martes, 23 de mayo de 2017

Escarcha

Junio de 2002

   Apenas el sol comienza a acariciar los bordes escarpados de un trozo de escarcha no pasa mucho tiempo hasta que se empiezan a desprender lágrimas de él.

   Esta necedad se ha enredado en los vapores de la imaginación fértil de Tilo, en ese terreno del alma que a nadie muestra. 
   Está sentado en la barra y oye la voz de Lorena que lo distrae: «Necesito tomar un poco de aire fresco, Iván», le dice. 
   Cuando era un mocoso, vendía ramitos de violetas en el Bajo y luego venía aquí, a la puerta de Trópico. Recuerda que ella salía y el aire se impregnaba de aroma a flores. Sus ojos eran dos diamantes negros sobre el sol de su sonrisa. Lo mandaba a comprar cigarrillos o cualquier otra pavada. Se despedía, luego, con su voz suave y le dejaba unas monedas en la palma pequeña de la mano.
   Ahora él ha crecido, tiene 18 años y aunque sigue viviendo en la villa 31, pudo terminar el secundario y ha empezado a estudiar en la Universidad de Ciencias Económicas. También trabaja aquí, en un puesto importante, ahora es el asistente del dueño al que todos conocen como el polaco.
   Lorena es la única persona que no lo llama por el apodo. Ella sabe que el verdadero nombre de él es Iván Stillaugh. Es la copera más hermosa de este club nocturno del barrio de Constitución, y luce espléndida en este salón con sus maravillosos 32 años. 
   Salen y se alejan tres cuadras del local. 
   Él se pregunta para qué lo ha sacado del club, cada tanto la mira, parece demasiado seria. Caminan callados hasta que ella ordena: «Doblemos». Y toman por la cortada, se alejan así de la claridad de la avenida. 
   Ella recorre unos metros, se detiene, apoya la espalda contra el muro, lejos de los focos de la calle, en la penumbra tenuemente iluminada por el brillo de los astros nocturnos del fin del otoño. Sacude la cabeza como para sacarse de la mente algún pensamiento que la molesta. Con las manos en los bolsillos del tapado largo, desabrochado, alza la mirada al cielo.
   —Alguna vez tuviste ganas de desaparecer —dice, sin que llegue a ser una interrogación, casi como afirmando.
   Iván se sorprende, la mira impasible con los puños enfundados en la campera de cuero, erguido en medio de la vereda, tratando de buscarle los ojos, para entenderla. Ha percibido tristeza en el tono de su voz, un susurro que desgarra la tela de la noche estrellada. Le resulta extraño porque ella no es de andar con las emociones en la boca de fresa de la que se enamoran todos los días los clientes del local.
   Ella saca un monedero pequeño del bolsillo, lo abre, toma un pañuelo blanco y comienza a frotarse los labios. Luego, delicadamente, sigue con los ojos, uno por uno, hasta quitarse el maquillaje completo que le cubre la cara. Lo hace con lentitud, y una vez terminada la tarea lo mira. Las pupilas de Tilo ya están adaptadas a la tiniebla y la ve más linda que nunca. 
   La noche de Buenos Aires tiene esa magia, a veces la luz de la luna coloca su foco sobre algo y, como una varita mágica, le da una belleza perfecta. Las miserias de la villa, los olores nauseabundos de los tachos de basura, las latas en las barrancas del Riachuelo, los pibes drogados, los abortos clandestinos, la mugre de los vagabundos tirados en alguna esquina, los tablones de las obras abandonadas, los barcos oxidados en el astillero, todo se esconde en el hueco gigante que se lo lleva detrás de la escena, a otro sitio. A veces sucede, aparece un ángel y en un suspiro se produce ese recorte de la realidad. Y en ese espacio inmaculado están los dos. Eso es lo que siente él en este instante.
   —¿Te pasa algo, Lore?
   —Nada… ¿por qué?
   —Te sacaste el maquillaje.
   Después que lo dice, se avergüenza de la obviedad al observarle la cara. El rostro de una mujer es un lugar sagrado, un templo de enormes puertas que permanecen siempre cerradas, mudas, como el agua de una laguna escondida, a la que llegan las aves multicolores que anidan en los árboles de la orilla. Advierte, por eso, con solo mirarla, que ese instante no es momento de averiguaciones, sino una ocasión para los silencios. Y calla hasta que ella decide hablar.
   —Iván —le dice guardando el pañuelo y mirándolo a los ojos —… no me contestate lo que te pregunté.
   —Sí… disculpame… me distraje. Es que no sé, es una pregunta difícil, jamás me la hice. ¿Desaparecer cómo? ¿A qué te referís? —dice Tilo, impasible, con su voz grave. Alto y flaco, la mira con curiosidad, todavía sigue pensando cuál es el motivo por el qué han venido aquí y, ahora, también se interroga acerca del rumbo de los pensamientos de Lorena. 
   —Desaparecer —le dice, como si se tratara de algo evidente, que no necesita más explicaciones —. Vos un día estás y al día siguiente no. Simple. A otra cosa.
   Y ni bien ella termina la frase, se arrepiente, porque sabe que, inevitablemente, le ha reavivado el recuerdo de su madre, quien lo ha abandonado, ha desaparecido, cuando él tenía cinco años. Y aunque el objetivo de la pregunta no era ese, le ha abierto una herida muy profunda.
   —¡No!... No…ya sé en qué estás pensando, no me refería a eso.
   Lorena se da cuenta que lo ha sensibilizado y quiere reparar el daño. Se acerca y le pone la mano en la mejilla. Él siente la caricia de la piel delicada. Ella lo percibe y la retira de inmediato, como asustada.
   —Perdoname, soy una tonta.
   Tilo puede controlar el dolor, en su corta vida aprendió a dominar la mordedura de esa fiera. La indiferencia de la gente, el desprecio de las miradas, los maltratos de la policía, la calle y la noche, le han templado el carácter. Pero solo para mostrarse duro ante los demás. Con ella es diferente. En su abismo interior, inescrutable, cualquier inquietud, que le genere una palabra de su amiga, es capaz de agitarle el corazón.
   Un ángel, desde lo alto del universo, ve estas dos pequeñas motas, que se han acercado una a la otra, almas desoladas hijas de esta ciudad inmensa que duerme, ajena a todo drama. Y ese ángel viene a reparar este malentendido, porque la anima a Lorena a acercarse de nuevo a él. Ella le pone la palma sobre el pecho, presionando un poco con sus yemas, debajo de la campera. Pasa el otro brazo por detrás, le aprieta la espalda y le apoya el rostro sobre el hombro, en un gesto de cariño, ofreciéndole el contacto de su cuerpo para compartir la oquedad que le ha abierto. Quiere mitigar la orfandad, aliviarle la pena. 
   Dura un instante eterno. El tiempo pierde su rigidez.

