sábado, 4 de febrero de 2017

La calle del pecado

   Así como Adán Buenosayres tuvo su despertar metafísico en la calle Monte Egmont y los ángeles y demonios pelearon por su espíritu indómito en Villa Crespo, de similar modo él tiene su ensoñación metafísica cerca de Constitución en esta madrugada en que su alma se predispone a hurgar en la herida más profunda de su existencia.
   Tilo viene de la calle Salta, a no más de diez cuadras de aquí. Son las cuatro de la mañana, plena noche de otoño en Buenos Aires. Estuvo haciendo mandados para las chicas del bar. Ahora se sienta en el borde del cantero, acomoda la mochila, fija su mirada hacia el vidriado de los dos edificios, alza la frente y se concentra. A esta hora la gente duerme y el silencio murmura entre las plantas de esta plazoleta.
   Hay ante sus ojos una playa de estacionamiento que se encuentra en la dirección correcta, Lima 350, que en la actualidad tiene una sola vereda. Así quedó cuando se sucedieron las demoliciones allá por 1970 con el objeto de abrir esta avenida amplia que es la 9 de julio. En este lugar había un pasaje transversal que desapareció con el ensanche. Allá por 1812 se lo conocía como La calle del Pecado. 
   Este chico flacucho y pecoso está en silencio sentado en el murete, debajo de las ramas de los palos borrachos y las tipas. Pone las palmas de sus manos debajo de su mentón y espera. Aguarda impaciente que la sensación de ausencia que trae consigo, se agrande y empiece a invadirle sus huesos. Ha venido a buscar el momento del bálsamo que necesita, cuando lo acorrala la nostalgia por dentro, cuando el recuerdo de su madre le acaricia la congoja. 
   Hoy está melancólico, el estado de ánimo que provocará el encantamiento. Algo en el aire le dice que está todo preparado para este suceso mágico que va a comenzar. Respira hondo, y de repente las luces de esta avenida, la más ancha del mundo, bajan de intensidad, suavemente, como cuando comienza una obra de teatro magnífica. Las construcciones ganan opacidad, su corazón late más fuerte. Él sigue en la misma posición, agranda sus ojos grises, la atención brilla en sus pupilas para captar en toda su magnitud este momento en que ocurre el milagro. 
   Los dos bloques enormes de los edificios oscuros se van desplazando despacio, con lentitud, como una escenografía gigante, como dos buques que sueltan amarras en el puerto, dejando entre ellos una brecha luminosa. La desnuda franja vertical se ensancha, es una ventana al pasado donde él puede ver ese reducto desaparecido. Los contornos se aprecian cada vez mejor, salen por dentro de la bruma amarilla, y por detrás un cielo azul pastel de fondo que se eleva como un telón que desplaza la oscuridad nocturna. Él conserva en su memoria una imagen en sepia de ese tramo breve de la arquitectura colonial de la ciudad, la que aparece en uno de los libros rotos que tiene en la repisa de su casa, en la villa.
   Ahí los ve, reconoce con claridad la textura de los ladrillos rojos, carcomidos en las junturas blancas, los revoques como manchas aisladas en las paredes, las verjas forjadas con las pinturas descoloridas, el empedrado de adoquines brillantes bajo la luz del sol. Es la antigua zona en que se encontraban los burdeles cuando la ciudad era una aldea grande. No ve gente en las veredas, las casas tienen las puertas cerradas, no escucha voces, parece que el pasaje está inmerso en el bochorno de la tarde.
   Tilo, con sus tiernos doce años, tiene la angustia clavada como una espina en la garganta, siente que en cualquiera de esas viviendas puede estar su madre, a quién hace tanto tiempo que no ve, a la que tanto extraña. A pesar de su corta edad, ya está presente en la tersura de su alma esquiva la delicada gracia de la percepción, es un soñador para quien el tiempo y los lugares forman parte de cualquier historia posible. Y la suya es la que más le importa en este momento de gloria. 
   Tanto piensa en su madre, tanto empeño pone en rescatarla de su ausencia, que en algún momento ella debería salir para aliviarle el dolor, para aquietar su ansiedad por verla, no le importa el tamaño de ese instante. Sin darse cuenta junta las rodillas en un gesto súbito mientras aprieta las muelas para no llorar. La impaciencia parece a punto de estallar dentro de su cabeza, se toma las sienes con ambas manos, pero no despega la vista de la escena que sigue observando, sabe que está allí, está convencido que en cualquier momento posará su pie pequeño en alguna de esas veredas angostas.
   Piensa en la orfandad, aunque él no es un huérfano. O tal vez sí, pero en ese caso solo de padre, ese hombre invisible, casi un desconocido, al que nunca ha visto. Pero deja esa reflexión de lado. Si logra mantener el encanto de este suceso maravilloso la verá asomar por alguno de esos vanos de madera. Ella está ahí dentro, todavía oculta en esas habitaciones oscuras y frescas y él ha venido a sentarse aquí para verla una vez más. 
