sábado, 6 de agosto de 2016

El valle del sueño

   Está parado en medio de la nada pisando el terreno blando mientras aletean pequeños pájaros en el cielo. El largo camino de tierra que llega hasta aquí se pierde en el horizonte. El coche que lo ha dejado en esta soledad es un puntito negro que se va perdiendo en el paisaje. La aldea chata descansa en el silencio de la tarde a un costado del río que la va esquivando en su trayecto sinuoso por el valle. Mira en derredor, todo le recuerda a un pueblo típico del interior de Buenos Aires, casi igual que éste, envuelto en silencio, alejado de todo.
   Ha sido un niño adoptado, sus padres se lo han dicho, pero nunca han querido hablarle de sus verdaderos padres, ha discutido por eso con ellos, ahora están algo distanciados. Desde hace algunos años ha realizado averiguaciones, está en pie de guerra contra todo lo que se oponga a ocultarle su memoria personal, su origen, una batalla se le ha desatado en el alma, necesita encontrar su propia historia, por eso está aquí. 
   En su bolsillo guarda una foto en sepia, un trozo de carta escrita con tinta color violeta, una dirección, el nombre de su hermana, esta es toda su fortuna. 
   Esta misteriosa aldea a la que ha llegado se llama Kalachi, está casi perdida en el norte de Kazajistán. Él no sabe ruso ni kazajo, pero su hermana Milenka balbucea un castellano modesto; confía en que sea suficiente para abrir las ventanas de la claridad que su dolor necesita. Con modales suaves, ella lo recibe en la puerta de su casa y lo hace pasar. Su hogar es acogedor. 
   Él entra con el ceño fruncido, pero intenta no exteriorizar toda la angustia acumulada por tantos años de búsqueda. Lleva mucho tiempo detrás de esta palabra que le cuente como eran sus padres, que le diga quién es él. Trae la esperanza casi gastada por este recorrido, pero de todos modos viene en busca de este sendero sanador. Sabe que ellos fallecieron, pero su congoja, su ansiedad, esperan en silencio que salgan de los labios de su hermana, los sonidos que anhela, para poder armar algo, más que nada la semblanza de su madre Sasha, la del pequeño retrato que trae consigo.
   Están sentados en la sala principal. Las amplias cortinas de las ventanas filtran la luz del sol generando una amable penumbra. Conversan largamente mientras toman el té, ella sirve tostadas. Hay dulces para untar, panes que esparcen sus aromas entre el mobiliario rústico, el encuentro se extiende toda la tarde. 
   Serguei piensa, luego de escuchar todo el relato en la voz suave de Milenka, cuánto tiempo le va a costar componer su historia después de todo lo que aquí ha oído con atención, luego de asimilar esas palabras que ha esparcido la dulce sonrisa de su hermana.
   La larga charla se ha prolongado hasta el anochecer, es tarde y llega el momento de la despedida. Él sale de la casa agradecido, lleva en sus oídos dulces palabras para su corazón, calma para su desasosiego. Por primera vez en años siente que se aplaca la desazón de su universo. Le llevará tiempo, sin duda, armar nuevamente la verdadera figura de su vida. Su cerebro bulle, pero su corazón reboza. 
   Una vez que llega al dormitorio que ha alquilado cerca de lo de su hermana, se acuesta y apaga la luz. Sin embargo, tiene los ojos abiertos, no se dormirá sino hasta la madrugada. Comienza, por fin a pensar en su madre, en el origen de las cosas, no sabría decir si está feliz o no, pero está exultante. Su corazón se ha agitado después de todo lo que le ha contado su hermana, no logra escapar de la emoción que lo embarga, no sabe cuál fue la última vez, que como ahora, tuvo un nudo en la garganta. Se pasa los dedos por las mejillas para quitar la humedad que le baja, sin querer, de sus ojos cansados.
   Se siente raro aquí, en la oscuridad, en el silencio, en la soledad de la habitación, en esta aldea perdida cerca de la Siberia rusa, lejos de donde ha nacido. Está en pie de guerra. Se pregunta si este encuentro es la primera victoria, el enemigo es escurridizo. La palabra memoria se le despliega como un cartel delante de su frente, sus labios se mueven tímidos en un intento de pronunciarla, como cuando era niño. Es lo último que recuerda antes de dormirse.

