viernes, 25 de noviembre de 2016

Infancia

   Yo nací en los suburbios de Buenos Aires, en el sur, que por aquella época era un descampado en el cual las pocas viviendas estaban diseminadas entre algunos baldíos alambrados y calles de tierra. Yo nací en la casa embrujada del barrio.
   Ese fue el centro mismo del Mundo, donde estaba el reino fantástico que todos los chicos llamábamos la laguna de la Posática, ese reino que no abandonó nunca mis recuerdos. 
   El barrio estaba en la llanura, allí no había cerros ni quebradas, todo era horizontal y plano. Los pocos árboles no lograban evitar que la vista se pierda en el infinito de esta pradera. Algunos europeos alpinos que han llegado a la Argentina han bautizado a este efecto particular que producen estas pampas sobre sus espíritus, con el pintoresco nombre de vértigo horizontal. 
   La construcción estaba en una esquina, sin ninguna otra alrededor, se erguía vertical sobre el terreno, con su cúpula romboidal ahusada apuntando hacia el cielo y un árbol gordo a su lado. La puntera medieval de estilo gótico estiraba su pescuezo por encima de la construcción precaria. 
   Tenía el estigma de ser la más pintoresca y anacrónica de todo el barrio. En la huerta delantera estaba la gigantesca palma, un equívoco de la Naturaleza, producto de alguna semilla venida de algún lugar remoto, más allá del océano.
   Durante toda mi niñez supe del fastidio de mis padres a la hora de explicar a parientes de visita, a propios y ajenos, la historia de aquél raro espécimen que no parecía árbol, simplemente porque tenía el tronco tan desmesuradamente ancho, como una cuba de bodega puesta de pie y, porque además tenía ramas que no parecían ramas sino más bien alas de pájaros antediluvianos bajo las cuales anidaban los murciélagos.
   La pirámide octogonal rematada por un cono largo y afilado en la punta, tenía ventanucos en cada una de sus caras, los cuales siempre permanecieron cerrados. En el interior, en el rincón delantero del comedor había una escalera en espiral para acceder a la cúpula. 
   Si alguien se aventuraba al ascenso se encontraba con una puerta por la que solo se podía pasar agachado y, si la trasponía, se encontraba sobre un piso poligonal donde entraban no más de dos personas mayores de pie. Quedaría incorporada de dos maneras a mi memoria: una como el ámbito mitológico que nos fabricamos cuando somos pequeños, la casa en la copa del árbol dibujada en los primeros libros de cuentos; y la otra como la habitación truculenta a la que daba miedo acceder. 
   Y tan lejos de mis apreciaciones no estaban las habladurías de las viejas vecinas porque eran habituales las murmuraciones sobre fantasmas, espantajos, y ánimas de muertos que habían sido vistos o escuchados dentro de aquel bonete que coronaba la techumbre. 
   Estas y otras cosas se comentaban en voz baja y se desparramaban como gotas de azogue de un extremo a otro del barrio, pero lo cierto es que con la condensación de los años solamente pude certificar la existencia de los asustadizos murciélagos, y los ruidos de las hojas de la palmera acariciando las chapas del techo en las noches de temporales ventosos. Aquellos aguaceros terribles solían azotar esos potreros, y hacían ruidos parecidos al rechinar de puertas desvencijadas que quedarían grabados en mi memoria con el signo del espanto.
   El ámbito de mi mundo se expandía y avanzaba. Las veredas polvorientas rodeaban las manzanas y delineaban sus formas definitivas, aunque todavía las construcciones estaban tan esparcidas entre los alambrados de púa, que el barrio parecía haber padecido la calamidad de una sarna endémica que había dejado huecos por todas partes. 
   Y también estaban los zanjones rebosantes de yuyos y de ranas descomunales, que más adelante cazaría en las noches cálidas de verano hipnotizándolas con el farol de la linterna. Y solo un poco más tenían esos parajes que constituían todo el espacio que existía sobre la Tierra de mi infancia. Ese poco más estaba algo más allá de lo que abarcaba la mirada de mis ojos melancólicos, era el lugar más sagrado, recóndito y peligroso, la laguna de la Posática.
   Mi madre había nacido también cerca de aquí, de familia española, era una mujer rubia, bajita, delgada, de piel blanca, ojos celestes, hermosa. Se había enamorado de mi padre muy joven y hubo mezcla de razas, ella puso el tono claro de su abuela, el aportó el color pardo de la tierra. Al poco tiempo de estar de novios, él le pidió permiso al padre de ella para casarse y la sacó de la familia para traerla a este sitio raro, con forma de castillo, donde la gente del barrio decía que habitaban los espíritus. 
   Mi padre tenía origen incierto, alguna herencia indígena pampa con varias generaciones detrás, con evidencia en su piel oscura y en sus huesos amplios. Había nacido en Tres Arroyos, un pueblo agrícola del sur de la provincia, había trabajado en los campos de maíz de la zona y luego se había ido a las montañas. De los campos amarillos de girasoles a los pinares verdes de cipreses y coihues de Colonia Suiza, al pie del cerro Tronador, en la Cordillera de Los Andes, a trabajar para una compañía escandinava, que se dedicaba a la construcción de habitaciones en la zona boscosa. Cuando la empresa quebró se vino al puerto de Buenos Aires sin un peso, con lo puesto en busca de un nuevo empleo.
   En esa ciudad enclavada en las cumbres mi padre había conocido a Oleg. Era un muchacho joven, de origen sueco, alto, de pelo rubio, de voz estentórea y de carácter alegre. Era callado y el idioma los separaba, pero a pesar de eso se había hecho amigo de mi padre. Tenía en sus venas todos los condimentos de la cultura de los países del norte de Europa y con ellos traía la seducción por lo sobrenatural. 
   En su bolso llevaba una copia del Galdrabók, el libro islandés de Magia, un grimorio rúnico con instrucciones sobre el uso de artilugios y conjuros. El nombre de ese amigo siempre aparecía mezclado en las historias que mi padre nos contaba, ese compañero nórdico con el que había compartido jornadas laborales en los bosques que se encuentran al borde del lago Nahuel Huapi. Y fue él, justamente, quien le regaló una pequeña bolsa con runas talladas a mano, cuando se vino para la capital.
   Mi padre trabajó mucho para poner en orden la vivienda, tapando, reparando, a golpes de martillo, clavando, para tornar habitable esa construcción de madera llena de telarañas. En un par de meses logró ponerla en condiciones y terminar su obra de reparación pintándola de varios colores vivos. Ahí vine yo al mundo, en ese sitio, el primero de dos hermanos.
   Al poco tiempo del nacimiento de mi hermano, mi madre perdió el juicio, mi padre visitó médicos y hospitales, pero nada logró. Ella pasó de ser una española hermosa, hidalga, un poco melancólica quizás, a ser otra persona. Se llamó a silencio, hablaba algunas veces sola o contestaba con monosílabos, caminaba por todas las habitaciones acunando el mate entre sus manos, de un lado a otro. Nunca más salió a la vereda, se anidó en su mundo interior, ni bien llegaba a la puertita de alambre se volvía para adentro. Nadie relacionó nunca a las supuestas hechicerías con su locura, ni siquiera mi fértil imaginación se atrevió a ello.
   Los años me traerían la tristeza, el desgarro interno, la ausencia irreparable de no haber podido conocerla, la nostalgia me perseguiría toda la vida, aún hoy lo hace sin respiro. Siempre traté de descubrir lo que pensaba, yo tenía la ilusión de que todo lo que ella murmuraba era una mentira para despistarnos. Siempre quise atraparla en algún descuido y nunca pude. No haberla conocido es una herida tan grande que nunca pude superar. Me quedó solamente esa seducción por los locos que aún hoy se cuela en mis pesadillas. En ellas la buscaría siempre.