   Se interroga en su dolor interno de adolescente acerca de las congojas que ella habrá debido ocultar, a cuántos desencantos le habrá puesto sonrisas. Él viene a soñarla acá en esta ceremonia íntima en la cual la traslada a otra época y a otro lugar. Si pudiera la pondría en el firmamento al lado de los ángeles, quiere separarla del desafortunado presente que supone que padece. No sabe dónde se encuentra ahora. Seguro que ella lo estará extrañando tanto como él lo hace, eso piensa en su tierna ingenuidad. Y quiere alejarla del misterio inalcanzable de la desdicha actual en la que piensa que se encuentra. 
   Sabe que ningún hombre supo percibir sus sentimientos de mujer ocultos por la coraza que ella misma les impuso. Él intuye que estará en algún sitio como éste, ya que es joven todavía, especula con que recibe aún retazos de papel con frases bonitas, versos de amor, que guarda dentro de su escote, los cuales tirará con descuido en la primera ocasión sin que ese hombre de turno se dé cuenta. Aunque ella no se lo ha dicho él sabe que le han escrito poemas sobre las servilletas de los bares todos los solitarios poetas de Buenos Aires. Esas imágenes fugaces le duelen, son esquirlas que lo lastiman por dentro, máculas tristes que le enmohecen el pecho y raspan la madera de su corazón marchito. La amargura es el precio que debe pagar por la dicha de verla.
   Cada vez que se sienta en el borde de este cantero a descubrir el espectáculo siente lo mucho que la extraña, está desgarrado por dentro sin su presencia, tiene abiertas sus entrañas como un embudo con la boca demasiado grande, expuesto en este ofrecimiento, dejándose llevar por la ensoñación del instante. 
   Por eso se le hace un nudo en la lengua impidiendo el grito al verla salir ahora con su vestido claro, su pelo negro, sus labios colmados de carmín, sus caderas meciéndose al compás de sus tacones que repican sus golpeteos por las paredes hasta perderse por la esquina. Es el momento sublime en el cual todo el cuerpo de Tilo se suspende, se interrumpen sus latidos, su mente se separa de las miserias de la vida, queda inmóvil sin respirar casi para no descuidar detalle de lo que ve. Es la figura hidalga de su madre.
   Cada vez que esto ocurre vuelve a los recuerdos de su infancia, es ella que le toma su cabeza de ojos tristes y la apoya sobre sus pechos blandos, esa ternura que le apacigua la soledad es lo que viene a buscar aquí. Tiene esos recuerdos valiosos que a él le parecen escasos, pero es todo lo que le ha dejado, se ha ido de la casa cuando él tenía cinco años, para trabajar en la noche.
   Y cuando ve que ya desaparece el último pliegue de su hermosa falda lo invade una inmensa tristeza, es el desapego a que debe someterse, debe separarse del ser más querido que tiene sobre la tierra porque el encuentro termina. Sigue en su embeleso, aun con su rostro de ensueño ante la visión de esta calle soleada que ya no existe y, que con cautela ya empieza a deshacer su gloria para desvanecerse bajo el velo de las sombras. 
   Todo en algún momento llega a su fin. Él conoce el sabor amargo que viene detrás de esta felicidad porque de muy pequeño padece el martirio de arrastrar la pena de su soledad. Lo perseguirá hasta el próximo encuentro y no le importa porque hoy ha celebrado el asombro de su culto. Se pone de pie sin dejar de mantener la cabeza erguida observando hacia el frente, mientras carga la mochila al hombro. 
   Los edificios se unen ocultando el esplendor, la escena se termina. Hoy la ha visto. Se irá a dormir con las cosas que ha juntado en su mochila y con este mágico recuerdo en su cabeza, esta bruma cálida en medio de este aire frío.
   La Buenos Aires nocturna siempre es triste, no necesita de nubes ni de cielos grises para que ese sentimiento caiga como una neblina que todo lo abarca, para eso cuenta con los espíritus de habitantes desvelados que transitan sus calles a deshoras, solo necesita de las almas de los abandonados, de los desamparados, de los que dejaron el corazón escondido en algún sitio. Él también es parte de ellos.
   Tilo le tiene temor a la locura, y solo por eso, para huir de ese maleficio, en un acto de precaución para evitar la caída en ese abismo insondable, saca papel y lápiz de su mochila y empieza a escribir su primer poema, apoyado en un banco de cemento del bulevar de la avenida. 
   Luego escribirá otros, con ellos él siempre buscará emocionar a cada una de las mujeres a quién los dedique, sabrá que algunas lo guardarán agradecidas para después dejarlo abandonado, sin leerlo.
   El mismo gesto, mezcla de desdén y de ternura, que ha visto en su madre, por descuido, cierta vez cuando él todavía era solo un niño. 

