sábado, 19 de mayo de 2018

Después del fuego


Mayo 2015
I

   Goyo Zapata, el Paralítico, llegó al consultorio temprano y tuvo que esperar su turno. Cuando estuvo dentro del despacho del psiquiatra, las palabras salieron de inmediato.
   —Sigo viendo los bichos, doctor, me van a volver loco.
   La alfombra verde del recinto estaba visiblemente gastada. El escritorio era antiguo, robusto y de buena madera. Las paredes estaban cubiertas de libros en estantes que llegaban hasta el techo. Había ejemplares apilados en el piso, como si, luego de una mudanza reciente, no hubiera habido tiempo de acomodarlos. 
   Había en el ambiente, un aspecto general de desorden.
   —¿Los ve todo el tiempo? —interrogó Lucas, arrellanado en el asiento amplio, luego de despedir una amplia bocanada de humo. 
   El Paralitico oyó la voz cavernosa, perturbando la burbuja de delirio que le envolvía el cerebro. A pesar de eso, la contestación salió rápida y segura de sus labios.
   —Por supuesto.
   Y agregó de inmediato, con ansiedad:
   —Estoy desesperado… ¿No lo nota?
   El médico era un hombre alto. Estaba ataviado con el mismo guardapolvo blanco que usaba en el manicomio. Tenía el cabello gris desmelenado, como un marinero en medio de una tempestad. Tal vez por la posición de su mentón erguido, su frente se mantenía despejada por encima de sus ojos grandes, celestes y saltones. Con los brazos abiertos, despejando su abdomen prominente, parecía un rey observando a un vasallo, dispuesto a creerle todo. 
   En principio evitó responder, y en cambio, preguntó.
   —¿Las pastillas no le hacen efecto?
   —¿A qué efecto se refiere? —inquirió Goyo con un dejo de irritación que no pudo contener.
   —A una disminución de la veracidad de la imagen —enunció Lucas, después de dejar la pipa, acercando ambas palmas de sus manos, pero sin hacer contacto entre ellas. 
   El ademán aludía a la reducción de los síntomas. El Paralítico comprendió y su cara se tornó más sombría aún. 
   El médico observó con atención el semblante de su paciente. Seguramente trataba de cotejar la concordancia de la expresión con el agravamiento del trastorno postraumático que padecía. Se quedó pensando mientras miraba al techo con las manos enlazadas sobre la nuca. Después de un rato soltó un suspiro, como si hubiera resuelto un dilema complicado. Entonces se levantó del sillón: era la señal inequívoca, la sesión había terminado. Abrió el cajón de su escritorio y sacó el talonario. Escribió de pie, inclinando el cuerpo sobre la amplia superficie del mueble. 
   Arrancó la receta y se la extendió a Goyo. Le aconsejó volver dentro de quince días o que lo llamara si el problema se agudizaba; el Paralítico entendió la acotación final como una disculpa: de haber tenido “muestras gratis” del laboratorio, Lucas se las habría provisto en ese momento.
   El médico lo había tratado por primera vez en el “Centro de Veteranos de Malvinas” hacía once años. Conocía todos los vericuetos y las estrecheces de su vida. Lo había sacado de varias crisis severas. Incluso le había pasado el número de su celular por si lo complicaba algún episodio. Sabía que vivía solo y sin la posible asistencia de parientes cercanos. Él lo atendía gratis también en su consultorio particular. El Paralítico, siempre tuvo la intención de reconocer esa ayuda de un modo tangible, pero su situación económica solo le permitía decirle gracias. Goyo se sentía en deuda con él, y el médico lo debe haber intuido, porque un día le dijo: «Acepte esta humilde ayuda porque no es nada comparado con lo que usted ha dado por la patria». Ambos se respetaban mucho, tenían una relación cercana, pero nunca habían llegado a tutease. 
   Lo acompañó hasta la puerta y levantando el índice, adicionó una prescripción más: «La primera dosis, tómela doble».
   El Paralítico veía hormigas a su alrededor, pero la urgencia le ganaba a la tortura de las visiones. Se apuró. Lo apremiaba encontrar abierta la farmacia donde conseguía los medicamentos gratuitos. Además del aprecio, el respeto y el agradecimiento por todo lo que hacía por él, confiaba plenamente en la pericia de Lucas. Hizo más fuerza con los brazos sobre los aros de la silla de ruedas. Quería llegar rápido a la droguería.

