viernes, 31 de marzo de 2017

El loco de la jaula



Mayo de 1996

   El cielo de Buenos Aires está cargado de nubarrones. El Loco Gabriel aparece mirando el espigón de pescadores de la avenida Costanera, en esta mañana desapacible, envuelto en su impermeable sucio y gastado. Sostiene con su mano derecha el armazón de alambre de una jaula, cubierta completamente por una funda negra. 
   Arrastra los pies lentamente. Cruza la acera. Salpica con sus zapatones el líquido de los charcos formados por retazos de lluvia y llega a la vereda de la balaustrada. Pasa por el lateral del edificio de estilo normando situado en la entrada del muelle. Enfila con paso decidido hacia el largo maderamen sostenido por una estructura reticulada, sumergida en el agua, como las patas flacas de una araña antediluviana fosilizada. Y recorre los doscientos metros, más o menos, que lo alejan de la costa para hundirse en el río marrón.
   Tilo lo observa. Está sentado en el borde de la Costanera, sobre el grueso muro de hormigón perimetral. Tiene sujetas las rodillas contra el pecho, con ambos brazos. La atención lo mantiene quieto, la ingenuidad le alisa la piel de la frente de su cara pecosa. Está envuelto en una capa larga, de plástico transparente, con un gorro para protegerse de la llovizna. Ha salido temprano de su casilla de la villa 31 para esperar la aparición del Loco. Quiere estudiar sus movimientos y asistir a la ceremonia. 
   Tilo debería estar durmiendo. La llovizna intermitente le enfría los huesos, pero ha venido hasta aquí empujado por su intuición: hoy va a venir Gabriel. ¿Cómo lo sabe? Es un misterio. Percibe la oportunidad. El momento exacto está por llegar. Un pulso de ansiedad palpita en su estómago. Tiene el instinto de la premonición, sospecha que una especie de ritual va a desplegarse ante sus ojos.
   Sus doce años cumplidos conservan intacta la avidez de la curiosidad. Tilo coloca su atención en los movimientos extraños de esta ciudad, pero desde el lado oculto, con la astucia de cazador ante la presa. Se interesa por las historias de los alucinados, las prostitutas y las cirujas, los vagabundos y los ciegos, y también por los que pintan grafitis indescifrables en los muros de los baldíos y en los cristales de los edificios. La inocencia de su mente registra los detalles misteriosos de las calles fatales. 
   Gabriel se detiene en medio de las tablas desiertas, quiebra su cuerpo enorme, se agacha y deja el bulto sobre los tablones de lapacho. Después se acerca a la baranda, apoya en ella las dos manos y mira hacia arriba. La postura semeja a un científico o a un meteorólogo. Luego observa con lentitud en derredor, comprueba su soledad y se coloca de rodillas juntando sus palmas, como un monje tibetano. 
   Sus labios se mueven, tal vez esté rezando la plegaria de apertura de su culto privado. Su abdomen prominente expande hacia la desmesura su imagen y lleva a la solemnidad las maniobras de la liturgia. Es un San Juan Bautista que va a detener el giro de los planetas. Tilo ve, o le parece ver, un fogonazo iluminando los contornos de la figura imponente, como si tuviese un sol ardiendo por detrás. Le recuerda a la aureola sagrada del santo de la estampita, que le dio su compañera de banco, cuando tomó la comunión en la parroquia de la villa. 
   El Loco mete la mano debajo de la funda, abre la pequeña puerta de alambre y luego saca con cuidado el cuerpo leve de un gorrión dormido. Lo sostiene en la palma y lo abriga con sus dedos, es un pichoncito desvanecido. Dice unas palabras acercando su boca al plumaje ceniciento del pájaro. El aliento del discurso que sale de sus labios se disipa en una neblina difusa. 
   Tilo lo observa, sentado a lo lejos, desde la orilla, por lo cual no puede escuchar los susurros debido a la distancia, aunque la calma y el sosiego sean las sustancias que constituyen la plenitud de la hora. Imagina, en cambio, que en este momento las agujas de los relojes se detienen, las cosas se congelan, el aire se aquieta, ya no hay brisa ni movimiento y toda la escena queda suspendida. Hay tanta tensión en el aire que el aguijón de una avispa podría hacer temblar el universo. Pero a su edad no piensa con estas palabras sino con otras más sencillas de similar significado. Lo conmueve la simple contemplación directa de lo que se despliega ante él y lejos está de ser una reflexión de su pensamiento.
   Gabriel tiene la habilidad de hipnotizar a los gorriones, con su mirada azul los adormece en su mano. Es un misterio como hace para tenerlos enjaulados y que no se le mueran. Nadie sabe dónde los caza. Estos pajaritos no soportan el encierro, agonizan hasta perecer en su aislamiento porque son silvestres, el cautiverio es una condena que no pueden sostener. 
   Solo en el muelle, el Loco se pone de pie, se yergue en la tristeza de la atmósfera ingrata, en la escollera mojada junto al río picado por la brisa e inquieto de olas crispadas. Parado, frente a las aguas marrones, de cara al cielo plomizo, levanta lentamente su mano con la palma hacia arriba, la mueve un poco para despertar al gorrión y este levanta vuelo. 
   Se queda en esa posición mirando el aleteo del ave que se aleja, rozando casi las gotas que se desprenden de la superficie de las olas, primero, y luego ascendiendo, esquivando la garúa vertical que baja trazando líneas en el aire. Está convencido de que, por medio de los pájaros, le envía mensajes a su mujer, hace años fallecida: «El espíritu de ella está —piensa—, en parte en el océano, en parte en tierra lejana».


