lunes, 19 de noviembre de 2018

No importa si las horas bajan


   Cruzó la avenida Santa Fe en verde y miró a través de las ventanas del Café Palermo. Aunque ya no llovía se apuró un poco. Antes de llegar a la entrada del bar algo parecido a una mancha en el piso la distrajo. Había un gato cerca del umbral de mármol. Tapado por una hoja de diario parecía un pedazo de trapo gris. Permanecía quieto. Se distinguían sobre el lomo manchones de piel sin pelo. Quizás ronroneaba para calmar el hambre. Laura se agachó. Quiso ver si estaba vivo. Contempló al pequeño animal con indiferencia, estiró la mano, le rascó la cabeza y el gato entornó los ojos. 
   Laura se levantó y observó hacia el otro lado de la calle. “Ni una menos”, leyó escrito en letras gruesas, rojas, pintadas en el muro blanco de enfrente. Las palabras lucían torcidas, escritas con apuro. Se enroscó el pelo, lo introdujo dentro de la campera negra y se cubrió la cabeza con la capucha. Tenía las zapatillas y los jeans azules empapados. 
   Abrió el batiente derecho de la puerta. La agonía del crepúsculo iluminaba el recinto. Un chorro de luz anaranjado atravesaba en diagonal al sombrío bodegón. La barra reflejaba su aspecto descuidado en el desorden de vasos y botellas. Las molduras de madera se notaban más oscuras con las lámparas apagadas. 
   Laura paseó su mirada por las mesas y fue derecho a la que ocupaba Andrés en el fondo del local, contra la ventana de Godoy Cruz, mirando hacia afuera, hacia la vereda por donde pasaban los travestis. Ella arrastró la silla sobre el suelo ajedrezado. Él, al escuchar el ruido, se volvió para mirarla. Sin maquillaje tardó en reconocerla. Laura dijo: 
   —Llegué un poco tarde ¿no? 
   —No… no, sentate, por favor. 
   Andrés parecía sorprendido. Ella era empleada de una librería ubicada en el centro de la ciudad. Hacía dos semanas que se veían, esporádicamente, en algún bar de la zona. La había citado aquí, aunque ella no le dio la seguridad de asistir. A Laura no le gustaba aceptar proposiciones cerca de su casa. Esta sería una excepción. De todos modos, solía ser impuntual.
   —Te estaba esperando —dijo Andrés.
   Ella se acomodó el flequillo como si no hubiese escuchado nada.
   —Estar con vos me hace bien —reclamó él con inocencia.
   —Andrés... tengo que decirte una cosa… no te enojes, pero vine solo para despedirme —Alzó las cejas, esbozó una sonrisa y casi de inmediato se puso seria—. Voy a dejar de trabajar en el local…, en una semana me voy. 
   Se volvía a Corrientes con los pesos ahorrados a empezar una nueva vida. Buenos Aires era violenta, misteriosa e inhóspita. En un segundo desarmó el plan de Andrés: un turno en la mejor habitación del hotel de al lado. Él no le dijo nada, pero no pudo disimular el gesto de evidente molestia. Desvió la conversación:
   —A mí también me gustaría irme a un lugar bien alejado —expresó irónico y con evidente fastidio—. Y con una playa frente al océano.
   —Claro… ¿No me pedís un café? —dijo Laura pellizcando un sobrecito de azúcar. Y sonrió. Quería animarlo, cambiarle el humor después del desplante. Le tomó la mano.
   —Contame algo —le pidió.
   Charlaron un rato. Laura lo escuchaba atenta. No bien se hizo un hueco en el monólogo aprovechó y se despidió. Se había quedado el tiempo necesario para tranquilizarlo. Cuando se dirigía a la salida vio el cartel a través de los vidrios. “Ni una menos”. Despejó rápido un amargo recuerdo fugaz, saludó a Andrés levantando el brazo y salió a la calle.

