sábado, 25 de febrero de 2017

Cuando hay nubes sobre el río



Marzo de 2017

   Lorena deja atrás la puerta exterior del edificio donde vive y sale a la vereda. Se toma los extremos de la campera negra, sube el cierre y se mete las manos en los bolsillos, como abrazándose. Está vestida así nomás, con los jeans azules y las zapatillas color turquesa. Sencilla, pero sin perder la elegancia que nunca descuida, tratando de usar ropa de colores para levantar su ánimo. Eso sí, va sin pintura, sin maquillaje, no le gusta que se le corra el rímel y que la miren con compasión, detesta generar lástima. Alza los hombros y con la cabeza erguida comienza su caminata por Azcuénaga hacia abajo, hacia el norte, como buscando el suave descenso del terreno que anuncia la cercanía del río. Y piensa.

   Me abruma el horror, tengo los sueños quebrados y el frío entre los huesos. Esquivo a la gente en esta tarde plomiza. Las nubes oscuras están suspendidas como un sombrero de grandes alas abiertas sobre Plaza Francia. Hace cinco años de la masacre. Desde esa fecha tengo el alma cortada por el bisturí filoso del recuerdo. Guardo las imágenes detenidas en la memoria para que duelan menos.

   Cuando llega a la plazoleta triangular de Pueyrredón se detiene, mira a ambos lados y cruza, sube la pendiente de césped hasta el monumento y avanza un poco más, a un sitio más tranquilo, se sienta en el banco plano de cemento, mirando hacia la avenida del Libertador. Sigue envuelta en sus pensamientos.

   No sé decir cuál es la porción más triste de mi cuerpo, no tengo partes, soy un todo que sufre. Y mi miedo está más allá, en los puños de Juan acosándome, tan teñidos de rencor. Él se presenta en mis sueños con la ira en las pupilas y, al sentir esa mirada, mi cabeza estalla porque me sopla la muerte en el rostro. Y todo se vuelve oscuro o rojo.

   La hierba está húmeda en este desnivel que se encuentra por detrás de la explanada de la estatua, pero a ella no le importa mojarse los pies. Tiene la constancia innata de su condición de mujer, viene aquí todos los viernes cuando hay nubes sobre el río. Desde esta loma observa el frente del Museo de Bellas Artes y sabe, aunque no alcanza a divisarlo, que más allá, se desliza con disimulo la correntada del amplio estuario rumbo al mar. Hace un rato ha empezado a lloviznar y siente la humedad en la ropa. Decide cubrirse la cabeza con la capucha de la campera, y se cruza de piernas, meditando.

   ¿Qué hago aquí mirando hacia arriba? Quiero imaginar que bajarán del cielo las almas de mis niñas, y vendrán a mojar sus cabellos claros en la corriente de aguas agitadas, en ese torrente vagabundo escondido tras la espalda del edificio alargado. Pienso en esto y me tiembla la mano, levemente, es un movimiento imperceptible, una onda se extiende hacia la punta de mi dedo y lo mueve, como el viento mueve ahora el extremo del mástil donde flamea la bandera y giran las palomas.

   Bajo la garúa tenue que ensombrece el día, Lorena, evoca la noche del bárbaro exterminio, cuando su esposo Juan asesinó a las mellizas, las hijas de ambos, hace cinco años, y le brotan los gemidos, aún tiene el desconsuelo adentro del alma, un tajo le divide en dos su historia. Cierra un puño y con el otro saca el pañuelo para secarse las mejillas, más por las lágrimas que por la llovizna, mientras sigue pensando.

   ¿Cómo se orientarán en el vuelo las almas de mis nenas si él les ha cegado la vista? ¿Cómo podrán volar golpeando sus alas contra las ramas, contra las paredes claras de los edificios? No puedo olvidar la mueca del espanto en sus ojos. Poco pude hacer mientras él descargaba su furia. No pude sujetarle los brazos fuertes a esa bestia bruta ni callar su rugido enloquecido. A mí también me apuñaló con su daga, pero no me mató, fue aún más cruel al dejarme viva. No pude frenarlo hasta que concluyó la tarea, ciego de odio, no sé de dónde traía tanta rabia acumulada en su cuchillo. Me dejó herida junto a los cuerpos descuartizados sobre la cama.
   Levanto la vista buscando en la atmósfera alguna imagen que me devuelva o me reavive los recuerdos de sus sonrisas ¿Por qué vengo aquí si esto significa una tortura más? Porque necesito salir del lodo, cerrar los párpados, aunque sea un instante y poder verlas. Necesito soñar, ver las manos de mis niñas, pero inmaculadas, sanadas por estas aguas bautismales. Quiero imaginar algo dulce, suavizar mi corazón agrietado, quitarme el escalofrío de sus ausencias. Anhelo desatar la amargura tejida entre las fibras de mi alma. Deseo que la humedad del invierno eterno de mi alma condenada se evapore.