   Dicen que los chicos son crueles y de eso me quedó constancia. Un día uno de los pibes de la cuadra, del cual no diré el nombre, me contó que había escuchado una conversación entre una vecina y la hija mayor en el almacén. Estaban esperando que las atendieran, los brazos cruzados sobre el pecho, pegaditas, cuchicheando.
   —¿No la viste? La loca que habla sola. Cada vez se nota más.
   —¡Ay mamá! ¿Por qué no dejás de espiarla?
   —Verónica, que tira las cartas, me dijo que le han hecho un “trabajo”.
   —¿Decime, porqué te metés?
   —Magia negra, estoy segura.
   —¿Y a vos que te importa?
   —Eso lo curan las brujas… para mí, el marido tendría que probar.
   Así terminó el relato, yo era muy chico todavía para hacer preguntas. Me quedaron grabadas a fuego estas palabras, pero no me di cuenta hasta qué punto.
   Cuando era niño, lo que sí siempre me atrajo fue investigar de dónde venían los ruidos, los crujidos que nunca cesaban entre las junturas de las tablas de pino. Siempre supuse que provenían del pináculo de forma piramidal, pero nunca me animé a entrar en él, ni solo ni acompañado. Estaba la escalera caracol para acceder a él mediante una puerta pequeña pero nunca me animé a atravesarla.
   Cuando muchos años después volví a visitar la vivienda que había sido abandonada definitivamente por el dueño original, entré por primera vez a ese lugar. Yo nunca supe qué era lo que venía a buscar. Con el tiempo sabría cuál era la respuesta a ese interrogante. Recordé, entonces, en ese lugar y en ese momento, el regalo que Oleg le había hecho a mi padre. 


   Ayer soñé con mi madre y con la casa. Recuerdo una de las escenas. Era de noche, yo tendría seis años. Había una luna redonda enorme en el cielo que iluminaba con esa luz pálida todo el barrio. Recién salía y se la veía grande, un globo que abarcaba todo el cielo. El extremo afilado que coronaba el cono se recortaba nítido contra ella, era una sombra sacada de un libro de cuentos. 
   Yo estaba sentado sobre una pila de adoquines en el terreno de enfrente y la vi. Pasó volando con su escoba, su gorro negro y alto, su pollera larga y su nariz puntiaguda volando despacio alrededor del chapitel, inmersa toda su figura en la esfera de la luna. 
   El vuelo en círculos alrededor de la aguja, que estaba haciendo la bruja, era la típica maniobra para reparar un mal hechizo. Luego se sumó otra. Eran enviadas para descifrar y ordenar las runas que estaban en el altillo, las que le había regalado el sueco a mi padre, en el espacio misterioso que había estado deshabitado durante tanto tiempo. 
   De modo que la bolsa de arpillera que contenía las tabletitas de madera con los antiguos caracteres extraños tallados a hierro candente, se desató. Y esos trocitos, esos secretos, esos susurros, se desparramaron. Habían estado muchos años aprisionados ahí, esperando. 
   Y su encierro en desorden habían sido la causa de la pérdida de la razón de mi mamá. Las hechiceras, a pesar de ser tan opuestas a la magia vikinga, se habían condolido de la tristeza que le había oscurecido la mente y habían salido esa noche a ayudarla. Al salir de su celda las runas se alinearon formando la frase adecuada, esa que el vuelo circular de las brujitas había compuesto para romper el conjuro. 
   Venían, en su vuelo, enviadas por Arianrhod, diosa Celta de la luna y las estrellas, para curar el extravío, a devolvérmela. Fue una experiencia maravillosa que todavía no logro disipar de mi memoria aún avanzada la mañana. 


   Ella ya ha muerto hace tiempo y ya no está conmigo, pero este sueño me la ha devuelto, recuperada en esta maravillosa experiencia onírica, diáfana y posible, casi verosímil. Es por eso, que quiero retenerla intacta en mi memoria de ese modo, y aunque sepa del engaño, me aferro con todas mis fuerzas a incorporar su lucidez a la certeza de mi cordura.