II

   Durante la guerra de Malvinas, Goyo sobrevivió al hambre robando gallinas de los corrales isleños. Su regimiento estaba acorralado y sin víveres. A él le habían encomendado rastrear los alrededores en busca de comida. Las imágenes de la noche del ataque final, quedaron apretadas en un borde de su memoria. Se acuerda del estruendo y el esplendor del fuego, sonido y luz. Luego viene un vacío. Y a partir del otro borde de la brecha abierta en su mente, la cama blanca del hospital. Una bala alojada en la cabeza le destrozó un ojo y la explosión le borró los extremos de las dos piernas.
   También otros recuerdos de la tragedia lo atormentan: el silbido previo a la caída de las bombas, los estallidos y el olor a pólvora en el suspiro asmático del aire de las islas. 
   Las pastillas aminoran el efecto de sus pesadillas y las visiones diurnas, pero tiene sus altibajos. Cuando empeora, el psiquiatra le cambia los medicamentos. En el cuerpo y en el alma se le alivian las huellas de los estragos del combate. Pero a veces no alcanzan a aplacar la furia horrenda de los gritos, cuando todavía está dormido, en la oscuridad del cuarto, en medio de la impaciencia por despertar. 
   En los sueños se hunde chapoteando en el barro, bajo la lluvia, aterido de frío entre el viento y la escarcha raspando con las uñas las colinas desiertas. Revive el bramido de los gritos en las gargantas de los compañeros, el color escarlata de la sangre, el olor del lodo pútrido que le cubría el uniforme. Recuerda el sonido del percutor en los fusiles sin balas, el espanto de las explosiones, la necesidad imperiosa de buscar un agujero donde esconderse. 
   La guerra se le quedó adherida como una piel perpetua.
   Durante el primer año, una vez concluido el conflicto armado, cuando estaba solo, pensaba: «¿Quién sabe lo que es la guerra cuando no estuvo en un infierno así? Eso no se puede contar, se vive. Y después, se quiere olvidar y no hay caso, no se puede. ¿Cómo se puede borrar el espanto de la cabeza? ¿Algún día podré disfrutar de un sueño dulce? Aunque sea una sola noche, una sola. No, la guerra es algo aferrado con cien ganchos de acero a la espalda y pesa una enormidad. Y nunca cesa el ruido, el tableteo, el zapateo de los cañones antiaéreos, el fuego, tanto fuego, demasiado fuego. El que pasó por aquel lodazal, por el barro y el frío, no olvida jamás ese calvario».
   Todo sucedió hace treinta y tres años.
   A veces, muy de vez en cuando, le burbujean en la cabeza pequeñas improntas de esos días interminables de miedo, angustia y llanto. 
   Lo que recuerda con frecuencia es la tristeza y el dolor del retorno. La sonrisa y los ojos esquivos de su novia. La decepción: ella no había esperado el regreso de un novio tullido y pronto lo cambió por otro. No quería la mitad de un hombre, ni la mitad de un cuerpo. Y él, medio cuerpo de la cintura hacia arriba, no alcanzaba a ser un hombre entero. 
   Después no tuvo relación con ninguna mujer. 
   Hay muchas cosas que han desaparecido en su vida. Ya conoce el aspecto de la fatalidad en la cercanía del horizonte de su existencia.

III

   El ciego Petrus, alias el Topo, se detuvo en la esquina de Junín. El sonoro tac-tac del golpeteo del extremo metálico del bastón blanco cesó en el cordón amarillo. 
   Goyo, al verlo a media cuadra de distancia, por la misma vereda, detuvo su marcha. Si continuaba andando se iba a enfrentar con él, pero como no tiene ganas de charlar, ha decidido evitar el encuentro, dar media vuelta, retroceder y rodear la manzana. Lo conoce hace tiempo y sabe que es un tipo de trato áspero. Cuando habla, segrega un hilo del rencor acumulado por circunstancias difíciles de su vida, se le enreda en el lenguaje, y hoy, el Paralítico, no está de humor, no tiene ganas de hablar. Por eso cambió la ruta.
   Hizo rodar la silla y llegó por la parte de atrás a Plaza Houssey, al costado de la Parroquia. Se detuvo, dio un giro accionando los aros cromados de las ruedas y quedó de cara a la calle, mirando distraído el paso de los transeúntes. Un rato más tarde el repiqueteo del bastón se había hundido en el ruido del tránsito que circulaba por los carriles congestionados de la avenida Córdoba: seguramente se dirigía hacia el Bajo y había desaparecido de su vista. 
   Se acercaba el crepúsculo en Buenos Aires. El verano agonizaba, pero aún sofocaba en la calurosa tarde de marzo.
   Se pasó una mano por la barba negra, rala, sobre la pálida cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha. Un parche negro le tapaba el ojo malo engarzado en la piel cetrina del rostro. El cielo, a su espalda, se recortaba con tonos dorados tras las torres de los edificios.
   Las puntas de la cabellera gris asomaban por debajo del sombrero negro de alas vencidas. Tenía puesta una camiseta verde que dejaba al descubierto los músculos fuertes de los antebrazos. Se había arremangado las botamangas del pantalón casi hasta las rodillas dejando expuestas las extremidades inferiores: dos tubos cromados que terminaban en un par de zapatillas marrones.
   Hincó los codos en los apoyabrazos. Se quedó quieto, serio, con la silla detenida. La nariz ganchuda le daba un aspecto de ave de rapiña esperando a la presa.
   Tiró un puñado de migas de pan a su alrededor y esperó. Pasó menos de un minuto, las palomas bajaron de los árboles en una danza apresurada y se pusieron a picotear como si estuvieran solas. Las miró y pensó que no le darían mucho trabajo. 
   Tomó la gomera, apuntó con el ojo bueno y soltó el cuero que sostenía la piedra. El impacto fue certero, un sonido sordo se alojó en la cabeza de la paloma, como si el ave estuviera rellena de trapos. Todo sucedió muy rápido, el pájaro ni siquiera pudo intentar un despegue, una huida. El cuerpo blando se desplomó sin vida.
   El Paralítico se acercó, inclinó el torso, extendió el brazo hacia abajo y alzó el cuerpo tibio tomándolo del ala. Abrió la boca de la bolsa de arpillera que tenía colgada de la silla y tiró el trofeo de caza en el fondo, sin mirar. Repitió la maniobra algunas veces más hasta que se dio por satisfecho. La bolsa estaba por la mitad, era una buena cacería. El sol ya no iluminaba la plaza Houssey y decidió dar por terminado el día.