   En esta tarde de su segundo día de estadía, va con su hermana al pueblo vecino que se llama Krasnogorsk. La temperatura es agradable, estima que hace más o menos veinte grados. Ella va montada en su bicicleta color azul con portaequipaje y le ha ofrecido la verde a él. 
   Ella le cuenta que no llegó a ver la época dorada de esta ciudad. La mina de uranio, que fue el esplendor de aquellos años, hoy está abandonada, los edificios están destrozados. Solo hay un grupo que están en pie, aunque derruidos. El resto del pueblo está en ruinas. La mina se cerró a fines de los años ochenta. 
   Está alegre, se le nota en la sonrisa, tal vez sea algo natural en su hermana. Le muestra esta ciudad fantasma. Las edificaciones muestran las huellas de los bombardeos. Las ventanas son ojos rectangulares, cuencas vacías, las paredes están picadas por la viruela de los disparos. Los bloques de hormigón se han derrumbado, los tendones de hierro están cubiertos de óxido, expuestos al aire como cuerpos desarticulados a los golpes, excluidos en los contornos de la ciudad, el sitio en que habitualmente está destinado a los cementerios.
   Llegan y miran hacia el interior de uno de los edificios. Se ven los trastos de la gente que vivía aquí, bolsas, ropa vieja y sucia, objetos de plástico, botellas de vodka vacías, una muñeca rubia con un vestido corto sin mangas color celeste, dibujos hechos en papeles coloreados por los niños, ahora desteñidos por el clima, por el paso de los años, pegados en las paredes, rotos.

   Regresan con sus bicicletas a la aldea y Milenka le comienza a contar sobre la vida en Kalachi. 
   —Aquí padecemos de un estado extraño, todos tenemos miedo a quedarnos dormidos en cualquier momento, algunos han llegado a estar dormidos durante una semana entera, bebés, niños, adultos. Las autoridades conocen las razones, pero no han podido convencer a todos. La mitad todavía habla de fantasmas, la otra mitad le echa la culpa a la mina de Krasnogorsk, hay un temor general que nos cubre con un manto de espanto del que es imposible salir. 
   » La gente se cae como borracha y se queda dormida en la calle, en cualquier lugar, los niños también. Por eso los que pueden se van, los que no, se quedan aquí. Esta es una aldea pobre, no es fácil levantar todo e irse, no todos pueden y hasta hay algunos que prefieren quedarse y morir aquí. 
   » En cualquier momento cualquier chico puede dormirse. En el único colegio municipal donde se dictan clases se han quedado ocho niños dormidos en esta semana al momento de tomar lista antes de entrar a las aulas.
   Serguei observa, piensa que la aldea de todos modos, es bonita. Todas las casas tienen techos de tejas a dos aguas, todas tienen chimeneas, queman leña en los hogares para pasar el crudo invierno. Su hermana dice que hay nieve en la estación fría por estos parajes. Las viviendas son bajas, humildes, las calles son de tierra, parece un pueblo olvidado de la mano de Dios.
   La gente cría aves de corral, gallinas, patos, gansos. Hay charcos por aquí y por allá, desordenados, donde estos animales toman agua. Los caballos, libres como la lluvia, hunden sus hocicos para alimentarse con la gramilla verde que empieza a notarse en el campo que rodea al pueblo. Los terrenos tienen cercas construidas con tablas de madera oscura para demarcar límites.

   A Serguei le gusta escuchar a Milenka. Ella es joven todavía, está vestida con una calza negra, calcetines rojos, ojotas de tiras color verde, remera roja de cuello redondo y un pullover abierto color gris. Es rubia y de tez muy clara, tiene los ojos celestes, es delgada, bonita, de sonrisa fácil. Han ido hacia la orilla del río, dejan las bicicletas a un lado y se sientan en el pasto a conversar. 
   Es junio y está empezando el verano, la temperatura es agradable, los pastizales estallan de colores pasteles. Este río es parcialmente navegable, hay habitantes de la aldea pescando de este lado de la costa, no hay botes, ni muelle ni puentes. Lo pueden hacer en esta época porque el curso del Ishim, aquí, está helado en invierno, de noviembre a abril. La corriente se desliza por estos llanos con la misma parsimonia de los aldeanos. El transcurrir lento de la vida de los habitantes copia el movimiento tranquilo del agua. 
   Él no conoce este sitio alejado del mundo, el movimiento aparece cuando ve a los niños y a los pájaros, algo que corre, vuela, aletea, algo que se anima al calor del sol que entibia la sangre y provoca trinos y risas. Lo asocia con la sonrisa de su hermana. 
   Mientras la escucha, sus pensamientos comienzan a tejer su historia. Es un titubeo de la memoria, todavía. Sasha ha concebido a Milenka aquí ¿Cómo unir las historias de estos dos hermanos? Madre e hija han vivido juntas aquí, pero él en este lugar es un extraño. Le hubiese gustado compartir con ellas este paraíso.
   En esta época del año el pasto es color cobre, casi marrón y el calor es tolerable. El río se desliza sin hacer ruido, ni siquiera susurra en el silencio que invade toda la aldea y las praderas que la rodean. Solo transitan por este mundo misterioso algunas bicicletas, algunos carros, y eventualmente la única ambulancia del Centro de Salud, donde ella trabaja como enfermera.

