martes, 12 de septiembre de 2017

Por lo último que queda

   Dormí mal porque anoche los pibes estuvieron tirando piedras. Se aprovechan. Mi casa es antigua y hace cuatro años le hice cambiar todo el techo de tejas por chapas de zinc acanaladas. Por eso, cuando caen los cascotes, el sonido aquí adentro se torna insoportable. Me tapo la cabeza con la frazada roja hasta que se aquieta el eco del último estruendo. Nunca tuve el valor de asomarme para verlos cuando están en pleno acoso. Llegan al terreno abandonado, lindero con el fondo, y desde allí tiran los pedazos de ladrillos por encima del muro. Una noche de éstas las vigas de madera van a ceder y se va a venir todo abajo.
   Ellos nunca gritan. A veces escucho murmullos entrecortados de palabras soeces, una especie de culebra escamada que se arrastra sobre el revoque impreciso del otro lado del muro, como un rosario de frases destrozadas que se dicen entre ellos antes de empezar a lanzar los proyectiles. No es uno solo, sino varios, es más, parecen muchos, demasiados. Después, cuando se escapan corriendo, escucho las risas atenuadas, como si el humo de los alientos agitados se condensara en trocitos de hielo, en el aire del invierno, hasta que se pierden más allá, al otro lado de la medianera y el patio de atrás de mi vivienda queda en silencio.
   Últimamente me han estado molestando más seguido. Vienen al atardecer, cuando el cielo rojo desaparece por el costado de los edificios, porque es en esa transición hacia la noche cuando la gente no les presta atención, y ellos aprovechan la oscuridad para que no los vean. No sé de dónde vienen. Son de otro barrio, seguramente.
   Me levanté tarde por ese motivo, por los ruidos. El frío me acobarda un poco y no tengo ganas de salir a la calle. Pero hoy no he desayunado. Debería hacer alguna compra en la verdulería, comer algo. Tengo el estómago vacío, me vendría bien alguna sopa de zapallo que me caliente por dentro hasta la hora de dormir. 
   Dudo un rato y luego de dar algunas vueltas por el interior de la vivienda con las manos en la espalda, me decido. Me pongo la campera y salgo al jardín delantero con las llaves en la mano. Recién cuando llego a la reja noto la caricia de una leve llovizna. No me lo esperaba. Es una garúa que desciende floja, sin el orgullo violento de la lluvia, flotando en pequeñas gotas, tan mínimas como puntos blanquecinos dibujados por encima de la silueta cónica del ciprés. Polvo de agua parece. Entonces, regreso a la casa a buscar algo que me proteja.
   Ni bien entro, me detengo. Coloco una mano en los labios y la otra en la cintura, como si en esa pose me resultara más fácil recordar la ubicación que tienen los objetos en este recinto pobre. Resulta un poco cómico, es difícil esconder algo en la austeridad que me rodea. 
   Vivo solo hace diez años. Ya estoy acostumbrado, pero, aún hoy, no deja de parecerme extraño. Mientras permanezco en la cocina buscando el paraguas me pregunto cuánto tiempo hace que no hablo. Voy de compras al almacén y digo: sí, no, cuánto es. Pero esas cosas no son hablar. En realidad, no converso con nadie, y, a pesar de eso, no me siento mal. Tampoco necesito mascotas que me den la oportunidad de monologar. No me gustan. La soledad no me provoca tristeza, o melancolía. Nada de eso. 
   De joven era muy charlatán, después me casé y ya estaba un poco metido para adentro. Cuando me separé de mi mujer me di cuenta de que me había desconectado de los amigos y me fue fácil entrar en el ostracismo. Así como no es obligatoria la elocuencia a fin de dialogar con uno mismo, también deja de ser imprescindible la modulación de la voz, ya no hay con quién compartir un diálogo. Aunque el habla se atrofia, la claridad de la intimidad, me parece, que ilumina más la consciencia. Los músculos del rostro han cobrado cierta rigidez por la falta de uso y, poco a poco, me voy acostumbrando a convivir con mi universo interior, con el brillo de sus auroras estelares y con sus tormentas de sombra.
   La vida es un trayecto hacia el silencio propio, me digo. Es fácil perder el lenguaje, es tan sencillo como ir perdiendo el cuerpo, ocurre simplemente dejando transcurrir el tiempo. Yo ya soy un anciano y esta condición va incrementando el deterioro de la carne por sobre todas las cosas, y de ese modo se limitan de a poco las posibilidades de los sentidos. Veo menos, oigo menos, camino más lento. El cinismo, la ira, la furia, los celos y el odio son sentimientos que ya no sería capaz de sostener. Hace falta el fuego y yo ya no tengo la capacidad necesaria para encenderlo.
Encuentro el paraguas, dejo las cavilaciones de lado y salgo nuevamente. Lo abro y lo sostengo con la mano izquierda. Me cuesta mantener el equilibrio, no quisiera que se vuele mientras recorro el sendero de baldosas que me lleva hasta la reja. 
