miércoles, 11 de abril de 2018

Gloria



I


   Hace más de treinta años que el Tano, Arturo Sanguinetti, tiene el puesto de diarios de la esquina de Humboldt y Paraguay. Es un mueble metálico con las patas traseras vencidas por la intemperie. El tronco firme de la acacia le sirve de apoyo a la estructura para no derrumbarse. Las hojas abundantes de algunas ramas del árbol rebosan los bordes de la cubierta de manera que ocultan el aspecto deslucido del mueble. Las manchas de óxido forman figuras irregulares en las chapas laterales. Los parantes descascarados descubren las sucesivas capas de pintura verde inglés.
   El Tano se levanta todos los días a las cuatro de la mañana y recibe, al pie del puesto, el paquete que le bajan del camión repartidor. Le gusta la compañía del silencio cuando las veredas y las aceras están calladas. Se siente amparado por la aureola lánguida de los faroles del alumbrado. A veces detiene su tarea y alza la vista hacia el cielo, a través del aire oscuro, buscando el brillo pálido de las estrellas. 
   Su imagen es una silueta en movimiento, fluctúa de aquí hacia allá en la quietud de la agonía nocturna. Cuando se desperece el amanecer y el bullicio de Buenos Aires ocupe con sus estridencias todos los rincones, el Tano tiene que tener todo dispuesto. Abre el candado y despliega las amplias puertas del quiosco. Los chirridos de las bisagras son remedos profanos del tañido de campanas, solo anuncios seculares de la aparición de un nuevo día. Acomoda, anota, controla. Es solo una figura atareada, semblante serio y actividad. 
   Soltero, cincuenta años, de existencia un tanto deslucida y rutinaria como su profesión. No entra en confidencias con los clientes, por respeto, se entiende. Pero, además, porque él tampoco le da cabida a esa posibilidad:
   —Buen día, jefe.
   —Hola, Tano.
   —¿Crónica?
   —Sí.
   —Veinte pesos, maestro.
   —Bueno, acá te dejo la plata.
   —Gracias por el cambio, nene.
   —Chau, Tano.
   —Chau, pibe.
   No es un tipo huraño. Para nada. Es un poco corto de carácter, introvertido tal vez. Quizás haya un dejo de cobardía manifiesto en el manejo cuidadoso de sus sentimientos, con cierto retraimiento, con algún recelo, tal vez, o alguna pantalla invisible por delante de la intimidad de sus emociones. Por eso rehúye a la temeridad de mirar a los ojos. 
   El alma humana es un manojo de recuerdos. Hay algunas personas como él, quienes ven al olvido como una posibilidad de construir murallas contra el desasosiego. Quizás haya algo en su vida que lo perturba desde hace tiempo y necesite reservarlo en su intimidad. Vaya uno a saber si es así. 
   En el barrio hay una especie de leyenda derivada de un chisme, acerca de una relación contrariada con una mujer, cuando el Tano era muy jovencito. La culminación de la relación, dicen, casi lo lleva al suicidio. Pero se trata de apenas una especulación de bases muy inciertas, porque la verdadera historia del Tano Sanguinetti nadie la conoce.
   Es un buen tipo. Sonríe, sucinto, recogido, y disfruta, sin ninguna duda, cuando entrega el diario haciendo un firulete para que el cliente lo lleve doblado. Es el malabar típico de los canillitas, rápido, veloz, casi una habilidad circense, una maniobra adquirida con la destreza de los años, un pequeño alarde de belleza a fin de transformar la superficie plana del periódico en un cilindro fácil de asir. Porque Arturo comprende la importancia de la velocidad de ese procedimiento necesario para disminuir la espera en las horas pico. Porque todos están apurados, pasan como el viento, casi no reconocen al quiosquero en la prisa, apenas reparan en él. 
   Después, más avanzada la mañana, todo el ajetreo amaina un poco, Arturo se afloja, acomoda alguna revista, mira pasar a la gente y escucha algunos nocturnos de Chopin. El repiqueteo de las teclas del piano, lejos de entristecer su ánimo, lo alegra, como si el puesto estuviera desbordado por un alboroto de calandrias. Algún que otro transeúnte se detiene y le pregunta la dirección de una calle. Esas cosas.