   Suena el celular en su bolsillo, lo saca y lo acerca a su oído mientras se tapa el otro para escuchar mejor. La llamada es de Tilo que le pregunta cómo se siente. Se conocen del club nocturno “Trópico”, cuando él tenía doce años y ella estaba en sus espléndidos veintiséis. Son amigos desde ese entonces y él conoce su drama. Lorena ahora tiene cuarenta y siete años y el alma rota, corroída por dentro. A pesar de eso sigue siendo hermosa, su rostro de rasgos finos conserva todo su atractivo. 
   Endereza la espalda, entorna un poco los párpados prestando atención y contesta: «Bien, todo bien. Sí, sí, estoy aquí, en el mismo lugar de siempre. Sí, no te preocupes…pero hoy no, prefiero que nos veamos otro día, sabés…mañana, mejor mañana…llamame.» Guarda el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón, quiere olvidar la presencia de ese objeto cotidiano y continuar hilando pensamientos.

   Me acuerdo que esa noche lloraba mucho, no me podía contener, no podía pensar y temblaba ¿Qué había pasado? No sé. Tal vez me quería pegar a mí y pensó que el castigo sería más cruel haciéndole daño a las nenas ¿Por qué no empezó conmigo?, si siempre lo hacía. Y no hubiese pasado nada, yo lo hubiese soportado, lo había hecho tantas veces. Si yo siempre aguanté sus gritos, sus golpes y su violencia. No estuve nerviosa al principio, después sí, cuando comenzó la masacre que me mutiló la vida.

   La soledad la invade, no lo puede evitar. Le pasa lo mismo todos los viernes. Viene hasta aquí como un Jesucristo al Gólgota, a sacrificarse una vez más, a someterse a su calvario. Las imágenes, los llantos, los gritos, bailan una danza infernal en su mente, sus demonios la persiguen y no deja de cavilar.

   Todavía me acuerdo. En ese preciso momento comencé a sentir el miedo, cuando se escapó cerrando la puerta con ese golpe tremendo. Un diluvio interno me oscureció la mente y la trasformó en musgo. Mis ojos eran una masa viscosa que se me derramaba sobre la cara, estaban tan blandos. No pude evitar mirar hacia otro lado, había mucho color rojo en la habitación. Pasé la tarde y la noche siguientes hecha un ovillo, sin hacer nada, en la cama ensangrentada, gimiendo, inmóvil. El terror no vino de golpe, se acercó con sigilo y me fue apretando hasta dejarme quieta como una piedra. Después de todo ese tiempo transcurrido, interminable, me pude empezar a mover, a tomar consciencia, hacer algo, y recién entonces me levanté despacio a llamar a la policía. Después tuve que soportar el funeral, los pequeños ataúdes blancos, ¡qué horror!

   Ahora recuerda que cuando había pasado un año del suceso, entró en una depresión muy intensa y se cortó las venas de la muñeca con una navaja. Esta distracción del pensamiento le hace bajar instintivamente la cabeza. Se levanta la manga de la campera y se mira la cicatriz blanca. Es un ademán incorporado, es un hábito observarse este tatuaje. Es el resabio de aquella determinación dramática para mitigar su angustia definitivamente, aunque solo le sirvió para sumar otro fracaso. En este lugar aislado rodeada de árboles no se siente observada, no está expuesta a las indagaciones furtivas que puedan atizar el rescoldo de aquella humillación.
   Aquella tarde dejó fluir el líquido tibio y se dejó ir, buscando los brazos de la nada hasta que todo se puso negro. Pero no logró su cometido. Buscó el descanso y el destino se burló prolongando su penitencia. Los médicos la salvaron ¿De qué la salvaron? —se pregunta —, si la volvieron a colgar de su cruz con el vientre seco. 
   Ahora se mira las zapatillas. Se va mojando cada vez más. Y también los jeans, que se oscurecen con el agua. Plaza Francia está solitaria. La lluvia reaviva algunos matices, destiñe un poco la congoja de las flores. Ella sigue sentada ahí de todas maneras. Las gotas acarician su cuerpo desvalido, su figura desamparada tiende a confundirse con los colores apenados del parque. Se sustenta con su estigma indeleble, el de las mujeres marcadas por los destinos desafortunados. 
   Una chiquilla se acerca a pedirle una moneda para comprar algo de comida. La voz de la pequeña la saca de sus cavilaciones, pero no se molesta, quiere ver el rostro de esa niña, gira la cabeza y la mira. Debe tener la misma edad que las mellizas, si vivieran. Pobrecita, piensa, la mirada sin ilusión, ahí parada, quieta con la mano extendida. Lorena le dice que no moviendo la cabeza y la nena se va corriendo. La ve cuando se pierde entre los árboles, su figura se empequeñece hasta que se pierde entre los peatones que caminan por la vereda. Y entonces, sigue reflexionando y alza la cabeza.

