viernes, 31 de marzo de 2017

El loco de la jaula

Mayo de 1996

   Cuando el cielo de Buenos Aires está cargado de lluvia se lo puede ver llegar al espigón de pescadores de la avenida Costanera. El loco de la jaula aparece, en esta mañana desapacible, envuelto en su impermeable gris gastado. Su nombre es Gabriel. Sostiene por una manija, con su mano derecha, el armazón de alambre cubierto por una funda negra. 
   Viene arrastrando los pies lentamente, cruza la acera salpicando los charcos con sus gordos zapatones, llega a la vereda de la balaustrada y, encara a paso cansino el maderamen de esta estructura que mete las patas en el agua, como un ciempiés fósil oscurecido por el paso de los siglos. Atraviesa el edificio de estilo normando que está en la entrada y luego recorre los doscientos metros de muelle, más o menos, que se hunden en el río marrón.
   Tilo lo observa sentado sobre el muro de hormigón que bordea la calle. Tiene sujetas las rodillas con ambos brazos. Muestra cierto anhelo en los ojos atentos, la ingenuidad le baila en la piel de la frente, sin arrugas, de su rostro pecoso. Está enfundado en una capa larga, de plástico transparente, con un gorro para protegerse de la lluvia. Ha salido temprano de su casilla de la villa 31 para esperar la aparición del loco, estudiar sus movimientos y asistir a la ceremonia. 
   El muchacho debería estar durmiendo en esta mañana de llovizna fría, pero ha venido hasta aquí empujado por su intuición, sabe que hoy es el día en que viene Gabriel ¿Cómo lo sabe? Es un misterio. Percibe que ésta es la oportunidad, el momento exacto en que ocurrirá. Tiene un instinto mágico para intuir el ritual que va a desplegarse ante sus ojos.
   Todavía es un niño de doce años. Es un observador, mira los sucesos, que ocurren en esta ciudad, desde otro lado, se interesa por las historias de los locos, las prostitutas, los cirujas, los vagabundos, los ciegos, los que pintan grafitis por las noches en los muros de la ciudad. Cuando sea grande será un poeta, pero por ahora es un espectador que registra los avatares del azar en la inocencia de su mente. 
   Gabriel se detiene en el espigón desierto, quiebra su cuerpo enorme, se agacha y, deja el bulto sobre los tablones de lapacho. Después se acerca a la baranda y apoya en ella las dos manos para mirar hacia arriba; en esa posición parece un científico o un meteorólogo. Una vez que ha observado en derredor, se vuelve y se coloca en cuclillas, mete la mano debajo de la funda, abre la pequeña puerta de alambre y luego saca con cuidado el cuerpo leve de un gorrión dormido. Lo sostiene en la palma y lo abriga con sus dedos, parece un pichoncito muerto. Dice unas palabras acercando su boca al plumaje gris del pájaro. El aliento del discurso que sale de sus labios se disipa en una mínima neblina. El chico, que lo observa sentado desde la orilla, no puede escuchar los susurros debido a la distancia, todo es calma y sosiego en este instante.
   A veces, piensa Tilo, hay momentos en los cuales el tiempo parece detenerse, las cosas se congelan, el aire se aquieta, ya no hay brisa ni movimiento, toda la escena queda suspendida, es tenue y delicada, el toque de la yema de un dedo podría hacer temblar el universo. Pero a su edad, esto, es más una emoción que lo conmueve, antes que una reflexión de su pensamiento.
   Gabriel tiene la habilidad de hipnotizar a los gorriones, con su mirada azul los adormece en su mano. Es un misterio como hace para tenerlos enjaulados, nadie sabe dónde los caza; estos pajaritos no soportan mucho tiempo el encierro, se mueren en su aislamiento porque son silvestres, el cautiverio es una condena que no pueden sostener. 
