domingo, 9 de septiembre de 2018

Romina


   Hay algunos charcos dispersos en la calle de tierra. Paula pisa en uno de ellos y se embarra los únicos zapatos de salir. Son negros y de taco bajo, ya están un poco gastados. El pie derecho se entierra hasta la mitad y ella casi pierde el equilibrio, pero se recompone, se acomoda la pollera y logra salir sin caerse. No quiso venir en zapatillas porque están sucias, no tuvo tiempo de lavarlas y, además, están rotas. No las usa para viajar en colectivo. Le da vergüenza, por eso las descartó, para que la gente no la confunda con una indigente. 
   Entra en la casa detrás de su madre y la sigue. Deja la cartera sobre una silla de mimbre, pero no se saca el abrigo. Se limpia el zapato con meticulosidad —aunque está nerviosa— con el trapo de piso que toma del rincón y luego lo deja en el mismo lugar, al lado de la escoba. 
   Hace un par de horas llamó a su madre por teléfono —un celular anticuado, regalo de su tío—. Hubiera querido hacerlo antes, pero estuvo dos días sin crédito. Recién hoy cobró un poco de plata y lo pudo cargar. Su hermana está internada hace tres días y quería saber cómo seguía, pero del otro lado de la línea lo único audible era un tartamudeo lejano. Le pareció haber escuchado que la situación de Romina se está complicando. Y eso la dejó intranquila. Por lo tanto, se decidió a venir directamente hasta aquí.
   Se sienta y su madre le ofrece un mate. Lo toma. Cortando la frase, entre sorbo y sorbo, trata de pedirle una explicación más precisa acerca de cuál es la complicación de salud de su hermana. Lo hace de manera demasiado atolondrada, un poco agresiva tal vez. Paula tiene la urgencia de la juventud. En cambio, a su madre le cuesta armar una respuesta con mayor rapidez. Hace lo posible pero no alcanza. Y encima estuvo llorando mientras la esperaba. Todavía le quedan huellas sobre las mejillas y las seca con la punta de un pañuelo arrugado. Se compone un poco, se sosiega y le dice:
   —Esta mañana me llamó Ana desde el hospital.
   La frase cae lenta. Las palabras se acomodan buscando lugar en el espacio liviano del ambiente. Su madre se pasa la mano por el delantal descolorido. Trata de disimular —es evidente— el agobio del manto de frío suspendido por debajo de las chapas del techo. Aquí dentro se padece un poco menos porque ha encendido una hornalla de la cocina, la más pequeña. La aureola azul titila con un tenue silbido agudo. La regula al mínimo para prolongar la duración de la garrafa. La cortina a lunares de la ventana está cerrada. Entra poca luz, pero la presencia del género aplaca un poco el aliento helado filtrándose a través del vidrio roto.
   Las cacerolas emanan un aroma tibio a guiso. Paula lo reconoce de inmediato porque le trae recuerdos de la estrechez de su infancia, ausente de juguetes, escasa de mate cocido con pan por las noches. Los desliza con rapidez hacia el olvido, su urgencia los coloca en un segundo plano. Está ansiosa. La frase suelta pronunciada por su madre se condensa con facilidad en las paredes sin revoque. Es escasa como la felicidad, tiene un sabor demasiado dulce del cual no puede menos que desconfiar. Pretende una más concreta, una expresión clara como su piel desnuda. Y dicha lo más rápido posible. Siempre pasa lo mismo —piensa—, deberé terminar sacándole las palabras con tirabuzón.
   Su madre habla con rodeos. Paula se contiene, calla sus interrogantes, se arma de paciencia. Se va enterando de a poco de algunos detalles menores y, mientras la escucha, repasa las vivencias de su niñez en esta casa, sus pensamientos acumulan escenas con la delicadeza de la memoria en el umbral de su intimidad.