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28 comentarios:

  1. Este relato es todo un estudio psicólogico. Con tu bella prosa, retratas la soledad de un niño que con solo doce se ha tenido que enfrentar a la pérdida de su madre. En tu texto hay tristeza y añoranza envueltas en ese Buenos Aires que no aparece en las guías turísticas y que tú describes tan bien. Un relato que es una joyita. Un abrazo, Ariel, y mis felicitaciones

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    1. He elegido ese lugar de la ciudad para situar la historia porque está en el recorrido que hacía Tilo por la madrugada, cuando regresaba del club nocturno "Trópico" de Constitución, a mitad de camino de la Villa 31 donde vivía a los doce años. Es una calle que ya no existe, los edificios y la playa de estacionamiento que hoy se levantan majestuosos se construyeron 14 años antes de que naciera Tilo, y pocos conocen, como tu dices, la historia de los prostíbulos que allí había a mediados del siglo XIX. El aspecto que tenía esa calle por esa época se muestra en la imagen.
      Querida Ana, es muy halagador que tu aprecies la psicología de ese niño, que padece la ausencia de su madre desde muy pequeño, porque tu cuentas con los conocimientos adecuados para juzgar su comportamiento y además tienes una exquisita sensibilidad de escritora para hacerlo.
      Me causa un enorme placer que te haya gustado el texto y te agradezco todo lo que dices. Aprovecho para decirte que estoy encantado con los micros que estás publicando, es un género que me encanta sobremanera, y a ti te quedan espléndidos.
      Un beso.
      Ariel

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  2. De nuevo Tilo, una figura ligada al autor Ariel.
    Comienzas con la clave de un escritor argentino que, aunque sé quién es, no he tenido el gusto de leer (oootra asignatura pendiente), pero conociendo ya tu manera de escribir, seguro que la referencia al escritor está más que justificada en el contexto de tu relato.
    Al leerlo, y durante un buen rato, al terminar su lectura…se queda un poso de melancolía por Tilo, hay cierta osmosis entre el lector y Tilo, el muchachito que le quita tiempo al descanso nocturno para ver, durante unos segundos, la aparición de su madre, de la sombra de su madre metamorfoseada en trotadoras de calles…Tilo la ama sin juzgarla, con desesperanza absoluta, lo cuenta su desgarrado a la vez que delicado (dos términos opuestos que coexisten en Tilo). Probablemente Tilo buscará en el futuro una mujer-madre (dada la carencia de ella), algo que no siempre estamos dispuestas a ofrecer las mujeres. La frase final del gesto de desdén es demoledora, conforman al Tilo hombre con la carga del Tilo niño.
    Hay frases impagables a lo largo de todo el texto, el relato en sí es de una riqueza abrumadora…aunque a mí me sobra, y te explico el por qué (y me van a matar los argentinos, especialmente los ciudadanos de Buenos Aires)…la parte en que relatas la playa de estacionamiento, Lima 350, como era antes y como es ahora…aunque supongo que es muy querible y nostálgico para quienes vivieron y conocieron y conocen esa parte de la ciudad…pero más bien me parece una guía turística-urbana, y en un relato corto resta algo de magnífico clima sensitivo que has conseguido, sin embargo, si uniendo todos los relatos de Tilo (que ya son muchos) conformaras una novela, este párrafo, diluido en la dimensión de la novela sería apropiado. No me hagas mucho caso si no lo considera así Ariel, es como lo veo, trato tus trabajos con el mismo rigor que si fueran míos y por una razón de peso, porque me encantan y porque disfruto con ellos.