IV

   Llegó a su casa de noche. Desparramó los pájaros muertos sobre la mesa. Con la tijera larga cortó las plumas, en forma bastante desprolija, y las tiró en el tacho de basura de la cocina. Les quitó las partes inservibles y puso a hervir lo que quedó de los cuerpos pelados en la cacerola. A la media hora estaban en la mesa. Desprendió con la mano los huesos, mezcló la carne con la polenta que tenía preparada y se puso a comer.  
   Juntó los restos y los tiró en el patio trasero de la casa. Los gatos eran minuciosos y tenían paciencia en raspar lo que quedaba. 
   Decidió bañarse. 
   Le demandaba mucho tiempo hacer esa tarea, pero lo necesitaba. Hoy había sido un día largo, y para colmo venía durmiendo mal porque no había tomado las pastillas. En la casa debería haber una caja llena, estaba seguro, pero hacía tres días que la buscaba y no la encontraba por ninguna parte. 
   Por eso, hoy a la tarde había empezado a sufrir los síntomas, veía cosas raras. Mañana, sin falta, pasaría de nuevo por lo de Lucas, a pedirle otra receta. No le gustaba pedir más favores de los que ya le hacía el psiquiatra, pero no tenía otra salida. 
   Se fue a acostar después del baño, pero le costó conciliar el sueño. Antes de dormirse escuchó el siseo entre la hierba, a través de la ventana de su dormitorio que daba al fondo de la vivienda. Eran las ratas comiendo los restos de comida.