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viernes, 18 de noviembre de 2016

El sonido de la tristeza

   Mañana me tengo que morir

   Esta fue la última frase que Andrés dejó escrita, así, sin punto final. Fue en ese momento que se oyó una melodía de amplia tesitura, lejana, flotando en la noche. Le costó distinguirla entre los suaves murmullos que llegaban desde la calle, a esta hora, pasados unos minutos de las doce. Llevaba horas tecleando mientras la inquietud se le evaporaba en la habitación, necesitaba volcar en el papel el estado de ánimo en que se encontraba, la tristeza que le embargaba el alma. La noticia de hoy le había partido el corazón en mil pedazos y no se podía recomponer.
   Escribía en una Remington sobre papel. Lo ayudaba un poco escuchar el golpeteo de las letras cuando apretaba las teclas, la secuencia de los pequeños impactos le iba marcando el ritmo del texto, se daba cuenta en ese solfeo si iba por buen camino, y ese trajinar le amortiguaba algo de su pena. Le gustaba el traqueteo monótono del carro avanzando, lo aliviaba de esta pesadumbre aplastante. Esta noche quería estar solo.
   La sencilla melodía lo había distraído de su trabajo. Había quedado con las manos sueltas a ambos costados de la silla, abrumado, y se había recostado sobre el respaldo. Con la cabeza volcada hacia atrás prestaba atención al silencio interno que lo envolvía, con su mirada hacia arriba, hacia la nada, pero con su mente indagando más allá, para tratar de descubrir si verdaderamente había oído esa armonía distante o era solo una fantasía de su imaginación. Esperó un rato en esa posición, pero la suave tonada no se hizo presente. Aprovechó para levantarse, estirar las piernas y servirse un trago.
   Volcó el brandy en la copa de cristal panzona. Era de paredes curvas y muy delgadas, la había fabricado su abuelo, cuando era joven, soplando la masa viscosa y candente recién salida del horno de vidrio que tenía en el fondo de su casa. La puso sobre la mesa ratona y después tomó el primer sorbo con el cual se calentó la garganta. Estaba levemente reclinado hacia delante, con los ojos cerrados, cuando percibió nuevamente la textura característica de la pieza musical. Alzó el rostro, ahora sí tuvo la certeza, era una armonía de notas graves a la distancia. Se levantó, fue hacia la ventana y la abrió con suavidad. Desde aquí la escuchaba más nítida, parecía que venía desde lejos, más alto que los árboles del jardín, pero no estaba seguro.
   Llevó la vista más arriba, por instinto quizás, pero no vio más que el cielo estrellado, y así, con las dos manos tomadas del marco sintió que la congoja le oprimía más el corazón. Recordó que esa misma tarde le habían dado la noticia. Mónica, su ex esposa, a la que tanto había querido, a la que hacía tanto tiempo que no veía, esa mujer a la que nunca había olvidado, había muerto.
   Esta noche, el manto sombrío de la tristeza le ceñía el alma y los recuerdos que conservaba de ella se repetían como una convulsión interna, un maltrato intermitente de la memoria. La melodía había cesado, pero había sido tan suave, tan tenue, que ahora hasta dudaba haberla escuchado, le echaba la culpa a la desgracia que rondaba su cabeza, la de esa muerte imposible.
   Volvió al brandy, se sentó en el sillón, y dejó la ventana abierta, la oscuridad le traía el aroma dulzón de los jazmines en la brisa tersa de este verano. Le gustaba, hoy buscaba cualquier excusa para distraerse. Se sentó con sus pensamientos ocupados en traerle las imágenes guardadas de Mónica, e hizo lo que acostumbraba siempre que tomaba en esa copa cuando todavía estaba con ella. Con la punta del índice tocó apenas la superficie del líquido añejo color marrón oscuro y mojó el aro circular del borde. Sujetó firme la base con la mano izquierda y comenzó a frotar la circunferencia con el dedo mojado por el alcohol de la bebida. Lo deslizó un poco más rápido hasta que el cristal empezó a vibrar produciendo la nota dulce de la frecuencia natural de la copa, un sonido suave que invadía la habitación y se escapaba por la ventana. Así lo hizo dos veces y aguardó, no sabía qué, tal vez solo deseaba mover un poco la quietud del aire. Estaba en un estado de tristeza tal, que cualquier aleteo hubiera sido suficiente, cualquier pequeño movimiento que lo sacara de su encierro, para seguir escribiendo su dolor.
   En ese pensamiento estaba cuando percibió la misma melodía que llegaba desde afuera, ahora estaba seguro. Pasó el índice nuevamente sobre el borde de su copa con el fin de lograr una nota más extensa que la anterior, esperó y recibió la respuesta del otro instrumento, que llegó haciendo vibrar el aire nocturno. «Un ángel», pensó. Repitió otra vez el rito para estar seguro y volvió a recibir la contestación. Entonces, apresurado, salió a la calle, sin tener en claro el sentido de su urgencia.
   Ya en la vereda, bajo la lumbre que arrojaban las luminarias y que se filtraba a través del follaje de los árboles, miró hacia ambas esquinas con impaciencia. No vio nada, se decepcionó, y advirtió que se había comportado como un tonto. «¿Qué estoy buscando? —se preguntó—, ¿qué quiero ver?». Y a pesar de esa desilusión, comenzó, sin embargo, a caminar, primero lento y luego más de prisa, hacia Charcas, buscando algo, sin saber qué. Cuando llegó, miró hacia Thames. No había nadie a esas horas caminando por ahí. Luego miró hacia el otro lado, hacia Malabia, y permaneció quieto, parado con las manos en la cintura, le parecía que la cadencia sonora se afilaba, ahora parecía salida de la pequeña caja de un violín. «La noticia de la muerte de Mónica me está quitando la cordura», pensó.
