar una de ellas.
   Estás enredada entre los hilos del despertar, un tanto perdida, pero tal vez un poco alerta todavía a los sonidos delgados y sinuosos, a los leves golpeteos de las gotas de lluvia sobre el vidrio de la ventana. Hay hebras de humo recortadas en el fondo del cielo azul de tus ojos, esos que me miran ahora, detrás de tus párpados casi caídos.
   Me arrimo a tu rostro observándote de cerca, por debajo de tus pestañas quietas. Son dos sueños, los puedo ver porque todavía duermes. Me acerco más y veo allí dos senderos que se bifurcan y te conducen a distintas fantasías. 
   Acostado a tu lado te tomo la mano suavemente, para acompañarte en los dos caminos que transitas desde tu mundo onírico hasta aquí, sin dejar de escudriñar como un intruso el fondo de tu mirada quieta.
   Por la senda de más aquí se te ve cómo vas gallarda en tu recorrido, al trotecito sobre una bestia de tiro, a paso lento por el piso polvoriento. Vas montada sobre el lomo firme de un caballo brioso que lleva un trote lento. Tiene las crines blancas, y los cuatro cascos de sus patas retumban sobre el piso adoquinado, y espantan a los pájaros que velan tu siesta.
   Por la senda de más allá, en las profundidades del iris, veo una figura que descansa entre brumas y gira para sumergir la mano, el brazo, el codo y el hombro desnudo, en un mar de vapores color ceniza. Vacila rotando todo su cuerpo y al mismo tiempo baja. Me parece que este es tu sueño verdadero y la que desciende eres tú.
   Vas de este modo hundiéndote en el viento como el ala de una gaviota que se acerca, casi rozando las crestas de las olas del mar. Así vas, así te veo, envuelta en túnicas de colores transparentes, volando sin aleteos, aspirando el aroma de sales marinas cuando pasas sobre el agua. Vas olfateando los aromas de los bosques, de los árboles de hojas y de los árboles de flores, cuando pasas sobre las tierras.
   Ves todos los colores de los estambres enhiestos que anuncian la llegada de la primavera y, con tu oído delgado, oyes los cantos de los pájaros de picos largos del trópico.
   Se agita un poco tu mano cuando te escucho balbucear palabras que no entiendo. Algo dices en voz baja. Son sonidos dispersos que salen de tu boca al sumergirte en las profundidades de tus pensamientos.  Te arrullan los fluidos que transitan por los arroyos subterráneos, que hacen palpitar los hilos celestes de tus sienes. Tan cerca de tu rostro puedo compartir todo lo que te sucede.
   Me alejo un poco de ti porque comienzas a moverte. Te veo llegar a las costas de la vigilia. Entre las sábanas espumosas todo tu cuerpo va dejando el desmayo de la siesta, al borde del silencio de la tarde agonizante. Ya estás escuchando el rumor de nuestra habitación y abres tus pulmones a este aire que respiramos juntos.
   Este dormitorio levemente iluminado, es tan grande como el Universo. Tu cuerpo sobre la sábana es tan mínimo como una semilla. Esa visión me despierta tanta ternura que quisiera acariciarte. Pero desisto, esperaré a que tengas la sonrisa plena, cuando mi presencia tenga sentido también para ti.
   Ahora te suelto la mano y te miro de lejos antes de dejar la cama. Tu sueño ha terminado y lo he visto. Cuando despiertes totalmente quizás no te diga nada, tal vez no te mencione que he compartido tu mágico secreto.