V

   A la mañana siguiente, se despertó asustado, había tenido un sueño espantoso. Los resabios delirantes giraban como ruleros en la memoria. Lo acosaban. El mejor modo de expulsarlos de su cabeza, cuando sufría la falta de las drogas que le aportaban los remedios, era escribir, colocar una hoja en blanco delante suyo, estampar en ella las letras adecuadas y liberar sus fantasmas. 
   Se vistió rápidamente. Hizo todas las maniobras necesarias. Se bajó de la cama y se sentó en la silla de ruedas. 
   Salió de la pieza y se acercó a la mesa del living. En uno de sus extremos estaba la máquina de escribir. Se puso a golpear el teclado sin levantar la vista durante dos horas seguidas. Estaba ansioso, quería terminar cuanto antes porque la idea se le escapaba de los dedos.
   Al mediodía terminó de redondear el borrador del cuento. Se había agotado en esa tarea, el trabajo lo había puesto más tenso. Le costaba mucho trabajo volcar las ideas al papel. Se dio cuenta de que tenía puesto el sombrero y se lo quitó. Lo dejó sobre la mesa. La angustia le comía la cabeza, no se podía librar de la pesadilla. Se pasó los dedos por los cabellos. 
   Vio perfectamente a la hormiga gigante a contraluz sobre la ventana. 
   Era un bicho carnívoro de medio metro de largo sin contar las extremidades, negro como un tronco con las ramas quemadas. Movía las antenas, estaba en el rincón, al lado del sofá. Ahí se había quedado quieta, con el abdomen con forma de pelota de rugby descansando en el piso y las seis patas recogidas. 
   Goyo buscó la caja de fósforos revolviendo nervioso en el cajón de la mesa. Quería tener un instrumento de defensa por si el bicho lo quería atacar. Miraba de reojo la cabeza triangular y los ojos facetados del insecto. Encendió con cuidado un bollo de papeles arrugados y los colocó dentro de la salamandra que estaba en el medio de la habitación. Luego introdujo el extremo de un tronco delgado. Aguardó a que se encendiera la punta. Ni bien empezó a crepitar, escuchó los golpes inconfundibles en la puerta de entrada de la vivienda.
   Era el ciego.
   —¡Pasá! —gritó sin darse vuelta. No lo esperaba. Parecía mentira, pero siempre llegaba en los peores momentos, parecía olfatear la desgracia ajena. Ni siquiera se movió de la silla, la puerta de la casa siempre estaba abierta. No tenía que ir a abrir. 
   Escuchó el extremo metálico del bastón tanteando las baldosas del pasillo. Luego lo vio pasar delante de él rozando el sofá y observó con atención cuando se sentó, alejado del extremo donde estaba la hormiga. 
   —Estabas escribiendo —aseveró con ironía, en vez de preguntar.
   —¿Y vos cómo sabés?
   —Hace un rato que estoy afuera escuchando cómo le das a las teclas.
   —Ah… ¡mirá vos! —dijo Goyo alzando las cejas como si el otro pudiese verlo— ¿Así que ahora te dedicás a espiarme?
   —¡No te pongas dramático, che! —exclamó, tratando de que el diálogo no se pusiera ríspido—. Solo esperé un poco. No quería interrumpirte.
   —¿Encima te tengo que agradecer la paciencia?
   —Eso no, pero la compañía sí…, me parece.
   —Sí, tenés razón, disculpame.
   —Si te molesto me voy —acotó el Topo, con cierto dejo de desafío.
   —No, quedate. Ya terminé por hoy.
   —Te noto la voz temblorosa, ¿te sentís bien?
   —Tuve pesadillas, pasé mala noche.
   Goyo afirmó la voz, tratando de no prolongar la intromisión del otro en los detalles de su vida, pero su intento fue en vano.
   —Hace varias noches que te pasa lo mismo, ¿no?
   —Más o menos.
   —¿Fuiste a verlo a Lucas?
   —Todavía no.
   Y le dijo la verdad porque recién tenía turno a fin de la semana próxima. 
   Pero el ciego, justamente por su condición, probablemente accedía con facilidad a la percepción de los pequeños detalles, a los aromas y olores, a las mínimas variaciones de las inflexiones de la voz, y todo eso junto, quizás le daba más conocimiento del ánimo de Goyo, que si contara con el uso pleno del sentido de la visión.
   El Paralítico separó un poco la silla del borde de la mesa. Con la mano sacó de un tirón hacia arriba la hoja de papel en cual había escrito y la puso sobre la pila de libros. El sonido de la brusca rotación del rodillo y el impacto metálico de la barra sujetadora rebotó en las paredes y se fue atenuando en un eco postergado hacia los rincones de la sala. Estaba inquieto y se notaba en la rudeza con que trataba a los objetos. 
   Abría demasiado los ojos intentando ampliar su campo visual de modo exagerado. Quería observar a Petrus, pero sin quitar la vista del rincón donde acechaba el insecto. Estaba en un estado de expectación y sensibilidad extrema. El temor le tensaba los músculos. Estaba cerca de la estufa y pensaba que, si el monstruo se le acercaba, podría asir el tronco y quemarlo con la punta encendida, o por lo menos espantarlo con el calor de la brasa. La situación lo alteraba. 
   En general tenía poca tolerancia a los interrogatorios del Topo, porque sus preguntas eran insidiosas, buscaban sus zonas débiles, lo molestaban, lo aguijoneaban. No era mal tipo, pero tenía esas cosas. Le nacían del resentimiento de una vida complicada. En eso se parecían ambos, en las tragedias de sus vidas, porque si es que existe el destino, éste se había ensañado con ellos. Claramente. 
   Entonces, le dijo directamente que, si no venía por un asunto importante, lo mejor sería que se fuera, porque él se iría a ver si hacía unos mangos en la plaza Houssey. 
   Goyo tenía muchos recursos que había aprendido en la calle: a veces vendía pañuelitos de papel, o biromes. Nunca había querido entrar en la distribución de los sobrecitos de droga en el barrio de Balvanera. Eso era un viaje de ida, o uno terminaba “volando”, o amanecía tirado en un baldío con un tajo mortal en el tórax. Él andaba tranquilo por las calles del Centro, o en el subte, ganándose la vida todos los días. 
   Otra vez empujó las ruedas hacia atrás. En realidad, quería irse de su casa lo antes posible porque se estaba quedando sin comida en la alacena, pero también era preciso alejarse del bicho: lo obsesionaba y seguía quieto en el rincón de la sala.
   Se puso la gomera en el bolsillo y comprobó si llevaba la bolsa con piedras en el costado de la silla. Ya estaba preparado y más cerca del pasillo de entrada. 
   Como si hubiese presentido las intenciones del Paralítico, el ciego habló al aire con la frente levantada, tratando de retenerlo con un poco de conversación, con los ojos abiertos, como dos nubes blancas.
   —¿Otra vez tuviste ese sueño?
   —¿Cuál?
   —El del fuego.
   Goyo le dijo que no. 
   El cerebro le cambiaba la película, ahora era otra cosa, tal vez la bala alojada en el cráneo se había movido, tocando otro nervio. Aunque estaba despierto, veía con total nitidez a esa maldita hormiga. No sabía si mañana vería a otro monstruo, pero hoy era éste, del cual no podía despegar la vista. 
   Trató de espantar esos pensamientos de su cabeza, pero en su desorden no pudo dejar de oír la voz inconfundible indicando que el diálogo no había terminado.
   —Che… Hace calor hace acá ¿no?
   —Por supuesto, yo encendí la punta del tronco en el brasero.
   —¿Para qué? Si no hace frío.
   —Para defenderme del bicho.
   —¿Qué bicho? —indagó desconcertado el Topo.
   —El que tenés al lado tuyo.
   Se lo dijo con convicción porque la imagen era en extremo verídica, tal vez exagerando un poco, procurando que el ciego se asustara y se fuera. Pero sea como fuese las palabras se armaron de modo casi inconsciente y se le resbalaron con soltura por los labios, lo dijo en voz alta, en un diálogo que ya no podía manejar, simplemente se le escapaba.  
   El Paralítico se sentía raro, se frotó los ojos. Pensó que debería tener un brillo iridiscente en las pupilas porque vio una variación de colores cuando miró, nuevamente, de reojo al insecto.
   Todo se le mezclaba en la mente y se le confundían las ideas en una constante permutación. Pensó en lo que había escrito. Había armado el argumento del cuento y todavía su cabeza bullía con las imágenes siniestras del sueño. 
   Las ideas se balanceaban entre la visión nítida de la hormiga y los resabios del sueño de la pesadilla nocturna. Entrelazó los dedos de las manos como quien va a declamar un discurso ante un auditorio lleno, y encogiendo el mentón advirtió impaciente: 
   —Está caminando hacia vos.
   El Topo pareció haberle dado alguna entidad a lo que oyó porque le respondió algo acerca de tomar alguna pastilla. Parecía prestar atención a las palabras, seguía sentado en la misma posición, como una estatua de granito, con el bastón extendido, impasible y atento. Y eso, a Goyo, lo ponía más nervioso porque estaba excitado por la escena que tenía delante, lo cual le impedía prestar atención a la conversación. Por eso insistió:
   —Te vas a convertir en su almuerzo. 
   A lo que el otro le respondió en tono burlón.
   —Y dejala… a ver qué pasa… —declaró como si estuviera desafiando a un demente— probemos.
   El Paralítico no soportaba la soberbia del rostro blanco de ojos muertos, sin vida. Veía que el insecto avanzaba, lo veía con una nitidez sólida, concreta, difícil de describir; con las patas ganchudas se había trepado al sofá, tenía la cabeza recta, las dos mandíbulas abiertas, y bamboleaba las antenas. Quería sacarse esa imagen de la cabeza, pero no podía: era demasiado real. La idiotez del ciego lo llenaba de espanto. Su temor aumentaba y el miedo le estiraba la cicatriz de la mejilla, debajo de la barba oscura, pero no atinó a repetir la advertencia del peligro que se desplegaba claramente en su retina. Se agitó en la silla, inquieto. 
   No dudaba. La hormiga tenía vida, y era evidente: estaba hambrienta. El Paralítico aguardó sin perder detalle de lo que sucedía ante sus ojos. El tiempo se estiraba como un chicle. El insecto enorme levantó la cabeza. Tenía preparadas las tenazas, iba a destrozar el cráneo de Petrus. Goyo no quería escuchar el grito, el crujir de huesos, ni ver cómo se engordaba el abdomen del insecto. Tuvo miedo. Pensó en una salida.
   Tomó una piedra grande y la puso en la gomera, después apuntó con el ojo bueno a la cabeza del bicho, estiró el brazo hacia atrás todo lo que pudo, apretó los dientes y soltó el cuero. 
   No podría decir porqué, pero no oyó el sonido del impacto que había dado de lleno en la cabeza de la hormiga, ni tampoco vio estallar la corteza, ni vio salir el líquido viscoso, como una crema gris. Tampoco vio que las extremidades se fueron encogiendo sobre el cuerpo hasta reducir su tamaño a la mitad, ni que el bicho cayera luego al piso como un muñeco desarmado, como si se marchitara. No vio nada de eso. Vio que la hormiga seguía intacta sin haberse comido al viejo.
   Ese fue el momento en que, agotado, perdió el conocimiento y el mundo desapareció.