   Llego. 
   Aprieto más fuerte el mango mientras introduzco la llave con la mano derecha en la cerradura de la puerta de barrotes de hierro que da a la calle. Esta maniobra me cuesta. Hago varios intentos, pero no logro abrir accionando la llave con una sola mano. De repente logro darle media vuelta y con tal mala suerte que se traba. La muevo hacia atrás y luego hacia adelante, pero no hay caso. 
   Entonces, cierro el paraguas y lo dejo a un costado. Sé que me voy a mojar, pero pongo las dos manos en la tarea, una por vez, porque me parece, que, de esta manera, voy a tener más sensibilidad para destrabar la cerradura. Las gotas pequeñas me resbalan por el cuello, me picotean la ropa como si estuviera atacado por una bandada de colibríes. Estoy encorvado a la intemperie, arrimado a la puerta de la reja, como un bulto oscuro que alguien ha dejado abandonado. Mis pantalones y la campera se van oscureciendo de apoco, a medida que absorben el agua. Hago la tarea tratando de encontrar la posición adecuada, como si tratara de dar con la combinación de una caja fuerte. Procedo con cautela primero, con insistencia más tarde, y al final, con irritación, cuando me doy cuenta que está definitivamente trabada. 
   Me levanto contrariado y con ambas manos me tomo a las varillas de acero pintadas de negro, apoyo la cara y el abdomen contra ellas, busco erguido en esta rara postura, la oportunidad de la reflexión. Trato de convencerme, aquí hay un engaño. Esto no me puede estar pasando, tiene que haber una solución, pero me desanimo de inmediato. Lo acabo de intentar por todas las maneras posibles. Miro hacia arriba y se me ocurre que tal vez, con esfuerzo y paciencia podría escalar la verja y saltar hacia afuera. 
   El entramado tiene algunas varillas horizontales, la primera está a veinte centímetros del piso. Pongo un pie intentando escalar, siento el agua que resbala por los fierros, algunos de ellos oxidados. La valla es alta, más de dos metros seguro. Ni bien logro alzar mi cuerpo en ese primer escalón siento la debilidad de los músculos y abandono la tarea. Es imposible alcanzar la segunda planchuela metálica, está a un metro de altura. Miro hacia la calle buscando a alguien que pase y me pueda ayudar de algún modo. 
   Veo un transeúnte solitario. Camina por la vereda de enfrente, aprovecho esta ocasión fortuita y le grito pidiendo ayuda. Es una mujer mayor que lleva un piloto transparente con capucha. 
   —¡Señora, señora! ¿Me escucha? —le grito con las manos al costado de mi boca a modo de bocina.
   La mujer se detiene, me mira sorprendida, pero no cruza la calle. Yo trato de explicarle que necesito un cerrajero. Se lo digo a los gritos. Al parecer eso le llama la atención, tal vez vocifero demasiado y gesticulo de forma exagerada. Ella se mantiene a la expectativa, solo se acerca un poco al cordón de la acera. Mi explicación no es convincente, es más, me parece que la desconcierta. Entonces decide irse y no participar de mi problema. 
   Mientras retoma su camino dice algo en voz baja. No logro escuchar, pero alcanzo a percibir un cierto tono de desconfianza. Apura un poco más el paso y se aleja. Quedo desolado. Debe haber pensado que estoy loco y no quiere involucrarse. Tal vez ha supuesto que vivo con alguien más y no quiere meterse en cuestiones de familia. Ha optado por desentenderse del asunto. No la culpo. Además, me parece que vio la desesperación en mis gestos. Eso, seguramente, la ha asustado. Tal vez me descontrolé cuando gritaba. Debo tener el aspecto de tipo peligroso, gesticulando demasiado, sacando y agitando los brazos entre los hierros, como un presidiario, o un orangután queriendo salir de su jaula. 
   El esfuerzo ha sumado algunas gotas de sudor a mi frente mojada por la lluvia. No sé muy bien porqué, pero me siento humillado, tal vez por la torpeza que he cometido. Recién ahora tomo conciencia de la seriedad del problema. No tengo teléfono, estoy aislado y recluido, recién ahora advierto los peligros de la vejez, la importancia que cobran las mínimas adversidades de las circunstancias cotidianas. Me asombra la pequeña dimensión que tienen las posibilidades de la toma de decisiones de un viejo como yo. 
   La libertad se acorta como un resorte, se marchita con la vida. La voluntad puede estar intacta, pero necesita de un cuerpo joven para ejecutar los actos, aunque sean de trascendencia tan nimia como el simple hecho de escalar este obstáculo que se yergue ante mí, ahora, como una muralla egipcia. La impotencia me hace sacudir la reja tensando los músculos de los brazos, lo cual no tiene ningún sentido, y, además, le doy una patada, cosa que tiene menos sentido aún. La angustia me sube a la garganta, aflojo la tensión de los puños aferrados, me dejo resbalar. Caigo hincado de rodillas, abatido. Apoyo la frente contra los barrotes. Estoy asustado como un animal que se ha perdido en la noche. Me abandono en esa posición un rato, sin pensar en nada, y luego lloro como un chico, las lágrimas resbalan tibias, largamente. Debo presentar una imagen patética, en esta posición, y en este desamparo.
