miércoles, 28 de diciembre de 2016

Visitación

   Ezequiel Cáceres, el vendedor ambulante más avezado que trajinaba en el sistema ferroviario, en esta zona perdida en los mapas argentinos, conocía todos los pueblos esparcidos en la aridez del páramo, en la provincia de Catamarca. Sin embargo, hoy, todavía no había realizado ninguna venta.
   Una vez que se detuvo el tren, subió, dejó su valija de cartón en el piso, y levantó la mano izquierda para tomarse de la anilla, a fin de mantener el equilibrio sobre sus piernas. A pesar de que tenía el palo en la otra pudo tironear el cinto hacia arriba, un movimiento involuntario que no cumplía el objetivo de evitar el desgaste, ya que las botamangas del viejo pantalón verde claro estaban deshilachadas por el paso del tiempo. Cuando se cerró la puerta comenzó su discurso.
   —Buenas tardes señores pasajeros, sepan disculpar la molestia…
   Abrió grande la boca para que le saliese clara y fuerte la voz ronca, mantuvo esbelta la espalda y firme el cuello fijando la vista hacia el fondo del vagón, para que su sonido sobresaliera por encima del ruido del choque de ruedas y rieles, que se colaba desde afuera, junto con el polvo y el calor extenuante del verano, a través de las ventanillas abiertas. 
   Había solo dos pasajeros. La anciana Visitación estaba sentada en el primer asiento. Tenía apretada contra su pecho, y descansando sobre la falda del vestido de colores gastados, una bolsa de manijas de plástico que sujetaba con sus manos nudosas. Al lado, sobre el piso traía la jaula con la gallina. Anoche un zorro se le había metido en el gallinero y le había matado a la bataraza. Su hija, que vivía en el pueblo de al lado, le había regalado una. Visitación había ido a buscarla hoy con el tren y ya estaba de regreso a su casa. 
   Miraba fijo, prestando atención al hombre, con sus ojos negros engastados en su rostro oscuro y arrugado. Se acomodó mejor el sombrero de paja para observar el movimiento de los labios y entender mejor el discurso.
   —Directamente de la Aduana vengo a ofrecerles en esta ocasión este útil palo para la dama o el caballero, el mejor del mercado para obtener las mejores selfis con el celular para delicia de la familia…
   El segundo pasajero, de traje fuera de época y zapatos negros, venía cabeceando sus sueños. Había comenzado a beber desde temprano, y ahora, viajando a casa de sus parientes, le había ganado la modorra. Su cabeza golpeaba, a cada barquinazo del tren, contra el asiento de madera, agitando los cabellos desordenados sobre el rostro, con cada sacudida. 
   —Este práctico instrumento lo están abonando en los comercios del ramo a no menos de 300 pesos. En esta ocasión, yo, Ezequiel Cáceres —y esto lo dijo con notorio orgullo—, se lo vengo a ofrecer, no a 200 pesos, tampoco a 100 pesos, se lo vengo a regalar…
   Visitación ni siquiera pestañeó, pero cuando escuchó “regalar”, sin querer giró levemente su cabeza, movida por el interés, como para escuchar mejor.
   —…por la módica suma de solamente cinco pesitos, así como lo escuchan damas y caballeros, cinco pesitos.
   El hombre hizo una pausa para secarse la traspiración de la frente con un pañuelo grande y arrugado. La anciana le sostenía la mirada sin cambiar de posición.
   —Y ahora, con el permiso de todos ustedes voy a pasar asiento por asiento…
   Ezequiel se alisó un poco la camisa roja arremangada hasta los codos antes de comenzar a transitar por el pasillo con sus alpargatas nuevas mostrando la mercadería. Solo llevaba un palo, los demás los tenía en la valija que había dejado en el piso, en el sitio en dónde había estado voceando las bondades del precio.
   —Señora, señor, cualquier duda, cualquier consulta, no tiene más que preguntar, un hermoso producto para regalar, práctico para el hogar, multiuso, a ver quién lo solicita por acá…
   Cuando Visitación escuchó la palabra “multiuso”, pensó en el rancho, en todas las cosas que le faltaban, ni lavarropas tenía la pobre, televisor menos. Tal vez este aparato lo pudiera usar en la cocina, para remover los carbones sin quemarse los dedos y sin que las chispas le estropeen el único vestido. O tal vez como antena para sintonizar mejor la radio. Se le ocurrieron un montón de usos para el dispositivo. 
   Cáceres ya estaba de vuelta en su lugar. El tren de dos vagones en el que estaban viajando, había partido de Cebollar, y estaba llegando al próximo pueblo. Cabeceaba un poco más porque estaba haciendo el recorrido sinuoso, obligado por los rieles, antes de entrar en la estación de Chumbicha, en pleno valle de la polvorienta provincia de Catamarca. Lejos de todo.
   —Alguien más por aquí que quiera aprovechar… —dijo cuando pasó al lado de la anciana.
   Visitación torció el cuello, y sin dejar de mirarlo a los ojos dijo.
   —¿Y el palo sirve para hacer llover?
   Ezequiel dejó de hablar, se inclinó hacia ella, la miro a los ojos, y alzando levemente las dos cejas le dijo.
   —Es lo mejor que hace señora.
   El tren ya se había detenido y Visitación se levantó. Se inclinó para levantar la jaula y repreguntó.
   —¿Y cómo me lo demuestra?
   —Tiene garantía, si no le funciona, mañana se lo cambio por otro —le dijo fijando en ella más aún la mirada con ánimo de convencerla. 
   —No tengo cinco pesos, tengo tres huevos.
   Cáceres sopesó la contraoferta, alzó la mirada al techo, se tocó la barbilla y dijo.
   —Bajemos y hacemos el intercambio.
   Visitación se sentó en el banco del andén desierto, revolvió en el fondo de la bolsa, y con cuidado le dio los tres huevos envueltos en papel de diario. Ezequiel los puso dentro de la valija de cartón y después sacó un palo, pero que era mucho más corto que el que había mostrado en el tren. La anciana lo miró desconfiado y él mostrando todos los dientes en una sonrisa de orgullo le dijo.
   —Es extensible abuela, le doy el mejor que tengo —. Y ante la mirada interesada de ella, en un solo movimiento lo desplegó logrando la longitud del que había mostrado en el viaje.
   Visitación se alejó caminando despacio dejando atrás el callado andén de la estación por uno de sus extremos. Alrededor no había ni una sola casa, estaba alejada del centro de la ciudad, en uno de los sitios más desérticos de toda la provincia. Comenzó a transitar el sendero de tierra floja que la llevaba al rancho, con la jaula de la gallina en una mano y en la otra la bolsa, de la que sobresalía el palo, como un mástil brillante, un objeto de alta tecnología, atípico en aquella vastedad. 
   Ezequiel se quedó sentado en el banco esperando el tren que lo llevaría en sentido inverso, un recorrido que hacía a diario. 
   El sol caía salvaje calcinando la llanura casi sin hierbas, con extensos claros de tierra cuarteada por la sequía. El silencio era total, la ventanilla de expendio de boletos estaba cerrada, la casilla del jefe también. El bochorno de la tarde le ardía sobre la piel. El aire cálido, tórrido, ocupaba todos los espacios, alcanzaba hasta los rincones más escondidos.
   Se colocó ambas manos detrás de la cabeza observando a lo lejos desaparecer tras el horizonte la pequeña figura de la anciana. Así pasó un largo rato mirando a su alrededor, a ningún lado, dejando pasar el tiempo. Después se desprendió otro botón de la camisa, sacó el pañuelo para secarse las gotas de sudor que le perlaban la frente y la cabeza, aplastado por el terrible calor, tumbado en el asiento.
   En ese momento, vio la línea quebrada que titiló entre la tierra y el cielo, y un segundo después escuchó el estampido del rayo. Los ojos se le agrandaron, el corazón le empezó a latir como un bombo. Cuando se levantó, ya definitivamente asustado, empezaron a caer unas tímidas gotas de agua, primero esparcidas por el campo y luego más juntas, más cercanas, antes de que se declarara, definitivamente, el diluvio.

