miércoles, 9 de enero de 2019

Ocaso en el parque


   Héctor bajó por Carlos Calvo y dobló en Defensa, dejó atrás la plaza Dorrego y enfiló hacia Parque Lezama. Le gustaba el dibujo ordenado de los bloques de granito en el empedrado de las calles. Se enroscó la bufanda. Hacía frío. El cielo acerado, arriba, era una mancha sucia recortada por los edificios. Amenazaba lluvia y eso lo puso melancólico, lo sacó de la claridad de sus obsesiones lineales y lo arrojó al agobio de sus pensamientos lúgubres.
   Se había licenciado en Matemáticas. Si por él fuese todo debería contar con la sencillez de la perpendicularidad o de la simetría. Los símbolos perfectos de su memoria lo fascinaban. Nada tenía más belleza ante sus ojos que las figuras geométricas, y nada era más detestable que los perfiles borrosos que no se dejaban reducir a una forma regular. 
   Desde muy niño sintió esa molestia y evitó el padecimiento de sus sentidos frente al sofoco de las incompetencias de la naturaleza. Su visión se habituó a alinear el borde caótico de los acantilados; su oído intentó adivinar la melodía de los desafinados graznidos de los caranchos; su razón consiguió encasillar, dentro de las curvaturas de Riemann, a los bucles cambiantes de las nubes. 
   Logró separar su universo interior del mundo externo por medio de las abstracciones de sus conceptos inmaculados, su juicio abría los ojos solo ante los fenómenos aprehensibles por el intelecto. Prefería la precisión de las cifras aritméticas antes que el complejo sentimiento humano. La sorpresa lo ponía inquieto. Se sentía a salvo en la pureza, las contingencias le provocaban sobresaltos. Necesitaba relojes y calendarios. 
   Carla no. 
   Por eso, a la mañana, bien temprano, ella salió decidida a caminar sin rumbo previsto y llegó a los Bosques de Palermo. El lugar estaba casi desierto. El invierno acobardaba a la gente y en vez de venir a pasear al Rosedal se quedaban en sus casas. 
   Recorrió los senderos rojos que la llevaron a la orilla del lago. 
   Juntó un puñado de guijarros grandes, los puso en el piso al lado de sus pies, y desde el puente del Jardín de los Poetas arrojó piedras al agua. Miró atenta cómo las parábolas se arqueaban en el aire quieto. Era muy mala para calcular las distancias. A juzgar por el impulso con el cual lanzaba los cascotes y los saltos que daba, su pretensión era sumergirlos cerca del extremo del islote, pero no lo consiguió con ninguno. Hizo una mueca de fastidio. Realizó varios intentos fallidos más y después se quedó apoyada en la baranda de rosetones de hierro forjado. Sonrió, quizá sorprendida por la separación entre la voluntad y el efecto conseguido. Miró los últimos aros que se ampliaban ondulando la superficie líquida. Esperó un rato largo, en silencio, y regresó a su casa.
   A Carla le divertía hacer planes que luego no cumpliría. Le aburría la puntualidad de las obligaciones y no se amoldaba a la rigidez de los espacios. 
   Entró a su departamento cuando ya era mediodía. Se tomó toda la tarde para preparar el vestuario. Acomodó con dificultad las cajas cuadradas en el cajón de los alhajeros. Tardó en arreglarse. Se puso y se quitó todas las joyas que tuvo a mano hasta dar con la adecuada. Se miró al espejo tantas veces como prendas se probó. Observó cómo caía cada vestido sobre la curva de su cadera. Sus ojos parecía que hablaban: este es un tanto ceñido, ese me gusta porque es seductor, aquel no demasiado pues quedaría incómoda en cualquier silla donde me sentase.


