domingo, 9 de abril de 2017

El llamado del crepúsculo

   La casa de Victoria está en medio de esta especie de bosque que llega casi hasta la costa, rodeada de árboles. Es una vivienda amplia, tiene mucho espacio, demasiado, porque en este último mes se ha vaciado de golpe. Su marido ha fallecido, nunca regresó con vida al hogar. 
   El día de su muerte le avisaron con un llamado telefónico breve y, ella fue sola, a buscarlo, y disponer los arreglos del funeral. Cuando lo vio, él ya había partido para siempre, no pudo despedirse, todo fue tan rápido. Ella no estuvo presente cuando él cerró los ojos, ese fue el comienzo del tránsito hacia la profundidad de su pena. 
   A veces la tristeza la invade y, en esta tarde lo recuerda, una vez más. Una saeta le atraviesa el pecho sin volcar una gota de sangre, el dolor surge, asciende y, le arde, entre los retazos revueltos de su alma quebrantada.
   Victoria ama la vida, es un canto al optimismo, da muestras de ello cuando sonríe. Todo el rostro se le ilumina, es una estrella con luz propia. Pero a veces, tiene su día triste. 
   Va hacia la cama de su dormitorio, se sienta, mira el piso y al rato va a la cocina. No sabe qué hacer. Calienta agua para el mate, lo sirve y se queda con él entre las manos, pensando, en el silencio quieto de la sala. Pasa un rato, lo deja sobre la mesa, se levanta y se asoma al balcón. Apoya la palma de sus manos sobre la baranda de hierro y observa el vuelo de los halconcitos blancos, el canto breve de los chorlitos, ve a una pardela en lo alto, que da vueltas, buscando la brisa adecuada que la devuelva al mar. 
   Recuerda que en otoño salía con él a buscar las frutas caídas al pie de los castaños. En verano se alejaban juntos por la hierba, atravesando el arroyo, más allá de la noria, hacia la costa. A ambos les gustaba mirar hacia la inmensidad del agua. Como un par de gaviotas solitarias tomadas de la mano, eran un punto apenas, en el amplio desierto de arena de la bahía curvada de Playa Honda.
   «¿De qué manera podré seguir viviendo?», se pregunta, mirando al cielo, rastreando con sus ojos para descubrir su figura en algún lugar del inmenso universo. Sin él, cualquier camino le parece un destino inseguro.
   Aspira profundo, no tiene con quién hablar en esta ausencia que la invade por dentro y por fuera, en esta tarde apacible, frente a la arboleda que se extiende ante ella. 
   El sol está bajando por la espalda de la vivienda, la tarde está cayendo, se filtran los haces luminosos entre las hojas del follaje. Una bruma rosada peina lar ramas más altas de las copas frondosas de los árboles de este pequeño bosque. ¡Cuántas veces han visto, juntos, este paisaje desde aquí!, con el mar de fondo, que se divisa bajando la barranca, más allá de los bordes rocosos de la Isla de Flores, cascados, salpicados por esquirlas de espuma blanca. El rumor de las olas, lejano, habla por encima del murmullo de esta fronda que se hamaca con la brisa suave, húmeda, que llega desde el océano. Algunas hojas ya comienzan a mudar hacia los tonos canela, el otoño les pinta la piel seca de color marrón, las va endureciendo, las cubre con una costra quebradiza, tapizan el piso como una alfombra mustia, crujen bajo el leve peso de alguna fruta que cae. Hay aroma a flores en el aire.
   Ella va y viene por las habitaciones vacías. El peso de la soledad es un lastre que la abruma. 
