domingo, 28 de octubre de 2018

Voy a buscarte


   No existe lo imposible. 
   Es solo un acantilado de miedos y timideces tontas. Esta vez probaré con un desafío diferente. ¿Qué pasa si me visto con ropas desteñidas y salgo a buscarte por los empedrados de las calles solitarias?, al anochecer, como un enamorado, cerca de los faroles encendidos, lejos de las sombras donde duermen los bancos de la plaza. 
   Seguiré la estrategia de hacerlo a deshoras, quiero ir a husmear por los escaparates iluminados, estoy seguro de encontrarte, conozco los lugares donde suelen estar las reinas huidizas como tú, sé de tus rincones.
   Me han dicho que te han visto, pero en mi cabeza se acumula la duda. Oigo una voz incrédula escondida en la maraña de mis confusos pensamientos. Me advierte de otra desazón en un tono similar al sonido frío de la escarcha, como un soplo salido de labios femeninos que me rechazan.
   Y me quedo pensando en tantas quimeras esquivas que me han marcado de arrugas la frente. Las puertas abiertas de los certámenes, las luces encendidas entre tintineos de caireles, las amplias escaleras alfombradas, las ceremonias de los festejos descendiendo hacia el patio de invitados, al gran espectáculo. 
   Todo eso se me ha negado.
   No deseo perderte. Quisiera bailar contigo esta noche, sentir tu perfume novedoso mientras escuchamos el sonido de los violines con los ojos cerrados. Quisiera verte. Te imagino tan hermosa, así, envuelta en un vestido de papel y con un pequeño moño en el hombro. 
   Y con esta imagen de ensueño voy a buscarte.
   No sé si me crees, enredado en mi ansiedad he olvidado tu nombre exacto, aunque tu rostro lo recuerdo perfectamente. Necesito serenarme, disfrutar el momento de nuestro encuentro, ansío ser el primero en tomar tu cara entre mis manos. 
   No quiero tardar demasiado. Eres el sueño que tanto he perseguido. 
   Estarás triste si nadie logra descubrirte, pero tienes tanta belleza por dentro que, no bien un par de dedos se deslicen por tu costado, el esplendor de tus palabras será más dulce que un trago de miel. Estarás orgullosa entre toda la multitud.
   Tú guardas mis secretos y los de quienes te han deseado. Sabes, quienes alcanzamos tu cielo hemos necesitado, en ocasiones, de alguna ayuda. Un sorbo de licor tibio quizás. Algo de alcohol debió pasar por nuestras gargantas porque de lo contrario la imaginación hubiera sido un cuchillo inconcluso, y no nos hubiésemos podido degollar el alma por completo. Y, precisamente, tú lo entiendes, de eso se trata. De dejarlo todo, con los dedos sangrando de tanto raspar la piel de la hoja, con la pasión entre las venas entibiando el cerebro.
   Quiero abandonar mi mano entre tus muslos, acariciar tu piel blanca, esos pequeños infiernos formarán parte de un sueño que me hará sentir vivo. Me atreveré a hacerlo sin tu permiso. Y te acariciaré los pechos con delicadeza, como si fuesen dos pájaros tibios. Te escucharé con atención bajo la rubia lumbre de la lámpara. Imagino el momento, cuando estés conmigo, exponiéndote, con el esplendor de tus frases maravillosas.
   Y cuando te encuentre te amaré seguramente con el arrebato torpe de un poseído. No seré cuidadoso con tu vestido de fiesta porque lo desgarraré y lo tiraré a un costado. Pero a tu cuerpo lo trataré con cariño, no temas, que es lo más preciado para mí.
   ¡Ahí te veo! 
   Estás en el estante de las antologías.
   Me apuro en encontrar al vendedor. Le pido que te envuelva en papel opaco, que te ponga un moño dorado y salgo contigo debajo del brazo, iré a leerte con calma, acariciándote con ternura, página por página.


