lunes, 18 de diciembre de 2017

Cielo rojo


   José está preso desde que se le incendió el rancho. Su vida está confinada entre tres muros y la reja inviolable de una celda. El techo y el piso de cemento clausuran su encierro como un féretro de piedra. Al fondo hay una abertura cuadrada que filtra un prisma de luz entre seis barrotes cruzados, negros y torcidos.
   Trata de pensar por qué está aquí y rememora. La pobreza lo fue empujando de a poco a vivir al borde del arroyo, donde no llega la mano de los ángeles. 
   Aquella noche de invierno no tenía plata para la garrafa, y el frío dolía tanto que encendió el brasero. Tal vez lo puso demasiado cerca de la cama. María se lo pidió. El carbón encendido empezó a morder la punta de las cobijas, siguió con el ropero, hasta que el aire se puso rojo por encima de las chapas del techo. 
   Qué difícil para José es conciliar el sueño. Recuerda la sirena del autobomba, el cuerpo calcinado de su mujer y la lucha de los bomberos combatiendo las lenguas de fuego. Y después el fin, el derrumbe de la vivienda, y todo ardiendo a su alrededor como un infierno de trapos, latas y explosiones. 
   Esa fue la última escena que vio antes de perder el sentido. Lo que sigue en su memoria es cuando lo trasladaron esposado hacia la comisaría. 
   En el medio se le genera un hueco que deriva hacia el olvido, con imágenes borrosas, en medio de la confusión, con toda la gente del barrio en la calle, observando el drama. En el calabozo rememora los gestos del gallego alucinado, parado frente al baldío donde duermen las vagabundas, gritándoles: «¡mujerzuelas!», echándoles la culpa de la tragedia.
   En la villa acorralada entre la vía muerta y el arroyo contaminado las cosas son así, hasta la luna es triste. Por eso José no quiso que María tuviera hijos. Es mejor, le decía. El cielo que nombra el cura párroco no es el que está aquí arriba, está en otro lugar que no conocemos.




Este relato pertenece al libro "Cielo rojo".


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martes, 12 de diciembre de 2017

Estatuas de sal


   Julián llega en bicicleta a la vivienda restaurada por él, entre las ruinas de este pueblo de veinte manzanas. Pasa al lado de los vestigios del desorden, testigos del cataclismo, hormigones quebrados, huecos en paredes donde hubo ventanas, soledad y silencio. 
   Deja la bolsa sobre la mesa. Ha comprado en la ciudad vecina una hogaza de pan y dos botellas de vino. Se acerca a la ventana y mira hacia la laguna de Epecuén. Es más salada que el mar, las olas de la orilla babean espuma, y la playa es un manto infinito de granos de sal.  
   Recuerda cuando tuvo que desalojar la casa, antes de la inundación que cubrió todo y le arrancó la vida a Helena, su mujer. 
   Hace nueve años, el agua se retiró y los restos retorcidos del caserío emergieron por completo, desnudando la calamidad. Julián volvió y es el único habitante de esta villa maldita que ya no existe. 
   En las noches de luna llena, cuando la superficie del lago es un espejo de mercurio, baja a la playa a modelar la estatua de sal con la figura de su mujer. Y termina su labor antes de que los primeros resplandores del sol disparen las saetas rojas del amanecer, hacia la parte más alta del cielo.
   Hace la tarea de rodillas. Tiene los pantalones roídos porque los cristales blancos lastiman como astillas filosas. De vez en cuando los remienda con cueros para evitar los tajos sobre la piel.
   Las tormentas que se desatan sobre Epecuén destruyen la estatua, a veces la quiebran. Por eso cuando el viento sudeste encrespa la superficie del lago, él vigila desde su casa la escultura de Helena. 
   Si la figura se disgrega, espera que amaine el temporal, y baja a la playa para hacer otra, apurado quizás por rescatar el amor que se tuvieron: puro, melifluo, inmaculado.
   Fabricar estatuas le cuartea las manos, pero no le importa porque siente que vuelve a acariciar las mejillas de Helena al borde de la laguna.
   Julián es de esos hombres que se resisten al olvido fabricando ilusiones, para poder seguir viviendo, y no caer en la locura.




Este relato pertenece al libro "Cielo rojo".


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