   La historia, dada por cierta en los bodegones del Bajo, dice que la esposa era una joven hermosa, de origen canario. Su muerte fue una tragedia que él nunca pudo admitir: un accidente de tránsito. Circulaban por esta misma avenida, era un día lluvioso como el de hoy, él manejaba y el auto se estrelló contra la cola de un camión de carga que iba al puerto. 
   Luego todo sucedió muy rápido: las luces intermitentes de la ambulancia, la morgue del hospital, ella con el cuello lacerado por las chapas muriendo en el acto, él reconociendo el cuerpo y, después, la locura, casi un año internado en el psiquiátrico por la alienación en la cual lo hundió la culpa. Ella se merecía otra muerte, hubiese sido mejor que se perdiera en la mar turquesa que baña la costa sudeste de su isla natal. 
   María del Pino, su mujer, había nacido en la soleada isla Gran Canaria y hablaba siempre con nostalgia de ese lugar. Desde las ondulaciones sembradas de palmeras de su pueblo llamado Los Corralillos, ubicado por encima del Trópico de Cáncer, había venido a esta ciudad enorme y húmeda, situada por debajo del Trópico de Capricornio. Solo Gabriel conocía los secretos motivos que la movieron a cambiar de hemisferio buscando este destino. 
   El padre de María había sido pastor trashumante. Iba desde Los Corralillos a Cortijo de Pajonales, de octubres a abriles, de inviernos a veranos. Se ausentaba por temporadas. Cuando volvía de sus viajes solitarios, ella se deshacía de alegría, se colgaba de su cuello con sus brazos pequeños. El duro oficio de él le daba mucho tiempo para pensar. Dejaba los animales sueltos en los prados y se sentaba tranquilo a esperar el crepúsculo.
   Reconocía la ubicación de sus cabras por la orquesta de cencerros flotando en el viento, podía saber así que la vizcaína estaba por aquí, que por los peñascos más altos andaban las grillotas, que ocultas por los algodones de la bruma estaban las del cascabel, y, además, aunque no la viera, sabía dónde se encontraba la habanera que, en otra época, alcanzó a tener también en su rebaño. Y así pasaban sus días, con la armonía de los golpes de las maderas de los badajos. En esos viajes tejía leyendas para contarle a su hija.
   Recorría los senderos de piedras blancas de los montes de la cadena del Sándara, sus montañas, sus quebradas, acompañado por los olores de las cabras, los silencios de los prados verdes, los macizos mudos de rocas secas, los aromáticos pinares donde escondía su nido el pinzón azul. Caminaba bajo los soles y los crepúsculos. Su piel se curtía como el cuero con los vientos alisios. Andaba entre los tomateros, las viñas y los almendros. Durante los descansos en las cuevas, disfrutaba de alimentos sazonados con especias, saboreando los quesos de flor.