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jueves, 15 de diciembre de 2016

El faro de sus sentimientos

   Imagino que ella vive en un faro. Por eso es que, al asomarse, puede mirar el infinito, puede ver la línea del horizonte, el río extendido hasta la otra orilla, la silueta lejana de los barcos empujando la marea. 
   Esta tarde hubo bruma. Se acercó a la ventana, desplazó los pliegues de la cortina con sus dedos delgados hacia un costado y observó en silencio la niebla que cubría el golfo casi por completo. Algunas columnas, pararrayos y pedazos de terrazas asomaban sus cuellos erguidos como buques encallados, surgían brazos y manos trémulas, restos edilicios desvanecidos entre algodones. Su vista se perdió en la distancia, las nubes lo abarcaban todo. El sol agonizaba. Sonrió y se le iluminó el rostro. La noche acechaba, pronto el aliento de mi voz estaría a su lado. 
   Imagino ahora que está allí, en el vientre de la bahía amplia y frondosa de árboles verdes, lejos de la punta de los acantilados donde golpean las olas, que seguramente no escucha. Esa punta de reptil que se arrastra hasta la costa para morder el agua yace dormido, quieto, apuntando hacia el este ese hocico de piedras de colores verdes, bañadas por la espuma intermitente, blanca bajo el resplandor de la luna, pero que ella no puede ver; esas rocas puntiagudas que tiritan en las sombras a la espera del día, aguardando al despertar el vuelo de las gaviotas.
   Mientras yo estoy aquí escribiendo, es necesario que ella esté unos kilómetros más al norte, allí en su faro, seguramente cruzada de piernas, sentada, jugueteando con los flecos de su blusa. Si yo existo es porque en este momento me está pensando en su piélago melancólico, cuando se han marchitado los últimos esplendores de la tarde y los astros nocturnos arden en el inmenso techo oscuro.
   Tiene las cosas mágicas de las hadas. Su perfume único la distingue a tal punto que me siento capaz, si estuviese ahí, de encontrarla, aún con los ojos vendados, tanteando el aire con mis manos extendidas hacia delante. Podría hacerlo desde aquí también, tan solo con la reflexión, guiado solo por el aleteo de su instinto, si es que está dispuesta.
   Pero es como las flores que abren sus pétalos en las tinieblas, solo huele cuando está en su estado de levedad, ese modo tan cercano a la ingravidez en que se suspende, para llamarme, porque me necesita.  En otros momentos no ocurre, me he acercado hasta besarle la piel y he descubierto que su cuerpo no tiene aroma. Como las diosas griegas de los cantos épicos, su cuerpo emite fragancias solo cuando alguna emoción le agita el alma.
   El faro es una torre alta en donde vive, allí, donde se ve esa luz tenue, en la mitad de su altura, tiene su nido. Ahora hay silencio dentro porque todos sus habitantes duermen, hechizados, para que conversemos a la distancia. Se han detenido los sonidos cotidianos, no hay choques de ollas, ni tintineos de copas, ni llaves, ni cerraduras que raspen los metales, todos ellos se han quedado mudos. No hay allí sustancia cotidiana. Ella ha ordenado todo. Hasta allí solo llega el murmullo de mi voz lejana a conversarle en los oídos de su dulce soledad. 
   Su alcoba arroja una franja de claridad anular en la oscuridad. Es posible subir por un collar de escalones que se va enroscando como una planta trepadora, una enamorada del muro que lucha por alcanzar la luminaria del faro. En el sexto descanso está su cielo, ahí quisiera estar ahora.
   Me agrada su compañía a la distancia, bajo los soles helados que surcan el firmamento en este marzo sublime, al calor de la noche. Hablarle tiene el encanto de dialogar con los ángeles en el idioma de las emociones. Tiene la costumbre inmortal de no enojarse, talla ideas de madera noble con gubias silenciosas. Sabe retrasar el tiempo, alargar los minutos y las horas, maneja la eternidad de los instantes. Seguramente ahora anda descalza, sin hacer ruido, mientras conversamos, va a buscar un té y se sienta a desenredar los pensamientos que le acerco. Camina con calma, como recorriendo los senderos de un bosque de pinos, conversando con las plantas y las aves. No es cotidiana.
   Está en el faro observándome, lo percibo. No es necesario que me hable. Me piensa, eso es todo. De ese mismo modo me iluminó el rumbo entre las aguas turbulentas para llegar a su corazón. Hizo recto lo sinuoso, liso lo ríspido, suavizó lo quebrado, me señaló los escollos. Logró establecer que los veranos sean eternos, eliminó las rutas equivocadas, llenó el aire de mariposas. Otros navegantes han llegado antes a su sitio, pero no han sabido encontrar los secretos de su paraíso, no llegaron a comprender toda la plenitud de sus silencios. 
   Ella tiene reservado un lugar para mí en ese pequeño enclave, en la panza del golfo a unos kilómetros al norte de aquí. El faro de sus sentimientos no tiene un nombre marino y nadie sabe las millas que barre el recorrido del haz de luz cuando cae la penumbra, y nadie sabe ni sabrá cómo ha podido salvar a mi barco del naufragio, cuando la noche había desatado toda la furia del agua contra los acantilados. 

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jueves, 1 de diciembre de 2016

Premio Liebster Awards

Premio Liebster Awards

Agradecimiento:

He tenido la generosidad de ser nominado por YNADA MAS con este premio, y por este motivo le agradezco enormemente que me haya tenido en cuenta. Ella dice que su blog está en proceso de definición, pero creo que vale la pena visitarlo, a mí me ha gustado mucho el contenido y la estética. Los animo a dar una vuelta por allí. Estos son el nombre y el enlace:

Nominador:

LA LIBERTÁ
PSEUDOBLOG EN PROCESO DE DEFINICIÓN

Reglas:

Para aquellos nominados que no las conozcan y estén interesados en saber sobre las reglas oficiales de este premio, les dejo aquí el siguiente enlace:
1 Agradecer al blog que te ha nominado.
2 Responder a un cuestionario que integra 11 preguntas.
3 Nominar a 5, 11 o 20 blogs que tengan menos de 200 seguidores.
4 Avisar a los premiados de la concesión, bien en su blog o desde las redes sociales.
5 Formular 11 preguntas a cada blog que se ha nominado.

Mis nominados son:

https://mariacarmenpiriz.blogspot.com.ar/ de María del Carmen Píriz
https://entrepapirosycalamos.blogspot.com.ar/ de María Dolores Moreno Herrera

Respuestas al cuestionario de mi nominador:

1. ¿Cuándo comenzaste a escribir? Hace poco, podría decir que estoy haciendo mis primeros pasos en el mundo de los blogs.

2. ¿Qué pretendes con tu blog? Que lo visiten escritores y que dejen comentarios con críticas que aporten, que puntualicen tanto fortalezas como debilidades.

3. ¿Prefieres los blogs especializados (literarios, culinarios...) o te interesan más los de temática variada? Prefiero los específicos, los que se dediquen solo a Literatura.

