viernes, 1 de febrero de 2019

La ciénaga


I

   Aunque Jimena reflexiona acerca de lo sencillo que a los demás les resulta hablar de los hechos, con las precisas divisiones del tiempo, mediante horas, minutos o segundos, no bien pronuncia la palabra años, más amplia, se interroga acerca de la complejidad de matices, en especial si los acontecimientos aludidos remiten a su pasado. 
   Porque el inicio de su existencia no ha sido una melodía escrita bajo el transitar de los sucesos del mundo, lo cual le hubiese dado cierta seguridad, sino al paso del discurrir inestable de su universo íntimo. 
   Muchos de esos incidentes han sido pesarosos y, pocos asoman con claridad en la extensa nube de melancolía que la ensombrece.
   Para colmo la lucidez de su memoria es tan intensa, que la empuja a estos pensamientos indeseables y la sumerge en la tristeza de aquella niña frágil, en apariencia alegre, a quien tanto costó disimular la soledad de su infancia.

II

   Jimena limpia con un trapo y cambia de lugar una pequeña maceta de cerámica pintada con franjas de colores vivos. La coloca a la sombra del muro, sobre las baldosas del pasillo, del lado exterior de la casa, antes de que la alcance la virulencia del sol y le queme los pétalos. 
   Realiza esta tarea todos los días, no sea cosa que, por su descuido, la sorprenda la desgracia de una flor marchita porque el verano es un animal violento. Durante las estaciones de transición —la primavera o el otoño— ella se desentiende de ese menester porque los rigores del calor no se hacen sentir sobre la modesta hilera de plantas y el césped de los canteros del jardín. 
   Su carácter sensible repasa en forma constante, y con una repetición incansable, todos los episodios de su vida sin dejar de lado los detalles, escarbando con la minuciosidad de un paleontólogo sobre un fósil recién descubierto. 
   Los incidentes neutros, en segundo plano, no importunan sus reflexiones cotidianas. Son viejos decorados dados vuelta, detrás del escenario, en el intrincado patio trasero de su biografía. Sin embargo, algunos merodean en el intenso yermo de su desconsuelo, la inquietan con inesperada velocidad y, de tanto en tanto, logran abrir el estuche de las alhajas dolorosas de su historia. 

III

   Su hermana Valeria la llamó esta mañana en forma sorpresiva, necesitaba hablar de un asunto importante. Se pusieron de acuerdo en la hora y se citaron en un bar. Esto le genera la ansiedad de las contingencias, lo no previsto. Lejos de traerle sosiego la distrae de sus hábitos más simples, tan simples como, por ejemplo, limpiar una maceta. 

