jueves, 10 de noviembre de 2016

Estacado

   El valle descansa sosegado entre las faldas de estas serranías y aquí está por ocurrir un suceso extraño, en las afueras, en el caserío más retirado de la parte ajetreada de este pueblo, lejos de los ruidos, donde el descampado se va terminando, antes de entrar en los dominios de la selva.
   Francisco es un hombre grande, pero no es un viejo todavía. Está en esa etapa en que la reflexión de la madurez ya le empieza a borronear los pensamientos. Se pregunta cuántas veces más podrá empezar a lidiar con un nuevo día y de donde obtendrá la voluntad necesaria para enfrentarlo. Algo parecido al temor a la Muerte lo va alcanzando de a poco. Su cuerpo alto y un poco encorvado le recuerda su edad y se lo hace saber con esa arruga horizontal que le cruza la frente adusta.
   Cada amanecer le muestra el mismo paisaje, las mismas montañas, los mismos colores castaños de otoño, el mismo cielo recortado sobre los tejados del pueblo. Toda su vida cabe en la memoria de los prados de este valle. Vive en las afueras de La Cumbre, en la Provincia de Córdoba, cerca del Camino del Cuadrado. Su casa está en una calle de tierra, es la última construcción solitaria, cercada por un alambrado, en medio de terrenos baldíos. Entre ella y la espesura solo distan unos metros, más allá comienza el monte tupido. La vista pasa de la llanura al bosque denso en un abrir y cerrar de ojos. Como marcando una frontera, los troncos y las cabelleras de hojas verdes se elevan como la pared de un desfiladero. Si uno alza la mirada al cielo azul antes de internarse entre los árboles, observando hacia el este, se ven las cumbres blanquecinas del cerro peladas por la nieve. 
   Ya no espera nada nuevo, su existencia no ha sido traqueteada ni por viajes ni por mudanzas, porque no ha salido nunca de este paraje aislado, y a su edad ya no hay encanto que lo atraiga, ha quedado arrinconado en este sitio naturalmente, sin nada que lo haya encadenado. Por eso la nostalgia no lo acosa, no tiene nada importante que haya perdido o deba recuperar. Sin embargo, la cercanía de su propia Muerte lo preocupa un poco, tal vez sea eso lo que ha estado sintiendo este último tiempo.
   Ha vivido, se conoce, no se rinde todavía, algo lo impulsa. Será la presencia de esta mujer que lo acompaña en las rutinas de su casa. María, tan joven, mucho menor que él. Hace poco que están juntos. Dos soledades que se han unido por una mirada al azar, casi sin palabras de por medio, solo un deseo que sintieron ambos en el cuerpo cuando se vieron, en una de esas tardes calurosas de verano. Él demoró su mirada en el modo en que la pollera se ceñía a las nalgas, y ella se dio cuenta que él se fijaba. 
   Ahora él advierte que sin María se siente un tanto perdido. Lo asalta un leve temor si se ausenta, queda agazapado como un animal que ha escuchado ruidos extraños entre el follaje. Sus ojos la buscan, gira la cabeza, recorre las habitaciones. Se desorienta si no ve los colores de los vestidos que ella luce, o si no escucha la risa espléndida que estalla en su rostro moreno. Las sienes le laten un poco cuando no la tiene cerca, le parece que se ha marchado, las manos se le ponen inquietas porque necesita acariciarle los cabellos lacios con sus dedos ásperos, para conservar la serenidad de su espíritu. 
   Dialogan poco, tal vez porque el silencio, de este paisaje verde en el que solo se oyen los trinos de los pájaros, se les ha incorporado como una respiración que conversa por ellos. Se sienten más a gusto con el lenguaje del gesto y las miradas, andan callados por la casa, toman mate obviando las palabras, hacen el amor explicándose las sensaciones con jadeos y, a veces rompen la rutina con alguna frase corta, respondiendo con monosílabos, pero los suficientes como para que él oiga la música de la voz dulce sonar en las cuerdas de la garganta de María, y ella escuche vibrar los sonidos graves del tambor amplio que se infla en el pecho de Francisco cuando habla. 
   El, carga con la condena de su vicio: es adicto a la bebida. Se embriaga con vino o ginebra. No recuerda desde cuándo, le parece que desde siempre. No con frecuencia, pero a veces pierde el dominio y se desbarranca, queriendo llenar el vacío sin fondo que lleva dentro, ese que siempre le pide más, hasta que lo ciega y le ata la lengua hasta perder la voz. Ella lo sabe, desde que lo conoció esa tarde cuando se cruzaron en una calle del pueblo, y hasta ahora lo ha tolerado porque lo quiere. Guarda la esperanza de que tal vez cambie.
