sábado, 29 de abril de 2017

Detrás de la puerta estaba su madre



   Tilo tiene 33 años. Todo el día de ayer lo asediaron los recuerdos de la noche en que se fue su madre, cuando él era niño aún. Hoy ha escrito estas líneas, para que no se escapen, en su cuaderno de Tapas Duras.

Abril 2017

   Un niño de cinco años, flaco, desgarbado, duerme plácidamente. Un manojo de cabellos pelirrojos, casi del color de las zanahorias, le cubre la cabeza. Las pecas color canela le tapizan todo el cuerpo salvo las palmas de las manos y las plantas de los pies. 
   Está acostado, soñando en su universo. Siente que las estrellas del cielo le iluminan las pestañas cerradas y, que, el aire nocturno despide un fuerte aroma a jazmines. Su madre le acaricia la espalda. Lo toma del hombro. Él quiere darse vuelta, pero no puede, algo se lo impide. La leve presión de las yemas femeninas sobre su piel le resulta agradable.
   El tiempo onírico no tiene medida. Es un brujo secular de barbas largas y blancas. Esconde la magia entre las hojas milenarias de los campos de maíz. Puede durar una eternidad. A veces su paso es tan lento que parece una larga travesía hasta la cumbre de la montaña. A veces viaja tan rápido como el dolor de una espina hincada en el nervio del codo. 
   El chico escucha sonidos lejanos y entonces se despierta. Abre los ojos, los párpados le raspan, parece que tuviera finos granos de arena ocultos debajo de ellos. Despega apenas la cabeza de la almohada rota y advierte que su cuerpo reposa en la cama de flejes oxidados. La reconoce porque con un pequeño movimiento, el esqueleto metálico ha lanzado un chillido, una queja. La pobre está un poco renga, le ha puesto dos ladrillos debajo de una pata y, de ese modo, le permite recostar la vejez de los hierros contra los revoques flojos, para no perder el equilibrio.
   Después que pulsa la perilla colgada al lado suyo, la lamparita de luz mortecina se enciende. Los dos cables que la sostienen se enroscan en un clavo largo, puesto torcido en la pared, por encima de la precaria mesa de noche. Sus pupilas se dilatan al disiparse la oscuridad de la pieza.
   Siente un escozor en los dedos. Saca un brazo fuera de las sábanas y acerca la mano a la cara. La mira de cerca arrugando las cejas y ve las yemas teñidas de verde. Le arden, es de tanto sostener los ramitos de violetas que vendió anoche.
   Afuera está lloviendo a cántaros. Escucha el furioso repiquetear del agua sobre el tinglado metálico del precario dormitorio. Miles de trocitos de cristal en una sinfonía endiablada quieren perforar el techo de la casa humilde donde vive. Aquí adentro una gota reiterada cae vertical y golpea como un martillo la lata que puso al pie de la cama. 
   Un olor nauseabundo le impregna la nariz. Viene del retrete, de afuera. Entra por el vidrio roto de la ventana del cuarto. Alguien ha dejado abierta la puerta de madera desvencijada del baño exterior. Desde aquí adentro escucha los sacudones de las bisagras, chirriando, con los embates de las ráfagas de viento y de agua, desguarnecidas, huérfanas, en medio de la tormenta.
   Un hilo de mercurio, delgado, le corre por la espina dorsal cuando ve la abertura enorme de la pieza. Hay olor a humo, sale del brasero de carbones apagados de esa especie de salamandra, que está al costado, con los tubos oxidado de hollines, tiznados, que primero ascienden y luego viborean entre los travesaños del techo, y se escapan por la pared, en un hueco hecho al desgano, hacia afuera.
