viernes, 23 de junio de 2017

Hojas de invierno

   Me he desvelado y no puedo dormir, por eso decidí levantarme. El reloj del dormitorio marca las cuatro. A través de la ventana veo los focos de la calle como lunares luminosos, dispuestos en hileras geométricas que se pierden en el infinito abisal de la oscuridad de la noche. 
   Una vez que estoy en la ducha, y ni bien comienza a correr el agua, advierto que tengo las medias puestas. No quiero corregir la tontería que he hecho. Es que, sabes, me es imposible pensar en dos cosas al mismo tiempo. Hay más de una idea dando vueltas por mi cabeza. Las locuras de los sueños me han dejado residuos misteriosos.
   Me visto y me pongo el abrigo, tomo un cuadernillo de papeles en blanco, lo coloco dentro de la mochila. Cierro por fuera la puerta de calle. Salgo decidido a derramar la niebla de imágenes de mi ingenio sobre la lámina virgen. Lo voy a hacer en la confitería de la otra cuadra, en la penumbra acogedora de la mesa de café. 
   Una vez en la vereda me anudo la bufanda, bajo la cabeza y, como una sombra encorvada, opaca en la tiniebla, cavilo, marchando por el trecho más breve, rumiando las sugerencias que le daré a mi brazo.
   Vine caminando y me he sentado en el bar Palermo. Comienzo a trazar un dibujo de líneas delgadas sobre la cartulina. Las curvas se van diseñando casi solas, los dedos dejan correr el extremo agudo delineando formas rebuscadas, algo así como flores. Después imagino las infinitas posibilidades de la gama de la paleta. La primera podría ser roja, la siguiente blanca y la tercera color té. Esta última, me parece, sería la más adecuada al pigmento de tu rostro. 
   Mi imaginación las tiñe con lápices de puntas cremosas. Siento en la piel de mi mano la aspereza de la hoja. Me invento la ocasión de rasgar un pergamino rugoso. Trato de lograr los diferentes tonos apretando más o menos el pulgar, hincando el espacio en donde va creciendo la figura. 
   En esta noche helada y silenciosa me asalta la orfandad de tu cariño, la ausencia de tu abrazo cálido, porque tu cuerpo está lejos, envuelto en las volutas de tu sueño. Desde aquí no oigo el canto almendrado de tus palabras diciéndome te quiero. 
   Deseo olvidar la pesadilla, los arañazos del ripio escabroso que se coló en mi cerebro y me trajo a la vigilia. He venido con el alma cohibida para huir de los temores, simplemente anhelo hacerte un dibujo, solo tengo la intención de alegrarte la mañana con la humilde habilidad del arte que practico, al que algunos llaman talento. Soy artista plástico.
   Medito en la tranquilidad del local casi vacío. Dejo a mi mirada abandonarse entre paredes y espejos, libradas las pupilas a los caminos rectos de los rayos impalpables, saetas intangibles atravesando sillas, curvas de cortinas combadas, transparencias, vanos aromas a tabaco y sutiles perfumes femeninos. Pero todo el tiempo pensando en tu exquisita ternura, esa emoción tan difícil de ilustrar con el rústico pincel del amante apasionado.
   ¿Y qué color asignarle, entonces, a tanto cariño cobijado, puesto todo él en los pétalos todavía desnudos, que tengo ante mis ojos? Hasta ahora permanecen pálidos, como artistas sin maquillaje. Qué bonito sería teñirlos con los tonos de aquella nube difusa, estirada sobre un fondo amarillo pálido, colgada de la parte baja del cielo. Este nuevo día aún no se enciende con todo su esplendor, se ha quedado congelado por las agujas débiles del sol frío, al comienzo de este crudo invierno.
   Me distraigo y leo de costado el titular del diario abandonado sobre la mesa de al lado. Nadie ocupa los asientos, ya se han ido quienes estaban, hay servilletas arrugadas y platos vacíos. Giro el periódico. Un tal Lucas falleció ayer en el Neuropático de Rosario, tenía 19 años. El chico estaba bajo tutela estatal, la Dirección Provincial de Niñez, Adolescencia y Familia. La carátula será, seguramente, muerte dudosa. Siento un golpe que me empaña el ánimo.
   El pibe consumía droga, hubo falta de contención, llegó al sanatorio golpeado, venía de la calle, aterido, pasó toda la noche en la cama blanca del hospital, tal vez llegó a percibir la caricia de la mano afectiva de alguna enfermera. Hoy lo encontraron duro, como una barra de hielo, y lo llevaron a la morgue. Dejó una nota escrita en un papel arrugado. Murió sin llegar a ver la flamante estación invernal de su fugaz existencia. 