   Así estuvo un tiempo, nunca supo cuánto, bajó la cabeza, pensó que lo mejor sería volver, seguir con el trago que había dejado sobre la mesa ratona, y seguir escribiendo, intentar despejar la melancolía, para hacer a un lado los recuerdos de ella. Sabía que con la tristeza nunca había podido, siempre lo desmoronaba, y hoy lo había hecho salir a perseguir un fantasma de este modo tan ridículo. «Tratar de espantar la tristeza es un acto imposible —pensó—, solo por un rato se logra, y a veces ni siquiera eso, es un estado del alma que solo el tiempo lo disipa».
   Giró su cuerpo y enfiló de regreso, y fue entonces que sintió el impacto, se había tropezado con alguien. Sintió primero el golpe, luego vio que el sujeto vestido de negro se caía al piso, y después escuchó un crujido, un ruido a cristal roto. En la semioscuridad no le vio la cara, era una silueta que se había presentado de improviso y así como apareció se levantó. Andrés se quedó quieto, lo vio correr, el pelo largo le caía en cascada sobre los hombros, pero no podía asegurar que fuese hombre o mujer. Cuando llegó a Charcas, la figura se detuvo, se dio vuelta y se quedó mirándolo debajo de la sombra de los plátanos tenuemente iluminados por los focos. Tenía un arco de violonchelo, lo apoyó sobre su brazo como si fuese un violín, comenzó a frotarlo como a un instrumento de cuerda, y fue entonces cuando Andrés reconoció la sutil textura sonora que se había filtrado por su ventana. Era un brazo de cristal en un cuerpo de cristal. Así estuvo haciendo música con su propio cuerpo mientras él lo miraba absorto, alucinado.
   La combinación de las alturas y el ritmo era tan triste que enlutaba todo el espacio, no había lágrimas suficientes para tolerarla, hacía temblar a los pétalos de las flores en la oscuridad. Y oyendo esa sinfonía celestial Andrés se fue vaciando, sintió que la humedad que tenía en el alma se iba esfumando como la niebla, el corazón se le aquietaba, su espíritu entraba en la calma luego de la tempestad, las tinieblas de su interior se aclaraban, la hoguera de su cerebro daba paso a la pena leve, la hacía menos dolorosa, todo cedía.
   Así estaba cuando la figura de cristal dejó de emitir el delicado concierto y fugazmente se perdió en la calle lateral. Desapareció sin hacer ruido, él no escuchó los pasos de su carrera, fue como si se hubiese ido volando. No había testigos. Estaba turbado, no sabía cómo describir lo que había sucedido, no podría contarlo siquiera, le dirían loco. Había quedado estupefacto.
   Volvió sobre sus pasos. Había dejado la puerta abierta sin darse cuenta, por la ansiedad de descubrir de dónde venía el sonido. La cerró y se tiró en el sillón mirando al techo, seguía triste por la noticia tremenda de la muerte de Mónica, ese amor inolvidable, no podría dejar fácilmente de pensar en ella, pero ya no estaba abrumado, ya no pensaba en la muerte, «¡qué raro!», se dijo en un susurro. Él, siempre dispuesto a la tristeza, a la seducción de la melancolía, ahora estaba menos agobiado, «¿por qué?». La música del ángel le había traído el sosiego.
   Cuando se acercó a la copa para tomar el sorbo que quedaba de brandy vio que al lado había un dedo de cristal, un anular completo, delgado, de mujer. Se preguntó cómo había llegado este objeto hasta aquí, lo observó intrigado. La única explicación que le pasó, fugaz, por su cabeza fue que el sujeto vestido de negro había aprovechado el momento, y entró a su casa cuando él salió a la calle seducido por la melodía, justo cuando estaba en la esquina de Charcas, antes de que se atropellaran.
   «¿Qué vino a hacer esa figura trasparente?», pensó. Y tomó, mientras meditaba, la pequeña pieza de cristal entre sus manos, la giró, y pudo ver la alianza, también transparente, con la letra M igual a la que usaba Mónica. Se sintió torpe. Se le hizo un nudo en la garganta y tuvo miedo, no sabía qué hacer. Dejó la pieza sobre la mesa y retiró la mano. Estuvo así varios minutos, confundido, mirándola obsesionado, en una espiral de reflexiones que no explicaban el enigma. Hasta que se alcanzaron los extremos del razonamiento, su mente se iluminó y entendió la calidez del amor que nunca se había extinguido entre ellos. Era ella que le había mandado al ángel.
   Pero quiso confirmar la fascinación de su hallazgo, todavía con la duda, con el temor de que tamaña felicidad fuese demasiado en su vida, esa insensatez de poder recuperar su presencia, aunque sea a través de ese llamado íntimo, en el silencio de alguna soledad.
   Lentamente introdujo su dedo índice y palpó con la yema el fondo mojado de brandy que quedaba en la copa. Luego lo sacó y comenzó a deslizarlo sobre el borde, obteniendo una nota más aguda que antes que invadió toda la habitación. Se detuvo, aguzó el oído y, con una delicia inexplicable sintió a través de la ventana la presencia del conjunto armónico, del tono inconfundible de la respuesta. Lo hizo otra vez para asegurarse, con la ansiedad sobre la piel, y nuevamente llegó la música del ángel. Bajó la frente y por fin se desbarrancó, pudo llorar de tristeza, con lágrimas, como los chicos, sacando toda su pena afuera, liberando su congoja. Había recuperado el recuerdo vívido de Mónica.
   Se levantó, fue hacia la silla y se sentó frente a la máquina, todavía conmovido. Miró con estupor, sin dejar de lagrimear, lo último que había escrito en la hoja puesta en la Remington. Cuando leyó, se tuvo que tomar la mandíbula con la mano para que el llanto no se convirtiera en temblor:

   Mañana me tengo que morir…pero antes, cuando estés perdido en tu tristeza, volvé a llamarme con el sonido de tu copa, que yo voy a estar esperando para contestarte, porque nunca te olvidé. Tu ángel: Mónica


