viernes, 25 de noviembre de 2016

Infancia

   Yo nací en los suburbios de Buenos Aires, en el sur, que por aquella época era un descampado en el cual las pocas viviendas estaban diseminadas entre algunos baldíos alambrados y calles de tierra. Yo nací en la casa embrujada del barrio.
   Ese fue el centro mismo del Mundo, donde estaba el reino fantástico que todos los chicos llamábamos la laguna de la Posática, ese reino que no abandonó nunca mis recuerdos. 
   El barrio estaba en la llanura, allí no había cerros ni quebradas, todo era horizontal y plano. Los pocos árboles no lograban evitar que la vista se pierda en el infinito de esta pradera. Algunos europeos alpinos que han llegado a la Argentina han bautizado a este efecto particular que producen estas pampas sobre sus espíritus, con el pintoresco nombre de vértigo horizontal. 
   La construcción estaba en una esquina, sin ninguna otra alrededor, se erguía vertical sobre el terreno, con su cúpula romboidal ahusada apuntando hacia el cielo y un árbol gordo a su lado. La puntera medieval de estilo gótico estiraba su pescuezo por encima de la construcción precaria. 
   Tenía el estigma de ser la más pintoresca y anacrónica de todo el barrio. En la huerta delantera estaba la gigantesca palma, un equívoco de la Naturaleza, producto de alguna semilla venida de algún lugar remoto, más allá del océano.
   Durante toda mi niñez supe del fastidio de mis padres a la hora de explicar a parientes de visita, a propios y ajenos, la historia de aquél raro espécimen que no parecía árbol, simplemente porque tenía el tronco tan desmesuradamente ancho, como una cuba de bodega puesta de pie y, porque además tenía ramas que no parecían ramas sino más bien alas de pájaros antediluvianos bajo las cuales anidaban los murciélagos.
   La pirámide octogonal rematada por un cono largo y afilado en la punta, tenía ventanucos en cada una de sus caras, los cuales siempre permanecieron cerrados. En el interior, en el rincón delantero del comedor había una escalera en espiral para acceder a la cúpula. 
   Si alguien se aventuraba al ascenso se encontraba con una puerta por la que solo se podía pasar agachado y, si la trasponía, se encontraba sobre un piso poligonal donde entraban no más de dos personas mayores de pie. Quedaría incorporada de dos maneras a mi memoria: una como el ámbito mitológico que nos fabricamos cuando somos pequeños, la casa en la copa del árbol dibujada en los primeros libros de cuentos; y la otra como la habitación truculenta a la que daba miedo acceder. 
   Y tan lejos de mis apreciaciones no estaban las habladurías de las viejas vecinas porque eran habituales las murmuraciones sobre fantasmas, espantajos, y ánimas de muertos que habían sido vistos o escuchados dentro de aquel bonete que coronaba la techumbre. 
   Estas y otras cosas se comentaban en voz baja y se desparramaban como gotas de azogue de un extremo a otro del barrio, pero lo cierto es que con la condensación de los años solamente pude certificar la existencia de los asustadizos murciélagos, y los ruidos de las hojas de la palmera acariciando las chapas del techo en las noches de temporales ventosos. Aquellos aguaceros terribles solían azotar esos potreros, y hacían ruidos parecidos al rechinar de puertas desvencijadas que quedarían grabados en mi memoria con el signo del espanto.
   El ámbito de mi mundo se expandía y avanzaba. Las veredas polvorientas rodeaban las manzanas y delineaban sus formas definitivas, aunque todavía las construcciones estaban tan esparcidas entre los alambrados de púa, que el barrio parecía haber padecido la calamidad de una sarna endémica que había dejado huecos por todas partes. 