II


   Matías vive en el barrio, a la vuelta, en el edificio viejo de siete pisos. Baja rápido los escalones de la entrada, sale caminando a Paraguay y dobla en Humboldt, donde está el quiosco. Y aunque va apurado porque va a llegar tarde a la clase de la universidad donde estudia Filosofía, se detiene frente al escaparate porque le llama la atención un ejemplar de color blanco, un tomo grueso con un solo nombre en la sobrecubierta, en letras grandes y negras: Aristóteles. El libro parece un animal absurdo en la esquina de la mesa larga y angosta donde Arturo apoya los periódicos, con una piedra encima, para frenar el aleteo de las páginas con la brisa. Matías compra el libro, paga y se va. El Tano se mete adentro y se queda observando detrás de la ventanilla del escaparate cómo discurre la vida de las personas, contempla su paso por la vereda sin que reparen en él.
   No pasan más de diez minutos y advierte la presencia cercana de una cliente: la Loli. Tiene treinta años a lo sumo, es nueva en el barrio, y vive en un departamento amplio en un edificio de primera categoría. Algunos días de verano, como hoy, a mitad de mañana, baja en jeans y remera ajustada a comprar el semanario de modas. 
   La semana pasada se inclinó hacia adelante y tomó una revista del estante inferior. Sanguinetti vio la media luna del escote a punto de desbordar. Él estaba detrás del mostrador, frente a ella, y no pudo disimular la turbación, porque miró, justamente, lo que ella le mostró y él no debía mirar. La Loli se dio cuenta y quiso componer la situación, se levantó enseguida y se acomodó el cabello hacia atrás. Ojeó la revista, la dobló en dos y después le clavó los ojos celestes en la frente.
   —Arturito…, anotámela… mañana, cuando paso, te la pago —le dijo girando la cabeza. Y se fue apurada.
   Se lo dijo con una sonrisa tan seductora que cabe la posibilidad de que él la haya interpretado demasiado sugerente. Eso dio la impresión, aunque con él nunca se sabe. Tomó el lápiz y anotó en la libreta negra en la cual asentaba las deudas de los clientes. Cualquiera hubiera podido percibir el leve temblor de su mano al escribir, a pesar de haberse aquietado ya el aire perturbado por el paso impetuoso de la Loli. 
   Sanguinetti le extendió el vuelto a una mujer mayor. Se había recompuesto del incidente, pero le había cambiado la cara. Vaya a saber por qué le brillaban las pupilas. Se le había disipado su semblante anodino, y debajo de la gorra con visera mostraba un rostro más joven. O al menos eso es lo que parecía.