   Trato de componerme. Me siento un inepto y un tonto por no haber previsto que esto podía suceder algún día, y quedar huérfano de soluciones. He dejado de gemir. Me siento más aliviado luego del desahogo, nadie me ha visto. Tomo el paraguas y entro, nuevamente, a la casa. La llave queda insertada en la pequeña abertura del cerrojo. Se ha transformado de un momento a otro, en un objeto que me señala, con la burla de las circunstancias banales. 
   Me siento impotente. Me tiro en la cama vestido tratando de buscar una solución. No sé porqué me disperso y se me da por pensar en mi edad. Tengo ochenta años, tal vez el pasado se ha convertido en una carga muy pesada. Me pregunto: ¿Cuántos años más voy a vivir? Uno se fatiga, llega un día en que se cansa.
   De espaldas sobre el colchón, con la cabeza sobre la almohada, miro hacia el costado y veo la pintura de la pared sucia y descascarada. Ya no recuerdo la última vez que le he dado una mano de cal. Ahora se parece cada vez más a una choza, o una barraca. La ventana tiene un vidrio astillado, seguramente por una de las pedradas de los pibes, tantas veces han venido a acosarme por el fondo. Parece una estrella pintada en el cristal del batiente del lado derecho. Tiene un pequeño agujero, de ahí nacen los rayos de los fragmentos filosos, y por allí entra el soplo de aire que mueve la cortina y la hace ondear como si se tratara del vestido de una muñeca. 
   No me gustan las muñecas, tiendo a desviar la vista cuando me encuentro con la cara de alguna de ellas, con sus muecas rígidas y sus labios pintados. Siempre le tuve terror a las máscaras y ese juguete me recuerda lo inhumano de un rostro rígido. También me hace acordar el espanto que sentí cuando me asomé al ataúd en el velatorio de mi tío y vi su cara color cera y sus labios pegados cubriendo prolijamente toda su dentadura. Los muertos no ríen, pensé. Y ahora me llega este lejano recuerdo. Y lo asocio con los sonidos que escuché en aquella ocasión cuando me acerqué al féretro. Algo se movía adentro y provocaba breves golpeteos sobre la madera, debajo de la mortaja. Por temor me alejé hacia el extremo de la sala, me fui lo más lejos posible para no oír el repiqueteo retumbando dentro de la caja. Aún hoy evoco con nitidez el sombrío suceso. 
   Estoy varado, hace un rato largo, en estos pensamientos dispersos que no me llevan a ningún lado. Todavía no he decidido qué voy a hacer con la llave. Me sobresalta un golpe en el jardín delantero. ¡Plaf!, escucho. Me levanto y voy hacia la cocina. Abro la puerta y no veo otra cosa que esa maldita reja. Me mantiene confinado, a ambos lados de mi casa se yerguen los altos muros laterales de los edificios vecinos. Espero unos instantes parado bajo el marco y percibo un olor acre. Salgo y camino por la senda de baldosas, la picazón en mis fosas nasales es cada vez más intensa, huele a podrido. 
   Miro a un lado y a otro, me arrimo al borde del sendero y lo veo. Es un gato muerto, seguro que los pibes lo tiraron por encima de la verja, para intimidarme. Está inflado como un globo y tiene las patas rígidas, despide un olor insoportable. 
   Reflexiono acerca del sonido que escuché y me pregunto si no ha sido producto de mi imaginación. ¿Lo habrán arrojado ahora?, o, está hace días y yo recién ahora percibo el olor, tal vez por efecto de la lluvia. Porque también hay gente que no tolera a estos animales y los envenena. El gato pudo, fácilmente, atravesar la reja y morirse acá en el jardín. Ahora me queda la duda. 
   Mi ex mujer, con el paso de los años, me fue convenciendo de que yo era un paranoico, y ese fue uno de los motivos de la separación. No es verdad. Yo no tengo ese problema, yo siempre insistí y eso sí es verdad, con el tema de los ruidos. Vivíamos en un departamento con pisos de pinotea. A veces no podía conciliar el sueño y encendía el velador. No me interesaba si ella se encontraba profundamente dormida, la movía con el codo hasta despertarla y siempre se producía el mismo diálogo.
   —Eva, ¿las escuchás?
   —¿Qué?
   —Las ratas… están corriendo abajo del piso.
   —¡Dejáme dormir, por favor! y apagá la luz.
   Y yo la apagaba, pero no me dormía enseguida porque seguía prestando atención al traqueteo. A la mañana siguiente revolvía entre los artículos de limpieza sin que ella se diera cuenta y, si no había veneno, me ocupaba de comprar, y cuando volvía de trabajar lo desparramaba por todos los rincones y detrás de los muebles. Me acuerdo perfectamente, era un producto con forma de semillas de color rosado. Lo raro fue que a pesar de mi meticulosidad y consecuencia al esparcirlo nunca logré encontrar ninguna rata muerta, aunque por supuesto, seguía escuchando los ruidos.