   El gato, sucio y desprolijo, seguía en el mismo sitio. En cualquier momento iba a comenzar a llover. Lo alzó con cuidado, las patas se estiraron y con las yemas de los dedos palpó las costillas tibias del animalito. Lo acercó al reparo del kiosco de diarios cerca del tronco grueso del plátano. 
   Miró al gatito y suspiró. Hacía un año ella había estado en la calle en la misma situación, cuando lo abandonó al Negro Ginés, el tipo con quien convivía. No me denuncies porque te mato, le gritó amenazándola la última noche en la cual discutieron, cuando él terminó golpeándola otra vez. Pero fue el final, porque ella se escapó y no lo volvió a ver nunca más. 
   Al poco tiempo se lo contó a su amiga y ella le dio un papel plegado con un número.
   —Laurita —le dijo Nora—, aquí tenés el teléfono por si necesitás ayuda, no lo pierdas —hizo una pausa y le sondeó las pupilas frunciendo la frente—. Y si ese degenerado te vuelve a levantar la mano, ¡llamá, por favor! —protestó… y le apretó los nudillos con el papel adentro.
   Ahora las cosas han cambiado. Vive sola y tranquila en un departamento modesto. Hoy se despertó contenta, con emociones desconocidas. Pensó en las tardes calurosas de Corrientes, en el río Paraná, en las flores blancas de los naranjos. El cielo de su cabeza era un remolino de pensamientos azules. Extrañaba los amaneceres de cobre con el sol sostenido por la cuna del río acerado. Sacó el celular y, pensando en los lapachos de agosto en la ribera acodada, se puso los auriculares y buscó la canción que le gustaba tanto. Mientras caminaba la iba tarareando. “Tengo tiempo… para saber…”.
   Comenzó a lloviznar y pensó en el gato con remordimiento. Se detuvo y regresó hacia la avenida a buscarlo. Aún continuaba recostado en el zócalo del kiosco. Lo alzó y se lo llevó. Retomó por Godoy Cruz hacia su casa. Decidió llevárselo con ella, contaba con unos días para alimentarlo y curarlo. Sonrió por tercera vez en el día. 
   El último tramo lo hizo caminando más rápido. Recorrió el pasillo hasta el fondo. Llegó justo cuando se largó el aguacero. Cerró la puerta de chapa del patio cubierto, como siempre, sin echarle llave. Acomodó al gato arrimándolo a un mueble viejo y el animalito se quedó quieto. Fue a la cocina, sacó un churrasco crudo de la heladera, salió al patio y se lo dejó al lado, como alimento. Entró al cuarto y se tiró en la cama sobre las sábanas limpias. Todavía conservaba los auriculares puestos. Puso de nuevo la canción. “Tengo tiempo… para saber… si lo que sueño concluye en algo…”
   Escuchó un traqueteo y después el impacto contra la entrada de la pieza bruscamente abierta de un empujón. Ante la imprevista aparición de Ginés quedó muda. Se sacó los auriculares y los apartó a un costado. Si hubiese visto al demonio no se hubiera asustado tanto. El tipo no dejaba de insultarla, gritaba como un loco. Le pegó tres trompadas bestiales en la cara, una le abrió una herida en la ceja. Con la cuchilla que traía le tiró un puntazo. No fue certero porque la hoja se hundió completamente en el colchón, aunque le hizo un tajo bastante profundo en el costado del pecho. Laura no pudo ni gritar. A pesar de haber quedado atontada intentaba defenderse tirando manotazos en desorden.
   La violencia del tipo aumentó. Arrojó la cuchilla y se desvistió para violarla. Cortó una tira larga de sábana y comenzó a atarle el tobillo a la estructura de la cama de hierro intentando que se quedara quieta. Seguía insultándola, furioso. Se dio vuelta. Quiso acomodarse mejor. Laura se resistió hasta que Ginés la desmayó de un golpe en la cabeza.
   Cuando recuperó la conciencia reconoció su agotamiento, pero igual se incorporó, debilitada por las heridas y temblando de miedo. Había sangre por todos lados. La abrumaba el aquelarre escarlata sobre las cobijas revueltas y el olor venéreo que aún impregnaba el aire enrarecido. Levantó la cuchilla del piso. El dormitorio, ahora, estaba tan silencioso como un mausoleo. Necesitaba poner un mínimo de ternura en la fiebre de su drama. Pulsó el celular. La canción volvió a sonar en los auriculares. Decía: “No importa si las horas bajan… la noche… es tibia… sin sol”
Las cosas habían sucedido muy rápido. Todavía no sentía los dolores de los golpes salvajes del Negro Ginés ni la vergüenza de la vejación carnal. Miró de costado su cara deformada en el espejo. Vio el papel plegado de su amiga. El esplendor del verano correntino se alejaba de sus sueños. 
   El gato había terminado de comer, se afirmó sobre las cuatro patas y se fue caminando despacio por el pasillo, rengueando un poco. Dejó marcadas sus pisadas en una hilera de manchas granates que huían en línea recta hasta la abertura del patio. El rastro se perdía hacia la mitad del pasillo. Una llovizna triste caía con persistencia sobre la ciudad desde hacía varias horas.

