sábado, 11 de febrero de 2017

El hombre indefinido

   —Siéntese un momento, por favor —le dijo el Dr. Hauman, ajustándose los lentes con el dedo mayor de la mano derecha, justo sobre el puente del marco metálico, mientras repasaba, en un ademán mecánico, las hojas del expediente clínico que tenía delante, sobre la mesa de esta oficina del tercer piso de la clínica. 
   “Ingreso por guardia. Disminución movilidad mano izquierda. Se ordena internación para estudio”. En realidad, ya lo había leído todo, solo corroboraba algunos datos. Al tipo le habían realizado todo tipo de análisis. Padecía de una atrofia progresiva muy extraña en estado avanzado y le iba eliminando la irrigación sanguínea. El proceso había comenzado por las extremidades y avanzaba por todo el cuerpo. No tenía solución, se iría entumeciendo de a poco, secándose como un árbol enfermo, empezando por las ramas. La única salida era la amputación de miembros con venas y arterias obstruidas. Es decir, tenía la muerte decretada, y el jefe de piso, él precisamente, se lo debía comunicar, para eso le había pedido a la enfermera de guardia que lo trajera a esta oficina.
   Cerró la carpeta, levantó la vista del expediente y miró a los ojos al hombre (cincuenta años, obrero de la construcción, soltero, sin hijos, padres ya fallecidos, hijo único) vestido con el camisolín, cofia y sandalias de rigor en terapia intermedia. El paciente estaba sentado frente a él, todo de blanco, con los brazos sobre los muslos y la espalda erguida, sosteniendo su mirada, esperando el diagnóstico. No había puesto las manos sobre el escritorio porque le pareció invadir un espacio sin permiso; así era su personalidad, aguardaba con impaciencia la palabra del médico. 
   El Dr. Hauman, traumatólogo, apoyó las palmas sobre la carátula. Decía Tobías A. Gómez, con letras de imprenta, grandes. Arqueando las cejas y con el ceño levemente fruncido le dijo con voz de barítono.
   —Sr. Gómez, se trata de una afección muy poco usual, le va atacando al sistema circulatorio, por eso tiene dificultades para mover su mano…
   —¿Y cómo es el tratamiento doctor? —dijo Tobías cuando Hauman terminó la frase.
   —Lamento decirle esto, Sr. Gómez, pero no tiene tratamiento —aseguró el médico en un tono más pausado, sin dejar de mirarlo.
   —No…no entiendo doctor.
   —El primer paso es amputar el miembro afectado… después iremos viendo cómo avanza…y de ser necesario seguir con el protocolo…
   Hauman estaba haciendo un esfuerzo para continuar. Tobías lo notó perfectamente, y aunque no era una persona con la habilidad de percibir las emociones de los demás, las palabras del traumatólogo le habían sonado muy mal, lo asaltó el temor y preguntó apresurado.
   —¿A qué… procedimiento se refiere…seguir amputando…eso me quiere decir? —y las últimas palabras salieron de Tobías con un temblor en los labios el cual hubiese querido disimular. La confirmación de sus dudas le aflojó súbitamente los músculos de la espalda.
   —Así es Sr. Gómez…y debo decirle algo más: este proceso por lo general es muy rápido…
   —¿Qué me quiere decir?
   El médico hubiera preferido comunicárselo a algún familiar, pero el hombre no tenía a nadie. Lo mejor era no alargar la espera.
   —Le quedan pocas horas de vida… un día…a lo sumo dos, no es algo exacto. Lo siento.
   En eso consistió la conversación. Tobías a partir de ese momento enmudeció, su rostro se contrajo, se levantó como si el cuerpo le pesara doscientos kilos y en silencio volvió para la habitación. 
   Ni bien la puerta estuvo cerrada, el jefe de piso se quitó los lentes con la mano derecha, se recostó sobre el respaldo de la silla, y con las yemas del pulgar y el índice de la izquierda apretó la parte superior del tabique nasal, donde se une con la frente, cerrando los ojos. Eran las dos de la mañana y sintió un gran cansancio, aunque recién había empezado el turno de guardia.
   En la habitación, Tobías se levantaba y se acostaba, estaba inquieto. El mundo se le había venido abajo. Por primera vez experimentaba una emoción de esa magnitud, había escuchado la sentencia de su propia muerte. Pensó en su pasado. Su existencia había sido gris, sin sucesos importantes, se había hecho casi sin su intervención, y del mismo modo estaba por terminar.
   Su madre había fallecido cuando él estaba en la primaria y la terminó a los empujones, iba al colegio cuando el padre se acordaba y con pocas ganas y a duras penas le recordaba a su hijo la obligación de asistir. Después, cuando se terminaron las clases del último año, el padre al poco tiempo le dijo: nada de secundaria, a trabajar, la olla no se para sola, ya sos grande y yo solo no puedo con todo. Y fue el padre quien también le consiguió el trabajo en la Constructora. 
   Las principales decisiones siempre la habían tomado los demás. Su debut sexual lo definió la barra de su barrio, lo llevaron los demás un día cuando fueron todos al Dock Sud. Con Mariela había pasado algo similar, ella insistió en ponerse de novios y también fue ella quién lo dejó.
   Pensaba en eso observando su mano, la sentía fría y estaba perdiendo color. Se levantó, apoyó todos los dedos y la frente sobre la pared y por primera vez ensayó una especie de llanto, cerró los párpados apretando con fuerza los ojos, no salieron lágrimas, pero empezó a gemir sacudiendo la cabeza. Ahí fue cuando le salió el grito.
   —Noooooooo… —dijo con un sonido sostenido, apagado por los músculos apretados de su garganta, prolongado hasta la última exhalación del aire de sus pulmones.
   Con la cabeza gacha y el mentón casi contra el pecho empezó a zapatear con la sandalia derecha dando golpes en el piso como un chico rabioso, repitiendo esa negación, guardada desde siempre en sus adentros, aflorando hasta agotarse lentamente en las estribaciones de los hipidos.