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lunes, 15 de octubre de 2018

La gota de rocío


   Youssef está solo.
   Los astros iluminan la noche mientras cava la fosa para el destino final del cuerpo de Amira, su esposa. Termina la labor agobiante y lo acomoda de costado en el fondo rugoso de la modesta abertura. Cuando culmina la tarea se seca el sudor de la frente y eleva la mirada al cielo. La luna en cuarto menguante está más grande que nunca. El moro de figura aguda, silente por la pérdida, esbelto por estirpe, demora su éxtasis en la meticulosa observación de la bóveda estelar porque, aunque no lo sepa, la concreta veracidad de la maravilla luminosa de la materia celeste es el bálsamo que alivia la pena de su mundo interior.
   Baja la cabeza y vuelve a la tienda vacía.
   La faja rectangular que estuvo tejiendo su mujer se extiende lineal apoyada en el suelo y como una alfombra mágica avanza hacia afuera. Una lengua de gruesos y tensos filamentos de colores oscuros se arrastra saliendo por el frente, por la puerta, a través de la abertura, rodeada por encima y por los costados, de recios paños curvos los cuales dan forma a la vivienda. 
   Youssef entra, toma el último sorbo del té de menta, deja el jarro y sale. Se sienta sobre el entramado compacto de la alfombra. Lo abruma el cansancio emocional. La ausencia de su esposa le ha dejado un hueco interno, le ha vaciado su vida. Esto es lo que piensa mientras descansa un rato, después de la tarea ingrata del entierro en soledad. Desde la entrada de la jaima, mira en dirección al montículo que sobresale apenas, como una modesta hinchazón del terreno. 
   Imagina que el reposo de la muerte se materializa en esa sombra gris que le parece estar viendo, de pie, cuidando el cadáver, al lado de la tumba cubierta por una capa de piedras desordenadas. 
   Youssef está sentado mirando hacia la nada. 
   Trata de recordar la música del lenguaje bereber en la voz de su mujer. Pero en la clausura de su mente el recuerdo de las palabras que ella usaba para hablar con él se ahoga en su propia angustia. Sus pensamientos reverberan en una danza insoportable tratando de recuperar el habla, aunque no logran vencer la rigidez de sus labios ni quebrar el silencio terrible que lo rodea. 
   Los dolores resquebrajan la redonda soledad de Youssef. La lágrima de miel de la existencia no le dio hijos. La tienda ha resultado demasiado grande. El futuro es un manotazo al vacío. 
   Nunca se ha detenido a mirar el cutis rugoso del yermo de arena rubia con tanta melancolía como en este momento. No hay viento, ni siquiera un cabello de brisa que mueva un átomo. Hacia el oeste desciende la penumbra. Desde el este se eleva un tenue resplandor. Y en medio, la indecisión del devenir baila entre la oscuridad y la luz.
   Aún debe soportar la locura del paso del tiempo. El silencio sideral es inmenso. El incipiente amanecer ahora descansa sobre el horizonte recortando con nitidez las ondulaciones de las dunas. 
   Un murmullo lo distrae de sus cavilaciones. Son las cabras que se mueven dentro del corral de cañas, y las rozan con sus pezuñas y con sus cuernos huecos. Y esos parcos arañazos abren tajos delicados en la piel de la sombra que se aloja en el redil. Mientras tanto el embrión de la mañana crece y comienzan a notarse los suaves rizos del suelo árido. 
   A unos veinte metros de la jaima hay un árbol solitario, es una acacia sin hierba alrededor, no hay otra planta hasta donde da la vista en este espacio mineral. Tiene una copa abigarrada de hojas duras y verdes. Las últimas caricias de la humedad nocturna resbalan a lo largo de las grietas de su tronco. Su memoria vegetal bebe con paciencia la humedad oculta con las puntas de sus raíces invisibles. Cuando llegue la plenitud del día el agobio del sol aumentará la velocidad de la savia.
   Youssef, nómade entre los nómades del Sahara ha amado a una sola mujer, Amira. Ambos, de espíritu esquivo, no querían boda y se fugaron antes de las celebraciones familiares. Ahora ha quedado en completa soledad, su escasa familia es la alondra rasgando con una curva fugaz la inmensidad del cielo y el búho rapaz vigilando desde las cornisas.
   Deja de estar sentado y se extiende de espaldas sobre el entramado de la tela hecha con el pelo de los pequeños animales rumiantes. Deja los brazos flojos al costado del cuerpo. El firmamento es un domo que lo aplasta. 