   La voz dulce de su esposa solía contarle estos recuerdos. Todos ellos relucen en la retina de Gabriel cada vez que viene a liberar, para María, uno de los sutiles mensajeros. Se le llenan los ojos de lágrimas. Piensa que los pájaros le pasan sus mensajes a ella, como la carta del amante a la amada. Poemas de gorjeos encriptados en el lenguaje de las aves, dejados a la deriva, sobre el cuero bruno del río. Ondas de agua dulce empujadas a la corriente fría del Atlántico, y luego olas de mar profundo navegando hasta la Gran Canaria. Imagina que el espíritu de su mujer mora en su tierra, en esa roca redonda cuya única frontera es el mar. 
   Se habían conocido jóvenes, él treinta y ella veinticinco. Él se había enamorado de su sonrisa a primera vista. Ella se reía con el rostro completo. Era un sol. La pasión les incendió de inmediato los corazones, pero al año todo quedó trunco por el accidente, a él se le quebró la vida como una rama seca, se le enturbió la razón. Nunca se recuperó de ese golpe tremendo.
   Tilo no comprende, por ahora, por qué Gabriel viene a llorar su tragedia de amor al agua infinita. Su inocencia no se lo permite, solo lo mueve la curiosidad de observar su actitud, no alcanza todavía a comprender hasta qué punto quema tanto dolor, hasta donde puede hundirse este hombre en su pena. Ha visto con asombro el acto de contrición que ha venido a representar esa alma acongojada por la desgracia. El Loco desanda el camino y sale del espigón de pescadores. 
   Tilo lo sigue, a una cuadra de distancia, en el recorrido de regreso. Quiere saber a dónde va. Gabriel es una espalda vestida gris que se tambalea. Lleva la jaula colgada de su mano cubierta con la funda negra. Camina adelante. Tilo, con su capa transparente, lo sigue detrás. Abandonan la avenida transitada y se internan por la calle Salguero. 
   Donde la calle Mugica se transforma en una cortada, el Loco dobla y, por el rabillo advierte que alguien lo está siguiendo de cerca. Entonces empieza a caminar más rápido, los faldones de su impermeable grasiento se agitan, los cabellos de su melena se sacuden al ritmo de los pasos apurados. Más adelante se pierde entre los cercos de chapas torcidas, los bultos desparramados, los galpones y los vagones callados y solitarios de Saldías, la estación de cargas que se comunica con el puerto. 
   Ahí, Tilo, le pierde el rastro, o prefiere perderlo, porque se queda parado contemplando la figura que se aleja. Las gotas de lluvia le resbalan por las pecas de la cara. Tiene el rostro impasible. Luego de unos minutos, cuando la silueta del Loco ha desaparecido por completo, y el silencio se apodera de estos terrenos alejados de todo, baja la vista y se da vuelta. 
   Junta sus manos, se las acerca a la boca y sopla dentro de ellas para calentarse un poco, porque es fría la mañana destemplada. Bosteza, se da cuenta de que tiene sueño. Tiene ganas de dormir. Hace rato debería estar en la cama, ha estado toda la noche despierto, pero piensa que ha valido la pena venir hasta el muelle de pescadores a ver lo que quería. Se ajusta la gorra, da un paso, luego otro y así comienza a desandar, pensativo, el camino de regreso a la villa.




Este cuento pertenece al libro "Tilo".


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34 comentarios:

  1. En las urbes, siempre hay personajes que muchos esquivan, evitan hasta con miedo como si se les fuera a contagiar algo al saber un poco más de ellos. Locos, vagabundos, borrachos… Todos con grandes historias detrás y es bueno descubrirlas. Mucho más si están tan bien narradas.