   Héctor y Carla habían quedado en encontrarse a las siete de la tarde en el Bar Británico. Él llegó menos cinco. Prefería esperar. Se sentó cerca de una ventana. Pasó la base del puño sobre el vidrio empañado y miró para afuera, hacia el Parque Lezama. 
   Desde aquí vio el extremo más bajo de la barranca, sobre Paseo Colón, donde la avenida la recorta en una elipse amplia. Una corriente súbita de viento sacudió el follaje de los árboles. Un remolino agitó los charcos y formó una neblina de gotas que se disipó con rapidez.
   El fondo sanguinolento de la tarde de Buenos Aires se escondía por detrás del Riachuelo. 
   Una joven delgada, sin paraguas y sin abrigo, apareció por el costado de la glorieta y avanzó hasta la parte más alta, cerca del monumento. Fumaba. Héctor se quitó los anteojos, los limpió con la servilleta de papel para ver con más claridad y se los volvió a poner. La mujer caminó por una senda lateral y se apoyó en el respaldo de un banco solitario. Tiró la colilla del cigarrillo a un costado, se levantó y se internó de nuevo en la arboleda. 
   Héctor tuvo la tentación de pensar que se trataba de Jimena, pero dudó. 
   La imagen estaba lejos y se veía difusa. Aparecía delante del tronco esbelto de una palmera y se ocultaba detrás del tallo pardo de un olmo; iba y venía en la triste grisura del aire de la tarde moribunda. La intuición, la distancia y el complejo espíritu de Héctor, armaron y desarmaron la realidad que se manifestaba, ante sus ojos, más allá de la calle. 
   Este sitio, pensó, acumula capas de historia y, tal vez, por un proceso desconocido, los muertos, los personajes, los mitos, emergen de improviso de estos terrenos perturbados. Ella le contó estas cosas en una detallada conversación. Era un tema que la obsesionaba: 
   —¿Sabés que aquí abajo —dijo, y golpeó el suelo con la planta del pie— se estableció la primera fundación de Buenos Aires?
   —No, no sabía.
   —Bueno. Hace cinco siglos los españoles llegaron a bordo de galeones armados. Hubo muchas muertes en las luchas con los indios querandíes. Aquí, debajo, seguro, está lleno de cadáveres. 
   Héctor imaginó los aguaceros feroces que sacudían la llanura pampeana, los huracanes, la erosión del suelo, y admitió la potencia de esos poderes para sepultar los restos de las masacres. 
   Ella continuó.
   —También los esclavos negros que traían las naves portuguesas… los que se morían, claro…, quedaron acá abajo. Y mucho después, cuando este era un sitio de quintas en las afueras del casco de la ciudad, Lezama, el dueño, habilitó un lazareto, durante la primera epidemia de cólera. 
   —¿No había ningún cementerio en esa época?
   —Sí, el de la Recoleta. Unos pocos cuerpos fueron sepultados ahí. Aunque no hay evidencia —siguió contando Jimena—, algunos historiadores especulan que hubo fallecidos que no tuvieron ni carro, ni féretro, ni funeral, y a escondidas de las autoridades, los deudos se atrevieron a darles sepultura en este lugar. Aquí están, aunque te parezca mentira, a varios metros bajo tierra, los huesos y los espíritus de todos esos infelices.
   Así, por boca de ella, conoció Héctor el infortunio que había debajo de los senderos del parque. Eso le acentuó la melancolía. Su rostro se volvió sombrío.
   La experiencia de la muerte humana se unía a sus preocupaciones más poderosas. Su interior se alborotaba intuyendo los extraños sucesos posteriores a las muertes trágicas, presentía fenómenos desconcertantes que lo torturaban, su conciencia se oscurecía y se marchaba la claridad de las idealizaciones a las que él se aferraba para comprender el mundo. Sin embargo, permanecía fascinado ante los relatos tenebrosos de Jimena, los cuales se enlazaban de algún modo con la tragedia que la torturaba. Luego de relatarlos quedaba sumida en una profunda desazón, buscaba el pecho de Héctor, él la abrazaba, la contenía y, al mismo tiempo, se iba enamorando más y más de esa joven esquiva y misteriosa.
   La puerta doble del bar se abrió intempestivamente. Héctor se sobresaltó y desvió la mirada hacia el centro del salón. Un grupo de estudiantes entró al local y el bullicio disipó el hilo temporal, inmaculado, que había tejido en su memoria con la nariz pegada al vidrio y las piernas estiradas bajo la mesa. 
   Se sintió molesto porque por un instante pudo revivir la imagen de la mujer disimulada en su recuerdo. Ahora se le escapaba de la esfera ideal dentro de la cual la había encerrado. Se preguntó cuál era el motivo. Ella fue la única que de algún modo atravesó la cortina espesa de mi melancolía, se contestó. Y aunque sabía que había un sustento pobre en este enunciado, el solo pensarlo destiló en su interior una gota de licor dulce, parecido a la ternura, que le calentó el corazón. De cualquier modo, Héctor nunca llegó a comprender la profundidad del drama de Jimena. 