   Y también estaban los zanjones rebosantes de yuyos y de ranas descomunales, que más adelante cazaría en las noches cálidas de verano hipnotizándolas con el farol de la linterna. Y solo un poco más tenían esos parajes que constituían todo el espacio que existía sobre la Tierra de mi infancia. Ese poco más estaba algo más allá de lo que abarcaba la mirada de mis ojos melancólicos, era el lugar más sagrado, recóndito y peligroso, la laguna de la Posática.
   Mi madre había nacido también cerca de aquí, de familia española, era una mujer rubia, bajita, delgada, de piel blanca, ojos celestes, hermosa. Se había enamorado de mi padre muy joven y hubo mezcla de razas, ella puso el tono claro de su abuela, el aportó el color pardo de la tierra. Al poco tiempo de estar de novios, él le pidió permiso al padre de ella para casarse y la sacó de la familia para traerla a este sitio raro, con forma de castillo, donde la gente del barrio decía que habitaban los espíritus. 
   Mi padre tenía origen incierto, alguna herencia indígena pampa con varias generaciones detrás, con evidencia en su piel oscura y en sus huesos amplios. Había nacido en Tres Arroyos, un pueblo agrícola del sur de la provincia, había trabajado en los campos de maíz de la zona y luego se había ido a las montañas. De los campos amarillos de girasoles a los pinares verdes de cipreses y coihues de Colonia Suiza, al pie del cerro Tronador, en la Cordillera de Los Andes, a trabajar para una compañía escandinava, que se dedicaba a la construcción de habitaciones en la zona boscosa. Cuando la empresa quebró se vino al puerto de Buenos Aires sin un peso, con lo puesto en busca de un nuevo empleo.
   En esa ciudad enclavada en las cumbres mi padre había conocido a Oleg. Era un muchacho joven, de origen sueco, alto, de pelo rubio, de voz estentórea y de carácter alegre. Era callado y el idioma los separaba, pero a pesar de eso se había hecho amigo de mi padre. Tenía en sus venas todos los condimentos de la cultura de los países del norte de Europa y con ellos traía la seducción por lo sobrenatural. 
   En su bolso llevaba una copia del Galdrabók, el libro islandés de Magia, un grimorio rúnico con instrucciones sobre el uso de artilugios y conjuros. El nombre de ese amigo siempre aparecía mezclado en las historias que mi padre nos contaba, ese compañero nórdico con el que había compartido jornadas laborales en los bosques que se encuentran al borde del lago Nahuel Huapi. Y fue él, justamente, quien le regaló una pequeña bolsa con runas talladas a mano, cuando se vino para la capital.
   Mi padre trabajó mucho para poner en orden la vivienda, tapando, reparando, a golpes de martillo, clavando, para tornar habitable esa construcción de madera llena de telarañas. En un par de meses logró ponerla en condiciones y terminar su obra de reparación pintándola de varios colores vivos. Ahí vine yo al mundo, en ese sitio, el primero de dos hermanos.
   Al poco tiempo del nacimiento de mi hermano, mi madre perdió el juicio, mi padre visitó médicos y hospitales, pero nada logró. Ella pasó de ser una española hermosa, hidalga, un poco melancólica quizás, a ser otra persona. Se llamó a silencio, hablaba algunas veces sola o contestaba con monosílabos, caminaba por todas las habitaciones acunando el mate entre sus manos, de un lado a otro. Nunca más salió a la vereda, se anidó en su mundo interior, ni bien llegaba a la puertita de alambre se volvía para adentro. Nadie relacionó nunca a las supuestas hechicerías con su locura, ni siquiera mi fértil imaginación se atrevió a ello.
   Los años me traerían la tristeza, el desgarro interno, la ausencia irreparable de no haber podido conocerla, la nostalgia me perseguiría toda la vida, aún hoy lo hace sin respiro. Siempre traté de descubrir lo que pensaba, yo tenía la ilusión de que todo lo que ella murmuraba era una mentira para despistarnos. Siempre quise atraparla en algún descuido y nunca pude. No haberla conocido es una herida tan grande que nunca pude superar. Me quedó solamente esa seducción por los locos que aún hoy se cuela en mis pesadillas. En ellas la buscaría siempre.


