viernes, 21 de abril de 2017

Después del temblor

   Estoy sentado. El lápiz de punta aguda está vertical. Es una saeta que se hinca en el papel, y yo, volando con mis razones moribundas por no sé qué firmamentos, estoy con la cabeza tumbada sobre la mesa. Apesadumbrado.
   Tengo el índice de mi mano derecha con la yema apoyada sobre el otro extremo del prisma largo de madera pintada de verde. Esbelto como un suspiro. 
   Quiero captar tu figura entre las tantas, bonitas, hermosas, que danzan entre mis sienes. Pero me es esquiva. Aún es un óvalo inclinado transparente, no aparece tu sonrisa todavía. Los deseos de mi corazón moran entre los huecos del ala de una gaviota. Intentaré, si es posible, pensar en que no son los dolores del mundo que te sostienen, ausente, entre las nubes, flotando sobre el mar. Te extraño.
   Ahora imagino. Tu timidez está agazapada, más allá de las sombras de las rejas de mi cárcel. Son tantos y tan gruesos los barrotes. No me dejan escapar de mi tormento. Este recinto en penumbras, mi alma, ha quedado aislado, atrapado en la oscuridad de mi desesperanza. ¿Qué me ha pasado? Estoy en el fondo del túnel de mis pensamientos más sombríos. 
   Y tú, pienso, te mantienes alegre, esperando afuera. Los rayos del sol iluminan tu rostro. Yo muerdo un dolor que espero no te hiera. El aire hace ondear tu vestido. Viene de las profundidades del océano. Es apenas una brisa, acaricia tus cabellos oscuros, no más que eso mantiene a salvo tu alborozo.
   En cambio, yo, que he percibido el temblor, tengo miedo. Y eso me paraliza el juicio.
   El lápiz ha rodado hasta el borde de la hoja. Acaricio la superficie blanquecina del papel antes de derramar en él la amargura que me atraviesa. Escribiré rápido con letras garrapateadas, sin corregir. Así no me atormentará.
   Ahora vienes de la sal y puedo escuchar tu voz serena. Pienso que va a ser diferente. Aunque esté, todavía, aquí recluido, en la humedad de mi celda propia, por lo menos ya me he incorporado, solo con suponer la gratitud de tu presencia. Quiero oír un poco más. Tu canción llega desde muy lejos. 
   Tus latidos vienen en mi ayuda. Seguiré las órdenes de tu interior. Eres un astro inasible, estás tan alta, es difícil verte claramente. Te pido que la caricia de tu ternura pase por mi encierro. Intenta librarme del sitio en que me encuentro hacinado, como un esclavo, en el vientre de la nave que surca las aguas de mi Aqueronte.
   Pronto te podré tocar. Tu calor hará bien a mis huesos congelados. Se equivoca quien piensa que las estrellas son de hielo. Ellas titilan porque está frío el piélago oscuro donde flotan tímidas. Son ardientes soles, lejanos. De ese mismo modo tu sonrisa es inalcanzable, por ahora. Sospecho que es aquella pequeña de la cual sale ese mortecino resplandor. 
   Por favor, acércate un poco más. Quiero recibir tu aliento. Necesito salir de este encierro inhumano. Me lo he impuesto yo, pero ya no lo soporto. El estampido lo ha movido todo, después el horror ha dejado su mensaje. 
   Es suficiente con tener cerca tu transparencia, como esos peces de aguas profundas. Es grato ver como casi se confunden con el líquido, como logran la levedad de las medusas, poseen escamas tan delgadas que permiten ver las plantas marinas a través de sus cuerpos. Esa es la claridad que anhelo. 
   Preciso que se desvanezca esta montaña de angustia. Me tiene atrapado. Es porque he visto al monstruo, esa bomba poderosa, llegar volando. Tú me comprendes. Mi ánimo ha percibido que todo ha temblado bajo la señal. Cayó desde lo alto y me he derrumbado. Pero con tu ayuda saldré de este infierno atroz, de mi congoja, de este padecimiento por el odio que se anuncia.
   Eres una mujer encantadora, dulce, tierna. Continúa hablando. Es menester que todo el pesar se disipe de mi alma y las sombras del mal se alejen espantadas a otro sitio. No puedo vivir sin ti, me hace falta tu esperanza. Haz como siempre, levántate y ve a la playa. Debes disponer los alimentos y los brebajes. Nos espera el desayuno de la vida de un nuevo día para abrir el cielo de la ilusión. Tú que tienes amor por los detalles, lo estás haciendo bien, no te detengas, acomoda los platos en la mesa celestial para que estén en el lugar correcto. Sabré esperar, el estruendo ha pasado, me ha dejado mudo, en el fondo de esta cueva que he cavado dentro mío.