   Cuando se calmó miró alrededor como si hubiera alguien más en la habitación y sintió vergüenza, se compuso y volvió a la cama. Repasó de nuevo. Y, sí, toda su vida estaba signada por las decisiones de los demás, por eso era tan obediente, nunca llegaba tarde al trabajo, cumplía con las órdenes al pie de la letra. Ponía en evidencia esta particularidad hasta en las más sencillas ocasiones; le costaba elegir cuando estaba delante de los cajones de madera de la verdulería, tomar decisiones lo inquietaba, le provocaba angustia.
   Por eso, se sorprendió a sí mismo con su negación a la amputación; esa actitud tan llamativa le salió de adentro, tomada casi sin pensar. A eso no se iba a someter ¿le querían cortar la mano?, de ninguna manera, no lo permitiría. Rebobinó de un tirón todo su pasado y advirtió una inesperada rebeldía, el nacimiento, el comienzo de un cambio que asomaba cuando se estaba yendo de este mundo. La actividad de su mente aumentaba, estaba más activa; sus pensamientos habían despertado de su larga siesta, revividos por la fiebre del temor, en esta torpe paradoja mientras el cuerpo se le estaba muriendo. El médico habló de un día y ese recuerdo le volvió a sacudir la desesperación.
   A la madrugada, meditando, advirtió sus cincuenta años resumidos en una página, con eso era suficiente, alcanzaba y sobraba, ya no le quedaba ni un renglón más dónde escribir, Hauman le había puesto el punto final a su historia. En la cama miraba el techo, después se levantaba y andaba de aquí para allá, se tomaba la cabeza y cerraba los ojos, no sabía qué hacer y no tenía a nadie a quién consultar, solo atinaba a resistirse a ese implacable protocolo. Así pasaron esas cuatro horas infernales, y llegó el momento, casi como un descubrimiento del azar, en el cual Tobías se iluminó por dentro, algo le había cruzado por la cabeza en ese instante fugaz, y sin decir palabra lo comenzaría a poner en práctica, se trataba ni más ni menos de la determinación que había tomado. 
   Sesenta minutos más tarde estaba husmeando por los pasillos buscando la salida de la clínica vestido con un uniforme robado del vestuario de los operarios de mantenimiento, camisa amarilla, pantalón del mismo color y botines negros. 
   Cuando estaba saliendo pensó en la noche interminable pasada en el hospital. La desesperación lo había ganado, su vida se le escurría entre los dedos, el temor y luego el miedo le fueron comiendo los pensamientos, empezó a sentir un cosquilleo extraño en las manos y en los brazos, se le estaba petrificando el cuerpo. 
   Ya había ganado la calle cuando oyó varios gritos fuertes enunciando a viva voz su nombre, se dio vuelta, vio al guardia conversando con algunos operarios, dejó sus pensamientos de lado y comenzó a correr, lo habían descubierto. Dobló en la primera esquina y encaró por Godoy Cruz. En Santa Fe dobló a la izquierda, para el lado de Plaza Italia. Estaba agitado, pero seguía a gran velocidad, las piernas todavía le respondían. Iba a seguir corriendo hasta estar seguro de haber despistado a quienes lo perseguían, era esencial para su plan.
   Después de cruzar Humboldt, ni bien encaró la cuadra siguiente se tropezó con el borde de una baldosa que sobresalía de la vereda y se derrumbó como una escultura estrellándose contra el piso. Trac, se escuchó. Como si algo de su cuerpo se hubiese roto, un ruido a mármol quebrado.
   Ya había gente rodeándolo. Les llamaba la atención su vestimenta colorida, observaban su camisa y pantalones amarillos. Abandonó ese pensamiento y se palpó la rodilla, la sintió floja, como desprendida, seguro era una fractura en la pierna derecha, pensó. Estaba tumbado de costado, no soltó ni un quejido, con la mano izquierda se tomó el pie derecho y, literalmente, se lo arrancó de cuajo, como si fuese la pata desencolada de una mesa, efectivamente era eso, la falta de irrigación lo estaba cristalizando de a poco. Hubo murmullos en el grupo de gente detenida en círculo alrededor de él. No había ni una gota de sangre, ni en el piso, ni en la ropa, nada. Se dio vuelta boca arriba como pudo incorporándose sobre la pierna izquierda. Se recostó con la espalda contra la pared para mantenerse erguido.
   —No pasó nada, estoy bien, gracias —dijo mirando en derredor.
   Su rostro se mostraba un tanto demacrado. Era pelado, y como tenía dos pequeños mechones grises sobre las orejas, ahora revueltos producto de la caída, presentaba el aspecto triste de un arlequín de circo caído en escena. Pero parecía tranquilo. 
   Pablo, un muchacho joven que pasaba por ahí y se había quedado a observar, lo miró a los ojos y encontró su mirada.
   —¿Lo llevo al hospital? —le dijo y, se sintió algo turbado, viéndolo todavía con el trozo de pierna en la mano.
   —No… está bien, gracias —contestó Tobías, rápido, depositando ese pedazo de su cuerpo a un costado. Quería liberar la mano y poder sostenerse mejor.
   Estaba confuso y se sentía patético, hubiera querido irse rápido, todos los transeúntes lo miraban, pero no podía caminar. El chico se quedó con él un rato más, cuando ya la gente se había dispersado. Entonces le contó lo de su curiosa enfermedad, por lo cual no sentía dolor ni perdía sangre por las heridas. No quería impresionarlo, pero estaba a la vista, no era un simple tajo, había perdido el pie y la mitad inferior de la pierna. Se lo decía con voz serena y pausada, lo cual contagiaba una profunda tristeza, y se demoraba en algunos detalles para explicar mejor lo increíble de la escena. 
   Pablo se compadeció, el tipo le había despertado cierta ternura y se ofreció llevarlo a su departamento, lo convencieron la buena predisposición del chico y la cercanía, quedaba en la otra cuadra. Tobías miró en todas direcciones, nadie lo seguía, no había ningún policía cerca y aceptó. Entonces pasó la mano izquierda sobre el hombro del muchacho y éste lo tomó por la cintura. Comenzaron a avanzar de ese modo, mientras él avanzaba dando saltitos. 
   Estuvo un par de horas en el departamento, entre los dos improvisaron una prótesis en reemplazo del pie derecho y fabricaron una muleta de madera. De ese modo, pudo salir a la calle a continuar su camino. Se encontraba a gusto con el muchacho, pero debía irse, no tenía tiempo para demoras sino justamente lo contrario, estaba aturdido y no era para menos, le dio las gracias por todo y se despidió.