   Sigo aquí parado viendo el gato muerto, desparramado detrás de la azalea. Me tapo la nariz en un gesto inconsciente y cuando retrocedo, piso el borde de las baldosas con la suela mojada. Me resbalo y caigo con medio cuerpo sobre el barro. En esta parte no crece el pasto porque está justo debajo de las ramas del pino. Me cuesta levantarme, me duelen las rodillas y el codo, me debo haber raspado con el filo de cemento. Como puedo, me incorporo lentamente. Con la mano embarrada me acomodo los anteojos y camino rengueando hacia la casa. Sobre las baldosas grises quedan marcadas las huellas de mi pie izquierdo, son lunares de barro, se irán lavando con las salpicaduras de las gotas de agua que no dejan de caer del cielo.
   Ni bien entro me saco los zapatos y voy a la ducha. Permanezco mucho tiempo bajo la lluvia de agua caliente. Salgo y me miro al espejo. Pocas veces presto atención como ahora a mi cuerpo. Observo los surcos duros de las arrugas de la cara, los colgajos de piel que envuelven un esqueleto de lámina de anatomía, la mirada indolente de solemne respeto, el torso encorvado, los hombros caídos. La fuerza de gravedad de la vida se me ha acumulado en toneladas de carga sobre la espalda, un techo me oprime y baja inexorable mi cerviz, como una prensa hidráulica invisible, o un cascanueces que aprieta con voracidad pretendiendo destruir mis articulaciones. 
   Me paso la mano temblorosa para quitar los cabellos blancos de la frente de mi rostro inquietante y asimétrico. Hace unos meses he empezado a notar que me tiemblan los dedos, es un galimatías gestual ordenado por mi cerebro, quién sabe porque motivo. Es un movimiento no querido, un indicio más del corto recorrido que me queda por delante. No quiero seguir viendo mi figura decadente. Como si fuera una bailarina, doy pequeños pasos al costado huyendo de mi propia imagen, y, además, giro la cabeza buscando un sitio opaco, el crucifijo de roble colgado en la pared, la silla con el tapizado roto, la lámpara de pie cubierta de polvo, cualquier sitio donde no me encuentre con el reflejo de mí mismo.
   Me seco y me visto. Voy caminando descalzo a la cocina. Me siento y enciendo la televisión. Es un aparato antiguo que solo tiene imagen, me conformo con eso, es una forma de ejercitar la imaginación. Me preparo un té y me pongo las zapatillas de abrigo porque tengo frío en los pies. Como un trozo de pan con mermelada. Miro las cosas desordenadas sobre la mesa, es un resumen del inventario de todo lo que tengo. Acá están las boletas de la luz y el gas. El mes próximo voy a dejar de pagar alguno de esos servicios, me parece que voy a optar por el gas porque el invierno ya está terminando. Ya hace un tiempo dejé de comprar algunos medicamentos, el del colesterol no me preocupa tanto, pero sí los analgésicos porque me alivian la artrosis. La plata no me alcanza para todo y elegí suspender la medicación. En cambio, con estos lentes puedo seguir tirando, el marco de carey se me quebró cuando me tropecé con la banqueta. Lo arreglé colocando varias vueltas de cinta aisladora, de la que usan los electricistas y, hasta ahora, no se me desarmó, ni siquiera hace un rato, cuando me caí en el barro. Como no tengo teléfono, no sé todavía cómo voy a resolver lo de la llave, debería llamar a un cerrajero, pero por ahora no puedo salir de acá adentro. Meditando en estas cuestiones domésticas se me pasa la tarde.
   Me levanto de la banqueta, abro la puerta y miro hacia afuera. Ha dejado de lloviznar, el aire está quieto, no veo pasar a nadie por la calle, las lenguas de fuego del sol han sucumbido por completo en la fosa del horizonte y empiezan a caer las primeras sombras en el jardín. La inmovilidad de la reja negra, cerrando el espacio entre los dos edificios que confinan el terreno en el cual está construida mi casa, por primera vez en mi vida, se vuelve una amenaza. Cierro la puerta, apago el televisor, me voy al dormitorio y me tiro en la cama. 
   No enciendo el velador y es inevitable, empiezan a surgir los recuerdos en mi cabeza, cada vez son más débiles, como si fuesen fotografías que se tornan más difusas, las formas muestran los bordes imprecisos. Pienso con imágenes quietas, nunca me pregunté porqué no hay movimiento en mis pensamientos, y, menos que menos, aromas o colores. No. Nunca hubo eso.