   Decide ir hacia Punta Ballena, se deja llevar por un impulso repentino. Toma un abrigo de lana, por las dudas, piensa que cuando anochezca seguro va a refrescar. Coloca las llaves del auto en la cartera, pasa delante del espejo y se demora un poco. Tiene puesta una blusa liviana y unos pantalones claros. Se acomoda la cabellera mirándose de costado. Recuerda. Los brazos fuertes que la envolvían no están, no los ve en el espejo, no le abrigan su cuerpo. Se sentía arropada cuando él le regalaba ese gesto. Falta, aquí, el olor a tabaco y a ron que perfumaban la sala. La tristeza se le arrima al hueco de su corazón, casi nunca la demuestra en la gallardía exterior de su figura, sin embargo, Victoria advierte, ahora, que de la humedad de los ojos algo se desborda y le baja por una de las mejillas. Se pasa un dedo para quitarla y va hacia la puerta. Antes de salir echa una mirada hacia la habitación. Ve el rostro de él en los cuadros colgados en las paredes, en los retratos que tiene sobre los muebles. Eso la apena un poco más, no puede evitar esa congoja. Sale y cierra la puerta.
   Maneja por la carretera de Montevideo hacia el este. Llega por el único camino posible, rodeado de pinos y eucaliptus. De a poco se transforman en arbustos y luego, finalmente, en matas bajas. La ruta asfaltada es ahora un sendero de guijarros. La península es una prolongación del cerro que se adelgaza, parece más angosta con el océano a ambos lados. Se extiende como un muelle que se hunde en el mar, que aquí es un piélago, un estanque inabarcable, una llanura líquida infinita, sin límites, abierta en todas direcciones hasta perderse en el horizonte, y que se hace turbulenta en esta costa agrietada, que ciñe los peñascos por ambos lados, y los bate con furia, con alas de agua que se elevan saltando al pie de este precipicio.
   Se baja del auto. Siente de inmediato el embate de las ráfagas feroces que la empujan desde el sur. Cierra la puerta y, se coloca el abrigo encima de los hombros, sus cabellos se agitan. Se detiene y mira. Está frente a Casa Pueblo, aquí quería llegar.
   Es una casa mediterránea, insólita, enclavada en la desembocadura del Río de la Plata. Es una sucesión de nidos superpuestos, de paredes blancas llenas de ventanas, construida sobre la roca, en la orilla de esta punta que se mete con coraje entre las olas, buscando lo profundo. La construcción parece un animal adherido con tentáculos de hormigón a la piedra, como un manojo de plantas parásitas que resisten los castigos del viento. Es, casi, una edificación con vida, desesperada, a punto de caer por este despeñadero, hincando los dedos entre los intersticios de la pared rugosa, en la soledad del acantilado. 
   Punta ballena es una franja estrecha, es la estribación de la cadena montañosa de Cuchilla Grande, que se aguza, asemejando primero a un brazo, luego una mano y por último un dedo largo con la uña dura que desciende señalando el fondo del océano. Es una puntera rocosa que huye de la orilla. Es un espigón expuesto a los huracanes que lo arañan desde el sur, castigado por el salvaje atropello de las tempestades en los algunos días grises del crudo invierno. 
   La sensación que tienen los navegantes cuando miran hacia aquí, es que el efecto de la presión de los feroces vendavales, han aplastado la nuca del extremo de las montañas hacia abajo, de modo que le han hundido el hocico bajo la marea, este lugar parece el casco de un barco encallado con la proa hundida. Y el líquido salino, en continua agitación le golpea los flancos escarpados, de un lado y del otro, esparciendo penachos de espuma blanca entre las rocas. 