   Carla paró un taxi en Thames y Santa Fe. El chofer era un anciano bajo y ella casi no le veía la cara. Le indicó en voz alta:
   —Brasil y Defensa, por favor.
   El hombre asintió. Se pusieron de acuerdo en el recorrido y luego ella, cruzada de piernas dejó vagabundear sus ojos por la ventanilla durante todo el viaje sin cruzar palabra con el tipo. 
   En el Bar Británico, Héctor siguió enredado en sus pensamientos, pero a pesar de eso, algo en el aire transparente le sugirió que tal vez Carla estuviera pensando en él. 
   Descartó la idea y volvió a mirar hacia afuera. 
   Jimena, o la mujer que había visto, ya no estaba. La penumbra comenzó a descender sobre la calle. Los jardines estaban desolados y los pájaros dormidos, los loros habían acallado sus chillidos en la mortaja de silencio que envolvía la atmósfera húmeda de la barranca. La sudestada había pasado, y el río seguía bajando. 
   Héctor llamó al mozo y pidió un café. Disfrutó del líquido caliente endulzando el paladar. Cuando vació el pocillo, una punzante traza de ansiedad le trajo, nuevamente, el recuerdo de la violenta palidez de los ojos verdes de Jimena en la siniestra mañana de abril, cuando la vio por última vez. 
   Se recostó en la silla y un profundo declive lo depositó en el fondo de su espíritu. Hurgó en la profundidad del olvido. Había sido, sin duda, la única mujer de la que se había enamorado y había compartido su desdicha con tanta intensidad como si el drama hubiese sido de ambos. En su interior la pesadumbre abrió un espacio mucho más amplio que el bar. La congoja se expandió afuera de su cuerpo abarcando al conjunto de los conventillos del barrio de San Telmo, llegó hasta la amplia corriente del río arrastrando plantas y maderas, y acompañó su triste pesar desde la dársena hasta las calles vacías del centro. 
   Atrapado en estas heridas de su melancolía, el sueño estuvo a punto de vencerlo.
   Una vez ella lo encontró dormido, mientras él la esperaba, en este mismo bar. Lo sorprendió con la cabeza sobre los brazos y los brazos sobre la mesa. Él manoteó una disculpa apresurada. Le dijo que estaba soñando con ella, pero la mirada compasiva de Jimena pareció no aceptar la necesidad de una mentira. Héctor se sinceraba con humildad cuando perdía la corrección. Pero en esa ocasión no pudo esconder el engaño pueril. El recuerdo lo asustó. No quería repetir la misma escena delante de Carla. No le gustaría mostrar la debilidad central de su ánimo. Se sentiría un fracasado. 


   El taxi dobló para tomar por Belgrano. Carla abrió la cartera, sacó el espejo y se retocó el maquillaje.
   Héctor se preguntó, mientras miraba los pequeños rulos de humo que salían del segundo pocillo de café que estaba bebiendo, qué estaría haciendo ella en este momento. Buscó la figura geométrica adecuada sin encontrarla.
   En cambio, acudieron a su memoria los buenos momentos que le dejó Jimena, cuando se liberaba del terror de la hoguera de aquel verano siniestro y la plenitud de la euforia la desbordaba. Recordó sus ojos enormes bajo las amplias pestañas sin rímel y la calidez de su voz imaginando sueños. Pero también su paso resuelto saliendo por la puerta, el día aciago en que lo dejó. 
   Cuando llegó ahí, descartó el recuerdo peligroso de inmediato. No quiso pensar en eso. 