   Dicen que los chicos son crueles y de eso me quedó constancia. Un día uno de los pibes de la cuadra, del cual no diré el nombre, me contó que había escuchado una conversación entre una vecina y la hija mayor en el almacén. Estaban esperando que las atendieran, los brazos cruzados sobre el pecho, pegaditas, cuchicheando.
   —¿No la viste? La loca que habla sola. Cada vez se nota más.
   —¡Ay mamá! ¿Por qué no dejás de espiarla?
   —Verónica, que tira las cartas, me dijo que le han hecho un “trabajo”.
   —¿Decime, porqué te metés?
   —Magia negra, estoy segura.
   —¿Y a vos que te importa?
   —Eso lo curan las brujas… para mí, el marido tendría que probar.
   Así terminó el relato, yo era muy chico todavía para hacer preguntas. Me quedaron grabadas a fuego estas palabras, pero no me di cuenta hasta qué punto.
   Cuando era niño, lo que sí siempre me atrajo fue investigar de dónde venían los ruidos, los crujidos que nunca cesaban entre las junturas de las tablas de pino. Siempre supuse que provenían del pináculo de forma piramidal, pero nunca me animé a entrar en él, ni solo ni acompañado. Estaba la escalera caracol para acceder a él mediante una puerta pequeña pero nunca me animé a atravesarla.
   Cuando muchos años después volví a visitar la vivienda que había sido abandonada definitivamente por el dueño original, entré por primera vez a ese lugar. Yo nunca supe qué era lo que venía a buscar. Con el tiempo sabría cuál era la respuesta a ese interrogante. Recordé, entonces, en ese lugar y en ese momento, el regalo que Oleg le había hecho a mi padre. 


   Ayer soñé con mi madre y con la casa. Recuerdo una de las escenas. Era de noche, yo tendría seis años. Había una luna redonda enorme en el cielo que iluminaba con esa luz pálida todo el barrio. Recién salía y se la veía grande, un globo que abarcaba todo el cielo. El extremo afilado que coronaba el cono se recortaba nítido contra ella, era una sombra sacada de un libro de cuentos. 
   Yo estaba sentado sobre una pila de adoquines en el terreno de enfrente y la vi. Pasó volando con su escoba, su gorro negro y alto, su pollera larga y su nariz puntiaguda volando despacio alrededor del chapitel, inmersa toda su figura en la esfera de la luna. 
   El vuelo en círculos alrededor de la aguja, que estaba haciendo la bruja, era la típica maniobra para reparar un mal hechizo. Luego se sumó otra. Eran enviadas para descifrar y ordenar las runas que estaban en el altillo, las que le había regalado el sueco a mi padre, en el espacio misterioso que había estado deshabitado durante tanto tiempo. 
   De modo que la bolsa de arpillera que contenía las tabletitas de madera con los antiguos caracteres extraños tallados a hierro candente, se desató. Y esos trocitos, esos secretos, esos susurros, se desparramaron. Habían estado muchos años aprisionados ahí, esperando. 
   Y su encierro en desorden habían sido la causa de la pérdida de la razón de mi mamá. Las hechiceras, a pesar de ser tan opuestas a la magia vikinga, se habían condolido de la tristeza que le había oscurecido la mente y habían salido esa noche a ayudarla. Al salir de su celda las runas se alinearon formando la frase adecuada, esa que el vuelo circular de las brujitas había compuesto para romper el conjuro. 
   Venían, en su vuelo, enviadas por Arianrhod, diosa Celta de la luna y las estrellas, para curar el extravío, a devolvérmela. Fue una experiencia maravillosa que todavía no logro disipar de mi memoria aún avanzada la mañana. 