   Juego a que las veo allí arriba, riéndose por encima de la piel del río. Son los bordes grises de los nubarrones, forman los dibujos de los rostros de mis niñas sonriendo suspendidas en el espacio. Despiertan mi imaginación las siluetas difusas que flotan por el aire. Es lo que justifica mi presencia aquí, en estos momentos en que me asalta la melancolía. Se me agrupan las preguntas y pongo en duda la visión de estas imágenes que se arman y se desarman. Vengo a soñarlas danzando en las neblinas tenues y las panzas oscuras que corren en el cielo. A veces tengo una certeza, sí, lo juro, me lo afirman las cosquillas que recorren mi panza y mi vientre, esas señales no engañan a una madre. Y luego dudo de nuevo de estos pensamientos perturbados, oscilo entre la verdad y el engaño en un delicado equilibrio. 

   En este momento sube el rubor a sus mejillas y quisiera gritar con toda la furia contenida los nombres de sus hijas. Pero se calla, tantos años pasaron, tiene su garganta arañada de lamentos. Menos mal que no lo ha hecho, la tomarían por loca. Mira alrededor. Entre los árboles hay poca gente paseando, por eso elige este sitio para su intimidad.
   Todos los viernes viene aquí, se reconforta en el ensueño de la danza de los flecos de la bruma ahí en lo alto, y hoy le agrada mentirse que ha sucedido algo. Ha percibido un calor entre sus brazos, como si unos pequeños labios bebieran de sus pechos blancos. Ha tenido la sensación de dar la leche tibia como cuando las amamantaba. Todas estas sensaciones calman su pena. Se toma el mentón porque quiere aquietar el temblor que la sacude tratando de evitar más lágrimas. Y continúa luego con sus reflexiones.

   Mis ángeles no son pájaros extintos que se estrellan en la superficie del agua, han volado alto, se han ido por encima de las nubes. Ya no imagino sus movimientos, quiero aguardar muda por un rato, por si vuelven, es tan lindo, aunque sé que es en vano, siento que el falso milagro se desvanece en el aire.

   ¿Cómo puede seguir en pie con tanta muerte encima?, mendigando la aparición fugaz de sus niñas en el cielo, sin siquiera poder acariciarlas. Vuelve a su tormento cotidiano, con la memoria de tanta violencia encarnizada, con sus pesares teñidos de sangre. Sus preguntas se acumulan, ¿se podrá levantar mañana?, ¿cuál es el exorcismo que la puede sacar de este infierno? Todos estos interrogantes se ven plasmados en su rostro serio, en medio de este parque verde, luego del momento de encantamiento que ha imaginado. Pero su mente no se detiene.

   A pesar de todo el dolor que ha sembrado, Juan vive. Ese asesino aún purga su delito en la cárcel. Crimen pasional y emoción violenta, esgrimieron en la defensa para encubrir el feminicidio agravado. Él, miserable cínico, cuando los magistrados leyeron la sentencia, seguramente no se acordó del horror en mi cara, de las sábanas con enormes manchas púrpuras, de los chorros escarlata que brotaban de los cuerpos destrozados de las mellizas. Seguro no recordó esa carnicería. Todavía hoy me parece tener ante mi vista el arma enrojecida, congelada en un instante de mi memoria, luego de la devastación abominable de las quince puñaladas que recibieron mis pequeñas. Un animal hubiese sido menos violento. Con ese hombre estuve casada. Pienso que me voy a volver loca, estoy vacía por dentro, con el útero marchito, calcinado, solo existo para contar lo sucedido, mi vida no tiene otro sentido, por eso vengo a intentar calmar un poco de mi pena, acá, todos los viernes.

   La piel del rostro se le tensa con un gesto nervioso, se incorpora de su asiento y con las manos en los bolsillos emprende el regreso a su casa. Cruza Pueyrredón, y luego Azcuénaga. Llega a la entrada del edificio, la lluvia ha cesado, saca las llaves y abre. Toma el ascensor, vive en el piso doce. Llega a su departamento y entra. La puerta se cierra detrás, la engulle, y el pasillo queda en silencio.
   Han pasado cinco horas desde que dejó el banco del parque. Suena el celular. Lorena lo dejó sobre la mesa. Debe ser una nueva llamada de Tilo. Una brisa cruza la sala, está su ropa empapada esparcida por el piso, la campera, el vestido, hasta la bombacha rosa y el corpiño blanco. La ventana que da al exterior tiene las dos hojas completamente abiertas, las cortinas se agitan dejando ver el hueco descomunal, como si no hubiera pared. 
   Abajo, en la vereda está el cuerpo aplastado contra el piso de una mujer desnuda, desarmado sobre las baldosas, boca abajo. La policía ha puesto una cinta amarilla con bandas negras, hay gente que forma un círculo alrededor. Un perito extrae y despliega los instrumentos de la valija, saca fotografías y luego realiza marcas en el piso alrededor del cadáver. 
   En cada una de las esquinas hay un patrullero cerrando el paso al tránsito, al lado de una valla está la ambulancia, los tres vehículos tienen encendidas las balizas. Detrás del cerco, el enfermero ha desplegado una camilla, y al lado, el médico espera la orden policial para iniciar el traslado hacia la morgue.



