martes, 29 de mayo de 2018

Con aroma a letra impresa


He tenido la satisfacción de que “El Narratorio” haya incluido el cuento "El loco de la jaula" en la antología del mes de mayo. Va todo mi agradecimiento al equipo por la publicación.
Para leer on-line el cuento aquí: "El loco de la jaula"
Para descarga gratuita de la revista aquí: El Narratorio N° 27

viernes, 11 de mayo de 2018

Por encima de las nubes


   Escribo estas líneas porque si no lo hago terminaré mordiéndome los dedos. Tuve que dejar pasar dos días para ser más objetivo, o por lo menos haber bajado de las nubes, y volver a pisar la tierra, a fin de contar, menos eufórico, las sensaciones de la experiencia de esa noche. Me refiero a la firma de ejemplares en la Feria del Libro en mi ciudad: Buenos Aires.
   Me dirigí al predio de la Sociedad Rural, donde se está desarrollando este evento anual de tanta trascendencia, con el mismo espíritu con que lo he hecho en otras tantas oportunidades como lector, con la ansiedad del amor a los libros que me acompaña desde que tengo memoria. 
   La editorial había asignado una hora para cada uno de los escritores que iban a firmar. 
   Mi expectativa era sencilla, solo aspiraba a sentarme en el stand asignado para disfrutar simplemente del momento, quería permanecer por ese lapso de tiempo abstraído en el centro de gravedad de la cultura literaria. Era la primera vez y me invadía la incertidumbre de una cita importante, como si se tratase del primer encuentro con una chica bonita que hubiese conocido en el baile de la noche anterior. 
   No pensaba en la cantidad de personas que podría asistir a la firma, pensaba que serían muy pocos. Quería observar el ajetreo de la muchedumbre entre las bibliotecas, las mesas de exhibición, las escenografías que habían montado las editoras, los carteles, los afiches, las luces, sintiéndome parte de este suceso extraordinario, disfrutando de la fascinación de ver como la gente observaría mi libro. 
   Y fue muy grande mi sorpresa al ver que los amigos, amigas, familiares, invitados, desconocidos, comenzaban a llegar, compraban el libro y me pedían una dedicatoria. Me puse a conversar, sentí el trato afectuoso, era una situación de lo más extraña y agradable. En suma, un clima de fiesta se había instalado en mi interior. Y fue creciendo de tal modo que estuve en el stand, entre charlas y firmas, el doble de tiempo que me habían otorgado. 
   Había llegado con el ánimo dispuesto a disfrutar del acontecimiento como lector y casi sin darme cuenta me había convertido en actor del mismo. Yo, un autopublicado, me encontraba entre cientos de escritores famosos. Porque, aunque no los veía, sabía que también estaban nuestros maestros, los grandes autoras y autores, esparcidos por todos los vericuetos de la muestra, en conferencias, asistiendo a reportajes de los móviles de las radios y las televisoras, compartiendo debates en los distintos pabellones. Y eso me ponía más contento, sabía que estaba transitando un momento fugaz, pero importante de mi vida, en esa noche, y quería hacerlo con plenitud en cada uno de esos instantes inolvidables.
   Así transcurrió la firma de ejemplares hasta que, ya excedido el plazo, tomé mis cosas y me fui retirando, realmente feliz, emprendiendo los casi doscientos metros que me separaban de las puertas de salida del predio.
   Vinieron a mi mente, mientras avanzaba atravesando los distintos sectores de la Feria, en un instante de distracción, tan breve como un soplo, una serie de reflexiones rumiadas durante un tiempo prolongado, y que las podría resumir del siguiente modo: 

   Hace un tiempo me rompía la cabeza pensando en qué consistía ser escritor. Y me interrogaba con incertidumbre acerca de si yo lo era o no. Hoy sé que se trata simplemente de tomar la decisión de serlo. Escribir es una de las tareas más difíciles y perturbadoras que ha inventado el ser humano. Es una actividad dura, muy dura y que elegimos ejercer toda la vida.
   A mí me cuesta, debo trabajar mucho a fin de crear un texto con el que esté medianamente conforme, después de corregirlo hasta el cansancio. Y además me resulta muy difícil alcanzar las condiciones anímicas para arriesgarme a publicarlo. Por fortuna lo hago, a veces hasta por desesperación, y lo digo así, aunque el término pueda parecer exagerado. 
   Por otra parte, me he atrevido a dar un paso más, me he animado a publicar mi primer libro, he comenzado con esta tarea hace más de un año y creo que ha valido la pena. Ahora pienso que lo he hecho en el momento justo, porque los textos tienen fecha de vencimiento, una relectura de los más recientes la puedo tolerar, pero si tomo uno más antiguo puedo caer en la tentación de sepultarlo en la tumba más profunda del olvido, incluso destruirlo.
   Hay muchas horas de esfuerzo y muchas ilusiones acumuladas en las páginas de una publicación. Es un recorrido lleno de tropiezos, angustias, aciertos, todo desplegado en un abanico que va desde el sufrimiento hasta el éxtasis. En definitiva, una experiencia humana fascinante. 
   Esta actividad no tiene horarios, hasta los sueños nos proveen materiales para volcar nuestros fantasmas al papel, crear personajes que hablen por nosotros, y expresar sentimientos. Y lo hacemos en extrema soledad. Y cuando publicamos en muy escasas y acotadas circunstancias nos enteramos por medio de algún comentario del efecto que ha producido la compleja estructura de símbolos que hemos articulado en nuestro trabajo. 
   Vemos con asombro las variadas interpretaciones de los que nos han leído y nos preguntamos que habrá sentido ese lector lejano, el marinero que lo ha leído en la cubierta de un barco navegando por el río, o la joven soñadora desvelada en su cama con el libro en la mano, o la mujer que recorre los renglones de la página, abstraída del bullicio, viajando en el ómnibus.
   En el siglo de las Comunicaciones arrojamos nuestras botellas al mar intentando tender lazos emocionales, intelectuales, reflexivos, con la peregrina necesidad de buscar la compañía de otra persona que comulgue con el cifrado de la historia que contamos, aún con la certeza de que es baja la posibilidad de que tengamos registro de ese suceso mágico. Y a pesar de eso, lo hacemos.

   Fue solo un breve instante, una epifanía reflexiva que se diluyó como una estrella fugaz. Había llegado a la salida y estaba tan henchido de orgullo, tan contento, que tuve la sensación de no poder atravesar los molinetes que daban al playón de Plaza Italia. De veras: pensé que no pasaría entre ellos. 
   En ese momento pensé en la compilación de cuentos que estoy haciendo para mi próximo libro. Y me dije que está bien, que vale la pena. A pesar del costo económico que implique, si es que no consigo que alguna editorial asuma el riego de invertir en la publicación, en todo o en parte.
   Hay cosas que no se miden por medio de números o de montos de dinero, cosas que son inexplicables, pero que suceden, y, en definitiva, constituyen la mejor parte de nuestras vidas y dan cuenta de los mejores actos de que somos capaces. 
   Como publicar un libro, que alguien lo lea, y que nos diga que le gustó.
   Y que nos pida que le escribamos una dedicatoria en la primera página, en la Feria del Libro.