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    1. Muchas gracias por el comentario, Héctor. Como dices, en las grandes ciudades, como ésta, hay personajes furtivos, que se hacen visibles solo en ciertas ocasiones, que tienen comportamientos particulares y resultan disparadores de historias si se les concede atención a ciertas actitudes que se alejan de lo cotidiano y, que nos pueden proveer del material adecuado para contar un texto con algo de magia. Muchas gracias por pasar por aquí.
      Ariel

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    2. Ariel.Nos llevas de la mano con tu relato paseando los momentos de tu alma salpicando de memorias mi pasado mientras te leo me siento unida al instante que vas creando con tus palabras
      un abrazo inmenso

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    3. Gracias Mucha, un abrazo también para vos.

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  2. Cuando te digo que es un placer leerte no es una frase hecha. Me hechizas con tus palabras y consigues que me enamore de tus personajes. Como mi amigo Tilo o este Gabriel que esconde su tragedia detrás de la locura, esa locura inofensiva y tan llena de dignidad. A mí me inspira un gran respeto este loco más cuerdo que muchos cuerdos. Y esos ojos de Tilo, que lo observan todo con la sabiduría de los niños que han sufrido antes de tiempo. Pues, eso. Un placer.

    Muchos besos, Raúl

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    1. Ana, no sabes lo contento que me pones con tu comentario. Imagínate lo que me agrada que empatices con estos personajes que para mi son tan queridos, en quienes pongo muchas cosas que me movilizan. Es muy conmovedor lo que dices. Tú que los lees desde siempre, que conoces de sus "vidas", sabes lo que encierran sus corazones. Me has tocado el alma, querida Ana.
      Un beso.
      Ariel

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  3. Sensible y tierna la manera en que tus letras nos cuentan la historia de Gabriel y me has hecho reflexionar sobre esas vidas de las que se desconoce todo, esas tragedias cotidianas de aquellos que a veces malviven en las calles de las grandes ciudades. Una viéndolos pulular muchas veces inmersos en su mundo se pregunta qué ha pasado para que estén tan solos, nadie les piensa, a nadie les importa... me producen mucha tristeza. Tu relato hace pensar y mucho en lo injustos que somos poniendo etiquetas a aquello que nos asusta, desconocemos o nos da miedo.
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias por tus elogios, Conxita, siempre tan generosa. Yo creo, como tú, que los personajes marginales de las grandes ciudades cargan con la soledad de la indiferencia, porque los alejamos de lo cotidiano, muchas veces en forma impiadosa.
      Gabriel cuenta con la desgracia de ser un "loco" y, los síntomas de su problema, son manifestaciones a las usualmente tememos, en gran parte como tú dices, por desconocimiento.
      He tratado de mostrarlo en su faceta mágica para que pueda tocar alguna fibra emocional de los que lean el relato y he contado parte de la historia de su vida para hacerlo más accesible a la ternura, para hacerlo más cercano a nosotros.
      Es un placer que me hayas dejado tu comentario, gracias, como siempre, por pasar por aquí.
      Un abrazo.
      Ariel

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  4. De tus relatos me gusta el tratamiento a fuego lento, el tiempo parece detenerse y el aire se aquieta como le ocurre a Tilo cuando mira el mundo en el que vive, quiero decir que te entretienes en los detalles casi como si la trataras como una novela, sin prisa, como si tuvieras todo el tiempo del mundo para contarnos, y te pongo el ejemplo inicial en el modo que tienes de presentarnos a Gabriel, la faena en la que se ocupa, la estructura del maderamen por la que camina con sus zapatones (y con el mismo empeño describes al loco que a los doscientos metros del muelle).