III


   El Tano tiene la piel tibia, delicada y del color de la leche, por eso se le ven clarito las venas celestes, como si fuese la superficie de un mapa hidrográfico. Y tiene la delgadez de los huesos livianos de las aves. Se pone colorado cuando debe atender a la Loli, como si le tuviera temor, y eso a ella le fastidia. Ella preferiría que tuviese voz de barítono y modos recios, masculinos, pero él es así, tiene esa forma suavecita de hablar, tímido, por eso trata de evitar a las mujeres turbulentas como ella, pero es una clienta y la debe atender.
   En cambio, cuando llega al puesto la etérea figura de Gloria, la maestra de música del barrio, se siente diferente, la emoción le da prestancia. Ella le pregunta si ya salió el nuevo ejemplar de la colección Los mejores compositores clásicos de todos los tiempos. Él lo busca y se lo alcanza con seguridad, sin que se le note el más mínimo temblor en el gesto, la firmeza se le pone de manifiesto desde el hombro hasta las yemas de los dedos. La publicación sale los martes y ella viene puntual, cerca del mediodía, cuando ya no viene gente al quiosco. 
   Gloria Fuentes es delgada, habla casi en voz baja. No es estruendosa como la Loli. Todo lo contrario. Cuando comenzó a comprar la colección hubo un cambio en su aspecto, cada vez llega más arregladita. Arturo también está cambiado, viene mejor vestido los martes, a diferencia del resto de la semana. Hablan dos palabras, pero son suficientes, a él le cambia el ánimo.
   Un día, al Tano se le cayó la revista justo cuando se la estaba entregando a Gloria. A partir de ahí el destino cambió las cosas. 
   Arturo extendió el brazo y abrió la mano soltando la revista antes de tiempo porque se demoró, mirando demasiado absorto, en la profundidad de los ojos grises, como si estuviese escrutando la mirada de una diosa griega. Ella no llegó a asir lo que debía, tal vez por mirar a quien la miraba. Entonces, se agacharon juntos a levantarla. Y algo pasó. Él sintió el calor de la mano femenina de Gloria y la amplia sonrisa de ella le dio la mejor respuesta a la pregunta que nunca se habría animado a hacerle. El Tano sintió la necesidad de hablar y ella de que le hablara. Así empezó el diálogo. Se fue alargando sin apuro, así nacieron las frases espontáneas, se engarzaron las coincidencias como un mecanismo de relojería. Fue la primera conversación dilatada. Un vecino la interrumpió con una consulta fugaz, y ambos accedieron, para entregarse luego con entusiasmo al interminable diálogo recién iniciado. 
   Sanguinetti no se olvidaría nunca de ese aroma, y de ahí en más, pudo reconocer en el acto ese perfume, porque anticipaba la llegada de Gloria, porque agitaba el aire con la misma intensidad con que las bandadas de gorriones trepaban a la acacia por detrás del quiosco. Esa fue desde entonces la señal inconfundible, el disparador de una especie de ansiedad turbadora en el pecho que ya creía inevitablemente dormida.