   Escucho ruidos en el fondo. Los pibes están cerca, ya empiezan a caer, otra vez, las piedras sobre el techo. Espero. Estoy en penumbras. Está anocheciendo, pero no me atrevo a encender la luz, aunque tengo a mi alcance la perilla que está sobre la mesa de noche. No sé porqué, algo me molesta en el estómago. Tengo una sensación muy parecida al miedo. Estoy aislado, desamparado, vulnerable. Me pregunto si tiene sentido seguir resistiendo cuando el futuro es tan escaso, cuando la poesía de la vida ya ha terminado su tarea y el territorio de la existencia está invadido por los dolores y pesares, esos fiscales por demás eficaces, los silenciosos mensajeros de la muerte. ¿Qué utopía a perseguir queda por delante? Ninguna.
   Oigo un traqueteo como si zapatearan sobre la faja de tierra cubierta de césped que duerme contra la medianera, en el patio de atrás. Miro hacia la ventana, la del vidrio astillado. La sombra de una cara se recorta nítida observando hacia adentro, buscando mi presencia. Debe ser por el efecto del resplandor de la luna. Es un beso tenue de la serenidad nocturna, pero alumbra lo suficiente, su fulgor apagado baña con la suavidad de una caricia la penumbra de este sitio. Estoy seguro, es la silueta de una cabeza. Me resisto a pensar que sea un efecto visual. Ya han entrado, ya han saltado el muro, ya están en la parte de atrás de la casa y quieren ocupar la vivienda.
   Ahora tengo un presentimiento, se va a producir algún desenlace siniestro. Me acuerdo del sueño de anoche. Un sueño raro. 
   Había llegado hasta un borde, parado en el centro de este espacio. Me erguía rígido como una estaca en medio de la habitación, cruzado de brazos, como si tuviese la necesidad de sostenerme a mí mismo, sin querer salir del contorno de mi cuerpo. La piel, o, en todo caso, las ropas eran una frontera, me marcaban mi propio límite. Y más allá de ese espacio que describo, era todo abismo. Pero de inmediato lo advertí. No se trataba de este dormitorio, porque no tenía paredes ni ventanas, ni cama ni lámpara. Yo permanecía de pie en una plataforma que, por todos lados daba a la nada y en el fondo de esa nada acechaba el infinito. Mantenía la cabeza erguida como un ave de rapiña y los ojos abiertos mirando hacia arriba, alzando las cejas, tan arriba ascendían las pupilas que los globos oculares eran completamente blancos, como los de un ciego. Recuerdo el miedo atroz a desvanecerme y caer al vacío. Necesitaba un puente. Debería haber alguno. Precisaría moverme lateralmente, o hacia atrás quizás. No lo sabía. Y, además, sería imprescindible tantear con la punta de los pies todo el tiempo para estar seguro de que estaba sobre piso firme. Y, por sobre todas las cosas, no debía marearme ni tentar a la manifestación de los síntomas del vértigo. Por eso intenté no pensar en el temblor que me sacudía las rodillas.
   ¿Y qué había del otro lado? Del lado de la nada. No tenía la menor idea, pero pensaba en una salvación porque esta situación de encierro en la corteza de mi cuerpo a lo único que me remitía era a pensar en un Infierno, el mío propio. ¿Y si, de todos modos, me encontraba con otro infierno esperándome? Habría pasado de un calvario a otro, en una condena eterna. Entonces el estupor me mostró algo verde, parecido a una frondosa vegetación. Y de inmediato percibí algo que fluía de modo similar a la corriente de un arroyo transparente y frío, lo cual me daba una inmensa sensación de bienestar. Pero fue breve, porque después, me asaltó la necesidad imperiosa de tomar un cuchillo, hundirlo en mi piel, y generarme un tajo profundo en el vientre, solo con el objeto de hacerme daño. Era preciso cumplir la confusa orden superior de infringirme un castigo, vaya a saber porque clase de delito o perversidad cometida. Y ahí, siempre en el sueño, fue cuando comencé a sentir la soledad. Fue una sensación de enorme vacío interior, de una infinita tristeza, estaba perdido en el hueco de una galaxia extinguida en el borde exterior del universo. Y me di cuenta de que siempre había estado solo. Y esta vez, aquí parado, rígido como un clavo gigantesco, duro como un bloque de granito, no tenía a nadie cerca, y no habría sido capaz de articular ninguna palabra, aunque lo hubiese querido. Ni siquiera hubiese podido emitir el simple y sencillo sonido de una vocal, porque mi lengua paralizada de horror, no se hubiese movido, y yo habría permanecido lamentablemente mudo. Y fue entonces cuando todo el espacio se tiñó de negro, y por mi garganta ascendió el impulso abrupto del vómito, que avanzaba invencible e inevitable, hacia arriba, desde la boca oscura de mi estómago. 
   A partir de ahí no recuerdo nada más, o simplemente fue ese el final del sueño
   La puerta trasera gira sobre sus goznes. Deslizo la frazada hacia abajo, me siento apoyado en el respaldo de la cama y me abrazo las rodillas trayéndolas hacia el pecho. Mi respiración se agita porque siento el frío de una amenaza, un dolor se clava en el medio de la espalda, es intenso, muy agudo, no lo conozco y eso me asusta. Ahora escucho con claridad los pasos dentro de la casa. Confundo el orden de los sucesos, no logro discernir si la estría de terror recorriéndome la columna vertebral fue anterior a la evidencia de las pisadas de los pibes, que se acercan, inevitablemente. 