   Un lamento interior me abre un tajo inevitable en el alma, las manos se me enfrían, siento una capa de trocitos de vidrio adentro de los zapatos. Por un momento estoy increíblemente alejado de mi dibujo. Pienso en los huesos de Lucas, buscando descanso en algún lugar del cielo. Me froto las manos, incómodo. Alejo la vista del diario y sigo con mi tarea. Pido un cortado, intento olvidar la noticia. 
   Vuelvo a la imagen de tu rostro dormido entre los pliegues de la almohada. Apartaría cualquier mácula que medre en este elíseo. Te sospecho abrigada en el sueño profundo, con fuegos fatuos bajo tus párpados cerrados, al abrigo de las brumas oníricas, expandiendo perfumes en los pulmones de la oscuridad.
   Imagino tu respiración pausada, en las sombras, agitando levemente el aire, moviendo ramas de araucarias, o derribando piñas al pie de los abetos, abarcando todo el ámbito con tu fragancia a bosques dormidos en las laderas de las montañas.
   No es solo un simple dibujo. Hay líneas agrupadas en el papel, y, además, hay emociones. Por supuesto, podrás entender el significado cuando lo veas, escondido en la disposición del conjunto, y, afinando la percepción, podrás oír una melodía, porque he colocado, detrás de la imagen, algunos sonidos articulados en la niebla de mis reflexiones. 
   Sobre Lucas dirán muchas cosas: graves problemas, la semana de su muerte cargada de conflictos, varias huidas de la institución. Tal vez se sepa su negativa a ser atendido. Quizás no mencionen que en el Neuropático lo medicaban de más, cuando padecía sus crisis, para que no molestara. De todas maneras, la Fiscalía no dará mucha información sobre el caso, por el contrario, tal vez muy poca.
   Pero, ¿por qué pienso en ese pibe? Si ya estaba perdido, pobrecito, ¿yo qué tengo que ver con él? Como si me molestara, trato de espantar el pensamiento con fastidio y sigo dibujando.
   Escucho sonidos. Levanto la cabeza y miro hacia afuera. Son golpeteos de tacos de mujer. Martillan el piso de la vereda, afuera del bar, y se replican en ecos, en la calle, contra las paredes congeladas. Los árboles aún están dormidos, tiemblan las sombras bajo la hilera esmerada de los fresnos. 
   Los plátanos tienen las ramas peladas. Se elevan como un sistema de arterias buscando las alturas. Le dan paso a la luz y lloran la caída de las hojas marchitas que crujen con las primeras pisadas furtivas de los transeúntes. 
   Y los tímidos sollozos liberan, además, un arrullo acongojado que se va a ir perdiendo con el avance del ajetreo de la mañana. La noche irá abandonando su condición virginal ni bien caigan las espadas de los rayos de la claridad matutina. 
   No entiendo por qué imagino que caen lágrimas de los plátanos sino saben lo que pasó en Rosario. Termino el café y pido otro, porque el dibujo no está terminado. Acerco la vista al papel, quiero conseguir más precisión en los contornos. 
   Con el extremo más agudo del lápiz negro, despacio, comienzo a retocar las espinas agudas de las rosas, en los tallos verdes de las flores que he dibujado. Siento que no podré lograr las puntas filosas que me lesionan por dentro como insignificantes puñales, o como alfileres que hienden el músculo, sacando la gota de sangre, roja, oscura, casi granate, que refleja los dolores del mundo, como el de Lucas, un rasguño que se esconde, inevitable, en un extremo de mi memoria.
   Tomo el último sorbo del pocillo, guardo todas las cosas que traje, y me levanto para emprender el regreso. Salgo y me golpea la bocanada helada de la brisa. Se me alborotan muchos pensamientos dispersos, parecen una bandada de aves, sumergiendo las alas en las fuentes de los jardines, rompiendo las delgadas capas de escarcha, despertando de la modorra a los estanques. Y se mezclan, confusos, con el nombre del chico ingresado al sanatorio que se ha quedado dormido para siempre.
   Camino de regreso. Solo pienso en encontrarte y compartir el desayuno contigo. Cuando abro la puerta veo la luz encendida del dormitorio. Estás levantada, quiero sorprenderte. Dejo la mochila sobre la silla. Me quito el abrigo. Saco la hoja ilustrada y la observo una vez más. Le puse la inicial de tu nombre bien grande. Esbozo una sonrisa y apoyo la cartulina sobre la mesa ratona. 
   Ya no quisiera pensar más en Lucas, pero me cuesta descartar, así nomás, ese recuerdo que me arde por dentro.
   Voy a colocar el mantel, traeré las tostadas, las tazas, el mate. Esperaré a que te des una ducha y cuando estemos sentados, te entregaré el dibujo que te hice. 