       Y Tilo, el magnífico observador de solo doce años, todo lo vemos a través de sus atentos ojos que no pierde detalle. Todos los gestos a disposición de él y de la narrativa de Ariel: el modo de mirar a su alrededor, de sostener con cuidado el cuerpo del pajarillo, sus susurros…

    Has acertado en llamar a la mujer canaria María del Pino, la patrona de la isla es la virgen del Pino, y te has documentado perfectamente sobre las característica del lugar, desde el rebaño de cabras hasta el queso de flor (rico, rico)

    Aúnas continente e isla canaria no solo con el Atlántico por medio, sino con ternura, recorrido de vidas y sobre todo narrativa excelente. Sin duda, este relato tiene rúbrica Ariel.

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    1. Isabel:
      Muchas gracias por todas las cosas bonitas que dices. Me refiero a los pormenores del análisis que realizas del texto, que tanto bien le hacen a mi estima, como a mis ánimos para seguir escribiendo. Y también me refiero a las sensaciones que te provocan estos personajes que tú ya conoces desde hace tiempo y a los que yo tanto cariño les pongo.
      Isabel, tú sabes que este relato ya tiene su historia, desde los tiempos de TR. En él aparece por primera vez el personaje de la canaria María del Pino.
      Y aquí debo agradecerte la colaboración que he tenido de parte tuya: los comentarios que en su momento me has apuntado y que me han servido para mejorarlo. ¡Qué mejor que una escritora a la que tanto admiro, generosa y canaria, para hacerlo!
      Siempre me has alentado y me has aportado con tu ayuda. En este caso, en especial, para pulir algunos detalles en lo que atañe a María y tu isla. Te repito, eres en extremo generosa y una excelente compañera.
      Un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  5. Tilo como observador de la vida cotidiana me parece un gran acierto. Un niño que todavía no comprende muchas cosas, pero que ya es curioso, lo cual es buena señal. Tu historia, Ariel, es el ejemplo perfecto de que detrás de la locura o "supuesta" locura está siempre una tragedia insufrible. Aunque al principio tenía dudas de lo que Gabriel haría con los gorriones, me ha parecido de una ternura, sensibilidad e incluso de inocencia ese intentar mandar mensajes a su mujer fallecida.
    Muy emotivo y conmovedor, Ariel. Un placer leerte, compañero.
    Un abrazo.

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    1. La vida de Tilo se desarrolla, en esta etapa, desplegada hacia la curiosidad y, como tú dices, los elementos que cuenta para la reflexión todavía son escasos, no le alcanzan para comprender la tragedia humana. Pero su interés se inclina a la contemplación de los comportamientos extraños a la mayoría de la gente. Su sensibilidad, con el tiempo, amasará ciertas explicaciones, comprenderá las vicisitudes de esa manifestación tan humana que es la locura.
      Gabriel es otro de los personajes que más aparecen en los cuentos, tocado por la mano terrible de la tragedia, se refugia aquí en la ezquizofrenia para mitigar su dolor, tiene la habilidad de hablar con los pájaros y, con la inocencia que le permite su locura, queda habilitado para despertar la ternura de los que contamos y leemos su historia.
      Un abrazo Ziorta y gracias por tu mirada atenta y sensible.
      Ariel

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  6. una muy bella historia ,utópica si se quiere ya que tu personaje es de villa 31...y no niego que puede haber alguien con ese sentir pero me parece mas utópico que real allí son otras las vivencias y sus realidades. como historia ,muy rica y bella.

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Marcela. La literatura, los relatos de ficción, nos permiten justamente virar hacia los espacios que nos ofrece la fantasía y, según mi humilde opinión, es justamente el ámbito fascinante para desplegar la utopía, en su acepción de los sucesos de imposible realización. En cuanto a la configuración sentimental de Tilo, te diré que está marcada profundamente por la relación de su entorno familiar, en especial con su madre, más aún que la circunstancia arbitraria de haber nacido en la villa.
      Gracias por dejarme tu comentario.
      Ariel

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  7. Con el texto de esta semana Tilo ya me es familiar y lo recordé, además del anterior relato, cuando es adulto, en otro que también paseaba por la Costanera.
    Un personaje entrañable, igual que el loco Gabriel, de esos que les cuesta insertarse en la realidad cotidiana, cruda, despiadada, para refugiarse en su propio mundo, donde prima lo mágico.
    Como siempre muy bueno el texto y un gusto leerte.
    Un abrazo, Ariel.