   Ahora, solo en el muelle, levanta el cuerpo, se yergue en la tristeza de la tarde desapacible, en la escollera mojada frente al río picado por la brisa e inquieto de olas crispadas. Parado frente a las aguas marrones de cara al cielo plomizo levanta lentamente su mano con la palma hacia arriba, la mueve un poco para despertar al gorrión y este levanta vuelo. 
   Se queda en esa posición mirando el vuelo del pájaro que se aleja más arriba de las gotas que se desprenden de la superficie de las olas, esquivando la garúa vertical que baja trazando líneas en el aire. Está convencido que, por medio de los pájaros, le envía mensajes a su esposa, hace años fallecida. «El espíritu de ella está —piensa—, en parte en las aguas, en parte en tierras lejanas».
   La historia que se conoce en los bodegones del Bajo dice que la esposa era una mujer hermosa, canaria de origen. Su muerte fue una tragedia que él nunca pudo admitir: un accidente de tránsito. Circulaban por este lugar, era un día lluvioso, él manejaba y el auto se estrelló contra la cola de un camión de carga que iba al puerto. Luego todo sucedió muy rápido: las luces intermitentes de la ambulancia, la morgue del hospital, ella con el cuello lacerado por las chapas muriendo en el acto, él reconociendo el cuerpo y, después, la locura, casi un año internado en el psiquiátrico por la tragedia que nunca se perdonó. Ella se merecía otra muerte, hubiese sido mejor que se perdiera en las aguas turquesa que bañan la costa sudeste de su isla natal. 
   María del Pino, su mujer, había nacido en la soleada isla Gran Canaria y hablaba siempre con nostalgia de ese lugar. Desde las ondulaciones sembradas de palmeras de su pueblo llamado Los Corralillos, ubicado por encima del trópico de cáncer, había venido a esta ciudad enorme y húmeda, situada por debajo del trópico de capricornio. Solo él conocía los secretos motivos que la movieron a cambiar de hemisferio buscando este destino. 
   El padre de María había sido pastor trashumante, iba desde Los Corralillos a Cortijo de Pajonales, de octubres a abriles, de inviernos a veranos. Se ausentaba por temporadas. Cuando volvía de sus viajes solitarios, ella se deshacía de alegría, se colgaba de su cuello con sus brazos pequeños, lo adoraba. Su duro oficio le daba mucho tiempo para pensar. Dejaba los animales sueltos en los prados y se sentaba tranquilo a esperar el crepúsculo. Reconocía la ubicación de sus cabras por la orquesta de las cencerras que le traía el viento, podía saber así que la vizcaína estaba por aquí, que por los peñascos más altos andaban las grillotas, que ocultas por los algodones de la bruma estaban las del cascabel, y también, aunque no la viera, sabía dónde se encontraba la habanera que, en un tiempo, alcanzó a tener también su rebaño. Y así pasaban sus días, con la armonía de los golpes de las maderas de los badajos. En esos viajes tejía leyendas para contarle a su hija.
   Recorría los senderos de piedras blancas de los montes de la cadena del Sándara, sus montañas, sus quebradas, acompañado por los olores de las cabras, los silencios de los prados verdes, los macizos mudos de rocas secas, los aromáticos pinares donde escondía su nido el pinzón azul. Caminaba bajo los soles y los crepúsculos, su piel se curtía como el cuero con los vientos alisios. Andaba entre los tomateros, las viñas, los almendros y, durante los descansos en las cuevas, disfrutaba de alimentos sazonados con especias, saboreaba los quesos de flor.
   Todos esos recuerdos, que solía contarle la voz dulce de su esposa, pasan por la retina de Gabriel cada vez que viene a liberar a uno de los gorriones que le manda a María. Se le llenan los ojos de lágrimas. Piensa que los pájaros le pasan sus mensajes a ella, como la carta del amante a la amada, que van del canto del gorrión al río de cuero bruno, del agua dulce pasan a la corriente fría del Atlántico y, de allí, viajan hasta la Gran Canaria. Tal vez piensa que el alma de su esposa mora en su tierra, en esa roca redonda cuya única frontera es el mar. 