IV


   Arturo vive solo, en la casita que está en Paraguay al fondo, pegada a la vía muerta del ferrocarril, ramal Mitre. Cuando se hace presente el crepúsculo, la tarde y el silencio descienden sobre las baldosas calcáreas del patio, y la melancolía se filtra por debajo de la puerta de su pieza a suspender el tiempo de su existencia. 
   No tiene mascotas. No le gustan. Su tesoro es el inmenso jaulón de los canarios, erguido como un monumento vertical sobre uno de los muros perimetrales de su jardín. Ocupa casi todo el lateral, alto como la tapia, hecho con palos de caña y forrado con malla de alambre galvanizado de trama octogonal. Hasta tiene un arbusto adentro para que los canarios hagan nidos. La parte superior está rematada con un techo de chapa de fibrocemento de onda grande pintada de rojo carmín. 
   Los pájaros son su pasión. Sabe mucho del tema, los cría con mucho cuidado y luego los vende, incluso ha ganado premios con ellos. Se pasa las horas cuidando, aseando y distribuyendo el alimento. Cuando el tiempo está cálido abre las ventanas del dormitorio de par en par y se tira en la cama. De este modo escucha el canto alegre y ensordecedor de los pajaritos. Tiene canarios de los plumajes más variados: amarillos, blancos, rojos y moteados. 
   Los cantos se entrelazan en la sinfonía como los instrumentos de cuerda de una orquesta. Se deja llevar por los trinos y se pierde en sus pensamientos. Sueña, se puede decir, mientras escucha la melodía del inconfundible concierto de los cantos de los pájaros. Se extravía en los gorjeos, piensa en las pequeñas gargantas hinchadas, en la aguda vibración del aire circulando apurado entre las plantas y alrededor del limonero. 
   Y se enciende su alegría inevitable en esos instantes de serenos desvaríos, sus pensamientos lo llevan a los recuerdos de Gloria y se disuelven en el aire, en las ondas armónicas que rebotan en las paredes y terminan danzando entre las cortinas ondeadas por la brisa. Su cuerpo se eleva suave y lento como una cortina de humo. La fuerza de gravedad ha desaparecido, se han quebrado las leyes de la naturaleza en este instante sublime, y le parece percibir que se encuentra horizontal, rígido y levitando, separado a veinte centímetros por arriba del cubrecama morado, suspendido en el aire por un sostén inexplicable. 
   Y cuando pasa ese momento, le quedan dudas acerca de la certeza del fenómeno y se queda sin saber cuánto tiempo pudo haber estado así. Y del mismo modo no puede alcanzar a saber cuán lejos se ha distanciado de las paredes de su cuarto, ni cuán cerca ha estado de la clara percepción del rostro de los ojos grises. Esto último es el lamento mayor, la resistencia más grande de su ignorancia, la añoranza suprema de la ensoñación, el recuerdo más valioso prometido a su memoria. 
   Y después, cuando cae el sol, los cantos del jaulón se atenúan. Comienzan a bailotear en el jardín las sombras de la agonía de la tarde y la danza oscura se va adueñando y esconde los colores de los malvones. Se apagan los fulgores, se entristecen los rosales, agonizan los resplandores escarlatas como llamas de fuego a punto de apagarse. Ascienden y se pierden más arriba del muro. 
   El Tano advierte que hoy es lunes. Entonces, antes de desvanecerse en la pesadez onírica, pone música, añorando la llegada del otro día, porque es martes, el más importante de la semana. Apoya la cabeza sobre la almohada y un somnífero suave, agradable, lo traslada a otro mundo calmando algún resto de ansiedad agazapada, tal vez, porque mañana la verá a Gloria. 
   Solo al pensar en sus ojos grises se le dibuja una sonrisa en los labios. Y vaya a saber cuántas cosas se encierran en ese sueño mortecino, arrullado por las serenatas nocturnas de Boccherini, desplegadas en su mesa de noche y saliendo por la ventana abierta del dormitorio, a inundar los canteros del fondo, cuando el crepúsculo declina y se convierte en un lamento taciturno. Quién podría saber lo que pasa en estos momentos por la cabeza del Tano.


V


   Matías baja del edificio y al llegar al palier se cruza con la portera. Hubiese querido verla acompañada, conversando con otra persona. Pero está sola y seguro que algún chisme le va a contar, lo cual lo va a demorar más y va a llegar más tarde a la facultad.
   No bien lo ve, se levanta de la silla, lo saluda y enseguida pone cara de querer conversar. Se lleva el índice de la mano a la mejilla y en voz baja le pregunta si se enteró de lo de la señorita Gloria. El pibe la mira con algo de sorpresa y le dice que no. Entonces ella aprovecha. 
   —Arturo, el del quiosco y la maestra de música estaban muy “entusiasmados”. ¿Sabías, no es cierto?
   —No… la verdad… no me había dado cuenta.
   —Bueno, ella estaba muy cambiada, se la veía distinta, se ponía vestidos más claros y coloridos, había empezado a pintarse las uñas, cantaba cuando barría la vereda. Pero sucedió lo único que a ella no le debía pasar —y aquí hizo una breve interrupción a fin de aumentar el suspenso—. Hizo un infarto anoche y se quedó dormida para siempre. Pobrecita, no tenía familia, una tía hizo los trámites y le puso una cadena con un candado de bronce enorme a la puerta de entrada, la que tiene el cartel. Ni velorio hubo. 
   —¿Y Sanguinetti lo sabe?
   —¡Ay! Mati… ¡Yo qué sé!…, no puedo estar en todo. Alguien ya se lo debe haber dicho… Digo… por la cara que tiene, pobre hombre.
   Claro, las porteras no pueden estar en todo. 
   Matías deja el edificio, dobla y se detiene en el puesto de diarios. Está sobre la hora de cierre: es casi la una de la tarde. Le pregunta al Tano si salió el nuevo tomo de filosofía: el de Platón. Sanguinetti está cerrando, tiene el rostro totalmente cambiado, el cutis casi gris. Con un tono de voz más bien neutro le dice: «Recién el jueves va a salir, pibe». Parece abrumado. Matías se acaba de enterar de la noticia y no quiere hacerle ningún comentario. 
   Gloria, por supuesto, hoy no vino, y el Tano sabe por qué, pero, de todas maneras, no va a devolver a la editorial el último ejemplar de Los mejores compositores clásicos de todos los tiempos. Lo acomoda en el estante detrás de la ventanilla, con blíster y todo. Antes de cerrar le pone un cartelito que dice “reservado”. El Tano es así.
   Y se va para su casa.