VI

   Petrus encogió bruscamente los hombros al escuchar el ruido de cristales rotos. Parecía desconcertado y no atinó a levantarse. 
   Esperó.
   Después del estampido todo quedó en silencio, lo cual para él era peor que la oscuridad.
   Luego de un largo rato se levantó y fue caminando hasta encontrar la silla de ruedas. Tanteó. Buscó con sus manos la cabeza de Goyo hasta que la alcanzó. Había quedado apoyada sobre el hombro y el respaldo de cuero. La dejó en esa posición, el aire entraba bien a los pulmones, aunque los músculos del cuello estaban flojos. Le tomó el pulso, estaba bien. Con voz clara lo llamó por su nombre, repetidas veces, sin obtener respuesta. Seguramente deducía que se había desmayado. Y tal vez, suponía, que el Paralítico había llegado a esta situación agotado por las malas noches pasadas. 
   Se quedó parado en ese lugar. Al rato empezó a transpirar por el calor que emanaba de la salamandra. Estaba incómodo, pero no abandonó su posición, tal vez porque estaba más acostumbrado a las situaciones molestas que el común de la gente.
   El ciego levantó un poco la frente, como un animal oteando en un lugar peligroso. 
   Con paciencia sacó el celular del bolsillo y lo tomó con las dos manos. Con la derecha lo sostuvo y deslizó con habilidad el índice de la izquierda sobre la pantalla oscura. A medida que desplazaba el dedo, el lector de voz mencionaba el nombre de un contacto. Cuando escuchó el que estaba buscando, detuvo el recorrido. Pulsó dos veces en ese lugar y esperó a que atendieran la llamada. 
   —Hola —dijo Lucas.
   —Hola doctor, habla Petrus.
   El médico conocía al ciego, sabía que era amigo de Goyo Zapata. 
   A continuación, Petrus le hizo un resumen de lo que le había pasado al Paralítico. Habló con frases breves y voz pausada. Luego de agradecerle, cortó la comunicación y apagó el aparato. Después, con una sola mano, lo guardó en el bolsillo.
   En menos de una hora tocaron a la puerta. 
   El ciego se dirigió al pasillo y preguntó quién llamaba.
   —Vengo de parte del doctor… ¿Está el señor Zapata?
   —Pase —dijo Petrus.

VII

   Al día siguiente Goyo se despertó abriendo los párpados con suavidad y miró a su alrededor. Lo vio al Topo al pie de la cama. Sobre la mesa de luz había un blíster de pastillas. Sintió el tironeo de una cinta adhesiva sobre la piel del antebrazo y debajo de ella un pequeño cuadrado de gasa blanca. 
   Le preguntó a Petrus qué había pasado y el ciego le contó: ayer Lucas había mandado a una enfermera, ella trajo la medicación y le dio una intravenosa. 
   El Paralítico había dormido quince horas. 
   La hormiga se le había esfumado de la cabeza. Sintió un alivio enorme.
   Más tarde, las cenizas en la salamandra le traerían vagos recuerdos de lo sucedido el día anterior, y vería con cierto asombro, además, que el vidrio de la ventana de la sala tenía un agujero del tamaño de una manzana y estaba totalmente astillado.



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22 comentarios:

  1. Has creado un protagonista herido por la guerra y viviendo en esa frontera difusa entre la cordura y la locura, esa tierra de nadie que condena a revivir una y otra vez una situación dolorosa. Me conmueve la ternura de los personajes: el psiquiatra y el amigo. Cómo se esfuerzan en ayudarlo a aliviar su sufrimiento. Una historia muy dura pero esperanzadora. Un beso, amigo Ariel, y felicidades

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    1. Tú sabes, la guerra acompaña al ser humano desde épocas muy remotas y es de esperar que siga dejando sus víctimas. En este caso Goyo vive, pero como puede, con alucinaciones, estragado en cuerpo y alma. Y, como tú dices, tiene la ayuda de esos dos personajes que le hacen, a su modo, un poco más fácil la existencia. Un beso muy grande, querida Ana.
      Ariel

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  2. Si hay algo que puedo decir de este extraordinario cuento es que me resulta consagratorio. Tiene un nivel de profesionalismo literario que no se suele ver entre quienes publican en la red. Es brillante el manejo del aspecto sórdido de la historia. Impecable la narración. Perfecto el ritmo. Y hay, además fortísimos hallazgos. Te resalto el siguiente "Después del estampido todo quedó en silencio, lo cual para él era peor que la oscuridad." Para mí, esta afirmación roza la genialidad. Desde ya que para un ciego es peor el silencio que la oscuridad. Te reitero, querido amigo Ariel, que esta publicación realmente te consagra, sin reparos ni tapujos, como un gran escritor. Acaso el mejor de todos los que andamos publicando en la red.