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sábado, 6 de agosto de 2016

El valle del sueño

   Está parado en medio de la nada pisando el terreno blando mientras aletean pequeños pájaros en el cielo. El largo camino de tierra que llega hasta aquí se pierde en el horizonte. El coche que lo ha dejado en esta soledad es un puntito negro que se va perdiendo en el paisaje. La aldea chata descansa en el silencio de la tarde a un costado del río que la va esquivando en su trayecto sinuoso por el valle. Mira en derredor, todo le recuerda a un pueblo típico del interior de Buenos Aires, casi igual que éste, envuelto en silencio, alejado de todo.
   Ha sido un niño adoptado, sus padres se lo han dicho, pero nunca han querido hablarle de sus verdaderos padres, ha discutido por eso con ellos, ahora están algo distanciados. Desde hace algunos años ha realizado averiguaciones, está en pie de guerra contra todo lo que se oponga a ocultarle su memoria personal, su origen, una batalla se le ha desatado en el alma, necesita encontrar su propia historia, por eso está aquí. 
   En su bolsillo guarda una foto en sepia, un trozo de carta escrita con tinta color violeta, una dirección, el nombre de su hermana, esta es toda su fortuna. 
   Esta misteriosa aldea a la que ha llegado se llama Kalachi, está casi perdida en el norte de Kazajistán. Él no sabe ruso ni kazajo, pero su hermana Milenka balbucea un castellano modesto; confía en que sea suficiente para abrir las ventanas de la claridad que su dolor necesita. Con modales suaves, ella lo recibe en la puerta de su casa y lo hace pasar. Su hogar es acogedor. 
   Él entra con el ceño fruncido, pero intenta no exteriorizar toda la angustia acumulada por tantos años de búsqueda. Lleva mucho tiempo detrás de esta palabra que le cuente como eran sus padres, que le diga quién es él. Trae la esperanza casi gastada por este recorrido, pero de todos modos viene en busca de este sendero sanador. Sabe que ellos fallecieron, pero su congoja, su ansiedad, esperan en silencio que salgan de los labios de su hermana, los sonidos que anhela, para poder armar algo, más que nada la semblanza de su madre Sasha, la del pequeño retrato que trae consigo.
   Están sentados en la sala principal. Las amplias cortinas de las ventanas filtran la luz del sol generando una amable penumbra. Conversan largamente mientras toman el té, ella sirve tostadas. Hay dulces para untar, panes que esparcen sus aromas entre el mobiliario rústico, el encuentro se extiende toda la tarde. 
   Serguei piensa, luego de escuchar todo el relato en la voz suave de Milenka, cuánto tiempo le va a costar componer su historia después de todo lo que aquí ha oído con atención, luego de asimilar esas palabras que ha esparcido la dulce sonrisa de su hermana.
   La larga charla se ha prolongado hasta el anochecer, es tarde y llega el momento de la despedida. Él sale de la casa agradecido, lleva en sus oídos dulces palabras para su corazón, calma para su desasosiego. Por primera vez en años siente que se aplaca la desazón de su universo. Le llevará tiempo, sin duda, armar nuevamente la verdadera figura de su vida. Su cerebro bulle, pero su corazón reboza. 
   Una vez que llega al dormitorio que ha alquilado cerca de lo de su hermana, se acuesta y apaga la luz. Sin embargo, tiene los ojos abiertos, no se dormirá sino hasta la madrugada. Comienza, por fin a pensar en su madre, en el origen de las cosas, no sabría decir si está feliz o no, pero está exultante. Su corazón se ha agitado después de todo lo que le ha contado su hermana, no logra escapar de la emoción que lo embarga, no sabe cuál fue la última vez, que como ahora, tuvo un nudo en la garganta. Se pasa los dedos por las mejillas para quitar la humedad que le baja, sin querer, de sus ojos cansados.
   Se siente raro aquí, en la oscuridad, en el silencio, en la soledad de la habitación, en esta aldea perdida cerca de la Siberia rusa, lejos de donde ha nacido. Está en pie de guerra. Se pregunta si este encuentro es la primera victoria, el enemigo es escurridizo. La palabra memoria se le despliega como un cartel delante de su frente, sus labios se mueven tímidos en un intento de pronunciarla, como cuando era niño. Es lo último que recuerda antes de dormirse.

