martes, 23 de mayo de 2017

Escarcha


Junio de 2002

   Apenas un poco de calor comienza a acariciar los bordes escarpados de un trozo de escarcha, no pasa mucho tiempo hasta que se empiezan a desprender lágrimas de él

   Este juicio sin asidero aparente se ha enredado en los vapores de la imaginación fértil de Tilo, el terreno del alma a quien nadie muestra. Está sentado en la barra y oye la voz de Lorena que lo distrae: «Necesito tomar un poco de aire fresco, Iván», le dice. 
   Cuando era un mocoso, él vendía ramitos de violetas en el Bajo y luego venía aquí, a la entrada de Trópico. Recuerda que, cuando ella se asomaba a la puerta del local y salía a la vereda, el aire se impregnaba de aroma a flores. Los ojos de la chica eran dos diamantes negros engastados sobre el sol de su semblante. Lo mandaba a comprar cigarrillos, o cualquier otra pavada y esperaba que trajese el recado. Luego lo despedía con su voz cautivante y depositaba unas monedas en la palma de su mano.
   Ahora él es un joven que, aunque sigue viviendo en la Villa 31, pudo terminar el secundario y ha empezado a estudiar en la Facultad de Ciencias Económicas. Tiene un puesto importante aquí: es el asistente del dueño al que todos conocen como el polaco. Tilo está de espaldas, pero su atención siempre despierta y la ayuda efímera de los espejos le permiten detectar cualquier movimiento extraño en el salón, aunque esté aparentemente distraído, como ahora.
   Lorena es la única persona que lo llama por su nombre —Iván— y no por el apodo: Tilo. Ella es la copera más hermosa de este club nocturno del barrio de Constitución, y luce espléndida con su vestido rojo, ajustado al cuerpo de sus maravillosos 32 años. 
   Salen. Ella primero y luego él. 
   Un rato más tarde, se encuentran a tres cuadras del local. 
   Él se pregunta para qué lo ha sacado del club. Está intrigado. Lorena está demasiado seria. Caminan callados hasta que ella sugiere: «Doblemos». Toman por la cortada estrecha y se alejan así de la claridad de la avenida. 
   Recorren unos metros. Ella se detiene. Apoya la espalda contra el muro, lejos del único foco de la calle que duerme su palidez entre el follaje de la acacia. Quedan así aislados en la penumbra tenue iluminada por el brillo helado de los astros nocturnos. El aroma del otoño es un moribundo más en las tinieblas. Lorena sacude la cabeza como para sacarse de la mente alguna idea que la fastidia. Sus manos buscan abrigo en los bolsillos del tapado largo, mientras alza la mirada al cielo.
   —¿Alguna vez tuviste ganas de desaparecer? —dice, sin ánimo de llegar a una interrogación contundente, sino solo hasta una pregunta leve flotando en el aire.
   Iván la mira impasible, erguido en medio de la vereda, con los puños enfundados en la campera de cuero. Trata de adivinar los pensamientos que perturban la vivacidad de los ojos de su amiga, que ahora baja la vista al piso, se observa los pies y vuelve a levantar la cabeza. Ella se muerde el labio inferior, esa fruta codiciada de la cual se enamoran todos los días los clientes del local. Él conoce ese gesto de inquietud. Lo ha notado en el hastío de las palabras, ese susurro filoso desgarrando la tela azul de la noche. Es extraño. No es el tipo de mujer que juega con enigmas. 
   Ella saca un monedero pequeño del bolsillo, lo abre, toma la punta del pañuelo blanco y se frota los labios para quitarse la pintura. Luego, delicadamente, continúa por los ojos, uno por uno, hasta eliminar los últimos vestigios de maquillaje que le cubren la cara. Lo hace sin prisa, y una vez terminada la tarea lo mira. Las pupilas de Tilo ya están adaptadas a la oscuridad y la ve más linda que nunca. 
   La noche de Buenos Aires, en este momento, despliega su magia. Algo invisible los aísla del mundo. El haz de la luz de la luna queda confinado en un círculo de plata que solo los ilumina a ellos en esta escena de belleza perfecta. El resto de la ciudad desaparece. Las miserias de la villa, los olores nauseabundos de los tachos de basura, las latas y los trapos tirados en las barrancas del Riachuelo, los pibes drogados, los abortos clandestinos, la mugre de los vagabundos, las ratas entre los escombros, los tablones de las obras abandonadas, los suicidas y los barcos oxidados en el astillero, todo se esconde bajo el manto de la sordidez que abarca más allá del río. 
   Y aquí, en este pequeño espacio inmaculado están los dos, aunque solo Tilo lo percibe de este modo. Es algo íntimo, lo oculta, no lo dice. 
   —¿Te pasa algo, Lore?
   —Nada… ¿por qué?
   —Te sacaste el maquillaje.
   Y de inmediato, después de pronunciar estas cuatro palabras, penetra sin decirlo en el fugaz remolino de la adolescencia de sus reflexiones. El rostro de una mujer es un lugar sagrado, un templo de clausura con una enorme puerta que solo se abre por dentro, infranqueable, detrás de la cual reposa el laberinto indescifrable de los secretos. Es un mar de misterios. El acto íntimo de eliminar los trazos oscuros de rímel ante una mirada masculina tal vez no significa nada, pero en todo caso es otro enigma más que se suma a la cadena interminable de la intriga. 
   Se desprende de esta pausa de razonamientos dispersos y piensa que no es buen momento para preguntas, al contrario, es la oportunidad para la espera. Lorena debe ordenar lo que ronda en su cabeza y por eso se queda callado.
   Entonces, habla ella.
   —Iván —le dice mientras guarda el pañuelo y lo mira fijo, arrugando levemente las cejas—, no me contestaste lo que te pregunté.
   —Sí… disculpame… me distraje. Es que no sé, es una pregunta difícil, jamás me la hice. ¿Desaparecer cómo? ¿A qué te referís? —dice Tilo, un poco inquieto, sin una respuesta clara. 
   En la noche parece más alto, más recto, como una tacuara esbelta. Los ojos claros de su rostro pecoso la miran con curiosidad; todavía sigue pensando cuál es el motivo por el que han venido aquí. Esto también lo confunde, tiene dudas acerca del rumbo de los pensamientos de Lorena. 
   —¡Desaparecer! —le dice ella, levantando los hombros, como si se tratara de algo evidente, que no necesita más explicaciones—. Vos un día estás y al día siguiente no. Así de simple. Pasás de una cosa a otra cosa.
   Y cuando concluye la frase, se arrepiente. Pero es tarde.
   Tilo ha sido abandonado por su madre cuando él tenía cinco años. Lo ha dejado. Ha desaparecido como si la hubiese tragado el viento. Y él nunca ha podido saber los motivos de su huida, ni el lugar donde se encuentra ahora. Por eso el cariz de las palabras de Lorena han reavivado ese recuerdo penoso. Aunque el motivo por el cual han venido hasta aquí es ajeno al desconsuelo que él arrastra desde niño, ella acaba de pronunciar algo inconveniente y la antigua herida que lastima el interior de Tilo se abre como una flor maldita.
   Ella quisiera volver atrás, pero solo atina a decir:
   —¡No!..., no…, ya sé en qué estás pensando, no me refería a eso.
   Lorena se da cuenta. Lo ha sensibilizado y quiere reparar el daño. Se arrima y le acaricia la mejilla. Él siente la ternura en la piel delicada. Ella lo percibe y sin saber por qué, como si hubiese tocado un trozo de hierro candente, retira la mano de inmediato, como asustada.
   —Perdoname, soy una tonta.
   Tilo puede controlar el dolor, en su corta vida aprendió a dominar la mordedura de esa fiera. La indiferencia de la gente, el desprecio de las miradas, los maltratos de la policía, la calle y la noche, le han templado el carácter. Pero solo para mostrarse duro ante los demás. Con ella es diferente. En su abismo interior, insondable como el fondo del firmamento, cualquier ademán, cualquier palabra de su amiga, es capaz de agitarle el corazón.
   Y ese algo invisible, imposible de definir, observa desde lo alto de la bóveda celeste a las dos almas desoladas. Ve cómo vacilan en esta instancia crucial, ocultas en la quietud de esta ciudad inmensa, dormida a orillas del río. Se apiada y extiende entonces sus extremidades imperceptibles. Toca las espaldas de las pequeñas figuras y, sin que ellas lo adviertan, las anima, les quita sus blindajes, las protege del fraude y la impostura. Viene a reparar el malentendido porque empuja a Lorena y la acerca de nuevo a Tilo. Ella desliza sus manos por debajo de la campera de Iván, a la altura de la cintura y lo abraza con fuerza. Luego apoya el rostro sobre su hombro, en un gesto de cariño, ofreciéndole el contacto de su cuerpo para compartir la angustia que le ha vaciado el alma. Quiere mitigar la orfandad, aliviarle la pena. 
   Dura un instante eterno. El tiempo pierde su rigidez.