   La escarcha es muy sensible a los cambios. La calidez la afecta, la hace crujir, la resquebraja. Y, a veces, bajo la tímida presión del peso de una mariposa, o cuando un colibrí agita las alas muy cerca, se parte su corteza de pan crocante, provoca un sonido casi inaudible, emite una queja, y como un cristal, se astilla, se le forman grietas similares a la de una hoja seca. Lo que antes era tan amplio que cubría toda la superficie del estanque se va quebrando en trocitos más pequeños.

   Tilo saca las manos de sus bolsillos, aspira el perfume del cabello de Lorena, y siente que el entorno se carga de belleza. Es una emoción desconocida, un corazón de mujer que se acerca al suyo a compartir un poco de calor, un sentimiento que asoma por primera vez en su vida, algo que vale la pena. Todo en él ha transcurrido entre la brutalidad de la villa y la noche inclemente, peligrosa y siempre clandestina, solitaria y marginal. Este es el primer cielo que se le ofrece, que se abre a la ternura: el abrazo de una mujer.
   Pero teme todavía entregarse entero a semejante paraíso. Intenta escudarse en la soledad porque se siente indefenso. La toma de los hombros y la separa suavemente de él, sin dejar de asirla. Tiene los dos miedos: el de perderla y el de abrazarla. La coraza que le blinda el alma está a punto de fundirse. 
   —No quise herirte, Iván, estoy muy mal, la cabeza no me da más. Quiero dejar toda esta basura. Ya no quiero seguir con esta vida.

   Una vez que la escarcha cruje por la presencia de la ternura, es inevitable que se comience a fundir, y se transforme en líquido. El agua, todavía fría, se empieza a separar del hielo cristalino, forma gotas, las gotas resbalan, se separan, ruedan, caen, mojan.

   Ella está quebrada, los ojos se le humedecen. Tiene los brazos caídos, el cuerpo flojo, se sincera, se derrumba. Una lágrima empieza a bajar por su mejilla, es una canoa que naufraga vacía, al borde del precipicio ¿pide ayuda? ¿necesita consuelo?
   Tilo no conoce, todavía, la sensibilidad de las mujeres. Lorena comprende, en cambio, demasiado a los hombres, o al menos eso cree. Pero aquí están estos furtivos perros de la noche, corazones desiertos, vulnerables, pidiendo una estrella que los cobije, un lugar en dónde la mentira y el engaño no existan, alguien en quien confiar, un pequeño edén en dónde puedan realizar eso que la gente llama “sueño”, eso que ninguno de los dos ha conocido. Y tiene que ser antes de que la muerte se haga presente para decir basta a este juego. 
   Entonces es ella la que apoya sus labios en los de este muchacho pecoso que no se anima, que parece mayor de lo que es, que hasta ahora solo ha besado a chicas de su edad, a quienes ha conocido en la villa y en el colegio, pero nunca a una mujer. Y él se deja llevar, abre su boca, enreda su lengua. La siente áspera, rugosa, un abrazo extraño que lo acaricia por dentro. Y cierra los párpados. Y aprieta fuerte el cuerpo frágil y blando que se ahueca en el arco sólido de su pecho. 
   Y luego, ambos, sin dejar de sostener el abrazo, siguen prodigándose besos que surgen de la ternura, esa palabra casi olvidada, caricias que no usan desde hace mucho tiempo. Se recorren con las manos de un modo diferente, utilizan un lenguaje que desconocen, distinto, y de una extrema inocencia. Se toman de la cintura, enfrentados. Ella sonríe con todo el esplendor. Él apenas. Pero los ojos le brillan y se le forma un hoyo pequeño en cada mejilla. Lorena le pasa el dedo por la piel pecosa de su rostro, por esa hendidura que nunca le había visto.
   —Iván, no dejés de abrazarme, me hace bien.
   —¿Todavía querés desaparecer?
   —Ahora no, después no sé. No quiero pensar en después, me importa solo lo que me pasa ahora.
   —Y ahora ¿qué es lo que te pasa?
   —No sé. Pero es lindo, Iván, muy lindo. ¿Y a vos?
   —Algo que quisiera que no se termine. Quiero decir que este momento sea interminable. Que nos quedemos así para siempre. 
   —¿Por qué?
   —Porque tengo miedo, Lore.
   —¿Miedo a qué?
   —Estoy pensando en qué puede pasar más tarde, después de ahora, en un rato.  
   Cuando Tilo dice eso, Lorena lo quiere sentir más cerca, piensa que los sentimientos de Iván se le escapan. Y se aferra intentando retenerlo. Se siente una adolescente como él. Hace un rato se encontraba desolada y ahora no desea desprenderse del abrazo. Le pone la mano sobre la boca, no desea que hable. Luego lo toma del brazo, le propone ir al hotel de la cortada que está a unos metros de aquí, suficientemente alejado de Trópico para que el polaco no se entere.
   Tilo es el que pide la habitación.