   Por fin, después del triste suceso, nos vamos a ver. El viento, las olas, tu optimismo puro, están despejando la oscuridad que he padecido. Ya verás, el miedo ha caído desde arriba y, con el tiempo se escurrirá. El humo se disipará en hebras. Quiero creer que ahí terminó todo. Que no habrá más.
   Y los nuevos tiempos serán diferentes. Oiremos el soplo de la confianza. Ya no escucharemos los golpes de los cascos sobre el empedrado, los gritos. No veremos huir a ninguna muchedumbre despavorida. Deberemos apartar la vista, si vemos al engendro que cuida la entrada con el sombrero negro hundido hasta los hombros, porque será un engaño, una alucinación.
   Pensaremos en nada. Solos tú y yo. Hasta que abandonen sus armas. No nos preocupemos si quedan filos o espinas, o tubos que escupen fuego, nos esconderemos detrás de las ochavas. Nos ocultaremos al paso de los uniformes. Sentados, tratemos de mirar el agua cantarina de los ríos. De ese modo no veremos pasar las sombras de los cuerpos desfilando al compás de los tacos de sus botas. No harán más daño.
   Cuando todo haya pasado, después del horror, la alegría nos invadirá el alma, y yo te acariciaré las mejillas antes de que se precipite y caiga de las comisuras de tus labios. Reiremos al final, después del pánico, cuando se acaben los murmullos, y los choques de los vasos, donde los hombres de hierro han brindado con sus vinos de sangre.
   Luego, yo te prometo, que un brazo mío te rodeará la cintura con firmeza y te llegarán mis besos. Solo los cascabeles de tu risa se irán por los confines de la tierra sin fronteras. Habrá alboroto entre las hadas cuando me mire en tus ojos. Los mensajeros ya se habrán ido, esos heraldos negros que anteceden a la muerte. Las espadas y las barras de las rejas de las prisiones callarán sus chirridos oxidados. Nuestro sitio será un cobijo para los dos en esos nuevos días de gloria. Podremos escuchar nuestros gritos de felicidad. Serán tan agudos que van a ensordecer al viento.
   Los gusanos del mal que han venido a perturbar la vida, desaparecerán. Nadie se quedará encerrado en cavernas subterráneas. Como yo, ninguno permanecerá dormido cuando salga del agujero. La brisa helada y los pájaros brunos estarán muertos. Nacerán nuevas aves blancas y el aire será cálido.
   Ya no habrá cascos ni despeñaderos. Los árboles escarchados y los edificios derruidos habrán formado solo parte de un sueño olvidado. Tus mejillas van a iluminar mi cielo como un pábilo candente. La lumbre agradecida aquietará las sombras y las espantará para siempre. Solo tendremos el brillo rutilante del sol. Y habrá una sinfonía. Tu canto musical, que es incapaz de lastimar, me envolverá suave. La tela de tu vestido me acariciará la piel cuarteada por la pena.
   Dime que sí, que tú también ves lo mismo en el futuro. Es una fuente, gorgotea agua entre los brazos de las ninfas. El trueno anida en los recuerdos morbosos. Y ahora vemos la alegría infinita de cien soles suspendidos en la profundidad de la bóveda celeste. Es tu voz, me reclama, es el sonido de tus palabras que se despliega de tu sonrisa lo que me sosiega y me trae la calma.
   Y porque así me lo haces sentir me siento libre. Entonces, tomo el lápiz entre mis dedos, las cosas se ordenan en mi cerebro y comienzo a escribir sin que me tiemble el pulso. Mi corazón se está calentando y dentro de poco empezaré a escuchar sus latidos con más fuerza.

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domingo, 9 de abril de 2017

El llamado del crepúsculo

   La casa de Victoria está en medio de esta especie de bosque que llega casi hasta la costa, rodeada de árboles. Es una vivienda amplia, tiene mucho espacio, demasiado, porque en este último mes se ha vaciado de golpe. Su marido ha fallecido, nunca regresó con vida al hogar. 
   El día de su muerte le avisaron con un llamado telefónico breve y, ella fue sola, a buscarlo, y disponer los arreglos del funeral. Cuando lo vio, él ya había partido para siempre, no pudo despedirse, todo fue tan rápido. Ella no estuvo presente cuando él cerró los ojos, ese fue el comienzo del tránsito hacia la profundidad de su pena. 
   A veces la tristeza la invade y, en esta tarde lo recuerda, una vez más. Una saeta le atraviesa el pecho sin volcar una gota de sangre, el dolor surge, asciende y, le arde, entre los retazos revueltos de su alma quebrantada.
   Victoria ama la vida, es un canto al optimismo, da muestras de ello cuando sonríe. Todo el rostro se le ilumina, es una estrella con luz propia. Pero a veces, tiene su día triste. 