   Ya ha caído la noche en esta parte del valle y hay un algo de tristeza en el alma de Francisco, tal vez por los pensamientos que ha tenido acerca de la Muerte. Saca dos sillas al fondo, afuera de la casa sobre el patio de cemento al aire libre, para que se sienten él y su mujer, y las arrima a una mesa que tienen en este lugar. Aquí está más fresco que adentro, el sol ha castigado el techo de chapas durante todo el día, pero a esta hora ya ha oscurecido y corre una brisa leve que trae la humedad de la vegetación del monte. Se sienta y su figura queda iluminada con el foco de luz amarilla que está fijado a la pared trasera, una luciérnaga que no se apaga. Los pájaros se han callado. Tiene el codo izquierdo apoyado en la mesa y el puño de la mano derecha apoyado en la cadera.
   —María —grita desde el fondo de la vivienda.
   —Sí…estoy buscando el mate…ya voy —le contesta ella que está todavía dentro de la casa.
   —Traeme un vaso cuando vengas.
   —Sí, ya va.
   Él ya ha traído la botella de vino tinto, la ha destapado y la ha puesto frente a sus ojos. 
   De pronto se aturde con esas reflexiones sombrías que le asoman por debajo de la cáscara de la conciencia, y la mirada se le pierde hacia la sombra callada de las plantas. La repetición de los años, esa recurrencia ingrata, cada vez más cercana «¿Será entonces que es en vano seguir con esto?», piensa, afirmando la idea con la cual se ha levantado hoy, al mismo tiempo que aprueba con la cabeza, y se le dibuja un gesto leve en el rostro, una mueca que le tuerce los labios. 
   Ella ya se ha acercado, coloca el vaso sobre la tabla de madera, al lado de la botella, lo mira en silencio, luego acomoda la pava y se sienta. Llena el primer mate, remueve la bombilla plateada, lo mira otra vez, se retira un mechón de pelo de la cara, se recuesta sobre el respaldo, se cruza de piernas, se alisa la pollera negra con la palma de la mano y espera.
   El comienza a tomar, no en forma atropellada, pero si a grandes sorbos porque viene arrastrando una sensación que no puede dominar, como un cosquilleo, una inquietud que le genera ansiedad, su adicción es un sabueso que siempre termina por alcanzarlo. 
   Es un obrero de la construcción y está todo el día trabajando con el cemento y la arena, entre el ruido de claveteos y martillos que golpean los encofrados. Antes de empezar a beber se ha acordado de ese tiritar de sonidos y con el vino se le va aplacando. No es sed lo que tiene, sino necesidad de aplastar el fastidio de la sentencia que lo perturba, que le retumba en la cabeza, ese final que se acerca y al que todavía no está dispuesto a entregarse. A medida que va tomando se le enturbia la sensibilidad, va entrando como en un sopor de siesta que le trae descanso, y Francisco percibe que ese apaciguamiento lo tiene a su alcance, en el líquido rojo del vaso.
   Ya queda menos de media botella y entonces estira una vez más el brazo para alcanzarla. En ese momento ella pone la mano sobre la suya intentando evitar que siga bebiendo.
   —Francisco, no te conviene que sigas tomando.
   —¡Callate, sacá la mano!
   —Te lo digo por tu bien.
   —¡Salí, te digo!
   Y de un tirón se la arrebata y se sirve. Llena el vaso hasta el borde torpemente. El vino se desborda, cae sobre la mesa y le tiñe de morado los dedos. 
   Ella retira rápido los dedos y se los lleva a los labios para taparse la boca, como queriendo acallar un grito que se le queda ahogado en el cuello.
   Poco a poco el vino hace la tarea. Ya está más que mareado y va entrando lentamente en una nueva borrachera. Un viento de troncos arrugados le atraviesa su garganta y la reseca como una quemazón, lo va enfureciendo de a poco y sin motivo. Bajo los rayos de la luz amarillenta ya no puede ver con claridad y confunde las cosas. Los fantasmas se empiezan adueñar de su cordura. Se le alborotan los recuerdos como retazos de telas gruesas, trozos de memoria que se ensucian en la ciénaga del tiempo. Le cuesta armar un hilo de pensamiento. Evoca las perlas de la sonrisa que brillan cuando su mujer ríe, y de pronto la advierte distante en la soledad del patio. 
   María presagia la tragedia, como las aves. Lo observa. Pero ahora toma más distancia, se ha parado detrás de su asiento y se toma del respaldo.
   Francisco nota que algo ha pasado, que no se explica, el suelo está blando, las cuatro patas sobre las que está sentado se están hundiendo lentamente. Se piensa que está atado, estacado, y que a los dos los va a tragar el piso, a él y a la silla juntos, se sospecha amarrado a la estampida feroz del tiempo y con sus ojos turbios ve que le nacen llagas en la piel huesuda de su mano, en un envejecimiento acelerado. Las flores y los aromas de ella, de su mujer, se van alejando. Empieza a ver pájaros nocturnos, aves de rapiña que vienen por él, que lo sobrevuelan como una manta negra que le va a caer encima ni bien esté muerto «¿Esta noche va a ser?, ¿éstas son las señales?», se pregunta. Es entonces que vuelve a encenderse el fuego de la bebida y le vuelve a quemar la garganta. La palabra que tiene que decir se estanca entre las ramas del aliento y desiste. 
