viernes, 28 de julio de 2017

Las afortunadas

   Las Afortunadas, así las llamaban. 
   Y ese nombre amplio, acuñado por Plinio el Viejo, viene a cuento porque hay una niña que vive en una casa, situada en el África Occidental muy cerca de la costa de arenas ondulantes, la cual se yergue apuntando la torre de cúpula abovedada hacia lo alto, no lejos del borde casi infinito del continente que se contonea, mojando la cadera, en las aguas frescas del océano.
   Y frente a estas costas se agrupan las Islas Canarias, las más arriba aludidas, quienes son acariciadas por los vientos calientes que soplan por encima de las dunas del color del oro. 
   Y la niña sueña, interrumpiendo la tarea del colegio. Sobre todo, se dispersa cuando debe enfrentar, como ahora, a estos complicados y odiosos cálculos matemáticos, sentada en el patio de su casa, bajo la esterilla de mimbre de sombra protectora, con el lápiz en la boca, apoyando el codo sobre la mesa y la cabeza sobre la palma abierta de la mano. 
   La niña tiene los rulos anudados en un par de trenzas largas, y aunque aún no lo sabe, algún día llegará, ya con mayoría de edad, a establecerse en la Gran Canaria, uno de esos lunares de formas diversas, puestos en medio del mar por mandato de la suerte, que, miradas desde algún paraje colgado de la luna, dan la sensación de ser barcas diminutas navegando, como motas esparcidas, solitarias en la vastedad de las aguas de color esmeralda, compartiendo el siroco y el inmenso cielo candente del Sahara. 
   Y en este día espléndido, delante de los cuadernos escolares, ella imagina, dejando volar sus fantasías, un diálogo de fábula con una gárgola, un genio y un hada madrina.
   Y el ensueño se lo ha provocado una melodía exquisita, como si hubiese llegado a sus oídos desde el silencio del desierto, pero que en realidad viene del callejón del mercado de pulgas. La tonada aguda fluye de la flauta del ciego, quien la toca como besando las notas, agazapado, ensimismado en la armonía de sus pensamientos.
   En este mismo momento, por esas coincidencias del destino, en los suburbios de Buenos Aires, muy lejos de la feria de baratijas, al otro lado del mundo y en el otro hemisferio, en la desembocadura de un inmenso río, cuyas aguas llegan al mar, abrazando al océano interminable, otro flautista, de nombre Ziur, toca exactamente la misma música con la siringa. Es el afilador ambulante de cuchillos que pasa a menudo por aquí vendiendo sus servicios, y empuja su carro de una sola rueda, alegrando el día con el sonido de su pequeño instrumento musical.
   La niña no lo sabe, ni tampoco hubiese sido capaz de imaginar, que, en este barrio de viviendas pobres y esparcidas por la llanura marrón con manchas de hierba verde, también hay un niño soñando, tirado en el piso de la alfombra despeluchada de su vivienda humilde, con un libro de geografía en la mano, y que en este mismo momento se ha disipado, pensando en duendes, lámparas maravillosas y alfombras voladoras.
   Debe haber sido la conjunción, la concurrencia de dos ingenios infantiles en la nube de las ensoñaciones, y de dos flautistas que enlazan sus mágicas melodías, como si un par de estrellas fugaces cruzaran sus trayectorias en la bóveda celeste, lo que produjo el milagro. 
   Es por eso que la Tierra ha dejado de girar sobre su eje oxidado, suspendiendo el baile de equilibrios de todos los astros del firmamento. Y también los mares han detenido la reverberación de sus olas, las aves han sido congeladas en su vuelo, con sus imágenes quietas, las alas desplegadas de las pardelas por allí y la de las gaviotas por acá. 
   Todo lo que se movía se ha paralizado, ningún suspiro agita las hojas de los sicomoros, los trenes han quedado quietos sobre los rieles brillantes, apoyados sobre los durmientes de quebracho. Y por lo tanto no habrá que pensar en otras mañanas, ya hemos llegado al fin de los acontecimientos, no se sucederán más los días a las noches y se habrán acabado los despertares.
   Pero ambos niños han seguido soñando. Es decir, algo que acontecía no se ha detenido, los pensamientos de ella y él han seguido trabajando con la certeza de la eternidad que tienen las almas cándidas.
   Entonces, el niño toma un Atlas y lo despliega sobre el piso. Busca con el dedo un lugar incierto en la parte azul y ve las tímidas manchas de “Las afortunadas”. Se acerca para distinguir mejor, advierte las islas minúsculas como migas de pan y pone la yema de su insignificante índice sobre la que está más al sur y más al medio, la de forma redonda.
   Ni bien hace eso el milagro termina y sobrevienen varias cosas que nadie advertirá jamás. La Tierra y los planetas despiertan y avanzan en su movimiento como si nada hubiese pasado, y todo lo que se había detenido renueva su interrumpido movimiento. 
   Ha sido como si a la fascinación de la niña alguien la hubiese encerrado en una burbuja de tiempo inaccesible para el universo y todos sus habitantes. En estos breves instantes los niños han comulgado sus dos inocencias. Y dentro de la ampolla mágica se ha fisurado la continuidad del infinito de los relojes, y dentro de esa hendija, han quedado, además, la dulce canción de la flauta del ciego y la música de la armónica de Ziur, componiendo la misma sinfonía.
   Todo esto ha concluido en el preciso instante en el cual la imaginación de la niña ha terminado su ensoñación, justo cuando desaparece el hada mentirosa con su varita de plomo de hacer ¡flops!