4. ¿Sueles leer siempre las entradas antes de darles un voto positivo o a veces actúas por simpatía y/o agradecimiento? Primero leo, a veces necesito releer para estar seguro de que tengo la comprensión total del texto, y luego comento.

5. ¿Te has metido alguna vez en un lío por un comentario desafortunado o malinterpretado? No nunca, afortunadamente he tenido suerte con los blogs que visito y los escritores que vienen al mío a dejar comentarios.

6. ¿Has cancelado alguna vez un plan para terminar una entrada? No, nunca he estado apremiado, ni siquiera cuando me he presentado a concursos.

7. ¿Cuál crees que es la frecuencia de publicación de entradas razonable para mantener vivo el blog, pero no saturar al personal? Creo que depende de la extensión de los textos. En mi caso, que suelo publicar entradas promedio entre 1000 y 4000 palabras, lo que trato de mantener es una frecuencia de una semana.

8. ¿Cómo presentarías tu blog? Como un blog de relatos, o si se quiere de cuentos. Tiene solo un perfil: el literario.

9. ¿Te arrepientes de alguna entrada? No de ninguna, lo pienso mucho antes de publicar un relato.

10. Además de este premio, ¿cuál ha sido la mayor alegría que te has llevado relacionada con tu blog? Un premio del Círculo de Escritores, pero por sobre todas las cosas, los comentarios de los compañeros escritores que siguen las publicaciones, creo que eso es lo más importante y lo que más agradezco.

11. Con sinceridad, ¿qué pensaste al ser nominado para este premio?:

a. Gracias, pero menudo marrón.
b. Menudo marrón, pero gracias.

Si se entiende menudo marrón como menudo compromiso, yo diría que me quedo con la opción b.

Mis preguntas para los nominados son:

1 ¿Cómo te decidiste a iniciarte en el mundo blogger?

2 ¿Haces tu blog por diversión?

3 ¿Cuántos días a la semana escribes?

4 ¿Sobre qué disfrutas más escribiendo?

5 ¿A veces te dan ganas de corregir lo que has puesto, cuando ha pasado algún tiempo y lo vuelves a leer?

6 ¿Llevas un orden para escribir, corregir y comentar?

7 ¿Eres escritor o escritora?

8 ¿Qué sientes cuando te leen y te dejan un comentario?

9 ¿Tienes alguna de tus entradas en tu blog a la cual le tienes un cariño especial?

10 ¿Te disgusta que te pongan un comentario negativo?

11 ¿Te esperabas el premio?

viernes, 25 de noviembre de 2016

Infancia

   Yo nací en los suburbios de Buenos Aires, en el sur, que por aquella época era un descampado en el cual las pocas viviendas estaban diseminadas entre algunos baldíos alambrados y calles de tierra. Yo nací en la casa embrujada del barrio.
   Ese fue el centro mismo del Mundo, donde estaba el reino fantástico que todos los chicos llamábamos la laguna de la Posática, ese reino que no abandonó nunca mis recuerdos. 
   El barrio estaba en la llanura, allí no había cerros ni quebradas, todo era horizontal y plano. Los pocos árboles no lograban evitar que la vista se pierda en el infinito de esta pradera. Algunos europeos alpinos que han llegado a la Argentina han bautizado a este efecto particular que producen estas pampas sobre sus espíritus, con el pintoresco nombre de vértigo horizontal. 
   La construcción estaba en una esquina, sin ninguna otra alrededor, se erguía vertical sobre el terreno, con su cúpula romboidal ahusada apuntando hacia el cielo y un árbol gordo a su lado. La puntera medieval de estilo gótico estiraba su pescuezo por encima de la construcción precaria. 
   Tenía el estigma de ser la más pintoresca y anacrónica de todo el barrio. En la huerta delantera estaba la gigantesca palma, un equívoco de la Naturaleza, producto de alguna semilla venida de algún lugar remoto, más allá del océano.
   Durante toda mi niñez supe del fastidio de mis padres a la hora de explicar a parientes de visita, a propios y ajenos, la historia de aquél raro espécimen que no parecía árbol, simplemente porque tenía el tronco tan desmesuradamente ancho, como una cuba de bodega puesta de pie y, porque además tenía ramas que no parecían ramas sino más bien alas de pájaros antediluvianos bajo las cuales anidaban los murciélagos.
   La pirámide octogonal rematada por un cono largo y afilado en la punta, tenía ventanucos en cada una de sus caras, los cuales siempre permanecieron cerrados. En el interior, en el rincón delantero del comedor había una escalera en espiral para acceder a la cúpula. 
   Si alguien se aventuraba al ascenso se encontraba con una puerta por la que solo se podía pasar agachado y, si la trasponía, se encontraba sobre un piso poligonal donde entraban no más de dos personas mayores de pie. Quedaría incorporada de dos maneras a mi memoria: una como el ámbito mitológico que nos fabricamos cuando somos pequeños, la casa en la copa del árbol dibujada en los primeros libros de cuentos; y la otra como la habitación truculenta a la que daba miedo acceder. 
   Y tan lejos de mis apreciaciones no estaban las habladurías de las viejas vecinas porque eran habituales las murmuraciones sobre fantasmas, espantajos, y ánimas de muertos que habían sido vistos o escuchados dentro de aquel bonete que coronaba la techumbre. 
   Estas y otras cosas se comentaban en voz baja y se desparramaban como gotas de azogue de un extremo a otro del barrio, pero lo cierto es que con la condensación de los años solamente pude certificar la existencia de los asustadizos murciélagos, y los ruidos de las hojas de la palmera acariciando las chapas del techo en las noches de temporales ventosos. Aquellos aguaceros terribles solían azotar esos potreros, y hacían ruidos parecidos al rechinar de puertas desvencijadas que quedarían grabados en mi memoria con el signo del espanto.
   El ámbito de mi mundo se expandía y avanzaba. Las veredas polvorientas rodeaban las manzanas y delineaban sus formas definitivas, aunque todavía las construcciones estaban tan esparcidas entre los alambrados de púa, que el barrio parecía haber padecido la calamidad de una sarna endémica que había dejado huecos por todas partes. 
   Y también estaban los zanjones rebosantes de yuyos y de ranas descomunales, que más adelante cazaría en las noches cálidas de verano hipnotizándolas con el farol de la linterna. Y solo un poco más tenían esos parajes que constituían todo el espacio que existía sobre la Tierra de mi infancia. Ese poco más estaba algo más allá de lo que abarcaba la mirada de mis ojos melancólicos, era el lugar más sagrado, recóndito y peligroso, la laguna de la Posática.
   Mi madre había nacido también cerca de aquí, de familia española, era una mujer rubia, bajita, delgada, de piel blanca, ojos celestes, hermosa. Se había enamorado de mi padre muy joven y hubo mezcla de razas, ella puso el tono claro de su abuela, el aportó el color pardo de la tierra. Al poco tiempo de estar de novios, él le pidió permiso al padre de ella para casarse y la sacó de la familia para traerla a este sitio raro, con forma de castillo, donde la gente del barrio decía que habitaban los espíritus. 
   Mi padre tenía origen incierto, alguna herencia indígena pampa con varias generaciones detrás, con evidencia en su piel oscura y en sus huesos amplios. Había nacido en Tres Arroyos, un pueblo agrícola del sur de la provincia, había trabajado en los campos de maíz de la zona y luego se había ido a las montañas. De los campos amarillos de girasoles a los pinares verdes de cipreses y coihues de Colonia Suiza, al pie del cerro Tronador, en la Cordillera de Los Andes, a trabajar para una compañía escandinava, que se dedicaba a la construcción de habitaciones en la zona boscosa. Cuando la empresa quebró se vino al puerto de Buenos Aires sin un peso, con lo puesto en busca de un nuevo empleo.
   En esa ciudad enclavada en las cumbres mi padre había conocido a Oleg. Era un muchacho joven, de origen sueco, alto, de pelo rubio, de voz estentórea y de carácter alegre. Era callado y el idioma los separaba, pero a pesar de eso se había hecho amigo de mi padre. Tenía en sus venas todos los condimentos de la cultura de los países del norte de Europa y con ellos traía la seducción por lo sobrenatural. 
   En su bolso llevaba una copia del Galdrabók, el libro islandés de Magia, un grimorio rúnico con instrucciones sobre el uso de artilugios y conjuros. El nombre de ese amigo siempre aparecía mezclado en las historias que mi padre nos contaba, ese compañero nórdico con el que había compartido jornadas laborales en los bosques que se encuentran al borde del lago Nahuel Huapi. Y fue él, justamente, quien le regaló una pequeña bolsa con runas talladas a mano, cuando se vino para la capital.
   Mi padre trabajó mucho para poner en orden la vivienda, tapando, reparando, a golpes de martillo, clavando, para tornar habitable esa construcción de madera llena de telarañas. En un par de meses logró ponerla en condiciones y terminar su obra de reparación pintándola de varios colores vivos. Ahí vine yo al mundo, en ese sitio, el primero de dos hermanos.
   Al poco tiempo del nacimiento de mi hermano, mi madre perdió el juicio, mi padre visitó médicos y hospitales, pero nada logró. Ella pasó de ser una española hermosa, hidalga, un poco melancólica quizás, a ser otra persona. Se llamó a silencio, hablaba algunas veces sola o contestaba con monosílabos, caminaba por todas las habitaciones acunando el mate entre sus manos, de un lado a otro. Nunca más salió a la vereda, se anidó en su mundo interior, ni bien llegaba a la puertita de alambre se volvía para adentro. Nadie relacionó nunca a las supuestas hechicerías con su locura, ni siquiera mi fértil imaginación se atrevió a ello.
   Los años me traerían la tristeza, el desgarro interno, la ausencia irreparable de no haber podido conocerla, la nostalgia me perseguiría toda la vida, aún hoy lo hace sin respiro. Siempre traté de descubrir lo que pensaba, yo tenía la ilusión de que todo lo que ella murmuraba era una mentira para despistarnos. Siempre quise atraparla en algún descuido y nunca pude. No haberla conocido es una herida tan grande que nunca pude superar. Me quedó solamente esa seducción por los locos que aún hoy se cuela en mis pesadillas. En ellas la buscaría siempre.