   Tilo, con su figura alta y espigada, de casi un metro noventa, recto como un junco, viene caminando apurado, y sin detener sus pasos guarda el celular en el bolsillo derecho de su campera de cuero. Se acerca al patrullero, se inclina, apoya el codo en la ventanilla delantera y habla brevemente con el inspector que está al volante, a quien conoce. 
   Luego se separa de él y se asoma por encima de la cinta para ver el cuerpo. Su cara está impasible, como siempre, no se nota ninguna emoción en su rostro, pero ahora advierte que se le han acelerado los latidos. Se da vuelta y sube al departamento de Lorena. Sale rápido del ascensor con las llaves en la mano, sin tocar el timbre abre y entra. Ve la ventana abierta y las ropas tiradas en el piso. Escucha correr el agua en la ducha, su mirada gélida se clava en el fondo, de donde viene el rumor del agua cayendo sobre la cerámica.
   —¡Lorena! —su voz clara y estentórea, sin llegar a ser un grito, llega hasta el pasillo que da al baño. Espera algún sonido, alguna señal, su cabeza erguida está atenta, como la de un felino cuando las aves silencian sus cantos ante un cataclismo.
   —Acá estoy, ya salgo —dice ella. Su voz se escucha desde lejos porque la puerta de la ducha está cerrada.
   Y es ahí que, sin perder la frialdad de su compostura habitual, los músculos de Tilo se relajan. Entonces se sienta, ya más tranquilo y espera. Y mientras tanto, en un gesto en apariencia descuidado, alivia la tensión de los momentos previos, haciendo girar con el dedo el celular que se encuentra sobre la mesa de caoba. Su rostro se mantiene intacto, como si fuese un experto jugador de póker luego de haber ganado la partida decisiva.
   Al rato aparece ella, envuelta en una toalla de baño. Se acomoda la melena corta de cabellos negros, lacios, todavía mojados. Le pregunta, intrigada, por qué vino, si pasa algo, mientras lo saluda ofreciéndole la mejilla y retirando con su índice el mechón de ese lado. Tiene sus ojos oscuros irritados porque ha estado llorando mucho. Él le dice que se había preocupado porque no le contestaba el teléfono. Ella se agacha a recoger la ropa tirada y cierra la ventana.
   Tilo piensa en los viernes de Lorena, le parece que algún día va a bajar los brazos. Por eso siempre está pendiente, trata de contenerla, conoce toda su tragedia. Solo una mujer puede cargar con tanto dolor ¿De dónde saca fuerzas? A veces la ve endeble, como un trozo de escarcha bajo el paso de las botas de una escuadra de soldados. La imagina suspendida al borde de un precipicio, tomada con los dedos de sus manos delgadas, y soltándose por fin de las rocas, cayendo al vacío dando fin a su martirio, sin ganas ya de sostenerse. A veces teme eso. 
   —¿Te preparo un café? —pregunta ella desde la cocina.
   Tilo sale de sus pensamientos y contesta que sí, que tiene un rato para quedarse a conversar. Entonces observa en un rincón, junto a la elegante lámpara de pie, la pancarta grande con la leyenda “#NiUnaMenos. Vivas nos queremos” que ella va a llevar a la concentración del 8 de marzo, con letras enormes, en negro sobre fondo blanco, apoyada contra la pared, con un cabo largo de madera de donde la tomará con las dos manos. 
   Lorena se asoma desde la cocina, lo ve mirando hacia esa esquina de la sala y le dice seria.
   —La estuve preparando anoche.
   Y agita la cucharita, revolviendo en el pocillo de café, un poco más rápido que antes.




Este cuento pertenece al libro "Tilo".


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sábado, 11 de febrero de 2017