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viernes, 9 de junio de 2017

Cortinas de seda en la nieve

for Meg

   Si te digo que, de perfil, aun así, tienes los labios delgados, no sé, no estoy seguro de que me creas, quizás mi memoria no confía en haberte visto de ese modo. Y este rasgo, aunque te podría pintar como una mujer de corazón frío, lo contradice.

   Tu frente es despejada, tus ojos claros, no sabría decir si grises o castaños, pero, en todo caso, muy claros. Cuando sonríes no hay traza de línea alguna que se dibuje sobre tus mejillas lisas. Las imagino tan suaves como las laderas de los médanos donde la arena se escurre en figuras sedosas cuando cae la tarde.

   Pero pienso que por dentro eres como una herida abierta, expuesta todo el tiempo, tal como lo están las hojas, bajo la tenue presión de los delgados dedos del viento. Debo entonces transitar por esta zona con cuidado, por sus bordes casi indefinidos, para no causarte dolor. No más del que ya tienes y no cede, y no te abandona sino todo lo contrario, o peor aún, vuelve insistente a derrumbarte, o, a provocar disturbios en tus manos delgadas, emulando el rápido aleteo de mariposas extraviadas, para quitarte el poder de tu poesía.

   Y, aun así, eres brasa que no se apaga. Debajo de las cenizas claras de tu corazón ardiente hay un monumento de amor a la espera de ser descubierto. No lo dices tú, es mi imaginación la que habla y esboza esta semblanza. Quiero acceder a la orilla de tus pensamientos en medio de la bruma de tu pena inmensa, y es allí, donde se desvanece, cualquier intento de precisión o de certeza de mi parte.

   Pero no es mi intención mentirte, es el propósito de saber que sucede más allá de tus escritos. Es, de algún modo, el deseo de penetrar a través las gigantescas capas de hielo donde se ha escondido tu corazón, quien con sus latidos agitados palpita con ira y rasga fisuras sutiles en la prosa o en los versos más sugerentes, esquivos, extraordinarios.

   Puedo intuir la voracidad del sufrimiento detrás de las frases que estallan como relámpagos iluminando el cielo de los párrafos, quebrando ramas secas, o, a veces, surgiendo como brotes entre las grietas de las piedras de granito de tu pueblo tan lejano.