   En esta tarde de su segundo día de estadía, va con su hermana al pueblo vecino que se llama Krasnogorsk. La temperatura es agradable, estima que hace más o menos veinte grados. Ella va montada en su bicicleta color azul con portaequipaje y le ha ofrecido la verde a él. 
   Ella le cuenta que no llegó a ver la época dorada de esta ciudad. La mina de uranio, que fue el esplendor de aquellos años, hoy está abandonada, los edificios están destrozados. Solo hay un grupo que están en pie, aunque derruidos. El resto del pueblo está en ruinas. La mina se cerró a fines de los años ochenta. 
   Está alegre, se le nota en la sonrisa, tal vez sea algo natural en su hermana. Le muestra esta ciudad fantasma. Las edificaciones muestran las huellas de los bombardeos. Las ventanas son ojos rectangulares, cuencas vacías, las paredes están picadas por la viruela de los disparos. Los bloques de hormigón se han derrumbado, los tendones de hierro están cubiertos de óxido, expuestos al aire como cuerpos desarticulados a los golpes, excluidos en los contornos de la ciudad, el sitio en que habitualmente está destinado a los cementerios.
   Llegan y miran hacia el interior de uno de los edificios. Se ven los trastos de la gente que vivía aquí, bolsas, ropa vieja y sucia, objetos de plástico, botellas de vodka vacías, una muñeca rubia con un vestido corto sin mangas color celeste, dibujos hechos en papeles coloreados por los niños, ahora desteñidos por el clima, por el paso de los años, pegados en las paredes, rotos.

   Regresan con sus bicicletas a la aldea y Milenka le comienza a contar sobre la vida en Kalachi. 
   —Aquí padecemos de un estado extraño, todos tenemos miedo a quedarnos dormidos en cualquier momento, algunos han llegado a estar dormidos durante una semana entera, bebés, niños, adultos. Las autoridades conocen las razones, pero no han podido convencer a todos. La mitad todavía habla de fantasmas, la otra mitad le echa la culpa a la mina de Krasnogorsk, hay un temor general que nos cubre con un manto de espanto del que es imposible salir. 
   » La gente se cae como borracha y se queda dormida en la calle, en cualquier lugar, los niños también. Por eso los que pueden se van, los que no, se quedan aquí. Esta es una aldea pobre, no es fácil levantar todo e irse, no todos pueden y hasta hay algunos que prefieren quedarse y morir aquí. 
   » En cualquier momento cualquier chico puede dormirse. En el único colegio municipal donde se dictan clases se han quedado ocho niños dormidos en esta semana al momento de tomar lista antes de entrar a las aulas.
   Serguei observa, piensa que la aldea de todos modos, es bonita. Todas las casas tienen techos de tejas a dos aguas, todas tienen chimeneas, queman leña en los hogares para pasar el crudo invierno. Su hermana dice que hay nieve en la estación fría por estos parajes. Las viviendas son bajas, humildes, las calles son de tierra, parece un pueblo olvidado de la mano de Dios.
   La gente cría aves de corral, gallinas, patos, gansos. Hay charcos por aquí y por allá, desordenados, donde estos animales toman agua. Los caballos, libres como la lluvia, hunden sus hocicos para alimentarse con la gramilla verde que empieza a notarse en el campo que rodea al pueblo. Los terrenos tienen cercas construidas con tablas de madera oscura para demarcar límites.

   A Serguei le gusta escuchar a Milenka. Ella es joven todavía, está vestida con una calza negra, calcetines rojos, ojotas de tiras color verde, remera roja de cuello redondo y un pullover abierto color gris. Es rubia y de tez muy clara, tiene los ojos celestes, es delgada, bonita, de sonrisa fácil. Han ido hacia la orilla del río, dejan las bicicletas a un lado y se sientan en el pasto a conversar. 
   Es junio y está empezando el verano, la temperatura es agradable, los pastizales estallan de colores pasteles. Este río es parcialmente navegable, hay habitantes de la aldea pescando de este lado de la costa, no hay botes, ni muelle ni puentes. Lo pueden hacer en esta época porque el curso del Ishim, aquí, está helado en invierno, de noviembre a abril. La corriente se desliza por estos llanos con la misma parsimonia de los aldeanos. El transcurrir lento de la vida de los habitantes copia el movimiento tranquilo del agua. 
   Él no conoce este sitio alejado del mundo, el movimiento aparece cuando ve a los niños y a los pájaros, algo que corre, vuela, aletea, algo que se anima al calor del sol que entibia la sangre y provoca trinos y risas. Lo asocia con la sonrisa de su hermana. 
   Mientras la escucha, sus pensamientos comienzan a tejer su historia. Es un titubeo de la memoria, todavía. Sasha ha concebido a Milenka aquí ¿Cómo unir las historias de estos dos hermanos? Madre e hija han vivido juntas aquí, pero él en este lugar es un extraño. Le hubiese gustado compartir con ellas este paraíso.
   En esta época del año el pasto es color cobre, casi marrón y el calor es tolerable. El río se desliza sin hacer ruido, ni siquiera susurra en el silencio que invade toda la aldea y las praderas que la rodean. Solo transitan por este mundo misterioso algunas bicicletas, algunos carros, y eventualmente la única ambulancia del Centro de Salud, donde ella trabaja como enfermera.