VI


   Un día, a primera hora de la mañana, antes de abrir, el Tano hizo algo raro: se había llevado una herramienta del galponcito y desprendió el cartel de “maestra de música” que todavía estaba en la puerta donde vivía Gloria. Primero lo escondió en la parte de adentro del quiosco, pero al poco tiempo, vaya a saber por qué, lo trajo a su casa en una caja de cartón y lo dejó en el pasillo, al lado de la puerta de la cocina. Se pasó toda una tarde retocando el fileteado de las letras y le dio una mano final de barniz. Lo fijó en la parte superior de la jaula de los canarios, bien arriba, para poder verlo desde la cama cuando tiene las ventanas abiertas. Un día de estos le va a colocar un farolito encima para iluminarlo en las noches de verano y que no quede solo en la penumbra.
   Sanguinetti nunca fue al colegio. No pudo. Pero aprendió a leer por intuición. Las lecturas más extrañas edifican su rústico saber enciclopédico. En la estrechez de su pieza consulta libros y arma su ajedrez complicado de conocimientos. 
   Nunca ha terminado de leer uno completo, últimamente dedica sus largas horas de ocio a leer algún tomo de la colección que fue acumulando con los años, de los sobrantes del paquete del camión repartidor. Seguramente su curiosidad le pide alguna respuesta. Pero vaya uno a saber. Él tiene un modo tan particular de ver el mundo. Cuando una frase le llama la atención, la subraya. A veces anota algo al margen. Siempre ha pensado que la locura existe solo bajo la mirada del prejuicio. Con el paso de los días, luego del fallecimiento de Gloria, se fue metiendo más adentro, sus reflexiones se fueron oscureciendo. Los sueños, y únicamente ellos, le dan valor a la existencia. Desde chico arrastra el berretín de pensar así.


VII


   La señorita Fuentes, ahora tiene una presencia similar al aire, y una consistencia como el Tano la imagina en esos sueños tan valorados. Y así debe ser, porque Arturo ha comenzado a cenar todas las noches en su compañía. Aunque parezca mentira.
   La ciudad desaparece, nada existe más allá del tapial blanco cubierto en la parte inferior por el entramado verde de la madreselva. Saca la mesa al patio rodeado de macetas con flores, coloca el mantel claro, la vela, dos platos, dos copas. Descorcha una botella de vino blanco, luego se sienta, se cruza de piernas y les pregunta a sus pupilas grises si les gusta el nocturno de Schubert que se despliega en una melodía a través de las ventanas abiertas.
   —Sí, sí… por supuesto… el solo de piano me gusta mucho, ¿y a usted? —le pregunta, a su vez, ella, con una sonrisa pícara en los labios. 
   La que responde es la voz delicada de la dama que ocupa la otra silla en apariencia vacía. Porque, no existe duda, hay presencia allí. Hay un perfume en el aire muy intenso por encima de los brotes de los dos jazmines plantados en las esquinas más alejadas. El mismo aroma que se adelantaba a la llegada de ella, cuando iba a buscar la revista de la colección al quiosco. Exactamente el mismo. 
   El Tano asiente pensativo, arquea las cejas y bebe el primer trago disfrutando de los acordes en secreta compañía de la dama con la que habla. 
   Pero recién hacia la media botella se produce eso inesperado, tan difícil de describir, que le da la plenitud al momento: la silueta de Gloria va ganando en detalles, colores y texturas, cobra vida y se hace más consistente aún, casi tocando la verosimilitud de lo concreto. 
   Primero, es verdad, parece una nube difusa que apenas le da contornos a la forma, pero luego el pincel mágico de la realidad del Tano termina de modelar el rostro completo, el vestido blanco, la figura delgada. 
   Y entonces, le charla como en el puesto de diarios, mientras la armonía de fondo sigue envolviendo la ilusión que se genera en el patio silencioso, en la casa recostada contra el terraplén, en la calle Paraguay, al fondo.
   O, simplemente, en la cabeza de Arturo Sanguinetti. 
   Vaya uno a saber cómo sueña el Tano, cuando sueña.