   Tiene dos hermanas: Ana es la mayor y Romina la menor. Las tres viven en lugares diferentes, en el primer cordón del conurbano. Llevan una vida ajustada, como pueden. Romina cuida personas en un geriátrico, Ana es depiladora, Paula limpia casas. Cambian de trabajo si los viejos fallecen, el salón de belleza cierra, o los matrimonios se divorcian. Ninguna tiene un sueldo fijo. 
   Antes de ayer fue a visitar a Romina al hospital y estaba bien, sonriente. Ahora quiere saber qué dijo Ana. Todavía su madre no se lo termina de aclarar. Da vueltas y vueltas. Sigue hablando y después de un rato muy largo, excesivamente largo, termina de contarle los detalles repetidos una y otra vez. Paula se pone más inquieta. Se produce un breve silencio y aprovecha el hueco. Insiste:
   —¿Y qué más?
   —El doctor dijo que la infección llegó al pulmón —dice y baja la cabeza.
   —¿Y entonces?
   —La pasaron a terapia intensiva.
   Esas palabras la asustan, la toman desprevenida. Son abruptas, violentas, y, sin embargo, se esfuerza en pensarlas como dos sonidos inofensivos, equivocados, tal vez se trate de una medida de prevención, su hermana siempre fue delicada de los bronquios. Se recompone, toma consciencia. Quiere saber más. 
   Romina está separada y tiene cuatro hijas. La situación le preocupa porque todavía son chicas. 
   —¿Y las nenas con quién están? —pregunta.
   —Con la vecina. Están bien.
   Mira hacia la pared. Se distrae. Ve una huella de hollín, un triángulo gris oscuro apuntando al techo con la base escondida detrás del horno. Hay un solo mueble. Tiene patas, cuatro estantes y puerta doble donde se encuentran los cacharros y el cajón de los cubiertos. De chica le parecía descomunal. Le pide a su madre otro mate. Ella se lo ceba y se lo alcanza. Paula está descuidada y se le resbala. Lo vuelca sin querer. Se levanta, trae el trapo rejilla. Seca la mancha verde esparcida sobre el mantel de hule de la mesa, limpia lo mejor posible, lo devuelve a su lugar y se sienta. Le da una chupada al mate hasta vaciarlo. Hace un ruido parecido a una queja. Luego lo apoya sobre la mesa y le dice:
   —Mami, escuchame. Yo estuve con ella y me dijo que no tenía nada serio.
   —No sé.
   —¿Cómo que no sabés?, si a vos te cuenta todo —exclama casi con bronca.
   —No sé nena.
   —Pero, ¿cuál fue la causa de la internación? A mí no me quiso contar nada.
   Termina de hablar y se abre un silencio entre las dos, más temible que la miseria. Su madre llora de nuevo. Algo le esconde, está segura porque le conoce esa actitud. Trata de calmarla un poco. Le pide otro mate más para darle un tiempo a la confidencia. No sabe por qué le cuesta tanto hablar de algo tan simple. Hasta parece guardar el pañuelo en el bolsillo a fin de demorar la respuesta. 
   No desea que su insistencia tenga la gravedad de un acoso, por eso Paula habla despacio. Romina siempre fue muy cerrada con ella, en cambio con su madre y con Ana no, a ellas siempre le cuenta todas sus cosas.
   En el hospital también le hizo la misma pregunta a su hermana y ella la esquivó, se quedó callada mirando la pantalla del televisor de la sala; estaba de buen ánimo, ya no tenía fiebre y esperaba el alta de un momento a otro. Paula percibió la falta de la respuesta como la evasiva habitual de su hermana ante una intromisión en su intimidad, por lo cual no insistió, dada la falta de intención de compartirla con ella.
   Tiene esa escena fresca en la memoria y se anima a ser más específica. Acerca la banqueta hacia su madre, acaricia el mate con las dos manos y en voz baja le dice:
   —¿Tiene que ver con el marido?
   —No, no, Enrique no volvió más.
   Se lo pregunta porque el tipo le pegaba. Discutían mucho. Gracias a Dios se separaron, sino las cosas iban a terminal mal.
   —Entonces ¿por qué Romina fue a parar al hospital?, mamá —insiste.
   Su madre se recompone, suspira. De repente parece dispuesta a relatarlo todo. Levanta la cabeza. Parece más firme, más decidida.
   —Estaba embarazada y decidió abortar. ¡Se lo sacó, nena! —exclama compungida, de un tirón.