   La escarcha es muy sensible a los cambios. La calidez la afecta, la hace crujir, la resquebraja. Y, a veces, bajo la tímida presión del peso de una mariposa, o cuando un colibrí agita las alas muy cerca, se parte su corteza de pan crocante. Emite una queja casi inaudible, crepita como una hoja seca, se astilla como un cristal, las grietas son como los dedos de un abanico desplegado. Lo que antes, en la gélida madrugada otoñal, fue una amplia lámina única cubriendo toda la superficie del agua del estanque, ahora se quiebra formando pequeños trocitos temblorosos.

   Tilo saca las manos de sus bolsillos, aspira el perfume del cabello de Lorena y se siente en medio de un remolino esponjoso de ternura. Es una emoción desconocida, un corazón de mujer se acerca al suyo a ofrecerle un poco de su almíbar, un sentimiento afable asoma por primera vez en su vida, algo que vale la pena. Todo su pasado ha transcurrido entre la brutalidad de la villa y la noche inclemente, peligrosa, clandestina, solitaria y marginal. Esta es la primera vez que está por acceder a su cielo añorado: la delicia del abrazo de una mujer.
   Pero teme todavía entregarse entero a semejante paraíso. Intenta escudarse en la soledad porque se siente indefenso. La toma de los hombros y la separa suavemente de él, pero sin dejar de asirla. Tiene dos miedos: no desea malograr el momento de cariño que ella le ha dado y teme entusiasmarse con una hermosa ilusión que ella no le ha ofrecido. Una coraza le reviste el alma y está a punto de fundirse. 
   —No quise herirte, Iván, estoy muy mal, la cabeza no me da más. Quiero abandonar toda esta basura. Es un calvario seguir con esta vida.

   Una vez que la escarcha cruje por la presencia de la ternura, es inevitable que se comience a derretir y se transforme en líquido. El agua, todavía fría, se libera del hielo cristalino, forma gotas, las gotas resbalan, se separan, ruedan, caen, mojan.