   Ella ya ha muerto hace tiempo y ya no está conmigo, pero este sueño me la ha devuelto, recuperada en esta maravillosa experiencia onírica, diáfana y posible, casi verosímil. Es por eso, que quiero retenerla intacta en mi memoria de ese modo, y aunque sepa del engaño, me aferro con todas mis fuerzas a incorporar su lucidez a la certeza de mi cordura.

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29 comentarios:

  1. Recuerdos de una niñez que quedan grabados para siempre, porque en ella nos formamos, en ella nos hacemos, y siempre nos quedarán los recuerdos de aquella época.

    Me gustó leer tus recuerdos, aunque siento lo de tu madre, que se sumergiera en su locura.

    Un texto profundo, salido de tu alma, y escrito de manera intensa, como sólo tú sabes escribir tus relatos, mi querido amigo Ariel.

    Mi admiración y un beso enorme.

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    1. Guardo los recuerdos más hermosos de mi infancia y una ausencia primordial, la de mi madre, debido a que su mente tomó un camino que solo ella transitaba, pero a pesar de ello, como digo, están los sueños para aliviar esa pena. Te agradezco tus dulces palabras. Yo también te admiro y, como sabes, nunca me olvido de pasar por tu sitio, para charlar un poco contigo, para disfrutar de esas hermosas cosas que escribes.
      Te mando un gran beso María.
      Ariel

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  2. Los sueños todo lo pueden hasta devolver a una madre extraviada en su mente. Me han gustado las delicadas palabras para describir esa pérdida, ese se llamó a silencio, hablaba algunas veces sola o contestaba con monosílabos...,, hay tanto respeto, tanta dulzura desde los ojos de ese niño que que me ha emocionado.
    Me duelen los juegos crueles de niños y adultos que se burlan de personas que se han perdido en sus mentes.
    Un saludo Ariel

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    1. El mundo de los sueños, tan vasto o más que el de la vigilia, creo yo, nos da la posibilidad de vivir nuestras ilusiones. Existimos de los dos modos, nuestra realidad está compuesta de ambas vivencias y, ambas tienen el mismo valor emotivo. Me alegra mucho que te haya gustado el relato y por supuesto que te haya emocionado. Gracias por venir aquí y dejar tu comentario tan bonito. Te mando un gran saludo.
      Ariel

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  3. Vaya, Raúl, no sabía que fuera un texto autobiográfico. Es muy triste y lo siento mucho, pero tan bello que llega muy profundo. Es cierto que los sueños y la literatura también sirven para conjurar el pasado y reconciliarnos con los malos momentos. Tú has sabido convertir una experiencia dura de la infancia en una joya literaria. Gracias por compartirlo. Un abrazo muy fuerte

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    1. Hermosas palabras me regalas. En la vida hay cosas hermosas y no tanto pero a todas las llevo con alegría en mi corazón. La magia de la reconciliación, como tu dices, es la posibilidad del hecho literario que tanto nos agrada, disfrutar cuando uno escribe y poder compartir emociones con los demás es una gracia que me conceden personas sensibles como tu. Anita, lo último que has escrito es un lujo de alto vuelo, disculpa la digresión, no quería dejar de mencionarlo. Te mando un gran abrazo, amiga.
      Ariel

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  4. Una historia en la ciudad
    Buenos Aires
    Mi tierra
    un dolor que se deja ver
    un pasado sin hiedras
    Emociones de un vivir
    nostalgias sin quejas
    Un texto con realidad
    de un hombre que ama y espera ...

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    1. Así es Mucha, mostrar dolores y alegrías, acariciar la nostalgia como a un amigo que viene a compartir nuestro pasado.

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  5. Hola, Ariel.

    Describes con la máxima ternura y a la vez con esa tristeza qué inundan los recuerdos tan duros y amargos qué no se consiguen disipar, (ni quieras hacerlo), en éste caso fue de lo más hermoso, pues de ese sueño lograste recuperar aunque sea por un momento al ser qué te dió la vida, tú madre, e hiciste un magnífico relato autobiográfico donde permites adentrarnos tanto en tus orígenes cómo en uno de los momentos más intensos y perpetuos de tú vida, gracias por ello, querido.