   —Pero… ¿cómo?, ¿quién se lo sacó?, ¿dónde?
   Paula balbucea, se queda en blanco, enreda el extremo de la bufanda con los dedos. En realidad, tiene temor a seguir indagando. Su madre, en cambio, agrega una frase con un gesto de condescendencia, una expresión sombría le abarca todo el rostro.
   —Tenía miedo, nena, ¿sabés?, por eso fue a lo de doña Julia.
   Paula se lleva la mano al pecho, con los dedos temblorosos se acomoda la bufanda alrededor del cuello, como para abrigarse más. Le vienen a la memoria los peores recuerdos cuando escucha ese nombre. Su imaginación vuela. Sin embargo, se queda callada, espera, sujeta un desahogo acumulado en la garganta. Piensa. No parece estar frente a su madre, parece una extraña.
   Sigue escuchando a esa mujer a quién ve sufrir delante de ella, hablando con frases entrecortadas, con el poco aliento del cual dispone:
   —Estaba de diez semanas. Desesperada. Le preguntó a Ana por las pastillas y ella le averiguó. Es imposible comprarlas en la farmacia sin receta. Y también le dijo el precio y ahí Romina se dio cuenta de que no tenía esa plata. Después habló conmigo. Me dijo que ella no quería otro hijo y me pidió la dirección de doña Julia. Yo le propuse acompañarla, pero ella quiso ir sola. 
   —Mamá… ¿cómo sabés que doña Julia…?, ¿vos… alguna vez… te sacaste alguno? —dice Paula con un hilo de voz. 
   Tiene emociones encontradas. No quisiera escuchar la respuesta, pero le resulta imperioso conocer las razones, ahora necesita saber.
   —¡Ay, nena! ¿por qué me preguntás eso?
   —¡Quiero saber, mamá, contestame!
   —Bueno… ¡sí!… sí… fue muy difícil.
   —¿Y quién te acompañó? ¿papá fue con vos?
   —No… fui sola.
   Termina de hablar y suspira. Llora con más libertad, como si el hecho de compartir la verdad con su hija la hubiese liberado de un peso lóbrego sostenido sobre su espalda durante tantos años.
   Paula se siente una estúpida, tal vez sea impotencia o melancolía, no sabe. Quizás las revelaciones de esta tarde fueron demasiado para ella. Se levanta, se acerca a la silla en la cual está sentada su madre y la abraza. Y también llora con ella. Oprime el cuerpo amplio, le agrada porque emana un leve aroma a ternura y no desea perderlo en el olvido, por eso la aprieta más fuerte, cerrando los ojos. Pero es solo un momento. Pasa demasiado rápido, se disipa no bien mira alrededor y la sensación de pobreza la acongoja. Le duele y la asusta. Prueba un consuelo en un hilo de voz:
   —Mami… mami, no llores, Romina va a ponerse bien… lo otro ya pasó.
   No sabe en qué medida es cierta la última parte de la frase, no está segura. La intención de sus palabras es calmar su propia angustia y la de su madre. 
   Paula ahora se sorprende de las semejanzas con las vidas de sus hermanas porque las tres han pasado por este suceso clandestino, aciago, doloroso, infeliz. Cuando rozan el tema del aborto, lo esquivan, solo lo han hablado con su madre cada una por su lado. Fueron ellas quienes llevaron el embarazo en su cuerpo, quienes pasaron las noches de insomnio mirando el techo, quienes también debieron tomar la terrible decisión, en una inmensa desolación la cual no pudieron compartir. 
   Piensa en el sufrimiento de Romina con las piernas abiertas, sangrando, y a doña Julia escarbando dentro de su hermana. La cabeza le da vueltas, tiene la sensación de ser un útero endurecido que se eleva en el fondo del viento. Le viene un dibujo a la mente, un pensamiento, casi una escena: «Un tallo verde se corta y cae en un charco rojo que se expande». 
   Ahora comienza a entender un poco más. Se apura a interrogar a su madre:
   —¿Y qué dijo el médico cuando la recibió en el hospital?