   El muchacho había quedado intrigado, tenía curiosidad, quería saber hacia dónde se dirigía ese hombre con esa enfermedad extraña. No se lo preguntó, sentía cierta pena por él, parecía tener un dejo de vergüenza en revelar el destino de su recorrido, tal vez fue esa la motivación para seguirlo sin decírselo, para no darle la posibilidad del rechazo, lo haría a una cuadra de distancia. Se desplazaba con dificultad, obviamente, pero iba más rápido que cualquier otro inválido en su misma condición.
   Cuando llegó a Plaza Italia empezó a lloviznar. Tobías seguía a paso lento, dobló por Sarmiento, pasó por los bosques de Palermo y cuando ya estaba cerca de la Costanera el chaparrón se hizo más denso. Pablo estaba por desistir de su persecución cuando vio la silueta de amarillo en un movimiento extraño. 
   Se apoyó en el bastón buscando su sustento y detuvo su andar. Giró despacio su cabeza para mirar hacia atrás con bastante dificultad. A pesar del tupido aguacero había percibido la persecución del joven y decidió hacerle un gesto de acercamiento. A pesar de que fue un movimiento realizado con cautela se le hundió la muleta en el barro, al costado de la vereda, perdió la estabilidad y se fue de boca contra el piso. El chico llegó a la carrera y se dio cuenta de lo previsible, se había fracturado de nuevo. Lo ayudó a levantarse.
   —Gracias pibe...haceme un favor, dame una manito, necesito ponerme de pie —se lo pidió como mendigando ayuda. Pablo pensó: «Parece un muñeco, se quiebra de a poco».
   Como en la primera caída, Tobías se arrancó los dedos menores de la mano derecha, solo conservaba el pulgar y el índice, pero eran suficientes, podría tomar el travesaño del soporte con fuerza. 
   El muchacho lo miró cuando los tiraba en el pasto, lo asombraba la naturalidad de los desprendimientos indolentes de las partes de su cuerpo, eran fragmentos inservibles de un esqueleto de mármol, el hombre se desarmaba por el camino y él ostentaba el privilegio de ser el único testigo. 
   Tenía la cara gris, los mechones grises le caían empapados sobre las orejas, se asomaba en sus ojos tristes cierto desamparo, la zozobra de su alma pedía fuerzas, quería encaminarse hacia su último acto desconocido. Era una marioneta abandonada, se iba deshilachando de modo inevitable. Se apoyó en Pablo y restableció el equilibrio. Siguió caminando, callado, parecía exangüe, con más esfuerzo, con más empeño, con una íntima decisión inconmovible.
   —Tobías… le puedo preguntar —dijo el chico—, ¿por qué sigue, a dónde quiere llegar? 
   —Tengo pocas fuerzas para contarte.
   Iba con dificultad, ya estaba más cerca de su objetivo, pero el tiempo no lo ayudaba. A pesar de eso no quiso desalentarlo, el muchacho lo había auxiliado desinteresadamente, y decidió armar una especie de respuesta rápida.
   —Sabés que pasa pibe, yo no sé si la Fortuna existe, pero aprendí que uno también debe decidir, yo me di cuenta muy tarde ¿Vos creés en el destino?
   Se lo dijo un poco agitado, haciendo pequeñas pausas, como un enfermo terminal, su voz se había debilitado. Sin embargo, pensaba, no sabía por qué, pero debía sincerarse con este muchacho, el único testigo ante quién confesar los últimos descubrimientos de su existencia opaca, desperdiciada, acercándose a su fin.
   —Bueno...nunca me puse a pensar...
   —Está bien, te entiendo, sos joven. Escuchá. El asunto es que yo me estoy muriendo de a pedazos, todo va a terminar muy pronto. Te parecerá extraño, pero me voy convirtiendo en una piedra, mi cuerpo se va cristalizando, ya casi perdí por completo la posibilidad de emocionarme, y voy perdiendo también de a poco la memoria. De todos modos, no la necesito, me falta el último trecho. Entonces lo único que me quedan son dos opciones… la primera es dejar la decisión en manos de los médicos, y que me corten en trozos con un serrucho, de a poco, para detenerse solo cuando ya no tenga sentido seguir cortando y, la segunda es ésta, y la tomé yo por mi cuenta, la decisión fatal de quitarme la vida. No sé si te diste cuenta que todavía respiro.
   —Sí, claro.
   —Bueno, ahí está la otra salida, la elegí yo —dijo haciendo un gesto de afirmación con la esquina de sus labios.
   Ya habían llegado a la barranca de la costa y la lluvia seguía bajando del cielo en rayas verticales, lágrimas tristes en la claridad de la mañana. Pablo lo ayudó, lo tomó en brazos como a un chico, y lo pasó por encima de la balaustrada de la Costanera. Después, del otro lado, donde estaba la franja de arena, Tobías le dijo: «No pases pibe, dejame seguir solo, andá nomás, ya me puedo arreglar.» Tenía en los ojos una soledad infinita cuando dijo estas palabras.
   Se enderezó como pudo, y mirándose el brazo izquierdo lo estrelló contra el murallón. El ruido a cristal roto se apagó pronto confundido con el sonido que hacían las gotas al caer sobre la playa angosta, algunos pedazos quedaron colgando del puño de la camisa, y los más pequeños quedaron formando un montoncito contra el muro. Tobías verificó que había tímidas manchas de sangre en esos restos, sonrió satisfecho al ver esas migajas vitales, siguió caminando, la muleta se hundía un poco en la arena oscura; se tenía que esforzar cada vez más. 
   Llegó a la orilla y el agua le mojó las botamangas del pantalón. Vio y escuchó las olas, las traía el viento soplando desde el río, sintió ese borde impreciso que iba y venía, mojaba y secaba su pie endurecido adentro del botín, la espuma avanzaba y se retiraba, en un movimiento de flujo y reflujo. No se dio vuelta para mirar a Pablo, no tenía más tiempo.
   Con cuidado, tratando de mantener el equilibrio, se fue internando en busca de la pendiente bajando hacia la parte más profunda del cauce. La parte inferior del resto de su cuerpo se iba sumergiendo de a poco. Cuando solo los hombros asomaban por encima de la superficie de la corriente, tomó el impulso final hacia adelante, soltando la muleta, y se hundió completamente, contento por estar llevando a cabo la primera decisión tomada exclusivamente por él desde que tenía memoria. 