   De repente, en esta tarde espléndida comienza a soplar una brisa suave y se ven algunas nubes oscuras que van cubriendo el cielo. Milenka no dice nada, pero Serguei nota un cierto estremecimiento cuando ella levanta el rostro hacia el cielo, se ha puesto seria, es la primera vez que él lo nota, tiene una línea horizontal y delgada en su frente. La brisa viene de la mina abandonada.
   —Serguei, regresemos —dice ella, mientras toma la bicicleta.
   —Como tú digas Milenka, ¿pasa algo malo?
   —Nada, pero es mejor si nos vamos.
   Ella pedalea presurosa, casi sin hablar, él no se atreve a preguntar más, no sabe qué le pasa, pero la ve un poco preocupada. Se lo dice, pero su hermana solo le cuenta una vez que están dentro de su casa.
   —Han quedado ahí abajo, en la mina, dicen los más viejos, muchas estructuras de madera. Luego las lluvias han llevado sus aguas a esas profundidades infernales. Parece que allí esos elementos se fusionan con un amor tan fuerte, que engendran un gas temible. Y lentamente emerge por esos túneles subterráneos, aún no del todo cerrados y, cuando algún viento, o alguna brisa leve, los trae a la aldea, nos aturde el cerebro y la gente se duerme. 
   » Hoy al Centro de Salud llegaron varios niños, uno está en la cama de la sala que yo cuido, parece como a punto de dormirse, es una pena verlo, se le cierran los ojos, los vuelve a abrir cuando le hablan, le cuesta estar parado, se tambalea. Yo lo levanto con esfuerzo, pero, pobrecito, es más fuerte que él, se recuesta nuevamente y duerme. Los niños no pueden estar parados, se caen, no aguantan de pie, es como si estuvieran borrachos.
   » Los médicos no encuentran síntomas neurológicos preocupantes y los devuelven a sus casas. Otro niño se ha caído de sueño camino al colegio, los amigos lo ayudaron a levantarse y lo llevaron a su casa porque se tambaleaba, no recuerda nada más. Algunos duermen hasta una semana.
   » He atendido más de veinte personas la semana pasada y durante el invierno fueron sesenta. Hubo algunos que se han dormido en la nieve, nadie los ha visto caer y han muerto congelados. 
   » Lo peor de todo es que tienen alucinaciones, algunos dicen que tienen caracoles encima, otros dicen que sienten que les va a explotar la cabeza, parece un manicomio. Y yo sé que es cierto porque el año pasado yo también me he quedado dormida.
   » Serguei, no aguanto más, estoy abrumada. Tengo miedo de volverme loca.

   Olga es una de las vecinas más antiguas de esta aldea conocida como “El valle del sueño”. No tiene rasgos eslavos sino mongoles. Mira parada desde la última esquina de esta aldea hacia el grupo de niños que está en el prado. Tiene las manos en la cintura. Es gorda y de grandes pechos, viste su figura con varios vestidos largos, de faldas amplias y coloridas. Su rostro de tez cenicienta tiene rasgos achinados. Asoman por debajo de sus ropas largas el extremo de unas calzas blancas, casi llegando a sus zapatos cerrados. Tiene cintas de colores con dibujos rebuscados en la cintura y dos cintas del mismo tipo cosidas a su blusa como tiradores. Con su mirada fija vigila desde lejos a los niños. 
   Allí, sobre el prado, el bullicio de los pequeños alegra el canto de los pájaros del valle. Están vestidos de colores vivos y bailan una danza milenaria, alzan sus piernas, se desplazan abrazados por las cinturas. Este baile se hace entre todos, ellos por aquí, ellas por allá. Se mueven y zapatean al ritmo de esa música extraña que brilla con los sonidos de los cascabeles y las panderetas. Parece un día de festejos. Llevan puestas sus sonrisas en los labios y la alegría se define en sus mejillas rosadas. 
   Delgados filetes de nubes blancas cruzan el cielo celeste de este lugar mágico, trazan una línea de límites infinitos, el pizarrón del firmamento ha sido cruzado por líneas de tiza color blanco. Pero ¡cuidado! que por allí se asoman los puños cerrados de este dios que determina sobre quién caerá hoy, el rayo de la temible enfermedad del sueño. Los niños no lo han visto aún. Olga sí, su espíritu se ha resignado a verlo una vez más y espera el desenlace de este nuevo trance, de esta nueva prueba que se les impone.
   —¿Será la fiesta, la alegría, el baile, lo que molesta a los dioses? Nadie lo sabe ni lo pregunta ¿Por qué ha pasado la historia por aquí y nos ha dejado en este lugar, en los arrabales de la civilización, con este estigma? ¿Cuál fue el pecado para este castigo? Tal vez sean pocos los libros religiosos que tenemos, o en todo caso será necesario levantar cúpulas y campanarios para que nos protejan de esta feroz epidemia.
   Entonces, como ha percibido Olga, la danza se interrumpe, un niño cae como si se le hubiesen aflojado los ligamentos de las piernas. Un muñequito se ha desarmado en lo alto del prado. Los demás dejan de reír y tratan de levantarlo. Olga ve en esos rostros infantiles, el comienzo de esta tragedia que se repite, que golpea a este pueblo de campesinos. Una fuerza celestial le pesa sobre los párpados al angelito caído. Este niño es el elegido de hoy entre los que forman ese grupo. Olga comienza a caminar para sumarse a la ayuda. Entretanto, se pregunta, cual habrá sido el error cometido aquí, para que tengamos esta condena. Va entonces en busca de esta almita, que se está durmiendo, para entregarlo a su familia.