   Se habían conocido jóvenes, él treinta y ella veinticinco. Él se había enamorado de su sonrisa a primera vista. Ella se reía con todo el rostro, era un sol, la pasión los atrapó a los dos en cuerpo y alma, pero al año todo quedó trunco por el accidente, a él se le quebró el alma como una rama seca, se le enturbió el entendimiento, nunca se recuperó de ese golpe tremendo.
   Tilo no puede comprender, por ahora, por qué aquel hombre viene a llorar su tragedia de amor al río. Su inocencia se lo impide, solo lo mueve la curiosidad al observar su actitud, no alcanza todavía a comprender hasta qué punto quema ese dolor, hasta donde puede hundirse un hombre en su pena. Esta tarde se decide, espera que él salga fuera del espigón de pescadores y lo sigue, a una cuadra de distancia, en el recorrido de regreso. Quiere saber a dónde va.
   Gabriel es una espalda vestida con el impermeable gris. Lleva el bulto negro colgado de su mano. Camina delante. Tilo, con su capa transparente lo sigue detrás. Abandonan la avenida Costanera y se internan por la calle Salguero. 
   Donde la calle Mugica se transforma en una cortada, el loco de la jaula dobla y, por el rabillo del ojo advierte que el chico lo está siguiendo. Entonces empieza a caminar más rápido, los faldones de su impermeable grasiento se agitan, los cabellos de su melena se sacuden al ritmo de los pasos apurados. Más adelante se pierde entre los cercos de chapas, los bultos, los contenedores, los galpones y, los trenes callados y solitarios de Saldías, la estación de cargas que se comunica con el puerto. 
   Ahí, Tilo, le pierde el rastro, o prefiere perderlo, porque se queda parado observando la figura que se aleja. Las gotas de lluvia le resbalan por las pecas de la cara. Tiene el rostro impasible. Luego de unos minutos, cuando la silueta del loco ha desaparecido por completo y el silencio se apodera de este sitio alejado de todo, baja la vista y se da vuelta. Junta sus manos, se las acerca a la boca y sopla dentro de ellas para calentarse un poco, porque hace frío en esta mañana destemplada. Bosteza, se da cuenta de que tiene sueño. Tiene ganas de dormir. Hace rato que debería estar en la cama, tiene toda la noche encima, pero piensa que ha valido la pena venir hasta el muelle de pescadores a ver lo que quería. Se ajusta la gorra, da un paso, luego otro y así comienza a desandar, pensativo, el camino de regreso a la villa.

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viernes, 24 de marzo de 2017

Desde otro lado

   ¿Qué puedo decirte desde aquí? desde donde no me podés escuchar. Hay un tabique en el tiempo que está muy firme al lado de mi cama, un antes y un después que no puedo remover. Me impide ver al otro lado y quedo confinado, aquí, en una zona blanca, yerma, quedo aislado en una tersa nube de claridad. 
   Tengo los brazos quietos al lado de mi cuerpo, la cama se parece a un féretro inamovible que me mantiene quieto, inmóvil. No tiene adornos ni asas para permitir el transporte de mis huesos, que, supongo encalados cuando observo mi recubrimiento casi transparente atravesado por pálidas venas azules. Tengo la piel adherida a las partes óseas, ya casi me he convertido en un cadáver. 
   No exagero, casi me he consumido. Pero mantengo intactas todas las sensaciones, menos el gusto. Puedo sentir el frío del aire quieto en la habitación estéril. Es muy difícil poder pensar en cosas lindas para decirte porque te veo poco y debo recurrir a la memoria que se apaga lentamente. Seguro que recuerdas el crepúsculo que vimos juntos aquel día, en la Casa Blanca, en Punta Ballena, cuando la bola de fuego se escondía entre las hilachas de las nubes y, se hundía lentamente en el horizonte del río. 
   Y, por supuesto, tampoco puedo escribir. No me lo han prohibido, no, pero mi sistema nervioso se ha desconectado. Por eso me es imposible, además, poder brindarte una caricia, ni siquiera la que tenía en mente antes de que ocurriera el trágico suceso que me ha traído hasta aquí. 