   María, tan joven, añora las noches de amor, la ternura de su hombre. No puede evitar que rueden dos lágrimas pequeñas por sus mejillas al verlo en este estado. Lo observa, muda, percibe el terror en esos ojos abiertos, en ese cuerpo como soldado a la silla, abatido. Aprieta los puños, se muerde con los dientes el labio inferior. Luego gira su cuerpo y comienza a caminar, alejándose de él, buscando la puerta para entrar a la casa, dejando el patio atrás.
   Francisco se ahoga en un deseo sin palabras. Quiere decir y no puede. Su mente es un bote a la deriva que trae consigo los recuerdos de toda su vida a la orilla de su naufragio. No logra soltar una lágrima de sal que alivie el dolor de su desgracia. «Son los gusanos —murmura en voz baja— que vienen a buscar estos huesos viejos para limpiarlos hasta dejarlos blancos de Muerte». Porque siente que esa homicida lo está rondando, que está cerca con los instrumentos del final. Piensa que puede olerla a unos pasos de esta estaca que lo retiene, a esta silla que lo tiene amarrado y se hunde sin remedio en el cemento pastoso del piso. Le pesan los siglos en su cuerpo devastado. «Ya no es posible —reflexiona—, ya no podré nacer de nuevo a la mañana siguiente. Será necesario el abandono y la resignación». El vino libera su angustia contenida. Le crece el miedo como un ave de alas enormes que lo empuja más abajo. La desgracia se acerca, afuera está la Muerte esperando con los ojos abiertos y una esperanza entre sus manos. 
   «Porque un día ocurrirá que me levantaré —se dice casi en un ahogo— y que me daré cuenta. Ya será tarde y no tendré ganas de resistir los golpes asesinos de la arpía que me acecha. A todos le pasa. Un día uno toma conciencia que el camino termina ahí nomás. Ni siquiera el viento atroz que me tumbará me va a dar lugar a girar la cabeza, para ver a mi mujer y notar el aroma dulce que desprenden sus labios rosados. Habrá sido lindo soñar junto a María, ver las curvas de sus pechos, antes de que se acerque ese silencio mortal. Sucederá entonces que esa noche y su mortaja me cubrirán los ojos, ya no podré ver, mi cuerpo extinto alojará un corazón que ya no late». Ya es un tímido balbuceo que apenas se oye. 
   En ese momento se escucha un relámpago atronador, todo el cielo y la tierra se iluminan. Las nubes cargadas de agua, sombras contra la oscuridad del cielo, se empiezan a desplomar. En unos minutos comienza un diluvio vertical que todo lo moja. Repiquetea sobre las chapas de zinc con un ruido ensordecedor, el aguacero y el viento hacen que todo se empape. El vaso, la botella, la mesa. Francisco está calado hasta los huesos, el cabello gris le cae sobre el rostro como babas del diablo, el vino se va convirtiendo en agua, el piso va tragándolo. La silla, esa estaca cruel, se va hundiendo más y más, y no se detendrá en su descenso al mismísimo Infierno. Ahora está seguro que irremediablemente el patio lo devora. Quiere gritar y no puede, ya tiene el cemento a nivel del cuello, denso como un pantano a punto de engullirlo. En el fondo de su casa se puede ver un círculo viscoso, sin brocal ni marca alguna, que se ha masticado las sillas y la mesa, y en este momento, bajo la lluvia torrencial que azota las afueras de esta ciudad, aquí al pie del cerro El Cuadrado, se puede ver cómo se oculta lentamente, como una boya con ojos desorbitados que se hunde en el mar, la última parte de la cabeza de Francisco, llevándolo a los brazos de la Muerte sin necesidad de sepultura.
   María, que está dentro, guarda en su pecho la congoja, su hombre ha tocado un límite que ella no le permite más, por eso ha decidido dejarlo. No ha visto esta parte final del espectáculo, por eso a nadie que se lo pregunte lo podrá contar, no ha sido testigo de lo que ha pasado en el fondo de la vivienda. La última imagen que se lleva de él no la olvidará nunca: sentado en la silla y borracho. Ella ha abandonado el patio trasero hace veinte minutos, por lo tanto, no ha podido ver el hundimiento del que todos van hablar y nadie ha visto, habladurías dirá. Ha estado en la cocina, luego ha ido al dormitorio para colocar su poca ropa en una bolsa, y no ha escuchado los últimos susurros incomprensibles de Francisco. 
   Cierra la puerta delantera del lado de afuera, la tempestad la va empapando de a poco, le cubre las lágrimas, deja atrás el jardín que da al frente, mira la fachada encalada de la vivienda y sale a la vereda. La noche escucha, entre el rumor de la lluvia, pasos de mujer que chapoteando en el barro de la calle se alejan de la casa.