   Milenka quisiera que él la lleve a la Argentina, pero esto no se lo dice, le parece algo imposible. Sería casi un sueño que se vayan juntos de aquí. Ella también tiene miedo de quedarse dormida. 
   Estos días para ella han sido maravillosos. Ha disfrutado de su compañía, de las largas conversaciones con él, de los paseos en bicicleta, de su compañía al lado del río. También algunos de sus gestos, de sus rasgos, le han resultado parecidos a los de su madre. Antes de morir, le ha dicho «hija, si algún día viene, dile que me perdone por haberlo abandonado, he estado obligada a dejarle y me he llevado esa culpa a la tumba». También le ha dejado cartas que él ha devorado leyendo en su habitación antes de acostarse.
   Ella ha observado cómo él enhebra su historia en las profundidades de su mirada, ha comprendido su lucha interna, se ha empapado en la bruma que su nostalgia trae de Buenos Aires. Tiene un duende escondido que extraña el lugar que lo aguarda en su bosque. Esas cosas que solo saben percibir las mujeres.
   Tal vez por contagio sentimental, ella está sorprendida porque ha comenzado a soñar con esa ciudad enorme que nunca ha visto, que su hermano trae en el alma. Está contenta porque sabe que ahora la conoce un poco más, aunque sea a su manera, transformada por sus ilusiones de niña, mezclada con los relatos de su hermano y de su madre. Le gustaría estar allí para escrutarla con sus propios recuerdos en la mano, sabe de todos modos que solo es un sueño, por ahora agradece verla aquí en los ojos de su hermano. Allí también vivió su madre antes de que ella naciera, está en una llanura al otro lado del mundo. Tal vez la curiosidad se le haya empezado a despertar, tal vez ella esté empezando a querer conocerla más. 
   Se pregunta si Serguei ha venido solo a conocer el lugar en que está escondida parte de la vida de su madre, o tal vez a buscar rastros afectivos que ella, su hermana, le pueda proveer, aunque no sabe de qué modo, su hermano es muy serio y a veces se encierra en el cofre de sus sentimientos bajo siete llaves. Todo esto tampoco se lo ha dicho, no lo han conversado, solo ella se da cuenta porque lo ha percibido en su retina, siente que él trae dudas pegadas a la piel.

   En la sala de la casa de Milenka, esa mañana están sentados frente a frente los dos. Se han contado mucho y ahora están callados, tomando te. Serguei se está despidiendo, esta noche viaja de regreso a su país.
   Él piensa que ha estado en pie de guerra todos estos años, peleando por conocer su pasado, apretando las muelas todas las noches. Vino hasta aquí para saber, para quitarse este cangrejo que le atenaza las tripas y ahora no sabe cómo seguir. Se pregunta dónde continúa la próxima batalla de esta guerra en la cual el enemigo está dentro de él, en Kalachi o en Buenos Aires. Pero no se lo dice a su hermana.
   Entonces, sin meditarlo, como pensando en voz alta, deja el pocillo sobre la mesita y le dice algo que no tenía pensado, fuera de lugar:
   —Milenka, te necesito.
   De inmediato él se extraña por lo que acaba de pronunciar, no sabe qué agregar. 
   Entonces es cuando ella lo mira como lo hacen las mujeres. Tiene ganas de decirle que ella también lo necesita, pero no lo hace porque no se anima a agregarle una carga más de las que él tiene. Sin embargo, no puede contener sus sentimientos, se lleva las manos blancas para taparse la cara, se le llenan los ojos de lágrimas. Trata de componerse alisándose un mechón de pelo rubio. Lo mira tratando de armar nuevamente su sonrisa para que la recuerde así, no quiere que su hermano sienta culpa. Lo ve desolado, buscándose a él mismo todavía. Ve como la duda corre por sus ojos, ve de qué modo tiene el alma dividida. 
   Pero además percibe en el fondo de sus ojos una posibilidad, mínima, otro modo de decir que sí. Entonces se anima.
   —Tengo miedo, Serguei, si me quedo, me puedo quedar dormida.
   Y él la mira, sigue sin saber qué decir, pero se da cuenta de que su hermana está accediendo a su pedido, se da cuenta de que le está pidiendo que la lleve con él, fuera de esta aldea de somnolientos, que la lleve con él a Buenos Aires. 
   Él piensa en todas las cosas de que han hablado, cosas a las que ella ha accedido después de pensarlo, si es que el quisiera, aunque él sigue con dudas, todo es confuso en su cabeza, trámites, ADN, estudios, pasaportes, desarraigo, un trabajo para su hermana en Buenos Aires, está confundido y también tiene miedo, es un miedo a decidir, él tiene que decidir y el tiempo se acaba, ella ya ha decidido. Es verdad que tiene solamente para él los pasajes de regreso, pero no pasa por ahí el miedo. Piensa en Milenka, se busca excusas.
   —¿Será este el camino correcto para terminar de apagar el fuego de esta guerra que me quema? 
   De esta pregunta salen sus miedos. Es hombre y le cuesta decidir.
   La mira y le dice.
   —Vamos, Milenka. Yo te ayudo a preparar la valija.