   De repente, en esta tarde espléndida comienza a soplar una brisa suave y se ven algunas nubes oscuras que van cubriendo el cielo. Milenka no dice nada, pero Serguei nota un cierto estremecimiento cuando ella levanta el rostro hacia el cielo, se ha puesto seria, es la primera vez que él lo nota, tiene una línea horizontal y delgada en su frente. La brisa viene de la mina abandonada.
   —Serguei, regresemos —dice ella, mientras toma la bicicleta.
   —Como tú digas Milenka, ¿pasa algo malo?
   —Nada, pero es mejor si nos vamos.
   Ella pedalea presurosa, casi sin hablar, él no se atreve a preguntar más, no sabe qué le pasa, pero la ve un poco preocupada. Se lo dice, pero su hermana solo le cuenta una vez que están dentro de su casa.
   —Han quedado ahí abajo, en la mina, dicen los más viejos, muchas estructuras de madera. Luego las lluvias han llevado sus aguas a esas profundidades infernales. Parece que allí esos elementos se fusionan con un amor tan fuerte, que engendran un gas temible. Y lentamente emerge por esos túneles subterráneos, aún no del todo cerrados y, cuando algún viento, o alguna brisa leve, los trae a la aldea, nos aturde el cerebro y la gente se duerme. 
   » Hoy al Centro de Salud llegaron varios niños, uno está en la cama de la sala que yo cuido, parece como a punto de dormirse, es una pena verlo, se le cierran los ojos, los vuelve a abrir cuando le hablan, le cuesta estar parado, se tambalea. Yo lo levanto con esfuerzo, pero, pobrecito, es más fuerte que él, se recuesta nuevamente y duerme. Los niños no pueden estar parados, se caen, no aguantan de pie, es como si estuvieran borrachos.
   » Los médicos no encuentran síntomas neurológicos preocupantes y los devuelven a sus casas. Otro niño se ha caído de sueño camino al colegio, los amigos lo ayudaron a levantarse y lo llevaron a su casa porque se tambaleaba, no recuerda nada más. Algunos duermen hasta una semana.
   » He atendido más de veinte personas la semana pasada y durante el invierno fueron sesenta. Hubo algunos que se han dormido en la nieve, nadie los ha visto caer y han muerto congelados. 
   » Lo peor de todo es que tienen alucinaciones, algunos dicen que tienen caracoles encima, otros dicen que sienten que les va a explotar la cabeza, parece un manicomio. Y yo sé que es cierto porque el año pasado yo también me he quedado dormida.
   » Serguei, no aguanto más, estoy abrumada. Tengo miedo de volverme loca.