   Dicen que los chicos son crueles y de eso me quedó constancia. Un día uno de los pibes de la cuadra, del cual no diré el nombre, me contó que había escuchado una conversación entre una vecina y la hija mayor en el almacén. Estaban esperando que las atendieran, los brazos cruzados sobre el pecho, pegaditas, cuchicheando.
   —¿No la viste? La loca que habla sola. Cada vez se nota más.
   —¡Ay mamá! ¿Por qué no dejás de espiarla?
   —Verónica, que tira las cartas, me dijo que le han hecho un “trabajo”.
   —¿Decime, porqué te metés?
   —Magia negra, estoy segura.
   —¿Y a vos que te importa?
   —Eso lo curan las brujas… para mí, el marido tendría que probar.
   Así terminó el relato, yo era muy chico todavía para hacer preguntas. Me quedaron grabadas a fuego estas palabras, pero no me di cuenta hasta qué punto.
   Cuando era niño, lo que sí siempre me atrajo fue investigar de dónde venían los ruidos, los crujidos que nunca cesaban entre las junturas de las tablas de pino. Siempre supuse que provenían del pináculo de forma piramidal, pero nunca me animé a entrar en él, ni solo ni acompañado. Estaba la escalera caracol para acceder a él mediante una puerta pequeña pero nunca me animé a atravesarla.
   Cuando muchos años después volví a visitar la vivienda que había sido abandonada definitivamente por el dueño original, entré por primera vez a ese lugar. Yo nunca supe qué era lo que venía a buscar. Con el tiempo sabría cuál era la respuesta a ese interrogante. Recordé, entonces, en ese lugar y en ese momento, el regalo que Oleg le había hecho a mi padre. 


   Ayer soñé con mi madre y con la casa. Recuerdo una de las escenas. Era de noche, yo tendría seis años. Había una luna redonda enorme en el cielo que iluminaba con esa luz pálida todo el barrio. Recién salía y se la veía grande, un globo que abarcaba todo el cielo. El extremo afilado que coronaba el cono se recortaba nítido contra ella, era una sombra sacada de un libro de cuentos. 
   Yo estaba sentado sobre una pila de adoquines en el terreno de enfrente y la vi. Pasó volando con su escoba, su gorro negro y alto, su pollera larga y su nariz puntiaguda volando despacio alrededor del chapitel, inmersa toda su figura en la esfera de la luna. 
   El vuelo en círculos alrededor de la aguja, que estaba haciendo la bruja, era la típica maniobra para reparar un mal hechizo. Luego se sumó otra. Eran enviadas para descifrar y ordenar las runas que estaban en el altillo, las que le había regalado el sueco a mi padre, en el espacio misterioso que había estado deshabitado durante tanto tiempo. 
   De modo que la bolsa de arpillera que contenía las tabletitas de madera con los antiguos caracteres extraños tallados a hierro candente, se desató. Y esos trocitos, esos secretos, esos susurros, se desparramaron. Habían estado muchos años aprisionados ahí, esperando. 
   Y su encierro en desorden habían sido la causa de la pérdida de la razón de mi mamá. Las hechiceras, a pesar de ser tan opuestas a la magia vikinga, se habían condolido de la tristeza que le había oscurecido la mente y habían salido esa noche a ayudarla. Al salir de su celda las runas se alinearon formando la frase adecuada, esa que el vuelo circular de las brujitas había compuesto para romper el conjuro. 
   Venían, en su vuelo, enviadas por Arianrhod, diosa Celta de la luna y las estrellas, para curar el extravío, a devolvérmela. Fue una experiencia maravillosa que todavía no logro disipar de mi memoria aún avanzada la mañana. 


   Ella ya ha muerto hace tiempo y ya no está conmigo, pero este sueño me la ha devuelto, recuperada en esta maravillosa experiencia onírica, diáfana y posible, casi verosímil. Es por eso, que quiero retenerla intacta en mi memoria de ese modo, y aunque sepa del engaño, me aferro con todas mis fuerzas a incorporar su lucidez a la certeza de mi cordura.

