martes, 11 de junio de 2019

El desplante


   Le digo que la burlé dos veces, esta sería la tercera. 
   Debe recordarlo, pero no me contesta. Tiene los labios del color de los arándanos, cierto atractivo de mujer fatal y la piel perfumada como el aroma de las uvas.
   —Desde ayer que te estoy buscando —susurra mientras se apoya de costado a los pies de mi cama y me mira por debajo de la capucha negra.
   —¿Para qué?
   —Deberías saberlo —me dice.
   Tiene la voz agradable de un violín y la dulzura de sus palabras cautivan tanto como las Sirenas que debió conocer Circe para advertir a Ulises. Aunque su trabajo le pesa —lo sé porque me lo ha confesado—, es puntual como un lucero y su rostro posee la lozanía de una perla. 
   Nuestro vínculo siempre fue endeble, pero hoy por primera vez me ha venido a visitar como una enamorada.
———
   Ana, mi hija mayor, entra a la casa. Llega agitada, cargada con dos bolsas, una en cada costado. Afuera las gotas de lluvia giran en los remolinos de viento y tratan de deslizarse a través de cualquier hendija abierta. Empuja la puerta con el hombro dado que tiene las manos ocupadas y luego hace fuerza con el codo hasta que el picaporte se traba. 
   Veo sus movimientos a través del vano de la entrada de mi dormitorio, escucho los ruidos de los cubiertos y las tazas: ahora está lavando la vajilla que utilizó para servirme el desayuno. Cumplo con la orden médica de permanecer en reposo, en la cama, para atenuar la intensidad de la puntada en el pecho que me tortura hace días. 
   Mi preocupación comenzó luego de la consulta, no voy a negarlo.
   —Necesito hacerle un estudio más —dijo el médico—, mientras tanto tome estos comprimidos. Le van a quitar el malestar, pero de todos modos debemos operarlo.
   —¿Es una cirugía de riesgo, doctor?
   —Bastante. Tengo que ser sincero… pero piénselo de este modo: si no se opera, se muere.
   Oigo el ajetreo en la otra habitación e imagino desde aquí los quehaceres: seguramente Ana terminó de acomodar los alimentos en la alacena y ya ha colgado el abrigo en el perchero. En voz alta me pregunta cómo me siento. Trato de no esforzarme demasiado y gritando un poco le contesto que me siento mucho mejor. Esta mañana el médico habló con ella. El último análisis dio mal y la cirugía ya está programada. En media hora llegará la ambulancia a buscarme. 
   Ana no ve a la mujer que conversa en secreto conmigo en mi cuarto. Está fuera del ángulo de su visión y eso me permite continuar el diálogo.
———
   Le digo que todavía es muy pronto y la mujer sonríe. Me pregunta para qué demorarse si ella con sus artes va a quitar todas mis penas, de una en una, como se comen las almendras.
   —No deberías estar acá… aguardando —murmuro con fastidio por lo bajo.
   —Sabes que tengo todo el tiempo del mundo para ti —me responde seductora.
   —Hagamos un trato —le propongo—, déjame a solas con mi hija hasta la operación.
   —¡Eso no es un trato! Yo pensé que eras diferente y no un cobarde como todos.
   Escuchamos la bocina de la ambulancia. 
   Antes de esfumarse ella me mira con coquetería y me señala con el dedo:
   —Te espero, no me falles… te voy a sacar todo el sufrimiento.
   Las manos me tiemblan y comienzo a transpirar, espero que mi hija no se dé cuenta de lo asustado que estoy, pensando en la pobre chance que tengo de burlar, por tercera vez, a la cita cautivante de la muerte.


Publicado en la revista Vestigium.

Safe Creative #1905080846120

10 comentarios:

  1. ¡Exquisita historia amigo! Cuando uno está más cerca de el encuentro con esa dama, —cuento mis años y no sé cuándo se juntaron tantos—, está historia te llega en forma especial.
    Aunque tú excelsa prosa me produce una sonrisa (en medio del susto, claro)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Llegaremos todos tarde o temprano a la cita definitiva. Muchas gracias por pasar, Osvaldo, y dejarme este comentario. Un saludo grande!
      Ariel

      Eliminar
  2. Triste cita... Una forma diferente y original de abordar un tema tan tremendo, entre la resignación y la ironía. Muy buen relato, Ariel.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es verdad, hay que poner un poco de ironía y no ser tan solemnes ante algo natural. Besos para ti, Marta.
      Ariel

      Eliminar
  3. Qué hermosa que dibujaste a la dama oscura, con tu prosa magnífica. El relato es triste, sin embargo, por la forma de describir las circunstancias, me dejó una sensación de serenidad. Te felicito, Ariel.
    Un gran abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Traté de esmerarme en la personificación de la dama y, fijate, también pensé que esta escena debería transmitir serenidad, me alegra que hayamos coincidido. Otro abrazo para vos, Mirella.
      Ariel

      Eliminar
  4. Excelente "timming" para incluir una visión abarcativa dentro de la brevedad del relato. El lector se adentra casi sin darse cuenta en la historia. Me han parecido muy buenos los diálogos. Gran trabajo, de alta calidad literaria. Felicitaciones Ariel!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Néstor, me alegro que te haya gustado este texto breve. Un saludo!
      Ariel

      Eliminar
  5. Burlarla y vivir para contarlo, eso sí que no resulta siempre fácil.

    Saludos,

    J.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Y mucho menos tres veces, creo.
      Muchas gracias por pasar y comentar, José.
      Saludos.
      Ariel

      Eliminar