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40 comentarios:

  1. Excelente relato Ariel. De una intensidad increíble. Como siempre tu prosa raya a gran altura. El contexto me ha llevado de manera insospechada a algunos de los cuentos de Emile Zola. Y tambien al teatro del Grand Guignol. Algunas de cuyas obras, ciertamente impresionables e impresionantes, llegué a ver en el Teatro del Picadero de la ciudad de Buenos Aires. Veo que te has esmerado en no hacer concesiones. Para eso alcanza tu manera de escribir, siempre atildada y sin embargo tan rica en matices. Puedes describir la escena mas horrible sin siquiera pestañar. Eres un maestro, casi un orfebre. Has equiparado la acción de la historia con la evolución psicológica de Tobías sin que eso te cause el menor problema narrativo. En fin, un cuento excepcional, digno de un gran escritor.

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    1. Muchas gracias Néstor. Es una historia en la que vengo trabajando desde hace un tiempo, lo cual quiere decir que sufrió variaciones y amputaciones, y luego de las últimas correcciones pensé que ya estaba lista para subirla. Espero que al resto de los compañeros y compañeras de letras que vienen por aquí, les guste. Me agrada mucho lo que dices acerca de la evolución psicológica del personaje, he tratado de ser muy cuidadoso en eso.
      Los textos tienen la posibilidad de ser interpretados por el lector, el cual le aporta justamente lo que no está escrito. Esa facultad nunca deja de sorprenderme, de ahí que vea con agrado que el contexto de este cuento que tiene ribetes fantásticos, te haya llevado, como tú dices en forma insospechada, a Emile Zola, ese enorme escritor acunado por el realismo y lanzado hacia el naturalismo. Te agradezco muchísimo los elogios que me haces en esta tarea tan agradable y que tanto me gusta que es escribir.
      Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  2. El barroquismo de tu prosa me fascina. A mí me ha recordado a Kant, ya ves, por aquello del atreverse a decidir como mayor reto del ser humano. Lo que puede llegar a hacer un hombre acuciado por la adversidad trasciende de tal modo que poco importa lo anodina que haya sido su vida hasta ese momento, Pablo es el testigo objetivo, semejante a la mano inocente que participa en un sorteo, aunque en este caso se trate de algo tan sobrecogedor como la antesala de la muerte lo que debe presenciar. Enhorabuena, me parece un magnífico relato. Un saludo, Ariel

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    1. Me alegra que el relato te haya llevado por el camino de los grandes pensadores y, por supuesto, que te haya conducido a uno de los que se preocupó mucho por las cuestiones éticas y morales del ser humano, tema que aunque no está al alcance racional de Tobías, atraviesa el propósito de la historia. Y como bien dices, el muchacho es el testigo necesario, sobre todo en la confesión final del móvil que lleva a este hombre gris a decidir por el mismo, es a Pablo al que se lo cuenta para que lo sepamos.
      Eva, has hecho una lectura muy profunda del relato, veo que te ha interesado desde dos vertientes: la trascendencia humana del acto de decidir, y las emociones que vive el personaje en esta situación límite, y eso me pone muy contento porque son dos tópicos en los que quise poner énfasis.
      Muchas gracias por tan hermoso comentario y por los elogios que le haces al texto. Es un placer que hayas venido hasta aquí, eres bienvenida a este sitio.
      Tienes un blog muy bonito, ya me has atrapado y estaré pronto haciéndote más visitas.
      Te mando un gran saludo.
      Ariel

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    2. Gracias Ariel, por la calurosa bienevenida. Y que sepas que tú también me has engachado a tus relatos. Lo dicho, un placer leerte. Gran abrazo ;)
      Eva

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  3. Debo decirte que tu relato me ha encantado por su profundidad. Una persona anodina que se pliega a los deseos de los demás se ve sacudida por un acontecimiento que despierta su rebeldía. Por escapar del destino que le expone el doctor decide tomar las riendas de su vida. Es curioso cómo en esa huída va perdiendo los miembros, que al fin, es lo que le ofreció el doctor. Impresionante el personaje de Pablo. Un abrazo y mis felicitaciones

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    1. Muchas gracias, querida Ana, me agrada mucho que te haya gustado. Tobías, una persona como tantas que pasa por la vida casi desapercibido, ante la evidencia de su muerte inminente, se atreve a tomar la primera decisión trascendente de su existencia. Y en la ejecución de esa determinación, como tu dices, se va desmembrando, de modo similar al que hubieran hecho los médicos, pero aquí lo hace por propia voluntad. No sabes, querida Ana, lo feliz que me pone que hayas fijado tu atención en el personaje de Pablo, ese personaje cuya única función es ser el testigo del episodio, un personaje que ha salido casi por azar cuando estaba trabajando con este cuento, y que me parece que llega a cobrar importancia desde ese costado, como observador y como receptor de la íntima confesión de Tobías.
      Es un placer contar con tu lectura y con tus palabras.
      Aprovecho para decirte que tu último relato me ha emocionado, has hecho un trabajo envidiable. No puedo decirte desde qué lugar me ha llegado, pero me dije: si tuviese que elegir me quedaría con éste como uno de los mejores que ha escrito Ana (¡y vaya si tienes en tu haber joyas para elegir!).
      Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  4. Curioso tu relato Ariel, ese pobre hombre que jamás decidió por él y acaba ganando por una vez en su vida cuando es él quién decide terminarla. Da por pensar en todas esas renuncias que a veces se van haciendo y al final acaban pasando factura cuando uno se pregunta qué ha sido en esa vida tal y como le pasa a tu protagonista y si una vida en la que nunca se decide por sí mismo se puede considerar como vida.

    Un saludo

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    1. Exactamente, Conxita, he ahí el núcleo de la historia. Como seres humanos arrojados al mundo hacemos uso de la libertad para la toma de decisiones, para construirnos como seres humanos trascendentes, individuos que dejan huella en la vida. Hay personas, como Tobías, que no hacen uso de ella por circunstancias diversas, en vez de vivir se colocan en manos de los demás para que les digan lo que tienen que hacer y van por donde la corriente los lleve. Una de las cosas que quise mostrar en esta pequeña historia es la posibilidad de que las personas, aún las que se encuentran acotadas en una situación de libertad mínima, tienen la ocasión de hacer uso de ella decidiendo por si mismos. Por poner un ejemplo, aún un esclavo cuenta con un margen estrecho pero posible para hacerlo, para utilizar la voluntad y la creatividad para rebelarse ante las circunstancias y forjar su propio destino.
      Y como tu dices, una vida en la que no se decide por uno mismo, se asemeja más a una no existencia, invisible o indefinida como la de Tobías.
      Un placer tu nutrido y profundo comentario. Un placer Conxita.
      Un saludo.
      Ariel

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  5. Lo mejor que has escrito compañero desde que te llevo leyendo...y mira que ya es difícil superarte a ti mismo.
    Ana Madrigal lo ha dicho bien, PROFUNDIDAD.
    Dame un poco de tiempo (ya sabes que ultimamente no dispongo mucho de él), para poder comentarte como te mereces Ariel.