   Así, sin punto, terminaba la frase. 
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jueves, 10 de noviembre de 2016

Estacado

   El valle descansa sosegado entre las faldas de estas serranías y aquí está por ocurrir un suceso extraño, en las afueras, en el caserío más retirado de la parte ajetreada de este pueblo, lejos de los ruidos, donde el descampado se va terminando, antes de entrar en los dominios de la selva.
   Francisco es un hombre grande, pero no es un viejo todavía. Está en esa etapa en que la reflexión de la madurez ya le empieza a borronear los pensamientos. Se pregunta cuántas veces más podrá empezar a lidiar con un nuevo día y de donde obtendrá la voluntad necesaria para enfrentarlo. Algo parecido al temor a la Muerte lo va alcanzando de a poco. Su cuerpo alto y un poco encorvado le recuerda su edad y se lo hace saber con esa arruga horizontal que le cruza la frente adusta.
   Cada amanecer le muestra el mismo paisaje, las mismas montañas, los mismos colores castaños de otoño, el mismo cielo recortado sobre los tejados del pueblo. Toda su vida cabe en la memoria de los prados de este valle. Vive en las afueras de La Cumbre, en la Provincia de Córdoba, cerca del Camino del Cuadrado. Su casa está en una calle de tierra, es la última construcción solitaria, cercada por un alambrado, en medio de terrenos baldíos. Entre ella y la espesura solo distan unos metros, más allá comienza el monte tupido. La vista pasa de la llanura al bosque denso en un abrir y cerrar de ojos. Como marcando una frontera, los troncos y las cabelleras de hojas verdes se elevan como la pared de un desfiladero. Si uno alza la mirada al cielo azul antes de internarse entre los árboles, observando hacia el este, se ven las cumbres blanquecinas del cerro peladas por la nieve. 
   Ya no espera nada nuevo, su existencia no ha sido traqueteada ni por viajes ni por mudanzas, porque no ha salido nunca de este paraje aislado, y a su edad ya no hay encanto que lo atraiga, ha quedado arrinconado en este sitio naturalmente, sin nada que lo haya encadenado. Por eso la nostalgia no lo acosa, no tiene nada importante que haya perdido o deba recuperar. Sin embargo, la cercanía de su propia Muerte lo preocupa un poco, tal vez sea eso lo que ha estado sintiendo este último tiempo.
   Ha vivido, se conoce, no se rinde todavía, algo lo impulsa. Será la presencia de esta mujer que lo acompaña en las rutinas de su casa. María, tan joven, mucho menor que él. Hace poco que están juntos. Dos soledades que se han unido por una mirada al azar, casi sin palabras de por medio, solo un deseo que sintieron ambos en el cuerpo cuando se vieron, en una de esas tardes calurosas de verano. Él demoró su mirada en el modo en que la pollera se ceñía a las nalgas, y ella se dio cuenta que él se fijaba. 
   Ahora él advierte que sin María se siente un tanto perdido. Lo asalta un leve temor si se ausenta, queda agazapado como un animal que ha escuchado ruidos extraños entre el follaje. Sus ojos la buscan, gira la cabeza, recorre las habitaciones. Se desorienta si no ve los colores de los vestidos que ella luce, o si no escucha la risa espléndida que estalla en su rostro moreno. Las sienes le laten un poco cuando no la tiene cerca, le parece que se ha marchado, las manos se le ponen inquietas porque necesita acariciarle los cabellos lacios con sus dedos ásperos, para conservar la serenidad de su espíritu. 
   Dialogan poco, tal vez porque el silencio, de este paisaje verde en el que solo se oyen los trinos de los pájaros, se les ha incorporado como una respiración que conversa por ellos. Se sienten más a gusto con el lenguaje del gesto y las miradas, andan callados por la casa, toman mate obviando las palabras, hacen el amor explicándose las sensaciones con jadeos y, a veces rompen la rutina con alguna frase corta, respondiendo con monosílabos, pero los suficientes como para que él oiga la música de la voz dulce sonar en las cuerdas de la garganta de María, y ella escuche vibrar los sonidos graves del tambor amplio que se infla en el pecho de Francisco cuando habla. 
   El, carga con la condena de su vicio: es adicto a la bebida. Se embriaga con vino o ginebra. No recuerda desde cuándo, le parece que desde siempre. No con frecuencia, pero a veces pierde el dominio y se desbarranca, queriendo llenar el vacío sin fondo que lleva dentro, ese que siempre le pide más, hasta que lo ciega y le ata la lengua hasta perder la voz. Ella lo sabe, desde que lo conoció esa tarde cuando se cruzaron en una calle del pueblo, y hasta ahora lo ha tolerado porque lo quiere. Guarda la esperanza de que tal vez cambie.