    Sentí el arañazo, ese crujir qué dejaste escrito desde tus adentros.

    Un besazo y un fuerte abrazo, desde ésta orilla, Raul.

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    1. Tus palabras me emocionan aquí del mismo modo como lo hacen tus poemas. De corazón a corazón, desde el Río de la Plata hasta el norte de España, (bebiendo casi el Golfo de Vizcaya, si no me equivoco). Te mando un beso enorme por tan hermoso comentario.
      Ariel

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  6. Un relato que por tener parte de autobiográfico impresiona más. El tema de la madre ausente es recurrente en lo que escribes, recuerdo ahora a Tilo y la búsqueda obsesiva de su madre, supongo que este texto nos ayuda a comprenderlo un poco más. Los recuerdos de la niñez nunca desaparecen del todo, son siempre los más fuertes en nuestra memoria. Nos describes con acierto los rincones que acompañaron tu infancia, incluso ese misterioso edificio piramidal que no se si es real o una invención tuya para este cuento. Y todo ello es la excusa para buscar una explicación a lo que tal vez no lo tiene, la locura sobrevenida a un ser querido que se justifica por la conjunción mágica de un hechizo. Me quedo con esta frase " Siempre quise atraparla en algún descuido y nunca pude", que revela la esperanza inocente del niño que a pesar de todo, seguía creyendo que su madre estaba allí para volver a ser ella misma algún día.
    Muy profundo tu texto Ariel, cargado de sentimiento. Felicitaciones. Un abrazo.

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    1. Todos tenemos recuerdos y cuando escribimos intentamos narrar con las voces de nuestros personajes (como lo hacían seguramente los juglares) los sentimientos que alfombran el recorrido de la vida. En todo lo que dices aciertas. Y hasta en la casa, de la cual no conservo fotografías lamentablemente, pero era así, con un altillo en forma de cucurucho con una aguja al cielo. Y también esa ausencia de madre que le he cargado en parte al pobre Tilo, aunque su madre tenía el trabajo más antiguo que se conoce y la mía no. Como te imaginas hay ficción en los pliegues. Lo que sucede es que todo lo que escribo es ficción, intento construir un hecho literario, no es biografía pura, pero el sustrato lo saco, generalmente de mi o de seres muy cercanos a mí, con las cuales he compartido vivencias. En fin, Jorge, me alegro que te haya gustado. Te mando un gran abrazo.

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  7. Aquí estoy, tal y como prometi, devolviéndote la visita Ariel. Te leí el otro día pero, por falta de tiempo, no te pude contestar.
    Me ha impactado tu relato, profundo, lleno de descripciones preciosas y muy bien encadenadas.
    El otro día escuché decir a una autora famosa que, escribiendo, retiene el tiempo y las historias en su mente y así no se difuminan tanto.
    Tú, en tu último párrafo, me lo has recordado.

    Genial, me he quedado gratamente sorprendida por tu blog.

    ¡Un beso y feliz noche!

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    1. Es un placer recibir tu visita, Chelo, eres bienvenida a este espacio en el que llegan, afortunadamente, buenos amigos y buenos escritores que engalanan este sitio. Eres muy generosa con tu comentario. Si, coincido con tu escritora, creo que al escribir dejamos anclados los recuerdos de la mano de nuestros personajes. Es una forma de procurarnos un poco de eternidad entre tanta finitud. Gracias por pasar por aquí.
      Un beso.
      Ariel

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  8. No sabía nada del vértigo horizontal de tu tierra, pero lo cuentas tan bien que es como si lo sintiera
    Veo la casa embrujada con su cúpula-cono, el árbol gordo, y la palma o palmera gigante, Vértigo al leer tu biografía infantil nada edulcorada, durísima y tremedamente mágica.
    Tengo la impresión que desde bien pequeño tenías “la mirada” de escritor, parece que la casa, la pirámide octogonal, las habladurías de las viejas vecinas se pusieron delante de tus ojos de niño para que de adulto escribieras sobre todo ello.