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    1. Isabel, me haces un comentario que es como una caricia, lleno de cosas lindas que me despiertan muchas sensaciones agradables. Lo he escrito, te lo aseguro, en actitud de Tilo, y con él he soñado en forma indisoluble ese momento mágico y ha quedado estampado en mí como un suceso de mi vida.
      No pude sustraerme a introducir de un modo similar a como lo hace Leopoldo Marechal (mira hasta donde alcanza mi osadía de compararme con semejante exponente de la literatura) en su obra magistral, en la primera parte del Libro Primero, con el despertar de Adan, porque Tilo es un soñador como él.
      Es atendible la mención que haces a que la descripción y datos sobre el lugar le resta al clima del relato, y lo entiendo muy bien cuando comparas este texto aislado con uno largo como una novela. Me agrada que te despierte el interés como si fuera uno de tus escritos, y lo quieres mejorar. No tengas dudas que lo tendré en cuenta, sabes que lo que me apuntas siempre me queda en mente, no cae en saco roto, no puede ser de otro modo si eres una de las escritoras que más admiro.
      Muchas gracias, Isabel, por ser sincera y a la vez tan generosa, con el comentario justo y atinado. Me alegra mucho que me leas y disfrutes de lo que hago. Eres una cálida compañera.
      Te mando un gran y afectuoso abrazo.
      Ariel

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  3. Hay otra cosa que me gusta muchísimo y es la mezcla de …voy a llamarlo el lenguaje abstracto y el concreto, en el caso de este relato, Cuando Tilo se abstrae el lenguaje se eleva, se vuelve casi espiritual, cromático, elevado, sensitivo…y luego lo bajas a pie de tierra e incorporas un modo más coloquial, realista, concreto…y sabes mezclar esos dos factores con maestría. Aprendo mucho de ti en este sentido compañero (y en otros muchos)
    ¿Lo que más me ha gustado? Pues tú mismo te has encargado de crear el clima propicio, el “estado de encantamiento”…y hasta contengo el aliento cuando en el escenario magnífico aparece la madre entre los bloques de edificios oscuros que se desplazan…y allí, en determinada parte del escenario hay brillo, en otro rincón, opacidad, se descorren las cortinas y entonces ocurre el milagro y Tilo nos enseña a su madre tal como él la ve y quiere que todos la veamos. Como director de escena el mismísimo Ariel orquestando la obra.
    Has escrito una maravilla llena de luces y sombras sensoriales compañero.
    Fin de rollo. 

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    1. Lo que te he dicho más arriba, Isabel, me pones tan alto que mis ganas de seguir escribiendo se expanden y mi sonrisa se ilumina.

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  4. Creo que has escrito un relato para reposar, es decir, uno de esos que acabas de leerlo y te quedas unos minutos mirando la pantalla embelesada y embargada de sentimientos encontrados.
    Por una parte quieres coger a Tilo, acunarlo decirle que todo irá bien ante el dolor, la angustia interior que siente y la haces tuya, al tiempo que ver el amor incondicional que siente por esa madre que lo dejó abandonado es tan grande que te hace replantearte lo poco humanos que llegamos a ser en nuestras vidas etiquetando todo.
    Me encantó la forma en que el chico va describiendo al lector su vida, con pequeñas dosis de desencanto y pinceladas de ilusión hilvanando a su historia para que sea un acompañante mas que alguien que lee.
    Tienes un especial don para transmitir y embutir a quien te lee aquello que tus personajes sienten y eso amigo mío, es algo que no tiene todo el mundo.
    Mi enhorabuena por este maravilloso relato.
    Un saludo.