   Ya ha caído la noche en esta parte del valle y hay un algo de tristeza en el alma de Francisco, tal vez por los pensamientos que ha tenido acerca de la Muerte. Saca dos sillas al fondo, afuera de la casa sobre el patio de cemento al aire libre, para que se sienten él y su mujer, y las arrima a una mesa que tienen en este lugar. Aquí está más fresco que adentro, el sol ha castigado el techo de chapas durante todo el día, pero a esta hora ya ha oscurecido y corre una brisa leve que trae la humedad de la vegetación del monte. Se sienta y su figura queda iluminada con el foco de luz amarilla que está fijado a la pared trasera, una luciérnaga que no se apaga. Los pájaros se han callado. Tiene el codo izquierdo apoyado en la mesa y el puño de la mano derecha apoyado en la cadera.
   —María —grita desde el fondo de la vivienda.
   —Sí…estoy buscando el mate…ya voy —le contesta ella que está todavía dentro de la casa.
   —Traeme un vaso cuando vengas.
   —Sí, ya va.
   Él ya ha traído la botella de vino tinto, la ha destapado y la ha puesto frente a sus ojos. 
   De pronto se aturde con esas reflexiones sombrías que le asoman por debajo de la cáscara de la conciencia, y la mirada se le pierde hacia la sombra callada de las plantas. La repetición de los años, esa recurrencia ingrata, cada vez más cercana «¿Será entonces que es en vano seguir con esto?», piensa, afirmando la idea con la cual se ha levantado hoy, al mismo tiempo que aprueba con la cabeza, y se le dibuja un gesto leve en el rostro, una mueca que le tuerce los labios. 
   Ella ya se ha acercado, coloca el vaso sobre la tabla de madera, al lado de la botella, lo mira en silencio, luego acomoda la pava y se sienta. Llena el primer mate, remueve la bombilla plateada, lo mira otra vez, se retira un mechón de pelo de la cara, se recuesta sobre el respaldo, se cruza de piernas, se alisa la pollera negra con la palma de la mano y espera.
   El comienza a tomar, no en forma atropellada, pero si a grandes sorbos porque viene arrastrando una sensación que no puede dominar, como un cosquilleo, una inquietud que le genera ansiedad, su adicción es un sabueso que siempre termina por alcanzarlo. 
   Es un obrero de la construcción y está todo el día trabajando con el cemento y la arena, entre el ruido de claveteos y martillos que golpean los encofrados. Antes de empezar a beber se ha acordado de ese tiritar de sonidos y con el vino se le va aplacando. No es sed lo que tiene, sino necesidad de aplastar el fastidio de la sentencia que lo perturba, que le retumba en la cabeza, ese final que se acerca y al que todavía no está dispuesto a entregarse. A medida que va tomando se le enturbia la sensibilidad, va entrando como en un sopor de siesta que le trae descanso, y Francisco percibe que ese apaciguamiento lo tiene a su alcance, en el líquido rojo del vaso.
   Ya queda menos de media botella y entonces estira una vez más el brazo para alcanzarla. En ese momento ella pone la mano sobre la suya intentando evitar que siga bebiendo.
   —Francisco, no te conviene que sigas tomando.
   —¡Callate, sacá la mano!
   —Te lo digo por tu bien.
   —¡Salí, te digo!
   Y de un tirón se la arrebata y se sirve. Llena el vaso hasta el borde torpemente. El vino se desborda, cae sobre la mesa y le tiñe de morado los dedos. 
   Ella retira rápido los dedos y se los lleva a los labios para taparse la boca, como queriendo acallar un grito que se le queda ahogado en el cuello.
   Poco a poco el vino hace la tarea. Ya está más que mareado y va entrando lentamente en una nueva borrachera. Un viento de troncos arrugados le atraviesa su garganta y la reseca como una quemazón, lo va enfureciendo de a poco y sin motivo. Bajo los rayos de la luz amarillenta ya no puede ver con claridad y confunde las cosas. Los fantasmas se empiezan adueñar de su cordura. Se le alborotan los recuerdos como retazos de telas gruesas, trozos de memoria que se ensucian en la ciénaga del tiempo. Le cuesta armar un hilo de pensamiento. Evoca las perlas de la sonrisa que brillan cuando su mujer ríe, y de pronto la advierte distante en la soledad del patio. 
   María presagia la tragedia, como las aves. Lo observa. Pero ahora toma más distancia, se ha parado detrás de su asiento y se toma del respaldo.
   Francisco nota que algo ha pasado, que no se explica, el suelo está blando, las cuatro patas sobre las que está sentado se están hundiendo lentamente. Se piensa que está atado, estacado, y que a los dos los va a tragar el piso, a él y a la silla juntos, se sospecha amarrado a la estampida feroz del tiempo y con sus ojos turbios ve que le nacen llagas en la piel huesuda de su mano, en un envejecimiento acelerado. Las flores y los aromas de ella, de su mujer, se van alejando. Empieza a ver pájaros nocturnos, aves de rapiña que vienen por él, que lo sobrevuelan como una manta negra que le va a caer encima ni bien esté muerto «¿Esta noche va a ser?, ¿éstas son las señales?», se pregunta. Es entonces que vuelve a encenderse el fuego de la bebida y le vuelve a quemar la garganta. La palabra que tiene que decir se estanca entre las ramas del aliento y desiste. 