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   Ha pasado el tiempo.
   En las Islas Canarias, en el islote redondo, habita en su casa blanca la mujer que, siendo niña, soñaba con tener los cabellos rubios como el sol, del color miel que toma el astro, todavía ardiente, antes de caer muerto, desangrado en el bermellón del crepúsculo. Y se sienta al anochecer a tejer historias, meditando, con el lápiz en la boca, antes de que la punta de grafito comience a raspar las hojas de su libreta. Y sus cuentos se disipan en la oscuridad del aire, danzan alrededor del Faro de la Isleta, y ascienden como un perfume desvaneciéndose en todas direcciones. 
   Y aquí, en Buenos Aires, el hombre que, siendo niño, soñaba con viajes y geografías, en las mismas noches, desvelado por la melancolía de esta ciudad, se acerca a la orilla del río y apoyado en la balaustrada de la Costanera, escucha el arrullo de la corriente de agua deslizándose en las sombras, y aspira profundamente el perfume que trae la brisa desde ese sitio insular, muy lejano, para leer en la piel del viento sereno, los relatos de genios, gárgolas y hadas madrinas, que le ofrece la atmósfera quieta, bajo el cielo estrellado que descansa por encima de sus párpados.  

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viernes, 21 de julio de 2017

Un libro



   Un libro es algo mágico. Todos nosotros hemos tenido un libro en la mano. Y hemos, seguramente, abierto sus páginas en busca de algo, de algún secreto. Hemos leído al azar algún párrafo que nos lleve a otro sitio, o nos eleve, o nos quite fuera del manto cotidiano de las cosas banales. O simplemente nos haga soñar.

   He tenido la dicha y la gracia de poder realizar la publicación de mi primer libro y he querido, en esta entrada, compartir con todos los que visitan el blog esta noticia. Muchos de ustedes, escritores y escritoras, ya tienen esta experiencia y quizás hayan pasado por una emoción similar a la mía. Porque es el primero, el primer acontecimiento asombroso de este tipo que me sucede en este mundo maravilloso de las letras, tal vez en algunos aspectos más apasionante aún, que el del universo real de todos los días.

   El libro tiene un puñado de trece relatos que han sido enriquecidos a través de los comentarios que me han hecho llegar ustedes, y en base a ese aporte han sido mejorados. En este sentido les pertenece a todos. Aquello que ha sido para engrandecer los textos se lo debo a ustedes, lo que no, corre por cuenta de quién escribe, quién, con mucha humildad, no tiene más que palabras de agradecimiento. 

   Y hay un ángel detrás de todo esto, que es mujer y no tiene alas por ahora, y que es también, mi esposa. No sé si todo lo que esta tarea implica haya sido posible sin su férreo y cálido entusiasmo. No puedo medir el tamaño de lo que eso significa sin que algo se conmueva dentro mío.

   Fue un proceso más largo de lo previsto, pero de todos modos estoy muy contento. Ha sido una experiencia en extremo interesante porque he recorrido todo el proceso, el personal de la editorial me ha brindado todo el apoyo, y me ha hecho sentir, de veras lo digo, como si fuese un verdadero escritor, gracias también a todos ellos.

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Aquí coloco los datos para todos los que estén interesados en saber cómo acceder al sitio donde se puede encontrar las dos versiones: e-book y libro papel.

Título del libro: "El sonido de la tristeza"
Editorial: Editorial Autores de Argentina
Dirección: Padilla 1079, Comuna 15, Villa Crespo, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 


El libro papel se vende a través de la página de la Editorial Autores de Argentina, o personalmente en la librería de la editorial situada en la calle Padilla, en Buenos Aires. Se ofrece el envío a domicilio con costo adicional, ya sea al interior de Argentina o al exterior, como por ejemplo España y otros países de Hispano-América. En la página están todos los datos necesarios y los medios de pago que se ofrecen.

La versión e-book se puede comprar en los siguientes enlaces:

ARGENTINA:
Editorial Autores de Argentina