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28 comentarios:

  1. Me he quedado sobrecogida, Raúl, con esta historia en la que tan bien describes la tragedia de un hombre apenas entrevista en el inicio del relato con la pintura que haces del otoño. Es magnífica la forma en la que se entrelazan los sentimientos de Francisco con los cambios climatológicos, que van anunciando que algo terrible va a suceder. Y la certeza de que el amor, por profundo que sea, no es suficiente. Como siempre, me quedo admirada de lo bien que escribes. Un abrazo muy fuerte y mis felicitaciones

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    1. Así es Ana, ella no ha podido soportar la tragedia de la bebida. Aunque lo ama, ha llegado a su límite. Un adicto a la bebida siempre hace sufrir a sus seres queridos, inevitablemente. Y además, él, sumergido en su propia obsesión del fin de su vida, termina literalmente hundiéndose, en este suceso extraño que lo lleva a la Muerte.
      Una vez más agradezco los elogios afectuosos de una excelente y generosa escritora, tan sensible como tu. Un fuerte abrazo.
      Ariel

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  2. Hola, Ariel.

    Y luego tú me dices que no serías capaz de escribir poesía?
    Si usas unas metáforas en el contenido que son una pasada!!! (Permíteme ésta expresión), sigo, la historia de hoy me pareció totalmente dura y más dura de mascar cuando desgraciadamente tocaste un tema tan próximo a muchas personas que lo padecen y los seres que están al lado sufren unas consecuencias abismales. El pobre Francisco en sus desvaríos, sin darse cuenta, llamó a su propia muerte, algo que tanto le desbarataba y a la vez en cierta forma sin darse cuenta, sabía y quería. Pienso, que el verdadero amor era el de ella, de María, protegiéndolo, pues él en su egoísmo (aunque su vicio enfermo le pudiera), se dejó ir, donde María se apartó en el último momento, seguramente, para recordarle en los buenos instantes que tuvieron de amor.
    Las imágenes del relato, muy bien detalladas, (de ahí el decirte lo de las metáforas), aunque en mi opinión, hiciste en varios renglones mucho hincapié recalcando mismos aspectos de él, aún así, me encantó como trataste el tema con delicadeza, una historia triste, no menos hermosa.
    P,D:
    El mensaje interior era de agradecimiento, querido.

    Es un placer siempre pasar por ésta tu casa.