   —Yo no estaba. Ana la acompañó con la ambulancia. El médico de guardia la trató muy mal. Desconfiaba. Le hizo preguntas como si en vez de un cirujano fuera un detective y la paciente una delincuente. El tipo quería saber si Romina se había hecho un aborto. Pero Ana tiene carácter y se lo negó rotundamente. Le dijo que averiguara menos y se ocupara de sacar a su hermana del mal trance. Las enfermeras tardaron en llevarla a hacerle los estudios, pero le dieron los medicamentos enseguida porque tenía fiebre y mucho dolor en el pecho. Ahora Ana está esperando el parte en terapia intensiva.
   Su madre casi no ha tomado aire y, le recomienda, le pide por favor, no vaya a contarle a sus hermanas que ella se lo dijo porque si se enteran se van a enojar mucho con ella. Paula la contempla, ya no quiere seguir escuchando, se siente cansada, abrumada, con una pesadez enorme y los brazos flojos.
   La conversación duró un siglo o así le parece. Todavía está desconcertada. Le vienen a la mente escenas dispersas producto de su imaginación, con gritos, agujas, sangre, dolor y vergüenza. Piensa en la amplia sonrisa de Romina la última vez que la vio. 
   Su madre se levanta despacio y corre la cortina de la ventana. Un filete de luz divide en dos el espacio y todo se ilumina disipando la melancolía de Paula. El resplandor la despabila y oye un sonido lejano al cual parece reconocer. Está aturdida y abrumada pero todavía con la lucidez suficiente para percibir que el sonido viene de la otra habitación, en medio del silencio de la casa. 
   Es su celular. No se dio cuenta, lo dejó dentro de la cartera. Corre, lo saca y atiende. Es Ana.
   —Soy Ana. 
   La voz de su hermana suena diferente, debe ser porque casi nunca la llama.
   —¿Dónde estás? —dice Paula, sin reprimir su ansiedad.
   —Romina se murió —dice Ana y se pone a llorar.
   —¿¡Cómo!? —exclama Paula con la voz ahogada—. ¡Repetímelo, Ana, ¡por favor! —le grita aferrándose al celular, apretando el aparato fuerte contra la oreja. 
   No lo puede creer, tiene la boca abierta, se alisa el cabello y no sabe qué decir. Se larga también a llorar, las dos lloran. Su madre está parada y la mira como si hubiera escuchado la frase nefasta que Ana acaba de pronunciar en el teléfono. 
   Paula está histérica:
   —¡No puede ser! ¡Decime por qué! ¡No puede ser!
   Ana, antes de cortar, con voz dubitativa, llega a elaborar un último párrafo confuso. Paula logra descifrar el titubeo de la frase y la interpreta, su hermana acaba de decir algo sobre “la desgracia de ser pobre”. 
   Ya no disimula la tristeza que se instala en sus labios mientras deja el celular. Es un aparato viejo con la pantalla rota. Cuando tenga un poco de plata voy a comprar uno más moderno, piensa. 
   Saca el pañuelo y se seca los ojos. Revuelve en la cartera y saca el espejo para retocarse las pestañas con el rímel de su prima. Como sigue llorando decide sacarse toda la pintura de los ojos y no se vuelve a pintar. Sin maquillaje y con semejante angustia se ve desencajada, con cara de loca. 
   Se mira los zapatos. Revisa si les sacó todo el barro. Se los va a poner para el velorio de Romina, aunque se haga aquí, en el barrio, en la vivienda de su madre, ubicada al costado de esta miserable calle de tierra. Aunque llueva, ya no le importa. 
   Se deja caer en una silla y completa el pensamiento que tuvo hace un rato: «Un tallo verde se corta y cae en un charco rojo que se expande en el firmamento cuando la muerte se hunde en el crepúsculo». 
   Es un pensamiento demasiado poético, tal vez sea un recuerdo del colegio primario, quizás unas líneas de algún poema leído en la clase de la señorita Matilde, la de tercer grado, tan cariñosa.
   Y no sabría decir por qué piensa en esa estúpida tontería, con todos los trámites de la funeraria por delante y con todo lo que debe hacer en su casa, antes de arreglarse un poco, para no dar más lástima de la necesaria, delante de la gente del barrio que vendrá a dar el pésame en el sepelio.