   Va hacia la cama de su dormitorio, se sienta, mira el piso y al rato va a la cocina. No sabe qué hacer. Calienta agua para el mate, lo sirve y se queda con él entre las manos, pensando, en el silencio quieto de la sala. Pasa un rato, lo deja sobre la mesa, se levanta y se asoma al balcón. Apoya la palma de sus manos sobre la baranda de hierro y observa el vuelo de los halconcitos blancos, el canto breve de los chorlitos, ve a una pardela en lo alto, que da vueltas, buscando la brisa adecuada que la devuelva al mar. 
   Recuerda que en otoño salía con él a buscar las frutas caídas al pie de los castaños. En verano se alejaban juntos por la hierba, atravesando el arroyo, más allá de la noria, hacia la costa. A ambos les gustaba mirar hacia la inmensidad del agua. Como un par de gaviotas solitarias tomadas de la mano, eran un punto apenas, en el amplio desierto de arena de la bahía curvada de Playa Honda.
   «¿De qué manera podré seguir viviendo?», se pregunta, mirando al cielo, rastreando con sus ojos para descubrir su figura en algún lugar del inmenso universo. Sin él, cualquier camino le parece un destino inseguro.
   Aspira profundo, no tiene con quién hablar en esta ausencia que la invade por dentro y por fuera, en esta tarde apacible, frente a la arboleda que se extiende ante ella. 
   El sol está bajando por la espalda de la vivienda, la tarde está cayendo, se filtran los haces luminosos entre las hojas del follaje. Una bruma rosada peina lar ramas más altas de las copas frondosas de los árboles de este pequeño bosque. ¡Cuántas veces han visto, juntos, este paisaje desde aquí!, con el mar de fondo, que se divisa bajando la barranca, más allá de los bordes rocosos de la Isla de Flores, cascados, salpicados por esquirlas de espuma blanca. El rumor de las olas, lejano, habla por encima del murmullo de esta fronda que se hamaca con la brisa suave, húmeda, que llega desde el océano. Algunas hojas ya comienzan a mudar hacia los tonos canela, el otoño les pinta la piel seca de color marrón, las va endureciendo, las cubre con una costra quebradiza, tapizan el piso como una alfombra mustia, crujen bajo el leve peso de alguna fruta que cae. Hay aroma a flores en el aire.
   Ella va y viene por las habitaciones vacías. El peso de la soledad es un lastre que la abruma. 
   Decide ir hacia Punta Ballena, se deja llevar por un impulso repentino. Toma un abrigo de lana, por las dudas, piensa que cuando anochezca seguro va a refrescar. Coloca las llaves del auto en la cartera, pasa delante del espejo y se demora un poco. Tiene puesta una blusa liviana y unos pantalones claros. Se acomoda la cabellera mirándose de costado. Recuerda. Los brazos fuertes que la envolvían no están, no los ve en el espejo, no le abrigan su cuerpo. Se sentía arropada cuando él le regalaba ese gesto. Falta, aquí, el olor a tabaco y a ron que perfumaban la sala. La tristeza se le arrima al hueco de su corazón, casi nunca la demuestra en la gallardía exterior de su figura, sin embargo, Victoria advierte, ahora, que de la humedad de los ojos algo se desborda y le baja por una de las mejillas. Se pasa un dedo para quitarla y va hacia la puerta. Antes de salir echa una mirada hacia la habitación. Ve el rostro de él en los cuadros colgados en las paredes, en los retratos que tiene sobre los muebles. Eso la apena un poco más, no puede evitar esa congoja. Sale y cierra la puerta.
   Maneja por la carretera de Montevideo hacia el este. Llega por el único camino posible, rodeado de pinos y eucaliptus. De a poco se transforman en arbustos y luego, finalmente, en matas bajas. La ruta asfaltada es ahora un sendero de guijarros. La península es una prolongación del cerro que se adelgaza, parece más angosta con el océano a ambos lados. Se extiende como un muelle que se hunde en el mar, que aquí es un piélago, un estanque inabarcable, una llanura líquida infinita, sin límites, abierta en todas direcciones hasta perderse en el horizonte, y que se hace turbulenta en esta costa agrietada, que ciñe los peñascos por ambos lados, y los bate con furia, con alas de agua que se elevan saltando al pie de este precipicio.
   Se baja del auto. Siente de inmediato el embate de las ráfagas feroces que la empujan desde el sur. Cierra la puerta y, se coloca el abrigo encima de los hombros, sus cabellos se agitan. Se detiene y mira. Está frente a Casa Pueblo, aquí quería llegar.
