domingo, 19 de febrero de 2017

Aromas



   Este barrio se llamaba Palermo Viejo, nombre asociado por defecto a los bravos cuchilleros del arroyo Maldonado y, que ahora corre silenciado debajo del cemento de la avenida ancha. Este sitio todavía se resiste al paso de los años con sus viviendas de patios abiertos con aljibe en el centro, con brocal de ladrillos de canto, forrados con azulejos, coronados con arcos de hierro forjado.
   Este es tu barrio.
   Hace muchos años éstos eran ámbitos de Buenos Aires con perfume a tango, con ventanas de rejas altas a la calle y macetas de malvones en el alféizar. Las veredas angostas eran un desafío para el paso cansino de los compadritos tanto como los empedrados de las aceras eran tropiezos al paso de los carros. Pero esto es la estampa de una época anterior y se conserva en los retratos de color sepia, esas imágenes de cuando nuestros abuelos eran niños que jugaban en la calle. 
   De todas maneras, las épocas aun hoy se confunden, se mezclan presente y pasado en los rincones más insólitos. Al lado de las torres modernas se ven, a veces, aislados resabios de casas antiguas, con cuartitos escondidos tras las rejas tapiadas, patios con los pastos crecidos. El avance desalmado del progreso las asusta. La tristeza se hace oír con el golpeteo de las ventanas desvencijadas cuando se agitan solitarias en los días de tormenta.
   Hace poco que nos conocemos y hoy vine hasta aquí a verte de nuevo. 
   Vengo desde la avenida, llegué caminando por estas calles en las cuales permanecen retazos, si se presta atención a los detalles, del espíritu del arrabal de fines del siglo diecinueve. Estas casas son esquivas a la mirada como lo son nuestros duendes del pasado, pero de soslayo, percibo latigazos relampagueantes del pasado, yo reconozco las formas ancianas de algunas construcciones antiguas, casi en ruinas, con los frisos abiertos debido a las heridas del tiempo, con la sangre seca, descascaradas. 
   En mi memoria se abre un espacio difuso porque yo también conservo recuerdos parecidos de mi barrio, de sucesos míticos contados de generación en generación, o leídos, estimulados en este recorrido por los olores agrios que despiden las maderas nobles de los portones, los aromas del vino en cubas de las bodegas con pisos cuadriculados. Los puedo observar a mi paso espiando hacia los interiores de las viviendas, cascados por el desgaste debido al tránsito antiguo de botas y alpargatas. 
   He llegado y te veo bajar presurosa a abrirme la puerta de entrada. Te he dado un beso y luego, al salir del ascensor, ya en el sexto nivel, me has tomado de la mano y accedemos al pasillo oscuro donde se asoman las puertas de todos los vecinos del piso. Es el espacio común del edificio, a veces silencioso, a veces susurrante, con el arrullo intrépido de las subidas y las bajadas, con el ruido del abrir y cerrar de puertas metálicas, un sonido que se esparce vertical y horizontal, más o menos intenso de acuerdo a la pesadez del aire y a la temperatura de las estaciones. 
   Entramos. Los espacios de las habitaciones de tu departamento siempre sugieren algo acogedor, femenino, cargados de fragancias agradables y, cuando yo ya estoy dentro, esas esencias crecen y colman todos los rincones de forma tal que cuando se aquietan se tornan reconocibles.
   Lo que afuera ha sido una intuición de vegetales, aquí dentro huele con precisión a morrones rojos, puestos a asar encima de la tostadora. Más tarde tus dedos ágiles los darán vuelta, los harás quemar parejo y después, seguro les quitarás el pellejo oscuro, rescatarás la pulpa escarlata, los cortarás en trozos angostos y los bañarás en aceite denso para que su sabor sea más delicioso. 
   Sumiso en tu territorio, me invade un sentimiento de ternura y asciende hasta la base de mi cuello. Entonces tengo una sensación extraña. Mi figura se convierte en una especie de asombro. Te observo de pie con mis pupilas apuntando a tus manos pequeñas, pero no puedo dejar de mirar a tu cuerpo menudo ostentando tu espalda casi al descubierto. Soy un intruso a la vez muy cerca y muy lejos de tus suaves y seguros movimientos. Me asomo, con cierto pudor, a tu agilidad para acomodar ollas en el pasillo estrecho de la reducida cocina. 
   Con mis ojos atentos te observo inclinada sobre el palote o agachada en cuclillas retirando el pan de gluten del horno, envuelto en los infinitos aromas que emanan de los minúsculos poros de la corteza castaña. Admiro la agilidad de tus dedos y la certera delicadeza de la maniobra para tomarlo y depositarlo sobre la tabla como un monumento recién concluido. 
   Al día siguiente, después de pasar la noche juntos, se instala en tu cuarto el lento despertar de los objetos y los rayos de luz palpan tímidos los rincones secretos del dormitorio. Amanecemos sorprendidos los dos con la tentación a flor de piel y hacia allí me conducen las señales de tus ojos, a sumergirme en tu abismo sin sentir vértigo, a embriagarme con el néctar de tu colmena encendida en los fuegos de tu territorio ofrecido. Y después de las batallas interminables quedamos exhaustos, con las sábanas revueltas por los movimientos de amantes desesperados, cautivos culpables de los gestos que propone la inminencia y la consumación de nuestros deseos. 
   Luego vendrá la ceremonia del desayuno a reemplazar las dulzuras de los besos por los perfumes del aire de la mañana que se cuelan por las hendijas de la ventana.
Me acerco a la cocina y te sorprendo de espaldas. Al advertir mi presencia te das vuelta y tu mirada me hace cómplice en la fiesta de cacerolas y alimentos frescos. Puedo oír el rumor apagado de tus pies descalzos, imagino crujir bajo tus pasos una alfombra de hojas secas de plantas otoñales, te sueño caminar como una diosa sobre la turba callada del suelo hueco de colinas imaginarias. 
   El agua caliente cae sobre la yerba y levanta humo tenue desde la boca del mate hacia arriba flotando hasta desaparecer. No hace falta que ninguno hable. La mañana llega y los dos ansiamos disfrutar este momento. Es necesario para eso mirarse a los ojos. Yo me detengo sobre los tuyos imaginando cosas y sin pronunciar palabra me mantengo en silencio. 
   Ahora sé, estoy seguro. Hay dos cosas que te definen. Una es la mirada serena de la percepción profunda de tu alma, y la otra es tu voz, tan clara, contando nuestra historia de ternuras. Más aún quizás que tu sonrisa, casi, casi, tan escandalosa, que sería capaz de entristecer a un campo de maíz iluminado de sol en un mediodía de verano.





Este cuento pertenece al libro "Páginas barrocas".

Registrado en la Cámara Argentina del Libro.
ISBN.AR http://www.isbn.org.ar/

Victoriano, Raúl Ariel
Páginas barrocas / Raúl Ariel Victoriano. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Raúl Ariel Victoriano, 2018.
Libro digital, PDF

Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-42-8661-1

1. Antología de Cuentos. I. Título.
CDD A863




sábado, 11 de febrero de 2017