El hombre indefinido


   —Siéntese un momento, por favor —le dijo el Dr. Hauman, ajustándose los lentes con el dedo mayor, justo sobre el puente del marco metálico, mientras repasaba, en un ademán mecánico, las hojas del expediente clínico que tenía delante, sobre la mesa de esta oficina del tercer piso del sanatorio. 
   “Ingreso por guardia. Disminución movilidad mano izquierda. Se ordena internación para estudio”. En realidad, ya lo había leído todo, solo corroboraba datos. Al tipo le habían realizado todos los análisis de rigor y aún algunos más sofisticados. Padecía de una atrofia progresiva muy extraña, en estado avanzado, la cual le iba disminuyendo la irrigación sanguínea. 
   El proceso había comenzado por las extremidades y avanzaba por todo el cuerpo. No había solución, se iría entumeciendo de a poco, como le sucede a un árbol enfermo, al cual se le secan primero las ramas y luego el tallo completo. La única salida era la amputación de miembros con venas y arterias obstruidas. Es decir, la muerte daba su dictamen, y el jefe de piso, él precisamente, se lo debía comunicar, y para eso le había pedido a la enfermera de guardia que lo trajera a esta oficina.
   Cerró la carpeta, levantó la vista del expediente y miró a los ojos del hombre (cincuenta años, obrero de la construcción, soltero, sin descendencia, padres ya fallecidos, hijo único) vestido con el camisolín, cofia y sandalias de rigor en terapia intermedia. 
   El paciente estaba sentado frente a él, todo de blanco, con los brazos sobre los muslos y la espalda erguida, sosteniendo su mirada como un procesado ante el juez, esperando el diagnóstico. No se había apoyado sobre el escritorio porque le pareció invadir un espacio sin haber solicitado permiso. Aguardaba con impaciencia la palabra del médico. 
   El Dr. Hauman, traumatólogo, apoyó las palmas sobre la carátula de la historia clínica. Decía Tobías A. Gómez, con letras de imprenta, grandes. Arqueando las cejas y con el ceño levemente fruncido le dijo con voz de barítono.
   —Sr. Gómez, se trata de una afección muy poco usual, le va atacando al sistema circulatorio, por eso tiene dificultades para mover su mano…
   —¿Y cómo es el tratamiento doctor? —dijo Tobías cuando Hauman terminó la frase.
   —Lamento decirle esto, Sr. Gómez, pero no tiene tratamiento —aseguró el médico en un tono más pausado, sin dejar de mirarlo.
   —No…no entiendo doctor.
   —El primer paso es amputar el miembro afectado… después iremos viendo cómo avanza…y de ser necesario seguir con el protocolo…
   Hauman estaba haciendo un esfuerzo para continuar. Tobías lo notó perfectamente, y aunque no era una persona con la habilidad de percibir las emociones de los demás, las palabras del traumatólogo le habían “sonado” mal, lo asaltó el temor y preguntó apresurado.
   —¿A qué procedimiento se refiere? …seguir amputando… ¿eso me quiere decir? —y las últimas palabras salieron de Tobías con un temblor en los labios que hubiese querido disimular. Vio la confirmación de sus dudas en el rostro adusto del médico y se le tensaron súbitamente los músculos de la espalda.
   —Así es Sr. Gómez…y debo decirle algo más: este proceso por lo general es muy rápido…
   —¿Qué me quiere decir?
   El médico hubiera preferido comunicárselo a algún familiar, pero el hombre no tenía a nadie. Lo mejor era no alargar la espera.
   —Le quedan pocas horas de vida… un día…a lo sumo dos, no es algo exacto. Lo siento mucho.
   En eso consistió la conversación. Tobías a partir de ese momento enmudeció, se sintió en el aire como si se le hubiesen alivianado los huesos, aunque se levantó como si el cuerpo le pesara doscientos kilos, y en silencio volvió a la habitación. 
   Ni bien la puerta se cerró, el jefe de piso se quitó los lentes, se recostó sobre el respaldo de la silla, y con las yemas del pulgar y el índice apretó la parte superior del tabique nasal, donde se une con la frente, cerrando los ojos. Eran las dos de la mañana y sintió un gran cansancio, aunque recién había empezado el turno de guardia.
   En la habitación, Tobías se levantaba y se acostaba, estaba inquieto. El mundo se le había venido abajo. Por primera vez experimentaba una emoción de esa magnitud, había escuchado la sentencia de su propia muerte. Pensó en su pasado. Su existencia había sido gris, sin sucesos importantes, casi sin la intervención de su voluntad, y así estaba por terminar, sin que él lo dispusiera y aceptando su mala fortuna.
   Su madre había fallecido cuando él estaba en la escuela primaria y terminó sus estudios a los empujones, iba al colegio sin ganas. Después, cuando se terminaron las clases del último año, su padre, una persona hosca y sombría, de quién nunca recibió un gesto de ternura, le dijo: «Nada de secundaria, a trabajar, la olla no se para sola, ya sos grande y yo solo no puedo con todo». Y fue, también su padre, quien le consiguió el trabajo en la Constructora. 