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27 comentarios:

  1. Aunque ya lo había leído, he vuelto a disfrutar de esta historia tan maravillosa. Eres único presentando las angustias del ser humano. Haces que, de una forma aparentemente sencilla, nos metamos en las complejidades del alma y nos identifiquemos con tus personajes. Me ha gustado mucho cómo has cerrado el relato, con una frase lo dices todo. Enhorabuena y un abrazo

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  2. La falta de certezas acerca de la propia historia, no importa la causa por la que su destino lo haya querido así, se convierte en algunas personas que la padecen en un calvario que se comporta como una pesadilla que nunca termina. Les faltan los rostros que no han visto, caricias que no han tenido, dudan cuando encuentran una pista posible.
    Este es uno de los relatos que más quiero aunque toque este tema tan triste, tal vez el olvido que padecen los que se quedan dormidos en ese pueblo perdido, por contraposición a la búsqueda de recuerdos de Serguei, me haya llevado a situar el escenario allí. Hoy en día Kalachi tiene muy poquitos habitantes dado que el estado va ayudando a reubicar a las familias en otras ciudades.
    Gracias por dejarme este comentario Ana. Te mando un gran abrazo.

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    1. ¡Qué maravilla Ariel!
      Dame un poquito de tiempo y te lo comento con calma desde que pueda.
      Un abrazo canario.

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    2. Tu forma de escribir va directa, como una flecha certera, a los sentimientos., y no solo hablo de este Valle del Sueño, es una tónica general en tus escritos, forma parte de ti, tengo la impresión de que en tu vida personal eres un hombre bueno y sensible, lástima que la bondad esté tan devaluada porque a mí me parece la mejor y la más difícil de las virtudes.
      Hay otra premisa que me gusta mucho de ti Ariel, y es que la documentación (el bagaje de archivo que todo escritor tiene la obligación de saber manejar), no se nota en tus texto, quiero decir, metes la información de manera tan natural que lo pones al servicio de la narrativa, no del lucimiento del autor. Esto ha ocurrido en el Valle, porque salvo que hayas estado en Kalichi, y en el país al que pertenece la aldea, difícil lo tendrías. Es un riesgo que corres, contar de países lejanos, con costumbres diferentes a tu mundo cotidiano, y eso es un plus, arriesgado, pero un plus.
      Lo más importante Ariel…que me llega… que veo la aldea…la foto sepia… que Krasnogorsk …tan lejano, la haces cercano (llega más que las noticias donde dan cifras del desastre…estamos vacunados, por desgracia, del mal que no nos afecta directamente…podemos estar viendo y escuchando noticas, a la vez que comemos en nuestras confortables casas). Se siente la inquietud de Sergei, su larga búsqueda, su inquietud…finalmente la calma para su desasosiego.

      Has sabido contar sobre el dolor ajeno, y eso no tiene precio querido Ariel, y lo has hecho poniendo nombre propio a los sujetos de la historia, no es lo mismo decir un número indeterminado de víctimas, que Milenka nos enseñe su aldea, a sus vecinos, a las viudas, hijos, padres, hermanos de los afectados y sobre todo, nos has hecho ver el dolor de los niños, que a mí me parece el peor de los dolores.

      Un gran trabajo Ariel. Duele leerte, y creo que es así como hay que sentir lo que cuentas, desde el dolor. No hay otra.