   María, tan joven, añora las noches de amor, la ternura de su hombre. No puede evitar que rueden dos lágrimas pequeñas por sus mejillas al verlo en este estado. Lo observa, muda, percibe el terror en esos ojos abiertos, en ese cuerpo como soldado a la silla, abatido. Aprieta los puños, se muerde con los dientes el labio inferior. Luego gira su cuerpo y comienza a caminar, alejándose de él, buscando la puerta para entrar a la casa, dejando el patio atrás.
   Francisco se ahoga en un deseo sin palabras. Quiere decir y no puede. Su mente es un bote a la deriva que trae consigo los recuerdos de toda su vida a la orilla de su naufragio. No logra soltar una lágrima de sal que alivie el dolor de su desgracia. «Son los gusanos —murmura en voz baja— que vienen a buscar estos huesos viejos para limpiarlos hasta dejarlos blancos de Muerte». Porque siente que esa homicida lo está rondando, que está cerca con los instrumentos del final. Piensa que puede olerla a unos pasos de esta estaca que lo retiene, a esta silla que lo tiene amarrado y se hunde sin remedio en el cemento pastoso del piso. Le pesan los siglos en su cuerpo devastado. «Ya no es posible —reflexiona—, ya no podré nacer de nuevo a la mañana siguiente. Será necesario el abandono y la resignación». El vino libera su angustia contenida. Le crece el miedo como un ave de alas enormes que lo empuja más abajo. La desgracia se acerca, afuera está la Muerte esperando con los ojos abiertos y una esperanza entre sus manos. 
   «Porque un día ocurrirá que me levantaré —se dice casi en un ahogo— y que me daré cuenta. Ya será tarde y no tendré ganas de resistir los golpes asesinos de la arpía que me acecha. A todos le pasa. Un día uno toma conciencia que el camino termina ahí nomás. Ni siquiera el viento atroz que me tumbará me va a dar lugar a girar la cabeza, para ver a mi mujer y notar el aroma dulce que desprenden sus labios rosados. Habrá sido lindo soñar junto a María, ver las curvas de sus pechos, antes de que se acerque ese silencio mortal. Sucederá entonces que esa noche y su mortaja me cubrirán los ojos, ya no podré ver, mi cuerpo extinto alojará un corazón que ya no late». Ya es un tímido balbuceo que apenas se oye. 
   En ese momento se escucha un relámpago atronador, todo el cielo y la tierra se iluminan. Las nubes cargadas de agua, sombras contra la oscuridad del cielo, se empiezan a desplomar. En unos minutos comienza un diluvio vertical que todo lo moja. Repiquetea sobre las chapas de zinc con un ruido ensordecedor, el aguacero y el viento hacen que todo se empape. El vaso, la botella, la mesa. Francisco está calado hasta los huesos, el cabello gris le cae sobre el rostro como babas del diablo, el vino se va convirtiendo en agua, el piso va tragándolo. La silla, esa estaca cruel, se va hundiendo más y más, y no se detendrá en su descenso al mismísimo Infierno. Ahora está seguro que irremediablemente el patio lo devora. Quiere gritar y no puede, ya tiene el cemento a nivel del cuello, denso como un pantano a punto de engullirlo. En el fondo de su casa se puede ver un círculo viscoso, sin brocal ni marca alguna, que se ha masticado las sillas y la mesa, y en este momento, bajo la lluvia torrencial que azota las afueras de esta ciudad, aquí al pie del cerro El Cuadrado, se puede ver cómo se oculta lentamente, como una boya con ojos desorbitados que se hunde en el mar, la última parte de la cabeza de Francisco, llevándolo a los brazos de la Muerte sin necesidad de sepultura.
   María, que está dentro, guarda en su pecho la congoja, su hombre ha tocado un límite que ella no le permite más, por eso ha decidido dejarlo. No ha visto esta parte final del espectáculo, por eso a nadie que se lo pregunte lo podrá contar, no ha sido testigo de lo que ha pasado en el fondo de la vivienda. La última imagen que se lleva de él no la olvidará nunca: sentado en la silla y borracho. Ella ha abandonado el patio trasero hace veinte minutos, por lo tanto, no ha podido ver el hundimiento del que todos van hablar y nadie ha visto, habladurías dirá. Ha estado en la cocina, luego ha ido al dormitorio para colocar su poca ropa en una bolsa, y no ha escuchado los últimos susurros incomprensibles de Francisco. 
   Cierra la puerta delantera del lado de afuera, la tempestad la va empapando de a poco, le cubre las lágrimas, deja atrás el jardín que da al frente, mira la fachada encalada de la vivienda y sale a la vereda. La noche escucha, entre el rumor de la lluvia, pasos de mujer que chapoteando en el barro de la calle se alejan de la casa.