Las principales decisiones siempre las habían tomado los demás. Su debut sexual lo definió la barra de su barrio, lo llevaron los amigos un día que fueron todos al Dock Sud. Con Mariela había pasado algo similar, ella insistió en que se pusieran de novios y también fue ella quién lo dejó.
   Pensaba en eso mientras observaba su mano, la sentía fría y estaba perdiendo color. Se levantó, apoyó todos los dedos y la frente sobre la pared y por primera vez ensayó una especie de llanto, cerró los párpados apretando con fuerza los ojos. No salieron lágrimas, pero empezó a gemir sacudiendo la cabeza. Ahí fue cuando le salió el grito.
   —Noooooooo… —dijo con un sonido sostenido, apagado por los músculos apretados de su garganta, prolongado hasta la última exhalación del aire de sus pulmones.
   Con la cabeza gacha y el mentón casi contra el pecho empezó a zapatear con la sandalia derecha dando golpes en el piso como un chico rabioso, repitiendo esa negación, guardada desde siempre en sus adentros, aflorando a borbotones, hasta agotarse lentamente en las estribaciones de los hipidos.
   Cuando se calmó miró alrededor como si hubiera alguien más en la habitación y sintió vergüenza, se compuso y volvió a la cama. Repasó de nuevo. Y, sí, toda su vida estaba signada por las decisiones de los demás. Siempre había sido obediente, nunca llegaba tarde al trabajo, cumplía con las órdenes al pie de la letra. Ponía en evidencia esta particularidad hasta en las más sencillas ocasiones. Le costaba elegir hasta cuando estaba delante de los cajones de madera de la verdulería, tomar decisiones lo inquietaba, le provocaba angustia.
   Por eso, se sorprendió a sí mismo cuando decidió negarse a la amputación. Esa actitud tan llamativa le salió de adentro, la había tomado casi sin pensar. A eso no se iba a someter ¿le querían cortar la mano?, de ninguna manera, no lo permitiría. Rebobinó de un tirón todo su pasado y advirtió una inesperada rebeldía, el nacimiento, el comienzo de un cambio que asomaba en él justo cuando se estaba yendo de este mundo. La actividad de su mente aumentaba, estaba más activa. Sus pensamientos habían despertado de su larga siesta, revividos por la fiebre del temor, en esta torpe paradoja mientras el cuerpo se le estaba muriendo. El médico habló de un día y ese recuerdo le volvió a sacudir la desesperación.
   A la madrugada, meditando, advirtió que podía resumir sus cincuenta años en una página, con eso era suficiente, alcanzaba y sobraba, porque aún le quedaban renglones vacíos donde escribir. Hauman le había puesto el punto final a su historia. Se acostaba en la cama mirando el techo, después se levantaba y andaba de aquí para allá, se tomaba la cabeza y cerraba los ojos, no sabía qué hacer y no tenía a nadie a quién consultar, solo atinaba a resistirse a ese implacable protocolo. Así pasaron cuatro horas infernales, y llegó el momento, casi como un descubrimiento del azar, en el cual Tobías se iluminó por dentro. Algo parecido a un plan se le reveló en los intersticios de su cabeza en ese instante fugaz, y sin decir palabra lo comenzó a poner en práctica, se trataba ni más ni menos de la primera determinación importante que había tomado en su vida. 
   Sesenta minutos más tarde estaba husmeando por los pasillos buscando la salida de la clínica. Se había vestido con un uniforme robado del vestuario de los operarios de mantenimiento, camisa amarilla, pantalón del mismo color y botines negros. 
   Y después, cuando ya había abandonado del edificio, pensó en la noche interminable pasada en el hospital. La desesperación lo había ganado, su vida se le escurría entre los dedos, el temor y luego el miedo le fueron comiendo los pensamientos, empezó a sentir un cosquilleo extraño en las manos y en los brazos. Se le estaba petrificando el cuerpo. 
   Ya había ganado la calle cuando oyó varios gritos fuertes enunciando a viva voz su nombre, se dio vuelta, vio al guardia conversando con algunos operarios, dejó sus pensamientos de lado y comenzó a correr. Lo habían descubierto. 
   Dobló en la esquina y encaró por Godoy Cruz. En Santa Fe dobló para el lado de Plaza Italia. Estaba agitado, pero continuaba su carrera a gran velocidad, las piernas todavía le respondían. Iba a seguir corriendo hasta estar seguro de haber despistado a quienes lo perseguían, era esencial para su plan.
   Cruzó Humboldt y ni bien encaró la cuadra siguiente se tropezó con el borde de una baldosa que sobresalía de la vereda. Se derrumbó como una escultura estrellándose contra el piso. Trac, se escuchó. Como si algo de su cuerpo se hubiese roto, un ruido a mármol quebrado.