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Néstor. No sabés lo que me han llegado tus palabras. Porque he puesto mucho trabajo en todos los puntos en los cuales has colocado tu mirada. Yo conozco muy bien la certeza que tenés a la hora de analizar un texto y la seguridad con la cual lo llevás a cabo, sé de tu sinceridad y por eso es que me pone muy contento saber que ando en el buen camino. Quiero tratar de mejorar para poder expresarme del mejor modo, para encontrar una senda que no sé si tiene un destino establecido, o simplemente se trata de un discurrir constante. De cualquier manera tus palabras me dan un ánimo impresionante. Te lo agradezco mucho. Un abrazo.
      Ariel

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  3. Veo en este relato algunas diferencias con lo que sueles publicar más habitualmente. Al principio es ágil, no digo rápido porque no es un relato de tensión, pero si que la historia avanza sin muchas pausas y los diálogos contribuyen a esa sensación. Has echado mano en esta ocasión de múltiples escenas dialogadas y debo decir que me ha sorprendido gratamente lo bien construidos y naturales que han quedado los diálogos.
    Por otro lado se aprecia la habitual introspección tan presente en tus escritos, donde sientes la necesidad de desgranar la mente de los personajes y exponernos abiertamente su psicología. Has elegido la guerra de las Malvinas para mostrar el daño que ese tipo de experiencias extremas pueden causar en el alma humana, y en este caso también en el cuerpo maltrecho de Goyo. aparece el personaje del ciego, igualmente tullido e igualmente resentido con el mundo, y quizás por eso Zapata se ve reflejado en él y lo rehuye. Sin embargo, en medio de su amargura el ciego muestra su calidad como persona cuando se le necesita.
    Adivino cierto toque personal cuando Goyo exhorciza sus miedos escribiendo de manera compulsiva. He pensado también en el simbolismo de la hormiga, no sé si es tan sólo un recurso para mostrar los desvaríos del paralítico o querías mostrar algo más.
    La historia termina con el personaje en el mismo punto muerto en que comienza, no hay remedio para sus males salvo la medicación que se ve obligado a consumir y que no lo libran de sí mismo. Cuántos como él padecerán situaciones parecidas como consecuencia de tantas guerras que siembran el planeta.
    UN relato difícil de escribir y en el que creo que has puesto mucho trabajo, que se ve reflejado en el excelente resultado que ha dado. Un abrazo, Ariel.

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    1. Estoy tratando de avanzar en la utilización de los diálogos, me agrada que los veas naturales, y sobre todo que me lo digas tú que haces tan buen uso de ellos. Respecto de mis textos anteriores creo que una de las grandes diferencias es que en este he tratado de rebajar, hasta casi eliminar por completo, a las figuras retóricas, no porque las vaya a desechar en textos posteriores, sino porque consideré que el tema me lo proponía así.
      Hace un tiempo que vengo trabajando con este cuento. Tenía un escollo que me impedía concretarlo. Lo he reescrito varias veces sin éxito, hasta que encontré el problema. Fue entonces cuando decidí colocar a un narrador cuasi-omnisciente en tercera persona, con el foco, el punto de vista, exactamente dentro de la cabeza de uno de los personajes: el Paralítico. Y a partir de ahí se fue aclarando todo, hasta que llegué a lograr el modo en el cual lo quería contar.
      No te sabría decir en qué momento apareció la hormiga, lo que sí te puedo decir es que me interesaba mucho contar la alucinación vista desde dentro. He tenido algunas experiencias personales con alucinaciones, pero nunca con ese insecto.
      En ocasiones suelo escribir en forma compulsiva, por lo general cuando se trata de captar una idea, una imagen, un gesto, que se te presenta como idea o como experiencia visual, o de otro orden, incluso onírica. Pero mi forma habitual de escribir es más reflexiva.
      En la trama aparece la guerra de Malvinas y, ahí sí, puse todo el cuidado del que fui capaz, porque es un tema delicado para los argentinos, muy, muy delicado. Yo escribo ficción, está claro, pero no quise que el narrador opinara sobre ese conflicto tan doloroso, solo quise que apareciera como una circunstancia en la vida de Goyo.
      Muchas gracias, Jorge, por tu valioso comentario, le haces muchos elogios al cuento y eso es muy importante para mí. Te mando un gran abrazo!!
      Ariel

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  4. Impresionante, Ariel. No puedo decirte nada que no te hayan dicho ya. Me ha parecido magnífico y coincido absolutamente con todos los comentarios anteriores. Un beso.