   Pidió el diario. El mozo se lo trajo enseguida. Se encendieron las luces. Un barniz amarillo bajó sobre las mesas cuadradas, sin mantel, laqueadas en negro. Héctor se distrajo atraído por las líneas curvas de las sillas tapizadas en verde oscuro y la mente se le disparó, nuevamente, hacia el pasado.
   La imagen de Jimena surgió nítida, en sobre relieve por encima de las sombras del olvido, perfecta, con la pollera corta y el pelo suelto. Fue la primera vez que él la fue a esperar a la salida del Normal 5 de Barracas. Recuerda un detalle. Él estaba apoyado en el paredón de la calle Suarez, mirando hacia el terraplén del ferrocarril, a dos cuadras del colegio, porque ella no quería, vaya a saber por qué, que sus compañeras la vieran con él en la puerta. Tal vez por la edad. Tenía 23 años y era la mayor de la clase.
   Cuando ella llegó, se tomaron de la cintura y comenzaron a caminar. Doblaron por Azara, una calle moribunda de veredas angostas, y luego empalmaron por Martín García para llegar a Lezama. En el trayecto él deseó que el crepúsculo cayera rápido por algún lugar del cielo y llegara la oscuridad cuánto antes. Se escondieron en el umbral en penumbras de un pasillo, lejos de los focos brillantes de las columnas del alumbrado. Ella lo besó con desesperación, con cierta rabia, como besaba ella, casi lastimando los labios, como si tuviese miedo de caer al vacío; él calmó su soledad en la lengua áspera de Jimena y la atrajo con ternura. Cuando le acarició el pelo advirtió que un surco de humedad bajaba de sus ojos. 
   —¡Estás llorando, Jimena! —balbuceó confuso, en voz baja.
   A ella no le gustaba mostrarse así. Su lado emocional tenía zonas oscuras, confinadas, impenetrables. Se separó bruscamente de él.
   —¡Tonto! —le dijo, conteniendo la furia. Le dio un puñetazo torpe en el pecho y empezó a caminar sola.
   Héctor la alcanzó. En silencio caminó a su lado hasta que llegaron a la esquina. Ahí ella lo volvió a tomar de la cintura y le apoyó la cabeza en el costado del hombro. Él percibió por primera vez la intensidad del dolor que había en su alma. Podría reaccionar en el momento menos pensado, arañar y ser agresiva como una gata acosada. Algo la torturaba mucho. Demasiado. Él supo, a partir de esa actitud, que debía ser cauteloso al preguntar. Intentó descifrar los largos monólogos, las vacilaciones y los aislamientos en los cuales ella se desvanecía casi hasta desaparecer.
   Entraron al parque por la parte alta de Martín García y caminaron hasta el mirador. Luego se sentaron en un banco, de listones verdes, cerca de la calle Brasil. Ya era de noche. Jimena estaba inquieta. Encendió un cigarrillo y le empezó a contar lo del incendio, la noche nefasta del verano de 2004, durante el recital de rock, la hoguera y el humo, los gritos, la tragedia, la búsqueda por los hospitales, la muerte de su hermano. Y después las zapatillas. 
   —¿Qué zapatillas? —preguntó Héctor.
   Ella le contó que las zapatillas rotas eran un recuerdo, un símbolo de la tragedia. Los sobrevivientes y los familiares de los chicos muertos las habían dejado, como testimonio, en la puerta del local ubicado al lado de la estación de Once.
   —Las saqué de ahí —tartamudeó, reteniendo el llanto acumulado entre los labios—. No las quiero ver más, allá, colgadas de una cuerda. Quiero enterrarlas acá, tal vez así mi hermano pueda descansar en paz, porque yo siento que hay algo que lo inquieta todavía. En mi casa quemaron toda su ropa, quizás él esté pidiendo sus zapatillas para irse del todo. Yo quisiera olvidar el horror de aquella noche, pero no puedo. Es una culpa muy intensa. ¿Por qué murió él y yo no?
   Sacó las zapatillas de la mochila. Se quedó en suspenso y dejó caer la cabeza en el hombro de Héctor. Él la abrazó con suavidad e hizo un silencio compasivo.
   Ella estaba convencida de que todo se conectaba. Y este era un lugar especial porque los sucesos históricos tenían mucha fuerza. Así lo decía, tal cual. Había muchos espíritus errantes en el Parque Lezama, era un nodo de dolor donde se concentraba el sufrimiento de los desgraciados. El alma de su hermano también llegaría hasta aquí a buscar su última prenda y recuperaría el símbolo que cerraría el círculo de su pena.  
   Quedó ensimismada, con la mirada ausente y él le preguntó en qué pensaba.
   —Si te morís en una tragedia no tenés paz y querés volver. Tenés que cumplir tres pasos para morirte del todo.
   Los tres pasos a los cuales ella se refería eran la agonía serena, el velorio y el entierro. Jimena creía que la catástrofe había sorprendido a su hermano con tanta violencia en el primero de ellos, que le impedía el sosiego de la eternidad. Se torturaba buscando la solución. A veces, desesperada, se cortaba las muñecas con la tijera. Estiraba las mangas del suéter hacia los puños para que Héctor no le viera las cicatrices.
   Se separó de él y le pidió que la ayudara. No tardaron más de una hora en enterrar las zapatillas color oliva en el centro de un cantero, debajo de la planta de magnolias. 
   Al rato, salieron y dejaron el lugar internándose por la calle Balcarce.
   Jimena había dejado el colegio secundario debido a la depresión en la que había caído después del suceso. Luego de unos años retomó los estudios. Él la conoció cuando estaba cursando el último año. La melancolía sin exigencias de él y los vaivenes sentimentales de ella se entendieron enseguida. Eran dos espíritus solitarios. Ella nunca se pudo recuperar. No quería vivir. Le dijo a Héctor que no se aferrara a ella. Esa noche se despidió con una especie de amenaza que, en realidad, era una advertencia para sí misma:
   —Antes de enamorarme de vos, te dejo.