   El océano, aquí es río y es mar, es un mestizo araucano o charrúa que a veces muestra la piel celeste y a veces se pinta de cobre como un lagarto que baja desde las tierras rojas de la provincia de Misiones.
   La temporada ha terminado y casi no hay turistas en Casa Pueblo. El crepúsculo está por declararse en el cielo que se recuesta en la línea difusa de la lejanía. 
   Victoria franquea la entrada del magnífico laberinto. Sube y baja escalones, atraviesa pasillos, pasea por las habitaciones, observa las pinturas que hay sobre las paredes encaladas, los objetos de colores vivos. Una grabación comienza a reproducir la «Ceremonia del Sol», ese bellísimo poema, recitado por el artista que construyó esta mítica casa. Entonces, ella va hacia una de las terrazas techadas que miran hacia el oeste, una en la que no hay nadie, desde aquí ve el horizonte marino. Hay nubes, hebras blancas que esconden la geometría circular que brilla detrás de ellas. El globo solar es una moneda dorada, gigante. 
   En la intimidad de este balcón, ella se atreve a pensar que es allí, en aquel disco de oro donde se encuentra el espíritu de su marido, poderoso, también, como el fuego. Y se anima a sincerar, en su interior, un pensamiento que la estimula, algo que jamás diría en voz alta, pero que palpita en su corazón: «Vengo a ver tu muerte cotidiana, temporaria, es la despedida que te debo. Nuestra cama es demasiado grande para mí sola, está fría y a la noche me desvelo. Voy a venir aquí, de vez en cuando, cuando la soledad se me vuelva insoportable, como hoy.» 
   Victoria escucha la voz del poeta que recita, se arrellana en la silla, se ajusta el abrigo, encoge los hombros y, luego, mientras escucha la voz monótona que recita los versos fabulosos, con las palmas de la mano a los costados del rostro, se recuesta con suavidad apoyando su cuerpo hacia atrás, contra el respaldo. Levanta la frente y, dirige su mirada al globo escarlata que se hunde irremediable. No puede contenerse, los versos que escucha la emocionan, han ablandado la escarcha de su pena. Aparecen dos surcos delgados, casi imperceptibles, por donde le resbalan las lágrimas tenues de la tristeza. Son dos senderos que bajan por la calidez de sus mejillas. 
   Sonríe, ha imaginado que él está ahí, pero sabe que de todos modos seguirá en esa lejanía con los labios mudos, a ella le sigue faltando el sonido de su voz, la armonía de la palabra que se pierde vagando por los cielos. Y entonces, algo insiste, nuevamente, en su interior: «¿De qué manera podré seguir viviendo?», se pregunta. Rastrea con sus ojos para descubrir su figura. Mira al cielo manchado de carmín y granate, quiere verlo, trata de armar su imagen, en el centro de la bola ígnea, que desaparece, lentamente, tragada por el agua. 
   Hoy se ha permitido esta fantasía deliciosa. Su destino se afirma, es éste, deberá llegar aquí de tanto en tanto. Tal vez sea solo un artificio para aliviar su soledad. Pero es suficiente para ella. Aquí podrá venir, a soñar con su compañía, la de él. 
   El viento sigue azotando la casa blanca. Ella quiere que el poema prodigioso no termine nunca y que el globo rojo no se hunda jamás. No quiere despedirse, todavía.