    El grimorio rúnico de Oleg es un plus al clima mágico que has conseguido crear al describir la casa de tu infancia.(tuve que buscar que significaba grimorio)

    Tuvo que ser doloroso y terrible la enfermedad de tu madre para toda la familia, como bien dices, “una herida de por vida” (no es la primera vez que nos cuentas sobre “los locos”, ahora entiendo los motivos y el por qué)
       
      La parte onírica de la madre, la casa y la luna (buen trío) es tan visual que a mí me parece que has hecho un hechizo con tus palabras para que al contarlo, lo vea con tanta claridad. Tiene no solo calidad narrativa, sino calidad expresiva y cromática, riquísimo vocabulario insertado de manera natural, con sencillez, al servicio de la narrativa, sin afán de lucimiento, con buen ritmo y maestría (que no te suenen mis palabras a halagos gratuitos, te los mereces sobradamente y me quedo corta). Es un testimonio personal y emotivo, especialmente la certera frase final.

    Un abrazo cariñoso al niño que fuiste, y al hombre que eres. 

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    1. Isabel
      Tu comentario es tan halagador que no sé por dónde empezar. Has desglosado delicadamente todo el texto, me muestras, incluso, detalles en los que no había reparado, que no me había dado cuenta, hasta ahora, que tú lo pones en palabras, de lo importante que parecen ser para un texto que tiene la humilde pretensión de ser un hecho literario.
      Quise poner en él una especie de resumen visual y emocional de lo que significa la palabra infancia para mí. Que no es todo por supuesto, sino que los pantallazos generales, desde el punto de vista de un niño: yo. Me agrada que elogies las descripciones porque, aunque sé que a veces se trasforma en un defecto, es algo, como tu bien sabes, en lo que me gusta extenderme, y más en un relato que, aunque es de ficción, tiene los materiales fundamentales de mi inicio, de cómo se plasmó en mí el deslumbramiento del mundo y de la vida.
      Hay pocas cosas que son datos para adornar, que no son verídicos, mínimos quizás. Podría decir que el sueño está relatado en base a las hilachas que me han quedado, en algún modo está reconstruido para que sea legible. Sabes, mis sueños no suelen ser tan precisos como una imagen de película, a veces poseen sonidos, a veces no, pocas veces son claros y las más de las veces aparecen destartalados y hay que componerlos. La historia de mi padre es casi totalmente verídica. La casa, te diría, es lo que más está grabado en mi memoria y las vecinas también.
      El tema de la ausencia de madre y mi seducción por los locos, es cierto, viene de ahí, y también es cierto que lo vuelco en mis relatos y en mis personajes. Y, por último, Isabel, es muy bonito lo que dices en el último párrafo acerca de mi narrativa ¡Hay tantos elogios ahí! Más me agradan, porque sé de tu sinceridad cuando comentas. De veras te agradezco todos estos hermosos halagos.
      Te mando un gran abrazo, un afectuoso abrazo.
      Ariel
      PD: "Vértigo horizontal" es una expresión que hizo famosa el escritor Drieu La Rochelle en una conversación con Borges.

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  9. Qué bien escribes Ariel..., es lo más halagador que se me ocurre. Es la primera vez que visito tu blog y ha sido una grata sorpresa. Es un texto de una fuerza y emoción increíbles, que te deja hipnotizado hasta el final del mismo. Conviertes en magia algo autobiográfico. Un abrazo muy fuerte.