   Héctor se deshizo con rapidez de ese retazo del recuerdo. Giró con desgano la cucharita en el café cortado. Era el tercero que tomaba. 
   Volvió al presente. La dulce sonrisa de Carla se fijó en su memoria. Miró el reloj y salió a la vereda. Parado en la esquina fumó un cigarrillo. Fue una excusa. Quiso salir a ver si la divisaba entre los transeúntes que venían del microcentro. 
   Además, aprovechó para mirar hacia la parte superior del parque tratando de descubrir, en la oscuridad, el perfil de la figura misteriosa que había divisado hace un rato. Le pareció ver cerca de la glorieta una luz malva con la apariencia inconfundible de Jimena. Y le pareció oír, además, los lejanos quejidos de los muertos inquietos que querían volver, en los días tristes y lluviosos de Buenos Aires, como le había contado ella misma. Pero desestimó, finalmente, el engaño al que lo sometían sus sentidos. Debería descansar más. Las últimas noches había dormido mal. Tenía pesadillas horribles.
   Pisó la colilla del cigarrillo, entró al bar y se sentó a esperar, nuevamente, a Carla.


   Ella tenía treinta años. Era, apenas, un poco mayor que él. Sin embargo, cuando sonreía parecía más joven. Y lo hacía todo el tiempo. En cambio, cuando él se sumergía en el pasado, en la soledad de la mesa del Bar Británico, sumaba tanta amargura en el rostro que parecía tener la mirada perdida de los viejos. 
   La persistencia de su melancolía le mostró con claridad lo que sucedió aquella mañana, después de la última noche que pasó junto a Jimena. Ocurrió no bien se despertó, ese día inolvidable de abril, entre la luminosidad de los pliegues de las sábanas del cuarto de su departamento. 
   Las imágenes cayeron en desorden, dentro de la pesadez desplegada en el interior de su cabeza, debido al murmullo de la gente del local. 
   Recordó. 
   Ella fumaba en silencio, desnuda contra la ventana. Cuando terminó, fue a sentarse y se cruzó de piernas en la silla. Tomó la taza de té con las manos quietas, como dos pájaros muertos. Después se calzó los zapatos de taco alto. Más tarde se pintó los labios con el vestido puesto y la mirada hundida en el espejo. Al fin, le hizo saber con firmeza, en voz alta, como si él ya no fuese parte de su vida, la decisión que había tomado. La resumió en una breve frase de palabras frías, enumeradas mientras accionaba el picaporte y salía, cerrando la puerta del cuarto, para perderse en el olvido para siempre:
   —No tenemos que vernos más. No me vengas a buscar.
   Así se expresó, como si le dijese hasta luego. Una frase inocua, sin emoción. La conocía lo suficiente como para entender la fatalidad de esos términos inapelables. La relación que los unía se había hecho cada día más parecida al amor. Ella no podía superar el miedo a sufrir otra pérdida emocional. Prefería el dolor soportable de la separación antes que el vacío de una ausencia. Héctor sintió que naufragaba. Se quedó un rato pensativo, sin opción, en el filo peligroso de la implacable determinación de las inolvidables pupilas de Jimena.