   Hoy se encuentra abatido por la tristeza, pero ha decidido no esperar mucho más. Al comienzo del crepúsculo se dedicará a desarmar la carpa y a cargar los bultos sobre los animales. Al día siguiente partirá, no bien el sol ascienda. Irá como un ave migratoria, buscando un nuevo sitio en el este árido de Marruecos, desde Erfoud a Merzouga. Llevará lo mínimo y se desplazará buscando el sendero sinuoso del olvido. 
   Piensa y espera.
   ¿Qué espera? 
   Nada. 
   El ciclo nocturno se está terminando. El globo lunar navega en medio del cardumen de estrellas. El fresco azul oscuro ha aliviado el sofoco de Youssef en esta noche interminable. 
   Se levanta. Suspira. Decide hacer un recorrido por este sitio y camina hacia la acacia. Llega y examina de cerca las hojas duras y apretadas. Debajo de una de ellas pende una gota de rocío. 
   Es espléndida como un dije de topacio. 
   Se acerca más y ve su propia imagen en la superficie curvada del líquido. Su ojo, ahora, está a un centímetro de la gota. Su rostro se agranda y su cuerpo se reduce al mínimo. La luna está en un costado como un punto gordo. Parece una elipse diminuta rellena de polvo blanco. No se atreve a tocarla.
   Youssef siente curiosidad. El grano de cristal arqueado le devuelve su imagen deformada. Acerca un ojo hasta que queda a un milímetro de ella. En el espejo curvo y al mismo tiempo transparente, su nariz se ha vuelto enorme y su turbante índigo se ha adelgazado como una aureola lejana rodeándole el rostro. En esta posición ve otro universo que se ha curvado sobre sí mismo. Y allí hay una figura agitando la mano. Es Amira.
   Entonces no duda. 
   No sabe cómo lo hace ni por qué lo hace, pero lo cierto es que toma impulso, salta y se sumerge de pies a cabeza dentro de la gota, de modo tal que sus sandalias ya no quedan a la vista. El extremo de la parábola de su movimiento se hinca en la bola cóncava mediante una cabriola geométrica impecable.
   Este cúmulo de líquido suspendido no estalla ni se derrama debido a la desmesura de su cuerpo. Todo lo contrario. Youssef se reduce de tamaño no bien atraviesa la superficie espejada de la gota y pasa del lado de donde ha venido, a este, infinitamente más pequeño.
   Todavía no está seguro del milagro. El agua debiera ceder bajo su peso, caer y perderse entre los intersticios de los granos de arena. Y sin embargo no ha cambiado su forma de pera, pequeña, colgando de la rama, suspendida por un cabo, tan delgado, como un hilo cosido a la hoja.
   Cuando está dentro se da cuenta de que él ha provocado la disminución de su tamaño para encontrar un albergue suave en el seno de la gota, sin romperla y sin siquiera hacerle perder su forma. 
   Los espacios se invierten. Lo que estaba afuera ahora está aquí. Youssef recupera los intensos recuerdos junto a su mujer y está feliz. Amira está espléndida e ignora que hay otro cuerpo gemelo al suyo sepultado en una grieta del tiempo. El rostro amarronado del moro pasa de la tristeza al júbilo. No se pregunta acerca de los motivos del hechizo que ha devuelto la vida a su esposa, sino que, lo asume como un regalo del Creador del Cosmos, a quien debe agradecer.
   Algo muy extraño ha sucedido. Las aves furtivas, la jaima y las dunas han quedado afuera. Youssef lo puede ver todo desde aquí dentro. Se ha producido la duplicación de las cosas y el moro ya se encuentra en otro universo paralelo. Pero pronto advierte que, a través de la transparencia combada del agua, el desierto y el espacio exterior se deforman hasta desaparecer. La burbuja se opaca. Un telón se cierra.
   Gira y mira hacia el interior. Es un espacio inmenso, abierto, con cielo abovedado pintado de celeste, con suelo casi plano que se extiende hasta el infinito. Youssef aspira una bocanada de aire y va en búsqueda de Amira, quien lo espera con los ojos descubiertos, en esta flamante vida desplegada hacia el futuro. 
   Quien no haya seguido a Youssef en su aventura puede ver que afuera de la gema de rocío el conjunto de las cosas sigue igual. No hay testigos del milagro, el viento gira en los remolinos de arcilla roja y el día asciende sobre el mapa áspero de este lugar en el mundo. 
   La gota oculta su secreto interior, pierde transparencia, se pone rígida y se pinta de color blanco. Pierde volumen con lentitud, como un globo que expele su oxígeno, mientras la furia del sol se acrecienta buscando el cenit.
   No pasan más que algunos minutos y la gota de rocío se desvanece al mínimo, ya no es de agua, cambia de estado, solo es un leve vapor invisible que se disipa, hasta desaparecer completamente.

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