IV

   Valeria entra al salón. Llega agitada con un gesto contrariado en el rostro. Resopla y se sienta. Jimena prefiere no indagar en la causa de su enojo a fin de no perturbarla. Intenta un saludo de cortesía. Por eso, una vez que su hermana se ha acomodado, pronuncia una frase al azar:
   —Parece mentira, ya pasaron dos años desde que mamá murió.
   La expresión de Valeria se torna más adusta. 
   Jimena se da cuenta que la ha molestado y se arrepiente de su introducción desafortunada. Se apuró, eso le pasa por ansiosa. Se pone tensa y se culpa. Fue un error, un comentario inadecuado. A su hermana le fastidia, definitivamente, hablar sobre su madre.
   Por eso el diálogo arranca a los tirones, como una puerta oxidada a la cual recién se le acaba de poner aceite, porque Valeria precisa tiempo. No es fácil llevarla a los recuerdos compartidos, menos todavía a los de la niñez, una etapa de contadas afinidades poco evocadoras del entusiasmo, un período empañado por el desconsuelo, la amargura y la vergüenza. 
   Jimena debería haber elegido otra frase para empezar, algo trivial como hablar del clima o del rico sabor del café que está tomando. Por fortuna, su hermana está tolerante, se recuesta en la silla, pone uno de los brazos colgando detrás del respaldo, suspira y responde con desgano:
   —Sí… ¿viste?
   Lo que permite a Jimena —o por lo menos eso interpreta del gesto y del comentario lacónico— avanzar en la conversación e indagar en los detalles del motivo de la reunión, cuyo nudo central es la vivienda familiar, adjetivo, en este caso, de aplicación por lo menos dudosa, por lo menos endeble, porque la vida en común de las tres, nunca se acercó al concepto habitual que se le suele dar a la palabra familia.
   Valeria podría haber dejado la casa no bien su madre falleció. Sin embargo, decidió quedarse. Y lo hizo con gusto porque le fascinaban las habitaciones amplias donde colocaba con comodidad los caballetes, la mesa de dibujo, los cestos con rollos de láminas, y también, acumulaba los bastidores de los cuadros y, además, desparramaba a gusto las cajas de pinturas y pinceles. 
   Jimena creció envuelta en la tristeza. Se fue de su hogar mucho antes de la agonía final de su madre. No volvió por el barrio porque tenía la esperanza de que la distancia le facilitaría el olvido. 
   Aunque se empeña, no logra rescatar de la memoria ni un gesto, ni una caricia, ni el tono de la voz de su padre, quien abandonó la casa cuando ella y su hermana ni siquiera habían aprendido a hablar. Ella hizo un hoyo en su interior y allí enterró esa ausencia. Desde que se acuerda, siempre vivieron las tres solas. Piensa en estas cosas mientras conversan sin perder la atención en lo que Valeria ahora le está diciendo: 
   —Me mudo a un departamento. 
   —¿Cuándo? 
   —El mes que viene.
   Jimena no sabe qué decir, la sorpresa la desconcierta, tarda en elaborar su significado. Intuye que acaba de escuchar solo una introducción. Duda y termina callando, espera saber en definitiva qué papel le tocará jugar en esta decisión de su hermana. Y de a poco se va enterando:
   —Tenemos que ver qué hacemos.
   —¿Cómo qué hacemos?
   —¡Jimena!, ¡hay que desarmar la casa! —exclama Valeria un poco molesta. Se pone seria porque le parece que es sencillo y fácil de comprender lo que ha dicho. 
   Desde pequeña Jimena tiene tendencia a la sumisión. Ni con el analista ha podido destrabar ese nudo. No ha podido generar un lazo de estima entre las dos y se lo reprocha a sí misma como si fuese la única causante de esto. Cuando en cada encuentro, sale a relucir alguna tirantez, como ahora, cede, para que Valeria no se enoje y en general termina obedeciendo su mandato. 
   —Sí… claro —asiente.
   Valeria ya ha elegido lo que quiere llevarse y se lo dice. Enumera muebles, ropa, enseres. 
   Jimena piensa que no está segura de encontrar, entre las cosas que aún quedan en la casa, algún resabio de las pocas alegrías de su niñez. Al contrario, no prefiere nada. Hablar de esto ya la empuja al abismo de la pesadumbre. 
   Valeria le dice que, si puede, no se tome más de tres semanas para eso. Y que después le avise porque a partir de ese momento ella se encargará de la venta de la propiedad.

V

   La infancia de Jimena fue una pesadilla de la que pudo escapar. Y a pesar de eso le cuesta borrarla de sus recuerdos. Eso le genera una resistencia interna. Por eso no quería venir hasta aquí, a revivir cosas. Más que evocar pretende sepultar su ayer bajo un manto de rocas, en una fosa profunda y alejarse de él para siempre. 
   Pero no puede. 
   Tiene el olvido débil. En cambio, su conciencia le exhibe, cuando alguna palabra la alude, la imagen más penosa de esa etapa: la ciénaga. En el centro de ese pantano está la figura de su madre, una flor solitaria de particular extrañeza, aislada en medio del lodo, atrapada por la locura, la terrible enfermedad que padeció. Ese lodazal es la narcosis de la demencia en la que perdió su alma cuando todavía era joven. Jimena, piensa que, si hubiese intentado atravesar el fango, para comprenderla, hubiera corrido el riesgo de hundirse, ella también, en el universo inaccesible de la insania.
   