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jueves, 27 de octubre de 2016

La tarde de las mariposas negras

19 de octubre de 2016

   Cuando llueve, Buenos Aires se pone melancólica y de esa enfermedad nos contagiamos todos los porteños, sobre todo si es llovizna y no neblina, y aún más si la oscuridad se cierne sobre los faroles encendidos. Y en esta noche no se festeja nada, se padece, es un miércoles sombrío. La Plaza de Mayo luce triste, está cubierta de miles de paraguas negros, está colmada de mujeres de brunos vestidos, resueltas a todo, medio millón, dicen algunos, de corazones partidos y de vidas hechas pedazos. 
   Tilo vino a acompañar a Lorena, pero en su cabeza ausente su madre deambula en pensamientos delirantes que se le escapan hacia el cielo oscuro, ella debería estar aquí, con él. Tanto dolor hay en el aire que cuesta respirar. De repente hay cantos que se repiten y, como una mortaja que cubre todo, se van sumando más voces hasta que estallan en un coro espasmódico que sopla las sombrillas hacia arriba. De repente la multitud se calla y se escuchan quejas, llantos apagados, hay sensación de muerte en esta explanada que se expande hasta las calles laterales, tanta desdicha junta marchita las plantas y las flores de los canteros a martillazos de ira.
   Nadie se mueve a pesar de que todo se empapa, hasta el alma de estas mujeres que han sufrido vejaciones se humedece más, sus labios ya han venido mojados de lejos a posar aquí sus murmullos. El líquido de arriba y el líquido de dentro le producen borrones de rímel en el rostro. No les molesta. Tienen historias tristes para contar, muchas han sido duramente golpeadas, los dedos delgados se les aprietan en sus puños, las comisuras de los labios no marcan las sonrisas que se les han marchitado hace siglos. Sus vestimentas nocturnas las vuelve estandartes del martirio. Lloran y gritan. Buenos Aires se espanta, porque es mujer también y lo percibe en su cabellera y en sus pechos delgados de río de agua dulce, que en esta ocasión de disgusto solo dan leche amarga.
   El dolor late en los ojos de todas ellas, rezuman un gusto salado sus mejillas. Si se pudiera robarle un beso a cada una, se notaría que, cada uno de estos corazones ha venido en llamas aquí a gemir su propio sufrimiento, a contar su historia de castigos y de horrores, de cuchillos y navajas. Han venido a dejar que escapen por su boca las historias de sus suplicios, porque ya ha pasado demasiado tiempo, ya hace mucho que las tienen retenidas en sus gargantas.
   Y todas estas mariposas negras han venido en este crepúsculo, porque de día el sol les habría lastimado más aun sus heridas abiertas, les habría calentado demasiado la sangre. Y ya no quieren, la tragedia les ha enfriado el torrente rojo de las arterias. Ya, algunas, se acercan al vacío de sus últimas instancias. Casi exangües, se han acercado hasta aquí a despejar su grito del pecho, debajo de estas alas tristes y oscuras, como murciélagos nocturnos, abandonadas al desamparo yermo de sus almas ahuecadas, socavadas, cercenadas sus carnes por los manotazos de la furia innecesaria de los hombres violentos.
   Y algunas han traído un cartel con letras pintadas a mano, sencillas, pero de trazos firmes y certeros. Algunas quizás los han escrito con las manos embadurnadas de rabia. Otras, tal vez, los han garabateado con la mano de la desesperanza que da el paso del tiempo, del dolor de saber que no se repara en sus tragedias. Otras, al tomar el lápiz entre sus dedos habrán sentido la soledad de haberse tenido que quedar detrás de las ventanas, o refugiarse en el silencio de la culpa mentirosa cuando se cerraron los postigos, o cuando se corrieron las cortinas, o cuando se apagaron sus alegrías detrás de los golpes en algún cerrar de puertas, para que no se oigan sus gritos desgarradores.
   Pero hoy están aquí, con los ojos como luciérnagas tibias iluminando sus pasos tenues, firmes en su camino hacia el centro de esta Plaza que las convoca y quiere cobijarlas, vienen seguras a encontrar otros rostros, otras miradas que cargan con la misma angustia, y se han ido uniendo alrededor de este punto, para acunar juntas sus desgracias, mirando hacia arriba, perdiendo el maquillaje bajo las caricias de las gotas de lluvia, que han ido marcando y dibujando arroyos que agigantan la tristeza que llevan a cuestas.
   Lorena trae en sus cuarenta y seis años sus fantasmas de tanto grito desguarnecido, de tanta pérdida que por años ha enmudecido, que ha callado mansamente y ahora no puede contener de furia, y no sabe contra quién descargarla; ha pasado tanto tiempo que en parte se le han quedado los recuerdos escondidos entre los pliegues de la memoria, solo tiene entre sus manos un papel con los nombres de sus hijas, de las que no pudieron ser, de las que han sido asesinadas por su marido en un día enloquecido que nunca olvidará. Solamente Tilo sabe este secreto, y en él se afirma ella, tomándolo del brazo entre la multitud abigarrada, que no es toda femenina, hay algunos hombres de rostros sombríos que acompañan el dolor que invade este atardecer, que estremece hasta el vuelo de los pájaros.
   Y Tilo, se olvida que tiene treinta y dos años, ahora vuela con sus pensamientos hacia el niño que era cuando vendía estampitas por los bodegones del Bajo, en la época en que creyó ver a su madre en la Calle del Pecado, siempre buscándola, la tiene presente también hoy, como no, porque supo de su cautiverio de prostíbulo, cuando ella era casi una nena. Él lo averiguó muchos años más tarde, y sabe en carne propia que el olvido no se hace cargo fácilmente de ese tipo de recuerdos. Piensa, entre esta multitud, cuando él era un pibe de cinco años, cuando su madre era una joven acorralada y tuvo que dejarlo, cuando ya tenía el estigma marcado en su mirada y llevaba a cuestas las amarguras de lo padecido, y tuvo la ternura de no decírselo a él porque era muy pequeño, porque no quería hacerle daño. Tilo recuerda esa mirada que ocultaba las marcas del castigo y la congoja se le atraganta en el cuello.
   Qué sentirán algunas de estas mariposas a las que le han quitado de un ramalazo una vida, dos vidas, las hijas que han traído al mundo, que han parido de su vientre y que aun siendo pequeños ángeles, les ha caído encima y por dentro una tormenta, una mano bruta y masculina las ha despedazado, un huracán de odio incontenible les ha arrebatado el aire a sus niñas, las ha dejado sin viento y sin sangre, solo restos de ellas han quedado para que la mamá los junte y haya podido dejar esos huesitos solos en el frío de una fosa.
   Vienen decididas a dar testimonio, algunas calladas porque se han quedado roncas, o porque ya no les han quedado palabras para decir y contar sus penas o las de las de sus niñas o las de sus madres, los golpes recibidos, las heridas lacerantes en su carne. Sus ropas son oscuras, sus alas lucen negras, su canto lúgubre provoca zozobras en los espíritus, solo su tez es blanca, pálida de tanto espanto, secos sus párpados de tanto río derramado, dejan que esta pequeña agua del cielo les caiga encima, las abrigue, las proteja. No es lluvia, dicen, son lágrimas.