    Besos, Ariel :-)

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    1. Además de deslumbrarme con tus poemas fascinantes, Yayone, voy descubriendo que eres una excelente lectora. Has tocado un punto de la historia que me interesa mucho y es el del sufrimiento de los que conviven con un alcohólico, el dolor del adicto lo padece toda su familia, es una tremenda tragedia, tal como tú dices, y fue una de las líneas de la trama de la historia que por ese motivo quise contar.
      Además, has sabido ver claramente el egoísmo de él y el amor de ella, y por supuesto aciertas en el apartamiento de María para conservar lo que ha quedado de ese amor, por eso la congoja y las lágrimas que derrama en su huida final, porque también quiere preservarse del último tramo de la borrachera de Francisco, que ya conoce como terminan y ya no quiere padecerlas más, ha llegado a su límite y, no se lo podemos reprochar.
      Una historia en la que es difícil encontrar culpas, porque Francisco, también está acorralado por la pesada obsesión de la Muerte, la tiene incluida y asumida y, hasta cierto punto la consigue en ese episodio que nos permite la ficción, el hundimiento, quizá la metáfora que dispare las múltiples interpretaciones del extraño suceso.
      Te agradezco que me hayas apuntado esas repeticiones que has percibido acerca de la personalidad del protagonista. Es un placer que hayas venido hasta aquí, Yayone, es un gusto contar, como siempre, con tus elogios. Recibir un comentario tuyo es un aporte que tiene mucho valor para mí.
      Un beso.
      Ariel

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  3. Una historia impresionante. Has trabajado la psicología de Francisco desde una increíble introspección. Por momentos con la tarea de un orfebre. Con descripciones de ambientes y de pensamientos y emociones del protagonista que en ningún momento abruman al lector. Detallista en la prosa y abarcativo en los conceptos vas ahondando en ese tránsito final sin limitaciones y con un rigor perfecto. Acaso el simbolismo del final sea lo mas valioso, cuando de algún modo se lo traga la tierra.Hay belleza y originalidad. Gran trabajo.

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    1. Es muy gratificante todo lo que me decís y hay algo que especialmente me agrada sobremanera, que es tu mirada sobre el simbolismo final. Porque te ha parecido que es lo más valioso y, para mí es una parte del relato fundamental, por muchos motivos, y entre ellos mi tendencia, mi seducción por lo fantástico. Sabemos que la literatura de ficción lo permite, pero también sabemos que según como se lo cuente es el efecto que produce. Por eso estoy muy contento porque le has visto belleza y originalidad a ese tramo. Y por supuesto te agradezco todos los elogios que le hacés a la introspectiva y a la prosa en general. Querido Néstor, muchas gracias y te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  4. Cuando se teme tanto y se piensa tanto en la muerte, la oscura termina viniendo, quizás adelantándose a la hora que debía ir por Francisco.
    El miedo también le impide disfrutar de la compañía de su mujer y la suplanta por la adormecedora del vino. Finalmente, ni siquiera borracho, logra superar su obsesión y me gustó la forma como termina el relato con un giro fantástico, que contrasta con el inicio realista.
    Como comentario, me resultaron algo redundantes las explicaciones sobre su miedo, enlentecen la lectura, porque ya lo habías expuesto perfectamente con anterioridad. Pero es una sensación mía.
    Hay tramos de prosa poética que son excelentes.
    Un abrazo, Ariel.

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    1. Muchas gracias Mirella por pasar por aquí y por dejar tu comentario, por darme tu punto de vista sobre las redundancias que percibiste. Tu lectura es siempre muy reveladora. Y por supuesto por señalar los aspectos que te han gustado y el elogio sobre la prosa. Te mando un abrazo.
      Ariel

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    2. ¿Qué decir?
      Lo primero que es difícil comentar este magnífico relato porque, al leerlo, su lectura entristece. Se contagia el desánimo de Francisco. Osmosis de Francisco. La culpa la tiene el autor que sabe elegir con inteligencia emotiva cada palabra, cada situación, y se las ha arreglado sin hablar desde la boca directa de Francisco, hacernos sentir en su interior (en su terreno más íntimo, su cadena al alcohol, su miedo a morir)
      Hay mucho que destacar (aunque me gusta todo), remarco unos cuantos puntos para no extenderme demasiado:
      - El tratamiento de la naturaleza y del paisaje que refuerza el clima sobrecogedor del texto. El escenario)
      - No hay, por parte del autor, ningún entrometimiento en su personaje (no juzga, no hace juicios de valor, lo deja libre)
      - El toque mágico es magistral, le da una dimensión fantástica al momento final, casi de tragedia griega con esos cielos abiertos. El relato se sobredimensiona por un momento y le da un contrapunto magnífico al hiperrealismo (casi suprarealismo) de la vida terrenal de Francisco, tan pegado y apegado a su imperfecta humanidad.
      - Me ha parecido acertada la reiteración de los pensamientos obsesivos de Francisco en torno al eje central de su temor a la muerte.
      - Los pocos diálogos son adecuados, bravo por el acento local tannatural (acertado no poner demasiado coloquio, porque Francisco es lacónico, no habla mucho)