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    1. Tómate todo el tiempo que necesites, Isabel, yo sé que tienes entre manos esa maravilla a la que estás dando las pinceladas finales.

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  6. Me gustó mucho, mucho. Es toda una alegoría del hombre gris, que cumple normas y no sabe realmente lo que quiere. Nunca se ha podido conectar con sus deseos. Por eso se va secando, porque ya no circula su energía vital.
    Hay tanto para decir sobre este relato, estoy con problemas de salud y entro poco a Internet, pero quise hacerte saber lo emocionante que me resultó la decisión final de Tobías.
    Un abrazo, Ariel.

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    1. Muchas gracias, Mirella, vos sabés lo importante que es para mi tener tu opinión, cuánto la valoro. Me pone feliz que te haya emocionado el final que Tobías decide por él mismo, ese acto de libertad que lejos de ser negativo es el intento que avizora para justificarse como ser humano. Muy enriquecedoras serían tus reflexiones de encontrarte en una condición más favorable, pero a mi ya me has alegrado el día con este breve pero cálido comentario. Espero que tu salud mejore, te mando desde acá mis mejores deseos para que eso ocurra.
      Un abrazo.
      Ariel

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  7. Estupendo relato, Ariel. Si hacemos caso a la teoría que mantienen algunos de que las enfermedades responden a ciertos desequilibrios emocionales, el caso que nos presentas parece confirmarlo. Alguien que jamás tomó el control de su vida padece lo que le es propio, disolverse como un azucarillo. Si bien aún le queda la última posibilidad adelantarse, aunque sea por unas horas, al destino que tenía marcado. Una victoria pírrica, puesto que no le quedaba otra opción. Pero muy importante, al menos, cualitativamente. Me ha gustado mucho tu respuesta al primer comentario, se nota el trabajo del texto y una de las mejores técnicas de revisión es amputarlo. Personalmente, pienso que cualquier corrección de un texto debe tener como primer objetivo reducirlo al menos en un 20%. Siempre se puede contar lo mismo con menos palabras y ganar en intensidad. Como has hecho tú. Un placer leerte compañero. Un abrazo!!

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    1. David, haces una interesante lectura, desde un punto de observación de la enfermedad que es muy original y sumamente interesante, casi una metáfora en la que sinceramente, yo no he pensado pero que le cabe perfectamente a Tobías, un individuo al que se le va desdibujando el cuerpo perdiendo las formas, quedando tan indefinido como su propia existencia. Eres muy perspicaz y haces que yo sienta que es muy enriquecedor leer tu comentario.
      Creo que cada uno de nosotros debe tener una técnica para la elaboración de sus escritos con distintas herramientas construidas con el oficio, en mi caso una de las que más uso es la podar porque mis textos tienden a generar brotes innecesarios. Como tu dices, contar lo justo, con ideas intensas, pensamientos claros, emociones sin exceso, siempre dejar espacio para que la imaginación del lector se active, que se sienta cómodo para completar lo que el relato no desarrolla.
      Es un placer que hayas estado por aquí, gracias por tus elogios. Te mando un abrazo.
      Ariel

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  8. Me ha gustado mucho este relato Ariel. Sin duda me ha echo reflexionar a medida que lo iba leyendo. Hay ocasiones en las que todos nos podemos sentir identificados con ese protagonista, yo mismo, por ejemplo, hace bastante tiempo sentí algo similar –no en la enfermedad, claro está, sino en como se siente el hombre, la impresión de no haber decidido nada en su vida–. El final de la historia me parece triste pero esperanzado en cierto sentido, ya que él escoge como morir. Un abrazo! ; )

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    1. Muchas gracias por pasarte por aquí, Ramón, es un placer contar con un comentario tuyo. Me alegra que te haya gustado esta pequeña historia y te haya llevado a la reflexión.
      Así es, a mi también me ha sucedido lo que tu dices, creo que lo mejor que le puede pasar a uno es llegar al final con la tranquilidad de haber intentado todos los caminos, no haber desperdiciado ninguna oportunidad de ser un individuo, de estar convencido que uno ha hecho todo lo posible para hacerse a sí mismo. Tobías ha tenido esa sensación casi al fin del camino, no tiene muchas opciones pero por primera vez toma una decisión trascendente en su vida.
      ¡Te mando un gran abrazo!
      Ariel

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  9. Dicen que no tomar decisiones también es una decisión, o sea, dar el poder a los demás para que decidan por uno también es una decisión. Lástima que Tobías despertara de su 'aletargamiento' ante la perspectiva de un fatal diagnóstico.
    Si el resultado iba a ser el mismo, mejor tomar él la decisión, porque sin duda se marchó contento por su 'iniciativa'.
    Me ha gustado mucho cómo has descrito, con lujo de detalles, la situación ante el doctor y la reacción del enfermo.
    Y me dejas pensando en tantas cosas que, por inercia, dejamos que sucedan sin apenas nuestra intervención, ¡cuántas más haríamos de tener los días o las horas contadas!

    Un beso, Ariel.

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    1. Como tu dices, Chelo, estaría muy bueno que cada uno viviese como si hoy fuese el último día, claro está que sin contar con la sentencia que tiene Tobías. Lo quise colocar en esa situación extrema para poner en evidencia como desperdició su vida y como en forma paradójica, la noticia de la pérdida lo moviliza.
      Creo que la ficción nos permite crear situaciones que nos hacen reflexionar. Es muy buena la que haces al principio del comentario, no había reparado en ello, aunque no es decisión sobre un tema puntual, Tobías se deja llevar por los demás y eso es también una elección. No quisiera entrar en análisis muy profundos, pero hay mucha gente que es de dejarse llevar, por ejemplo, por lo que le "dicen" los medios de comunicación sin realizar un análisis crítico. Pero esto lo digo solo a modo de ejemplo, mi intención es llevar el análisis reflexivo al terreno existencial y por supuesto emotivo, de nosotros como seres humanos y sociales.
      Me alegra que te haya gustado este texto. Es un placer que vengas por aquí, me agrada mucho conocer tu opinión, tu valoración y estas atinadas reflexiones.
      Un beso, Chelo.
      Ariel

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  10. Me hiciste reflexionar sobre temas que solemos abordar solamente cuando la vida nos pone contra las cuerdas. Uno son los médicos como mal necesario, con sus falencias y su incompetencia para comunicar y contener: todo un tema en lo personal... Y otra es la libertad de tomar decisiones sobre nuestro propio final, todo un gran ejercicio de libertad que se insiste en negarnos.
    Un estupendo relato, sorpresivo, emotivo y cargado de un dramatismo bien dosificado.