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viernes, 14 de octubre de 2016

Una línea muy delgada

   Este es el cuarto relato de una serie que está formada por los cuatro siguientes, los cuales también se pueden leer en forma separada:

   I: Moscas.
   II: A la mañana siguiente, la ventana.
   III: Lucrecia.
   IV: Una línea muy delgada

   Lucas, el psiquiatra, me dijo que mi trastorno obsesivo compulsivo no tiene ninguna característica que se pueda asociar a la tanatofilia —me encanta coleccionar mis traumas en forma de palabras—, que no tengo tendencia al suicidio. Se lo pregunté sin hacer demasiado hincapié en el tema. No se dio cuenta que estoy preocupado debido a lo que está pasando con el plan de Lucrecia Hoffman. 
   Ayer estuve en la redacción, fui a entregar el artículo de interés para el suplemento Ciencia que me habían pedido, y de paso quise escuchar las últimas novedades que había en Policiales. Con el último ya sumaban tres los cadáveres que había encontrado la policía. El fiscal no tenía pistas claras, lo que sí había eran coincidencias. Los tres masculinos jóvenes, los tres circuncidados, los tres parcialmente comidos por las ratas, casualmente los órganos sexuales estaban intactos.
   Lucrecia es de familia alemana, y al igual que yo ya no tiene parientes vivos. Tampoco tiene amigos alemanes en el país ni en el exterior. Siempre quiso actuar sola y no tener conexión con ningún alemán ni con ningún judío, yo le servía porque tampoco tengo familiares de esa comunidad. 
   Me había pedido datos antes de empezar con el plan y el gordo me los dio servidos en bandeja. Fue hace un poco más de tres semanas. Era lunes por la tarde. Yo estaba fumando en la cama, pensando donde conseguir información acerca del mito sobre la pérdida de sensibilidad con la circuncisión, para el artículo que tenía que entregar a la revista. Las referencias me iban a servir para ambas cosas, para ella y para la nota de la revista. Cité a Matías en un bar de la avenida para tomar un café.
   —Gordo decime, vos sos judío ¿no? —y ni bien terminé de decirle esto se le borró la sonrisa de la cara. Me miró fijo.
   —¿Qué me estás preguntando? —dijo ni bien se compuso.
   —Oíme, no te enojés —le dije parándolo en seco—, necesito hacerte una consulta.
   —Si se trata de religión conseguite un rabino.
   —Cuando eras chico —empecé— a vos ¿te hicieron la circuncisión?
   El gordo se quedó medio chato. No sabía si la cosa iba en serio o en broma, pero al fin se dio cuenta que yo estaba interesado en serio, le dije que tenía que escribir sobre eso y se fue calmando. Le fui sacando toda la información que pude, terminamos hablando de alguna pavada más y nos despedimos. A él se la habían hecho a los cinco años con anestesia general.
   Yo tenía que hacer un artículo de interés sobre el tema, y eso me servía, pero además le pude sacar un dato esencial que necesitaba Lucrecia. 
   Al día siguiente fui a verla a la casa, se lo comenté, ella no quedó conforme pero ya había tomado la decisión. Tres semanas después empezaron a aparecer los cadáveres. Combinábamos las direcciones donde los iba a dejar el miserable de Gordon y un par de días antes yo alimentaba las ratas de esos lugares para que hicieran la parte final de la tarea. Sencillo.
   Los diarios hablan de un asesino serial, la policía y el fiscal está un poco desconcertados, pero siguen trabajando en el caso. El tipo no mata a cualquiera, sus víctimas son varones, la única característica en las que coinciden es que todas están circuncidadas, pero lo más extraño es que no todas son judías. Parece que el tipo es cirujano y al que secuestra, si no está circuncidado, él se ocupa de operarlo, después los mata. Todavía están empezando los peritajes, esta investigación recién empieza y no se sabe cuál es el móvil que lleva al tipo a hacer esto.
   El otro día fui al departamento de Lucrecia y discutimos fuerte, en realidad el que gritaba era yo, ella estaba tranquila. Le dije que parara con todo esto, que la iban a encontrar tarde o temprano, que hiciera desaparecer su celular, que lo incinerara, que lo tirara al Riachuelo. Yo necesitaba que se deshiciera de él, estaba contaminado con mi número de teléfono. Me irrita de por sí todo lo que se contamine, pero en este caso estaba mi vida de por medio. Yo estaba alterado, más que de costumbre, porque sabía que si la agarraban a ella también podía caer yo.
   Por eso estoy fóbico, hoy fui a comprar una pistola y dos cajas de municiones. La tengo acá en la mesita de luz. Está cargada. Hace dos días que no salgo, me lo paso yendo de la sala al dormitorio. Después que fui a la armería pasé a comprar un pack de botellas de whisky por el supermercado chino que está a la vuelta. No hago más que vaciar botella tras botella. 
   Estoy ansioso, eso me juega en contra, me lo paso encendiendo y apagando la televisión. La tengo en volumen cero para que no me taladre la cabeza. Solo sintonizo los noticieros. También los atados de cigarrillos se vacían más rápido. Cada vez me quemo más los brazos con la punta de los puchos, ahora empecé por el costado del pecho. Tengo miedo. Consumo más dosis de sedantes que de costumbre. Por suerte no aparecen ya más cadáveres.
   Lucrecia es una mina cruel, la trataron muy mal de chica. Siempre vivió en esa casa antigua que está en el borde Palermo. La casa la construyó el padre, “el alemán” le decían en el barrio, un tipo oscuro. Era médico y se había especializado en embalsamar gente, algo que no lo hace cualquiera, tenía el “taller” en su casa. Ella fue su única hija y el padre la hacía presenciar todo, el tipo tenía la convicción de que contaba con el poder de vencer a la muerte, estaba loco, sus trabajos eran cada vez más perfectos. Un día lo encontraron colgado del cuello, pendiente de una soga que había atado a una viga del artesonado del techo. 
   El padre, además, le inculcó a ella el odio hacia los judíos, le metió el odio en la sangre. Y para colmo, la madre la torturó psicológicamente, le decía que estaba maldita, que ella no había querido engendrarla, le decía esas cosas todo el tiempo. Lucrecia se hizo adulta con esa hiel en su interior, y eso gestó en su cabeza, una especie de revancha hacia su madre, un síntoma que se organizó hace poco en su mente macabra: la necesidad imperiosa de tener una hija. Se puso de novia, tenían relaciones, pero él no podía tener orgasmos. 
   A partir del momento, en que se enteró de que yo estaba preparando el artículo, sobre el mito de la circuncisión para el suplemento, se empezó a interesar por el asunto, me empezó a hacer preguntas. Fue cuando me pidió ese dato tan importante. Ella había estado investigando sobre los últimos estudios científicos, había opiniones contradictorias. El gordo me había dicho que nunca había tenido problemas con la sensibilidad, yo le dije que era parte del mito, que no era una verdad confirmada. Pero ella estaba tan desesperada que cualquier información le interesaba. 
   El novio tenía fimosis, hacer el amor con Lucrecia era una tortura para él. Al principio la perversidad la ganó, disfrutaba con su padecimiento. Después, empezó su obstinación por quedar embarazada, lo convenció para operarlo. Le dijo que se le acabaría el dolor y podría eyacular sin dificultad. Pero no tuvieron el resultado esperado, el seguía sin tener orgasmos. Llegaron las peleas hasta que la situación se hizo insostenible y pasó lo peor. Después siguieron las otras dos muertes, el odio y su crueldad ya eran incontenibles, se le habían desatado esos viejos nudos, estaba desquiciada. De esto último me estoy enterando ahora, cuando miro la televisión.
   Ahora, que son las diez de la noche, he subido el volumen, no puedo creer lo que estoy viendo. Hay móviles de la policía enfrente de la casa de Lucrecia. La encontraron muerta. Se llevaron detenido al homicida. Es el hermano de uno de los chicos asesinados, del único que no era judío, el primero de todos. Con el que ella había estado de novia hasta hace poco tiempo.
   El hermano de la víctima la mató de varias puñaladas después de una violenta pelea y luego le serruchó el cráneo, precisamente por donde ella se dibujaba la línea delgada del maquillaje.

