martes, 18 de diciembre de 2018

La ausencia de los colores


   Petrus descubrió, cuando estaba cursando en la universidad, que su destino estaba orientado más hacia los conceptos lógicos del intelectual que a la expresión metafórica de los escritores. Y en cierto modo eso lo habría de beneficiar dado que todavía las imágenes del mundo no se le habían desvanecido por completo. Usaba lentes con mucho aumento, pero la ceguera aún era una carencia desconocida que no se le había manifestado. 
   Contaba con una sensibilidad aguda y una inteligencia especulativa envidiables, pero la combinación de ambos dones había multiplicado el sufrimiento padecido en su niñez. La tragedia de la relación tortuosa de sus padres, en el seno familiar, lo conduciría con el paso del tiempo a las emociones más oscuras.
   Reflexionaba sobre los textos crueles que escribía. Eran facetados y filosos como las aristas de las rocas. Tallaba y pulía. Avanzaba solo si la oración contenía una idea valiosa. Cuando adquirió cierta habilidad para la escritura decidió ir al taller literario del coronel a quien todos reconocían como una eminencia de la literatura. Salía de allí por la noche y regresaba a pie a su casa meditando sobre las críticas que hacía el escritor. 
   Lo recuerda. Era un hombre hosco de piel atezada, perfil ganchudo y mirada de águila. Parecía un monje cenobita consagrado a la búsqueda de la perfección de la letra, en retiro mundano, ofrecido en sacrificio a la amputación de su propia voluntad. 
   Una noche, ya terminada la clase y cuando todos los alumnos se habían retirado, el profesor le hizo una devolución feroz acerca del cuento que estaba escribiendo.
   El viejo abrió la carpeta con cautela, como si estuviera apuntando con un rifle a un venado. Posó su vista sobre la hoja. Recorrió la primera frase y continuó hasta terminar el último párrafo. Cerró el manuscrito con calma. Parecía estar volteando la pesada puerta de una caja fuerte o la tapa de un féretro. Pasó la palma por encima de la cubierta a modo de quitar las migas de una sustancia inexistente. 
   Puso una mano sobre la otra y lo miró.
   —Brillante —dijo.
   Petrus empezó a transpirar. Se movió un poco en el asiento, para aflojar la tensión de los músculos. Tragó saliva sin desviar la mirada del rostro arrugado del viejo.
   —Se lo dejo para que lo lea todo, coronel —expresó con seriedad, pero intentando que se le notara el entusiasmo.
   —Quise decir que está demasiado brilloso —rectificó el anciano con evidente ironía. 
   —¿Brilloso?
   —Tenés que opacar la prosa —El escritor volvió a pasar la palma de la mano por encima de la carpeta y alzó las cejas, adelantando la frente—. ¿Entendés?
   —Sí… creo que sí.
   —¿Sí o no?
   —Si… sí.
   —Mañana traémela corregida. Chau.
   Petrus tomó sus cosas e hizo el ademán de levantarse porque entendió que la última palabra cerraba el diálogo. Además, el escritor había girado el sillón y le daba la espalda.
   Se pasó toda la noche corrigiendo y al otro día se lo llevó. 
   El coronel no estaba. 
   Recién a la semana siguiente se lo pudo entregar, a solas, después de la clase. El viejo hojeó el texto deteniéndose solo en algunos tramos. Luego preguntó:
   —¿Tu narrador expresa todo lo que piensan los protagonistas?
   —Sí, ¿ve algún problema ahí, coronel?
   —No, pero muchos te lo van a criticar…, te complicaste sin necesidad.
   —Si le parece…, lo puedo corregir.
   —Deberías defender tu escrito —insinuó el viejo, debilitando la voz— en vez de corregir lo que yo te digo.
   —Me pareció que le daba más amplitud a la historia.
   —Pero Lucrecia, la protagonista principal, pierde intensidad.
   —Es lo que quise.
   —¿Con qué objeto?
   —Dar más información al lector.
   —Y caíste en la vulgaridad, pibe. Te metiste en la trampa. Porque me parece que a vos lo que más te importa como autor es contar sobre Lucrecia, ¿o me equivoco?
   Petrus no dijo nada. 
   Esperó atento porque intuyó que todavía el profesor no había terminado. En efecto, el escritor se había guardado para el final una frase que era una advertencia. Se inclinó sobre el escritorio, se apoyó sobre los codos y lo apuntó con el índice.
   —Mirá, pibe, tené cuidado porque Lucrecia, tu personaje, es un gusano que se te metió por acá —se llevó el dedo a la sien— y te está taladrando la cabeza. Te la va a dejar vacía como una fruta. No te va a quedar nada más que la cáscara cuando se te pudra el cerebro. Es una mina peligrosa.
   El anciano advirtió la importancia que cobraba ese personaje en el texto. Petrus comprendió el error de haber bautizado a la protagonista de un cuento con el nombre de su propia hermana. Se ruborizó, no lo pudo evitar. Se llevó la carpeta con el cuento y nunca regresó al taller literario del coronel. Dejó de escribir. Tenía veinte años y recordaría aquella sentencia del viejo por el resto de su vida. 
   A los treinta, cuando la ceguera lo castigó con la ausencia de los colores, recién retomó la escritura. El escollo de su discapacidad le potenció la voluntad. Buscó el método y la ayuda de la tecnología para hacerlo. Publicó. Sus textos filosóficos le otorgaron cierto prestigio por el rigor y la originalidad de sus planteos. Pero lo que jamás dio a conocer fueron los cuentos cortos de ficción, hermosos, sombríos y fascinantes en los cuales siempre descollaba el mismo personaje femenino y el tema recurrente era el drama de su infancia. La única que supo de esos escritos fue Lucrecia.