   Se incorpora y ve que la habitación fría, con la pintura descascarada, es enorme. Antes de dormirse era normal, ahora ha crecido cinco veces. El lecho también ha aumentado de tamaño y su cuerpo es una nube diminuta, perdida entre las sábanas rotas. Los tirantes que sostienen el techo endeble de chapas acanaladas tiemblan, encastrados en la parte superior de los muros, parecen los tallos de las totoras cuando las castiga el granizo. 
   Le cuesta salir por debajo de la frazada que lo tapa. Es muy pesada. La distancia al borde del colchón es infinita. La cama es enorme, tan alta como él. Se arrima a la orilla y colgado de un pliegue de la sábana puede bajar. Cuando sus pies descalzos hacen contacto en el suelo de cemento, advierte que tiene la almohada a la altura de sus ojos. Mira en derredor. Ahora ve bien, ya no hay penumbra, su pequeñez lo abruma en este enorme espacio, el techo es un cielo inalcanzable. 
   El cono amarillo lo ilumina. Su sombra se agiganta hasta el espanto. El dibujo geométrico comienza en sus talones, continúa por el piso, se quiebra hacia arriba sobre la pared descascarada, y, al fin, termina en una mancha redonda, un círculo oscuro junto al techo. Es la figura de un muñeco tenebroso en la pobreza de la alcoba gigantesca.
   Oye voces lejanas en la otra habitación y quiere saber que dicen. Camina hacia la entrada. Ha tenido que dar cien pasos para llegar. Apoya el oído y escucha a través de las tablas macizas.
   Desprotegido, desamparado, más aún que las aves. La tersura de su piel es un plumón de ángel casi desnudo, solo tiene puesto el calzoncillo. Frota brazos y piernas para que le circule rápido la sangre. El cuarto colosal le hiela el candor de su ternura. No puede abrir la puerta, no alcanza al picaporte, inaccesible como una cumbre. Se estira hacia arriba en puntas de pies y ni siquiera así llega. Todo es gigantesco, o acaso, él se ha vuelto muy pequeño. Encoge las rodillas, toma impulso y salta, pero ni aun así llega al ojo de la cerradura. No entiende que ha pasado con el tamaño de las cosas. Es apenas una pequeña ardilla en este enorme dormitorio. Lo sorprende el terror de esta transformación, la soledad lo invade, tiene miedo.
   Escucha la voz de su madre. Quiere ir con ella. De este lado, encerrado, angustiado, apoya un hombro contra la puerta, quiebra una pierna y hace fuerza con la otra apretándose contra las tablas en un ademán inútil para abrir.
   Un hueco en el interior lo muerde como un perro hambriento. No comprende qué le pasa, la impotencia infantil le encoge el alma, con un gesto inocente se toca sus costillas. No palpa sus latidos, son tambores ausentes. Piensa que el corazón es un trozo de piedra seca, dura, sin vida. Se pregunta si esto es la muerte, eso a lo que temen a los mayores. Se aleja al rincón más oscuro de la pieza, está asustado. Hace un ovillo con sus brazos y queda en posición fetal, tiene el tamaño de una hendija. Se tapa los oídos, pero sigue escuchando, lejana, la voz de su madre que permanece al otro lado.
   Se levanta y decide hacer el primer intento. Va rápido hasta la puerta infranqueable. Transpira, los arroyos de sudor le bajan desde las sienes. Alrededor de sus pies hay un charco que crece cada vez más. Le parece que se puede hundir en él, hasta desaparecer, siente que es un ancla de hierro de mil toneladas en medio del océano. 
   Antes quiere tener noción de la medida. Apoya un talón en la parte inferior del marco y camina hasta que la punta del pie llega al otro marco. Veinte pasos. Alza la cabeza. Tendría que ser muchas veces más alto de lo que es para llegar a tocar el dintel. Entonces se sostiene con las piernas abiertas frente a la abertura, apoya una mano, y comienza a golpear con los nudillos de la otra. Los impactos son débiles, parecen el aleteo de una calandria, no le arrancan ni un pobre sonido a las tablas gruesas de cedro. 