VI

   Jimena no sabe, todavía, de dónde sacó fuerzas para animarse, este domingo, a hacer la ingrata tarea que le impuso su hermana. Baja del colectivo y comienza a caminar. 
   Mientras se dirige hacia la casa, observa en derredor los tonos descoloridos de las viviendas. El barrio ha envejecido una enormidad. Tiene el aspecto de un sitio abandonado. El pavimento de la calle está cuarteado y parece la piel de un anciano. Es una telaraña de hilos oscuros y grietas que resaltan bajo la luz del verano.
   Una sensación de soledad se aloja por detrás de sus pequeños pechos. La tarde ardiente agita puñados de viento. Escucha tres sonidos encadenados. El primero viene de muy cerca, es el ladrido de los perros. Tres cuadras más allá el traqueteo del tren sobre los rieles rebota en las paredes, y más allá aún, el silencio ensordecedor y espeso, rodeando la laguna.
   En medio de la danza de formas y colores que rodean su caminata hay un aroma impreciso asociado a dulce casero, a caricia. Se confunde, porque no es asunto del olfato sino de la vista. La figura se asemeja a un rectángulo simple que se recorta en el extremo de un pasillo escondido tras una puerta cerrada. En este juego de imágenes surge una reminiscencia que le recuerda a Dora, la vecina que siempre fue tan amorosa con las tres. 
   Cruza la calle decidida. Transita un trecho por la vereda de piedras recortadas por la hierba y se acerca a la entrada. Se anima. Observa por la mirilla y con suavidad golpea con los nudillos sobre la chapa endeble y oxidada. Se aparta y espera.
   El rostro de Dora se asoma. Tiene los cabellos blancos, parece como congelada por la sorpresa. Se queda en suspenso, esperando quizás el auxilio de la memoria, para completar la imagen de esta muchacha que la mira con una sonrisa triste y sin decir nada. Es posible que esta mujer de gesto dulce, pero aún desconfiado, se esté dando tiempo para reconocerla. A Jimena le parece que Dora debe estar tratando de rescatar a la chiquilla de la vecina, y tal vez encontrar parecidos en esta joven maquillada, que ha tocado a su puerta. Este instante parece una eternidad, pero al fin la mujer madura la recuerda, tal vez por algún rasgo aniñado del rostro espléndidamente juvenil, o por los ojos vivaces. Quizás recuerda algo de la nena que bailaba en el patio de la casa de al lado. 
   Dora parece haber descubierto quién ha venido a verla. Se toma con las manos las mejillas arrugadas y apoya un hombro contra la pared del pasillo, como si el tiempo la hubiese empujado con demasiado ímpetu, o el encuentro la hubiese desarmado de forma tal que necesitara un soporte firme para no caerse. 
   Y Jimena se da cuenta que ya no hay desconfianza en Dora, y que, aunque la felicidad le brilla en las pupilas los ojos se le humedecen. Y, además, siente que el encuentro deja de ser apergaminado y se transforma en un desborde de sentimientos. Se emociona y aprieta el cuerpo flácido de esa mujer bondadosa que se entrega al llanto.  Ambas se entregan. Dora lo expresa como puede, como le sale, porque la abraza fuerte sin parar de decir:
   —¡Nena!… ¡Nena!
   Jimena está apabullada, balbuceando, recuperando recortes de momentos hermosos. Los daba por perdidos y el tiempo ha hecho el trabajo de aproximar el afecto casi filial de Dora. Y vuelve a atar, en este instante, a la madre que estaba esperando desde hace mucho tiempo a la hija postiza que regresa.  
   Después de la emoción, las dos charlan más animadas, superado el impacto inicial. Recuperado el sosiego, hacen un resumen apresurado de sus vidas en estos años que no se han visto. 
   Luego Jimena le cuenta, brevemente, a qué viene y después se despide con una mezcla de júbilo y satisfacción. Está feliz del buen momento compartido con ella. Hacía tanto que no la veía. No bien la saluda para despedirse se pregunta si la volverá a ver. Pero de inmediato descarta ese interrogante porque está convencida que el futuro acepta cualquier respuesta. 