   Ahora, Petrus está en la cama boca arriba. Hoy cumple cincuenta años. 
   Piensa, rememora.
   En la incertidumbre de las tinieblas, perdida por completa su visión, conserva las imágenes de su pasado en forma de esquemas, bocetos de las cosas del mundo.
   De no ser ciego, y por la postura, se podría decir que está mirando el techo. Pero la luz está apagada lo cual conduciría a un doble equívoco. O sea que ni mira el cielo raso, ni mira, porque no ve.
   Piensa en azul. 
   O, mejor dicho, quiere pensar en azul. 
   Concentrado en alcanzar el comienzo de algún retazo onírico se esfuerza en buscar ese color en especial dentro del archivo de su pretérito. Lucrecia dice que tiene un efecto benéfico.
   Pero esta noche, como en tantas otras, no lo logra. 
   No puede conciliar el sueño, pero su memoria trabaja incesante. 
   Un chorro de sangre pulsa brotando del tajo del cuello de Mastín, un dogo blanco que agoniza en el umbral de la casa familiar. ¿Cuándo?: aquella noche trágica en la que alguien quemó el chalet. ¿Quién?: su propia madre, para terminar con todo. Pero le resulta inevitable descartar la imagen del suicidio previo: su padre colgado de la soga blanca, tensa, atada a la viga de madera del techo del estudio. Prefiere no recordar eso, ni el rostro de su hermana, que asoma llorando, desesperada, a los gritos. ¿Por qué?: porque ella contempla azorada las llamas rojas de ese infierno. 
   Todo esto es un suceso completo en la mente de Petrus. Es un signo cerrado que el recuerdo despliega en ese orden temporal siempre con la misma trama. Como un cuento tenebroso.
   Una vez que concluye el martirio, Petrus se esfuerza en concentrar la atención en su pasado reciente, vulgar, cotidiano, para no recaer en el espanto. Desea pensar en algo agradable. Hoy escuchó a las calandrias en el Jardín Botánico. Lo recuerda porque fue una sinfonía especial con una afinación diferente. La melodía de los pájaros sonó distinta entre las ramas. Su oído se aguzó en un acto reflejo y por eso registró el dibujo peculiar bajo una nueva seña. 
   Debido a la ausencia de las imágenes de su realidad acude a los símbolos remotos de sus experiencias visuales. Cifra con su intuición lo que su vista no le aporta. Agrega sonidos, texturas y aromas para lanzarse a la aventura de sortear los obstáculos que se interponen, todos los días, en su camino. 
   Todo esto lo puede lograr, menos impedir el caos de aquel recuerdo atroz que lo visita antes de dormirse. Ha pasado más de mil noches en vela por aquella tragedia. 
   Más de mil.