    Un abrazo!

    Fer

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    1. Fer, cuando escribía el relato pensaba justamente en las posibilidades que nos da la ficción. Quería escribir algo sobre la libertad, sobre las decisiones en situación límite y decisiones menores, cotidianas, si querés. Y como objetivo final me propuse tratar de generar por medio de esta historia el pensar el ejercicio de la libertad. Un relato deja muchas cosas sin decir, y es el que lee el que hace los aportes, el que le agrega todo lo que le falta de acuerdo a sus vivencias personales, que, como en tu caso, lo enriquecen.
      Me alegra que te haya gustado y que me hayas dejado tus reflexiones personales. Y, por supuesto, gracias por los elogios.
      Un beso.
      Ariel

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  11. Qué decirte que no hayan dicho los compañeros, sería repetirme cómo el ajo, teniendo ése Don qué tienes dibujando las palabras, componiendo, pensando la trama, su desarrollo, no es fácil y sobretodo entregarse sin perderse ni perdernos, creas un relato triste con un contenido muy reflexivo a la vez, ojalá pudiésemos decir en ésta vital vida cuando y cómo dejarla, es lo positivo qué tuvo al fín y a cabo el personaje de ésta historia, en plena libertad de decisión, lo qué nunca pudo, muy desgarrador con un análisis totalmente profundo, mi querido Raúl, Bravo!!!

    Un beso, Ariel, hasta tu orilla.

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    1. Así es, Yayone, un relato triste, que así a veces se nos pone la vida en esas encrucijadas que nos tiende cuando menos lo pensamos. Y es en esos momentos en que estamos en el aprieto de decidir. Pero Tobías, como tu dices, hace al fin uso de su libertad de tomar una determinación por sí mismo.
      Es un placer tener tantos y tan hermosos elogios tuyos, con tantas cosas bonitas que dices en este comentario.
      Un beso querida Yayone.
      Ariel

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  12. Hola Ariel, he venido como se dice "tarde" a este impresionante relato tuyo, y veo que todo está dicho. Sin embargo, tengo que volver a comentarte que utilizas el lenguaje como se te antoja aunque siempre al servicio de la historia. Es una narración triste, con menos lirismo, pero con un mensaje potente como el que constituye la redención del personaje a través de la decisión última sobre su vida, que solo le corresponde a él, a diferencia de lo que le ha ocurrido en el devenir de su existencia. También muy apropiado el personaje de Pablo, me ha encantado. Al final, a pesar de todo, nos queda cierto regusto positivo y una invitación a reflexionar.
    Aplausos Ariel y un gran abrazo.

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    1. ¡Hola Ziortza! Nunca es tarde para mi. Sabes, aquí no hay apuros, siéntete libre de acercarte cuando puedas. Me has dejado un comentario muy halagador y eso es muy reconfortante. Te diré algo obvio, creo que las partes buenas de la crítica es lo que buscamos todos cuando publicamos algo: que sea bien recibido y nos lo hagan saber. En este caso es elogio doble porque me resulta más difícil elaborar una historia con menos lirismo que lo habitual. He llegado hasta este relato con la intención de reflexionar y contagiar al lector para que lo haga, como tu dices, y que lo pueda hacer sin que la historia trace un juicio sobre lo que se cuenta. Cada uno tiene su mirada sobre las decisiones que se toman en la vida.
      Es una hermosa noticia saber que el personaje lateral de Pablo, el que observa, te haya gustado. Me pareció que el desenlace quedaría pálido sin ese tercero que da fe de lo que pasa.
      Qué decirte, Ziortza, que muchas gracias por tus palabras tan afectuosas y que me alegra mucho que te haya gustado.
      Yo también te mando un abrazo.
      Ariel

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  13. Un ejercicio de rebeldía es lo que realizó el protagonista de tu impactante relato, pero más aún de lo meramente formal del texto que se resume a un diagnóstico terminal y una decisión valiente, es el modo enorme de contarlo sin darle tregua al lector, y además es tridimensional, pues triplicas las emociones desde la preocupación del Dr. Hauman, del testigo Pablo y desde el interior del que vive la tragedia. Se rompe él a trozos y nosotros, tus lectores, con él.
    Luego está tu mundo gestual con el que nos acercas a los personajes (los dedos de la mano derecha del doctor ajustándose los lentes justo sobre el puente del marco metálico “repetí el gesto al leerlo” y más tarde, cuando se aprieta el tabique nasal como si toda su preocupación por el paciente se acumulara precisamente en esa zona somática…el paciente sentado esperando el diagnóstico con los brazos sober los muslos… el temblor de labios… la caída arlequinada…)
    La angustia no se suelta del lector en todo el trayecto hasta que llega el final redentor y te prometo que di un suspiro de alivio.
    Ariel, has salido de tu zona de confort a la que nos tienes acostumbrados, y aunque el lirismo con letras mayúsculas lo bordas, con este inteligente trabajo de profunda humanidad, demuestras sobradamente que puedes emprender el registro literario que se te de la gana, sin perder ni un gramo tu factura de calidad Ariel.
    Te felicito querido compañero. Un fuerte abrazo.

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    1. Qué decir ante tu comentario, varias veces gracias Isabel, y no se si alcanzan. Es que colocas tu ojo entrenado en todos los detalles "novedosos". Tú me conoces bien e imaginarás que ha sido una tarea más intelectual que de inspiración. Tu sabes que hace rato que estoy buscando estas herramientas. Estuve trabajando mucho con este relato en esos aspectos y por lo visto no han quedado mal. Me hace mucho bien que tú lo pongas de manifiesto, porque tú sabes que al corregir, cortar, reescribir, etc, suelo perder el rumbo. En este caso lo he dejado reposar en dos ocasiones para "desintoxicarme". Fíjate que en el primer intento no estaba Hauman. Pero, en fin, creo que les voy tomando el pulso a las inserciones gestuales, a las transiciones entre descripción y diálogo, esas cuestiones que son tan importantes para no desperdiciar una historia y que quede en la papelera. Como dices tú, he salido de mi zona de confort. Espero seguir mejorando en estos intentos, sin dejar ese sitio que tanto me gusta. O mejor todavía, poder fusionar los dos, pero es solo un objetivo, vamos a ver hasta dónde puedo llegar.
      Gracias, de nuevo, por tus generosas palabras, compañera.
      Un abrazo afectuoso.
      Ariel

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  14. Me vino a la cabeza "El Licenciado Vidriera" de Cervantes, aunque con otro tono.