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miércoles, 12 de octubre de 2016

Un papel con pocas líneas

   Estás escribiendo una carta, esta noche, en el aislamiento de la habitación del hostal del campus de esta prestigiosa Universidad de la India. 
   La soledad te invade, pero tu mano está firme sobre el papel, tu rostro de piel oscura se inclina sobre la hoja. Tus ojos negros no podrán mirar a tus amigos cuando la lean, no estarás cerca de ellos, no quieres ver lágrimas en las mejillas de los demás. Has sido el culpable de esto, solo tú eres el que has traído los problemas contigo, tú mismo has cargado con la condena de la sangre, tú eres el que lleva el estigma de baja estirpe, de haber nacido en esa casta indeseable.
   Sientes que hay una grieta que se agiganta entre alma y cuerpo. Te has convertido en un monstruo. 
   Siempre has querido ser escritor, y al final, llegas a la conclusión de que este mensaje será tu único legado.
   Has sido un enamorado de los astros, has pasado noches eternas observando las estrellas, arrobado ante la grandeza de la Naturaleza. Has visto que el espíritu de los hombres hace tiempo se ha separado de ella, del Universo infinito e inescrutable que se extiende mucho más allá del alcance de la vista. Has observado con dolor y con abatimiento como los sentimientos de los hombres y mujeres se van desvaneciendo y eso te incrementa el desaliento. Te ha sido cruel aceptar que, en este mundo, es tan difícil amar como fácil es hacerse daño unos a otros, y te has cansado finalmente.
   Te has convencido, el valor de una persona se ha reducido a un número, a una cosa. No la tratamos como a un maravilloso ser pensante, como a una gloria hecha de polvo de estrellas. Eso piensas, eso colocas en esta carta triste, la primera y última que escribes con este fin, y pides perdón por si tal vez no llegue a tener sentido para los demás.
   Piensas que puedes estar equivocado, también, en tu comprensión del mundo, en tu modo de entender el amor, el dolor, la vida y la muerte. 
   Estableces que no había ninguna urgencia en hacer lo que vas hacer, pero quieres terminar con esto de estar corriendo siempre, desesperado por empezar a vivir. Tu nacimiento en la casta intocable fue tu accidente fatal. Tu pasado te ha sentenciado, pero no te sientes herido en este momento. Estás simplemente vacío. No sientes preocupación por ti mismo, y es por eso que estás decidido a hacer esto.
   Dices que la gente te podrá tomar como un cobarde, como un egoísta una vez que te hayas ido de esta vida. Tu no crees en los fantasmas o los espíritus después de la muerte, sientes que eres libre de pensar esto. En tu opinión no hay nada absoluto, crees que puedes viajar a las estrellas. Y saber acerca de los otros mundos inciertos que imaginas.
   Pides que tu funeral sea silencioso y suave. Que todos se comporten como si simplemente hubieses pasado sin dejar rastro, como la luz de una vela. Pides que no derramen lágrimas por ti. Sabes que serás más feliz muerto que vivo. Pasarás de las sombras a las estrellas.
   Ruegas que no se moleste ni a tus amigos ni a tus enemigos por este acto de dignidad y esperas que sirva para redimir algo, para mitigar las penas de los tuyos. Para eso ofrendas tu vida. 
   Y es entonces cuando miras hacia el techo, te levantas de la silla y tomas la soga con la mano para comenzar tu última tarea sobre la tierra.

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viernes, 7 de octubre de 2016

Lucrecia

   Este es el tercer relato de una serie que está formada por los cuatro siguientes, los cuales también se pueden leer en forma separada:

   I: Moscas.
   II: A la mañana siguiente, la ventana.
   III: Lucrecia.
   IV: Una línea muy delgada