   Ella está quebrada, los ojos se le humedecen. Tiene los brazos caídos, el cuerpo flojo, se sincera, se derrumba. Una lágrima empieza a bajar por su mejilla, es una canoa que naufraga vacía, al borde del precipicio. ¿Pide ayuda? ¿Necesita consuelo?
   Tilo no comprende, todavía, la compleja sensibilidad de una mujer. Lorena conoce, en cambio, demasiado a los hombres, pero Iván, más allá de su juventud, no es uno más. Y aquí están, pensándose mutuamente, estos furtivos perros de la noche, corazones desiertos, vulnerables, pidiendo una estrella que los ilumine, un lugar en donde la mentira y el engaño hayan sido expulsados, alguien en quién confiar, un edén en el cual puedan olvidar este desierto de hostilidades, el lugar de los sueños perdidos o nunca alcanzados. Y debe ocurrir antes de que la madrugada se haga presente para decir basta a este juego en el cual se han enredado. 
   Entonces ella decide, y decide lo mejor. Apoya sus labios en los del muchacho pecoso, porque ve la timidez desplegándose inocente en la confusión de sus emociones, y avanza dándole confianza antes de que dude, porque esta noche ella desea olvidar la amistad para convertirla en algo mucho mejor, y está segura de conocer el camino por el cual se llega. Y él se deja llevar por ese sendero. Siente el calor de la lengua que avanza, áspera, rugosa; es una fantasía extraña que lo acaricia por dentro. Y cierra los párpados, aprieta fuerte el cuerpo frágil, y siente los dos pechos blandos que se aplastan contra el arco sólido de su tórax. 
   Y luego, ambos, sosteniendo el abrazo, siguen prodigándose besos que surgen de la ternura, esa palabra desconocida en sus vidas. Y después apuran caricias que no usan desde hace mucho tiempo; se reconocen con las manos de un modo diferente, utilizan un lenguaje gestual que casi desconocen, distinto, inmaculado y de una extrema inocencia. Se aferran, están enfrentados, se miran, no quieren separarse. Ella sonríe liberando todo su esplendor. Él apenas, pero es suficiente. Los ojos le brillan y se le forma un hoyo pequeño en cada mejilla. Lorena le pasa el dedo por la piel canela del rostro, curiosa. Justo por ahí, por esa hendidura que nunca le había visto.
   —Iván, no dejes de abrazarme, me hace bien.
   —¿Todavía querés desaparecer?
   —Ahora no, después no sé. No quiero pensar en después, me importa solo lo que me está pasando ahora.
   —Y ahora, ¿qué es lo que te pasa?
   —No sé. Pero es lindo, Iván, muy lindo.
   —Es la primera vez que me besás.
   —Sí…, es raro, ¿no?
   —Es extraño, Lore… quisiera que este momento no se termine.
   —Tenemos toda la noche.
   —Quisiera que fuera para siempre. 
   —Vas demasiado rápido, Iván.
   —Porque tengo miedo.
   —¿Miedo a qué?
   —No puedo dejar de pensar qué va a pasar mañana. 
   —Shhh… —dice Lorena, y le pone un dedo en la boca. 
   Ella lo quiere sentir más cerca, piensa que los sentimientos de Iván se le escapan. Sus manos se obstinan intentando retenerlo. Se siente una adolescente como él. Hace un rato se encontraba desolada y ahora no quiere desprenderse de él. Le coloca la mano sobre los labios, le impide hablar para no romper el encanto del instante. Luego se separa, se acomoda el cabello, lo toma del brazo, y le propone ir al hotel de la cortada, a unos metros de aquí, cruzando la calle. Los dos se sienten alejados de Trópico, están tan felices así, ni piensan en la posibilidad de que el polaco se pueda enterar de dónde están.
   Tilo pide la habitación. 

   Cuando la escarcha se agita en la turbulenta laguna de los pensamientos, se transforma rápidamente; es sensible a los cambios emocionales, su fragilidad vacila. Si algo similar al amor estalla tal cual lo hacen los soles en otras galaxias, los trozos de hielo se convierten en delgados hilos de agua, estos corren ligero, luego mojan, y como un perfume volátil se evaporan. Y más tarde, se transmutan en hebras de nubes extendidas por el cielo límpido de la memoria, para que esta nunca se olvide del instante de su creación. 

   Conserva las imágenes de lo que pasó allí. Las más bellas son las de Lorena desnuda, a horcajadas de él, sobre su cuerpo largo tendido de espaldas en el lecho. La ve descendiendo y ascendiendo, mientras su sexo se entibia, en movimientos suaves, emitiendo gemidos, los cuales no pueden ser contados, ni enumerados, acontecimientos aislados que se reúnen en un todo. Entregada al deseo, con la vista perdida, sus brazos rectos, sus pechos blancos balanceándose como frutos maduros, sus palmas cargando el peso sobre él, jadeando, la melena larga cayendo en cascada, y ambos alcanzando el éxtasis. Y ella, por fin rendida, tendida sobre él, abandona su mano pequeña buscándole el cuello sin cuidado, en un movimiento que le parece interminable. 
   Lorena que llora, que ríe. La que supo vencer al olvido para siempre. 
   Tilo, antes de salir, le dice al conserje a través de la grilla de barrotes de la ventanilla de la entrada: «Tano, vos no nos viste, ni a ella ni a mí. Nunca estuvimos acá. ¿Entendés lo que te quiero decir?». Y el dueño del hotel alojamiento hace una disimulada mueca de disgusto, pero asiente con la cabeza, porque por un lado aprecia al muchacho, aunque por el otro quiere evitar las preguntas insidiosas del polaco.
   Salen y cuando llegan a la esquina, la calle se queda a oscuras, los faroles se apagan. 
   Los dos se miran bajo la tenue luz de la luna y no dudan. Deben regresar cuanto antes. No están en el club y el polaco no debe enterarse, por eso deben volver rápido. A un par de cuadras se encuentra Trópico. En la primera corren y luego, en la última, tratan de componerse caminando despacio. Lorena se ha maquillado en la habitación. Entran por separado, él lo hace un rato después.
   Han puesto candiles en las mesas reemplazando las lámparas. El polaco está en el salón buscándolo a Tilo.
   —¿Dónde te metiste, pibe?, que no te encontraba. Nos cortaron la corriente eléctrica.
   —Estaba viendo cómo solucionar la iluminación de los baños. Ya les di instrucciones a los muchachos de seguridad.
   —Bueno, entonces yo voy a buscar a la gente de mantenimiento, necesitamos que pongan el grupo electrógeno en marcha. —Lo dice rápido y luego se aleja hasta desaparecer por la puerta del fondo.
   Tilo se acerca a la barra, se sienta y se da vuelta buscando con la vista a Lorena, mirando de reojo hacia la penumbra que esquiva los espacios entre las mesas. Todavía está sumido en una nube de emociones y estas no le permiten bajar completamente a la realidad. No puede sosegar aún los latidos apresurados de su corazón.

