martes, 20 de septiembre de 2016

Moscas

   Este es el primer relato de una serie que está formada por los cuatro siguientes, los cuales también se pueden leer en forma separada:

   I: Moscas.

   II: A la mañana siguiente, la ventana.
   III: Lucrecia.
   IV: Una línea muy delgada.

   No sé si han notado que hace tres semanas más o menos que no publico nada. Tal vez haya pasado desapercibido, después de todo son muchos los que escriben en este sitio web. Todavía estoy convaleciente, recuperándome de la herida.
   Soy escritor, o más o menos eso, como muchos de ustedes. Ahora estoy en la penumbra de la habitación tendido de espaldas sobre mi colchón. Medito mientras el sol de la tarde ya ha desaparecido. La persiana de la ventana de mi pequeño dormitorio está medio baja. Del lado de adentro hay dos cortinas de voile transparentes. El pobre resplandor, que a esta hora quiere entrar, se ve confinado a ese rectángulo, que queda entre los marcos laterales, el alféizar y la tablilla inferior.
   Tengo un cenicero de chapa apoyado en la mesita que está al lado de mi cama, pero lo uso poco. La brasa se enciende en la punta de mi cigarrillo cuando le doy una pitada, una bruma roja ilumina el techo y se desvanece. La ceniza se estira y cuando muevo la mano hacia el costado se cae sobre el piso. Mañana, me digo, tendré que barrerlas. A veces me pregunto para qué conservo el cenicero.
   En esta tarde, que va cediendo al avance de la noche, no he encendido la luz, me ganan los pensamientos, hago demasiado esfuerzo tratando de espantarlos, o tal vez sean la desidia, o la costumbre, las que me mantienen en este estado de meditación. Cuando estoy así pienso en cosas tristes y deprimentes de mi pasado y eso lejos de hacerme mal se convierte en un bálsamo, en la sensación de estar en otra parte, en otra realidad que ya no duele.
   Los recuerdos horribles de mi corta vida —no llego a los cuarenta— quedan al descubierto, pero no me hacen daño. La locura me seduce como idea de escape de mi penosa existencia. No pienso en el acto preciso del suicidio, solo especulo con estar en otro plano, en otra parte, me entrego en la penumbra de la alcoba a pensar en esto. La realidad evidente de las mañanas, por otra parte, tiene esas luces refulgentes que me encandilan, me enceguecen. Las voces estridentes de la gente me taladran los oídos. Son demasiadas sensaciones juntas, me abruman. Por eso prefiero la noche.
   Hace dos semanas me han publicado un cuento en una revista literaria, he obtenido una mención en un concurso y lo han editado. He recibido muchos mensajes, los cuales no he contestado, pero entre ellos se ha colado una amenaza. Un lector ha sentido que el personaje principal de ese cuento —un loco— hacía referencia a él, entonces se sentía identificado y estaba furioso, lo pude notar por el odio que se desprendía de sus palabras, lo vi en el rencor que destila un delincuente descubierto en un delito, parecía que yo estaba exponiendo su locura ante la gente. El e-mail decía que por haber revelado “su problema” yo debería tener un escarmiento. Era una amenaza directa, no velada, el tipo estaba sacado, y estaba dispuesto a llevar a cabo su venganza, no me decía cómo, pero sí me decía cuándo: al día siguiente.
   En ese momento lo pasé por alto, como a los otros mensajes. Preferí pensar que era una broma de mal gusto y lo borré. Cerré la computadora y seguí con mi rutina.
   Vivo solo en Palermo, en un departamento viejo de dos ambientes. No soy ordenado, suelo dejar la ropa tirada, los platos sucios en la cocina, no es limpio este lugar. Trabajo poco, a veces escribo en otros sitios web, a veces para algún diario por encargo, o para alguna revista. Esos trabajos van desde algún artículo de divulgación hasta los textos más bizarros para las revistas pornográficas.
   Me vendo por nada, lo suficiente para poder comer y comprar cigarrillos, la única droga que consumo. A veces salgo a tomar algún trago, o un café, siempre por la noche. Vivo con los horarios desplazados, me despierto tarde y me acuesto tarde. Soy indolente, no espero nada del futuro ni lo busco, a veces pienso que la única salida es la locura. Estoy bajo tratamiento, el psiquiatra me dijo que soy “border”. He decidido hace años no atar a mi vida a ninguna mujer, no quiero condenar a nadie a convivir conmigo, sería un desastre. Tengo relaciones cortas, trato de no involucrarme demasiado. Además, no tengo familia que se pueda ocupar de mí.