VIII


   El Tano cerró para siempre la parada de diarios luego de esa noche, o una semana después a lo sumo. El camión repartidor ya no dejó más el paquete y el mueble pintado de verde no abrió más sus puertas. Los clientes, al principio, preguntaban a los vecinos si sabían cuándo iba a abrir el quiosco. Nadie sabía nada. Con el tiempo la gente se fue dispersando, fueron comprando el diario y las revistas en los puestos más cercanos y cesaron las preguntas.
   Pasaron las noches azules de marzo y comenzaron las ráfagas levantando remolinos de hojas secas y haciendo firuletes en el aire. Los fríos empezaron a cerrar las puertas y ventanas de los restaurantes, las mesas que adornaban las veredas de Humboldt volvieron a ocupar el interior de los locales. Pero también llegaron las lluvias a empapar marquesinas, a formar charcos en las veredas, a abrir paraguas sobre las cabezas de los transeúntes. 
   El moho comenzó también su trabajo sobre las chapas del mueble verde de la parada del Tano. Tuvo todo el invierno para hacer la tarea minuciosa. Lo fue carcomiendo más del lado de la esquina. El óxido debilitó el costado que da a la calle Paraguay. Y a pesar de que el tronco de la acacia todavía sostenía la espalda de la estructura, una noche se inclinó y perdió el equilibrio. Hubo un estruendo, como un estrépito fofo, pero nadie salió a la calle ni miró por la ventana.
   El mueble quedó retorcido y ocupando parte de la calzada, lo cual ponía en riesgo la circulación del tránsito. A la mañana siguiente llegó el aviso al sindicato de canillitas. Recién una semana después una grúa subió el bulto deforme a un camión de la municipalidad y la circulación quedó liberada. Los primeros días se notaba que faltaba algo en la esquina, pero luego las ramas de la acacia fueron disimulando el hueco.
   Se abrió un expediente, pero muchos meses después, durante el verano siguiente, cuando había pasado casi un año con el quiosco cerrado, se hicieron presentes en el domicilio del Tano un inspector de la policía y dos patrulleros. La casa estaba abandonada, los yuyos demasiado crecidos casi tapaban la puerta de entrada, la madreselva se desbordaba por encima del tapial.
   Lo primero que le llamó la atención al inspector fue el cuerpo del Tano en la cama del cuarto, o lo que quedaba de él: un montoncito de huesos de aspecto muy similar a los canarios muertos en el fondo del jaulón del patio, pero sin plumas.
   El Tano no tenía familiares, por eso es que el trámite fue bastante rápido. A fojas veintiuno del expediente aparecía un detalle: sobre la mesa de noche se había encontrado un reproductor de DVD con las pilas sulfatadas y al lado un ejemplar de la colección Los mejores compositores clásicos de todos los tiempos, con una selección de las mejores obras del inolvidable Boccherini. 
   La resolución del juez era bastante escueta, pero mencionaba dos veces que en el lugar del hecho no se había encontrado ningún indicio de violencia. 
   Y por supuesto, es muy raro que las personas como el Tano se vean envueltas en situaciones violentas. Como dice la portera: «A ese hombre se lo llevó la tristeza».