   El rocío luce su poderosa seducción frente a la escarcha. Es el paradigma del amor, besa los pétalos de las rosas y libera el aroma de los jazmines en verano. Es un duende alegre, el luminoso prisma óptico que juega con los colores no bien un rayo de sol alcanza su esfera. Se brinda en miles de chispas brillantes como abalorios dispersos de plata líquida.

   Tilo ahora ve, reflejada en el espejo, la silueta del vestido rojo tenuemente iluminada en la penumbra. Viene del fondo del salón, pasa por la mesa, toma la cartera y se dirige al centro del local buscando la salida para irse.

   Cuando la escarcha hinca su extremo agudo entre las costillas puede herir al corazón. El daño que provoca en él es irreparable si lo alcanzan sus aristas frías y filosas. Las almas inocentes no pueden hacer nada ante su ataque mortal, quedan inmóviles cuando se aproxima la eficacia de su veneno.

   Iván sale detrás de ella y grita su nombre. 
   Ella se queda quieta. Él se acerca, le pregunta. Hay frases, explicaciones.
   —No te podés ir —le dice Tilo.
   La toma de los hombros. Ella está floja, lo deja hacer. No es Lorena, parece una extraña. Sus pupilas oscuras lo miran fijo, son dos gotas de metal. Su corazón femenino es un hueco ausente que no late, no hay sonrisa en sus mejillas. Tilo se inclina para darle un beso. Ella le coloca la punta de un dedo en el pecho y lo detiene.

   La escarcha es algo que se renueva en la naturaleza a fin de otoño o en el invierno, en la estación más fría. Cuando las sombras lo van invadiendo todo se empieza a formar lentamente, y si arriba, desplegada sobre el espacio azul, está la moneda redonda de tiza, la labor de la noche es infalible porque convierte el agua en una sustancia sólida con su mejor arma: la tristeza. 

   —Escuchame. —Su voz es lacónica, dulce y firme—. Hoy no estuve con ningún cliente, solo vine a despedirme de vos. Fue la noche más hermosa de mi vida. Te di lo mejor que tengo sin fingir nada, quiero que lo guardes como el mejor recuerdo de mí. Apenas sé escribir, no pretendas que te deje una carta. Ahora cada uno hace su camino. Vos vas a entrar por esa puerta por donde saliste. Ahí está tu futuro, sos joven e inteligente. —Se lleva un índice a la sien—. Un día vas a conseguir la novia que te merecés, ahora lo mejor es separarnos, es lo menos doloroso para los dos. No te des vuelta, ni se te ocurra mirar cuando me esté yendo. No me busques. Andate, porque las despedidas no deben ser largas. 

   La escarcha es una capa delgada que cubre la superficie líquida, agua dura sobre el agua blanda, bajo la luz helada de las estrellas. En ausencia de calor que toque a las dos sustancias, estas quedan separadas inevitablemente.

   Tilo la ha escuchado mudo, la entiende, le cuesta mucho, pero comprende. Se pone las manos en los bolsillos. Se da vuelta y empieza a retroceder. Es un metro ochenta y cinco de carne y huesos, un muñeco con la mente de trapo que obedece. No piensa. Siente un dolor muy intenso. Tiene un adoquín en cada pie, una varilla de acero de tres pulgadas de diámetro le envara la espalda, un trozo de uranio le pesa sobre los párpados, la puerta acristalada de Trópico está demasiado lejos. 
   El tiempo se detiene. 
   Se siente vacío, por primera vez no sabe dónde podría esconderse.

   El tiempo tiene mucha paciencia. La noche espera, vigila y aguarda mientras se engrosa el espesor de la escarcha. Se la debe asir con cuidado, si se quiebra daña la piel del alma, abre una herida, la sangre brota, tiñe, se derrama, e inicia su descenso en una fila de calientes gotas escarlatas.

   Lorena se esfuerza en simular su arrogancia, gira hacia el lado opuesto, se sube las solapas del abrigo, acomoda la cartera sobre el hombro y comienza a caminar despacio y segura. Piensa en Tilo. Ha visto a muchos hombres vencidos por la carga de su mismo pesar. Ella también siente pena, pero no olvidará esta noche, la ha guardado en el cofre dorado de su vida miserable. 
   Recuerda sin querer los tiempos de su infancia desgraciada, el rancho de chapa, el arroyo pestilente atravesando el barrio como una serpiente muerta, los perros flacos, el olor insoportable del agua estancada, los chicos descalzos, los disparos en la sombra, los gritos de su padre, la huida a escondidas y para siempre.
   Está cansada, ha tomado una decisión importante. No va a venir nunca más por aquí, a prostituirse. Va a cambiar de profesión. Solo desea llegar a la pieza que alquila en la pensión, darse un baño y dormir. Mañana va a pensar en un nuevo rumbo. Tal vez lo mejor sería aceptar el ofrecimiento de su hermana para ayudarla en la peluquería. Ahí no es necesario saber escribir. 
   Se promete que va a ir a buscar otro trabajo. A cualquier parte. Pero aquí no. Desliza los dedos entre sus cabellos, alza más la cabeza y sigue. Quiere pensar en algo lindo y no recuerda otra cosa que no sea la cara triste de Tilo.

   La metamorfosis de la escarcha tiene ciclos infinitos, se congela y se deshiela. Los amores contrariados, endebles e imposibles acompañan el paso rutinario de sus transformaciones. 