   Cuando cubre la amplia laguna de los pensamientos, la escarcha se transforma rápidamente, es sensible a los cambios emocionales, la fragilidad desaparece. Si algo similar al amor asoma tal cual lo hace un sol de otro firmamento, los hilos de agua corren, luego mojan como un perfume volátil que desaparece y, más tarde, se transmutan en hebras de nubes que alimentan el cielo límpido de la memoria para que nunca se olvide el instante de su creación.

   Las mejores imágenes que conserva de aquella habitación son la de Lorena desnuda cruzando una pierna sobre su cuerpo largo tendido de espaldas en el lecho, a horcajadas. La ve descendiendo y ascendiendo, mientras su sexo se entibia, en movimientos suaves, emitiendo gemidos, los cuales no pueden ser contados, ni enumerados, acontecimientos aislados en un todo interminable. Entregada al deseo, con la vista perdida, sus brazos rectos, sus pechos blancos balanceándose como frutos maduros, sus palmas cargando el peso sobre él, jadeando, la melena larga cayendo en cascada, y, ambos, alcanzando el éxtasis, y ella, por fin rendida, tendida sobre él, con su mano pequeña acariciando su cuello con suavidad, en un movimiento que le parece interminable. Lorena, por siempre Lorena.
   Antes de salir Tilo le dice al rostro del conserje que lo mira con curiosidad a través de la ventanilla de la entrada: «Tano, vos no nos viste, ni a ella ni a mí, nunca estuvimos acá ¿entendés lo que te quiero decir?» Y el dueño del hotel alojamiento asiente con la cabeza, aprecia al muchacho y no quiere tener problemas con el polaco.
   Salen y cuando llegan a la esquina se corta la corriente eléctrica, la calle se queda a oscuras. 
   Los dos se miran bajo la tenue luz de la luna y no dudan. Tienen que volver antes de que el polaco se entere que no están en el club y tiene que ser rápido. A un par de cuadras se encuentra Trópico, en la primera corren y luego, la última la hacen caminando, tratando de componerse. Ella, afortunadamente, se ha maquillado en la habitación del hotel. Entran por separado, él lo hace un rato después.
   Han puesto candiles en las mesas reemplazando las lámparas. El polaco está en el salón buscándolo a Tilo.
   —¿Dónde te metiste pibe, que no te encontraba? Nos cortaron la luz.
   —Vengo de ver cómo solucionar la iluminación de los baños. Ya le di instrucciones a los muchachos de seguridad.
   —Bueno, entonces yo voy a buscar a la gente de mantenimiento, necesitamos que pongan el grupo electrógeno en marcha —le dice, y luego se aleja hasta desaparecer por la puerta del fondo.
   Tilo se acerca a la barra, se sienta y se da vuelta buscando con la vista a Lorena, mirando de reojo hacia la penumbra que cubre los espacios entre las mesas. Todavía está en una nube de emociones que no le permiten bajar completamente a la realidad. No puede sosegar, aún, los latidos apresurados de su corazón.

   La escarcha envidia al rocío porque es el paradigma de la alegría, porque besa los pétalos de las rosas y libera el aroma de los jazmines en verano. Es un duende enamoradizo, alegre, le gusta ser el prisma especular que despliega colores, ni bien un rayo de luna alcanza su esfera, brillante como una gota de mercurio.

   Tilo ahora la ve tenuemente iluminada en la penumbra. Viene del fondo del salón, pasa por la mesa, toma la cartera y se dirige al centro del local buscando la salida para irse.

   Cuando la escarcha duele, hay que retirar la vista. El daño que provoca a la visión es irreparable al contacto con sus aristas filosas y frías. Una gota de ácido es menos temible. Pero algunos, sobre todo los inocentes, se atreven a sostenerle la mirada.

   Iván sale detrás de ella, y ya en la calle la llama. Ella se detiene. Él se acerca, le pregunta. Hay frases, explicaciones, pedidos.
   —No te podés ir.
   La toma de los brazos, ella está floja, lo deja hacer. No es Lorena, parece una extraña. Sus ojos oscuros lo miran fijo, son dos láminas de acero. Su corazón femenino es un hueco ausente que no late, no hay sonrisa en sus mejillas. Tilo se inclina para darle un beso. Ella le coloca la punta de un dedo en el pecho y lo detiene.

   La escarcha es algo que se renueva en la naturaleza, vuelve en la estación de los fríos, cuando las sombras lo van invadiendo todo, de nuevo, se empieza a formar lentamente, y si hay luna, su conquista es infalible y su arma mejor es la tristeza.