VII

   Después de caminar unos pasos su alegría se apaga. Se detiene absorta. El desajuste visual del paso del tiempo la demora frente a la puerta de su casa. Esperaba paredes blancas y césped verde; encuentra muros grises y la madreselva adherida a la fachada.  
   Saca el manojo de llaves. Prueba con una y otra hasta que da con la correcta. Atraviesa la reja y luego la puerta de entrada. Deja la bolsa en medio de la habitación y se queda parada un rato. Un escalofrío de pena le eriza la piel como si hubiese regresado al tiempo de su infancia. La sala está vacía y ve las figuras sombrías de los muebles que ya no están. 
   Baja la vista, se mira los zapatos y el vestido. No son los que usaba cuando era una niña y, sin embargo, tiene la sensación de haber penetrado en una zona gélida en la cual el tiempo ha retrocedido. Percibe una materia densa, pero invisible, que le encoge el corazón. El interior de la casa es un pulmón que respira desdicha. Un remolino invisible la marea, la confunde, y de algún modo la lleva a esta inestabilidad de la realidad que le desordena los sentidos. No le gusta este bamboleo que la empuja hacia afuera de la cordura.
   Avanza hacia la primera puerta que ve, aferra el picaporte y lo gira con un apremio que no ha deseado. La manija se rompe. Empuja, pero la puerta no se abre. Apoya la cabeza de costado y no escucha nada. 
   Sigue por el pasillo central y entra en la cocina. Aquí hacía sus deberes cuando era pequeña. Recuerda un día en especial, a los nueve años: 
   Aparece su madre de improviso. Tiene el camisón descosido en el cuello. Se para al otro lado de la mesa con los cabellos desordenados, las pupilas dilatadas y el Nuevo Testamento apretado sobre el pecho. Le dice:
   —¿Quién sos vos?
   —Soy Jimena, mamá.
   —Vení conmigo.
   Le tironea la costura del vestido, a la altura del hombro, y la lleva a la terraza. Señala con el dedo un punto del cielo. Quiere mostrarle algo.
   —Ahí están… ellos van a venir a buscarnos.
   Jimena no ve nada de lo que le muestra. Quisiera ver algo, pero no hay ni siquiera una mota que se destaque en la tela perfecta del espacio celeste que tiene ante sus ojos. Por eso se aferra a los trazos de la realidad que conserva de las conversaciones con Dora y de las clases de la maestra de tercero. No desea acercarse al borde de la razón que le propone su madre. Por eso espera muda mientras ella baja por la escalera hablando sola, entra a su pieza y se mete en la cama enfrascada en sus propios murmullos. 
   Ahora, muy lejos de los nueve años, rememora este evento en especial. Y llora como una tonta, porque aún hoy teme desbarrancarse. Se siente cerca de la orilla, como en aquel momento, y siente aquel vértigo hacia la locura, tan familiar que se respira aquí, en la cocina, iluminada por la tenue claridad de las franjas de colores que bajan del tragaluz vidriado.
   Afuera el calor del verano seca las plantas y coloca carbones candentes sobre los techos, pero a pesar de eso, el frío se ha estancado aquí, dentro de la casa, aunque la piel de Jimena, inexplicablemente, exuda hilos de transpiración que bajan por su cuello, se acumulan en su cintura y resbalan por sus muslos.
   Se levanta y vuelve a la sala. Va hacia un rincón en el cual hay una pila de juguetes. Se pone en cuclillas, su memoria cristalina recuerda cada uno de ellos. Toma la muñeca de cuerda. El pequeño cacharro empieza a mover los brazos y a emitir una carcajada mecánica. Jimena se sobresalta y la arroja espantada como si se tratara de un alacrán venenoso. Se levanta y regresa al centro de la sala.
   Se asusta, tiembla, eso es lo que le pasa. Además, el aire de esta habitación está helado como el sótano de una catedral. Está incómoda. El temor la ha invadido desde que llegó y sus sentidos empiezan a comportarse en forma extraña.
   Le parece que se va a desmayar y cierra los ojos antes de que eso ocurra. Se tapa la cara con las manos. No quiere pensar. Deja fluir al tiempo, pasan los minutos y su corazón se va aquietando. El silencio la tranquiliza, abre los ojos lentamente como si mirase a través de una reja. 
   Oye los cantos de los pájaros que vienen del árbol del fondo y se filtran por debajo de las puertas. Mira en derredor y su ansiedad se diluye. El silencio se vuelve claro. La realidad se presenta como tal: una casa deshabitada, vacía. Se recompone y espera un poco. Escucha un siseo, como si se hubiese deslizado una pincelada de viento. Todas las percepciones se magnifican por su aguda sensibilidad y por la expectativa emocional con la que ha llegado. 
   Se pasa el pañuelo por la frente y el sosiego va llegando en pequeñas bocanadas, se transforma en calma, con lo cual recupera el ánimo para poder realizar la tarea. Debe revisar todo y decidir si encuentra algún objeto para conservar.
   Avanza unos pasos y abre la caja marrón donde están las fotos. Saca una que muestra el rostro de su madre y siente una pena profunda que la ahueca por dentro. Es demasiado. Respira con dificultad. Su aliento se congela en una nubecita blanca que queda suspendida en el aire helado. Se muerde los labios, no puede sostener la mirada sobre la imagen que sonríe desde la fotografía arrugada. La deposita dentro de la caja de la cual la ha sacado. No puede llevarse nada y menos una foto de su madre. Ya no puede estar más en este sitio. 
   Recoge sus cosas precipitadamente.
   Se dirige rígida, sin mirar hacia atrás, hacia la puerta. Tantea el picaporte. Sale y el resplandor de la tarde le hace entrecerrar las pestañas. Saca presurosa las llaves y le da dos vueltas a la cerradura. 
   En el jardín delantero la atmósfera tórrida con aroma a jazmines la devuelve a la vida. La parte de afuera de la casa está llena de colores. Jimena siente el aire caliente, abrasador, del verano. Le parece que ha pasado un siglo, el corazón late con celeridad. Camina hacia la reja, la franquea y cierra con llave.
   Se acomoda el vestido y se va. 
   Desde la calle mira hacia la verja negra sin dejar de caminar. Dobla en la esquina y piensa. Le va a decir a Valeria que se lleve todo, que lo venda, lo regale, o lo queme. 
   La tarde satura sus sentidos. El aire le mueve los cabellos, el pavimento calienta la planta de sus pies. Le parece que ha salido de una pesadilla absurda. Aquí afuera todo es diáfano y seguro. Se siente libre, agita sus brazos a cada paso. El bolso que ha traído ha resultado demasiado grande. No se ha llevado nada de la casa. 
   Siente que algo le raspa en el bretel. Se lleva la mano al hombro. Es la foto arrugada de su madre, la que dejó en la caja hace un rato. La arroja con desesperación al piso como si quisiera ahuyentar a un sueño recurrente. Da un salto hacia adelante para no pisarla y comienza a correr, cada vez más rápido, hacia la parada del colectivo.