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24 comentarios:

  1. "La desgracia de ser pobre". Qué buena frase para describir la situación de tantas mujeres a las que nadie más que las doñas Julias les dan una solución, aunque les cueste la vida. Tu relato es tanto más impactante porque no juzga, se limita a exponer el dolor de la familia. He seguido un poco en la prensa los debates sobre el aborto que se están suscitando en Argentina y sé lo delicado que es el tema. Me gusta tu relato porque nos lo expones para que saquemos nuestras conclusiones. Sencillamente maravilloso, Ariel. Te felicito de corazón
    Un besazo

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    1. Algo se moviliza dentro de uno para que comience a escribir. Hay muchas Rominas que deciden abortar y alrededor de esta tragedia que muchas veces termina con la pérdida de la vida, sobre todo para las mujeres en situación de pobreza, se podrían contar miles de historias. En Argentina la ley de despenalización del aborto es un reclamo de las mujeres que mantiene casi dividida a la sociedad y el Parlamento no ha dado una solución: las mujeres siguen abortando. Esa es la realidad que quise mostrar, sin juzgar, como tú dices, y sin tomar partido, para que cada quién que lea el relato reflexione por sí mismo. Me ha encantado tu lectura, Ana, porque has resumido en tu comentario lo que quise expresar con este cuento de ficción basado en la cruda realidad. Fue muy difícil colocarme en la psicología de una mujer en esta situación, una aventura emocional que me costó mucho y me dio una medida de la tragedia que tienen que padecer las jóvenes y lo que han padecido las generaciones anteriores de mujeres mayores, aunque todavía muchas no se animen a contar sus experiencias. Muchas gracias, querida Ana, no sabes lo importante que es para mí todo lo que dices. Un beso enorme.
      Ariel

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  2. Has descrito muy bien el ambiente de precariedad de una familia que vive con lo justo, o más bien con lo injusto. Un mundo, además femenino, con los problemas asociados a la miseria y a esa condición por ser mujer: un embarazo no deseado, la falta de medios para resolver el trance y las consecuencias trágicas de todo ello.
    Enhorabuena.
    Un saludo.

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    1. Me ha costado mucho, Paloma, meterme en la piel de las protagonistas, el mundo femenino es tan rico y complejo que siento que no digo todo lo que quiero o que no acierto con el modo. Este relato comenzó siendo un borrador en primera persona de Romina y no lo podía abordar como yo quería hasta que puse a una narradora en tercera persona enfocada en la cabeza de Paula para alejarme un poco más de la escena. Es una especie de aporte para que tomemos consciencia de este drama que tienen solo las mujeres y que, aunque en otros países haya más avances, aquí en el nuestro no acertamos a dar las respuestas para que no haya más muertas que engrosen las estadísticas, fundamentalmente, de los sectores más humildes. Un abrazo, Paloma.
      Ariel

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  3. Un relato sórdido, al que no le has ahorrado detalles. El drama de vivir, en toda su magnitud, sin concesiones. Un "tempo" vertiginoso y lineal, en tiempo presente, que no otorga respiro al lector. Una historia narrada de manera meticulosa, donde no das rodeos y vas directo al núcleo de lo que sucede.
    Una vez más, de acuerdo a tus últimos trabajos, te has internado por los caminos del dolor. Y tu instrumento: el realismo. Felicitaciones Ariel. Me gustó mucho.