   Es una casa mediterránea, insólita, enclavada en la desembocadura del Río de la Plata. Es una sucesión de nidos superpuestos, de paredes blancas llenas de ventanas, construida sobre la roca, en la orilla de esta punta que se mete con coraje entre las olas, buscando lo profundo. La construcción parece un animal adherido con tentáculos de hormigón a la piedra, como un manojo de plantas parásitas que resisten los castigos del viento. Es, casi, una edificación con vida, desesperada, a punto de caer por este despeñadero, hincando los dedos entre los intersticios de la pared rugosa, en la soledad del acantilado. 
   Punta ballena es una franja estrecha, es la estribación de la cadena montañosa de Cuchilla Grande, que se aguza, asemejando primero a un brazo, luego una mano y por último un dedo largo con la uña dura que desciende señalando el fondo del océano. Es una puntera rocosa que huye de la orilla. Es un espigón expuesto a los huracanes que lo arañan desde el sur, castigado por el salvaje atropello de las tempestades en los algunos días grises del crudo invierno. 
   La sensación que tienen los navegantes cuando miran hacia aquí, es que el efecto de la presión de los feroces vendavales, han aplastado la nuca del extremo de las montañas hacia abajo, de modo que le han hundido el hocico bajo la marea, este lugar parece el casco de un barco encallado con la proa hundida. Y el líquido salino, en continua agitación le golpea los flancos escarpados, de un lado y del otro, esparciendo penachos de espuma blanca entre las rocas. 
   El océano, aquí es río y es mar, es un mestizo araucano o charrúa que a veces muestra la piel celeste y a veces se pinta de cobre como un lagarto que baja desde las tierras rojas de la provincia de Misiones.
   La temporada ha terminado y casi no hay turistas en Casa Pueblo. El crepúsculo está por declararse en el cielo que se recuesta en la línea difusa de la lejanía. 
   Victoria franquea la entrada del magnífico laberinto. Sube y baja escalones, atraviesa pasillos, pasea por las habitaciones, observa las pinturas que hay sobre las paredes encaladas, los objetos de colores vivos. Una grabación comienza a reproducir la «Ceremonia del Sol», ese bellísimo poema, recitado por el artista que construyó esta mítica casa. Entonces, ella va hacia una de las terrazas techadas que miran hacia el oeste, una en la que no hay nadie, desde aquí ve el horizonte marino. Hay nubes, hebras blancas que esconden la geometría circular que brilla detrás de ellas. El globo solar es una moneda dorada, gigante. 
   En la intimidad de este balcón, ella se atreve a pensar que es allí, en aquel disco de oro donde se encuentra el espíritu de su marido, poderoso, también, como el fuego. Y se anima a sincerar, en su interior, un pensamiento que la estimula, algo que jamás diría en voz alta, pero que palpita en su corazón: «Vengo a ver tu muerte cotidiana, temporaria, es la despedida que te debo. Nuestra cama es demasiado grande para mí sola, está fría y a la noche me desvelo. Voy a venir aquí, de vez en cuando, cuando la soledad se me vuelva insoportable, como hoy.» 
   Victoria escucha la voz del poeta que recita, se arrellana en la silla, se ajusta el abrigo, encoge los hombros y, luego, mientras escucha la voz monótona que recita los versos fabulosos, con las palmas de la mano a los costados del rostro, se recuesta con suavidad apoyando su cuerpo hacia atrás, contra el respaldo. Levanta la frente y, dirige su mirada al globo escarlata que se hunde irremediable. No puede contenerse, los versos que escucha la emocionan, han ablandado la escarcha de su pena. Aparecen dos surcos delgados, casi imperceptibles, por donde le resbalan las lágrimas tenues de la tristeza. Son dos senderos que bajan por la calidez de sus mejillas. 
   Sonríe, ha imaginado que él está ahí, pero sabe que de todos modos seguirá en esa lejanía con los labios mudos, a ella le sigue faltando el sonido de su voz, la armonía de la palabra que se pierde vagando por los cielos. Y entonces, algo insiste, nuevamente, en su interior: «¿De qué manera podré seguir viviendo?», se pregunta. Rastrea con sus ojos para descubrir su figura. Mira al cielo manchado de carmín y granate, quiere verlo, trata de armar su imagen, en el centro de la bola ígnea, que desaparece, lentamente, tragada por el agua. 
   Hoy se ha permitido esta fantasía deliciosa. Su destino se afirma, es éste, deberá llegar aquí de tanto en tanto. Tal vez sea solo un artificio para aliviar su soledad. Pero es suficiente para ella. Aquí podrá venir, a soñar con su compañía, la de él. 
   El viento sigue azotando la casa blanca. Ella quiere que el poema prodigioso no termine nunca y que el globo rojo no se hunda jamás. No quiere despedirse, todavía.

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