   “No importa si las horas bajan… la noche… es tibia… sin sol”.

   Laura se sentó en la cama y se afirmó con el codo izquierdo sobre la mesa de luz. Desplegó el papel y, como si fuese el acto definitivo de su vida, comenzó a marcar cada uno de los números escritos: uno… cuatro… cuatro… Esperó unos instantes, oyó la voz al otro lado de la línea, y ya no pudo contener todo el llanto que se había guardado durante tantos años.


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miércoles, 7 de noviembre de 2018

Una fisura en el tiempo



I

   Estoy sentado sobre las maderas rústicas del muelle, con las piernas colgando hacia el vacío, pensando en qué modo asombroso la luna se despega de la superficie del río mientras las flores de la noche, todavía, no perfuman la atmósfera cálida de la barranca.
   Una aciaga nube de melancolía da vueltas por mi cabeza. Aunque nunca se lo dije, me doy cuenta hasta qué punto estuve enamorado de Luciana. Tanto que aún la extraño.
   Cuando ella se despidió de mí, apoyó los labios sobre el costado de mi cara y me dejó un beso tibio. Yo tenía las mejillas heladas y un terremoto por dentro. Con temor, entendí de pronto, que no la iba a ver nunca más. Sentí una pena enorme, pesada como un árbol de plomo.
   Ahora veo alrededor mío un paisaje colosal del cual me siento una parte ínfima. Pongo los brazos sobre la baranda de madera y encima de ellos apoyo el mentón, para mirar todo lo que me rodea. Mis ojos son dos soledades húmedas. Sin obedecer a mi voluntad vagabundean por los bosques de la otra orilla, por encima de la vegetación recortada contra el cielo.
   Permanezco sumido en la amargura. Mi estado de ánimo esparce las más bellas imágenes de Luciana sobre la piel arrugada del río, ahondando aún más el efecto de mi pesadumbre. Los músculos del pecho se me endurecen bajo la intensa sensación de congoja.
   Por debajo de los tablones, amarrado a los pilotes del muelle está el bote rojo de mi abuelo. Un poco más allá, al lado de un irupé que flota hacia la desembocadura, nada un cisne blanco. El ave curva el cuello, sumerge la cabeza en el agua y cuando la saca, caen de su pico una serie de gotas cristalinas. No sé por qué con esa sucesión de perlas transparentes armo una frase absurda: “Luciana está escondida detrás de la luna”.

II

   Regreso a mi casa y saco el almanaque de la mochila. Remarco las casillas que indican las fechas de luna llena. Lo dejo sobre la mesa de luz. Luego hago anotaciones en el cuaderno de hojas lisas, con el bolígrafo de tinta verde. Escribo para Luciana versos de amor y después me duermo pensando en ella.