   Ya había gente rodeándolo. Llamaba la atención su holgada vestimenta colorida, observaban su camisa y pantalones amarillos, como si fuesen dos talles más grandes. Abandonó ese pensamiento y se palpó la rodilla, la sintió floja, como desprendida, seguro era una fractura en la pierna derecha, pensó. Estaba tumbado de costado, no soltó ni un quejido, con la mano izquierda se tomó el pie derecho y, literalmente, se lo arrancó de cuajo, como si fuese la pata desencolada de una mesa. Es que efectivamente era eso, la falta de irrigación lo estaba cristalizando de a poco. 
   Hubo murmullos en el grupo de gente detenida en círculo alrededor de él. No había ni una gota de sangre, ni en el piso, ni en la ropa, en ningún lugar. Se dio vuelta boca arriba como pudo incorporándose sobre la pierna izquierda. Se recostó con la espalda contra la pared para mantenerse erguido.
   —No pasó nada, estoy bien, gracias —dijo mirando en derredor.
   Su rostro estaba un tanto demacrado. Su cabeza calva tenía dos pequeños mechones grises que se le habían alborotado como producto de la caída. En líneas generales presentaba el aspecto triste de un arlequín de circo caído en escena. Pero a pesar de todo permanecía tranquilo. 
   Pablo, un muchacho joven que pasaba por ahí, se había quedado a observar la escena. Vio que el hombre estaba turbado ante las miradas calladas de la gente agolpada alrededor, que lo miraban con curiosidad.
   —¿Lo llevo al hospital? —le dijo, algo turbado, viendo que todavía asía el trozo de pierna.
   —No… está bien, gracias —contestó Tobías, rápidamente, dejando el pedazo de su cuerpo a un costado. Quería liberar la mano y poder sostenerse mejor.
   Estaba confuso y se sentía patético, hubiera querido irse rápido, todos los transeúntes lo miraban, pero no podía caminar. El chico se quedó con él un rato más, cuando ya la gente se había dispersado. Entonces le contó lo de su curiosa enfermedad, por lo cual no sentía dolor ni perdía sangre por las heridas. No quería impresionarlo, pero estaba a la vista que no era una simple fisura, había perdido el pie y la mitad inferior de la pierna. Le hablaba con voz serena y pausada, lo cual provocaba en el muchacho una profunda tristeza. Se demoraba en algunos detalles queriendo ser más claro, para explicar mejor lo increíble de la escena. 
   Pablo se compadeció, el tipo le había despertado cierta ternura y se ofreció llevarlo a su departamento. 
   Tobías miró en todas direcciones, nadie lo seguía, no había ningún policía cerca. Le pareció que el chico mostraba buena predisposición, la propuesta le parecía honesta y aceptó. Parecía un joven solidario. La cercanía de la vivienda que quedaba en la otra cuadra le sería útil. Entonces pasó la mano izquierda sobre el hombro del muchacho y éste lo tomó por la cintura. Comenzaron a andar de ese modo. Tobías avanzaba dando saltitos. 
   Estuvo un par de horas en el departamento, entre los dos improvisaron una prótesis en reemplazo del pie derecho y fabricaron una muleta de madera. De ese modo, pudo salir a la calle a continuar su camino. Se encontraba a gusto con el chico, pero debía irse, no contaba con tiempo para demoras sino justamente lo contrario. Estaba aturdido y no era para menos, le dio las gracias por todo y se despidió.
   El muchacho había quedado intrigado, tenía curiosidad, quería saber hacia dónde se dirigía ese hombre con esa enfermedad extraña. No se lo preguntó, sentía cierta pena por él, parecía tener un dejo de vergüenza en revelar el destino de su recorrido, tal vez fue esa la motivación para seguirlo sin decírselo a una cuadra de distancia, para no darle la posibilidad del rechazo. 
   Tobías se desplazaba con dificultad, obviamente, pero iba más rápido que cualquier otro inválido en su misma condición. Cuando llegó a Plaza Italia empezó a lloviznar. Siguió a paso lento, dobló por Sarmiento, pasó por los bosques de Palermo y cuando ya estaba cerca de la Costanera el chaparrón se hizo más denso. Pablo estaba por desistir de su persecución cuando vio que la silueta de amarillo hacía un movimiento extraño. 
   Tobías se apoyó en el bastón buscando su sustento y detuvo su andar. Giró despacio su cabeza para mirar hacia atrás con bastante dificultad. A pesar del tupido aguacero había percibido la persecución del joven y decidió hacerle un gesto para que se acercara. A pesar de que fue un movimiento realizado con cautela se le hundió la muleta en el barro, al costado de la vereda, perdió la estabilidad y se fue de boca contra el piso. 
   El chico llegó a la carrera y se dio cuenta de lo previsible, se había fracturado de nuevo. Lo ayudó a levantarse.
   —Gracias pibe...haceme un favor, dame una manito, necesito incorporarme.
   Se lo pidió como mendigando ayuda. Pablo pensó: «Parece un muñeco, se quiebra de a poco».
   Como en la primera caída, Tobías se arrancó algunos de los trozos de la mano derecha, solo conservaba el pulgar y el índice, pero eran suficientes, podría tomar el travesaño de la muleta con fuerza. 