Este cuento pertenece al libro "Escarcha".

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22 comentarios:

  1. Tristeza es lo que me ha dejado a mí esta historia tan bella. Este amor entre dos almas solitarias que se encuentran para separarse y volverse a encontrar. Escribes tan bien, querido Ariel, que me pasaría horas y horas leyendo tus preciosos relatos. Te animo a que escribas una novela. Debe de ser una delicia tener un montón de páginas por delante para disfrutarte. Un beso muy grande y mis felicitaciones

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    1. Menudo elogio que me haces, querida Ana, te lo agradezco mucho. Es de veras muy lindo lo que me dices porque a mí me sucede algo similar cuando leo tus textos. Cuando tuve tu novela entre mis manos te puedo asegurar, Ana, y por favor créemelo, que me la he devorado sin despegar la vista desde el principio al fin, un libro conmovedor. Muchas gracias por animarme a escribir una novela, tendré en cuenta tu consejo, el tiempo lo dirá. Yo también te mando un beso grande.
      Ariel

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  2. Hola, nueva seguidora; felicitaciones por blogs y publicaciones; este es el último publicado por mí:https://ioamoilibrieleserietv.blogspot.it/2018/04/recensione-serie-diabolic-s-j-kincaid.html


    Si quieres te espero como lectora permanente

    Gracias

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    1. Muchas gracias por tu tu propuesta, Benedetta, ya tengo reseña en español y por ahora me conformo con eso. Un saludo.
      Ariel

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  3. Maravilloso y a la vez triste historia que encierra uno de esos kioskos que van desapareciendo en casi todas las ciudades. Esos clientes variopintos que hacían ser a este kioskero su vida estaba llena de visitas. Cuando iba a su casa se moría de pena y así lo encontraron muerto. Me ha encantado la historia R. Ariel. Un abrazo.

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    1. Muchísimas gracias por leer esta historia, Mamen, y por el comentario tan bonito que me dejas. Es una historia con final triste, es verdad, pero ya vendrán otras que tendrán finales felices. Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  4. Guardado, ya sabes Ariel que me gusta leer despacito, con calma y tiempo.

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    1. Sí, de acuerdo Isabel, creo que es el mejor modo de leer.

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  5. Un relato que desprende tristeza y soledad. Bellísimo, emotivo y magistralmente escrito. Lo he leído dos veces, Ariel. Me ha encantado.

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    1. Muchas gracias, Marta, eres muy generosa en tus halagos. Un placer leer tu comentario. Muchos saludos.
      Ariel

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  6. Creo que ya te he dicho muchas veces ¡qué bonito escribes!,... y no solo por la historia, que es bellísima, sino por esas sensaciones que trasmites en cada una de las frases,... palabras que nos cuentan estados de ánimo, sentimientos, anhelos,... me ha encantado!

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    1. Me alegra mucho que hayas pasado a leer y te haya gustado. Yo disfruto también escribiendo, tratando de ponerme en el sitio de los personajes, aunque conlleve un trabajo intelectual intenso siento que tiene su recompensa. Es un placer contar con tu visita, amigo Norte. ¡Un abrazo!
      Ariel

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  7. Aún estoy sobrecogida por la lectura que acabo de hacer. Sobre cogida de belleza y sentimientos. Querido MAESTRO, toda mi admiración. Eres un enorme escritor. Leo y aprendo.
    Tu alumna Isabel.

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    1. Te agradezco mucho lo que dices, Isabel, es muy lindo saber que el texto te ha gustado. Me pone muy contento. Yo también te admiro mucho y aún me sigo sintiendo un alumno tuyo en esta hermosa tarea de escribir.