   Dos sombras se alejan una de la otra. El destino ha jugado el juego perfecto. Buenos Aires está a punto de despertar, ajena a este vínculo que se está haciendo pedazos. Dos almas más que deberán salvarse solas. El incipiente amanecer asoma su claridad por las torres de los edificios del Bajo despejando todas las tragedias nocturnas.
   Tilo alcanza la puerta de entrada de Trópico.

   La escarcha de la noche ya se está derritiendo, pierde sus contornos. La inminente aparición de los rayos de sol está por culminar la tarea. Las últimas lágrimas de agua fría resbalan hacia el vacío y desaparece por completo todo vestigio de su presencia. La soledad, una vez más, avanza, y avanza, y comienza a devorarlo todo.




Este cuento pertenece al libro "Escarcha".


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34 comentarios:

  1. Oh, es bellísimo,Raúl! Ese paralelismo con la escarcha le da un toque poético que contrasta notablemente con la sordidez de la historia.
    Esa dureza, esa coraza que por momentos se agrieta, se funde, se vuelve a endurecer, es una forma de resistencia.
    Me he prendado de tu escritura.
    Un abrazo

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    1. Me encanta que te haya gustado, Mirna!. Tardé un tiempo en encontrar el modo de salir de la sordidez de la historia de Tilo, aquí en su adolescencia, hasta que la pude romper mostrando sus pensamientos, fuera de la voz del narrador. Y creo que fue un buen recurso porque pude mostrar la tendencia poética y soñadora que ya se empieza a ver en este personaje que tanto quiero.
      Está muy bueno saber que viste belleza en este texto, me hace muy bien. A mi también me gusta mucho cómo escribís vos. Te agradezco que te hayas puesto como seguidora, es un placer y un honor para mí.
      Un abrazo.
      Ariel

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  2. ¡Dios mío, Ariel! ¿Cómo se puede escribir tan bien? Nos regalas un trocito de belleza en cada relato. Éste está cargado de imágenes preciosas, como la escarcha, que es la coraza con la que estos seres solitarios protegen su corazón. ¡Que bueno que se resquebraje y se derrita aunque sea solo un instante permitiendo a Tilo y a Lorena disfrutar de un poco de calor! Muchas felicidades, querido Ariel, y un abrazo muy fuerte

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    1. ¡Ah!... Qué cosas linda que me pones, Ana. Qué bien hacen tus palabras. Y qué bien que lees, con qué sensibilidad, palpando esos cambios en la escarcha que se funde y se congela a medida que avanza el relato. Cómo me alegra que los hayas visto a los dos disfrutando de un poco de amor en sus corazones solitarios, hasta dónde se puede, en la noche inhóspita de esta ciudad donde esa palabra (amor) no existe, donde solo se alquila el cuerpo por un rato.
      Muchas gracias, querida Ana, un abrazo grandote para ti.
      Ariel

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  3. Un texto sencillamente maravilloso, Ariel. Pura sensibilidad transmitida a través de tu historia, tus personajes, la escarcha que creaste de la nada para explicarnos lo que nadie más podría.

    Leerte es puro deleite y continuar comentando, analizando el texto, no es sino empañar su pureza. Escribes con el corazón y solo con el corazón se te puede leer. Mi más sincera enhrabuena por ese don :)

    ¡Un fuerte abrazo!

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    1. Qué lindo, Julia. Lo que me dices me suena a música para mis oídos. Eres muy generosa y sé que dices lo que sientes, por eso me da tanto placer que te haya gustado este relato. Y sí, es verdad que escribo desde el sentimiento, por eso me involucro tanto con mis personajes, hasta sufro con ellos sus alegrías y padecimientos, puedes creerme, es la pura verdad.
      Es muy bonito lo que me has dejado escrito, te lo agradezco de corazón.
      Te mando un abrazo.
      Ariel

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  4. Hola Ariel!! Me dio mucha tristeza leer esto que contás acá, porque puedo ver a esos personajes que la pelean como pueden, son parte de mi realidad, de mi mundo y se medio como que se me encarnó el relato dentro de mis propios afectos.
    Un abrazo grande, amigo!!

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    1. Hola Simón! Es verdad, la noche es cruel con los que menos tienen, con los fracasados, con los que a punto de hundirse se aferran a cualquier cosa. Los personajes que la transitan saben que los sentimientos puros como el amor, la ternura, la compasión, tienen escaso valor, es más, si poseen alguno los deben ocultar porque los hace débiles, son otros los códigos que se manejan, lo he vivido, Simón. Por eso quise darles a Tilo y a Lorena, la prostituta, un pedacito de cielo, para que sientan un poco de calor entre tanto frío, entre tanta escarcha con la que se debe convivir en esa realidad tan dura.
      Un abrazo, amigo.
      Ariel

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  5. no encuentro palabras para describir lo que senti al leerlo ,hasta pude imaginar sus rostros como si me fueran conocidos y me senti un poco parte, increible!!!

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    1. El hecho de que pudiste entrar en la narración cuando leías, en forma tan cercana a los personajes, como estando dentro de la historia, es el mejor elogio que me podés hacer. Te lo agradezco mucho, Marcela.

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  6. Es bellísimo Ariel, dos almas solitarias, vagando en la necesidad, buscando calor y clemencia. Al fin lo encontraron, aunque solo por un instante lograron ser amadas.
    Es delicado y frágil, pero tan hermoso que rompe el corazón.
    Precioso.

    Un abrazo.