      Toda mi admiración y respeto por tu manera de escribir Ariel. Leo y aprendo, compañero.

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    3. Isabel.
      Sabes que eres una de las escritoras que más admiro, te imaginas entonces cómo suenan de agradables estos elogios que enumeras, algo así como una música que viene de tus islas de la primavera eterna. Y por este oficio de la literatura que tan bien dominas, por tu experiencia, ya sea en cuento como en novela, me resulta muy interesante el análisis que haces, en especial de la introducción de la escena fantástica, porque le das una valoración importante que bajo tu óptica la expandes, en cierto modo, hasta hacer contacto con corrientes artísticas, que abarcan también las artes plásticas, esas artes que tan bien conoces y en las que también te has formado. La incorporación de esta escena ha sido muy importante para mí, un desafío para experimentar nuevas posibilidades, de ahí el hincapié que hago en ello.
      Es un enorme placer y un lujo contar aquí con tu examen del texto, con tu mirada, con tu generosidad, que me acompañan desde mis comienzos y que tanto te agradezco. Es muy bonito todo lo que dices. Te mando un enorme y un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  5. Poco que añadir a lo que ya han comentado otros compañeros. Está claro que la literatura fantástica y surrealista te gusta y es uno de tus fuertes. Nos muestras a través de ella el mundo interior de tus personajes, así como las circunstancias que los rodean. En este caso toda esa escena final es el símil del hundimiento moral y vital del protagonista y de todo su entorno, de aquello que ha dado sentido a su existencia y lo ha mantenido sujeto a la vida. Muy significativo que María haya tomado la decisión de abandonarlo en el momento justo que el suelo se hunde bajo sus pies. Al tiempo que aquello que lo sostiene lo abandona, su existencia se derrumba. Admiro esa capacidad que tienes para aunar realidad y ficción en una misma historia y crear esas imágenes y sensaciones en quienes te leemos. Un abrazo Ariel.

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    1. Jorge.
      Imaginé, como una corazonada, sabes, que, bajo tu mirada penetrante de cuidadoso escritor, bajo tu minuciosidad de crítico, no ibas a pasar de alto la coincidencia que se da entre la decisión de María y el hundimiento de Francisco. Tus lecturas siempre, pero siempre, de verdad lo digo, me dejan reflexionando. Gracias por hacerme saber que ha sido acertado el modo en que se inserta la escena fantástica en el relato. Como siempre te mando un fuerte abrazo.
      Ariel

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  6. Tal vez el mayor drama de la vida de tantos seres como Francisco es la chatura, esa sensación de que no pasa nada en nuestras vidas, de que no tenemos nada que perder ni nada nuevo por descubrir. Más que un relato, una minuciosa e intimista pintura hecha de detalles cotidianos, paisajes y estados de conciencia y alma pura, un realismo mágico con símbolos potentes como el vino y el hundimiento final y trágico, que reverbera y redime a la vez, todo bordado con una prosa convincente y preciosista. ¡Muy buen trabajo, Raúl!

    Un beso grande ;)!

    Fer

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    1. Es verdad, Fer, a algunas personas, esa angustia que nos genera la libertad de la que somos conscientes como seres humanos, esa positiva necesidad de darle un sentido a nuestras existencias, se les va apagando con el tiempo, por innumerables razones. Ta vez la precariedad intelectual de Francisco, su vida apagada, haya sido uno de esos factores.
      Gracias por estar aquí, por dejarme tu valioso comentario.
      ¡Un beso!
      Ariel

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  7. Creo que ya te han dicho todo, aunque me quede poco por decir si añadiré que además de sobrecogedor es un relato para la reflexión, a veces nos volvemos tan egoístas que no valoramos como deberíamos lo precioso que tenemos a nuestro lado y creo que eso lo explicas de manera sublime. Francisco tan abatido por sus propios pesares, encerrándose o ahogándose en vino no percibe como el amor de María se va diluyendo entre sus tragos.
    Un texto maravilloso, mis felicitaciones.
    Un abrazo.