   Quiero también adivinar cuál es tu paraíso, porque debes tener uno, aunque sea pequeño, en dónde alojas los recuerdos más preciosos, las joyas que enmarcaron los mejores días, los instrumentos de ayuda para soportar el martirio de un suplicio recurrente que te sorprende de un momento a otro con el indomable temblor.

   Quiero verte brillar en tu mejor baile, vestida con tus mejores ropas, en compañía del abrazo cálido de la música. Anhelo sentirte disfrutar ese momento único en el cual nadie distraiga tus ganas de ser feliz, cuando nada rompa la magia del instante y éste se estire como una cuerda recta, tensa. Una recta que nazca cuando tus manos comiencen a acatar tus designios, posando las yemas de tus dedos en el sitio exacto sin provocarte fatiga. Y continúe, y se extienda luego en el tiempo, interminable, hasta que te sientas satisfecha de tanta dicha acumulada, ebria casi de tanto placer bebido.

   No deseo padecer la congoja al observarte desplegar tus cortinas de seda en la nieve, desnuda, expuesta al frío, soportando el tormento, liberando los colores del mármol, y con alguna frecuencia verlos salir por fuera de tu cuerpo, destilando la tristeza amarga que te persigue y desgarra. Porque a pesar de todo el tránsito de cada furia, tu alma indómita es capaz de armar una torre de babel en este mundo hostil, desde tu aislado universo, plagado de estrellas de escarcha.

   Eres un ángel que se cae y se levanta en infinitas ocasiones, blanca como las plumas más íntimas de las aves. Rondas de vez en cuando los senderos de los bosques cercanos, buscando hojas marchitas, manchas en los troncos de los árboles para descifrar quizás el acertijo, tal vez buscando la explicación de tus pesares en esas señales de la naturaleza.

   Me pregunto qué podría hacer para redondear las puntas de las espinas, que se hincan en algún sitio de tus ríos interiores, y desatan el maltrato de tus tormentas.

   Cuando eso ocurre tu voz se pierde, tus dedos no esparcen las esquirlas de esos poemas grises de pieles felinas, todo enmudece, no quedan vestigios de las leves pisadas, y espero, paciente, que surjas, como un nuevo amanecer, del lado derecho, con tu voz débil, a dejarme una gota de vida latente, como si no hubiese pasado nada, con la tela de la seda impecable, sin ningún rasguño, para desplegarla en la nieve, tantas veces como sea necesario.