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    3. No te imaginas lo agradable que es para mí saber que valoras el riesgo de escribir con riesgo de equivocar los datos que aparecen en la narración, porque es un sitio que no conozco directamente ya que no he estado nunca en esa aldea.
      En general paso mucho tiempo buscando datos de periódicos, libros, mapas, fotos, videos, todo lo que esté a mi alcance. Cuando estoy compilando la documentación, tomo varias fuentes, siempre trato de contrastar para estar seguro. Al final es habitual que termine con dudas, siempre me ocurre, es inevitable.
      Lo que sucede es que hay historias reales que me parecen mágicas, o que me llaman mucho la atención, o que me duelen como en este caso. Me dan vuelta en la cabeza por días y días hasta que termino volcándolas en algún relato. Sé que siempre cometeré errores, pero una especie de vértigo hace que me lance al vacío al momento de escribir. En definitiva, todo es ficción, pero lo que trato es no partir de una mentira, mentir no. En algunos casos por conveniencia de la historia que quiero contar lo que sí ocurre es que exagero el hecho o la circunstancia, eso sí.
      La mayoría de las veces, te diré que quedo exhausto, porque después corrijo mucho, el texto nunca me termina de convencer, cambio párrafos enteros, descarto otros. Yo creo que todo eso es porque no tengo una formación literaria, típico de novato, dudas del que no sabe de letras.
      Es muy alentador todo lo que sigues diciendo en tu comentario ¡Que cosa más maravillosa es que me digas que el relato te ha conmovido! Es halagador saber que hayas percibido el dolor que provoca la ausencia de identidad, el dolor de los niños, el de los otros, los que salen en las estadísticas.
      Como verás yo tengo esa visión literaria romántica en el sentido de que la finalidad de lo que escribo es introducir mis sentimientos en la historia y sensibilizar al que lee. Pero por supuesto, para eso es necesario contar con alguien como tu ¡Que no siempre se tiene esa dicha!
      Muchas gracias por ser tan afectuosa Isabel.

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    4. Totalmente de acuerdo contigo Arie, salvo en una cosa: en cuestiones de arte (sobre todo en la literatura) no solo hay que mentir, sino que es conveniente hacerlo, la mentira es un producto de la imaginación, es el cuarto de los juegos donde podemos y debemos inventar lo que sea. Entiendo que si es novela histórica o una recreación de hechos reales como es el caso de Krasnogorsk, no se pueden alterar los datos básico.
      De chica mi padre me llamaba Juanita la fantástica porque alteraba la realidad, menos mal que me regaló un diario y una pluma y entonces pude mentir sin que me castigaran :)

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    5. De acuerdo Isabel, gracias por regalarme tan apreciado argumento y tan bonita anécdota. Un gran saludo.

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  3. Ariel, tienes la capacidad de transportar al lector a lugares tan remotos como esta aldea, Kalachi. Tus descripciones son soberbias y tu implicación en el relato nos embriaga, nos hace sentirnos Serguei en cada línea. Te comentaba Isabel el gran trabajo de documentación que aquí se muestra. Eso es algo que valoro especialmente, que creo que define a un escritor comprometido con su obra. Es verdad que no es necesario ser totalmente fiel a la realidad, pero se agradece que trufes la historia con detalles que se ve que son estudiados, ayudándote a dar solidez a la trama. Hace no mucho estuve en esa misma situación, escribiendo un relato ambientado muy lejos, y recuerdo que leer y descubrir cosas del mundo sobre el que estaba inventando me supuso una experiencia muy enriquecedora.

    Otro detalle que me encanta es tu uso del ritmo. La cadencia que consigues a base del uso del punto y seguido me parece sublime, dando un tono pausado, casi rítmico, que nos introduce en el estado de ánimo de los personajes, que, a pesar de sus tribulaciones, parecen sentir que el mundo se ha quedado detenido en ese lugar. Como lector que pierde fácilmente el hilo, disfruto mucho con este ritmo, pues me permite recrearme en los espacios que vas contando, en las historias que vas desgranando. Además, tu manera de introducir el conflicto externo, casi como una la leyenda local, resulta de lo más interesante.

    Lo único que me chirría un poco son los cambios de tiempos verbales. Hay veces que cambias el tiempo como si fuera Milenka la que habla, pero no está acotado en diálogos ("Aquí padecemos de un estado extraño,...). Creo que, o bien lo dialogas o mejor seguir con la tercera persona del narrador, porque si no puede crear cierto desconcierto.

    En definitiva, Ariel, un relato que cautiva, que nos transporta a Kazajistán y que demuestra que se te dan genial los personajes de gran mundo interior, capaces de ver la belleza en cada rincón del planeta.

    Muy buen trabajo Ariel, gracias por el rato.

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    1. Muchas gracias Alejandro por hacerme saber todo lo que ves y sientes al leer este relato, es un gran aporte porque eres un excelente crítico a más de ser excelente escritor. Me cuesta mucho, a la hora de corregir, ver estos errores, gracias por señalarlo, repasaré de nuevo el texto para acomodarlo como debe ser. Las cosas buenas que resaltas me hacen muchísimo bien porque siempre abrigo terribles dudas acerca del valor que puede tener lo que escribo. Esto levanta mi ánimo y me lleva a seguir trabajando duro. De tus aportes se aprende mucho, también leo tus extensos y minuciosos comentarios en los otros sitios y trato de aprender de allí también. El blog parece ser un lugar más cómodo para recibir críticas constructivas como la tuya, con tiempo, sin apuro. Es un lujo tener tu comentario.
      Gracias a ti por leer Alejandro, gracias por los elogios.

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    2. Alejandro, me incliné por corregirlo como diálogo usando raya (guión largo) y comillas latinas de cierre en los párrafos consecutivos del parlamento largo de Milenka. También aproveché para agregar signos de interrogación que faltaban en la escena de Olga. Gracias.