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    1. Qué hermosas palabras que me has dejado: delicado y frágil. Es encantador saber que el texto te ha llegado de ese modo. Es un placer que hayas venido a dejarme este bonito comentario. Muchas gracias por pasar por aquí, Irene.
      Un abrazo.
      Ariel

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  7. Triste y bello Ariel. Dos seres que se encuentran, cuya vida sabemos que no ha sido fácil, y en ese encuentro parecen tener una pausa al dolor y la desolación. Ese mismo instante en el que están juntos. Para Tilo debe de ser algo turbador y precioso al mismo tiempo sentir el abrazo y afecto que siempre le ha hecho falta. Dos almas, una más inocente y la otra más curtida que se funden momentáneamente para acabar de nuevo otra vez solos.
    Y esas preciosas y poéticas transformaciones de la escarcha que acompañan a la historia. Esa escarcha que acaba quedando en nada, como la soledad que inunda de nuevo a Tilo.
    Brillante Ariel. Me ha encantado.
    Un fuerte abrazo, compañero.

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    1. Tal cual lo dices, Ziortza, una pausa, creo que es la palabra adecuada, porque la vida de ambos, la de Tilo y la de Lorena, transcurren en la noche de Buenos Aires, entre la sordidez, la soledad, el desamparo, la miseria. Se hace un hueco para dar cabida a algo de cariño y luego se cierra, es momentáneo, como tú dices. Me alegra sobremanera que te haya gustado, es un capítulo de la historia de Tilo que me debía hace mucho tiempo, un hito muy importante, al que pude llegar ayudado por los pensamientos de este querido personaje, para colocar la belleza que necesitaba el texto.
      Es hermoso el comentario que me has dejado, compañera. Te lo agradezco mucho y te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  8. Este texto es de una desolación y ternura inconmensurables y lo escribiste con tal arte que nos identificamos con esos personajes. Me pareció bellísima la analogía que hiciste entre la escarcha y la soledad en que están sumidos Tilo y Lorena. Cómo en la necesidad y la desesperación la escarcha que los acoraza se disuelve y cómo ante sus propias realidades vuelve a consolidarse.
    Te felicito, Ariel.
    Un enorme abrazo.

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    1. Mirella, ahora el conmovido soy yo, me tocaste el corazón. Qué hermosa síntesis hacés de la historia, no te imaginás cómo me movilizan tus palabras, porque es uno de los tramos de la historia de Tilo que más trabajo me ha llevado, hace meses que vengo escribiendo y reescribiendo este relato. Vos sabés que me involucro mucho con él y con Lorena. Por eso, recibir un comentario con tanto elogio de parte tuya, me conmueve mucho. Gracias por dejar tu nido para venir aquí. Cuidate mucho.
      Ariel

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  9. Conmovedor Ariel, triste y emotivo, la soledad de esos dos seres que se encuentran y desencuentran y me ha encantado esa utilización de la escarcha que has hecho, me ha parecido un aporte genial por tu parte porque consigues hacer sentir, he escuchado esos crujidos, he notado esas sensaciones, ese frío tan intenso como la soledad que tanto duele.

    Hay una de esas frases que circulan que dice que hay un traje que se adapta a cualquier cuerpo y es que un abrazo es algo tan magnifico, da tanto, se alejan las tristezas y uno se siente tan bien.
    Un relato precioso

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    1. Qué bueno, Conxita, me alegra tanto que te haya gustado el relato y el modo en que he usado la escarcha para despertar sentimientos que no lograba de otro modo. Ese frío y esa soledad, como dices, recorre la noche del barrio de Constitución y se posa como un escudo para cubrir sus miserias. Necesitaba colocar un poco de alegría entre tanta tristeza escondida detrás de sus habitantes nocturnos, esos seres que pelean la vida como pueden. Necesitaba colocar un poco de calor ahí. Me da mucho gusto que así lo hayas percibido. Muchas gracias por un elogio tan lindo, la palabra precioso es un gran halago para esta historia. Un abrazo, Conxita.
      Ariel

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  10. Pues a mí no me parece sórdida, Ariel, al contrario, es una preciosa historia preñada de realidad, triste realidad de barrio bajo, eso sí, por eso sus personajes cargan con ese halo de melancolía proveniente del mal vivir al que están condenados por haber nacido ahí. Sigues retratando el realismo del que te hablé en un comentario a otro de tus bellos relatos, esta vez acompañado de tu impronta poética para realzar una bonita historia de amor repleta de ternura, diría más que incluso de pasión, porque al verla a través de los ojos de Tilo, su tristeza empaña ese momento álgido del sexo... Me ha encantado, Ariel, la combinación entre los paréntesis de endoñación con la voz del narrador, e insisto, deberías animarte a recopilar cada capítulo de la vida de Tilo para darle forma de novela. No temas, aunque no sepas muy bien a dónde quieres llegar, el camino ya merece la pena. Un beso,
    Eva

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    1. Sí, creo que sí, Eva, o por lo menos he intentado que el narrador cuente con esa impronta de realismo que tú señalas, con certeza, para mostrar la postal nocturna de uno de los barrios humildes de esta gran ciudad, por donde transitan las almas que el día ha descartado, los solitarios, los que vienen arrastrando penas. Y ahí, en medio de ellos, los que no están de paso, como Tilo y la prostituta Lorena, que trabajan en el club nocturno, peleando la vida.
      El recurso del pensamiento de Tilo ensoñando con la escarcha, creo que, fue lo que me permitió colocar un poco de belleza en el texto, en este tramo de la vida de Tilo que tanto me interesaba contar. Y respecto a lo que dices de la novela, o la recopilación de relatos, quiero que sepas que no me olvido de tu apreciación, tu consejo es muy valioso para mi, eres una de las escritoras que leo con sumo cuidado, no solamente en tus relatos sino en los comentarios. Suena muy lindo eso de que el camino merece la pena. Muchas gracias por pasar y por los bonitos elogios Eva.
      Un beso.
      Ariel

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  11. http://annasolerescritora.blogspot.com.es/
    Este es mi blog espero tu también me sigas. Un saludo

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    1. Por ahí te estaré visitando. Un saludo Anna.