III

   Todas las noches, en las cuales el globo lechoso se ve completo, vengo a leer en silencio aquellos poemas bajo la luminosidad mortecina del cielo. Pero hoy pasa algo extraño al pronunciar un verso con la frase que imaginé al paso del cisne.
   El círculo plateado se aquieta en su órbita. Un pequeño grupo de nubes se esfuma saliendo por un costado del cielo. Súbitamente caigo de espaldas como si me hubiesen matado de un disparo y quedo extendido a lo largo del muelle. 
   Luciana asoma su cuerpo por debajo de la esfera luminosa. Un hilo de plata vertical cuelga desde la luna hasta el río. Ella se desliza por la cuerda suspendida y desciende hasta el embarcadero. Ha venido a buscarme.
   Apoya los pies descalzos sobre los listones de quebracho. Se acerca a mi cuerpo. Tira de las puntas de mis orejas y despega mi alma evanescente como si fuese una etiqueta de viento. No poseo sustancia ni color, carezco de materia, pero conservo la voz y el movimiento. En cambio, algo similar a un hombre queda quieto sobre el muelle solitario. 
   Luciana conduce a mi alma hasta el bote de mi abuelo, suelta el cabo de amarre, toma los remos y me lleva a navegar. Oigo el quejido del pivote cuando se hunden las palas, y el sonido ronco de las tablas del fondo de la pequeña embarcación. 
   Durante la navegación recito todas las poesías que he escrito. Lo hago de memoria porque mi cuaderno ha quedado junto al cuerpo tendido en la oscuridad de la orilla. Me esmero, hago gestos exagerados a fin de elevar la pobre lírica de los versos. Ella me describe las figuras que ha dibujado con acuarelas astrales sobre la cara oculta de la luna.
   Me siento un ladrón de abrazos y quiero acercarme, pero es imposible porque soy más liviano que un agujero de aire. Ella habla desde sus labios con el lenguaje de los astros. En cambio, yo soy solo una voz invisible viajando en el asiento de popa para conversarle. 
   Me sobreviene un cansancio descomunal en esta noche inesperada. Ella me consuela. Dice: «siempre es agotadora la primera vez que se visita un sueño». Sonríe con picardía y sigue tirando con suavidad de los puños de los remos. El esquife traza una curva suave y nos conduce al lugar de partida mientras seguimos conversando. 
   Regresamos al embarcadero. Ella ata el bote al entramado y subimos por la pequeña escalera. Veo el cuerpo exangüe sobre las tablas y me introduzco de inmediato dentro de él, como si fuese el féretro que tanto espero. Vuelvo a ser una entidad completa y única.
   Luciana se va. Levanta los talones, se coloca en puntas de pie, alcanza el hilo de plata y asciende tomada de él. No bien llega a la luna se esconde detrás de ella y recoge la cuerda por completo. El extremo inferior desaparece por debajo de la panza blanca.
   La esfera de yeso vuelve a avanzar en su órbita. La rebanada de tiempo se reduce al espesor de la nada.
   Me incorporo. Tengo la sensación de haber aliviado mi persistente tristeza. Tal vez me he dormido por un instante sin darme cuenta, cuando estaba leyendo. En esto pienso en la breve caminata de regreso a casa.
   Falta un mes para la próxima luna llena. Miro hacia afuera, a través de la ventana. La claridad nocturna vigila el bamboleo de los veleros silenciosos fondeados en la costa. Observo, aquí dentro, una mariposa marrón rodeando el foco de mi cuarto. Siento que mi pena ha sido menos feroz esta noche. Cosas de los recuerdos, me digo. Hoy hace diez años que murió mi esposa, Luciana. 
   Sigo escribiendo un poco más, cierro mi cuaderno, apago la luz y me quedo profundamente dormido.


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