   La noche estaba fría y callada cuando salí a la calle, a la cortada Medrano donde vivo. La luna redonda y grandota era un globo de leche, pegado a la alfombra azul del fondo del universo, por encima de mi cabeza. Levanté la vista hacia el espacio oscuro, los pequeños cristales luminosos de las estrellas eran motas dispersas titilando ahogadas, congelándose como moribundas esquirlas nocturnas. 
   Me había puesto un jean y una camisa azul oscuro. No había gente en la calle. La única persona con la que me crucé fue una sombra furtiva, llevaba puesto un abrigo de cuello alto. La vi pasar de lejos, por la esquina, iba a paso rápido con la cabeza gacha, queriendo esquivar la brisa helada. Media hora después yo estaba tocando el timbre en su casa, fue la primera vez que tuve sexo con Lucrecia.
   Ni bien estuvimos dentro me llevó al dormitorio sin decir muchas palabras, me tomó de la mano enseñándome el camino. Se quitó rápido la ropa, con cierto apuro. Noté que tenía muchas ganas. Se arrodilló en la cama. Con la cara contra la almohada era una diosa desnuda, una venus con la lascivia entre las piernas. Mientras me desvestía le pedí que apagara la luz, me tira la penumbra. Un haz tenue se colaba por el hueco de la puerta abierta. Prefiero hacerlo en la oscuridad, sin hablar, me incomoda mirar a los ojos de la mujer con la que me acuesto. No fue necesario explicárselo, lo entendía, me conocía. 
   No soy una persona fácil de dominar, pero ella me llevó desde el primer momento, como un tronco en brazos de la corriente suave de los arroyos del delta, los que rodean las islas del río. Los días posteriores me lo pasé analizando los motivos de mi actitud. Es un comportamiento raro porque suelo rehuir de las personas, no deseo participar de sus mundos, mi universo afectivo es escaso, tiene poca fuerza de gravedad humana, tengo tendencia a esconderme y no conozco a nadie que influya en mí, salvo Lucrecia, y hasta cierto punto. Lucas dice que son las defensas, las barreras que pongo. Sufro de trastorno obsesivo compulsivo.
   Se aferró a las sábanas como una gata en celo, se contoneaba ante mis embestidas, que lejos de ser brutales, no la terminaban de satisfacer. Era insaciable su necesidad de ser sometida, se enredaban sus gemidos de placer con sus gritos de dolor. Ella subía y bajaba de la cima de su abandono, y seguía naufragando en esas oleadas, era una cáscara de nuez en el mar agitado de su inconciencia. Su voz aniñada pedía más, me rogaba horadar más profundo aumentando su tortura, porque en apariencia —eso lo pensé después— era el martirio lo que le potenciaba el placer.
   Yo también logré desatar en esa cama todos mis instintos primitivos, nunca lo había podido experimentar con otra mujer hasta esa noche. Había algo en ella que me percibía, lograba meterse dentro de mis sentimientos, por decirlo de alguna manera. Me agitaba viendo las ondas de su espalda en un movimiento rítmico, también estaba perdido, las sensaciones no me dejaban pensar, tocaba sus carnes, me hamacaba con ímpetu, la escuchaba gritar cosas ordinarias y me enceguecía más. En la furia ya desatada me ordenó sodomizarla, pero quería conservarme bajo su dominio, ella misma con sus manos me guió en el camino a lo profundo, se desgarraba en gritos, furiosa, me pedía más y más, estaba enloquecida, inmersa en esa mezcla de gozo y sufrimiento. Yo estaba a punto de llegar al límite y se dio cuenta inmediatamente.
   Entonces se apuró a pedirme que por favor volviera a hincarme en el hambre de su vulva, sin cambiar de posición, exigiendo, sufriendo, gritando, gimiendo, y así fueron llegando los últimos estertores. Me fui derramando dentro sin dejar de detener mis embestidas, mientras ella entraba en las últimas convulsiones de su orgasmo.
   Yo ya había tenido el mío y estaba extenuado al costado de la cama mirándola, agitado todavía, mirando extasiado los movimientos ondulantes de su pelvis. Su cabeza desmelenada se movía de un lado a otro, los dedos todavía arañaban la almohada, los gritos se iban convirtiendo de a poco en gemidos. Eran las estribaciones de la tormenta que precedían la calma. 
   Me toqué la piel, casi no había transpirado a pesar de la energía gastada, aunque el ambiente de la casa estaba cálido. Mi baja percepción del dolor, mi indolencia, viene acompañada con mi pobre sudoración, es una etiqueta adherida que tiene mi trastorno. Lucrecia es friolenta y tiene la calefacción siempre encendida en invierno, eso me incomoda.
   Me levanté despacio y me fui a dar una ducha mientras ella seguía mascullando palabras groseras y dulces en voz baja, todavía boca abajo sobre el colchón. Me siento muy molesto si no me lavo después de haber tenido sexo, después de haber estado en contacto con otra piel, con otros fluidos, me torno irritable si no me higienizo. No lo puedo evitar.
   Sobre el bidet del baño encontré tres bombachas usadas, seguro que las había dejado a propósito, me las acerqué a la nariz y aspiré. Sentí el mismo olor en su cuerpo, hace un rato, en el dormitorio. Era leve. Me cuesta percibir por medio del olfato, otra característica de mi indolencia, siempre viene acompañada por una baja percepción a los olores. Lucrecia era capaz de hacer cualquier cosa para atraerme sexualmente, necesitaba un hijo y yo sabía por qué, yo conocía la historia. 
   Cuando regresé a la sala después de vestirme me senté en el sillón grande, en el mismo lugar que me siento siempre. Había un vaso de whisky lleno sobre la mesa ratona. Ella se había puesto la bata y estaba cruzada de piernas cepillándose el cabello. 
   —Te serví uno doble
   Miré el vaso como si me estuviese observando el alma. Hoy ya había tomado tres, este sería el cuarto trago del día. Tuve un chispazo de duda, muy fugaz, algo me había tocado un nervio sensible, pero cedí. «Uno más, no va a ser un gran exceso», me dije.
   Lucrecia tiene la piel blanca, es bonita, de cara alargada, ojos celestes y pestañas muy largas. Los labios son delgados y siempre los tiene pintados de un color marrón oscuro. Es rubia, de pelo casi blanco, se lo corta en forma de melena, quiere aparentar ser un muchacho joven, y se lo tiñe con mechones de color verde. Esa combinación le da un aire perverso. 
   Pero aquí me quiero detener en un detalle que para mí no es menor. Lo de la perversidad, digo. Lo he notado en varias ocasiones; con el lápiz oscuro, con el delineador, se dibuja una raya horizontal continuando el extremo de la ceja hasta que se funde entre sus cabellos, pero de un solo lado de la cara; parece una tontería, pero, a mí, esas cosas me perturban un poco, la asimetría es una, la asocio con la necesidad de desarmar un orden, pero además estoy seguro, quiere simular un tajo, una línea delgada hecha con el bisturí, demostrando que es capaz de hacer daño y al mismo tiempo provocando, como si quisiera que por ahí, exactamente ahí, le rebanen la cabeza.
   Me señaló con la punta del cepillo sin sonreír. Generalmente estaba seria.
   —Lo hiciste muy bien Marcos, todavía siento tu tibieza dentro ¿sabés?
   —Tendrías que ir a darte una ducha.
   —Después voy.
   —Lucrecia, seguís tomando las pastillas ¿no?
   —Ese no es problema tuyo…, ya lo hablamos…, quien da las órdenes soy yo —dijo con voz suave y con calma.
   —Es una pregunta, no una orden. Sabés que no quiero problemas, ni con chicos ni con abortos ¡¿Está claro?!
   Seguimos hablando de otra cosa. Me contó que había conseguido a un pordiosero, un tal Gordon, a quien pagaba unos pesos a cambio de matar gatos del Botánico y llevarlos al jardín lindero del edificio donde vivo. Todo el barrio, todavía, sigue alarmado por esos sucesos, prácticamente quedaron exterminados todos esos animales del parque.
   Yo me enganché con la idea porque odio a esos bichos, me dan asco, jamás tendría uno en mi departamento, dejan pelos por todos lados. Ayer salí a la vereda rumbo a la redacción y la vi a la vecina, tenía un gatito en sus brazos, pasé a su lado y lo miré distraído. Tenía plumas en la boca, la mujer me miró sonriendo y me dijo que se había comido un pájaro, me dio asco y apuré el paso.
   A Lucrecia la conocí en la época de estudiante de Medicina, siempre tuvimos conversaciones esporádicas, siempre nos llevamos bien porque no hace preguntas estúpidas. Ahora es cirujana, nos encontramos hace cuatro meses después de algunos años de no vernos, y fue surgiendo lo de los gatos. 
   Cuando salí de su casa, esa noche, volví caminando al departamento. Por las calles de Palermo, silenciosas, iba despacio, meditando. Los faroles derramaban una niebla color crema, un halito pastoso, sobre las hojas caídas de los plátanos, confundiendo los colores. Las copas de los árboles en lo alto, por encima de los focos, permanecían en la sombra y se agitaban con la brisa helada, brazos desesperados como almas agitándose al cielo pidiendo ser rescatadas de los horrores de la oscuridad. 
   Era el estado ideal para concentrarme en lo que había pasado esa noche ¿Por qué me había “perdido” en esa lujuria? ¿En qué había fallado? Cuando llegase, me serviría otra copa, la última de esta velada, y me tiraría en la cama a pensar en esto. Al abrigo de mi dormitorio estaría más seguro, podría clarificar mejor las cosas.
   Doblé por la cortada y subí por las escaleras del edificio, no quise hacer mucho ruido, sino después tendría que bancarme las quejas de los vecinos, odio esas discusiones con la gente. Me puse cómodo y me tiré a fumar de espaldas con el vaso de whisky sobre la mesita de noche. 
   Apagué la luz, había tomado mucho, mi cuerpo parecía suspendido en el aire, las sienes me latían y la cabeza se hundía irremediablemente, como si no tuviese apoyo. Tuve miedo y encendí el velador, el cenicero no estaba en su lugar, miré hacia adelante y lo vi en la biblioteca. Me incorporé, y cuando salí de la cama me caí de la borrachera que tenía. No me dolió el golpe, la brasa del cigarrillo quedó bajo mi mano lastimando la piel y se apagó, no sentí nada, después me di cuenta de la quemadura, gateando traje el cenicero y me acosté nuevamente. Apagué y encendí la luz varias veces. La obsesión y la compulsión me afloraban, el estigma que no me abandona. Al final la apagué.
   Me había disipado, ya no había volutas de humo, pensé en lo ocurrido en estas semanas antes de dormirme. Me subió una congoja a la garganta y me dieron ganas de llorar, ganas irrefrenables, me temblaba la mano derecha, hipaba, estuve así un rato hasta que me calmé, había bebido de más y lo estaba pagando.
   En todo caso, pensé, lo de esos felinos que detesto fue algo sin mucha importancia, a mí me atraen las ratas. Me gusta verlas comer, siento atracción al contemplarlas, me regodeo con beneplácito en verlas completar la tarea de la muerte, la desaparición de la carne y la sangre, disfruto al ver como dejan los huesos pelados. Me atrae la muerte, ese misterio, veo un cadáver y se me disparan un montón de pensamientos, me quedo mirando el cuerpo sin vida, meditando. Tal vez mi grado de morbosidad sea un poco mayor que la del resto de la gente, no sé, algún día, tal vez, lo hable con Lucas. 
   Para Lucrecia, lo del Jardín Botánico fue una prueba, ahora tiene un plan más ambicioso.

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