   Había estado esperando media hora a Carla, pero le parecía que había pasado un siglo. Se dio cuenta porque miró el reloj con disimulo cuando llegó.
   —¡Hola! —dijo ella con una amplia sonrisa, nada impostada, y ofreciéndole la mejilla.
   —Hola —contestó él. 
   Se levantó. Arrastró la silla y tiró del respaldo acomodándola para que ella se sentara. Luego arrimó otra de costado con la intención de que colocara allí el abrigo y la cartera.
   Charlaron durante casi dos horas. Ella fue quien más habló. Le contó que trabajaba en la barra de un bar de San Telmo, cerca de aquí. Era locuaz. Le atraían los comentarios atildados y precisos de él, con los cuales acotaba los bordes de las pausas, a lo largo de la charla animada. Y se lo dijo.
   Carla se encendía y apagaba al ritmo de las anécdotas de la semana. Sonreía cuando describía las excentricidades de los solitarios que llegaban a la medianoche a tomar un trago. 
   Héctor estaba cansado. Los recuerdos lo habían abrumado. Trató de no demostrarlo. Poco habló de su propia historia y a ella le pareció un gesto delicado, lejos de los diálogos soeces que escuchaba en las noches del bar. Y esto también se lo dijo.
   Él pagó la cuenta y a las diez en punto salieron a la calle. Ella lo tomó del brazo dispuesta a caminar. Héctor sintió el aroma intenso del perfume al mismo tiempo que el cabello de Carla le rozó la mejilla. El flujo sanguíneo incrementó su velocidad y temió que se le notara el rubor sobre la piel del rostro. Le pidió que se detuvieran porque quería decirle algo. Estaban en el sitio ideal, una zona iluminada de la vereda.  
   En la penumbra del bar, Héctor no advirtió la evidencia de los colores que aquí sí, se manifestaban con más plenitud. Ver los labios delgados de Carla pintados de marrón oscuro le produjo cierta inquietud. Formuló una frase cándida:
   —Acá afuera te ves diferente.
   Ella tenía la piel blanca y la mirada vivaz. Sonrió agradecida como si él le hubiese regalado una galantería.
   —¡Qué bueno!… ¡me gusta que te hayas dado cuenta! —exclamó mientras giraba levemente la cabeza de un lado a otro, como si se estuviera mostrando delante de un espejo.
   El cabello, cortado en forma asimétrica, del lado derecho era una melena corta y hacia el otro caía en una cascada lacia que le llegaba por debajo de los hombros. La parte superior estaba salpicada con mechones de color verde. Esa combinación le daba un aire de género difícil de clasificar. Carla jugaba a destruir la simetría, necesitaba desarmar el orden.
   Durante la charla del bar él no observó esos detalles. Antes que acercarlo lo separaban más de esta mujer a quién recién comenzaba a conocer. Su voz lo había hipnotizado y recién ahora y aquí, a la luz de las luminarias de la calle se fijó en eso.
   Héctor sintió un súbito rechazo. No lo podría explicar. Se quedó callado. Elaboró un manojo de pensamientos fugaces que duraron menos de un instante. Pensó en su vida de fracasos, en la ausencia de Jimena. En lo lindo que había sido verla hoy, entre las sombras del parque. Fue una sensación extraña, un pulso de enamoramiento que renacía. El amor duele, el amor lastima, recordó.
   A Carla no le gustaban las esperas porque se sentía ansiosa ante la pérdida de tiempo. 
   —¡Hola!... ¡Soy yo! —le dijo en tono de broma, porque se dio cuenta de que la mente de Héctor estaba en otra parte.
   —Sí… Sí…, perdón…, perdón —balbuceó él. Contrajo los labios en un gesto indeciso y metió las manos en los bolsillos del saco. 
   Con el delineador ella había dibujado en su cabeza una raya horizontal, sobre la sien, desde el extremo de la ceja hasta que la recta se escondía entre los mechones lacios, pero de un solo lado. Otra asimetría en la que Héctor tampoco se había fijado. Bajo la mirada sostenida de los ojos inquietos de Carla, él pensó que debía decirle lo que tenía en mente. Entonces se animó:
   —Mejor que nos despidamos aquí, Carla.
   A ella se le borró la sonrisa. Pareció entender el alcance indudable de la frase. Se alisó el pelo. Miró el piso. La situación de incomodidad se le instaló en el rostro. 
   —Bueno —dijo seria, sin suspirar. 
   Se dio media vuelta y empezó a caminar. Ni siquiera le ofreció la mejilla para despedirse. Sacó el celular, buscó el número de contacto y lo eliminó. Se acomodó la cartera en el hombro y continuó caminando con decisión hacia el microcentro.
   Ya era tarde y la calle estaba desierta. 
   Héctor retornó sobre sus pasos, en sentido contrario al de Carla. De nuevo le sobrevino el peso del cansancio, pero con mayor rigor. Pasó por la puerta del Bar Británico, cruzó Brasil, subió por la senda escalonada y se sentó en un banco de listones de madera pintado de verde inglés, cerca del cantero. 
   Quedó solo en medio de los jardines. Tenía pensamientos confusos. Estuvo un rato largo con la mente en blanco y de pronto sintió que el piso se movía como un útero en el último período de gestación. No le costó mucho reflexionar de qué se trataba. Advirtió que eran las almas pugnando por liberarse del horror de las tragedias sufridas en vida. 
   Era indudable. Algo importante estaba por pasar.
   Se abrió una grieta en el suelo por la cual empezaron a salir sombras. No se alarmó. Pensó que era el cansancio. La planta de magnolias se transformó en una sortija de bruma de color púrpura que fue formando con lentitud una silueta de mujer. Era Jimena.
   Héctor sintió que todo el entorno se ponía gris. Oyó gritos. Se puso las manos sobre los oídos para no escuchar, pero las voces estaban dentro de su cabeza. 
   Su conciencia entró en un revuelo de pensamientos en espiral que dibujaron imágenes aleatorias de aborígenes, esclavos, lazaretos y un incendio atroz rodeado de zapatillas retorcidas con los cordones sueltos. En el centro brillaba la imagen color ceniza de Jimena. 
   Por primera vez en esta noche Héctor tuvo una oscura premonición y un relámpago de miedo se instaló en su interior. Ella se acercó, estaba alegre. Le contó que su hermano ya se había llevado las zapatillas y su alma se había aquietado. Comenzó a relatarle lo que había visto allá abajo y él sintió, entonces, en ese preciso momento, que se abrían de par en par y para siempre las inmensas puertas que lo conducían, inevitablemente, a sumergirse en el oscuro fango de la locura. 