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sábado, 3 de junio de 2017

Una noche fría

   No existe la metáfora perfecta para contar la historia triste de Ramón. Tal vez sería adecuado pensar que es un poco pájaro, y, dado que las aves no poseen alma, asumir que un hada invisible, mediante el embrujo adecuado, ha agregado lo necesario, de manera que en su interior se fusionen pensamientos y emociones.
   Hace dos meses que lo desalojaron de la pensión junto con varias familias que vivían allí por falta de pago. Y bueno, es que su jubilación no le alcanza para todo lo que tiene que pagar: medicación, alquiler, alimento. Este fue el inicio de su tragedia. Un manotazo feroz llegó desde lo alto a desbarrancarlo, a expulsarlo de su pequeño paraíso de cuatro paredes descascaradas. Un nido pobre, pero que le daba cobijo. Pero no pudo defenderse de los dioses terrenales, poderosos, desalmados, asesinos, que mandaron a sus soldados con el fin de hacer una tarea tan atroz. No saben ellos, ni siquiera imaginan, acaso, qué siente un ave cuando la arrojan, la separan, le infligen esa condena.
   Debía casi un año de alquiler, fue lo primero que dejó de pagar. Llegaron varias intimaciones del dueño de la vivienda, pero como eran muchos los deudores, un día vino la policía y lo expulsaron, junto con los demás, apenas le dieron tiempo para recoger sus cosas. Sintió el desamparo en el plumaje húmedo. La soledad lo abarcó por dentro como una enfermedad terminal, una bofetada lo había arrojado al vacío. La calle se convirtió en un ámbito siniestro que no abrigaba su corazón anciano. Le habían aplastado la dignidad, la suela del oprobio lo había pisado como si fuese un delincuente. La angustia y la congoja le ensombrecieron la cara y el espíritu. Comenzó así su decadencia. Como una paloma con las alas quebradas, su cuerpito leve, en la tempestad, fue sacudido por los vientos feroces que lo golpearon una y otra vez, con furia, contra las paredes de la ciudad, hasta dejarlo moribundo.
   Dejó de comprar los remedios y más tarde empezó a racionar la comida. Le alcanzaba para llegar a mitad de mes y, entonces, inevitablemente, después se quedaba sin comer. La indigencia avanzó sumando penurias, arrasó todo vestigio de cobijo. El hambre comenzó a hacer su trabajo secando sus tripas, devastó su ánimo. El ruiseñor acalló su canto triste, se fue encorvando por el castigo. De la voracidad del invierno obtuvo solo cenizas que lo congelaron por dentro y le pintaron el rostro sombrío que luce por fuera. 
   Ramón, ahora, camina despacio, está anocheciendo. Hay cosas que ya no le preocupan. Se acerca a un tacho de basura y revuelve. Busca algo para comer, cualquier cosa le vendría bien. Poco es el alimento que necesita un jilguero de cuerpo leve, pero ni tan solo ese mínimo consigue. Escarba con sus uñas negras, entre los vericuetos de la intemperie, y nada.
   Tiene una botamanga del pantalón rasgada que arrastra como un trapo sucio que se le pegó al zapato, como si fuese una mascota que lo sigue, como un retazo que acompaña a su amo no importa a dónde vaya.
   A los pocos días de quedar en la calle consiguió un pedazo de gomaespuma y algunos trozos de frazadas descoloridas. Tiene los cacharros que salvó de la pieza donde vivía en un changuito de alambre sin ruedas. Los tiene en la esquina, el primer piso de la ochava es un techo más clemente que un cielo encapotado con amenazas tenebrosas.
   Se detiene, se apoya en el tronco del árbol. Mira hacia arriba observando la claridad naranja que se desvanece detrás de los edificios grises. Ya está oscureciendo. Las ramas parecen huesos largos y delgados que quisieran arañar las finas nubes del crepúsculo. Baja la cabeza y sigue su camino. Ni siquiera es capaz de hilar un pensamiento como modo de expresar el dolor supremo que le consume su existencia mínima, desgraciada y trágica.
   Como hace más de un mes que no se baña tiene un olor nauseabundo que le produce picazón en las fosas nasales, pero también se acostumbró a eso, como a los dolores del reuma, porque ya no tiene remedios que lo alivien. Falta mucho todavía para el día de cobro, y, si es que llega, le dará vergüenza presentarse así, no lo dejarán entrar. Ya ha pisado el último escalón de la dignidad, pero no tolerará, de todos modos, que lo rechacen nuevamente. Hay un ave que lo acecha, ha oscurecido sus plumas, se eleva como un buitre y, en lo alto, gira en círculos sobre él, adivinando la carroña.