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30 comentarios:

  1. Por ahí leí que si un escritor hace ficción pero consigue que el lector se crea lo que el tipo escribe, es un buen escritor.
    Para mí este relato tiene eso. Se ve, se siente, se cree y por eso yo pienso que leí algo bueno. Para mí es muy bueno lo que leí.

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    1. Gracias Simón, sos muy generoso, eso que me decís me reconforta mucho. Creo que lo más difícil, al escribir, es darse cuenta de si el lector se va a involucrar o no, y en todo caso hasta dónde va a empatizar con los personajes. Uno no lo percibe hasta que se lo trasmite el lector y, se pone contento cuando se lo dicen porque ahí está la magia que uno buscaba.
      Un abrazo.
      Ariel

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  2. Eres como nadie expresando sentimientos, Raúl, enmarcarlos en el paisaje; un paisaje que parece solidarizarse con la pena de la protagonista. Una belleza.

    Besos

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    1. Muchas gracias, Ana. Es difícil para un hombre meterse en la piel de una mujer para expresar sus emociones, me alegra muchísimo que te haya gustado.
      Vengo de leer tu último micro, hermoso y demoledor, logras un nivel de excelencia envidiable. Pero además, el relato tiene eso de meterse dentro del personaje, y logras que a uno le corra un frío por la espalda. Puro sentimiento.
      Un beso.
      Ariel

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  3. Tiene razón Ana, eres el maestro al expresar los sentimientos, y añado que tu amor por la naturaleza (y por las diversas tierras y mares, en esta historia de Montevideo, se nota y transciende) Los marcos cromáticos en que has colocado a Victoria y su tristeza son magnífico, se huelen y escuchan.
    Ahora te digo que mucho amor tenía que tener por su marido si el olor de ron y tabaco le parecía un perfume (sonrío)
    Veo a Victoria que va y viene por las habitaciones vacías, a cuesta su reciente soledad que la abruma, pero ella no se encierra, y con ella y su dolor viajamos hasta donde nos lleva el autor, no dudo que antes estuvo el autror en esos lugares que tan bien describe, que disfruto de ellos y que se dijo seguramente… "tengo que escribir sobre esto y de esto...", y colocó a Victoria en sus pensamientos primero, y luego en sus paisajes recorridos. Eso me parece Ariel
       

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    1. Así es. Victoria va gallarda hacia Punta Ballena. Esta mujer que no es solitaria, sino que sufre de soledad por la ausencia del marido, tiene el deseo siempre urgente de encontrarse con él. Optimista por naturaleza, a veces, los recuerdos la doblegan. Es en esos momentos en que le nace el ímpetu de ir al encuentro de esa llamada que imagina que viene a la muerte del sol, en el crepúsculo.
      Y en cuanto a la génesis, Isabel, no te equivocas en el recorrido, ha sido así, como tú lo describes. Cualquier texto se trasparenta ante tu mirada. Ningún detalle se te escapa. Muchas gracias por el elogio, eres muy generosa.
      Te mando un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  4. Expresas los sentimientos muy bien, y describes el paisaje y nos vas metiendo en la tristeza de la protagonista. Se ve que amas ese lugar de Montevideo. Un abrazo

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    1. Así es María del Carmen, es un lugar maravilloso, mucho más hermoso de lo que describo. Y Victoria es un personaje inspirado en una amiga uruguaya espléndida a la que llevo en el corazón. Muchas gracias por pasarte por aquí.
      Te mando un abrazo.
      Ariel

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  5. Es maravilloso como consigues el mimetismo del lector en tu obra, como traspasar desde la pantalla y sentir en la piel esos sentimientos y sobretodo con el amor qué se ve al parir tu creación, es fantástico querido, conmueven tus formas sobremanera.

    Un beso, Ariel, hasta tu orilla.

    Y.G

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    1. ¡Qué placer tenerte por aquí, Yayone! Puedo sentir el calor de tu afecto en las palabras de tu comentario. Eres en extremo generosa. Intento ir hasta tu sitio sin éxito, pero sé que en algún momento se abrirá nuevamente la puerta.
      Un beso.
      Ariel

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  6. Un día decide cambiar su vida
    Ya no puede vivir de recuerdos que la están matando.
    Decide entrar en un café y lo ve.
    En un momento sabe que él será el elegido.
    Esa aventura de pasión es lo único que puede salvarla de morir en recuerdos que terminarían con su vida.
    Fue inmensamente feliz....
    Su hoy la llevará e encontrarse a través de ese hombre
    por primera vez con ella misma
    Un abrazo camarada

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    1. Muchas gracias por el comentario, Mucha, aunque no me queda claro lo de la aventura que dices, de todos modos te agradezco que pases por aquí.