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    1. Así es, Mariola, tal cual como tu lo cuentas, sentimientos encontrados, eso he sentido cuando lo he escrito, como un nudo que tira para un lado y para otro. Y también, como tu dices, Tilo va desde el desencanto a la ilusión por encontrar a su madre, esa soledad que padece va a ser la marca que llevará toda su vida, le va a modelar el carácter, pero esa pena amarga no le va a agriar el espíritu, afortunadamente lo convertirá en una buena persona.
      Muchas gracias Mariola, por decir que tengo el don de trasmitir, eso es muy valioso para mi, es un halago mayor el que me haces, y me pone muy contento, eres muy generosa, y es un placer que hayas pasado por aquí.
      Te mando un gran saludo.
      Ariel

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  5. Maravilloso Tilo, ese personaje en el vuelcas todos los sentimientos que son una constante en tus relatos: soledad, melancolía, desamparo, el temor a la locura. Pero en este relato quiero destacar uno que, al menos a mí, me parece que se destaca sobre todos: la ilusión. Tilo es un soñador, y sueña en su imaginación que hay esperanza, que algún día esa madre "soñada" se hará realidad. Y esa ilusión, que sólo está en su mente, le proporciona una breve felicidad con la que soportar la tristeza. Aunque no haya esperanza siempre podemos soñarla y vivir por un instante momentos dulces.
    Y, como otra constante en tus relatos, Buenos Aires, una ciudad que cobra vida con tus palabras. Nos muestras una ciudad "animada", dotada de sentimientos y alma, mágica: "La Buenos Aires nocturna siempre es triste, no necesita de nubes ni de cielos grises para que ese sentimiento caiga como una neblina que todo lo abarca." Precioso, Ariel. Siempre me emocionas.

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    1. Mari, así es, tal cual como tú dices. Yo creo que cuando la felicidad es uno de los bienes que escasean en nuestro haber, o las cosas no nos favorecen en la vida, los soñadores podremos encontrar amparo donde los demás no pueden hacerlo. Si somos capaces de desprendernos de las tenazas de la cordura aunque sea por un rato y dejarnos llevar de la mano por la ilusión podremos acceder a la ensoñación, podremos crear mundos para nosotros en los que podamos soñar con esos imposibles, como lo hace Tilo para poder soportar tanta pena. Soñar es, en ese caso, una de las cosas más hermosas de la vida.
      Me alegra saber todo lo que sientes cuando lees esta pequeña historia, y también que te haya gustado ese modo que tengo de ver a la ciudad, como si tuviera un alma tan inmensa que puede ofrecernos todos los sentimientos que le pedimos. A veces temo que esta personificación abrume, pero es que es más fuerte que yo, y en todo caso es genuina, es auténtica, y no puedo dejar de hacerlo.
      Tu también me emocionas con tu comentario, Mari, gracias por estar siempre aquí.
      Te mando un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  6. Ese "ir a soñar a su madre" de Tilo, tan consciente, meditado, íntimo y también tan doloroso (ya que después viene la decepción y tristeza) solo es posible entenderlo desde la innegable necesidad y ferviente deseo que todo niño tiene de estar junto a su madre, a la que "revive" en esa calle con tan apropiado nombre, y es así como "sobrevive" y alimenta su alma hambrienta de cariño.
    Hermosísimo relato, Ariel, ¡cuánta profundidad hay en tus letras!
    Un beso