   Se levantó del banco y buscó la salida del parque. Se detuvo al llegar a la vereda de la esquina de Defensa y Brasil. Una pareja pasó a su lado. La mujer lo miró de reojo, seguramente le llamó la atención escuchar a un hombre solitario que hablaba en voz alta. 
   Héctor le propuso a Jimena una caminata hacia el Bajo. Ya no amenazaba lluvia. Ella estuvo de acuerdo. Parecía una figura transparente. Caminaba al lado de él, tomada del brazo y sin apuro, como si el olvido hubiese quitado la violenta palidez de sus ojos verdes, aquellos que a él lo hicieron naufragar en la siniestra mañana de abril, cuando la vio por última vez.



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16 comentarios:

  1. Un magnífico cuento. Así como magnífico el marco de plazas y calles. Una historia minuciosa, inteligente. Narrada en tiempo pasado y con oraciones cortas que le otorgan el vértigo (Y la angustia) que demanda el relato. La metáfora del entierro de las zapatillas es todo un hallazgo. Y los personajes muy bien delimitados. El final es emocionante. Gran trabajo pibe.

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    1. Los parques de Buenos Aires tienen un atractivo muy grande para la contemplación, pero además, me parece que los que vivimos aquí, nos vemos tentados a elaborar historias con este marco. El Parque Lezama es muy rico es ese aspecto. Me alegra que te haya gustado cómo está escrito el cuento.
      Ariel

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  2. ¡Uh, amigo! Un enorme relato. Con descripciones tan potentes, en lugares y sensaciones que al avanzar parece estar viendo una película.
    Los lugares donde se desarrolla el relato me son muy caros porque se remontan a mi adolescencia. Yo viví en Luis Sáenz Peña y Caseros y estudié en Joaquín V. González, en Montes de Oca y Australia, así que el Normal 5 era sitio obligado para ver chicas (los secundarios no eran mixtos como ahora).
    Otra parte que me conmovió fue la referencia a Cromañón,ya que actualmente vivo a 5 cuadras y no se borra de mi memoria esa noche.
    Un gran final, en un cuento muy trabajado con tu sello narrativo.

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    1. Imagino los recuerdos que te habrán llegado a tu cabeza al ver los nombres de las calles, ya que vivías en ese barrio, y del emblemático Normal 5, ya que estudiabas en el J.V. González. A mí también me pasa cuando leo una historia cuyo entorno conozco, me parece que me meto más ella.
      La tragedia de Cromañón nos sacudió a todos. Creo que el cuento se empezó a constituir alrededor de ese suceso. Quise poner un personaje femenino que contara acerca del drama. Me siguen conmoviendo los suicidios posteriores de algunos de los pibes que se salvaron pero no pudieron soportar el daño psicológico.
      Muchas gracias por pasar por aquí y comentar, Osvaldo. Un abrazo.
      Ariel

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  3. Tremendo relato magníficamente construido. Angustioso por momentos, tierno, triste y con un final muy conmovedor. Impresionante, Ariel.