   Aunque no me lo han dicho hay algo que no funciona bien dentro mío y, hace que, aunque mis oídos oigan, no pueda hacer gestos ni girar el rostro. Quisiera ofrecerte los labios para que me des un beso. No podés darte cuenta, cuando estás a mi lado, el esfuerzo que hago para hablarte, pero ni siquiera alcanzo a girar mis ojos para que repares en la tristeza que me invade. Por lo tanto, estás muy distante, tanto como la estrella del universo más cercana al pequeño mundo de encierro que son los límites de mi cuerpo. Ni siquiera mis ojos me obedecen. Estoy encerrado en mi propia cáscara. No sé hasta qué punto me puedo considerar vivo todavía.
   Las personas de guardapolvo que vienen a verme a diario con cofias y guantes color crema, con instrumentos y agujas, a veces me hablan y esperan que responda, pero no tienen suerte. Ya he intentado hacerlo muchas veces. Ahora ya he desistido y me abandono sin remedio al aislamiento. Me he resignado a dialogar conmigo.
   Cuando me venís a ver, a vos también te exigen el protocolo de la vestimenta y, eso me acongoja. No podés conocer mis respuestas a las preguntas de tu mirada, pero si pudieras oír mis gritos interiores te pondrías contenta porque aún puedo percibir los estímulos del amor. Las cosquillas que me recorren el pecho cuando te veo son reales, aunque no la registren todos estos aparatos que nos rodean, con relojes indiferentes y luces de colores álgidos que hacen más patético el sitio en el que me tienen confinado sin remedio. 
   Porque en realidad ya no hay regreso para mí. He tenido el último episodio, he cruzado un umbral del que no se vuelve. Asisto a una nueva angustia que me corroe la mente y me aleja del ámbito de tu corazón. Te siento lejana, cada vez que venís, todos los lunes, a sentarte a mi lado. Advierto cómo me mirás, cómo me acariciás con tu mano que pasa suave sobre la mía, cómo se te caen las lágrimas casi sin que te des cuenta. 
   Si hubiese alguna ventana en el tiempo que transcurre, si tuviésemos algún instante, pequeño, para decirnos algo, seleccionaría mis mejores frases, las más lindas que tengo, para tocar tu corazón, sin que se hiele, aunque solo sea para ver el esplendor de tu sonrisa.
   Pero los he visto y he escuchado a estos gélidos hombres de blanco que murmuran al pie de mi cama, con los rostros endurecidos y abrumados, más por su fracaso para sacarme de aquí que por lo que yo significo para vos. 
   Y no saben que yo escucho todavía. Ya sé que casi he llegado al lugar al que todos arribamos, nuestro destino inapelable, la orilla en la cual el mar de la vida deposita nuestra existencia para siempre. Pero, escuchame, no te maltrates, no vale la pena sufrir por lo que no tiene remedio.
   ¡Ha sido tan hermoso haberte conocido! Todavía recuerdo la primera vez que nos vimos. Hay días en la vida que son mágicos, tienen más dimensión que los otros que pasan al costado, los que la corriente monótona de un arroyo hace murmurar entre las piedras. Pero ese día, ¡qué bien que lo recuerdo!; el sol brillaba de otro modo, los pájaros de Palermo cantaban estridentes, el río se agitaba alegre moviendo las caderas en su baile contra el Muelle de los Pescadores. Buenos Aires se hamacaba bajo su cielo de gloria porque había nacido una nueva felicidad, una nueva delicia se sumaba a su historia derrotando a la desdicha, a las innumerables pasiones contrariadas de los porteños. La Dama Fluvial revive su esperanza con fortunas como la nuestra. Se alimenta del néctar de los amantes para aliviar las condenas de los miserables desgraciados, de los torturados que vienen a buscar el sustento a la Costanera en los días pesarosos. 