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  4. lo malo de llegar tarde al relato es que los compañeros Isabel y Alejandro ya han dicho todo lo que había que decir. Aún así no me resisto a destacar la atmósfera de desasosiego que consigues transmitir al lector, con dos historias paralelas e igualmente terribles, como son la desgracia de la aldea de Kalachi y los miedos interiores del protagonista. Aúnas a la perfección ambas historias en una sola, hasta el punto que en el texto saltas continuamente de una a otra sin que descuadre en la lectura. Además nos describes tan bien los paisajes y las personas que parece que los estemos viendo a medida que avanzamos. Y has conseguido dar vida a los dos protagonistas, cargarlos de emociones que traspasan la pantalla.
    Tengo que dar la razón también a Alejandro cuando resalta los cambios en la voz del narrador, en la escena de Olga por ejemplo el narrador llega a hablar tanto en tercera como en primera persona.
    Valoro mucho la documentación en un relato, y el saber encajar una historia inventada en otra real. Ahora mismo voy corriendo a investigar sobre la aldea de Kalachi y eso es todo mérito tuyo. Comentas que "sufres" de dos de los males del buen escritor, el ansia por saber, por leer, por documentarse sobre lo que relata... y la obsesión compulsiva por revisar una y otra vez lo que escribe. Y créeme que se te nota para bien.
    Felicitarte como los compañeros por tu trabajo Ariel, es un placer disfrutar de tus letras.

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    1. Gracias Jorge por estas líneas tan alentadoras, me dan un marco de referencia acerca de los aciertos y las cosas que debo pulir (me da un poco de vergüenza cometer errores con los verbos, de veras que tengo esa sensación). Lo bueno de este modo de comunicación es, y disculpa el egoísmo, que puedo recibir por escrito la opinión de escritores que admiro, con mucha experiencia, y que me alcanzan herramientas de forma generosa para ir mejorando en lo que escribo. Tu sabes que hace muy poquito que he comenzado a escribir, por lo tanto ustedes son como mis maestros, a veces el destino me regala estas bondades.
      Gracias, Jorge, por haber pasado a leer por aquí. Te mando un gran abrazo.

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    2. Te robo un poco de este espacio de "El Valle del sueño", para darte las gracias por tus comentarios a mi novela. Agradezco inmensamente tus lecturas, tus acertadas críticas, tus sugerencias...en definitiva, que tu ojo atento pase por Lucía me parece que no la despeina en absoluto, todo lo contrario. Mil gracias Ariel, gracias por tu ayuda.

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    3. Querido Ariel, creo que nunca te he dicho antes que leo tus relatos siempre en voz alta. No sé muy bien porqué. Creo que es para que no se me pierda toda la belleza que hay en cada línea, para "saborearlos" mejor. Me gusta como suenan tus palabras, me haces ver los lugares, las personas, las cosas. En cuanto a los sentimientos, me hacen sentirlos. Aquí se percibe el desasosiego y la ansiedad del que quiere conocer su identidad; también el miedo y la angustia de vivir bajo una desconocida y permanente amenaza. Tienes una forma de escribir única: dulce, rítmica, directa al corazón y los sentidos. Lo que te digo siempre: tus relatos están llenos de sensibilidad y belleza. No te conozco, pero siento que debes ser como son tus relatos. A tus pies, una admiradora.

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    4. Isabel, déjame que te diga que no estás robando nada, este espacio es tan tuyo como quieras, puedes venir y dejar alguna palabra en cualquier momento y siempre serás bienvenida. Respecto a tu novela debo decirte que me he hecho tiempo para dedicarme solo a ella, la he leído desde el capítulo I al XI de corrido, con tiempo y con tranquilidad, y la he disfrutado como no te das idea. Como te he dicho en tu blog tienes que llevarla a libro. Como yo la leí de corrido, ya peinada y perfumada, no le encontré casi objeciones. Lo que sí me pasó es que me conmovió, me sacudió, me emocionó, llevas al lector por todos los sentimientos. Eso es lo que a mi, como ávido lector desde siempre, me parece lo más valioso. No se si continúa, pero si es así me tendrás leyendo y comentando por tu sitio con el afecto de siempre.

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    5. Ay, Marimoñas ¡qué bonito es todo lo que me dices! Pero qué bueno que está eso de leer en voz alta, qué bueno está en que coincidamos en lo que yo quise transmitir y en lo que tu has interpretado del relato, la ansiedad de aquellos que desesperan por conocer su identidad y los miedos de la gente de Kalachi, sobre todo los niños. Tienes una sensibilidad especial, me has emocionado con tus palabras. Me has dejado con las ganas de escuchar tu voz leyendo el texto en voz alta, suena mágico. Es una alegría tenerte por aquí. Como le dije a Isabel, ven cuando quieras, esta es tu casa.