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  7. Tu relato y la actitud de Victoria son un fiel reflejo de la soledad. No una soledad mal llevada, sino una de esas que se asume y se intenta paliar o amortiguar con gestos como ese suyo de ir a Punta Ballena, o con pensamientos como el que transcribes "ha imaginado que él está ahí, pero sabe que de todos modos seguirá en esa lejanía con los labios mudo". No vive de ilusión porque es consciente en todo momento de que jamás volverá.
    Independientemente de lo dicho, debe ser tremendo eso de no poder decir adiós (o no ver cerrar los ojos, como dices) a quien amas, cosa que, por lo demás, sucede frecuentemente.
    Me han encantado tus descripciones, como siempre, y que tocaras este tema que a muchos tanto duele.
    ¡Un beso, Ariel!

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    1. Has leído a la perfección el relato, Chelo. Es de elogiar la exactitud con que has interpretado los sentimientos de esta mujer que tiene, precisamente, "no una soledad mal llevada" como tú dices, sino que es una persona que ama la vida y que ha perdido a su compañero al que lo unía un amor muy fuerte. Y a veces, las ansias de tenerlo consigo, la llevan a buscar esas fantasías, esa necesidad de materializar la despedida que no pudo hacerle y que le ha dejado el alma en suspenso.
      Tanta felicidad en vida, tanto dolor de ausencia, los dos términos de una ecuación casi matemática.
      Un beso, Chelo.
      Ariel

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  8. Mientras te leía Ariel me has hecho pensar en aquello que se dice que mientras se recuerda, nadie se va del todo y si ella necesita verlo en ese despertar, mirando al mar o en la tierra de esa península, eso es bueno para ella, necesita sentirlo cerca.
    Describes perfectamente la tristeza en ella, llevándola como puede después de perder de forma inesperada a ese compañero, la dureza del momento, de ese no poder despedirse, cuánto dolor para el que se queda.
    Como es habitual en tus relatos la naturaleza o la ciudad, pasan a ser uno más de los protagonistas, los describes con tanta fuerza y viveza en tus narraciones que como lectora se los siente, conviertes a lo inanimado en un compañero de viaje muy importante.
    Un placer leerte.
    Saludos Ariel

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    1. Nos empeñamos en constatar los sucesos por medio de los sentidos con patrones rígidos. Nos convencemos de que hay una realidad monolítica delineada por lo que llamamos cordura. Y sin embargo, a cada instante, ocurre un hecho fantástico. Los seres humanos le damos vida a los objetos.
      Una mujer viuda que, sin dudar, toma el auto para recorrer cientos de kilómetros ante "una llamada"que solo ella percibe. La misma mujer que "ve" claramente como se forma la imagen de su marido en la esfera grande del sol al caer la tarde. Victoria que recorre su casa vacía y "siente" el lecho vacío.
      Somos un manojo de emociones extraordinarias, fantásticas, humanas. Pienso, igual que tú, acerca de los recuerdos de Victoria. Ella los vive con tanta nitidez porque, como tú dices, piensa que no se ha ido del todo, que está en algún sitio al que podrá acceder, en el cielo, en el sol, en los objetos de sus casa. ¿No es maravilloso? Como te decía, somos un manojo de sentimientos, de dichas y dolores. ¿Qué es la tristeza? No lo sé, algo que te hace derramar lágrimas, algo que no sé describir, que cuando te suelta deja pasar a la alegría. Victoria es una mujer que busca la tibieza de la amistad, tiene y contagia las ganas de vivir, es alegre y todo se torna alegre alrededor de ella pero, algunos días la invade esa tristeza que la hace soñar. Y sueña. Eso, me parece, que es lo fantástico.
      Conxita, tienes las emociones y los sentimientos en tus ojos, cuando recorres el relato. Sabes interpretar la tristeza de la pérdida que ha sufrido Victoria y esa especie de culpa que padece por no haber podido despedirse.
      Muchas gracias por tus elogios. Es muy grato para mí saber que te ha gustado el marco natural. Creo que el contexto, la ciudad, un paisaje, los objetos, cobran vida ante nuestra presencia. Somos nosotros los que los hacemos danzar al compás de nuestras emociones, por eso los trato con tanta vehemencia.
      Es todo muy bonito lo que dices del texto, gracias por leerlo, Conxita.
      Un abrazo.
      Ariel

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  9. Tú lo has dicho,... que difícil es ponerse en la piel del otro, especialmente si, como en tu caso, es de otro género. En todo caso creo que has logrado un tono tan intimista que incluso da un poco de reparo leerlo, es como si nos entrometiéramos en la vida de esa mujer. Enhorabuena Ariel!