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    1. Muchas gracias, Marta. Este es un relato que me ha llevado mucho trabajo porque tiene una estructura compleja. Así quería que fuese, espero haberlo logrado. Me interesaba mucho contar el proceso que vive el personaje principal, Héctor, antes de entrar en la ezquizofrenia. No sabes cómo me alegra que hayas visto en el relato todas las emociones que enumeras. Un beso.
      Ariel

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  4. Qué decirte, querido Ariel... es un relato complejo y con tanto para desmenuzar. Primero, me encantó la descripción de los personajes, sobre todo el mundo racional de Héctor, que con su pensamiento matemático, quiere evitar el contacto con las emociones, pero que, finalmente, sucumbe a ellas. Después, el trasfondo histórico-geográfico de Buenos Aires, los acontecimientos reales que han marcado nuestra ciudad. Por último, el toque mágico del final, cuando su mente, ya al límite, materializa a Jimena.
    ¡Te felicito, compañero de letras!
    Un abrazo y que tengas un excelente año.

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    1. Qué bueno, Mirella. Puse mucho empeño en que los tres personajes se diferenciaran bien para que se notaran los contrastes. El de Héctor porque me interesaba mostrar el proceso previo a su ingreso a la locura, el de Jimena para que hiciera un poco de historia y contara el drama de los pibes de Cromañón, y el de Carla para que, con su banalidad, aportara el anclaje de la cordura.
      Me alegro que te haya gustado, compañera de letras!!!
      Yo también te deseo lo mejor para este año.
      Ariel

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  5. Como siempre, me has dejado con un nudo en la garganta. Haces que me meta tanto en la historia que dejo de ser yo para convertirme en tu personaje. Admiro tu talento para llegar a lo más hondo de los sentimientos. Enhorabuena, querido Ariel. Cada día me gusta más cómo escribes.
    Un abrazo muy muy fuerte

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    1. Hola, Ana. Cuánto me alegra que te haya gustado esta historia y que te haya llevado a concentrarte en ella hasta ese punto. Muchas gracias por tus elogios y por ser tan consecuente con tus comentarios. De veras me hacen muy bien tus halagos. Sabes que yo también te admiro mucho. Un beso.
      Ariel

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  6. Si me ha gustado este relato, imagino lo que tienen que sentir tus buenos lectores paisanos porteños, con las referencias localistas de tu querida ciudad.
    Eres el maestro, Ariel, de las escenificaciones. Y con el mismo diestro cincel preparas un escenario que dibujas con detalles a quienes por él se mueven. Tanto a Carla como a Jimena las has bordado. Por cierto, los grises y los colores del ocaso se te dan muy bien, los de la melancolía.Tengo una duda… cuando dices “A Carla (la) aburría, creo que es (le) aburría.
    Por supuesto, la labor de documentación (o de conocimiento) la has encajado en el relato al servicio de la narrativa sin que resulte pesada, (todo lo contrario, es interesante.
    Y lo más importante, el trasfondo humano, el conflicto de la vida, la mente del narrador, tan engañosamente "matemática y fría" queda patente en esta historia bien escrita, tal como nos tienes bien acostumbrados amigo Ariel.

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    1. Es verdad, Isabel, hay una mancha temática en el relato que los porteños advertimos enseguida. El incendio que se desató en un recital de rock en un local emblemático cuyo nombre era República de Cromañón quedó en la memoria de todos. El símbolo que hasta hoy perdura son las zapatillas. En esa tragedia murieron casi 200 personas, la mayoría jóvenes. Y los sobrevivientes quedaron tan dañados psicológicamente que, muchos de ellos, intentaron el suicidio, aunque solo cuatro lo consiguieron. Fue terrible.
      También el Parque Lezama es, para nosotros un lugar por donde "pasó la historia". No se sabe con exactitud dónde Pedro de Mendoza estableció la primera fundación de Buenos Aires, pero hay muchos estudiosos que dicen que fue aquí, incluso en la cabecera del parque hay un monumento a ese adelantado español que murió, fíjate tú, en el Atlántico, cerca de las Islas Canarias. También en este sitio se desarrolla la primera escena (que muchos de nosotros recordamos) de la novela "Sobre héroes y tumbas" de E. Sabato.
      Me alegra muchísimo que te haya gustado el cuento a pesar de que es muy localista porque a veces eso termina en aburrimiento.
      Y sí, has descubierto un "laísmo", también típico de los porteños, ya está corregido, gracias por apuntarlo.
      Es todo muy lindo lo que dices, Isabel, me alegra mucho que hayas venido a comentar, siempre me pone contento tu visita.
      Un abrazo grandote.
      Ariel

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