   —Escuchame —su voz es fría, dulce y firme—. Hoy no estuve con ningún cliente, solo vine a despedirme de vos. Fue la noche más hermosa de mi vida. Te di lo mejor que tengo sin tener que fingir nada, quiero que te lo guardes como el mejor recuerdo de mí. Apenas sé escribir, no pretendas que te deje una carta. Ahora cada uno hace su camino. Vos vas a entrar por esa puerta por dónde saliste. Ahí está tu futuro, sos joven e inteligente —se lleva un índice a la sien—. Yo ya estoy vieja, las pibas hacen mejor este trabajo, lo mejor es que nos separemos y, también, lo menos doloroso para vos. No te vas a dar vuelta, no tenés que mirar cuando me esté yendo. No me busques. Andate vos primero. Las despedidas no deben ser largas.

   La escarcha es una capa delgada que cubre la superficie líquida, agua dura sobre el agua blanda bajo la luz de la luna. Es tan débil su consistencia que una leve presión la puede romper. Si no aparece la fuerza que se hinque los dos elementos quedan separados inevitablemente.

   Tilo la ha escuchado mudo, la entiende, le cuesta mucho, pero comprende. Se pone las manos en los bolsillos. Se da vuelta y comienza a caminar. Es un metro ochenta de carne y huesos, un muñeco con la mente de trapo que obedece. No piensa. Es demasiado dolor. Tiene un adoquín en cada pie, una varilla de acero de tres pulgadas de diámetro le envara la espalda, un trozo de hielo le pesa sobre los párpados, la puerta acristalada de Trópico está demasiado lejos, el tiempo se detiene. Se siente vacío. Por primera vez no sabe dónde podría esconderse.

   El tiempo tiene mucha paciencia. La noche es larga y mantiene la vigilia mientras se engorda el espesor de la escarcha. Con el guante puesto es sencillo asirla con cuidado sin derretirla y, a veces, si se la quiere quebrar, se resiste a tal punto que daña la piel de la mano desnuda, produce el corte y la sangre brota en calientes gotas escarlatas.

   Lorena, impasible, gira hacia el lado opuesto, se sube las solapas del abrigo, se acomoda la cartera sobre el hombro y comienza a caminar despacio y segura. Tilo tiene que hacerse hombre. Ha visto tantos con su mismo pesar. Este chico la enternece, ha sido una perla en su vida miserable. 
   Recuerda sin querer los tiempos de su infancia desgraciada, la casa de chapa, el gallinero sobre el arroyo pestilente que atravesaba el barrio, los perros hambrientos, el olor insoportable del agua estancada, los chicos descalzos, los disparos en la sombra. 
   Está cansada, ha tomado una decisión importante. No va a venir nunca más por aquí, a prostituirse. Va a cambiar de profesión. Solo desea llegar a la pieza que alquila en la pensión, darse un baño y dormir. Mañana va a pensar en un nuevo rumbo. Tal vez lo mejor sería aceptar el ofrecimiento de su hermana para ayudarla en la peluquería. Ahí no es necesario saber escribir. 
   Se promete que va a ir a buscar trabajo a cualquier parte, pero aquí, seguro que no volverá. Por un momento siente que va a extrañar a este chico pecoso, un nudo de congoja le obstruye la garganta. Se pasa una mano por el pelo, alza más la cabeza y sigue. Quiere pensar en algo lindo y no recuerda nada que no sea la cara triste de Tilo.

   La escarcha tiene latidos infinitos, nunca termina su trabajo, se congela y se deshiela. Es milenaria su tarea. Los hombres y las mujeres con sus amores vanos, endebles, le indican el paso de sus transformaciones.

   Un ángel, el mismo que los vio en la cortada, desde lo alto del universo, ve las dos pequeñas motas, que ahora se alejan una de la otra, dos almas desoladas en esta ciudad inmensa, a punto de despertar, ajena a este drama irreparable. No puede hacer nada, deben salvarse solos. La claridad del incipiente amanecer se está asomando por los contornos de los edificios del Bajo, pronto eclipsará todas las tragedias nocturnas y evaporará la humedad de todos los ojos.
   Tilo alcanza la puerta de entrada de Trópico.

   La escarcha de la noche se desvanece, pierde sus contornos. Los incipientes rayos de sol están por culminar la tarea. Las últimas lágrimas de agua fría resbalan hacia el vacío. No se escuchan otros crujidos y desaparece por completo todo vestigio de su presencia. La soledad, una vez más, avanza, y comienza a abarcarlo todo.


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34 comentarios:

  1. Oh, es bellísimo,Raúl! Ese paralelismo con la escarcha le da un toque poético que contrasta notablemente con la sordidez de la historia.
    Esa dureza, esa coraza que por momentos se agrieta, se funde, se vuelve a endurecer, es una forma de resistencia.
    Me he prendado de tu escritura.
    Un abrazo

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    1. Me encanta que te haya gustado, Mirna!. Tardé un tiempo en encontrar el modo de salir de la sordidez de la historia de Tilo, aquí en su adolescencia, hasta que la pude romper mostrando sus pensamientos, fuera de la voz del narrador. Y creo que fue un buen recurso porque pude mostrar la tendencia poética y soñadora que ya se empieza a ver en este personaje que tanto quiero.
      Está muy bueno saber que viste belleza en este texto, me hace muy bien. A mi también me gusta mucho cómo escribís vos. Te agradezco que te hayas puesto como seguidora, es un placer y un honor para mí.
      Un abrazo.
      Ariel