   Vienen por mí.
   Pero no se las voy a hacer fácil. Busco el borde de la cama, se me enredan las piernas con las cobijas en el apuro por bajar, pero, afortunadamente, no llego a caerme. Voy hacia el pasillo interno por el cual se accede a la puerta trasera, miro y no veo a nadie. Hace unos minutos me pareció oír pasos, cuando estaba recordando el sueño. Supuse que ya estaban adentro de la casa, pero fue una ilusión. Entonces, me precipito y corro las dos trabas para bloquearles la entrada. Apoyo la oreja. Quiero escucharlos mejor. Oigo susurros. Deben estar planeando la estrategia final. Entonces me envalentono y grito.
   —¡Al primero que entre lo bajo de un balazo!
   Me quedo callado y se hace un silencio profundo. Ahora estoy más confiado, esto me da un poco más de tiempo. En realidad, no tengo ningún arma, pero estos pibes no se la van a llevar de arriba. Busco, revuelvo apresuradamente, en el baúl en dónde guardo ropa vieja y saco todo, inclusive los trapos.
   Voy hacia la cocina y levanto del piso el bidón de plástico guardado al costado de la mesa. Está lleno con el combustible que uso para el tanque de la estufa a kerosene. Esta vivienda es muy húmeda y cuando llega el invierno, el frío me cala los huesos si no caliento los ambientes.
   Comienzo a esparcir las prendas sobre el zócalo de la pared central que divide el dormitorio del pasillo y sostiene, al mismo tiempo, todo el techo. En realidad, es un tabique de madera, realizado con el mismo tipo de tirantes que soportan toda la cubierta de la casa, forrado con tablas de pino de ambos lados. Luego arrimo dos sillas debajo de la ventana y pongo sobre ellas el resto de los trapos. No enciendo la luz, no quiero llamar la atención ahora que se han callado. Observo la banda plateada que se filtra por la persiana y crece como una planta. Y en esto estoy cuando empiezan a tirar, nuevamente, piedras sobre las chapas de zinc. Me tomo, por un momento, en un gesto automático, la cabeza con ambas manos. No quiero escuchar el barullo ensordecedor. Reacciono y prosigo con la tarea.
   Recorro con paciencia los lugares en donde coloqué las prendas, oigo con asombro el gorgoteo del chorro de kerosene empapando los géneros. Vierto también un poco del contenido del bidón sobre las frazadas de la cama. Hice un esfuerzo muy grande y estoy excitado después de haberles gritado. Han dejado de tirar cascotes.
   Vuelvo a la cocina, abro el cajón de la mesa buscando los fósforos. Pienso por dónde sería mejor empezar y me dirijo hacia el dormitorio. No quiero comenzar por la ventana para que no vean ningún indicio de claridad. Raspo la cabeza contra el lateral de la caja y se quiebra el palito de madera. Eso me pone nervioso. Saco otro y raspo nuevamente. Se enciende. Desde una distancia prudente lo tiro sobre la ropa recostada en el tabique de madera. Hay mucho olor a combustible y me hace toser. Se enciende una nube azulada de golpe haciendo un sonido similar al que se produce en el mechero de la estufa, pero más fuerte. ¡Bluf! El fuego se esparce primero hacia los laterales y luego las lenguas lamen las maderas casi hasta la mitad de la pared. Se empieza a generar en la punta de las llamas un humo negro que asciende hasta el entramado del techo en donde se acumula como una nube de tormenta. Por un momento me quedo extasiado observando cómo se agiganta la hoguera.
   Con el recipiente en una mano y la caja de fósforos en la otra, salgo de la pieza. El fulgor parpadea a mis espaldas, siento el calor, va a destruir toda la vivienda, pero me gana una tranquilidad interior extraña que no podría explicar. Ya en la cocina me dejo caer en la banqueta. Contemplo extasiado los relámpagos danzando en el dormitorio. Este episodio va a terminar mal, pero yo solo pienso en esos pibes, no quiero que invadan mi propiedad, la casa es mía. Entonces es cuando empiezo a prestar atención, porque golpean nuevamente la puerta, parecen palos gruesos impulsados por una furia inusitada. Esta vez arrecian con vehemencia. Miro la puerta. Las trabas tiemblan con cada impacto. Me parece que llegó el momento.
   No voy a dejar que me lastimen. Tomo el bidón, lo coloco sobre mi cabeza y me rocío con cuidado. El líquido se desliza desde la nuca hacia abajo empapando la campera, los pantalones, la ropa interior. Vacío el contenido y dejo el recipiente a un costado. Voy a entrar al dormitorio, aunque el humo me haga toser. 
   No sé porqué pienso en el poco talento que he tenido para vivir.
   Me coloco el pañuelo en la boca y atravieso la puerta de la habitación, que ya está, completamente tomada por las llamas.