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jueves, 3 de noviembre de 2016

Ellas bailan

   Tilo ha recibido el amor de su madre hasta que empezó a ir al colegio primario, luego ella se ha ido de su casa. A partir de ese momento sufre el peso de la soledad. Para llenar ese vacío enorme que lo ahueca por dentro busca alguna forma de cariño en las mujeres, y el camino que a su corta edad usa, a fin de lograrlo, es soñar. Ahora va detrás de una de esas ilusiones.
   Este chico de doce años, ya ha vendido todos sus ramitos de violetas a las parejas que van a los bares del bajo, entre San Telmo y Retiro. Entonces baja por las callecitas, desde Plaza de Mayo, va a paso lento hacia el río y se acoda en la balaustrada de la Costanera, más allá del Puerto, ha tardado en llegar hasta aquí. Viene a ver bailar a las jóvenes sobre las aguas en esta noche de verano, como lo hace siempre que sabe que va a suceder, y está seguro que va a ser así porque Gabriel lo ha estado diciendo por los bodegones, y el muchacho sabe que, si hay alguien que conoce las cosas mágicas de esta ciudad, es él.
   Las damas de Buenos Aires que ahora están durmiendo en sus alcobas, en esta medianoche estival, por un embrujo todavía inexplicable, sueltan sus almas, las dejan libres. Es un acto fantástico que se da en ciertas ocasiones, y estos espíritus se desprenden de sus cuerpos, se elevan por las ventanas y vienen a reunirse acá, bajo este cielo sin luna, a danzar en el medio del río. Se las puede divisar desde la orilla, generalmente llegan vestidas de blanco a rescatar el tenue brillo de las estrellas, para que se refleje en sus polleras y logren este esplendor candoroso de vapor mortecino. 
   Solo algunos las pueden ver: los trasnochados doloridos que guardan la astilla de alguna pena de amor clavada en lo hondo, o los que no pueden conciliar el sueño por alguna ausencia de cariño que los sume en la desesperación, o los que están atacados de soledad, perdidos en los confines de esos precipicios, buscando el vértigo, como ese chico flaco que es una sombra que espera la magia al borde del agua, acodado en el balaustre.
   Ellas mandan a sus almas aquí inconscientemente, para liberar los dolores del día, los llantos que no pudieron derramar, pero también los enamoramientos nuevos que festejan enloquecidas. Por eso en esta fiesta vuelcan todos sus sentimientos, ríen y lloran la tragedia y la risa de sus existencias cotidianas, es una forma de conjurar sus dolores. Traen sus corazones rojos en las palmas de sus manos. Ríen y expanden sus cabelleras cuando giran danzando. Es un espectáculo hermoso.
   El ritmo lo ponen las almas mulatas de las uruguayas desveladas, las que moran y medran en la otra costa, que no se ven porque están escondidas un poco más allá, un poco por detrás y por debajo de la línea del horizonte, del otro lado del río. Ellas acompañan la danza golpeando sus manos agitadas en las tinieblas, elevando al aire el sonido de sus tambores desde las sombras de la otra orilla. Ellas, las de acá ponen la gracia, ellas, la de allá regalan la música, la sinfonía que gobierna sus desatinos, liberando también las cenizas de sus días, las amarguras y las felicidades. 
   Tilo las mira callado, hilando las hebras de sus sueños tristes, no sabe aún si estas imágenes nocturnas que viene a buscar, y que está seguro que se presentan ante sus ojos, son ciertas o son fantasmas de sus pensamientos, fantasías de su alma huérfana navegando a la deriva en el mar de su imaginación. El pequeño se hace esas preguntas, todavía no tiene las respuestas, pero tan grande es la ilusión que tiene que se inclina por la certeza. Porque tiene el anhelo, está convencido de que esas mujeres también danzarán para él, que será un acto de amor hacia él, que le van a aliviar la tremenda tragedia que padece: la soledad.
   Ellas bailan, las ha visto alguna otra noche. Danzan como locas sobre los espejos líquidos, formando remansos en la corriente que se desvanece tanteando serena la salida al mar. Se levantan las polleras y sacuden sus largos cabellos, están felices, se ríen con todo el rostro, con sus ojos, con sus bocas.
   Las ve como mojan sus pies en las olas de la orilla, como corre el agua clara entre sus dedos pequeños. Las ve reírse con sus bocas abiertas y los labios pintados de carmines.
   Tilo las observa, sonriendo, con su rostro de niño y su mirada oscura. Las mira como si fuesen aves del paraíso. Las desea con el embeleso del amor que le pide su corazón, ese hueco que tiene casi vacío por la ausencia de su madre, ese carozo de desamparo que dentro de su pecho late, que ya está maduro, más que el de una criatura, pero demasiado tierno todavía para ser el de un hombre. A medio camino entre la ternura materna y la pasión de mujer. 
   Ellas presienten, perciben la melancolía de todos estos hombres callados y taciturnos, estas pocas figuras espectrales que caminan ahora por la Costanera, desorientados, sin saber dónde recuperar las caricias femeninas que han perdido. Entonces, ellas se dan vuelta, giran, alzan sus brazos blancos y agitan sus pechos, si las miran, por ventura, esos pobres hombres tristes, estas amazonas colocarán algo de alegría en sus pesares.
   Quieren seducirlos, pero esquivan las miradas masculinas lascivas, no sea que despierten deseos procaces porque no han venido a eso, son sirenas calladas que les tienden sus manos generosas en gestos a la distancia para despejar las nostalgias. Giran y giran con sus polleras sueltas. Sus pies descalzos palpan la piel marrón del río. Miran con sus ojos enormes las luces de los bares, las ventanas iluminadas, pueden ser a veces ninfas, nereidas, ondinas, musas, seres inescrutables que aparecen con el fin de equilibrar los desencantos.
   Y, ¿quién es?, el Gran Hacedor, el Gran Hechicero, que ha preparado este encantamiento para algunas y determinadas ocasiones. Y, ¿quién decide?, en qué momento ponerlo en marcha. Y, ¿a quién le comunica?, en qué momento se producirá la magia. Y, ¿qué recompensa busca?, por aliviar la soledad de los corazones tristes. La misteriosa Buenos Aires tiene las respuestas a todas estas preguntas, pero, como es mujer, su secreto nunca será develado a los mortales que la habitan.
   Ellas bailan toda la noche, pero escapan a la madrugada, nunca se dejan tocar por los dedos de la claridad del amanecer, le temen a la luz del día. Tienen que volver a sus dormitorios, a ocupar los cuerpos de las mujeres de Buenos Aires antes que los sueños se les terminen, pues ellas deben despertar completas, porque si las almas no llegan a tiempo se romperá el sortilegio que las acompaña todos los veranos. 
   Ya han transcurrido las horas, las bailarinas han estado girando toda la noche brindando este espectáculo deslumbrante en la calidez nocturna, desplegando su danza conmovedora. Están rendidas porque lo han dado todo para disminuir la pesadumbre de los solitarios, una línea de rímel color crema pálido se dibuja a lo lejos como anunciando la pronta aparición del día.
   Tilo sabe que la danza ha llegado a su fin, ya las figuras de los espíritus recortadas contra el cielo se esfuman y como un viento, como una brisa suave, emprenden el regreso. Él ha estado aquí todo el tiempo observándolas y ha recibido una dosis de amor, a eso ha venido, y se va a ir con la ilusión en el pecho de que está menos solo que antes.
   Ahora gira su cabeza para ver como las últimas danzarinas evanescentes se pierden, se diluyen, entre los edificios y ha visto a lo lejos, cruzando la avenida, una sombra furtiva de cabellos desgreñados, con impermeable, que con paso rápido se aleja de este lugar. Conoce de sobra ese modo de huir, ese comportamiento esquivo, esa conducta furtiva, es el loco Gabriel. Se queda un rato mirándolo hasta que se hace una sombra chiquita, hasta que lo pierde de vista. Tilo todavía tiene húmedos los ojos negros de la emoción, incrustados en esa cara flaca que, ahora, en el silencio de la noche, con los últimos pasos que logra ver de la silueta que se pierde, arruga la comisura de sus labios intentando una sonrisa.
   Entonces yergue su cuerpo flaco, se coloca al hombro su mochila y, pensativo, abandona la balaustrada para desandar la Costanera, atravesar el Puerto y perderse por las callecitas caminando rumbo a la Villa con las manos en sus bolsillos y la cabeza gacha. La fiesta ha terminado, ya es menos pesada su condena, se va con la ilusión de que lo que ha sucedido es cierto, siente más cerca el amor que le falta, ha disminuido el lastre y es menos doloroso el yugo pertinaz de su soledad.

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