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    1. Hola Ziortza! Es una alegría que hayas venido hasta aquí, eres bienvenida, siéntete cómoda para dejar el comentario que consideres conveniente. Si es una crítica constructiva será tan agradecida como un elogio.
      Es muy, muy, muy bonito todo lo que dices del relato y me alegro de veras que te haya gustado. Tu también escribes muy bien y, si lo permites, te seguiré visitando. Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  10. Que buen trabajo Ariel. Has mezclado los recuerdos de tu infancia en "la máquina de hacer descripciones" y de allí ha salido una bellísima prosa. Mientras se avanza en la lectura uno prácticamente visualiza la casa donde vivías, tan especial. Y vas delineando la sórdida imagen. Y la dibujas, la pintas y la reseñas en un trabajo realmente espectacular. Es un relato oscuro. Con una tristeza rara, también oscura. Y finalmente te vales de lo onírico para insertar (como tanto te gusta) algún tipo de historia fantástica dentro de la realidad. Tengo algún reparo, es cierto, pero te lo haré de forma personal. Excepcional trabajo, emotivo y de gran calidad.

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    1. Querido Néstor. Has hecho un repaso del relato que recibo con muchísimo agrado, con elogios que valoro mucho, lo sabés. Me encanta lo de la máquina de hacer descripciones, aunque a veces abuse de ello. Ponés tu mirada con ese oficio que tanto aprecio, halagadora por cierto, en mi narrativa ¡Cuánto me afirma eso en mi necesidad de escribir! Es un elogio muy grande el del final, muy importante. Gracias Néstor. Como siempre, te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  11. Comprendo ahora el motivo de tu apasionada tendencia a narrar los hechos de forma tan lírica, debido precisamente a esta nostalgia y tristeza que quedó bien enraizada en tu sensible espíritu desde tan temprana edad.
    Desconocía, amigo Raúl, que hayas sufrido ese vacío amoroso de una madre, lo que lamento, porque como educadora y docente, siempre estuve rodeada de ese mundo infantil (cuando empecé de maestra) y luego ya de alumnos mucho más mayores en el instituto con otro tipo de problemas más serios. Me hago una idea de como debió transcurrir esa delicadísima etapa de tu infancia y me estremezco del coraje con el que tuviste que afrontarla, aceptando y amando en silencio a esa ausente madre, a la que únicamente reconocías porque: "Se llamó a silencio, hablaba algunas veces sola o contestaba con monosílabos, caminaba por todas las habitaciones acunando el mate entre sus manos, de un lado a otro..."

    En cuanto a la narrativa, me ha resultado muy fluida, con descripciones geniales, como por ejemplo: "...se erguía vertical sobre el terreno, con su cúpula romboidal ahusada apuntando hacia el cielo y un árbol gordo a su lado. La puntera medieval de estilo gótico estiraba su pescuezo por encima de la construcción precaria."
    " ..como una cuba de bodega puesta de pie y, porque además tenía ramas que no parecían ramas sino más bien alas de pájaros antediluvianos bajo las cuales anidaban los murciélagos.a de la construcción precaria."

    Y la parte última con esa descripción onírica, es preciosa, espero que gracias a tu dominio con las letras hayas podido realizar un buen conjuro para liberar de semejante hechizo a esa anciana que aún duerme en tu almohada.

    Un gran abrazo.

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    1. Estrella
      Me has dejado una emotiva y muy cariñosa reseña del relato que te agradezco mucho porque le has puesto grandes elogios. Digo que tuve ausencia de madre porque es como si no la hubiese conocido, tal vez sea lo que más destaca en el texto, ella ha ido por otro sendero, un camino propio que la mayoría de la gente no ha comprendido.
      Yo me he dado cuenta en forma gradual a medida que iba creciendo, a medida que iba pasando el tiempo y, a pesar de algunos escollos lo he podido sobrellevar bien. Siempre he estado rodeado de afecto y eso, tú lo sabes como educadora, a pesar de esa ausencia primigenia, ha hecho de mí una persona que siempre ha visto y ve la vida con mucha alegría.
      Me ha puesto muy contento que elogies mi narrativa y mis descripciones en este escrito. Y, exactamente, Estrella, escribir y colocar sentimientos en mis personajes es una manera de conjurar, o tal vez de reescribir mi existencia, no lo sé. Sabes, a veces me preguntan que me gustaría cambiar de mi vida y, a diferencia de muchos, siempre digo lo mismo: nada. Soy muy feliz y, a pesar de todo he sido muy afortunado, y lo sigo siendo, fíjate, estoy conociendo personas maravillosas, como tú.
      Te mando un gran y afectuoso abrazo!!!
      Ariel