   El muchacho lo miró cuando tiraba los tres dedos sobre la hierba mojada del cantero. Lo asombraba la naturalidad de los desprendimientos que hacía ese hombre de las partes de su cuerpo, con una indolencia que llamaba la atención. Iba separando los fragmentos inservibles de su esqueleto de mármol. El hombre se desarmaba por el camino y él ostentaba el siniestro privilegio de ser el único testigo del insólito desmembramiento. 
   Tobías tenía la cara plomiza, los mechones grises le caían empapados sobre las orejas, se asomaba en sus ojos tristes cierto desamparo, la zozobra de su alma pedía fuerzas, quería encaminarse hacia su último acto desconocido. Era una marioneta abandonada, se iba deshilachando de modo inevitable. Se apoyó en Pablo y restableció el equilibrio. Siguió caminando, callado. Parecía exangüe, pero sacaba ánimo de donde casi no había, con más empeño, con la íntima e inconmovible decisión que lo alentaba en este esfuerzo definitivo.
   —Tobías… le puedo preguntar —dijo el chico—, ¿a dónde va, a dónde quiere llegar? 
   —Tengo pocas fuerzas para contarte.
   Avanzaba con dificultad, ya estaba más cerca de su objetivo, pero la lozanía se le iba extinguiendo, su vigor se apagaba. A pesar de eso, no quiso desalentar el interrogante del muchacho que lo había auxiliado desinteresadamente, y decidió armar una especie de respuesta rápida.
   —Sabés que pasa pibe, yo no sé si la fortuna existe, pero, aunque haya alguien que nos haya escrito el camino, yo aprendí que uno debe decidir, y aunque se haya dado cuenta muy tarde, como me pasó a mí, tiene que aprovechar hasta el último instante para hacerlo. ¿Vos creés en el destino?
   Se lo dijo un poco agitado, haciendo pequeñas pausas, como un enfermo terminal. Su voz se había debilitado. Sin embargo, pensaba que debía sincerarse con este muchacho, la única persona ante quién confesar el hallazgo de la verdad de la existencia opaca que se acercaba a su fin.
   —Bueno...nunca me puse a pensar... —dijo Pablo.
   —Está bien, te entiendo, sos joven. Escuchá. El asunto es que yo me estoy muriendo de a pedazos, todo va a terminar pronto. Te parecerá extraño, pero me voy convirtiendo en una piedra, mi cuerpo se va cristalizando. Ya casi perdí por completo la posibilidad de emocionarme, y voy perdiendo también de a poco la memoria. De todos modos, no la necesito, me falta el último trecho. Cuando en el sanatorio me informaron acerca del mal que padecía entendí que me quedaban dos opciones… la primera era dejar la decisión en manos de los médicos, y que me cortaran en pedazos con un serrucho, de a poco, para detenerse solo cuando ya no tuviese sentido seguir cortando. Y la segunda es ésta, y la tomé yo por mi cuenta, la decisión fatal de quitarme la vida es el acto que voy a intentar realizar mientras conserve el aliento. Y por ahora todavía respiro.
   —Sí, claro.
   —Bueno…no sabés qué bien me siento —dijo haciendo un gesto de satisfacción con la esquina de sus labios.
   Ya habían llegado a la barranca de la costa y la lluvia seguía bajando del cielo en rayas verticales, lágrimas tristes en la claridad de la mañana. 
   Pablo lo ayudó. Como a un chico lo pasó por encima de la balaustrada de la Costanera. Después, del otro lado, donde estaba la franja de arena, Tobías le advirtió: «no pases pibe, dejame seguir solo, andá nomás, ya me puedo arreglar.» Tenía en los ojos una soledad infinita cuando dijo estas palabras.
   Se enderezó como pudo, y mirándose el antebrazo izquierdo lo estrelló contra el murallón. El ruido a cristal roto se apagó pronto, confundido con el sonido que hacían las gotas que caían del cielo sobre la playa angosta. Algunos pedazos quedaron colgando del puño de la camisa, y los más pequeños quedaron formando un montoncito contra el muro. 
   Tobías verificó que había tímidas manchas de sangre en esos restos, sonrió satisfecho al ver esas migajas vitales. Siguió caminando, la muleta se hundía un poco en la arena oscura, debía esforzarse cada vez más. 
   Llegó a la orilla y el agua le mojó las botamangas del pantalón. Vio y escuchó las olas, las traía el viento soplando desde la otra orilla del río, sintió ese borde impreciso que iba y venía, mojaba y secaba su pie endurecido adentro del botín. La espuma avanzaba y se retiraba, en un movimiento de flujo y reflujo. No se dio vuelta para mirar a Pablo, no tenía más tiempo.
   Con cuidado, tratando de mantener el equilibrio, se fue internando en busca de la pendiente que baja hacia la parte más profunda del cauce. La parte inferior del resto de su cuerpo se iba sumergiendo de a poco. Cuando solo los hombros asomaban por encima de la superficie de la corriente, tomó el impulso final hacia adelante, soltando la muleta, y se hundió completamente, contento por estar llevando a cabo la primera decisión tomada exclusivamente por él desde que tenía memoria. 




Este cuento pertenece al libro "Cielo rojo". 

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