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14 comentarios:

  1. Un relato de una tristeza y soledad enormes. El personaje de Jimena, sus emociones, su forma introspectiva de vivir, están preciosamente delineados.
    Todo lo que ella siente al entrar en esa casa está resumido en una frase: "El interior de la casa es un pulmón que respira desdicha." Hace bien en irse, cree que puede escapar, que se ha liberado, sin embargo, la foto atrapada en su bretel, es la imagen perfecta que muestra que siempre llevará consigo esos recuerdos, esa tristeza.
    Excelente relato, Ariel, me encantó.
    Un fuerte abrazo, compañero de letras.

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    1. Me he concentrado en que el punto de vista esté en la cabeza de Jimena, con una voz narradora estricta que solo posee información de su mundo interior. Traté de contar su soledad y su tristeza, como bien decís. Y también el fantasma de la locura que tiene presente desde la infancia, por la convivencia con su madre. Es un cuento sobre el que trabajo hace muchos meses. Sé que es muy oscuro y largo para un blog, pero muy necesario para mí. Muchas gracias por leerlo y comentarlo con tanta profundidad, Mirella, compañera de letras.
      Yo también te mando un fuerte abrazo.
      Ariel

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  2. Parece mentira que en sólo unas líneas hayas podido trazar una personalidad tan compleja: un alma herida en la infancia por la locura de su madre que, desde su fragilidad, tiene que hacer equilibrios para no caer ella misma en la enajenación. Es precioso el instrumento del que se vale para escapar de ese cruel destino, el cuidado de las macetas, de sus flores para que el verano no las marchite. Como siempre, es una delicia leerte.
    Un fuerte abrazo, querido Ariel

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    1. Jimena conoce lo cerca que puede estar ese límite peligroso que puede cambiar su percepción del mundo por completo y se refugia, como tú dices, en sus macetas y sus flores para no ser atrapada. La experiencia de volver a la casa le demuestra, una vez más, como tú mencionas, la fragilidad de su conciencia. Me alegra mucho, querida Ana, que una escritora como tú -una de las más brillantes que he conocido, y a quién tanto admiro- me haga este precioso comentario. Un beso muy grande.
      Ariel

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  3. Bello y tristísimo relato. El miedo, la soledad, la pérdida, la locura... y esa forma tuya inconfundible de contar, Ariel, que atrapa y emociona. Un cuento simplemente magistral.