   Mendiga, pero solo obtiene unas monedas. Sus ojos blanqueados de cataratas ya no expresan nada, no habla para conmover al transeúnte, solo extiende la mano pidiendo un gesto de atención, su corazón es un trozo de hielo que en cualquier momento se quiebra. Tiene el plumaje marrón sucio, como los gorriones de Buenos Aires, apenas logra sacar algunas notas a su canto deslucido, y no logra que la música llegue a los oídos de los cuerpos apurados que pasan a su lado esquivando su presencia.
   Durante estas últimas tres semanas fue al comedor comunitario, pero no tuvo suerte, le dicen que no alcanza para todos los que vienen. Y hay abuelos y madres que también van a lo mismo, y prefiere ser él el que se quede sin nada en la mano, y regresa, entonces, con el plato vacío y un candado en el abdomen que cada vez le resulta más pesado. Cavila, remueve en su memoria, no comprende su delito, ha trabajado toda la vida, no entiende su condena, no ve con claridad, aún, la cara del príncipe que ha decido el hambre que padece, que lo debilita, que lo mata. 
   Hoy se siente más débil que otros días. Tal vez por eso quiere alcanzar la esquina y tirarse en el colchón, no se siente con fuerzas para caminar. Hoy la tristeza y la desesperación le han bloqueado la voluntad. Ya no podría discernir si es el miedo el que lo acosa, pero siente algo parecido a un bloque de cemento sobre su espalda que lo aplasta. Tiene el corazón espléndido del zorzal de pecho anaranjado, pero siente que su latido merma, vencido, cada vez más lento, y, además, presiente, que el vuelo es un sueño que se le va apagando, queda olvidado en la memoria el aleteo por las corrientes de aire para zambullirse entre el follaje de los árboles.
   Se agacha despacio, por el reuma. No sabe si le duelen más las articulaciones de los huesos que las del alma. Tiene el estómago cuarteado. Acomoda un poco los trapos y se queda sentado con la espalda apoyada en la pared. No hay gente que pase por la calle. Ya oscureció. No tiene familia, nadie en quién pensar. A los setenta y ocho años le parece que todo en su vida sucedió hace mucho tiempo y en un lugar muy lejano que aquí no reconoce. Ahora se siente un benteveo, orgulloso de su cuerpo amarillo brillante, con la cabeza blanca como sus cabellos. Añora su nido, o quizás, de una vez por todas, lo que quiere es terminar con todo esto, y en realidad, su alma simple busca el abrigo de una fosa oscura contra el muro de un cementerio.
   Tal vez, además de la visión de un límite vital, se pregunte también cómo ha llegado a este lugar, si por designio celestial o terrenal. No deja, entre tanto, de hacer su resumen, el balance de los recuerdos más importantes que tiene, los que más añora, los que más le duelen. Cabecea un poco y, lento, en silencio, se va quedando dormido. Hace mucho frío esta noche, pero ya no tiene fuerzas ni para tiritar. Y es aquí donde la metáfora estalla, porque las aves no sufren el frío. Lo que sucede, simplemente, es que los pájaros que Ramón encarna no tienen plumas que lo abriguen. Se toca el pecho de mármol, no hay brasas encendidas, todo él parece una catedral sin ventanas tallada en la cima nevada de una montaña.
   Siente que se le moja el pantalón con una traza de líquido tibio que emana por debajo de su vientre. Es la incontinencia, pero ya no le importa sumar un olor más a los que tiene. En lo último que piensa, antes de que lo atrape el sueño, es en su madre. Cuando el gorrión está por cerrar sus ojos, el universo se agrieta, un par enorme de alas negras se hacen presente ante sus ojos, se abren gigantes como el mar, llegan aquí a cobijarlo para siempre. 
   En esta posición lo encuentran a la mañana siguiente, parece un canario dormido, pero no lo pueden despertar. El médico mira, ausculta, y, por último, da la orden, en medio de caras serias, de subirlo a la ambulancia. El aire susurra a las hojas de los árboles una aserción insidiosa: Los dioses, poderosos, que transitan los salones de los palacios, han decidido entre firmas, actas y protocolos, la sentencia brutal de esta muerte inocente, un espíritu que se ha ido sin comprender cuál es el pecado cometido.
   Ya es de día cuando pasa el camión recolector. Los muchachos levantan los trapos, el jergón mugriento, el changuito descolado. Tiran todo en la caja trasera, uno de ellos aprieta el botón del pistón hidráulico para que queden prensados con el resto de la basura. 
   Luego el camión arranca y sigue su recorrido. Al rato caen del cielo pequeños plumones blancos, los últimos desprendimientos del alma de Ramón, que ha ascendido a los cielos a unirse con los mirlos, los gorriones, los horneros.
   Y un poco más tarde, sin que nadie lo advierta, la brisa helada forma un remolino y esparce las plumas, que se pierden para siempre, en el aire gélido de la mañana.

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