miércoles, 22 de agosto de 2018

Desierto de fuego


   Soy un monstruo invisible de dos cabezas. 
   Con una de ellas me extiendo por la estepa desértica como una víbora. Repto sin dejar huella, subiendo por las dunas del color de la miel. Bajo desde el silencio de las alturas áridas, con mi rostro oculto en la brisa, mientras recorro sereno la sabana interminable. Despliego mi aliento de fuego en las llanuras inmensas bañadas por el océano Índico. Canto con la voz de la sequía en el silbido del aire y derramo sobre el suelo la calamidad disimulada en mis alforjas transparentes. 
   Despejo las nubes para dejar el cielo límpido por encima de los cauces de polvo rojo, sin agua, donde no pueden saciar su sed los clanes nómadas ni sus camellos famélicos. A mi paso dejo los pastos amarillos, secos, moribundos. Quito las hojas de los escasos árboles raquíticos. Traigo hambre y sed, vengo a sacrificar a los inocentes, a valientes y cobardes, a los ancianos de piel oscura y turbantes blancos. Coloco aquí mi volumen árido para convertir el espacio en una soledad de restos fósiles.
   Hago esto y otras cosas horribles en África. 
   Mi otra cabeza tiene la mueca de la guerra. 
   Mi presencia se manifiesta sin sustancia, viene a alborotar el cerebro de los hombres. En estos territorios soy capaz de todo. Y aunque no tengo un sitio preferido, llevo décadas sembrando el odio en las ciudades. Este sentimiento es una peste que aprieta las yemas de los dedos contra los gatillos, arroja granadas, aplasta el suelo con las tabletas de metal de los elefantes grises, en compañía de la muerte, tomado de las alas de los buitres que rondan sobre las fosas de los cementerios.
   Me dejo seducir por el ardor de las batallas donde agito el terror. Impulso la avaricia de los traficantes. A veces traigo soldados a caminar en el polvo bajo el agobio del sol. En otras ocasiones excito el orgullo de los jóvenes y enlazo largas cremalleras de municiones colgadas de sus espaldas flacas. Siembro confusión, también permito campos de refugiados con carpas sanitarias, algodones y agujas con los sueros de la esperanza.
   Además, me empecino en pintar el aire de la noche con los puntos luminosos de los disparos furtivos. Me deslizo con la levedad de mi esencia dentro de los agujeros perforados por los proyectiles, en los muros de las casas o en las fachadas de los edificios. Oprimo las gargantas de las mujeres hasta conseguir los gritos de dolor, al verlas indagar en los escombros de la locura desatada en los incendios. 
   Merodeo como un sabueso de día y de noche, al rayo de sol y a la luz de la luna, alzo barricadas militares con hierros retorcidos. Me ocupo de la historia porque es menester contar con el olvido de estas guerras. No debe haber cuerpos despedazados en las páginas de los libros, ni llanto de huérfanos, ni madres buscando a sus hijos perdidos. Para ello dedico mis horas a borrar con esmero las huellas de las catástrofes, paso mi mano de tiempo sobre el polvo y la arena de las ruinas, a modo de caricia modelo geometrías planas o curvas sin aristas, con suaves bordes redondeados y elimino así los vestigios de la violencia insensata que promulgo.
   Cuando mi espíritu se relaja o se aburre con el tedio de alguna tregua de paz, empujo muros y provoco derrumbes en medio de ciénagas de humo, porque amo en demasía el aroma del desastre y la devastación. Un día la sangre roja cubrirá la piel negra de este mapa arrugado, en el cual abrí las puertas del infierno, a las huestes de otros pueblos. 
   Mi alma bicéfala es la alegoría de la muerte, por eso me nutro del crimen, de los fusilados con sus brazos rotos y las ropas destrozadas. Nada satisface mi terrible voracidad por ver los cuerpos lacerados en los combates. Me nutro de las barrigas hinchadas por el hambre, las lágrimas, los pechos estériles de las mujeres en agonía, dando de mamar la última gota de la amargura de la hiel. 
   Acumulo con esmero los cartuchos de vainas doradas. Ajusto las hebillas de los cinturones de cuero, entrego los fusiles y también instalo el miedo. Hago retumbar el espanto en los oídos, esa es la melodía que prefiero para ensanchar mi ambición, inflada por la vanidad, como una vela desplegada por la soberbia. Embriago las mentes de los hombres con la fiebre de la locura y deposito en los labios sus propias palabras de angustia mordidas por la sed, porque conozco sus dialectos, su lenguaje y su religión.
   Detesto los cementerios, me encanta observar las fosas a cielo abierto con cuerpos recalcados en formas inconcebibles. Quiero manos encrespadas por la desesperación de la huida imposible, cuencas vacías y músculos desgarrados, vestigios, resabios, pies descalzos, estómagos secos y pulmones manchados de pólvora. Me hace bien tanto dolor.
   Y nunca quedo conforme. No entiendo la lástima, no me conmueve el ruego ni la compasión. No poseo esos sentimientos débiles. Escucho con avidez como vibra el suelo con las detonaciones y observo extasiado las llamas de los fuegos nocturnos al tomar altura. Mi suprema recompensa es ver el terror en los ojos abiertos de los niños asustados. Soy cruel.
   Mi estadía aquí lleva décadas y no encuentro sosiego porque el material de mi alma es el mal, y mi fastidio por la ternura es interminable. No sé de qué se trata la culpa, solo conozco la voluntad de destruir este extremo del oriente africano, mi tarea es interminable, no tengo nada ante lo cual postrarme de rodillas apoyando la frente sobre el piso.
   Hincaré la mueca de la pena. Los colores de la muerte quedarán grabados en el último gesto de los rostros de estos hombres. 
   Mi paz será el silencio final, cuando ninguna garganta cante en el desierto ni en las ciudades en ruinas, cuando no quede nadie con la mirada orientada al cielo, observando con ojos ansiosos a los astros, en busca de una respuesta sensata.