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    1. Muchas gracias, Marta, por todos los halagos, para mí y para el cuento. Me alegra que te haya logrado emocionar. Eres muy generosa, es muy bonito todo lo que dices porque lo haces desde tu genuina sensibilidad. Un beso!!
      Ariel

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  4. Siento que este "trip to the past" de Jimena es en verdad bello en su propia naturaleza y estructura. Acaso al inicio hayas bordado algún tipo de psicologismo de los personajes principales del relato. Y cierta tendencia a ahondar en algunas de sus latentes emociones. Pero luego te internas junto a ella (junto a Jimena), de manera certera, austera y conmovedora. La manera en que describes la entrada a la casa es magistral. Y desde allí solo te queda buscar el fin del la historia en un camino sin retorno. Esa "huida hacia adelante" es el significante de lo que estás narrando. Y además, claro, tu muy bella prosa como instrumento para hacernos saber lo que está pasando. Hermosa historia Ariel, tal vez no demasiado original. (¿Es que hay algo original hoy en la literatura?) Me gustó leerla, la disfruté y me hizo muy feliz su lectura ¿Qué otra cosa importa?

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    1. En definitiva me parece que lo más importante es poder lograr que el lector llegue hasta el final y quede satisfecho. Puede resultarle una historia sórdida, o melancólica, o simplemente un relato agradable para leer. De cualquier modo me alegra que te haya gustado y que me dejes este comentario tan halagador. Tu pregunta acerca de si hoy se escribe algo original es pertinente. Yo estimo que lo debe haber en lo que están haciendo las generaciones más jóvenes, pero lo cierto es que no lo sé, la historia de la literatura se renueva siempre, tal vez nosotros no veamos lo que está sucediendo.
      Hermoso comentario, Néstor, te lo agradezco mucho.
      Ariel

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  5. Un relato con tu sello, sin duda. En las descripciones, en los sentimientos, en el desarrollo de la historia. Desde el principio el personaje nos muestra su fragilidad en la repetición de rutinas, dejando entrever el temor que le produce su pasado, su historia. Con el desarrollo de la historia el lector se adentra y va comprendiendo sus temores (los de Jimena) y el final, en la casa de su infancia, desnudan su alma al punto que deseamos huir con ella de ese lugar. El detalle de la foto enganchada en su bretel y la desesperación por sacársela de encima como quisiera sacar todo ese lastre de su mente es el cierre perfecto a una gran historia.

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    1. Es realmente halagador lo que me decís del cierre dado que vos sos un maestro para el desenlace, es una de las cosas que más "estudio" de tus cuentos para tratar de aprender, para ver si tenés un truco, pero no, es talento puro de tu estilo. Así que imaginate qué elogio es el que me estás dejando.
      El tema de la locura es una de mis obsesiones y, por supuesto, todo el entorno psicológico que se desprende de él es algo que me interesa mucho, por eso a veces se me va la mano en las descripciones interiores, aunque trato de medirme nunca estoy seguro de que doy con la dosis adecuada. Por eso es tan importante tu comentario, porque me da una perspectiva del "sentido de efecto" del texto. Me alegra muchísimo que te haya gustado este cuento.
      Ariel

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  6. Algunas tareas se imponen como tan necesarias e ineludibles que cuesta decidirse a emprenderlas y entender que, el dar el primer paso, en, tal vez, comenzar a sanar de heridas que quizá ni siquiera sabíamos que aún se encontraban allí.

    Saludos,

    J.

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    1. El mero hecho de estar en el mundo con los otros nos obliga decidir, con mayor o menor dosis de libertad, y ejecutar tareas que no deseamos, como le ha sucedido a Jimena.
      Y hay heridas, claro que sí.
      Muchas gracias, José, por pasar y dejar tu comentario.
      Ariel

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  7. ¡Hola Ariel! Qué bello relato, aún con su poso triste. No quisiera yo verme en esas; sin embargo, no es nada extraño que ese día llegue, con la diferencia fundamental de haber vivido una infancia feliz, tanto yo como mi hermana.
    Un beso

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    1. ¡Hola, Chelo!
      Cuánto me alegra que hayas visto belleza en este texto porque el cuidado de la estética de la palabra es mi preocupación constante y en eso pongo mucho empeño.
      En esta situación tan desgraciada que se narra, la protagonista se acerca a su límite personal y se tensa en la fragilidad de su infancia triste.
      Como tú dices, no es grato para nadie pasar por ese momento. Por supuesto, me pone contento que tú y tu hermana hayan tenido una infancia feliz, es un sustento enorme para sobrellevar cualquier acto infausto que deban afrontar en la vida.
      Y por supuesto, me pone contento, además, contar con tu visita y tu comentario.
      Un beso!
      Ariel

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