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    1. En esta actividad de escribir, que tanto nos gusta, hay personajes que crea nuestra imaginación y algunos de ellos vuelven a colarse, como pidiendo que los convoquemos, en la historia que se va formando ante nuestros ojos. Tal vez a vos también te pase con Piera, no se. A mí me pasa con frecuencia con Tilo y con Gabriel, vuelven con insistencia, creo que de algún modo esto ocurre porque se van construyendo con los materiales de mis propias vivencias, algo que, en mi caso, me parece inevitable.
      Y es por eso, también, que tu comentario me agrada tanto, Mirella, porque ellos son parte de mí mismo.
      Muchas gracias, me alegro por lo que decís del texto. Yo también te mando un abrazo.
      Ariel

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  8. Creo que Tilo se debe convertir en un narrador de el día a día de esa hermosa ciudad que es Buenos Aires, al fin y al cabo es digna imagen de su creador, ¿no? ;-)
    Magnífico relato R. Ariel, tú como nadie sabes dibujar con palabras esos personajes únicos que solo Tilo y tú conocéis. Por cierto, creo que ya te dije alguna vez que guardo un muy grato recuerdo de un emparedado de res que tomé en uno de los establecimientos ambulantes de la costanera. Vives en una hermosa ciudad!

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    1. Pero, ¡qué bueno! saber lo que me cuentas de Buenos Aires. Por lo que me dices del emparedado me das a entender que no solamente te ocupas de conocer los lugares típicos de los sitios que visitas, sino que te mezclas con la gente para conocer sus vidas, sus ocupaciones, eso que va más allá de los circuitos turísticos. Quizás eso sea lo que yo veo de meritorio en tus textos: además de estar muy bien narrados cuentan con el agregado de eso que va más allá de una crónica de viaje, los detalles, las cosas mágicas que tiene cada lugar.
      Tilo es un observador de esta ciudad que presta atención, justamente a esos detalles.
      Es un placer que me hayas dejado este comentario. Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  9. Muy poética, de verdad, me ha parecido la evocadora manera que has escogido para rememorar la vida de Gabriel. Tilo asiste a su ritual como testigo mudo, pero es el narrador quien nos desvela su pasado de un modo tan bello que por un momento se llega a perder la noción del tiempo y del espacio, alejándonos expresamente de esa mañana fría y húmeda de Buenos Aires, para mezclarnos entre las cabras en una suave y agradable temperatura canaria. Te doy mi más sincera enhorabuena porque el camino que desanda Tilo ensimismado también lo he tenido que desandar para regresar al presente. Tengo que bucear en busca de más historias de Tilo, seguro que, al igual que ésta, no me defraudarán... Muchas gracias por este regalo y un beso, Ariel.
    Eva

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    1. Eva, excelente comentario con el que, al leerlo, me llevas a una reflexión interesante.
      Pienso que la escena principal del relato queda resaltada con la configuración triangular a la que aludes: el narrador, Gabriel y Tilo. Pero sobre todo, según mi humilde opinión, la que cobra más importancia para mí es, justamente, la del observador mudo que aquí le toca a Tilo. Hay otro relato que se llama "Ellas bailan" en la que hago uso de la misma figura narrativa, pero en la que el papel de observador la cumple Gabriel. Creo que la función de esa persona testigo es la que permite que el texto se torne más verosímil, que el lector asimile más, me parece, la magia del suceso que cuenta el narrador. Si hay un tercero que participa de la escena, ésta se torna más verídica.
      Disculpa la digresión, pero lo que dices al comienzo me llevó a este pensamiento que me despertó el interés. Pero sigo leyendo y, me encuentro, maravillado por esa especie de viaje por el cual te ha llevado la narración, y me pongo muy, pero muy contento. Sabes, Eva, lo fascinante que tiene para mí el hecho literario es la emoción, los mayores regalos que me puedes hacer es decirme que algo que he escrito tiene poesía y que de algún modo te pudo atrapar, para sumergirte en la historia, esa cosa mágica que tiene la actividad de contar.
      Muchas gracias, Eva, por todo lo que dices, es muy bonito. Es un placer que vengas por aquí.
      Un beso.
      Ariel