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    1. Ahora que pones el acento en el tema del egoísmo reparo en los diferentes modos en que cada uno de nosotros, como lectores, nos interesamos por cuestiones distintas. Cuando escribimos podemos tener la mejor espontaneidad y contar con las mejores herramientas para ejercer la técnica narrativa, lo que tal vez nos lleve a realizar un cuento interesante. Pero la brevedad característica de este género nos lleva a contar lo mínimo, eso que va a producir el efecto que queremos lograr y nada más. Es muy escueto lo que contamos porque necesariamente el cuento necesita completarse con el lector. Por eso la magia del género, ambos, escritor y lector, lo hacemos.
      Es poco o nada lo que se explicita en el texto acerca del egoísmo de Francisco y, sin embargo, creo que varios hemos coincidido en que él se comporta de ese modo. Y tu especialmente haces hincapié en esa contraposición: el egoísmo de él y el amor de María. Y, si me permites, quizás cabría desmenuzarlo un poco más diciendo que también que ellos “se necesitan”, ambos se han cruzado en el Destino del otro para calmar sus soledades.
      Muchas gracias por tus elogios, me alegra mucho que te acerques hasta aquí a dejarme tu opinión. Es un placer Mariola. Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  8. Amigo Ariel y que te puedo decir yo ante tanto como te han dicho tus lectores? Si ya no tengo palabras, las mías, tan sencillas, pero admirando tu manera de escribir, eres talentoso, un magnífico escritor, has bordado el relato con tinta de oro creando magia con tus letras, a los personajes, al escenario... Todo en su conjunto.

    Admirable amigo... Admirable....

    Me quito él sombrero y te aplaudo.

    Un gran beso.

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    1. María tus palabras son muy hermosas, yo te conozco a través de los bellísimos poemas que pones en tu blog y, a veces me quedo yo sin palabras para comentarte allí. Yo también te admiro, adoro tus poesías, disfruto enormemente de su lectura, pero soy incapaz de incursionar en ese modo de literatura, lo he intentado y nunca me ha salido. Me encanta además el registro netamente erótico, para el cual tienes un don especial, que no cualquiera lo tiene. Parecería que los diferentes géneros que cultivamos nos alejasen, pero, según mi humilde opinión, ambos pertenecen a la lírica, por definición, tanto la prosa como el poema, y por ello nos acercan. Hay una extrema sensibilidad que desarrollas al escribir, nunca el amor abandona tus letras, y ese es un prodigio enorme.
      No te imaginas como te agradezco los elogios que aquí me dejas, y con qué ansias espero encontrar tu comentario al pie de mis relatos. María, esta es tu casa, y tus palabras muy valiosas para mí, compañera de letras. Muchas gracias por todos los elogios bonitos que me pones.
      Gracias por pasar por aquí. Un beso enorme.
      Ariel

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  9. Nos muestras con detenimiento esas múltiples ventanas por donde volar con nuestra imaginación hasta ese marco natural, las afueras de un pueblo donde en un caserío vive un hombre grande, como bien puntualizas, porque no se trata de un anciano ni tampoco de un hombre maduro, sino de una persona que ha transpasado el umbral de la madurez y va camino de hacerse un anciano, al que parece que le obsesiona la muerte, ya que le produce mucho temor.
    A continuación nos regalas una riquísima prosa poética para irnos describiendo hasta el mínimo detalle de esa zona geográfica que ambienta la escena y poco a poco nos vas introduciendo en los pensamientos y la forma en que este personaje concibe su existencia y las costumbres del día a día. En esa parte es donde ya comenzamos a descubrir que no vive solo, sino que hay una presencia femenina de la que parece dependiente, una joven que lleva poco tiempo acompañándole y que de forma altruista y amorosa realiza las labores domésticas, mantiene relacione íntimas y se comunican a través de gestos y monosílabos, pero desgraciadamente su vicio por la bebida poco a poco rompe el encanto de dicha relación.
    Finalmente llega esa última parte de la historia, donde la bebida, como un veneno logra separarles definitivamente y de nuevo el dominio de tu pluma nos invita a asistir a todo un despliegue de acontecimientos tan sumamente trágicos, que dicho final se convierte en el mejor colofón del relato, dejándonos sobrecogidos ante la visión del protagonista que en medio del delirio etílico se abandona a su suerte, completamente solo y moribundo, bajo una lluvia torrencial...