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  12. De Tilo niño a Tilo muchacho, y el niño conforma al muchacho, quien conserva aún al niño que fue y que Iván guarda dentro.
    Iván no juzga a la chica de club, saltándose el disfraz de chica de barra y mirando “su alma”, una palabra que sueles usar mucho en tus textos líricos.
    Tilo-Iván (y posiblemente el autor) engrandece a la mujer, la diviniza en un “rostro sagrado”en un “templo”, así que a la puta la hace Diosa y puede que a la diosa prostituta.
    Y volviendo a la tierra y a un análisis de tu escrito menos prosaico, hay un gran contraste entre la prosa narrativa y el coloquio ligero, sencillo, de frases muy cortas casi pueriles. Y también el contraste entre la belleza de la noche silente y estrellada y la calle canalla y dura. Hay ángeles en el universo y otro ángel terrenal de pies de barros (y tacos altos), que mitiga orfandades y hace de Tilo un hombre en el amplio sentido de la palabra.
    Es una historia de dos saudades entregados.

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    1. Tilo conserva, como tú dices, Isabel, a un niño en su corazón. Engrandece a la mujer, en este caso en la figura de Lorena, como lo hace siempre con su madre, que ejerce la misma "profesión". Esto da cuenta de la sensibilidad e inteligencia con la que lees mis textos, te lo agradezco mucho.
      Y también debo agradecerte por detenerte en los contrastes que mencionas, en especial entre los que ocurren entre el cielo y la tierra, en este barrio de ángeles de pies de barro. Eres muy generosa. Te mando un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  13. Es bellísimo este texto, mi querido amigo Ariel, con unas escenas conmovedoras y envueltas en ternura, entre dos almas solitarias que buscan el refugio del abrazo cálido entre pieles desnudas, uno desde la inocencia, y la otra desde la sabiduría, pero dos seres solitarios, como si fueran dos almas gemelas, y que has descrito bellamente este relato con unas metáforas realmente magistrales.

    Me parece de lo más tierno y sensual cómo has pintado con tus palabras el rostro de la mujer diciendo que es un lugar sagrado y un templo de enormes puertas.

    Y ese abrazo que describes sostenido y entrelazado lleno de ternura deseando fuera eterno entre ellos, me ha maravillado ese instante tan sumamente cálido y lleno de ternura, donde ella cobijada no deseaba soltarse.

    Y esa descripción tan maravillosamente poética que has hecho de la escarcha que la has pintado tan bella, y cuando dices que envidia al rocío porque besa los pétalos de las rosas y libera el aroma de los jazmines en verano, describiéndolo como un duende enamoradizo, ¡ay, dios! pero qué belleza, si es que me dejas sin palabras.

    Cada vez que vengo a leerte, descubro en ti un mundo interior muy sensible lleno de riqueza espiritual, indescriptible a mis palabras, porque no las tengo, para decirte cómo me llegan tus textos de manera tan acariciadora como la seda.

    Magistral tu relato, con unas escenas de lo más bellas descritas con la calidez y arte de tus palabras.

    Chapó, amigo mío, un aplauso muy fuerte y un beso enorme.

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    1. ¡Ay, María! Cuánta sabiduría que hay en tus palabras, cómo percibes el mundo emocional, con cuánta sensibilidad.
      Hay ternura, como tú dices. Quise colocar mucho de ese sentimiento y que ese fuese el tono general del texto. Y, en efecto, son dos almas solitarias, ambos guardan sus sentimientos dentro de una coraza, se encierran, como persistente defensa, en un código necesario que los protege de ese mundo cruel dónde viven.
      Buscan refugio en el abrazo tierno, que no es una mercancía en este caso, porque no hay dinero de por medio. Él desde la inocencia que todavía conserva, y ella desde la sabiduría que da ese submundo nocturno y desde su dura profesión de prostituta, a la que la han llevado las circunstancias de la vida. Son dos almas gemelas, precisamente, porque no han están de paso por aquí, sino que sus vidas forman parte de este territorio de joyas falsas que buscan brillar un poco en la lobreguez de la noche.
      La metáfora del templo se me antojó como forma adecuada para representar el modo en cómo Tilo adora a las mujeres, por eso me alegra tanto que te haya parecido acertado mostrar el rostro de Lorena como lugar sagrado del universo femenino.
      María, he disfrutado mucho, narrando la escena en la que ella siente la ternura del abrazo que mencionas, un sentimiento que tal vez nunca ha conocido, ese momento que se abre como una ventana de luz entre tanta oscuridad. Ha sido, para mí, reconfortante, poder darle esa pequeña eternidad de satisfacción a Lorena, y lograr que confiese el deseo de que ese instante nunca se termine.
      Y qué bueno es lo que dices del rocío, como representación de la felicidad, de la fugaz ternura que han sentido los personajes, como contrapunto de la escarcha que enfría sus corazones con tristeza y soledad.
      Fíjate, María, que he seguido los pasos de tu comentario, porque me has conmovido, me pareció, por un momento, que tocabas los puntos más preciados por mí, los más importantes del relato, el recorrido sentimental que me ha llevado a elaborar el texto. Y eso quiere decir que sí, que tienes las palabras exactas, las que yo necesitaba por lo menos, para saber que puedo transmitir mis emociones desde aquí a un alma sensible como la tuya.
      Te agradezco mucho que hayas escrito esto. Puedo asegurarte que me has alegrado el día, que has puesto mucha emoción en mi corazón. Un beso grande.
      Ariel

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  14. ¿Cuánto hay de Tilo en Ariel, o de Ariel en Tilo? aunque es un personaje ficticio con circunstancias ficticias, creo que has puesto mucho de tí en él. ¿Y quién es entonces Lorena, que correspondencia tiene con la realidad? preguntas que dejo caer en voz alta y que no es necesario que sean contestadas.
    Hemos acompañado a Tilo en muchas de sus vivencias y nos traes ahora su apertura al sexo, debo reconocer que lo envidio, ha tenido la suerte de aunar en su experiencia la pasión y el amor, aunque ese amor imposible se esfume en una sola noche para siempre.
    Nos acompañan en el relato como dos voces, la que narra los hechos y la que nos habla de lo que ocurre en el interior de dos corazones en esa analogía de la coraza que se derrite para dejar el camino libre a los sentimientos, para volver a cerrarse en cuanto la vida vuelve a golpear con el látigo de la soledad y el abandono.
    A mi juicio es de los mejores relatos que te he leído en el blog, tanto en su desarrollo, como en la forma en la que bailan los hechos y las emociones, como en el lenguaje y las figuras poéticas que utilizas. Enhorabuena Ariel. Un abrazo.