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    1. Por lo general me involucro mucho en lo que escribo poniendo en juego mis propios sentimientos e inquietudes. Aparecen en forma recurrente temas como el dolor o la muerte. Creo que forman parte de la capa más profunda de mi consciencia y salen a luz durante la trabajosa tarea de elaborar un texto. Entiendo que a muchos de nosotros nos sucede algo parecido.
      Este, tal como decís, es un texto realista, no he querido introducir ningún giro fantástico al que soy tan propenso, me pareció que debía contar con crudeza esta tragedia termina con la vida de las mujeres que abortan, como Romina. Me alegra tu comentario, Néstor, muchas gracias, me alegra que te haya gustado.
      Ariel

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  4. "La desgracia de ser pobre". Un pensamiento que resune el drama que relata tu historia. Tan real como dolorosa. Cómo opinó Ana, que también comenzó su comentario con esa frase, desarrollás el tema sin juzgarlo, sólo presentándolo en toda su crudeza, dejando en el lector un sentimiento de impotencia y amargura tan hondo, que no se entiende cómo algunos se resisten a legislar para que no haya mas Rominas que tengan que morir sólo por ser pobres. ¡FELICITACIONES! ¡CUENTAZO! Permiso para compartirlo.

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    1. Así es, Osvaldo, como se trata de un tema delicado preferí no tomar partido sino, en un texto de ficción, mostrar la tragedia de las muchas Rominas que se siguen sumando a la lista. El Parlamento tuvo la oportunidad pero no hizo lo que debía: dar una solución para que se eviten esas muertes. Esta tragedia la padecen exclusivamente las mujeres y en especial las más pobres, lo cual habla muy mal de nuestra sociedad, hay que decirlo. Me alegra muchísimo tu comentario sobre el relato y, por supuesto, es una alegría para mí que lo compartas.
      Ariel

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  5. Cuantas situaciones dolorosas pasan los más pobres. Invisibles para los que económicamente pueden solucionarlo de otra manera. Y cómo vos decís Ariel el Congreso se perdió la oportunidad de mitigar estas situaciones por religiosos, insensibles o....que se yo.
    Excelente relato. Te felicito!!!!

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    1. La tragedia de la muerte recae sobre las mujeres y, en especial, sobre las más pobres. El paso por el Congreso no arrojó ningún aporte y este terrible problema sigue existiendo. En esta historia he intentado mostrar la cruda realidad del drama de Romina porque es algo que me duele profundamente. Muchas gracias por tu comentario, Susana, y por el elogio que le hacés al relato.
      Ariel

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  6. Me conmovió profundamente, Ariel. Lo trataste con la dignidad que merece, sin vueltas, pero, al mismo tiempo, con sentimiento. Las mujeres más desamparadas, las que sobreviven como pueden, son las que tienen que recurrir a esas prácticas abominables y clandestinas, sin contención ni las mínimas normas de higiene.
    Un relato devastador que refleja un problema que nadie se anima a enfrentar de una buena vez.
    Excelente, compañero de letras.
    Un gran abrazo.

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    1. La mujer expuesta ante esta situación fue el hecho que me condujo al relato. Traté de imaginar su drama hasta donde pude, generar una ficción, pero lo más cercana a la realidad. Las mujeres en situaciones de pobreza son las que necesitan soluciones, si no seguirán engrosando las fatales estadísticas. Muchas gracias por tu elogio, Mirella, compañera de letras. Un abrazo.
      Ariel

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  7. Creo Ariel que reconocería un texto tuyo entre mil, créeme. Nos has sumergido en la invisibilidad y el silencio de pobreza para esta sociedad que hace oídos sordos a los problemas de la gente,... y allí donde el eslabón de la cadena es más débil, es por donde el mundo comienza a hacerse añicos. Y lo más graves es que pensamos que en la relativa comodidad en la que vivimos, jamás nos alcanzará,... ¡qué ilusos somos!. Fantástico relato, mis más sinceras felicitaciones!

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    1. En ocasiones me pregunto acerca de las causas de la rigidez de las estructuras sociales que permite que sea tan enorme la desigualdad entre las personas dado que lo que hay, para todos alcanzaría y aún sobraría. Creo que la igualdad de oportunidades resolvería algunas cosas, habría menos Rominas que llorar por lo pronto. Me alegra que te haya gustado el relato, Norte, no fue fácil transitar por los sentimientos de estos personajes en circunstancias tan aciagas. Muchas gracias por tus elogios!
      Ariel

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  8. Un relato durísimo que va más allá de la ficción, que sin juicios, como dice Ana, muestra una realidad tremenda y deja al lector las conclusiones. Magnífico.