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    1. Muchas gracias, Marta, me provoca una gran alegría que hayas pasado a leer el relato y que te haya gustado. Es un cuento largo, pero tú has tenido la cortesía de invertir tu tiempo en la lectura, eres muy generosa, te lo agradezco mucho. Un beso.
      Ariel

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  5. Coincido con los anteriores comentaristas en que se trata de un gran relato, creo que el mejor de los que te he leído, y coincido con Jorge en que se aparta algo de tu línea narrativa habitual. Es una historia oscura, dura y dramática, en la que aciertas a reflejar de manera excepcional el escenario bélico y las terribles secuelas del mismo en la mente del protagonista. Has forjado unos personajes muy reales que se debaten en una trama que engancha desde el inicio, y la fuerza expresiva de tu lenguaje vigoroso nos permite visualizar con nitidez las distintas escenas que conforman la sólida armazón argumental. Yo esperaba un giro al final, un desenlace más concluyente, pero seguramente es por deformación profesional, y admito que así, según lo rematas, también tiene todo el sentido: parece que El Paralítico nunca conseguirá vencer la Guerra de su Delirante Paranoia, ha de conformarse con ir venciendo en las pequeñas batallas ayudado por las diminutas armas químicas que lo rescatan de las tinieblas alucinatorias y lo traen de vuelta a la realidad.
    Enhorabuena, Ariel, por tan memorable relato. Un abrazo.

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    1. Me gusta mucho lo que dices acerca del desenlace, es una mirada que coincide con la decisión que tomé al momento de corregir. Quise mostrar, como tú dices, que la vida de un veterano que ha quedado con las secuelas de la guerra como el Paralítico, queda acotada a victorias mínimas, porque muy grande es la desgracia física y mental que lo acompaña. Muchos críticos literarios han escrito acerca de la necesidad de un desenlace contundente. Creo que los escritores tenemos la licencia que nos da la persecución de fines estéticos y podemos de ese modo desprendemos de los preceptos de la Lógica que siguen ellos. Por fortuna contamos con esa libertad creativa de la que he echado mano en la parte final. Pero creo, además, aunque no esté muy seguro de ello, que también debo haber estado influenciado por las características del personaje, quien aparece ya en otros cuentos anteriores, en los cuales muestra los vaivenes desde su indolencia a la excitación. Desde ya que, con esto que te digo, no quiero justificar nada, no quiero hacer un juicio de valor, sino tratar de explicar y explicarme un poco acerca de lo que me pasó al momento de escribir. No hay hecho literario si no hay lector y, no sé si tú piensas lo mismo, la interpretación del lector es enormemente valiosa para mí, porque de algún modo me va orientando acerca de los efectos que produce el texto. Y más valiosa aún si sale de un comentario tan detallado como el tuyo, que además eres escritor.
      Muchas gracias, Paco, por todos los elogios que me dejas, de veras es un gran aliciente para mí recibir semejantes halagos de parte tuya. Y con el valor agregado de que te has tomado tu tiempo para leer un relato largo, que no es el formato más accesible para la dinámica de los blogs. Te lo agradezco mucho, compañero. Un abrazo grande.
      Ariel

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  6. Amigo Ariel, lo primero que quiero decirte es que juegas en otra liga, en serio te lo digo. Mira que escribías bien cuando tuve la suerte de "conocerte" en la página de TR, pero avanzas de manera vertiginosa, y en todos los sentidos. ¿Recuerdas tu miedo a los diálogos?... los encajas ahora de manera magistral dando una agilidad a la trama de la que antes carecía, hablo de hace un año o dos. Tus relatos nunca fueron pesados, pero ahora es que vuelan, si no conociera el esfuerzo que lleva escribir como lo haces, diría que vuelan solo.
    Es muy muy difícil hablar de una tragedia, es muy difícil hablar de los efectos colaterales y personales de una guerra, de un conflicto interno,de una paranoia, del uso químico de las drogas y fármacos, es muy difícil no decantarse por el dramón, pero tienes y haces uso del equilibrio adecuado.
    Yo creo, y lo digo desde el aprecio que te tengo, que ya poco podemos aportarte con nuestra opinión. Te toca seguir escribiendo, guardando y publicando. ¡Ojala alguna editorial confíe en ti porque escribes con esencia de escritor, puesto que lo eres.


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    1. No sabes la fuerza que tienen tus palabras, el ánimo que me dan, y como multiplican el aprecio que te tengo. Recuerdo a la perfección, no solamente el miedo que le tenía a los diálogos, sino la falta de ellos en mi cabeza. Creo que el tiempo, la perseverancia y el estudio me van dando herramientas para poder expresarme de un modo "más literario". Y cuando dices que esto lleva esfuerzo, cuánta razón tienes, uno deja el alma en esta intrincada tarea de escribir, pero con gusto.
      La guerra de Malvinas ha sido y lo es, una de las complejas tragedias que hacen sufrir a los argentinos. Pero solamente quise aludir a ella, no a generar juicios de valor que puedan lastimar o hacer más daño que el que ya está hecho.
      Agradezco mucho tu opinión acerca de "jugar en otra liga", pero no creo que haya atravesado alguna línea demarcatoria. Saldrán mejores y peores escritos, tengo mucho camino por andar, seguiré intentando diferentes modos, siempre buscando algo que no sé todavía muy bien de qué se trata. Sí creo que leyendo tus cosas y las de los compañeros, seguiré siempre aprendiendo, rescatando como hasta ahora lo mejor de todos. Sabes que soy muy afectivo, no creo que se puedan desprender tan fácilmente de mí (sonrío). Muchas gracias por tus buenos deseos, Isabel, y por tu enorme afecto y generosidad.
      Ariel

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  7. Hola Raúl, este relato me ha atrapado desde comienzo a final. La parte de la hormiga y la lucha consigo mismo, esas visiones y el ciego, tal vez sea la parte que mas me ha gustado. Muy diferente a otros relatos que te he leído. Gracias por compartirlo. Un abrazo