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    1. Así es, me ha resultado muy difícil, y me sigo preguntando si lo he logrado. Si me resulta aventurado hacerlo con un personaje masculino, cuando se trata de un personaje femenino tengo mucho más temor de no acertar. Todos somos seres humanos, pero creo que el Universo femenino es inalcanzable, porque no tengo las vivencias de una mujer, trato de adivinar, de acercarme todo lo puedo. Creo que siempre quedará en un intento, en una posibilidad, tal vez por eso siga escribiendo, en intentar nuevamente, eligiendo otro ángulo, otra historia, para descubrir otra faceta. Quizá las sucesivas muestras armen alguna figura con alguna certeza.
      Un abrazo, Norte, es un placer que pases por aquí!!
      Ariel

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  10. Una magnífica estampa del dolor y la soledad de una mujer. Narrada con la maestría de tu prosa y en escenarios queribles que uno conoce hasta de manera familiar. Y tus insuperables descripciones matizando (y enmarcando) el relato. Gran trabajo pibe de Palermo. te mando un fuerte abrazo.

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    1. Dolor y soledad, una combinación que gravita con su fuerza poderosa en el alma de Victoria, pero no doblega su espíritu femenino que se inclina hacia la búsqueda de ese compañero irreemplazable. Y se fabrica una fantasía en su corazón que la lleva a soñar con él, con su cercanía, en esa estrella dorada que se hunde todos los días en el río.
      Me alegra que te haya gustado, Néstor. Un abrazo.
      Ariel

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  11. La muerte, la soledad y el recuerdo como hilo conductor de este relato cargado de tristeza, donde nos llevas a adentrarnos en el corazón de la protagonista y en su nostalgia. Imposible no sentir lo mismo después de su lectura. Un abrazo Ariel.

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    1. El recuerdo, como tú dices, que vuelve, con insistencia, empecinado y testarudo, a llamar a la puerta del corazón de Victoria. La memoria abriga esa obsesión que la busca por todos lados para mostrarle una nueva posibilidad de encontrarse con él, observando la muerte del sol en el viento del acantilado.
      Muchas gracias por pasar por aquí, Jorge, un abrazo.
      Ariel

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  12. Bello y duro relato Ariel, en el que la protagonista no ha superado todavía el duelo de haber perdido a su marido. En él acompañamos a la protagonista en su viaje, en el que un paisaje majestuoso y salvaje (hostil diría yo con esos vendavales) la rodea. Cuando llega a la casa se sosiega por un momento, pero cuando se percata de su fantasía se vuelve a desmoronar. Su único consuelo, por el momento, es volver a esa casa a revivir situaciones. Precioso Ariel como lo has relatado, con esa emoción y sensibilidad tan especial que tienes. Me ha encantado.
    Un abrazo muy fuerte.

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    1. Gracias a ti por leer con tanta dedicación y minuciosidad, pero sobre todo gracias por leer desde la emoción. Victoria lo agradecerá. Me alegra mucho tener este comentario tan precioso que me has dejado.
      Un abrazo Ziortza!!
      Ariel

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  13. Qué triste que Victoria no haya podido despedirse de su marido, y tuvieran que avisarle de esa manera, por teléfono de su muerte, el no haberle podido decir adiós al amor con el que convivió tantos años, tiene que ser muy triste.

    Y la casa se la quede tan grande, con ese vacío tan inmenso, todo ello puede ser el reflejo de muchas personas en la vida real, así es como he ido saboreando tus letras, amigo Ariel, viendo las escenas como si de una realidad se tratara.