   Desde aquí no puedo ver el cielo que está por encima de los techos del hospital desierto y callado. El afuera me está vedado. Mi lecho se encuentra muy lejos de la ventana y, además, la veo alta. Ni siquiera la atraviesa el brillo de algún astro frío, de esos que transitan el firmamento cuando cae la noche. La luna no pasa por ahí. El encierro me deja inaccesible, alejado e irreparable, un juguete roto recluido en la celda del recogimiento. 
   Mi reloj se va a detener de un momento a otro y, no tengo manera de dejarte las palabras que he pensado para vos, las más bellas. No sé si alguien te las podrá hacer llegar, no se me ocurre el hay modo de que salgan del cofre del pecho. Quisiera decirte adiós, pero ni eso me permite mi cuerpo. 
   Tendrás que ser vos la que vengas aquí a despedirme cuando llegue mi ocaso. Tratá de que sea en un día soleado, no me demuestres la pena de tu alma, decime algo lindo y, solo levantá la mano al irte. Mirame a los ojos antes de desaparecer por esta puerta que va a permanecer muda, dejame que tu recuerdo se duerma en mi memoria hasta que se apague para siempre.

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viernes, 3 de marzo de 2017

Lumbre

   A esta hora es medianoche y estás escribiendo al lado de la lámpara apoyada en tu pupitre desordenado de papeles. El cono truncado de luz que nace desde la pantalla ilumina el teclado y palpa el cenicero de plata, el cual compartían en el lecho después de agotarse hasta la extenuación, desnudos todavía. Eso fue cuando ella todavía estaba contigo. 
   Hasta ahí da la luz de tu velador. Más allá está el resto en penumbra. Son jirones mudos de resplandor amarillo con delgados hilos de silencio que van muriendo hacia los rincones. 
   La habitación está casi a oscuras. Tienes pocos muebles aquí, pero no te molesta esta escasez, son siluetas en la sombra que observan quietas tu tarea silenciosa de escritor, tu compañía. A un lado la cama de hierro forjado sin dosel y el ropero provenzal de dos cuerpos, roble opaco ya sin lustre. Al otro lado la mesa ratona escandinava y dos sillas vencidas. Es escaso el mobiliario para este ambiente amplio. 
   Dos estantes con libros en la pared opuesta y una araña sin caireles ni focos, acrecientan la melancolía de este recinto de techo alto con puerta de madera y piso de pinotea gastado. Las paredes están deslucidas. Completa el cuadro una pequeña cocina en una esquina con algunos cacharros.
   En el centro de la pared más larga se adivina una ventana. Por delante, dos paños de voile blanco. Ella los alisaba con el roce de sus nudillos. La recuerdas ahora por este leve detalle y levantas la vista de tu escrito. Esto te saca de tu tarea en este momento, y la hueles, la imaginas, se mezcla en lo que piensas, su voz y sus aromas aún anidan en tu herida. Te ha abandonado y ese pensamiento te distrae. 
   Alguna vez pensaste en su ansiedad como un defecto, tal vez hubieses querido su fuego ardiendo más lento, pero sus impaciencias nunca pudieron perder tiempo, se apresuraba a desvestirse para que la tocaras, así era. 
   Te ofrecía todo su cuerpo, su busto reclamaba el contacto de tus yemas, se estremecía toda cuando las puntas de sus senos eran alcanzadas por tus labios, cuando sentía la presión de tus palmas rodeándolos. 
   Hacían el amor en esa cama que ahora miras, ella en cuclillas ofreciéndote su sexo y tú de espaldas insertando tu vaivén en esa grieta cálida. Te agitabas en el ascenso, jadeabas con el esmeril del deseo hasta sentir la quemazón sobre tu abdomen y pasabas tus manos ásperas por la curva suave de su espalda y su pelo desordenado. Y en la cumbre de ese paraíso, volcaba hacia atrás la cabeza, con sus ojos dados vuelta, cerrando los párpados en la plenitud del éxtasis, sintiendo la delicia de tu savia dentro de ella y el estrépito de tu temblor hasta el final. 