   Olga es una de las vecinas más antiguas de esta aldea conocida como “El valle del sueño”. No tiene rasgos eslavos sino mongoles. Mira parada desde la última esquina de esta aldea hacia el grupo de niños que está en el prado. Tiene las manos en la cintura. Es gorda y de grandes pechos, viste su figura con varios vestidos largos, de faldas amplias y coloridas. Su rostro de tez cenicienta tiene rasgos achinados. Asoman por debajo de sus ropas largas el extremo de unas calzas blancas, casi llegando a sus zapatos cerrados. Tiene cintas de colores con dibujos rebuscados en la cintura y dos cintas del mismo tipo cosidas a su blusa como tiradores. Con su mirada fija vigila desde lejos a los niños. 
   Allí, sobre el prado, el bullicio de los pequeños alegra el canto de los pájaros del valle. Están vestidos de colores vivos y bailan una danza milenaria, alzan sus piernas, se desplazan abrazados por las cinturas. Este baile se hace entre todos, ellos por aquí, ellas por allá. Se mueven y zapatean al ritmo de esa música extraña que brilla con los sonidos de los cascabeles y las panderetas. Parece un día de festejos. Llevan puestas sus sonrisas en los labios y la alegría se define en sus mejillas rosadas. 
   Delgados filetes de nubes blancas cruzan el cielo celeste de este lugar mágico, trazan una línea de límites infinitos, el pizarrón del firmamento ha sido cruzado por líneas de tiza color blanco. Pero ¡cuidado! que por allí se asoman los puños cerrados de este dios que determina sobre quién caerá hoy, el rayo de la temible enfermedad del sueño. Los niños no lo han visto aún. Olga sí, su espíritu se ha resignado a verlo una vez más y espera el desenlace de este nuevo trance, de esta nueva prueba que se les impone.
   —¿Será la fiesta, la alegría, el baile, lo que molesta a los dioses? Nadie lo sabe ni lo pregunta ¿Por qué ha pasado la historia por aquí y nos ha dejado en este lugar, en los arrabales de la civilización, con este estigma? ¿Cuál fue el pecado para este castigo? Tal vez sean pocos los libros religiosos que tenemos, o en todo caso será necesario levantar cúpulas y campanarios para que nos protejan de esta feroz epidemia.
   Entonces, como ha percibido Olga, la danza se interrumpe, un niño cae como si se le hubiesen aflojado los ligamentos de las piernas. Un muñequito se ha desarmado en lo alto del prado. Los demás dejan de reír y tratan de levantarlo. Olga ve en esos rostros infantiles, el comienzo de esta tragedia que se repite, que golpea a este pueblo de campesinos. Una fuerza celestial le pesa sobre los párpados al angelito caído. Este niño es el elegido de hoy entre los que forman ese grupo. Olga comienza a caminar para sumarse a la ayuda. Entretanto, se pregunta, cual habrá sido el error cometido aquí, para que tengamos esta condena. Va entonces en busca de esta almita, que se está durmiendo, para entregarlo a su familia.

   Milenka quisiera que él la lleve a la Argentina, pero esto no se lo dice, le parece algo imposible. Sería casi un sueño que se vayan juntos de aquí. Ella también tiene miedo de quedarse dormida. 
   Estos días para ella han sido maravillosos. Ha disfrutado de su compañía, de las largas conversaciones con él, de los paseos en bicicleta, de su compañía al lado del río. También algunos de sus gestos, de sus rasgos, le han resultado parecidos a los de su madre. Antes de morir, le ha dicho «hija, si algún día viene, dile que me perdone por haberlo abandonado, he estado obligada a dejarle y me he llevado esa culpa a la tumba». También le ha dejado cartas que él ha devorado leyendo en su habitación antes de acostarse.
   Ella ha observado cómo él enhebra su historia en las profundidades de su mirada, ha comprendido su lucha interna, se ha empapado en la bruma que su nostalgia trae de Buenos Aires. Tiene un duende escondido que extraña el lugar que lo aguarda en su bosque. Esas cosas que solo saben percibir las mujeres.
   Tal vez por contagio sentimental, ella está sorprendida porque ha comenzado a soñar con esa ciudad enorme que nunca ha visto, que su hermano trae en el alma. Está contenta porque sabe que ahora la conoce un poco más, aunque sea a su manera, transformada por sus ilusiones de niña, mezclada con los relatos de su hermano y de su madre. Le gustaría estar allí para escrutarla con sus propios recuerdos en la mano, sabe de todos modos que solo es un sueño, por ahora agradece verla aquí en los ojos de su hermano. Allí también vivió su madre antes de que ella naciera, está en una llanura al otro lado del mundo. Tal vez la curiosidad se le haya empezado a despertar, tal vez ella esté empezando a querer conocerla más. 
   Se pregunta si Serguei ha venido solo a conocer el lugar en que está escondida parte de la vida de su madre, o tal vez a buscar rastros afectivos que ella, su hermana, le pueda proveer, aunque no sabe de qué modo, su hermano es muy serio y a veces se encierra en el cofre de sus sentimientos bajo siete llaves. Todo esto tampoco se lo ha dicho, no lo han conversado, solo ella se da cuenta porque lo ha percibido en su retina, siente que él trae dudas pegadas a la piel.