    Una vez más, estimado Raúl, tengo que felicitarte por tu trabajo de orfebre de las letras.

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    1. Qué placer encontrar este recorrido tan minucioso que haces por el texto, Estrella. Porque sé que te tomas tu tiempo, no simplemente para pasear los ojos por las frases a la ligera sino para interpretarlo o reinterpretarlo, descubrir, y si es necesario apuntar las fallas que ves con los ojos de tu experiencia, señalando al mismo tiempo las debilidades y fortalezas. Cuán importantes son tus comentarios para mí, en este primer tramo del camino, donde uno trata de poner lo mejor, pero necesita tropezar, necesita equivocarse y, necesita que se lo digan, que le indiquen dónde está el error, tanto en los aspectos estilísticos, como en la técnica literaria, como en el tratamiento de los temas, argumento y trama. Sabemos que todo es subjetivo, pero dentro de esa cualidad hay aspectos, puntos de vista, algo de preceptiva, en fin, elementos que agregan, que suman, para seguir avanzando en la búsqueda de la propia forma de contar, y de esas herramientas que permiten dominar poco a poco, las emociones y el intelecto, para convertirlas en un hecho literario que valga la pena.
      Me alegra mucho que señales con beneplácito el cierre del relato, tal vez, como te decía antes, para aportar un poco más de firmeza en mí, en el tratamiento de estas situaciones. Muchas gracias por pasar por aquí y por supuesto por todos los elogios que pones. Te mando un abrazo con mucho afecto.
      Ariel

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  10. Silencios que expresan dolor.

    Un relato intimista muy desolador, desde su inicio tratas de una manera prudente una terrible enfermedad como la adicción del protagonista. Logras que el lector sea consciente en todo momento del proceso de destrucción y la necesidad de no querer ser rescatado. Final que logra cuando los miedos se materializan.
    El amor no debe ser unilateral.

    Profundo Ariel.

    Un abrazo.

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    1. Así es Irene, como tu dices, la adicción es una enfermedad terrible que destruye al entorno familiar, llevado a la ficción en este relato la mujer del protagonista, con mucho dolor, se salva dejándolo. El amor debería ser siempre retribuido, es uno de los sentimientos esenciales en la evolución de nuestra especie. Muchas gracias por pasar nuevamente por aquí a comentar, me siento muy complacido. Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  11. me gusta lo que escribes es como leer en silencios un abrazo desde el otro lado de tu mente

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    1. Muchas gracias Mucha, me alegro que te haya gustado.

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  12. Sos un escritor
    Yo soy un blogger
    hay una gran diferencia entre nosotros
    El blogger escribe corto y al grano
    tiene que ser leído por muchos y rápido
    El escritor como vos se relame en los momentos detalladamente...
    Un abrazo no te pierdas compañero
    Mucha

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    1. Excelente definición Mucha, te mando un abrazo, esta es tu casa, no te pierdas en el camino, eres bienvenida.
      Ariel

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  13. ¡¡Muy bueno Ariel!!

    Un cuentazo de esos que uno se devora hasta la última palabra, un drama bien llevado, con la realidad de algo que sucede a diario. La bebida y la debilidad de un hombre sin fuerzas para luchar con su drama.

    mariarosa

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    1. María Rosa son muy generosos tus elogios. Coincido con tu apreciación, creo que en cualquier barrio, en cualquier edificio de departamentos, en cualquier cuadra podemos encontrar gente que tiene problemas de bebida u otra adicción, como las drogas. Y el resultado es siempre el mismo: familias destrozadas. Es una problemática que atraviesa todo partido político así como toda clase social, ricos o pobres. Me recuerda al tipo de problemática que sufren las mujeres que tampoco tiene que ver con esos parámetros y que nos involucra a todos como sociedad, por eso escribí acerca del "miércoles negro" el relato de "La tarde de las mariposas negras"(una de las entradas del mes de octubre). Muchas gracias por dejarme tu comentario. Estaré pasando nuevamente por tu blog.
      Ariel

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