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    1. Qué buena lectura que haces, Chelo. La ausencia de madre tan temprana que sufre Tilo y su tierna edad lo conducen a revivir ese instante que el mismo se ha fabricado para paliar su pena. Qué bien lo dices cuando mencionas desde qué lugar es posible entender la actitud de este niño. Es un placer tener tu comentario tan acertado. Me alegra mucho que te haya gustado y te agradezco el elogio que me haces.
      Un beso para ti, Chelo, es un placer que hayas pasado por aquí.
      Ariel

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  7. Cuando se termina de leer el relato, uno se queda plano,... intentando interiorizar y digerir lo que acaba de leer. Y a pesar de que en cierta medida Tilo busca recuperar esa ilusión del reencuentro con su madre, lo cierto es que la melancolía y la tristeza impregna todo el relato. Quizás sea una constante en los bonaerenses, no lo se, lo realmente importante es que nos has regalado un precioso relato.

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    1. Me pone muy contento que te haya podido conmover este texto, Norte, porque siempre es el lector el que lo interpreta, y eso habla muy bien de la sensibilidad que tienes. Y como dices, los porteños tenemos fama (y creo que en la mayoría de los que aquí vivimos se nota) de ser melancólicos. Yo lo soy y que creo que por eso es inevitable que quede impregnado en muchos de las cosas que escribo. Gracias por tus elogios y por pasarte por aquí, es un placer.
      Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  8. El calado de nuestras letras se mide por las trabas que nos haya puesto la vida. En el caso de Tilo, la poesía acude a su rescate, convirtiéndose en la madre a la que solo debe ver en la distancia, casi como una muestra de respeto a fin de evitarle el dolor de contemplar a su hijo solitario. Esa actitud compleja, psicológicamente hablando, es lo que más me ha gustado. Dota al relato de una mayor dimensión, alejándolo de la típica historia de niño abandonado a su suerte, sin padre y con madre libertina. Un fuerte abrazo, mago de las letras!

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    1. David, me has dejado un comentario muy profundo, con un punto de vista inteligente, me lo has hecho ver desde una perspectiva distinta. Es un lujo el modo en que lo analizas, con tanto detalle, con esa frase tan exquisita que pones al comienzo del párrafo, una sentencia para que los que escribimos leamos con detenimiento. Todo el comentario completo es para leer con atención porque vuelcas en el una serie de matices para reflexionar, te lo agradezco mucho.
      Y por supuesto también lo que pones al final, eres muy generoso compañero.
      Te mando un gran saludo.
      Ariel

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  9. soy nueva por aqui es muy interesante como sientes la vida

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    1. Gracias, Mucha, por estar por aquí.
      Un beso.
      Ariel

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  10. Precioso y emotivo relato Ariel. La soledad y amargura de un niño es una de las cosas más desoladoras que pueden existir. La tristeza de los pequeños siempre me emociona y tu has conseguido con este relato que me emocione. Expresas muy bien esa contraposición entre la ternura del chico y el trabajo que suponemos de la madre. Un desgarro recorre todo el relato. Triste pero siempre brillante, Ariel.
    Te mando un fuerte abrazo.

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    1. Muchas gracias Ziortza. La historia de Tilo comienza con esa soledad desgarradora que lo alcanza en la zona más delicada: el corazón. Es muy gratificante saber que te haya podido emocionar. Que hayas visto la ternura me produce mucha alegría porque creo que es uno de los sentimientos más valiosos que poseemos y en el que más empeño pongo cuando escribo.
      Muchas gracias por tus bonitas palabras.
      Un abrazo fuerte para ti.
      Ariel

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  11. Melancólica noche bonaerense tan minuciosa y delicadamente descrita. Desgarrador relato, a pesar del "encuentro" epifánico. Repleto de sensaciones enfrentadas y metáforas perfiladas hasta el más mínimo detalle. Una delicia. Enhorabuena.

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Eva, es muy grato saber que el relato te ha despertado todas esas emociones. Me alegra mucho que te haya gustado esta historia de Tilo, y que me hayas dejado tus palabras aquí.
      Ariel

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  12. Un hermoso, triste, y emotivo relato, lleno de melancolía, la cuál me encanta, (vive abrazada a mí), creas un ambiente de lugares, de sucesos e historias qué enganchan y apasionan, con tú sello inconfundible, donde pones ese desgarro que conmueve y eriza la piel, simplemente maravilloso, no hay ningún "pero" qué añadir, querido.