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  2. ¡Dios mío, Ariel! ¿Cómo se puede escribir tan bien? Nos regalas un trocito de belleza en cada relato. Éste está cargado de imágenes preciosas, como la escarcha, que es la coraza con la que estos seres solitarios protegen su corazón. ¡Que bueno que se resquebraje y se derrita aunque sea solo un instante permitiendo a Tilo y a Lorena disfrutar de un poco de calor! Muchas felicidades, querido Ariel, y un abrazo muy fuerte

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    1. ¡Ah!... Qué cosas linda que me pones, Ana. Qué bien hacen tus palabras. Y qué bien que lees, con qué sensibilidad, palpando esos cambios en la escarcha que se funde y se congela a medida que avanza el relato. Cómo me alegra que los hayas visto a los dos disfrutando de un poco de amor en sus corazones solitarios, hasta dónde se puede, en la noche inhóspita de esta ciudad donde esa palabra (amor) no existe, donde solo se alquila el cuerpo por un rato.
      Muchas gracias, querida Ana, un abrazo grandote para ti.
      Ariel

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  3. Un texto sencillamente maravilloso, Ariel. Pura sensibilidad transmitida a través de tu historia, tus personajes, la escarcha que creaste de la nada para explicarnos lo que nadie más podría.

    Leerte es puro deleite y continuar comentando, analizando el texto, no es sino empañar su pureza. Escribes con el corazón y solo con el corazón se te puede leer. Mi más sincera enhrabuena por ese don :)

    ¡Un fuerte abrazo!

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    1. Qué lindo, Julia. Lo que me dices me suena a música para mis oídos. Eres muy generosa y sé que dices lo que sientes, por eso me da tanto placer que te haya gustado este relato. Y sí, es verdad que escribo desde el sentimiento, por eso me involucro tanto con mis personajes, hasta sufro con ellos sus alegrías y padecimientos, puedes creerme, es la pura verdad.
      Es muy bonito lo que me has dejado escrito, te lo agradezco de corazón.
      Te mando un abrazo.
      Ariel

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  4. Hola Ariel!! Me dio mucha tristeza leer esto que contás acá, porque puedo ver a esos personajes que la pelean como pueden, son parte de mi realidad, de mi mundo y se medio como que se me encarnó el relato dentro de mis propios afectos.
    Un abrazo grande, amigo!!

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    1. Hola Simón! Es verdad, la noche es cruel con los que menos tienen, con los fracasados, con los que a punto de hundirse se aferran a cualquier cosa. Los personajes que la transitan saben que los sentimientos puros como el amor, la ternura, la compasión, tienen escaso valor, es más, si poseen alguno los deben ocultar porque los hace débiles, son otros los códigos que se manejan, lo he vivido, Simón. Por eso quise darles a Tilo y a Lorena, la prostituta, un pedacito de cielo, para que sientan un poco de calor entre tanto frío, entre tanta escarcha con la que se debe convivir en esa realidad tan dura.
      Un abrazo, amigo.
      Ariel

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  5. no encuentro palabras para describir lo que senti al leerlo ,hasta pude imaginar sus rostros como si me fueran conocidos y me senti un poco parte, increible!!!

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    1. El hecho de que pudiste entrar en la narración cuando leías, en forma tan cercana a los personajes, como estando dentro de la historia, es el mejor elogio que me podés hacer. Te lo agradezco mucho, Marcela.

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  6. Es bellísimo Ariel, dos almas solitarias, vagando en la necesidad, buscando calor y clemencia. Al fin lo encontraron, aunque solo por un instante lograron ser amadas.
    Es delicado y frágil, pero tan hermoso que rompe el corazón.
    Precioso.

    Un abrazo.

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    1. Qué hermosas palabras que me has dejado: delicado y frágil. Es encantador saber que el texto te ha llegado de ese modo. Es un placer que hayas venido a dejarme este bonito comentario. Muchas gracias por pasar por aquí, Irene.
      Un abrazo.
      Ariel

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  7. Triste y bello Ariel. Dos seres que se encuentran, cuya vida sabemos que no ha sido fácil, y en ese encuentro parecen tener una pausa al dolor y la desolación. Ese mismo instante en el que están juntos. Para Tilo debe de ser algo turbador y precioso al mismo tiempo sentir el abrazo y afecto que siempre le ha hecho falta. Dos almas, una más inocente y la otra más curtida que se funden momentáneamente para acabar de nuevo otra vez solos.
    Y esas preciosas y poéticas transformaciones de la escarcha que acompañan a la historia. Esa escarcha que acaba quedando en nada, como la soledad que inunda de nuevo a Tilo.
    Brillante Ariel. Me ha encantado.
    Un fuerte abrazo, compañero.

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    1. Tal cual lo dices, Ziortza, una pausa, creo que es la palabra adecuada, porque la vida de ambos, la de Tilo y la de Lorena, transcurren en la noche de Buenos Aires, entre la sordidez, la soledad, el desamparo, la miseria. Se hace un hueco para dar cabida a algo de cariño y luego se cierra, es momentáneo, como tú dices. Me alegra sobremanera que te haya gustado, es un capítulo de la historia de Tilo que me debía hace mucho tiempo, un hito muy importante, al que pude llegar ayudado por los pensamientos de este querido personaje, para colocar la belleza que necesitaba el texto.
      Es hermoso el comentario que me has dejado, compañera. Te lo agradezco mucho y te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  8. Este texto es de una desolación y ternura inconmensurables y lo escribiste con tal arte que nos identificamos con esos personajes. Me pareció bellísima la analogía que hiciste entre la escarcha y la soledad en que están sumidos Tilo y Lorena. Cómo en la necesidad y la desesperación la escarcha que los acoraza se disuelve y cómo ante sus propias realidades vuelve a consolidarse.
    Te felicito, Ariel.
    Un enorme abrazo.