   Entonces se le ocurre gritar, es imperioso que ella lo escuche, pero ni siquiera un mísero susurro le sale por la garganta. Abre la boca, no puede emitir sonido, ha quedado mudo. Aunque lo gana la desesperación, pone empeño. Ahora lo hace con ímpetu, con el puño cerrado, como si fuese un martillo. Toma impulso en cada choque, uno detrás del otro hasta que se cansa. Hace un alto mientras jadea. El aliento se le congela en el aire de la pieza. Ha dejado de llover, el tiempo ha pasado del llanto a la tristeza. Escucha el tintineo familiar de los collares de su madre, ella pone y saca cajas y frascos en la cartera. Son los elementos que utiliza en el maquillaje. El ruido del taconeo le llega nítido, la imagina caminando de un lado a otro, preparándose para irse. ¿No lo va a llevar con ella? 
   Se acerca a la cama y se viste apresurado. Quiere estar listo cuánto antes. Vuelve a la puerta rugosa y, ahora, con los dos puños cerrados, con más violencia que antes, renueva sus golpes, con toda la furia que le demanda la prisa, pero siente que no provoca ningún sonido que se escuche del otro lado. 
   Y ella, con manos ágiles, apresuradas, desenrosca el cartucho del lápiz de labios. Y frente al espejo los pinta con carmín. Primero el superior y luego el inferior.
   De este lado, mientras tanto, él intenta el grito supremo, el más imponente que pueda salirle de la garganta para atravesar la maldita puerta. Abre la boca todo lo que puede, aspira inflando el tórax hasta las costillas y descarga todo el aire de sus pulmones hasta el último aliento. Y, a pesar de todo el esfuerzo, no logra más que un débil sonido que queda encerrado en la precariedad de la pieza y en la soledad de su desamparo.
   Ha hecho un gran desgaste y se ha agotado, pero sigue atento a lo que ocurre al otro lado. Acerca despacio su cara y de costado apoya el oído contra la madera. 
   Su madre suspira. Se pasa el dedo meñique, quita el exceso de color de las comisuras, mira el rostro joven en el espejo, ahora de este costado y luego del otro, ordena un poco los cabellos que caen sobre la frente, y guarda el cartucho en la cartera. 
   Él se desespera, impotente, y ensaya la última alternativa. Con el brazo derecho en alto, golpea con la suela de la zapatilla una vez, dos veces, cinco veces, diez, hasta que le duele la mano. El corazón le late fuerte, respira agitado para tomar más aire y comienza a patear. Se lastima los dedos en el intento de llamar la atención, pero no le importa. Se calza de nuevo la zapatilla y patea ahora con las dos piernas en forma alternada, ya descontrolado. La puerta parece tabicada, amurada en la pared, parece un bloque de hormigón. No deja de pegar, aunque empiezan a dolerle todos los huesos. 
   Lo gana completamente la rabia, machaca también con la cabeza, con los codos, con las rodillas. Ya le asoman llagas en la piel, el líquido rojo le mancha las muñecas y tiñe las vetas de las tablas que lo mantienen en este encierro horroroso, pero no se detiene. Mientras descarga la artillería final de sus golpes, oye que su madre sale de la casa. Se ha ido. 
   Ahora sí, empieza a perder sentido seguir aporreando este bloque de madera impenetrable. Entonces, lo gana primero la congoja, luego la tristeza, gime primero, luego llora en silencio. Apoyado de espaldas, deja resbalar el cuerpo, sin fuerzas, sobre la puerta, hay más heridas que lo lastiman por dentro que por fuera. Queda sentado en el piso con las lágrimas en los ojos. Está desconsolado. Tiene las piernas encogidas, el rostro escondido entre ellas. Parece un gorrión mojado en esta habitación inabarcable, húmeda, fría, grande y desolada. Y él ahí, tan insignificante, tan mínimo, pensando en su madre. 





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