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domingo, 5 de agosto de 2018

Baboo


   Aquí, cerca de Dolo Ado, en el Cuerno de África, el calor es una mortaja que recibe a los que huyen de la guerra interminable. Un grupo de chozas han sido improvisadas en medio del desierto. Hay algunos árboles raquíticos y dispersos esqueletos de cabras, tumbados, que alzan sus cuernos verticales. La falta de agua ha dejado costillares pelados y ausencia de vísceras entre los huesos. 
   Baboo viene de la montaña de basura. Aparece por detrás de las cañas amarillas de la última cabaña de la aldea. Es un niño de cinco años. A cada paso bambolea el globo infame de su vientre, en su ansiedad por alcanzar la tienda del Centro de Salud.
   La arena dorada le quema los pies y se apura. El sol, que se está derrumbando en franjas rojas sobre occidente, le muerde la piel negra de su cuerpo desnudo, hasta que abre la lona de la carpa blanca y entra. Suspira con alivio. No espanta las moscas verdes que caminan por su cara. 
   Cuando ve a la enfermera, se acuesta rápido en el colchón, no quiere que ella se dé cuenta de que ha llegado tarde. Desea portarse bien porque esta mujer es la única que lo acompaña a ver el cielo. 
   Sophie se acerca, envuelve con una cinta graduada el brazo flaco del niño y anota un número en una planilla. Luego le acaricia la mejilla, le dice que se duerma y se va.
   El chico está cansado, sus ojos se cierran en seguida. Son pocos los quejidos de los enfermos, los leves susurros sortean los silencios de la carpa sanitaria. Su cuerpo ya es una bola de carbón inmóvil sobre la sábana arrugada. En sus cuencas aloja las dos esferas de marfil en las cuales transita la inocencia de su sueño. 
   Pasan algunas horas, y aunque aún es de noche, sus párpados delgados comienzan a palpitar y se abren completamente: está despierto. Entonces se levanta; va hacia la guardia y sacude el hombro de Sophie para que lo siga. La lleva de la mano y juntos salen de la tienda buscando la piel del cielo colgada sobre la estepa infinita. 
   Se alejan de la aldea. Él se siente un conquistador de estrellas. 
   Ella no dice nada, aunque sonríe ante la obsesión del chico por descubrir astros fugaces en estas noches de serena claridad y lo sigue en su juego. La luna es una moneda de plata sobre el lago añil en el cual titilan los diminutos diamantes fríos. Mira el rostro absorto del pequeño ante el prodigio de la bóveda celeste; Sophie guarda un secreto: la madre del niño le ha confesado que regresará a su pueblo sin Baboo porque está desnutrido y no soportaría el viaje. En el llano árido la sequía es inclemente, la hambruna mata, y la pólvora asusta con el olor del miedo.
   El niño está parado, con las pupilas fijas en el disco de nieve colgado por encima de su cabeza. El firmamento parece más alto y profundo que nunca. Alza su brazo, apunta con su índice hacia la estela que rasga el fondo azul del universo y muestra su brillante dentadura.
   Sophie sonríe con él y luego se pone seria. 
   —Baboo, quiero decirte algo.
   El pequeño niega dos veces con la cabeza y baja la mirada porque intuye algo malo. No le gusta el tono grave de Sophie. Ella le levanta el mentón con el dedo. Los labios le tiemblan un poco, habla con cierta zozobra, pero se nota el empeño que pone tratando de que no se le corte la voz. Le dice:
   —Mañana regreso a mi país. 
   Baboo desea que sea mentira lo que dice Sophie. No quiere pensar en las palabras de la joven que, ahora de rodillas, envuelve su cabeza con suavidad y le besa la frente. 
   Y ella se demora, lo abraza fuerte..., fuerte.
   Después regresa sola a la tienda.
   Baboo suspira y continúa su tranquila contemplación del oasis nocturno. Lo llena de felicidad mirar las estelas de polvo cósmico que surcan el espacio. Se siente cerca de ellas; es un corazón puro que anhela el vacío del cosmos que está lejos, muy lejos de esta tierra hostil.
   Toma una rama seca y dibuja un círculo tembloroso en el suelo. 
   Lo ve imperfecto. 
   Luego traza una raya recta más abajo, como si fuese un horizonte largo y al mismo tiempo una separación entre dos mundos.
   Piensa en su madre y luego en Sophie. Dos congojas lo tironean. No puede evitar que una gota cristalina se derrame desde su mejilla y caiga sobre su panza. 
   Y otra más…, y otra…, y otra.



Este cuento pertenece a la antología "Cuentos obstinados" / Alicia Danesino, compilado por Marita Rodríguez-Cazaux. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Dunken, 2018. ISBN 978-987-763-583-6
1. Cuentos. I. Danesino, Alicia. Rodríguez-Cazaux, Marita, comp. IIIVega, Sabrina Mariel, coord. CDD A863