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22 comentarios:

  1. Tremendo, amigo. Tremendo. De lo mejor que te leí. Es un relato que tiene una narración totalmente madura y uno se va metiendo despacio en la piel y la angustia del protagonista hasta que estalla la catástrofe interior del tipo.
    Como un aparte te diría que se hace un poco largo todo en bloque así como lo planteaste. En una de esas, si separás las partes, se aliviana un poco esa intensidad que tiene la sucesión de situaciones y se pueden aprovechar bien delimitadas.
    Es solamente una sugerencia, pero, de verdad, buenísimo, Ariel.
    Un abrazo grande!!

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    1. Muchas gracias, Simón, me quedo con tu observación. Dudé un poco antes de publicarlo, justamente por su extensión. Es una enorme alegría que lo hayas leído y te haya gustado. Y bienvenida, desde ya, tu sugerencia.
      Yo también te mando un abrazo grande!!
      Ariel

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  2. Impresionante, Ariel. Desde luego es un relato que merece ser leído en papel para ir desgustando palabra a palabra. Un texto que abruma, una soledad infinita y todo lo que ella manifiesta. Un simbología cuidad, la casa cerrada, esos ruidos amenazantes pero no concretados, esas divagaciones profundas, obsesivas, claustrofóbicas y esa solución final que no por dramática es inesperada. El anterior comentarista te lo ha mencionado, son unas letras maduras, de escritor. Coincido en que quizá habría que meter la tijera en alguna parte, pero te aseguro que sería incapaz de decirte donde. Un fuerte abrazo!

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    1. ¡Hola David! Muchas gracias por tu comentario, me gusta mucho el análisis que haces de los matices que encontraste en el texto. Son muy elogiosos. Y sí, aunque es un cuento con un formato habitual para libro (poco más de cinco mil palabras), coincido contigo que es una extensión que excede a los formatos de blog, por eso dudé bastante antes de publicarlo. Pero te vuelvo a agradecer, me alegra mucho que te haya gustado.
      Un gran abrazo desde Buenos Aires.
      Ariel

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  3. Hola, Ariel:
    Muy impactante tu relato. Abrumador. Tan pesada la tristeza que emana como la vida trabada de este hombre solo. Yo también creo que ganaría en impacto sobre el lector si hubiera más espacios para su imaginación e interpretación. pero es una cuestión de estilo; como en "Psicosis" la cámara rastrea todos los pliegues de esta realidad cargada de tensiones. Muy bueno.

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    1. Hola, Beba.
      Muy agradecido por tu comentario y por tu observación. Es muy bueno contar con una mirada como la tuya porque colabora, me da la perspectiva que me falta y me aportás mucho enumerando las sensaciones que se desprenden de la lectura.
      Un saludo grande.
      Ariel

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  4. Estremecedor. Me impresiona mucho cómo eres capaz de adentrarte en esta mente atormentada, tu talento para mostrarnos los matices de una psicología tan compleja. Desde la angustia hasta el delirio. Con esa riqueza del lenguaje que tan bien sabes utilizar. Una delicia, Ariel

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    1. Con cada nuevo texto voy descubriendo nuevas formas de contar, pero siempre trato de no perder de vista el modo principal de pensar y sentir del protagonista, y los nudos más importantes de la historia. Muchas gracias por tus palabras, como siempre, querida Ana.
      Ariel

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  5. Hola Ariel! Me ha gustado mucho el relato :) Coincido con otros comentaristas en la extensión del musmo. Particularmente, la descripción del sueño me resultó bastante larga. Por lo demás, genial. Saludos.

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    1. Hola Raquel, muchas gracias por comentar y por dejarme tu apreciación acerca del sueño. Me alegro que te haya gustado el relato. Un saludo.
      Ariel

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  6. Es un texto opresivo, angustiante que, sin embargo, no se puede dejar de leer. A través del monólogo interior del protagonista, obsesivo, puntilloso, el lector se va adentrando en el universo cerrado y hermético que se construyó el anciano.
    Comprendemos que todas las palabras que no ha dicho en tanto tiempo en el mundo exterior, se las dice hacia adentro y necesita registrar todo minuciosamente porque es su única forma de seguir vivo en ese exilio voluntario.
    Sí, tal vez, el sueño resulte un poco largo, pero ese es el estilo del texto y no creo que necesite espacios entre los párrafos, porque al ser su voz interior la que habla -y lo hace todo el tiempo- precisa de esa continuidad para lograr el clima asfixiante, aunque sea algo incómodo para los que leemos al sentir que nos falta el aire.
    Excelente, Ariel, te felicito.
    Un gran abrazo.

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    1. Una reseña espléndida Mirella, tan linda que la he leído dos veces. Como explicarte algo que tan bien interpretaste. Sé que a veces un texto largo se hace pesado, pero como bien decís, quise acentuar la obsesión en esa continuidad monótona del anciano, con sus sombras, con su paranoia, con su monólogo interno. Muchas gracias por leerlo con la minuciosidad y con el interés de siempre.
      Un abrazo compañera de letras.
      Ariel

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  7. Guardado para leerlo con calma porque es un texto largo, si puedo, lo imprimiré para leerlo en papel.
    Ya te diré querido amigo Ariel. Hasta pronto.