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    1. Mirella, ahora el conmovido soy yo, me tocaste el corazón. Qué hermosa síntesis hacés de la historia, no te imaginás cómo me movilizan tus palabras, porque es uno de los tramos de la historia de Tilo que más trabajo me ha llevado, hace meses que vengo escribiendo y reescribiendo este relato. Vos sabés que me involucro mucho con él y con Lorena. Por eso, recibir un comentario con tanto elogio de parte tuya, me conmueve mucho. Gracias por dejar tu nido para venir aquí. Cuidate mucho.
      Ariel

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  9. Conmovedor Ariel, triste y emotivo, la soledad de esos dos seres que se encuentran y desencuentran y me ha encantado esa utilización de la escarcha que has hecho, me ha parecido un aporte genial por tu parte porque consigues hacer sentir, he escuchado esos crujidos, he notado esas sensaciones, ese frío tan intenso como la soledad que tanto duele.

    Hay una de esas frases que circulan que dice que hay un traje que se adapta a cualquier cuerpo y es que un abrazo es algo tan magnifico, da tanto, se alejan las tristezas y uno se siente tan bien.
    Un relato precioso

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    1. Qué bueno, Conxita, me alegra tanto que te haya gustado el relato y el modo en que he usado la escarcha para despertar sentimientos que no lograba de otro modo. Ese frío y esa soledad, como dices, recorre la noche del barrio de Constitución y se posa como un escudo para cubrir sus miserias. Necesitaba colocar un poco de alegría entre tanta tristeza escondida detrás de sus habitantes nocturnos, esos seres que pelean la vida como pueden. Necesitaba colocar un poco de calor ahí. Me da mucho gusto que así lo hayas percibido. Muchas gracias por un elogio tan lindo, la palabra precioso es un gran halago para esta historia. Un abrazo, Conxita.
      Ariel

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  10. Pues a mí no me parece sórdida, Ariel, al contrario, es una preciosa historia preñada de realidad, triste realidad de barrio bajo, eso sí, por eso sus personajes cargan con ese halo de melancolía proveniente del mal vivir al que están condenados por haber nacido ahí. Sigues retratando el realismo del que te hablé en un comentario a otro de tus bellos relatos, esta vez acompañado de tu impronta poética para realzar una bonita historia de amor repleta de ternura, diría más que incluso de pasión, porque al verla a través de los ojos de Tilo, su tristeza empaña ese momento álgido del sexo... Me ha encantado, Ariel, la combinación entre los paréntesis de endoñación con la voz del narrador, e insisto, deberías animarte a recopilar cada capítulo de la vida de Tilo para darle forma de novela. No temas, aunque no sepas muy bien a dónde quieres llegar, el camino ya merece la pena. Un beso,
    Eva

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    1. Sí, creo que sí, Eva, o por lo menos he intentado que el narrador cuente con esa impronta de realismo que tú señalas, con certeza, para mostrar la postal nocturna de uno de los barrios humildes de esta gran ciudad, por donde transitan las almas que el día ha descartado, los solitarios, los que vienen arrastrando penas. Y ahí, en medio de ellos, los que no están de paso, como Tilo y la prostituta Lorena, que trabajan en el club nocturno, peleando la vida.
      El recurso del pensamiento de Tilo ensoñando con la escarcha, creo que, fue lo que me permitió colocar un poco de belleza en el texto, en este tramo de la vida de Tilo que tanto me interesaba contar. Y respecto a lo que dices de la novela, o la recopilación de relatos, quiero que sepas que no me olvido de tu apreciación, tu consejo es muy valioso para mi, eres una de las escritoras que leo con sumo cuidado, no solamente en tus relatos sino en los comentarios. Suena muy lindo eso de que el camino merece la pena. Muchas gracias por pasar y por los bonitos elogios Eva.
      Un beso.
      Ariel

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  11. http://annasolerescritora.blogspot.com.es/
    Este es mi blog espero tu también me sigas. Un saludo

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    1. Por ahí te estaré visitando. Un saludo Anna.

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  12. De Tilo niño a Tilo muchacho, y el niño conforma al muchacho, quien conserva aún al niño que fue y que Iván guarda dentro.
    Iván no juzga a la chica de club, saltándose el disfraz de chica de barra y mirando “su alma”, una palabra que sueles usar mucho en tus textos líricos.
    Tilo-Iván (y posiblemente el autor) engrandece a la mujer, la diviniza en un “rostro sagrado”en un “templo”, así que a la puta la hace Diosa y puede que a la diosa prostituta.
    Y volviendo a la tierra y a un análisis de tu escrito menos prosaico, hay un gran contraste entre la prosa narrativa y el coloquio ligero, sencillo, de frases muy cortas casi pueriles. Y también el contraste entre la belleza de la noche silente y estrellada y la calle canalla y dura. Hay ángeles en el universo y otro ángel terrenal de pies de barros (y tacos altos), que mitiga orfandades y hace de Tilo un hombre en el amplio sentido de la palabra.
    Es una historia de dos saudades entregados.