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  10. Qué preciosidad de relato, Ariel. No hace mucho que te leo, pero ya me voy dando cuenta de que todas tus historias tienen alma propia.

    Es impactante la contraposición de la inocencia frente a la dura experiencia; de la juventud que toda la felicidad tiene por delante frente a lo truncado de una vida adulta; la ilusión curiosa de un niño que solo ve un ritual iteresante frente a una tristeza tan profunda que solo encuentra consuelo en la evasión que supone la locura.

    Enhorabuena, tus letras atrapan sin remisión :))

    ¡Un abrazo y buen día!

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    1. Muchas gracias, Julia, es muy lindo y halagador lo que me dices. Y lo haces de un modo tan emotivo que de veras me hace sentir muy bien. No te das una idea de lo interesante que es para mí, además, el análisis que haces del relato. Una devolución para atesorar.
      Te mando un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  11. Delicioso! A veces el tiempo se detiene... como al leer tus letras. He disfrutado de cada frase, cada oración, cada párrafo.
    Esa imagen, del chico observando ese mundo que le es ignoto, el asomar de la inocencia a las duras realidades de los adultos, es potente y cálida a la vez.
    Un abrazo, Ariel

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    1. Hola Mirna, me alegra mucho que te haya gustado el relato. Y es un lujo lo que me decís de la narración. Me pone muy contento. Es un placer que me hayas dejado tu opinión.
      Un abrazo.
      Ariel

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  12. ¿De qué intensidad es ese dolor que llega a desquiciar? Pobre Gabriel, a veces se confunde la tristeza profunda con la locura.
    Es fascinante cómo has contado lo de que, en esa locura medio cuerda o en esa cordura medio desquiciada, cree que el canto del gorrión pasa al río, del agua dulce a la corriente del Atlántico y, de allí, hasta la Gran Canaria, de donde era oriunda su María, ¡precioso gesto pero más aún tu relato!
    Me ha dejado impactada tu relato, incluído el trágico suceso que has narrado con tanta delicadeza ¡enhorabuena, Ariel!
    Un beso

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    1. Muchas gracias, Chelo. Me alegro que te haya fascinado el relato. He tratado de mostrar el lado mágico de la locura, con cierta ternura e inocencia. Es una tragedia mayúscula cuando la insania se apodera de la cordura, nos lleva del cielo al infierno. El cerebro nos ofrece esta salida cuando la desgracia es demasiado grande para que la podamos tolerar. Eso me ha llevado a elegir este modo de contar el suceso.
      Es un placer que hayas venido por aquí.
      Un beso.
      Ariel

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  13. Tres aspectos recurrentes en tus historias aparecen en este relato, la ciudad de Buenos Aires, Tilo y la Locura (en mayúsculas, pues ya es un personaje más al que nos tienes acostumbrados). Podríamos añadir también el amor, en este caso como desencadenante de la locura de Gabriel que no se ha resignado a perderlo. Tal vez busque en sus pájaros el modo de echar a volar por fin y dejar atrás todo eso que tanto daño le hace. Y Tilo sin embargo busque quizás algo a lo que agarrarse en este mundo para mitigar su abandono, respuestas a los porqués que mueven los actos de las personas. Gran relato Ariel. Un saludo.