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    1. No hay prisa, Isabel, no hay relojes ni obligaciones por delante. Léelo tranquila que estaré esperando el tiempo que sea necesario.

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  8. Yo no he podido parar.Sin poder salir de si mismo.Un relato increible .Sobre todo el final.Un abrazo

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    1. Muchas gracias Betty. Me alegro mucho que te haya atrapado de este modo, es muy halagador para mí. Un abrazo.
      Ariel

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  9. Realmente un trabajo de nivel "profesional", intensamente visual pero también introspectivo y psicológico. Algo muy difícil de lograr en literatura. Por momentos noté la sombra de Abelardo Castillo detrás de las palabras. La intensidad no decae en ningún momento y por lo visto has logrado esta vez "vencer" a las metáforas. Respecto del "sueño", de la parte en bastardilla, en mi opinión personal no me parece necesaria. Creo que le adiciona pesadez al relato. Si el cuento fuera mío yo la saco. Pero bueno, es nada más que mi opinión. Te felicito pibe de Palermo. Has hecho un gran trabajo.

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    1. Muchas gracias por hacerme llegar tu opinión, por todos los elogios y las observaciones que te surgen de la lectura del texto. Un abrazo, Néstor.
      Ariel

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  10. Me encanta la sencillez y a la vez profundidad, sin artificios retóricos inútiles, donde es tan fácil “ver” y “escuchar” el sonido de las piedras sobre las chapas del tejado. Imagino hasta que no lo cuentas (el repiqueteo de la lluvia tan agradable en un techo de tejas y tan estruendoso en la chapa) A mí me parece que es el más visual de tus relatos, y uno de los mejores que te he leído, lleno de gestos que pones a disposición del lector, casi posando: “una mano en los labios, la otra en la cintura” “dando vueltas con las manos en la espalda”.”pequeños pasos de costado” como un bailarina decadente….es que lo veo te lo juro.
    Conseguido el estado de alerta que siente el habitante de la casa mientras escucha a “ellos”, los sonidos fuertes (cascotes, ladrillos) y los suaves (alientos) igual de amenazantes. Perfecta la descripción de la lluvia mínima (polvo de agua), y el sí, y el no del hombre solitario y no triste.
    Haces querible al hombre lento, sordo, mudo en su soledad elegida, tan metido para adentro y con tan poca necesidad de comunicación, se basta con sus pensamientos. El resto del mundo no lo comprende, claro, a los diferentes se les apedrea o se les aparta en esta sociedad en que la comunicación unid a la velocidad es el alma mater.
    Me gusta muchísimo cuando escribes “Llego” en una sola línea aparte, Has conseguido con esto que sienta la lentitud de su paso. Y también la digresión de pensamientos cuando, abatido, sus pensamientos de la cortina a las muñecas de labios pintados, rostros rígidos, velatorios y muertos. Relaciono los golpeteos de la caja con los golpes sobre el tejado de la casa ataúd.
    En las escenas de cuando se le tranca la cerradura y no consigue abrirla, tengo la impresión, posiblemente equivocada, que pudiera ser que al autor del relato le hubiera pasado algo parecido, no por anciano, ni por torpe, sino por despistado….y que utilice su experiencia para esta magnífica historia…claro que no, evidentemente, hasta su máxima y trágico final, pues nos hubiésemos perdido este magnífico relato.
    El único corto diálogo, efectivo. La parte onírica casa con la sensación de paranoia y con el clima de opresión que va tomando el relato a medida que avanza.
    Y otra cosa, la casa y el hombre mimetizados, ambos gastados, viejos… de alma astillado, surcada la casa y el anciano de colgajos de piel y vida, suspirando ambos hermanados de fuego.

    Me he dejado llevar en el comentario querido Ariel, y nada más leerlo te he comentado para que no se perdiera las primeras sensaciones que me provocaron: angustia, pena, y una tremenda admiración por el autor de esta historia.

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    1. Me quedo sin palabras ante tu minucioso análisis, Isabel. Te agradezco mucho que hayas leído este relato tan largo, porque sé que sale del formato del blog y eso entorpece la dinámica del intercambio con los demás compañeros. Y esto ya es un elogio que quiero darte. El otro elogio va para el contenido de lo que has escrito en el comentario. Y el último que quiero dejarte es que me siento muy satisfecho por las sensaciones que te ha provocado y que enumeras como cierre. Es un cuento sombrío y fue mi intención trasmitir esa pena que mencionas.
      Yo también te admiro mucho, es algo que me pasa desde el primer momento que te conocí.
      Ariel

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  11. Leyendo los comentarios de los compañeros, te diré que si que es verdad que resulta algo largo para este formato virtual o visual...pero estoy de acuerdo creo que con Simón, que para leer en papel es perfecto. Así lo hice.
    Y ahora sí, fin y abrazo.

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    1. No sabes cómo me alegra que lo hayas impreso. No quise cortarlo en pedazos solo para adecuarlo al blog. Un afectuoso abrazo.
      Ariel

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