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  12. R. Ariel me ha encantado tu relato muy bien escrito y algo triste por la falta de tu madre en tan temprana edad. Has descrito tu infancia y la añoranza de una madre que de no haber entrado en la locura te habría arropado con mucho cariño tu tierna infancia. Has descrito el lugar que naciste y lo has dibujado tan bien que he visualizado esa explanada de polvo y la casa de forma que se erguía vertical sobre el terreno, con su cúpula romboidal ahusada apuntando hacia el cielo y un árbol gordo a su lado lado. Cuantos recuerdos guardamos en la memoria y que no dejamos pasar en nuestros escritos. Y tu los bordas como nadie, me ha encantado leerte amigo. Un abrazo

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    1. María del Carmen, muchas gracias por pasar por aquí. Creo que es muy importante conservar los recuerdos, todo lo que se pueda, los buenos y los malos, todo ha formado parte de nuestra vida. Y además es muy grato poder recrearlos en la escritura y los personajes. Me ha encantado que me dejes tu comentario. Iré a visitarte para leer tus cosas y mirar tus bonitas pinturas. Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  13. Una historia real y tremenda Ariel. Los recuerdos de la niñez se agrandan con los años y sin saber cómo, a veces regresan camino de los sueños con sus detalles, palabras y gestos que habíamos olvidado.
    Me gustó lo bien narrado.

    mariarosa

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    1. Así es María Rosa, los sueños suelen ser reparadores, a veces nos sorprenden con recuerdos olvidados o nos tejen una historia rara pero que nos llena el corazón. Me alegro que te haya gustado la narración y que hayas pasado por aquí a decírmelo.
      Ariel

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  14. Comentar relatos no es lo mío, así que no comentaré este más allá de decirte que es uno de los que más me gusta. Prefiero hablar contigo de algunas cosas: la soledad, la nostalgia, el dolor, la tristeza. Lo que te hace único es que eres capaz de sublimar todo eso y hacerlo hermoso, tierno y dulce. Sí, en ese sentido, eres poeta, aunque escribas prosa: sublimas los sentimientos en unos textos llenos de musicalidad y belleza. Ahora que sé que este texto tiene mucho de autobiográfico entiendo mejor tu sensibilidad hacia el dolor y la locura. Tienes la rara capacidad de crear belleza desde el sufrimiento, que es una hermosa manera de enfrentarlo y hacer que duela menos. Eso es lo que te hace extraordinario como escritor y, sobre todo, como persona.

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    1. Mari
      Hay en los cuentos como dos orillas, en una está el que escribe y en la otra el lector. Hay entre ellas mayor o menor distancia, esta separación solo la establece la consonancia emotiva, la coincidencia afectiva, o la empatía, si quieres. Los cuatro sentimientos que mencionas impregnan mis textos en forma natural de modo inevitable, a veces intento alejarme de ellos, pero es como estar en una ladera difícil de subir, tal vez sea mi modo de estar en el mundo. Afortunadamente existen personas que, como tú, pueden ver belleza, poesía y sobre todo ternura, cosas tan hermosas, por cierto, entre los pliegues del relato. Es un gran halago todo lo que dices acerca de mi modo de escribir y hacia mi persona. Me siento gratamente emocionado por ello y muy feliz de que hayas venido aquí a hablarme de estas cosas.
      Ariel

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