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    1. Tilo conserva, como tú dices, Isabel, a un niño en su corazón. Engrandece a la mujer, en este caso en la figura de Lorena, como lo hace siempre con su madre, que ejerce la misma "profesión". Esto da cuenta de la sensibilidad e inteligencia con la que lees mis textos, te lo agradezco mucho.
      Y también debo agradecerte por detenerte en los contrastes que mencionas, en especial entre los que ocurren entre el cielo y la tierra, en este barrio de ángeles de pies de barro. Eres muy generosa. Te mando un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  13. Es bellísimo este texto, mi querido amigo Ariel, con unas escenas conmovedoras y envueltas en ternura, entre dos almas solitarias que buscan el refugio del abrazo cálido entre pieles desnudas, uno desde la inocencia, y la otra desde la sabiduría, pero dos seres solitarios, como si fueran dos almas gemelas, y que has descrito bellamente este relato con unas metáforas realmente magistrales.

    Me parece de lo más tierno y sensual cómo has pintado con tus palabras el rostro de la mujer diciendo que es un lugar sagrado y un templo de enormes puertas.

    Y ese abrazo que describes sostenido y entrelazado lleno de ternura deseando fuera eterno entre ellos, me ha maravillado ese instante tan sumamente cálido y lleno de ternura, donde ella cobijada no deseaba soltarse.

    Y esa descripción tan maravillosamente poética que has hecho de la escarcha que la has pintado tan bella, y cuando dices que envidia al rocío porque besa los pétalos de las rosas y libera el aroma de los jazmines en verano, describiéndolo como un duende enamoradizo, ¡ay, dios! pero qué belleza, si es que me dejas sin palabras.

    Cada vez que vengo a leerte, descubro en ti un mundo interior muy sensible lleno de riqueza espiritual, indescriptible a mis palabras, porque no las tengo, para decirte cómo me llegan tus textos de manera tan acariciadora como la seda.

    Magistral tu relato, con unas escenas de lo más bellas descritas con la calidez y arte de tus palabras.

    Chapó, amigo mío, un aplauso muy fuerte y un beso enorme.

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    1. ¡Ay, María! Cuánta sabiduría que hay en tus palabras, cómo percibes el mundo emocional, con cuánta sensibilidad.
      Hay ternura, como tú dices. Quise colocar mucho de ese sentimiento y que ese fuese el tono general del texto. Y, en efecto, son dos almas solitarias, ambos guardan sus sentimientos dentro de una coraza, se encierran, como persistente defensa, en un código necesario que los protege de ese mundo cruel dónde viven.
      Buscan refugio en el abrazo tierno, que no es una mercancía en este caso, porque no hay dinero de por medio. Él desde la inocencia que todavía conserva, y ella desde la sabiduría que da ese submundo nocturno y desde su dura profesión de prostituta, a la que la han llevado las circunstancias de la vida. Son dos almas gemelas, precisamente, porque no han están de paso por aquí, sino que sus vidas forman parte de este territorio de joyas falsas que buscan brillar un poco en la lobreguez de la noche.
      La metáfora del templo se me antojó como forma adecuada para representar el modo en cómo Tilo adora a las mujeres, por eso me alegra tanto que te haya parecido acertado mostrar el rostro de Lorena como lugar sagrado del universo femenino.
      María, he disfrutado mucho, narrando la escena en la que ella siente la ternura del abrazo que mencionas, un sentimiento que tal vez nunca ha conocido, ese momento que se abre como una ventana de luz entre tanta oscuridad. Ha sido, para mí, reconfortante, poder darle esa pequeña eternidad de satisfacción a Lorena, y lograr que confiese el deseo de que ese instante nunca se termine.
      Y qué bueno es lo que dices del rocío, como representación de la felicidad, de la fugaz ternura que han sentido los personajes, como contrapunto de la escarcha que enfría sus corazones con tristeza y soledad.
      Fíjate, María, que he seguido los pasos de tu comentario, porque me has conmovido, me pareció, por un momento, que tocabas los puntos más preciados por mí, los más importantes del relato, el recorrido sentimental que me ha llevado a elaborar el texto. Y eso quiere decir que sí, que tienes las palabras exactas, las que yo necesitaba por lo menos, para saber que puedo transmitir mis emociones desde aquí a un alma sensible como la tuya.
      Te agradezco mucho que hayas escrito esto. Puedo asegurarte que me has alegrado el día, que has puesto mucha emoción en mi corazón. Un beso grande.
      Ariel

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  14. ¿Cuánto hay de Tilo en Ariel, o de Ariel en Tilo? aunque es un personaje ficticio con circunstancias ficticias, creo que has puesto mucho de tí en él. ¿Y quién es entonces Lorena, que correspondencia tiene con la realidad? preguntas que dejo caer en voz alta y que no es necesario que sean contestadas.
    Hemos acompañado a Tilo en muchas de sus vivencias y nos traes ahora su apertura al sexo, debo reconocer que lo envidio, ha tenido la suerte de aunar en su experiencia la pasión y el amor, aunque ese amor imposible se esfume en una sola noche para siempre.
    Nos acompañan en el relato como dos voces, la que narra los hechos y la que nos habla de lo que ocurre en el interior de dos corazones en esa analogía de la coraza que se derrite para dejar el camino libre a los sentimientos, para volver a cerrarse en cuanto la vida vuelve a golpear con el látigo de la soledad y el abandono.
    A mi juicio es de los mejores relatos que te he leído en el blog, tanto en su desarrollo, como en la forma en la que bailan los hechos y las emociones, como en el lenguaje y las figuras poéticas que utilizas. Enhorabuena Ariel. Un abrazo.