   Lucrecia entra al departamento de Petrus y enciende la lámpara del comedor. Tironea el borde de la falda hacia abajo en un ademán claramente inconsciente porque no hay nadie aquí que pueda mirarle las piernas. 
   —¿Por qué venís si no te llamé? —protesta él desde el dormitorio.
   El aroma del perfume la delata. Lucrecia vive en el edificio de enfrente y tiene un juego de llaves de la vivienda de su hermano.
   —Afuera hace frío… la calle es una heladera —se justifica. 
   Deja un paquete envuelto en papel dorado sobre la mesa.
   —Te traje un regalo —agrega.
   Lo dice seria. Está desmejorada, flaca como una escoba. Aunque hace terapia con Lucas desde la adolescencia, todavía no ha podido superar el suicidio de su padre. Llega a la entrada del cuarto y se apoya en la puerta. Pulsa la tecla. Un chorro de luz tibia se derrama sobre las cosas. Su hermano está tapado a medias por una frazada celeste. Ella se acerca y se sienta en el borde del colchón: 
   —Me puedo acostar al lado tuyo —susurra.
   —Por favor, no.
   Petrus se defiende, pero su hermana insiste. Habla en un tono de voz dulce, le pregunta por qué no. Sabe que a su hermano le cuesta dormir. Cuando eran chicos dormían juntos y se abrazaban para no escuchar los gritos de las peleas de sus padres. Acurrucados, como dos animalitos asustados.
   Lucrecia se desnuda y deja la ropa sobre la silla. Levanta despacio la frazada y se acomoda. Petrus siente el contacto blando en su costado y luego el abrazo. Tiene un nudo en la garganta. Teme volver a la noche roja de la locura. Lucrecia hace lo que siempre hizo. Lo acaricia. La cadencia de sus palabras dulces le devela un secreto que él no espera:
   —Yo tampoco puedo dormir, la oscuridad me da miedo.
   —Nunca me dijiste eso —balbucea Petrus, confundido.
   —¿Qué?
   —Lo de la oscuridad.
   —Nunca me lo preguntaste.
   Lucrecia enuncia la frase, deja de hablar y se aferra más a su hermano. Luego le da un beso amargo y después se acurruca contra él. Y él también hace lo que hace siempre porque anhela el bálsamo para poder dormir. Ama a su hermana. Desde que eran pequeños se aman. 
   Petrus empieza a desvestirse. 
   Sabe que eso está mal. Conoce lo que sigue. Reordena cadenas de objetos abstractos alrededor de conceptos morales, pero algo más fuerte se impone y las ideas se desvanecen. No tiene la culpa del sentimiento que lo ha unido a ella: el gusano que descubrió el coronel cuando le corrigió su primer cuento. Lucrecia entorna los párpados y abre los brazos. Sonríe primero, luego gime y después demanda.
   Petrus siente que un hueco inmenso dentro de su cabeza, paulatinamente, se va llenando de algo parecido al color azul.


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sábado, 15 de diciembre de 2018

Ahora que nadie nos oye


  Si hay algo mágico es tener un libro en la mano y poder observar que dentro de él hay un cuento del cual eres autor y, más aún, si aparece tu nombre en letras de molde. Lo tocas. Deslizas tu mano sobre las páginas, de aquí para allá, le das vuelta varias veces, acaricias la tapa, lo pones sobre la mesa y te lo quedas observando largo tiempo, disfrutando el momento durante el cual pasan agitados, por tu cabeza, una cantidad de pensamientos agradables que te elevan a diez centímetros por encima del piso.

   Porque no sabes en las manos de quienes pueda haber otro ejemplar como este, ni si habrá un par de ojos de una persona leyendo ahora tu historia y en su corazón se despierte un sentimiento al hacerlo. Miras el objeto mudo que has dejado ahí, delante tuyo, con la ilusión de que esto ocurra, pero no tienes certeza de que en algún sitio del planeta alguien lea lo que has contado. 

   Y si es que lo has conmovido no recibirás ni un aplauso ni una carta, pero fantaseas con adivinar que lo habrás emocionado por un rato. Si no existiese esa maravilla que has puesto sobre la mesa no se producirá este suceso fascinante del que tú no vas a tener noticia. Será la esperanza la que te perseguirá en sueños, algo íntimo que solamente existirá en el reino de la intuición. Esta es la sensación que produce el libro de papel con tu historia escrita en él. Son tus ansias las que imaginan que aguardará para siempre la mano de quien quiera abrirlo para indagar lo que hay allí dentro.

   David Rubio Sánchez ha editado una antología —en un gesto encomiable que le ha demandado mucho tiempo y esfuerzo— en la que figura tu texto. Te sientes agradecido por ello, y feliz, además, porque compartes el acto literario con ese desconocido que estará leyendo, en algún lugar del mundo en donde tú nunca has estado, lo que tú has escrito.

   Y también, cuando piensas en esto, adviertes el calor de las escritoras y escritores que comparten contigo estas páginas. Percibes el cariño de quienes han participado de los certámenes con sus trabajos y la necesidad de contar historias que los une. 

   Disfruta el afecto de ellos y ellas porque te han elegido para que sea tu cuento el que esté impreso en representación de todas y todos. Y agradéceles, porque es lo más hermoso que te pueda haber sucedido.

   Un abrazo.