    Y es que lo narras con tal maestría que no puedo dejarte de decirte lo mucho que me encanta venir a leerte y a disfrutar de tus textos, siempre impecables en las descripciones, y alguna frase, me ha maravillado como esta, que te recalco, es tan bella:


    "Ella quiere que el poema prodigioso no termine nunca y que el globo rojo no se hunda jamás."

    Y me ha encantado cuando Victoria se envuelve entre las fantasías, has descrito a una mujer tan llena de vida, a pesar de su dolor.

    Chapó, Ariel, mi aplauso y mi beso.

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    1. El alma de Victoria, pienso, es para mi tan extensa como un cielo infinito que nunca llego a conocer del todo. Pero al mismo tiempo, cuando me mira a los ojos, puedo sentirla tan cerca como una respiración. Tiene el alma noble y la sonrisa dispuesta, aunque a veces la toca la pena, como en este caso, porque la ausencia le enfría el corazón.
      Como tú dices: una mujer llena de vida a pesar de su dolor.
      ¡Qué lindas palabras que me dejas aquí escritas! Me alegra mucho que vengas por aquí, María, sin tu comentario esta página tendría un hueco enorme.
      Un beso grande.
      Ariel

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  14. Bueno, bueno... Un relato marca de la casa. Bella prosa, intimista, sentido, poético. Un ejemplo de que para atrapar al lector no hace falta que pasen muchas cosas, solo que el escritor dibuje a un personaje de tal manera que el lector se identifique con él. Lo que entendemos por "normalidad" es un ideal falso; todos tenemos nuestras rarezas, todos hacemos actos ilógicos para cualquier otro pero con todo el sentido para nosotros mismos. En el caso de la mujer, ella sintió esa llamada. La realidad es algo muy breve, apenas unas milésimas de segundo. Todo lo demás son recuerdos y sueños, y ambos ocupan el mismo lugar en nuestro cerebro. Un placer leerte, crack!

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    1. ¡Hola David! Qué bien lo dices, con qué precisión reflexionas acerca de la idea de normalidad: un ideal falso. Me ha gustado esa definición. Y también la otra acerca de la brevedad de la realidad, ese instante del presente que se adelgaza tanto como uno quiera. A veces, pienso, que el resto, lo que queda, es tan fantástico (los recuerdos y sueños que tu mencionas), que uno no tiene límites para contar, para elegir desde qué lugar enfocar la narración. O dicho de otro modo que escribir ficción es navegar todo el tiempo por el mundo de la fantasía. Delicioso comentario.
      Un abrazo grande.
      Ariel

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  15. Me gusta cómo adecúas tu prosa a los sentimientos de Victoria. Así al menos a mí me lo parece, que son sus sensaciones las que guían el camino al narrador, que simplemente se limita a seguirla hacia su destino. Despedirse simbólicamente de su marido, ya que no le dio tiempo a hacerlo antes de que su luz se extinguiese. Es un bello relato, Ariel, y muy triste, melancólico mejor dicho, porque creo que la nostalgia es una enfermedad que también se padece con frecuencia, sobre todo cuando como en el caso de Victoria no se olvida a quien se ama todavía, incluso después de la muerte. Mi más sincera enhorabuena por este conmovedor relato, y un beso, Ariel.
    Eva

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    1. Yo también suelo bautizar como enfermedad a ciertos sentimientos, como un modo de decir que es un estado casi permanente del alma, una emoción que lo abarca todo, como el aire que respiramos. Y la nostalgia, ¡ay!, esa que se viste a veces de melancolía o de tristeza, que nos pisa los talones, o que se nos derrama en el corazón como un vino que nos termina embriagando las sensaciones, como a Victoria, que aún tiene un trozo de amor pendiente de esa eterna despedida.
      Muchas gracias por tu "enhorabuena", Eva, es muy grato que vengas hasta aquí.
      Un beso.
      Ariel

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