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    1. Hay mucho de mi historia personal en Tilo y en Lorena, hay muchas vivencias mías que vuelco en ellos y el mundo en que ellos viven. Tú sabes, no es una autobiografía Jorge, pero estos dos personajes se han ido construyendo con el correr del tiempo, tú conoces sus orígenes.
      Las historias se han dado en forma intermitente y así han crecido. Sin duda hay en mí una necesidad interior de contar una parte importante de mi vida y, a través de ellos, creo que he encontrado el principio del camino hacia ese objetivo que nunca me había propuesto.
      Cada vez con más nitidez, poniendo sumo cuidado y meditando durante su elaboración, como quién reflexiona sobre su pasado, lo repasa, lo analiza, voy logrando iluminar y exponer algunos “demonios interiores” que consciente o inconscientemente están queriendo, y en cierto modo piden, salir de su escondite para participar de esta aventura literaria junto conmigo. Estos dos personajes son, en ese sentido, los actores que representan la metáfora de esta parte de mi existencia. No sé cuál es su futuro, solo sé, por ahora, que, con el correr de los relatos, se han transformado en herramientas cada vez más adecuadas para este propósito. Las historias llegarán hasta que ya no tenga más para decir, o hasta que sus historias ya pierdan significado para mí.
      En ambos el sexo, y de diferentes modos, forma parte esencial de sus vidas. Me alegra mucho haber podido lograr ese encuentro. Para Tilo es casi una iniciación, y para Lorena un oasis de ternura sexual que nunca ha conocido, a pesar de que es una prostituta, o tal vez a causa de ello, en el desierto emocional de su vida.
      Como excelente lector-escritor que eres, haces mención acerca de las voces utilizadas. Respecto a eso, te diré, Jorge, que ha sido un gran problema que me planteaba el relato. Hace tiempo que lo vengo escribiendo. No le podía encontrar el equilibrio, no me conformaba solo con la voz del narrador y los diálogos de los personajes. No podía introducir belleza, algo que tanto me interesa, en un texto tan oscuro, y me negaba a profundizar en la tristeza.
      Estuve indagando en los recursos literarios clásicos y me encontré con el del pensamiento, esa posibilidad me ofrecía las tres voces: la del narrador, las de los personajes en los diálogos, y la del pensamiento. Lo único que necesitaba era, indicar al lector quién iba a pensar en los párrafos que estuvieran en cursivas, cosa que sucede al principio para que no quede duda. De esa forma pude activar la lírica del pensamiento de Tilo, que, a los 18 años, y con su inclinación a la poesía, tiene el nivel intelectual necesario y la imaginación que yo necesitaba.
      No está demás, Jorge, agradecerte por todas las cosas lindas que me pones en el último párrafo, y decirte que es un gran orgullo para mí saber que este te ha parecido el mejor relato. Tú sabes que considero que tu opinión literaria es una de las más equilibradas, que es muy importante para mí, y que más allá de la valoración que tengo por ella, siempre la guardo en un rincón de la memoria, tus críticas me quedan grabadas y de ellas surgen buenos frutos, ya verás que esto que te digo es cierto, que no queda solo en palabras.
      Es un placer que hayas venido por aquí, amigo. Como siempre te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  15. En tu relato he visto dos almas huérfanas de cariño pero con grandes dosis de ternura. He podido sentir el dolor de Tilo al hablarle Lorena de "desaparecer" y darse cuenta en seguida de su error, que pretende enmendar como bien dices"ofreciéndole el contacto de su cuerpo para compartir la oquedad que le ha abierto", ¡qué bonito, Ariel!
    Y es que hay personas que se pueden llevar en el corazón pero no en el vivir de cada día, y creo que Tilo y Lorena son de este tipo.
    Los párrafos que has ido intercalando tan acertadamente sobre la escarcha han sido la guinda de un delicioso texto que merece mis felicitaciones.
    Un beso, Ariel.

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    1. Tal como lo expresas, querida Chelo, en este hermoso comentario que me has dejado, estos dos personajes que tanto quiero: Tilo y Lorena, son dos almas huérfanas de cariño, que necesitan ternura y, en esta noche especial, logran encontrarse en ese sentimiento. Lo que dices es de una extrema sensibilidad: personas que se pueden llevar en el corazón. ¡Qué difícil es esto, Chelo! ¡Pero qué bonito cuando se da! No sabes cómo me conmueven estas palabras, y el modo en que las dices, con tanto cariño.
      Todos los elogios que le pones al texto son maravillosos y te lo agradezco con el corazón, eres una persona muy cálida, es muy lindo tenerte aquí.
      Un beso.
      Ariel

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  16. Precioso relato Ariel,... me he deleitado leyéndolo despacio, disfrutando de cada pausa, releyendo los párrafos y viendo como la escarcha más fría y dura se puede resquebrajar,... aunque solo sea por unos instantes.

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    1. Gracias, Norte, es un placer que te haya podido transmitir esa sensación. Esta noche el cariño de Lorena pudo entibiar la escarcha que cubre el corazón de Tilo, claro que sí, y aunque sea por esta noche solamente ya vale la pena.

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