   En la sala de la casa de Milenka, esa mañana están sentados frente a frente los dos. Se han contado mucho y ahora están callados, tomando te. Serguei se está despidiendo, esta noche viaja de regreso a su país.
   Él piensa que ha estado en pie de guerra todos estos años, peleando por conocer su pasado, apretando las muelas todas las noches. Vino hasta aquí para saber, para quitarse este cangrejo que le atenaza las tripas y ahora no sabe cómo seguir. Se pregunta dónde continúa la próxima batalla de esta guerra en la cual el enemigo está dentro de él, en Kalachi o en Buenos Aires. Pero no se lo dice a su hermana.
   Entonces, sin meditarlo, como pensando en voz alta, deja el pocillo sobre la mesita y le dice algo que no tenía pensado, fuera de lugar:
   —Milenka, te necesito.
   De inmediato él se extraña por lo que acaba de pronunciar, no sabe qué agregar. 
   Entonces es cuando ella lo mira como lo hacen las mujeres. Tiene ganas de decirle que ella también lo necesita, pero no lo hace porque no se anima a agregarle una carga más de las que él tiene. Sin embargo, no puede contener sus sentimientos, se lleva las manos blancas para taparse la cara, se le llenan los ojos de lágrimas. Trata de componerse alisándose un mechón de pelo rubio. Lo mira tratando de armar nuevamente su sonrisa para que la recuerde así, no quiere que su hermano sienta culpa. Lo ve desolado, buscándose a él mismo todavía. Ve como la duda corre por sus ojos, ve de qué modo tiene el alma dividida. 
   Pero además percibe en el fondo de sus ojos una posibilidad, mínima, otro modo de decir que sí. Entonces se anima.
   —Tengo miedo, Serguei, si me quedo, me puedo quedar dormida.
   Y él la mira, sigue sin saber qué decir, pero se da cuenta de que su hermana está accediendo a su pedido, se da cuenta de que le está pidiendo que la lleve con él, fuera de esta aldea de somnolientos, que la lleve con él a Buenos Aires. 
   Él piensa en todas las cosas de que han hablado, cosas a las que ella ha accedido después de pensarlo, si es que el quisiera, aunque él sigue con dudas, todo es confuso en su cabeza, trámites, ADN, estudios, pasaportes, desarraigo, un trabajo para su hermana en Buenos Aires, está confundido y también tiene miedo, es un miedo a decidir, él tiene que decidir y el tiempo se acaba, ella ya ha decidido. Es verdad que tiene solamente para él los pasajes de regreso, pero no pasa por ahí el miedo. Piensa en Milenka, se busca excusas.
   —¿Será este el camino correcto para terminar de apagar el fuego de esta guerra que me quema? 
   De esta pregunta salen sus miedos. Es hombre y le cuesta decidir.
   La mira y le dice.
   —Vamos, Milenka. Yo te ayudo a preparar la valija.


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miércoles, 3 de agosto de 2016

Marimoñas

   Marimoñas Quesque aparece en el mundo de las letras con este libro excepcional que sorprenderá a muchos de los que gustan de la buena literatura por la originalidad de su prosa y la excelencia de su estilo que se hace presente a partir de su título:

   LA VIDA MANGA POR HOMBRO

   ¿Quién es “Marimoñas”? ¿Una buscavidas, una picara contemporánea, una lianta ofuscada, una rebelada, una desquiciada? El personaje femenino más excéntrico nos conduce con un humor disparatado por episodios de su vida, desde la infancia hasta su crisis de los 30 años, al mismo tiempo que reflexiona sobre su entorno con un punto de vista cargado de ironía sobre la sociedad actual. Excéntrica, heteróclita, rebelde, no consigue adaptarse al mundo que le ha tocado vivir. Una mirada crítica e hilarante, con un lenguaje peculiar que nos engancha: charlando “de tú a tú” con el lector. Nos dejará pensativos al tiempo que sonreímos.

   Va esta recomendación para todos los que pasan por este sitio. Afortunadamente se puede conseguir en formato e-book. Dejo aquí un link de una de las librerías donde se puede conseguir en Argentina que por supuesto no es la única.