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    1. Hola Emerencia. En general suelo contestar los comentarios en el mismo día, pero hemos tenido problemas con Internet y recién los recibo ahora. Te pido disculpas por la demora.
      Bueno, me alegra que te haya gustado el relato. Y, como tú dices, es diferente a los otros. Quizás la particularidad se deba a dos motivos, el primero es una rebaja de las figuras retóricas casi a su mínima expresión, y el segundo por el punto de vista del narrador, el cual está puesto en la cabeza del Paralítico casi en forma obsesiva. Muchas gracias a ti por tomarte el tiempo de leerlo, ya que es un texto extenso para el blog, y además porque está fuera de concurso. Es un placer que hayas venido y me hayas dejado tu comentario. Un fuerte abrazo y mucha suerte en el tintero!!
      Ariel

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  8. Relato mágico. Me ha permitido remontarme a aquella situación tan dolorosa y crítica que se vivió hace 33 años.Me ha hecho sentir la desesperanza y la lucha para seguir viviendo.Clara descripción de la soledad y la angustia.Extraordinario escrito..Solo digo FELICITACIONES con mayúscula como corresponde.Es un deleite leerte Raúl.Un gran abrazo

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    1. Hola Graciela. En general leo los comentarios y los contesto el mismo día. Hemos tenido algunas dificultades con Internet, te pido disculpas por hacerlo con demora.
      Muchas gracias por tus elogios, son muy importantes para mí porque alimentan mis ganas de seguir escribiendo. La guerra de Malvinas fue un acontecimiento que todavía no logramos procesar del todo y una calamidad que han tenido que vivir los jóvenes que tuvieron que ir al frente. El Paralítico, es cierto, tendrá que cargar con su desgracia y pelear para seguir viviendo como puede.
      Es un gran placer saber que te ha gustado este texto. Me encantó que lo hayas bautizado como "mágico", de veras. Yo también te mando un gran abrazo y mucha suerte en el concurso!!!
      Ariel

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  9. ¿Qué voy a decir yo, Ariel? Coincido con todos los comentaristas. Escribes de forma excelente y como dice Tara "juegas en otra liga".
    Arrasas allá donde te presentas, no necesitas suerte.
    Gracias, maestro.
    Un fuerte abrazo

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    1. Muchas gracias, Ana, no sabes lo bien que me cae tener esa catarata de elogios de parte tuya. Es encantador. Con respecto a lo de estar en otra "liga", pues, yo se lo agradezco mucho a mi amiga Isabel, pero quiero que tengas en cuenta que más allá de ganar o perder, yo soy de los que se aferran mucho a los afectos. Yo soy de los que nunca abandonan el barrio en que nacieron. Y tú, y las compañeras, y compañeros, son los forman este barrio al que me refiero.
      Te mando un abrazo fuerte y muy afectuoso. Y mucha suerte en el tintero!!
      Ariel

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  10. Muchas veces cuando pasaba por la plaza de mayo y veía los cambalaches montados por los excombatientes de Malvinas me preguntaba, con la estupidez del desconocimiento, porqué después de tantos años... ahora después de leer tu extraordinario relato acabo de ponerle rostros, histoeias y, sobre todo, sufrimiento a todo aquello.

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    1. Es verdad, Norte, los veteranos de Malvinas han sufrido mucho en el combate, en las islas, muchos de ellos cargan con daños en el cuerpo y otros deben soportar las secuelas psicológicas (TEPT-Trastorno de Estrés Postraumático). Tienen muchas dificultades para incorporarse a la vida laboral, social y familiar. Recuerdo la "carpa" en la Plaza de Mayo que mencionas, a un costado de la Pirámide, casi Yrigoyen y Defensa. El Paralítico deberá lidiar con los síntomas del TEPT. Veremos por dónde discurren los acontecimientos de su vida. Tengo la intuición de que este personaje ha llegado para quedarse, como Tilo. Muchas gracias por el calificativo que le pones al relato, eres muy generoso. Te mando un afectuoso abrazo!!
      Ariel

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  11. Un relato que con diferentes ritmos narrativos se hace ameno. Empiezas en una consulta para luego exponer las razones que llevan al protagonista al estado actual y luego, seguir con el día a día de Goyo, con sus alucinaciones y con sus compadres.
    A mí, personalmente, el segundo capítulo es el que más me ha gustado. No sé si has participado en alguna guerra (¿Quién sabe lo que es la guerra cuando no estuvo en un infierno así?) pero la has descrito muy bien.
    Cuando se habla de guerras solo nos quedamos con el resultado final y los muertos correspondientes, pero nos olvidamos de los heridos en todos los sentidos, en qué situación quedan y cómo las secuelas les condicionan la forma de afrontar la vida. Tú nos lo has expuesto de manera muy buena.
    Enhorabuena por un relato tan completo y tan humano.
    Un saludo.

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    1. La base para escribir sobre los recuerdos que guarda Goyo de la guerra los he tomado de testimonios reales aparecidos en artículos periodísticos. Cuando tú lees sobre lo que han tenido que vivir esos chicos en esa contienda, no lo puedes creer. Sobre todo los soldados que tenían solo la instrucción básica. Muchos de ellos han quedado tal cual como describo a Goyo, con trastornos psicológicos que dificultan su inserción social, además de las secuelas físicas.
      Me alegro que te hayas pasado por aquí y me hayas dejado tu comentario. Eres muy generosa, Paloma. Un saludo grande y mis mejores deseos para el concurso.
      Ariel

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