   Por las tardes me lo paso meditando y fumando en la cama, pensando en cosas turbias, mordiendo las frases para encontrarles un sentido. Pienso que en algún momento voy a descubrir un argumento claro, alguna idea de donde asirme, algún cabo que me lleve a alguna certeza, a alguna conclusión. Lo de siempre. El mensaje de ese tipo lo leí una tarde de esas.
   Al día siguiente ya me había olvidado de él. Después de cavilar como todos los días, ya entrada la noche, decidí levantarme y vestirme para salir. Ya se habían disipado los hilos rojos del crepúsculo y salí a la calle a buscar un bar. Cerré la puerta de entrada y di dos pasos en la vereda.
   En ese momento fue que lo vi al tipo, pero ya lo tenía encima e inmediatamente comencé a sentir los golpes. Los recuerdos son borrosos. Mientras me abrumaba con sus gritos, y me insultaba, sentí algo que me empezó a arder en el costado, un hierro caliente hincado en lo profundo. Quedé tirado ahí tomándome el estómago recostado contra la pared. Después de eso tengo un bache en la memoria, me veo en una camilla vendado, en el hospital. Estuve tres días internado, nada grave, vino la policía a tomarme declaración, no pude dar detalles y todo quedó en la nada.
   El personaje de mi cuento es un loco. Hay muchos cuentos de escritores que tienen personajes que sufren esta dolencia. Muchos de los días que estuve tirado en esta misma cama me los pasé pensando en esto. Me preguntaba: «¿Recuerdo algún escritor de ficción al que hayan asesinado por algo que haya escrito?». Y me respondía: «No recuerdo ninguno». Pero el asunto era que yo tenía una lesión concreta, siete centímetros de una costura cerca de la ingle eran testigos de la agresión que había sufrido. Pensé en dejar de publicar.
   El tiempo que pasó, antes y después que me sacaran los puntos, me lo pasé comiendo porquerías, latas de comidas en conserva, con el paso de los días se fueron acumulando en la mesada. Un día se me ocurrió que me podía hacer un bife a la sartén y lo saqué del freezer. Tenía hambre, pero seguía tomando calmantes, me tenía que quedar en reposo, se me podía abrir el corte e infectarse.
   El asunto es que ya había visto a las moscas, zumbaban sobre el bife y sobre los platos sucios. Recuerdo que después estuve un par de días con fiebre y casi no me pude levantar. Cuando pude acercarme a la cocina ya el bife estaba en mal estado, me di cuenta por el olor a podrido que sentí antes de llegar. Había una nube negra sobre la carne descompuesta, eran las moscas. Abrí la ventana que está sobre la mesada y me puse a agitar los brazos para espantarlas. Ahí fue cuando sentí el tirón y decidí ir a la cama, el dolor me quemaba debajo de la venda.
   Pasaron como dos días hasta que me pude levantar de nuevo. Estaba débil pero la herida no me dolía. El descanso me había hecho bien. Fue entonces que empecé a percibir el hedor, la fetidez que invadía el aire y llegaba hasta el dormitorio. Era nauseabundo. Me fui desplazando despacio hasta la cocina. El espectáculo era deprimente, casi me hizo vomitar: moscas, moscas y más moscas. Había moscas por todos lados, negras, verdes, azules.
   Ya pasaron tres semanas de este suceso. Estoy repuesto. Lo primero que hice fue poner el bife putrefacto en la bolsa de la basura. Luego la saqué al pasillo para que el encargado del edificio la pudiera sacar a la calle. Me costó varios días limpiar todo y de a poco las fui sacando.
   El departamento sigue en desorden, pero ya no están esos bichos. A veces sueño que tengo una montaña de ellas comiendo sobre mi herida.
   Ahora estoy escribiendo un cuento nuevo. Es sobre un asesino que mata a una pareja de lesbianas, dos jovencitas que van a besarse a la plaza un mediodía. Tengo miedo de publicarlo. Mañana voy a decidir qué hago.
   ¿A alguno de ustedes le pasó alguna vez algo parecido? Me refiero a que un lector los haya atacado por algo que han escrito.
Safe Creative #1610019354385

viernes, 9 de septiembre de 2016

Relato de Oro

   Esta mañana me he levantado con la enorme y grata sorpresa de haber sido distinguido con este premio del “CÍRCULO DE ESCRITORES”. Quisiera compartir esta mención con todos los escritores que me siguen en este blog, en especial con los que han sido mis compañeros en TR (y los que aún lo siguen siendo). Todos me han ayudado con sus comentarios, análisis, críticas, elogios, y les estoy enormemente agradecido. Desde los primeros relatos que subí a ese sitio y luego aquí en mi blog, me han regalado su tiempo para tratar de hacer las cosas cada día mejor. Dado que este es mi primer premio estoy enormemente emocionado, sepan que los considero mis maestros y que los llevo en el corazón.
Ariel