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    1. Cervantes ¡Qué palabra! Va mi reverencia.

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  15. Hola R. Ariel, me he leído todos los comentarios y la verdad creo que está todo dicho, especialmente en lo relativo a la "profundidad" del relato que ya alguien comentó. En efecto, mi sensación cuando acabas de leerlo, es el de una "carga de profundidad emocional" que acaba de reventar, haciendo añicos todas las esperanzas que uno puede albergar en este "mundo seguro" que nos hemos creado. Sí lo digo con eufemismo porqué muchas veces tendemos a pensar, desde nuestra existencia gris, que esto no tiene fin,... Me he imaginado a Tobias caminando de madrugada por la calles de Buenos Aires intentando remediar lo irremediable, tratando de finalizar con dignidad la vida anodina y dirigida que en el fondo casi todos vivimos,... Creo Ariel que, cuando somos capaces de abrir las cortinas y visualizar en lo que se ha convertido nuestra vida,... es entonces cuando creo que todos nos parecemos un poco a Tobias. Estupendo relato Arien!

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    1. Has visto, Norte, casi todos coincidimos en esa sensación que, a veces, nos invade, un pensamiento repentino que nos hace reflexionar, acerca de si estamos haciendo uso a pleno de nuestra existencia, y nos vemos a nosotros mismos un poco quietos, sin iniciativas, o simplemente esperando que el tiempo pase, o peor aún: que nos digan qué tenemos que hacer o pensar.
      Me alegra que leyendo el relato te hayas podido imaginar a Tobías en esta ciudad, tú que tanto has viajado y conoces Buenos Aires, en el tramo final de su vida. Como tú dices, yo también creo que todos somos un poco él.
      Norte, me alegra mucho que te haya gustado, me emociona mucho lo que dices en tu comentario y cómo lo dices.
      Te mando un gran saludo.
      Ariel

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  16. Ainssss como me has hecho erizar la piel con este relato, mi querido amigo Ariel, aunque no es fácil meterse dentro del personaje, me has hecho meterme dentro de su piel, y he sentido ese escalofrío que recorre el cuerpo el pensar que te dicen esas noticias que te queda un día de vida, ¡qué terrible pensar en ello! es escalofriante, no tengo palabras para tan intenso relato, es una angustia tan grande que nos haces crear con el personaje que me parece una obra de arte este relato.

    Te felicito por tu manera de saber llegar, aunque hoy me hayas encogido el corazón, eso significa que eres un gran escritor, amigo mío.

    Sinceramente, te admiro.

    Un beso enorme.

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    1. Es verdad, María, estoy contigo que no es una situación fácil, todo lo contrario, es una situación que se da con mucha frecuencia, a cuántos les habrá pasado tener que estar frente a un médico que le diga lo que nunca hubieran querido escuchar. Aunque esta es una historia de ficción remite a esos momentos de intensa angustia, a veces me pongo a escribir y me salen estas cosas.
      Pero no son las únicas, María, ya verás que me van a salir más bonitas, aunque no tan espléndidas como las tuyas, tan admirables, plenas de amor y vitalidad. Sabes que siempre me paso por tu blog a ver tus respuestas y lo disfruto mucho.
      Yo también te admiro mucho, María. Además de tus dotes para la poesía y la prosa, admiro mucho la capacidad que tienes para trasmitir emociones en cualquier género.
      Sabes, cuando voy a tu sitio, leo todas las respuestas que haces a los comentarios, a los míos y a los de los demás, es una delicia leerlos. Admiro la vitalidad que tienes para tomarte el tiempo para cada uno de ellos y compruebo ahí el talento que tienes para emocionar con tus respuestas, que a veces son poemas más extensos que el de la entrada. Y me asombra la cantidad y la dedicación que pones en cada uno de ellos.
      Yo también te mando un beso enorme.
      Ariel

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  17. Qué decirte Ariel, tu relato me ha fascinado y emocionado a partes iguales y también ha llegado a tocarme la fibra por cuestiones personales. Ya te dije que tienes ese Don de hacer que quien te lea empatice con los personajes y hasta visualice las escenas como si estuviese en un rinconcito y no tras una pantalla, y yo he podido sentir la angustia, la desesperación y hasta ese crack que hace que se rompa y resucite para tomar la única decisión que realmente ha tomado en su vida sin que nadie se interponga en su camino.
    Un relato magníficamente escrito que te hace que reflexiones sobre tu propia vida y te des cuenta de muchas cosas.
    Solo felicitarte y como siempre un placer pasar por aquí y deleitarme con tus excelentes escritos.
    Besos.

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    1. Hola Mariola. Me alegra enormemente que te haya gustado el relato. Entiendo que dispare emociones que, por otra parte, puedan llegar a ser dolorosas o tristes. Es que a pesar de que es ficción y he intentado colocar la fantasía en ese mal tan extraño que aqueja al personaje y que lo va desmoronando, desmenuzando como si fuese material de una estatua, no deja de remitir a problemas reales de salud y existenciales de ética y moral.
      Te agradezco todas las cosas lindas que dices acerca de las virtudes que ves en este texto, me agrada mucho que me las hagas saber con este afectuoso comentario. Muchas gracias por pasarte por aquí, siempre es un placer que lo hagas.
      Un beso.
      Ariel

      PD. Una pregunta, Mariola. Me sale un alerta de seguridad cuando intento entrar en tu blog ¿podrías decirme si el problema está en tu sitio? De no ser así, debe ser mi ordenador y veré cómo solucionarlo.