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    1. Hay mucho de mi historia personal en Tilo y en Lorena, hay muchas vivencias mías que vuelco en ellos y el mundo en que ellos viven. Tú sabes, no es una autobiografía Jorge, pero estos dos personajes se han ido construyendo con el correr del tiempo, tú conoces sus orígenes.
      Las historias se han dado en forma intermitente y así han crecido. Sin duda hay en mí una necesidad interior de contar una parte importante de mi vida y, a través de ellos, creo que he encontrado el principio del camino hacia ese objetivo que nunca me había propuesto.
      Cada vez con más nitidez, poniendo sumo cuidado y meditando durante su elaboración, como quién reflexiona sobre su pasado, lo repasa, lo analiza, voy logrando iluminar y exponer algunos “demonios interiores” que consciente o inconscientemente están queriendo, y en cierto modo piden, salir de su escondite para participar de esta aventura literaria junto conmigo. Estos dos personajes son, en ese sentido, los actores que representan la metáfora de esta parte de mi existencia. No sé cuál es su futuro, solo sé, por ahora, que, con el correr de los relatos, se han transformado en herramientas cada vez más adecuadas para este propósito. Las historias llegarán hasta que ya no tenga más para decir, o hasta que sus historias ya pierdan significado para mí.
      En ambos el sexo, y de diferentes modos, forma parte esencial de sus vidas. Me alegra mucho haber podido lograr ese encuentro. Para Tilo es casi una iniciación, y para Lorena un oasis de ternura sexual que nunca ha conocido, a pesar de que es una prostituta, o tal vez a causa de ello, en el desierto emocional de su vida.
      Como excelente lector-escritor que eres, haces mención acerca de las voces utilizadas. Respecto a eso, te diré, Jorge, que ha sido un gran problema que me planteaba el relato. Hace tiempo que lo vengo escribiendo. No le podía encontrar el equilibrio, no me conformaba solo con la voz del narrador y los diálogos de los personajes. No podía introducir belleza, algo que tanto me interesa, en un texto tan oscuro, y me negaba a profundizar en la tristeza.
      Estuve indagando en los recursos literarios clásicos y me encontré con el del pensamiento, esa posibilidad me ofrecía las tres voces: la del narrador, las de los personajes en los diálogos, y la del pensamiento. Lo único que necesitaba era, indicar al lector quién iba a pensar en los párrafos que estuvieran en cursivas, cosa que sucede al principio para que no quede duda. De esa forma pude activar la lírica del pensamiento de Tilo, que, a los 18 años, y con su inclinación a la poesía, tiene el nivel intelectual necesario y la imaginación que yo necesitaba.
      No está demás, Jorge, agradecerte por todas las cosas lindas que me pones en el último párrafo, y decirte que es un gran orgullo para mí saber que este te ha parecido el mejor relato. Tú sabes que considero que tu opinión literaria es una de las más equilibradas, que es muy importante para mí, y que más allá de la valoración que tengo por ella, siempre la guardo en un rincón de la memoria, tus críticas me quedan grabadas y de ellas surgen buenos frutos, ya verás que esto que te digo es cierto, que no queda solo en palabras.
      Es un placer que hayas venido por aquí, amigo. Como siempre te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  15. En tu relato he visto dos almas huérfanas de cariño pero con grandes dosis de ternura. He podido sentir el dolor de Tilo al hablarle Lorena de "desaparecer" y darse cuenta en seguida de su error, que pretende enmendar como bien dices"ofreciéndole el contacto de su cuerpo para compartir la oquedad que le ha abierto", ¡qué bonito, Ariel!
    Y es que hay personas que se pueden llevar en el corazón pero no en el vivir de cada día, y creo que Tilo y Lorena son de este tipo.
    Los párrafos que has ido intercalando tan acertadamente sobre la escarcha han sido la guinda de un delicioso texto que merece mis felicitaciones.
    Un beso, Ariel.

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    1. Tal como lo expresas, querida Chelo, en este hermoso comentario que me has dejado, estos dos personajes que tanto quiero: Tilo y Lorena, son dos almas huérfanas de cariño, que necesitan ternura y, en esta noche especial, logran encontrarse en ese sentimiento. Lo que dices es de una extrema sensibilidad: personas que se pueden llevar en el corazón. ¡Qué difícil es esto, Chelo! ¡Pero qué bonito cuando se da! No sabes cómo me conmueven estas palabras, y el modo en que las dices, con tanto cariño.
      Todos los elogios que le pones al texto son maravillosos y te lo agradezco con el corazón, eres una persona muy cálida, es muy lindo tenerte aquí.
      Un beso.
      Ariel

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  16. Precioso relato Ariel,... me he deleitado leyéndolo despacio, disfrutando de cada pausa, releyendo los párrafos y viendo como la escarcha más fría y dura se puede resquebrajar,... aunque solo sea por unos instantes.

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    1. Gracias, Norte, es un placer que te haya podido transmitir esa sensación. Esta noche el cariño de Lorena pudo entibiar la escarcha que cubre el corazón de Tilo, claro que sí, y aunque sea por esta noche solamente ya vale la pena.

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