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    1. Muchas gracias, Marta, me alegra que te haya gustado, aunque el tema por cierto es durísimo, una realidad trágica para la mujer, sobre todo si es pobre.

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  9. Has hecho un retrato sin concesiones de la pobreza y del dolor.Parece que lo estés contando en tiempo real, nos haces ver los detalles, todos los detalles, las paupérrimas circunstancias, la evidente escasez, las preocupaciones que hacemos nuestras mientras leemos el relato.
    Bien tratada la parsimonia de las personas mayores enfrentándola a la impaciencia de la hija, (esa madre que se tarda en contar lo que le ocurre realmente a Romina, que hay que sacarle la información a cuenta gotas y el narrador en la piel de Paula aprovecha no solo para describir el cuarto en que se encuentran, la pared con huellas de jolín, el triángulo gris oscuro que apunta al techo, la mancha verde del mantel… sino los recuerdos que provoca, retardando más aún la información del hospital)
    Esos pensamientos entrometidos, quizás como un salvavidas, mientras recibe la noticia de la muerte de Romina.
    Dolor y pobreza sin concesiones Ariel.
    Duele leerte compañero.

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    1. Tu condición de mujer, escritora y lectora incrementa el valioso análisis que me dejas, el cual te agradezco mucho, no te imaginas la cantidad de dudas y de inseguridades que han surgido durante la ejecución de este relato. En pocas ocasiones he trabajado con una narradora, por lo general el narrador de mis textos suele ser masculino. Lo que apuntas en tu segundo párrafo acerca de la tardanza de la madre me halaga muchísimo porque es una sutileza en la que me he esmerado y tú lo adviertes, no se te escapa, me lo dices. Y esto afirma lo que te digo de lo valioso de tus comentarios porque arrojan una mirada de suma importancia. Las facetas de tu punto de vista tienen tanta riqueza para mí que quedan incorporadas, de un modo sorprendente, a la hora de trabajar en nuevos escritos.
      Es un tema crudo, Isabel. En ocasiones pienso que debería tratar de escribir sobre algo más agradable, y hago el intento, pero es evidente que luego me inclino, inevitablemente, a tocar estos temas que me duelen.
      De veras espero que los próximos sean más gratos. Un abrazo, compañera.
      Ariel

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    2. Pues sigue tu intuición de escribir amigo Ariel... sin más. No es cuestión de ser más o menos gratos, hay escritos ingratos, dolorosos, desagradables incluso, con una gran carga de calidad literaria.
      Sobre la tardanza ay los rodeos en contar cosas de las personas mayores... me he inspirado en mi señora madre, la del cuento no, la real.

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    3. Lo pienso y parece indudable, Isabel, podemos inventar e imaginar los sucesos más insólitos, pero aún así todo saldrá de nuestra propia cabeza y será escrito con el color de la única tinta que poseemos: nuestros propios sentimientos.

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  10. Hola Ariel, un relato conmovedor donde se conjugan la pobreza y la falta de información consecuencia de la misma precariedad en la que vive la joven. También son culpables las decisiones de los que deben administrar y velar por el bienestar de las personas. Tu relato es una denuncia de la ley del aborto que no se aprobó, de este modo si estuviera reglamentado como debería ser, tal vez se evitarían que muchas vidas como la de Romina se perdieran inútilmente. Un abrazo Ariel.

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    1. Hola, Miry. Para que no haya más Rominas creo que tenemos mucho por hacer con el fin de merecer llamarnos una sociedad organizada, solidaria y que busque el bien de las personas, como tú dices. Una de estas oportunidades ha sido desaprovechada por el sistema legislativo, sin duda. Los hombres debemos apoyar a las mujeres en la solución de este flagelo del que somos parte, pero en el cual la muerte, por desgracia, solo se las lleva a ellas. Gracias, Mirta, por leer y comentar. Un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  11. Me ha gustado leerte, que tengas buen fin de semana

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    1. Muchas gracias, Trini. Que pases un buen fin de semana. Un saludo desde Buenos Aires hasta Almeria.
      Ariel

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