   A veces buscaba otras formas y otros territorios. Se desesperaba por sentir tu calor, tu sudor. Se perdía en la voluptuosidad cuando se acercaba para sentir la lectura de tu tacto, se embriagaba en tu aroma a tabaco, la lujuria se le ponía tensa y quería entregarse a tus brazos rugosos. Se adueñaba de tus dedos y los llevaba a su vientre. Se arqueaba hacia el cielo cuando tus manos alcanzaban su pubis encendiendo el fuego. Pasaba su lengua por toda tu piel.
   Nunca era de la misma manera porque en ocasiones le agradaba seducirte. Se sentaba con las piernas abiertas para que la miraras, mostrándote su sexo en plenitud, con la mitad de su cabellera sobre su rostro, la ansiedad en la esquina de sus ojos, sintiendo tu mirada lasciva sobre su cuerpo. Luego te poseía. Era una planta voraz, ahogaba tu sexo en su boca, abarcándolo, a fin de extraer el fluir de tu agonía. 
   Otras veces necesitaba someterse, sentir tu peso. Extendida de espaldas, boca arriba, sobre las sábanas blancas te llamaba, te exigía que te adueñes, que penetres, que la hagas gemir de placer, al borde del dolor, desatado su erotismo, siempre loca de deseo. 
   Pero además su corazón era muy sensible. Tan indefenso como la superficie quieta de un estanque. Y no lo advertiste, pero tú debías arrojar algún alimento de amor, ella lo necesitaba, aunque solo fuesen unos sencillos pétalos de flores, solamente para que el agua de sus emociones temblara siquiera un poco. Un halago, una caricia firme pero suave, un gesto simple pero sincero, alguna emoción moviéndose en tu interior. Tú eras su hombre, se sentía poseedora de tu espíritu, de tus sentimientos. Hubiese querido que estés pendiente, que la escuches, que la extrañes, que la desees.
   Pero no te diste cuenta, una mujer no se termina en el contorno de su cuerpo, es mucho más vasta, abarca mucho más allá de su figura. Llegó entonces el tiempo en que fallaste. Ella lo percibió, apenas había cariño en tu corazón demasiado tibio, quizás era un exceso de su parte la pasión que te brindaba. Tus ojos se lo dijeron, no fueron necesarias tus palabras, se dio cuenta observando el fondo de tu retina.
   Entonces llegaron sus días sombríos, por tu descuido, por tu desidia se le fue secando el amor. Se tornó vulnerable a sus exigencias mínimas, despertó de su sueño, pasó demasiado tiempo sin que le arroparas el alma. Se hizo presente el dolor, el hastío, la pena. 
   Y llegaron las discusiones estériles. A veces se ponía triste y lloraba, se abrigaba en tu pecho intentando una vez más encontrar tu abrigo, tu sostén, te necesitaba firme como una montaña, pero no alcanzó con las migajas que le diste. 
   Entonces se le agotó el reclamo, se sintió humillada al caer en la mendicidad para lograr un mínimo de tu ternura, un ruego casi cotidiano que no supiste descifrar. Se secó la fuente que te ofrecía todo, se fue y te dejó sobre la tabla de tu escritorio una esquela mínima, sobria y desnuda, esa que ahora miras con el corazón roto.
   En este lugar vivió contigo, en este sitio sueñas ahora con olvidar todo sin lograrlo, aquí te asesinan los recuerdos de su presencia, su mirada ausente se te vuelve imposible, aquí mueres por ella cada noche.
   Por eso ahora se te ha dado por escribir y crees que así podrás exorcizar tu dolor. 
   Pero te equivocas. Solamente estás pisando los escasos escalones que te conducen al cadalso. Aquí es donde piensas como un tonto que solo el suicidio remediaría tu pena. Pero eso no ocurrirá, porque sabes, eres demasiado cobarde para eso. Y entonces quedarás condenado al eterno padecer, allí te ha conducido la insensata soberbia de tus sentimientos.

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