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    1. Sabroso comentario Jorge, como siempre. Y acertado. La Locura es algo que me seduce sobremanera, ha pasado por mi historia personal muy cerca, quizás demasiado, una compañera de viaje que no se olvida. No la he padecido en carne propia, sino que han sido tocados por ella dos seres queridos a los que me sería imposible olvidar. Esos dos extensos trayectos de mi vida me han desplegado a otra visión del Universo humano, me han enseñado mucho, tanto como me han lastimado, pero en todo caso, a esta altura de mi vida me permiten apreciar con más amplitud los secretos de la existencia y disfrutar de la felicidad que me provoca ese estado particular de vivir que es el Amor, también con mayúsculas.
      Creo que el párrafo que podría resumir el objeto del cuento es ese en el cual dices "dejar atrás todo eso que tanto daño le hace", al modo de catarsis del narrador, utilizando, otra vez, la Fantasía como medio de escape, apelando a la ternura del lector.
      Un precioso comentario que me toca la fibra emotiva y que te agradezco mucho.
      Un abrazo, amigo Jorge.
      Ariel

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  14. Hola, Ariel! Un relato redondo y con la personalidad de tu estilo por los cuatro costados. Un estilo reconocible en cuanto a ritmo, a la sensorial descripción de ambientes y personajes, Buenos Aires, la expectante observación de ese narrador desde el punto de vista de Tilo... Todo ello me ha hecho pensar, tienes material para darle unidad en una novela corta o un libro de relatos. Fíjate, tienes un niño que observa a unos personajes que viven su propio infierno: desesperanza, resignación... Con cuatro historias, con cuatro personajes como Gabriel, bien podrías plantearte cómo podría actuar el niño para ayudarlos y que, a partir de él, esas historias se entrecruzaran. No sé si has visto una película, Smoke, en la que salen William Hurt y Harvey Keitel, pienso que podrías escribir un libro estructurado de esa manera. ¡Ya me dirás que te parece! Un abrazo

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    1. ¡Hola David! ¡Qué gusto tenerte aquí! Es verdad, hay muchos cuentos con estos personajes: Tilo, Gabriel, Lorena y el Polaco Jedrek. Yo también he pensado, en varias ocasiones, en utilizarlos para encarar una nouvelle. Lo que sucede es que todavía no me veo con la experiencia y las herramientas necesarias para desarrollar un proyecto de este tipo. Tú sabes, David, que la novela tiene otras exigencias, muy diferentes a las del cuento. Creo que todavía debo experimentar más con el cuento.
      Y con respecto al libro, bueno, quién dice, un compilado de relatos podría ser. Mi vida siempre ha sido así, planificando sobre la marcha, buscando, escarbando, indagando nuevos caminos. Tal vez alguno de esos objetivos cuajen a corto plazo, tal vez nunca, no lo sé. Pero en todo caso te agradezco una enormidad lo que me propones, tu consejo a lanzarme en un proyecto de ese tipo. Me animas mucho, David, te lo agradezco. Eres muy generoso.
      Un gran abrazo.
      Ariel

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  15. Maravilloso tu relato amigo Ariel en que nos adentras de manera narrativa majestuosa en la vida de varios Personajes, con descripciones como sólo tu sabes hacerlas.

    Y me quedo con Tilo que con su inocente mirada ve el mundo a través de sus cristalinos ojos.

    Cómo me ha gustado su mirada que desde ella nos ha hecho ver ese entorno.

    Me maravillan tus relatos amigo mio.

    Gracias por existir en este mundo mágico de letras.

    Me quito el sombrero y te aplaudo.

    Besos enormes.

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    Respuestas
    1. María, gracias por venir, me encanta que te pases por aquí. Sé del trabajo enorme que acarrea llevar adelante tu blog, y también sé con qué cariño y satisfacción lo haces, de veras envidio la pasión que pones ello, la entrega que le pones a contestar los comentarios que te hacemos tus seguidores.
      Es muy lindo y bonito lo que me dices, me alegra sobremanera los elogios que le pones a este relato y sobre todo la mirada tierna que pones sobre Tilo, este personaje que tiene mucho significado para mi.
      Y también te agradezco las respuestas que me dedicas en tu blog que son maravillosas y me acarician el corazón.
      Te mando un beso muy grande.
      Ariel

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