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  18. Llego un poco tarde a este relato, la falta de tiempo me impide a veces leeros con la celeridad que hubiera deseado.
    Tratas un tema muy interesante y creo que muy de actualidad en las sociedades actuales, como es la libertad que tenemos o nos dejan para tomar nuestras propias decisiones. Pienso que la propia dinámica social nos condiciona desde que nacemos, se nos vende que una persona de éxito, un ejemplo a imitar por los demás, es aquella que cumple con unos determinados cánones, que triunfa en la adquisición de bienes materiales, que se acomoda a una serie de normas en el comportarse o incluso en el vestir, se nos inculca la sumisión a determinados poderes, económicos, civiles o religiosos, y se nos hace creer que la rebeldía y la insumisión son comportamientos asociales de gentes marginales, perroflautas como se ha puesto de moda decir en mi país. Y a cambio de aceptar esas normas se nos vende la ilusión de que disfrutamos de libertad siempre que no nos salgamos del sendero establecido, podemos consumir sin medida (excepto cuando los problemas tocan a los de arriba, momento en el cual sus pérdidas se enjuagan a costa de los ahorros de los de abajo), podemos disfrutar de un par de días de ocio a la semana y unas semanas al año a cambio de pasar el resto de nuestro tiempo realizando tareas repetitivas cuyo beneficio repercute en su mayor parte en beneficio de unos pocos.
    El protagonista de tu relato es un caso extremo, pues anulado en su yo más íntimo es incapaz de decidir incluso en aspectos muy privados de su vida, pero refleja muy bien ese modelo social en el que vimos inmersos. Finalmente se da cuenta, cuando ya no hay remedio, de que toda su vida ha estado dirigida por otros y en un arrebato de rebeldía toma su propia y última decisión, escapando de sus perseguidores pues incluso en sus últimos momentos pretenden imponerle el seguir con vida. Estupendo relato para la reflexión.
    Sólo le pondría un pero, y permíteme el atrevimiento. Ya sé que es un relato de corte surrealista donde lo importante son las figuras que se quieren representar, pero pienso que incluso en este tipo de relatos deben respetarse las reglas a las que el propio autor circunscribe los hechos. En este sentido, cuando a una persona le quedan horas o día de vida no se toma la decisión de amputarle un miembro (menos aún si son varios en sucesivas operaciones) sino que se le aplican simplemente cuidados paliativos. En mi modesta opinión el periodo de vida al que lo sentencia el médico debería ser al menos de varios meses. Supongo que el hecho de reducirlo a horas pretende que para el lector la idea del suicidio cause menos rechazo que si al protagonista le quedasen meses o años por delante, pero al mismo tiempo pienso que es más valiente por parte del autor decantarse por ésta segunda opción.
    Felicitarte amigo Ariel por este estupendo relato que nos regalas. Un abrazo.

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    1. Interesante e inteligente comentario el que haces, Jorge. Realizas una descripción de la problemática de la sociedad occidental actual que nos encuentra como individuos condicionados por los poderes fácticos, muy detallada y acertada, por cierto. Tobías es una persona que, ante los mandamientos de los diversos ámbitos transitados en su vida, esto es familia, colegio, trabajo, llega a la situación extrema de entregarse completamente a lo que ellos disponen.
      Es un caso extremo, como tú dices, y he querido que así sea para poner de manifiesto que siempre tenemos un poco de libertad para decidir por nosotros mismos, aún ante las más acotadas circunstancias (tiene poco tiempo de vida para llevar a cabo su determinación).
      Pienso que la rebeldía (por ejemplo, ante el protocolo médico) es un buen síntoma social para cambiar lo establecido por el poder real y que la utilización de la libertad implica siempre un conflicto (por ejemplo, con la policía cuando se escapa de la clínica), una lucha contra una oposición a vencer. Y que a veces (como ocurre por ejemplo en las protestas sociales) es necesaria la participación del otro (Pablo).
      Con esto solo quiero darte a conocer algunas cosas en las que pensé cuando escribía, haciendo un paralelo con algunos tramos de la historia de Tobías. Cada uno de los que ha leído ha hecho una reflexión de acuerdo a su manera de pensar. Creo que es uno de los objetivos que yo persigo al escribir, poner algún tema para que reflexionemos, en este caso sobre un aspecto existencial, sobre la libertad, las decisiones que tomamos para fabricar la persona que somos. Estoy muy contento que esta historia haya servido para eso.
      Con respecto al período que dura la sentencia, me he inclinado por hacerla breve, fue lo que imaginé de entrada. Al no tener yo conocimientos sobre medicina, inventé una enfermedad inexistente y le puse ese terrible protocolo, seguramente haya sido algo autorreferencial, creo que cuando escribo ficción no puedo desprenderme de mis vivencias.
      Muchas gracias, amigo Jorge, por pasarte por aquí y por dejarme este extenso y tan afectuoso comentario (me encantan que sea extensos).
      Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  19. Doble felicitación, o triple. Me explico:
    Primero porque has salido de tu estilo narrativo más habitual, muy lírico, que ya dominabas, para narrar en una clave más, ¿cómo diría?, más cerebral, con una prosa más escueta, yo diría casi sin adornos. Y lo has bordado.
    Segundo por la historia, absolutamente original esa historia de un hombre que padece tan extraña enfermedad, una enfermedad que es casi una metáfora: un hombre que se hace añicos y que se petrifica.
    Tercero, porque, como siempre, generas emociones. En este caso consigues que sintamos toda la angustia del protagonista.
    Y por último, es un texto que da mucho que reflexionar. Una vida, como tantas, vivida sin ningún entusiasmo, dirigida por otros. Una vida totalmente pasiva de la que toma conciencia en su último día y de la que se rebela decidiendo y eligiendo algo por fin: su muerte.
    Un relato excelente y profundo. Me ha encantado.

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    1. Muchas gracias por tus tres felicitaciones Mari, es una alegría que te pases por aquí.
      Sí, te diré que me ha costado despegarme de esa tendencia a la lírica que tú mencionas, porque es algo que me nace espontáneamente y además me da satisfacción. Lo que pasa es que, me parece, es el modo de que dispongo para llegar más intensamente a lo emotivo, a los sentimientos, que es una de las cosas que más me interesa expresar. En este caso he sentido (me confieso) que le faltaba más sentimiento a la historia. Tuve muchas dudas (como siempre) antes de subirlo. Es más, estuve a punto de descartarlo como he hecho con otros tantos relatos, porque me parecía demasiado plano, no sé cómo decirlo de otra manera.
      De lo que estuve más seguro es de la historia, del contenido, en especial de esa enfermedad que desmenuza al personaje, una metáfora como tú dices. Me vino a la cabeza como un derrumbe del individuo que tiene la libertad de construirse y se da cuenta que es solo piedra, un ser gris que no decide, no tiene sueños, ni ilusiones, no es consciencia de sí mismo ni del mundo, es ser inerte, solo materia. Y te digo esto porque me daba la posibilidad de hablar de la libertad, aunque sea un poquito.
      Y por supuesto, elegir esa circunstancia dramática para obligarlo a que decida, aunque sea una decisión negativa, esto es la del suicidio, pero que sea propia y que tenga un significado que lo dignifique, y que tenga un testigo, Pablo, que de testimonio de lo que ha hecho, que se salve de ese modo de quedar convertido, totalmente, en piedra sin alma.
      En fin, Mari, que me alegra que hayas venido a conversar un poco en este sitio con este porteño que, como sabes, te guarda mucho afecto.
      Un abrazo.
      Ariel

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