    Un beso enorme, hasta tu orilla, Ariel.

    P,D:

    Te agradecería me mandases ó escribieses con tu email para añadirte a mi espacio ya qué lo privatizé, si lo deseas claro, gracias de antemano Raúl.

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    1. Me alegra mucho que te emociones con lo que escribo, querida Yayone, a mi me pasa lo mismo con tus poemas, tienes una forma de expresar que me encandila. Es que de veras no puedo dejar de leerlos.
      Hoy intenté ir hasta tu blog y no pude, ahora se porqué. Te mando respuesta a tu casilla de correo desde la mía, ya que es un gusto para mi que me invites a tu espacio.
      Un beso para ti.
      Ariel

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  13. Me ha encantado tu relato aunque haya sido bastante triste, o por lo menos, es lo que a mí me parecido, el que un niño de doce años sienta la ausencia de su madre, la verdad es que me ha conmovido de la manera tan natural como lo has ido narrando iba imaginando su carita, y las escenas, y me parecía cada vez más desgarrador.

    Tienes una manera maravillosa para ir describiendo las escenas, me encanta como llegas al lector, y como nos atrapas con tus textos, mi querido amigo Ariel, un lujo poder disfrutar de tu relatos.

    Un beso enorme.

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    1. El sentimiento de soledad es muy poderoso cuando somos pequeños, y este es el caso de Tilo. A pesar de ser un relato que cuenta su tristeza, he querido darle la posibilidad de tener esos ensueños en donde, de algún modo puede ver a su madre y de esa manera aliviar un poco su pena.
      Me pone muy contento que disfrutes de las cosas que escribo, es una satisfacción contar con la sensibilidad de tus palabras.
      Te mando un beso enorme yo también.
      Ariel

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  14. Posiblemente uno de los mejores relatos que has subido a tu blog, que ya es mucho decir. Por la forma en que escribes y describes los sentimientos de Tilo hacia su madre y las mujeres en general, por las descripciones excelsas de ese Buenos Aires que tanto sientes, por la melancolía que impregna todo el relato y traspasa la pantalla, por la estructura y el orden del relato que nos va llevando a través de lo que Tilo ve, siente y piensa. Y también porque quienes te conocemos un poco sabemos que esa desazón por la pérdida de la madre tiene algo de autobiográfico y eso se nota en lo vívido de los sentimientos que expresas en boca de Tilo.
    Han comentado algunos compañeros que después de su lectura nos queda un poso de melancolía en el alma, estoy de acuerdo, y esa es de las mejores virtudes que puede tener un relato de éstas características.
    Un abrazo Ariel.

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    1. Jorge, amigo, me has dado en la zona más sensible: el corazón. Al saber un poco de mi historia, comprendes que lo que escribo no es por el simple hecho de construir un relato, con aciertos técnicos unas veces o con errores otras veces, sino que todo texto que subo a este sitio tiene en su contenido un significado que es de mi interés, que me preocupa, y por eso, generalmente tiene una carga emocional que me involucra.
      Es muy grato recibir este comentario porque veo en él, como siempre, la prolijidad y la sensibilidad con la que lo has leído. Y con el agregado de que luego ya de un tiempo que nos conocemos vas más hacia el fondo, hacia las motivaciones que me llevan a decir lo que me sale de muy adentro. No imaginas lo bien que me hace saber que te ha llegado esa melancolía con la cual me he esforzado en cubrir, como con una laca trasparente, a toda esta pequeña escena que remite a la historia personal de Tilo. En su momento, allá por junio del año pasado lo he subido a TR y he recibido en esa oportunidad un comentario de lo más auspicioso de parte tuya. Ese fue el original y todavía permanece allí, ahora, después de un tiempo aprovecho para subirlo al blog, corrigiendo lo que entendí que debía mejorarse. Espero haber cumplido con ese cometido porque es un relato de los que más quiero.
      De nuevo te doy las gracias, compañero, por tu afectuosas palabras que me han emocionado profundamente.
      Un gran abrazo Jorge.
      Ariel

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