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    6. Jorge, he corregido como diálogo el parlamento de Milenka y la escena de Olga. Gracias por la observación.

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    7. queda mejor así, al menos se elimina esa incoherencia entre los tiempos verbales. No obstante Ariel eres tú el único dueño de tus escritos, las observaciones que te hagamos son sólo eso, el primero que tiene que estar contento con lo que escribes y como lo haces eres tú. Un saludo.

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    8. Por supuesto, Jorge, desde ya que me pone contento porque es un error que estoy corrigiendo para mejorarlo y dejarlo más presentable; no quisiera que te quede duda de que lo hago con agrado. Eres muy gentil, siempre veré con gusto las observaciones que me hagas, no tengas cuidado en hacerlas porque yo las veo como un aporte positivo.Te mando gran abrazo.

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  5. Otra cosa: siempre me quedo con ganas de saber más de tus personajes, de sus lugares, de sus vidas.

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    1. Trataré de extenderme un poco más, trataré de seguir tu consejo, no se si lo lograré, a veces se me hace difícil saber cuando debo agregar o cuando debo sacar, cuáles son límites, es tan difuso. Y ni que hablar de las dudas que me acosan al momento de subir un relato. Pero me quedaré con lo que me dices en mente. Un cálido saludo.

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    2. Aclaración: no me refería a extenderse en el mismo relato, sino a nuevos relatos con esos personajes y sus vidas. Son personajes, lugares, situaciones tan sugerentes, que podrían tener una continuidad en nuevos relatos. Incluso creo que sería mejor para ti que fueran más cortos: ya sabes que el exceso de longitud (al menos en TR) resta lectores. Así conseguirías más lectores.

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    3. Yo creo que no es cuestión de cantidad sino de calidad, y en esto difiero con nuestra marimoñas. Más vale dos lectores "entregaos" que cuarenta vuela ojos. Aunque si que es verdad, tus personajes tienen tanta calidad humana (el verbo lo haces carne), que necesitamos saber que ocurre con ellos más allá del fin del relato. Creo que darían para una novela, porque son tan interesantes los secundarios como el principal. Yo de tí, Ariel, me pondría a ello, tiene que ser un gustazo leerte en papel.

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    4. Ahora te entiendo Marimoñas, disculpas por no haberte interpretado, a ver si por aquí voy bien: hay un personaje que se llama Tilo que aparece en varios relatos, como "El loco de la Jaula", "Ellas bailan", "La calle del pecado" y no recuerdo cual otro que tal vez sea el ejemplo de lo que me quieres decir. Es un personaje que quiero mucho. Tengo otro relato terminado sin publicar en el que aparece como protagonista, pero no me convence, todavía le falta mucho trabajo. Es decir el mismo personaje que se va modelando en diferentes apariciones.
      Lo que tu dices Isabel, parece que también aplica, en una novela podrían aparecer más elaborados, esparcidos en los capítulos en una historia común. Pero, ¡ay! , me parece que estoy muy lejos de tener las enormes habilidades que tienes tu, o Marimoñas, para encarar una novela. Todavía me siento incapaz y muy lejos de construir alguno que siquiera le llegue a la suela de los zapatos a tu entrañable Lucía, o alguno que tenga la originalidad de la Marimoñas. Pero te aseguro Isabel que lo tendré en cuenta, sabes lo estimo tus palabras.
      Les mando besos a las dos por aclararme la idea, por ayudarme con sus opiniones, las que son siempre bienvenidas.

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  6. Resumen: lo vuestro se llama modestia, esfuerzo y exigencia. Lo mío se llama osadía. Un exceso de modestia y exigencia puede llegar a paralizarte; un exceso de osadía a estrellarte. Lo ideal sería combinar ambas cosas.
    Ariel, eres en exceso modesto. No estás muy lejos de nada, excepto en tu percepción de ti mismo. Eres un gran artista. Ya quisiera yo tener una pequeña parte de tu sensibilidad y de tu capacidad de crear belleza con las palabras.

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    1. Es verdad Marimoñas, a veces me paralizo, la duda es mi mayor enemigo. Sin duda te pediría un poco de osadía a tí si es que ese material se pudiese transmitir de persona a persona, pero me temo que no es así. En general soy una persona muy inquieta, arriesgada, trato de usar lo poco o mucho de mi libertad para tratar de deshacer lo que han hecho de mí (me parece que estoy parafraseando, y para colmo mal, a un filósofo que admiro mucho). Pero con la Literatura tengo una cuestión mayor. Es tanto lo que me gusta esta dama que siempre temo colocar mis manos sobre su cuerpo en lugares donde no debo, de arrugar sus vestidos. Tendría que pensar en ese paralelo con las mujeres, que saben perdonar nuestra torpeza a la hora del amor. Que es cosa bella y hermosa también eso. Marimoñas, gracias por tu aliento, no sabes lo bien que me hacen tus palabras.

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