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  8. Un verdadero capolavoro, pibe de Palermo. Te sienta bien la tercera persona. Una historia medida y a la vez exhuberante. Solamente vos podés hacerla. Y allí andan tus importantes descripciones, minuciosas pero jamás agobiantes y los aportes psicológicos para "despertar" al lector (cuando te conviene)acerca de la naturaleza de algún personaje. Y ese pudor que compartimos respecto a Buenos Aires. Pensando mientras escribo me viene a la mente la palabra "oficio". Es importante este trabajo porque si algo que denota es oficio literario y vos ya lo lograste. Es un escalón más, yo te diría casi un podio. Te felicito. En cuánto a mi, me he pasado un par de semanas en Mar de Las Pampas, bebiendo vino de la costa y escribiendo un par de poemas que he subido al blog. Cada vez me cuesta mas seguir la novela y escribir "largo". Mañana cruzo el charco en el Buquebús. Ya te mandaré algún saludo desde la Banda Oriental. Un abrazo

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    1. Muchas gracias, Néstor. Es muy estimulante tu comentario porque si hay un mérito se debe al trabajo, al estudio y a la perseverancia. Puede ser que el texto guste o no, eso ya no depende de mí, pero siempre mantengo el compromiso de hacer todo lo que está a mi alcance para no defraudar, aprendiendo cada día un poco más para hacerlo mejor, hasta donde me sea posible. Y siempre en un eterno retorno, volviendo a contar sobre Buenos Aires, ese "pudor" que compartimos. Me pone contento que sigas escribiendo, aunque te cueste trabajo, es una pelea de todos los días a la que vos estás acostumbrado y que, seguramente, vas a seguir ganando. Espero que disfrutes tu estadía al otro lado del río. Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  9. Ariel, leer este escrito ha sido como escuchar música celestial. ¡Qué bonita,tierna y emotiva historia!
    En cuanto a la forma ¡magistal! Me gustaría alcanzar algún día tu maestría, pero creo que con eso ya se nace. !Enhorabuena¡
    Un abrazo

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    1. Ana, me has dejado un precioso comentario que me halaga mucho. Yo soy solo un compañero de letras que le gusta lo que hace, tal como tú, me siento a tu misma altura, no lo dudes. Me preocupo mucho por tratar de hacerlo lo mejor posible, por eso trabajo mucho sobre los textos. Me agrada sobremanera. No sabes cuanto me alegra que te haya gustado la historia. Muchas gracias por tus felicitaciones.
      Ariel

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  10. Me encantó este "cacho" de Buenos Aires, la descripción de ese rincón tan porteño y su maravilloso personaje: el Tano.
    Melancolía, soledad y amor que se convierte en muerte, expresados con tu estilo sólido y delicado a la vez.
    Un gran trabajo, Ariel.
    Abrazo grande.

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    1. ¡Querida Mirella!, es un placer saber de vos, es una alegría muy grande. Hace rato que vengo trabajando con este relato. Yo vivo en Humboldt casi Paraguay. En esa esquina hay un quiosco de revistas y hace rato que quería "fabricar" un personaje para esa parada de diarios que tuvo diferentes dueños. Me daba vueltas en la cabeza, era una especie de deuda. Yo quería que el Tano Sanguinetti me saliera bien porteño. Por eso me pone muy contento que te haya gustado. Te mando un abrazo grande, con mucho cariño.
      Ariel

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  11. Que hermoso pero a la ves triste relato de soledad y amor a mi queda la sensación de que Gloria era su alma gemela extraviada en el tiempo que llego por fin hasta el para llevarlo junto a ella.

    Disfrute la lectura y agradezco a mi querida + Mirella S por haberlo compartido.

    Saludos R.Ariel.

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    1. Hola Eugenia, eres bienvenida al blog.
      Sí, yo también diría, como lector, que se trata de almas gemelas, tal vez por esa razón cuando ella perece él sigue su mismo camino.
      Yo también agradezco a Mirella porque con su difusión ha permitido que leas el relato y me dejes tu bonito comentario.
      Te mando un gran saludo.
      Ariel

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